lunes, 13 de enero de 2020

El cuento de enero. Relatos de cuando las historias se pintaban (III): "Fortaleza".

Continuación de un relato que empezamos por aquí y proseguimos por acá, llega la tercera parte de esta saga sobre la prehistoria. Espero que os guste también.

3.      FORTALEZA

(Localización espacial: sudeste de la península Ibérica. No muy lejos de la zona geográfica del relato anterior. Área de expansión de la civilización conocida como “El Argar”.

Localización temporal: alrededor del 1500 a.C.)

               Lo primero que le llama la atención, conforme lo divisa en el horizonte, son las murallas. Sí, en otros lugares había muros que delimitaban el perímetro de las ciudades. De hecho, seguramente (lo confirmó cuando se acercó a las mismas) eran similares en su composición, construidas a base de piedras de tamaño medio, apiladas, sin apenas espacios entre ellas, con un sólido cemento que las mantendrá unidas (durante más tiempo de lo que durará su vida, y la de sus hijos, y la de sus hijos de sus hijos) sólidamente entre sí. Pero ninguna de las fortificaciones en los alrededores llegaba a alcanzar esa dimensión, aquella monumentalidad. De hecho, la mayor parte de las murallas externas de las localidades más pequeñas se encontraban derruidas y casi abandonadas desde que ya no importaba tanto a qué poblado pertenecías, sino tu conexión con la metrópoli central. Una relación que algunos se encargaban de recordar, día a día, en parte a través de obligaciones como este viaje, y en parte también a la primera visión que los integrantes de esta comitiva han de contemplar cuando traspasan estas paredes y penetran en la gran ciudad. Para que no se les olvide esa impresión a ninguno de ellos; para que se lo transmitan a todo el mundo, cuando cada uno vuelva a su lugar.
               Se abren las puertas, de un tamaño hecho para acongojar. Notas cómo arriba te avistan los guardias, los cuales te ojean despectivos, como si observaran a hormiguitas entrando en fila a la entrada del matadero. Darmon mira hacia las almenas, y allí les encuentra, enfundados en sus yelmos, sus cascos, sus carcaj cargados de flechas, luciendo espaldas que sobresalen a la altura de los costados y en las que relumbra, hasta cegar, el dorado fulgor del bronce… Bronce, bronce por todos lados, bronce tan abundante como la piedra, bronce hasta donde abarca la vista, en los torreones, en los bastiones y en las almenas. Bronce y piedra, armas y pilares, poder y ausencias de misericordia, dos mensajes contundentes y diáfanos que se pretenden –y se consiguen- recalcar. Que me aspen si lo logran, profiere para sus adentros Darmon, quien reflexiona sobre que, si sus anfitriones quisieran, éste sería el lugar ideal para una emboscada. Un pensamiento que induce de todo menos alguna clase de tranquilidad.
               Una vez dentro, sin  embargo, la ciudad a lo que más se asemeja es a un inmenso mercado. Gentes con extravagantes sombreros y sofisticadas modas en las barbas van arrastrando animales de todo tipo, ora hacia el carnicero, ora hacia un comprador, ora directamente hacia el bien situado templo, en donde aguardan los dioses (y los sacerdotes) una pequeña parte de todas las ventas. El grupo de recién llegados entre los que se encuentra Darmon se ve obligado a avanzar entre esta mezcla heterogénea, donde los habitantes locales se alternan con numerosos inmigrantes apenas aterrizados, los cuales se sienten tan perdidos como una de las gallinas que en el día de hoy van a sacrificar. Quizás, porque eso es lo que los dirigentes de la urbe prefieren que sientan nada más echar el primer vistazo, o tal vez porque a ellos, de un modo u otro, también les van a sangrar por orden de las autoridades.
               El palacio se eleva ante ellos, tan sólido como suntuoso. Tan estrictamente vigilado por guardias como ocurría con las murallas, tal vez incluso más. En cuanto accedieron, entendieron por qué. El interior era todo lujo y magnificencia, diseñado para impresionar a los visitantes, que no dejaban de preguntarse en qué cámara guardarían el resto de los tesoros. A Darmon le entró la duda, e interrogó a un compañero de la comitiva a quien había conocido unos pocos días atrás:
               -¿De dónde sacan toda esta riqueza?
               El otro se rio, menos entretenido que descarnado:
               -¿Pues de dónde va a ser? De nosotros.
               Darmon comprendió mucho mejor esa frase después, ante la amplia mesa de negociación. No hubo piedad. El gobernante supremo ni tan siquiera se dignó aparecer. Delegó el trabajo en delegados y subalternos, los cuales se mostraron inflexibles acerca del tributo que habían de pagar tras la recogida de la cosecha. Darmon bufaba de cara al exterior, pero se le comían aún más los demonios de tripas para adentro. ¿Qué querían?¿Matar a su poblado de hambre? De manera educada pero firme, quiso hacerlo constar frente a todos. La respuesta del poder central fue clara:
               -Si no te gustan las condiciones, comunícaselo a los soldados cuando vayan a recoger el tributo.
               Lo cual era más o menos como decir: “Enfréntate a nuestras armas y discúteselo”. La rabia dio paso a la desazón. Su cara debía de reflejar la de un campesino recién llegado a la ciudad al que hubieran primero timado, y después se le hubieran caído las murallas encima. La metáfora, en cierto modo, era muy ajustada a la realidad.
               Comprobó que entre sus compañeros de comitiva -gente que había llegado desde distintas localidades para negociar lo mismo-, la expresión no era demasiado distinta, salvo entre unos cuantos que pertenecían a los pueblos más grandes, y a quienes habían esquilmado igual, pero cuyos representantes eran más orondos, bebieron a lo largo del viaje de ida mejor vino, y mostraban en el vestir un aspecto más ostentoso. Resignados en conjunto a la suerte que les había tocado, llegaba el momento en que sus anfitriones les conducirían a sus alojamientos, los cuales estaban repartidos en toda la ciudad porque en estos días la urbe no daba abasto para tantos visitantes. Un representante de la autoridad les guiaba en grupos hasta sus respectivos destinos. El que guiaba a Darmon y compañía, en un cruce concreto, acordó con Darmon:
               -Tengo que llevar a estas personas hasta el establecimiento que les corresponde. Tu fonda está aquí al lado, sólo tienes que girar en esa esquina a la izquierda y a la siguiente a la derecha. Diles quién eres, ellos ya saben que vas a dormir allí. ¿No te perderás, verdad?
               Era el típico aire condescendiente que conceden los urbanitas a los paletos que acaban de llegar a la gran ciudad. Darmon dio a entender que podía valérselas solo, ajustó su zurrón para pegárselo al cuerpo y protegerlo de posibles ladrones, y se adentró en las callejuelas. Para lo que no estaba prevenido era para los secuestros, así que cuando alguien le agarró desde detrás, le tapó la boca y le condujo a una puerta oscura, durante el primer segundo no supo cómo reaccionar. Y para más adelante, los segundos habían dejado de pertenecerle.

*                                          *                                          *

               Tuvo suerte, cuando lo pensó a posteriori, porque si hubieran querido, le podrían haber apuñalado y sacado los intestinos en diez segundos pero, por fortuna, no era ése el propósito de sus secuestradores, que al final consistían en el hombre que le había atrapado (grande como un árbol centenario, de cráneo y cejas rasuradas, y aspecto de no saber hacer otra cosa que dar golpes) junto a otro individuo, de barba cuidada y aproximadamente la misma edad de Darmon. Unos cuantos minutos después, se encontraban en un establecimiento, distinto adonde se supone que Darmon había de dirigirse, donde una desabrida dueña les servía algo de cerveza en cuencos, en una habitación donde sólo se hallaban ellos tres. La actitud de cara al exterior de Darmon sólo cabía definirse como erizada pues, aunque las formas habían resultado exquisitas después del secuestro, el encuentro inicial había sido –para ser delicados- un poco violento, y aparte de tranquilizarle y decirle que su vida no corría ningún peligro, todavía no le habían aclarado qué oscuros demonios del inframundo estaban haciendo allí:
               -Supongo que este lugar tan apartado tiene como propósito que nadie nos vea, ¿no es así? -entró Darmon de lleno en la cuestión.
               El hombre de la barba asintió.
               -No te equivocas.
               -¿Te fías de la posadera?¿No temes que diga algo a quien no debe?
               La mujer pasó, con cara de acabar de pelearse con un gato, para traerles algo de comer. Luego se marchó, dejándoles solos.
               -No creo que pudiera decir nada, ni aunque quisiera –rio el hombre de la barba entre dientes-. Es muda. Aparte del dinero que le pago, claro, que garantiza su silencio más incluso.
               Darmon utilizó la cuchara como herramienta para señalar al otro hombre.
               -¿Y él, también es mudo?
               El aludido no dio ninguna señal de que el comentario le hubiera molestado. De hecho, fue su acompañante el que respondió por él:
               -No, pero es de aún menos palabras. Y ha servido a mi familia durante años, así que puedo confiar en su lealtad. Y en su discreción.
               Dicho esto, apoyo los codos sobre la mesa:
               -Ahora vamos a hablar del motivo por el que te he…
               -¿… raptado…?
               -Llamémosle así. Aunque no es el primer atraco que has sentido hoy, ¿verdad? De hecho, apuesto al que de esta mañana ha sido bastante peor.
               -En ese caso, no me han robado a mí. Le han estafado a todo mi pueblo. Nos han quitado el pan de la boca.
               -Bien. ¿Y estás dispuesto a hacer algo para modificar eso?
               Darmon se quedó a medias en la cucharada que iba a tomar.
               -¿Es que hay algo que pueda hacer? Aparte de acatar las normas y pagar el tributo que hemos acordado.
               -¿No estás harto de la sumisión?¿De que tu pueblo aporte tanto, siendo tan pobres, mientras que aquí en la metrópoli nadan en la riqueza?
               -Son las reglas que hemos establecido. Hay que vivir con ellas. Sobre todo, porque hay que vivir.
               Su interlocutor negó con la cabeza.
               -Las leyes no las hicisteis vosotros, sino que os las impusieron. Hubo un tiempo en que las cosas no eran de esa manera.
               -¿Y tú cómo sabes eso?
               El otro entornó los párpados.
               -Porque mi familia participó en crear esas reglas, hace generaciones. Hasta hace relativamente poco, era un motivo de orgullo.
               Bebió un trago más profundo, directamente del cuenco de bebida fermentada.
               -Lo que tú llamas normas es tan sólo producto de que, en aquella época, ellos tenían armas y vosotros no. Cuestión que continúa hasta ahora. Por eso no os permiten tener hornos de cierto tamaño. Por eso han derruido vuestras murallas. Por eso tenéis que importarlo todo de la metrópoli. Por eso os someten a impuestos tan abusivos. Por eso recogerán la mayor parte de vuestro trabajo cuando llegue el Día de la Cosecha, esa parte que habéis negociado, si es que negociar es la forma de decirlo, porque no teníais otra. Y lo mismo que te pasa a ti, le ocurre a mucha más gente de la comitiva de negociación. Excepto a los representantes de los pueblos más ricos, a quienes tienen comprados a base de sobornos y regalos caros. Pero a los de tu pueblo les consideran tan pobres que no ven siquiera la necesidad de hacerlo. Porque, al fin y al cabo, ¿cómo ibais a resistir?
               Dejó el cuenco sobre la mesa, y le miró muy fijamente:
               -A no ser, claro, que os resistáis. A no ser que intentéis rebelaros.
               Darmon sintió un escalofrío. Se le atragantó la bebida en la garganta.
               -¿Rebelarnos?¿Yo?¿Quién?¿Mi pueblo?
               El otro negó con la cabeza.
               -No. Todos los pueblos. Ahora mismo, a cada uno de una forma distinta, les están sondeando a tus compañeros de esta mañana en la negociación. Interrogándoles de manera cautelosa. Viendo si participan en el juego. Si estarían dispuestos a colaborar.
               -¿Les están sondeando quiénes?
               -Compañeros míos. Vamos a nombrarlos bien: cómplices. Gente que, si ven que están predispuestos a la idea y que no van a traicionarnos, les emplazarán a que se encuentren más tarde con el resto. Y entonces les detallaré el plan.
               -Pero tú has venido directamente a hablar conmigo.
               El aludido se rio.
               -No te creas tan especial. No es por ti. Es por tu pueblo.
               Allí, Darmon creyó captar un brillo especial en su mirada.
               -Sois muchos. Sois muy pobres. Si no os rebeláis vosotros, no lo hará nadie. Sois la base para que esto pueda triunfar. Si sois vosotros los que nos dais la puñalada, el plan dará lo mismo: acabaremos todos en las mazmorras, torturados y finalmente muertos. Pero es que si no intervenís vosotros, esto nunca será posible. ¿No te has preguntado por qué eras tú el representante de tu gente? Un tipo novato, que no ha intervenido nunca en negociaciones políticas.
               -Hemos tenido problemas con nuestros representantes.
               -Lo sé. ¿Quién te crees que se ha encargado de que tengáis problemas? De que a uno le acusen de un crimen, de que otro aparezca misteriosamente asesinado. ¿Nunca te has preguntado qué hubiera pasado si hubierais tenido un representante fuerte?¿Si las negociaciones hubieran sido distintas, y hubierais estado menos dispuestos a transigir?
               Darmon le contempló de manera dubitativa. Como si no estuviera seguro de si estaba hablando con amigo o enemigo, partícipe de un gran secreto o un extraño.
               -Dime, y si tan metido has andado en hacernos la vida imposible, si tu familia forma parte del liderazgo… Si lo que me has contado es cierto, ¿por qué eres precisamente tú el que está organizando todo esto?¿Qué ganas tú, como individuo?
               El otro colocó una sonrisa mordaz en su rostro.
               -¿Qué te importa a ti la razón por la que puedo estar haciéndolo?¿El añejo debate sobre el altruismo? Esa historia ya es muy vieja.
               -Desconfío de quien no tiene motivos sólidos; podrían volverse volátiles. Y, además, en mi tierra somos muy tendentes a desconfiar.
               El aristócrata asintió con la cabeza.
               -Entiendo tus reticencias. Ahora, te voy a contar una historia.
               Y le contó. Le narró un relato de una familia pudiente, pegada al poder, privilegiada, favorecida. Le habló de arbitrariedades, antojos, caprichos absurdos. Los cuales no les atañían, o de los que participaban, pues se sentían impunes. Pero incluso entre los grupos más allegados surgen conflictos. Un día, por un quítame allá esas pajas, el líder decide que el aspecto de uno de sus hombres de armas, del padre de Taur (pues Taur se llamaba aquel que le había abordado), era mucho más hermoso sin cabeza.
               -¿Y qué hizo la familia?
               -¿Que qué hizo?-replicó Taur-. Pues lo que todos. Transigir y callar. Agachar la cabeza.
               -El momento de una rebelión, ¿no hubiera sido ése?
         -¿Contando con quién?¿Con una caterva de paniaguados como eran sus compañeros señoriales? Cada uno tiene sus tierras, sus dominios. La nobleza de la metrópoli nunca os va a echar una mano: tienen demasiado poder como para arriesgarse a perderlo. Nunca se atreverían a un cambio de sistema.
               -Pero tú sí. ¿Por qué tú?¿Por qué ahora?
               Taur le miró firme, determinado:
               -Cuando ocurrió aquello, yo era un niño. No habría podido hacer nada. Fingí que no me importaba, como a todos. Pero ahora soy adulto. Ahora sé cómo funcionan los resortes del poder. He aprendido cómo destruirlos desde dentro. Pero necesito ayuda. No puedo hacerlo solo. Os necesito. Y tiene que ser este año.
               Darmon sintió un estremecimiento que le hizo encogerse de hombros.
               -¿Por qué?¿Hay algún motivo por el que no se puede retrasar?
               Entonces, Taur le volvió a relatar historias. Sobre un caudillo despótico pero calculador, que sabía cómo manipular para tener a los súbditos exprimidos pero no ahogados, manteniendo como garantía del orden la paz social. Sobre cómo la enfermedad se estaba cebando con su cuerpo, y le estaba comiendo poco a poco las extremidades y la piel, gangrenándole los miembros en dirección a un cerebro que contra todo pronóstico resistía, a duras penas. Y le habló del hijo del tirano, que desde pequeño había crecido arrancándole la cabeza a insectos y desmembrando pájaros. Que tenía un sótano especial que denominó su “cuarto de juegos”. Le habló de campesinos que desaparecían de vez en cuando de determinadas comunidades, sobre todo niños pequeños, y que no volvían a aparecer. Le habló de rastros de sangre y de descubrimientos que desataban el pánico. De cómo el grueso de los acontecimientos oscuros que habían ocurrido en ese cuarto habían sido ocultados por el tirano, y también por el miedo a las consecuencias. Le habló del temor que existía a lo que ocurriría cuando el hijo heredara el poder. Y que, ante esto, Taur había hablado con algunos militares, gente con más cabeza que estómago, y que estaban dispuestos a que se produjera un cambio de algún tipo para que su vida pudiera mantenerse más o menos igual.
               -Pero con el resto de la casta guerrera, no podéis contar. Sólo somos unos pocos. Y, además, no todos se atreven abiertamente a dar su nombre. Colaborarán, pero exigen que el plan se realice de forma muy compartimentada, para que nadie conozca su identidad y, si la cosa se tuerce, puedan mantenerse en las sombras sin necesidad de correr acogotados atrás. Unos cuantos además son gente muy joven, herederos, una nueva generación, que no está de acuerdo con muchas de las cosas que han hecho sus padres. Tienen libertad para entrar y salir, pero ni mucho menos el control de lo que sucede… y demasiado que perder si sale mal.
               -¿Y nosotros?¿Qué tenemos que perder?
               El interpelado sonrió.
               -La vida. Todo. O algo peor. ¿Has escuchado lo del cuarto de juegos?
               Darmon se rio.
               -O sea, que me prometes un suicidio. Que puede acabar en un baño de sangre. Y pretendes que deposite mi confianza ciega en ti. Sin ni siquiera conocer todos los planes.
               -Exacto.
               -Perfecto. ¿Cuándo empezamos?
               El otro colocó en su rostro una expresión de sorpresa.
               -Vaya, pensaba que me ibas a decir que no. Tal y como has valorado los peligros…
               Darmon apuró su bebida fermentada.
               -No empiezas algo que vaya a cambiar hasta la profundidad nada, si no corres el riesgo de que te corten en dos.
               Dio un golpe sobre la mesa.
               -Y, demonios, para enterrarme en el pueblo a que nos quiten poco a poco la vida, prefiero el riesgo. ¿Qué es lo máximo que puedo llegar a vivir, sesenta años? Se pueden hacer muy largos si veo a mis hijos morir porque les falta alimento. Lo dicho, ¿cuándo empezamos?

                                  *                                          *                                          *

               Sin embargo, decirlo era más fácil que hacerlo. Cuanto más ahondaban en los detalles de los planes, más cerca les parecía el la amenaza de ejecución, o quizás la más tormentoso del cadalso.
               -El momento adecuado sería el mismo día del pago del tributo –inició Taur, reunido con Darmon y sólo algunos de los seleccionados entre los conspiradores, en un lugar donde se hallaban prevenidos de miradas ajenas-. La fuerza militar de la capital reside en la concentración de recursos en un solo lugar. Pero cuando marchan a los distintos poblados a recolectar el grano, una gran parte de la guarnición se ve obligada a dividirse, y este lugar se queda menos protegido. Es entonces cuando actuaremos.
               -Pero un ejército de menor cuantía sigue siendo más que ningún ejército –apuntó uno de los allí congregados.
               -Contaremos con cierta ayuda de algunos que están dispuestos a rebelarse –confesó Taur-. Pero necesitaremos de algo más importante: vuestros compañeros. Deben llegar de los poblados poco a poco, a lo largo de los días previos, en pequeños grupos. Lo suficientemente pequeños para no llamar la atención, no con tan poca antelación para provocar la sospecha, pero tampoco con tanta que les permita intuir la jugada con mucho tiempo. Luego hablaremos un poco de fechas aproximadas. La cuestión es que, una vez estalle el conflicto, haya suficiente gente dentro de las murallas como para iniciar una revuelta. Con eso y la ayuda de algunos militares, conseguiremos abrir una entrada. Eso bastará como para que otro grupo, proveniente del exterior, pueda acceder y rematar la faena. Recordad que somos mucho más: si, además, buena parte del ejército se encuentra fuera, habrá muy pocos protegiendo el fuerte.
               -Pero eso implica –apuntó otro de los reunidos- que habrá pocos hombres el día de la recolección del tributo para proteger a nuestros pueblos de posibles reacciones de represalia.
               -Esos temores son infundados –rebatió Taur de raíz las incertidumbres-: seguirá habiendo suficientes hombres en vuestros lugares de origen. La presencia de unos cuantos brazos menos se notará poco en cada uno de los poblados, pero mucho en la gran ciudad, donde los pequeños grupos se integrarán en un cúmulo mucho mayor. Además, el ejército de la capital que estará recolectando los tributos en el exterior no sabrá nada de lo que está pasando, con suerte, hasta que el golpe haya terminado por completo. Para entonces, se encontrarán con una política de hechos consumados, y entonces la aceptarán y se pondrán al servicio de los nuevos amos. Creedme, conozco cómo son, he comandado a esos hombres, y mientras les sigáis asegurando un trabajo bien pagado, no habrá protestas.
               -¿Y si no están de acuerdo con el cambio?¿Y si deciden asaltar la ciudad?
               -No lo intentarán; ellos saben lo inexpugnable que son las murallas, la ventaja que poseen aquellos que han de defenderlas. Además, en los almacenes siempre hay comida y agua de sobra con la que protegerse de un largo asedio. Los soldados preferirán unirse a nosotros antes que arriesgarse a una incierta lucha que les haga perder sus empleos. Además, dudo que intenten que la ciudad pase hambre: sus familias continuarán viviendo aquí.
               -¿Cómo avisaremos a nuestros compañeros de que han de venir a la ciudad?-preguntó otro conspirador.
               -Cada uno volverá a su hogar a lo largo de los próximos días. Eso es lo que teníais previsto, ¿no?, así que todo aparentará discurrir dentro de la normalidad. Una vez en vuestros pueblos, a través de los cauces más secretos posibles, deberéis ir reclutando hombres que se encaminarán hacia la capital antes de que llegue el día del tributo. Como aquí sólo estamos unos cuantos, y faltan poblados cuyos representantes no nos han parecido de confianza, debemos organizarnos para que, desde una localidad vecina a los lugares que nos faltan, el enlace en dicha zona encargue a un hombre de confianza que se dirija al sitio en cuestión y, también con mucha discreción, plantee el proyecto entre sus habitantes. Recordad: todo esto se basa en una cadena de confianza. Cada uno debe abordar a cada persona individualmente, realizar aproximaciones muy sutiles, valorar si esa persona es proclive a nuestro movimiento, y entonces, sólo entonces, planteárselo. Sólo podéis revelar el secreto a personas de las que estéis absolutamente seguros de que no os van a delatar, incluso aunque luego no se atrevan a formar parte del movimiento, porque, como se vayan de la lengua, vuestra vida valdrá menos que una migaja de pan. El silencio, para esta operación, es vital. Si no, todo nuestro plan morirá antes de empezar -Taur tragó saliva mientras lo decía-. De todos modos, tenemos un contacto en la red de espías en la ciudad y, si hay alguna filtración, trataremos de abortarla a tiempo. Aun así, nuestra seguridad se basa en que hay tantas personas descontentas con la situación actual que, con un poco de suerte, no contaremos con ningún renegado dentro de nuestras filas. Y dependemos también de vosotros. De la ascendencia que tengáis sobre vuestros allegados. Sólo una adhesión firme e inquebrantable entre el grupo que formamos ahora mismo puede garantizar que esto salga adelante. Vosotros sois la parte principal del movimiento.
               Taur calló para que todos asumieran sus palabras. Por el silencio que las recibió, daba la impresión de que lo habían entendido.
               -Vale -volvió a los detalles uno de los representantes de los poblados-, y una vez dentro, el día que las tropas marchen a recolectar el tributo, ¿qué hacemos?¿Cuál es el primer paso?
               Taur sonrió. Les tenía donde a él (a todos, en realidad) les interesaba.
               -Ante todo, la clave con la que contará nuestro pequeño ejército es, en especial, la coordinación. Y aquí es donde se encuentra la parte más delicada del asunto. Otra más –Taur extrajo de alguna parte un dibujo que representaba la ciudad, con especial atención a los enclaves defensivos-. Cada día, por la mañana, se disponen los cambios en la guarnición para el resto del día. En la noche, el orden es distinto, lo impone personalmente el jefe de la guardia, y es mucho más errático; de hecho, puede haber cambios sobre la marcha, pero durante el día, se suele mantener constante.
               -¿Incluso en ese día, en que la guarnición es menor?
               -Más todavía en ese día, que cualquier cambio puede dejar un área militar bajo mínimos. Los problemas son dos: lo primero, que no conocemos qué disposición habrá ese día, que se decide a primera hora y se envía a las unidades que se han quedado de guardia la noche anterior. Esa información sería muy útil, no sólo por averiguar a cuántos nos enfrentamos en cada sitio sino, en particular, porque sabremos cuántos soldados se desplazan de un lado a otro a primera hora de la mañana, que es cuando habrá más confusión y es posible que, mientras llegan los hombres asignados, las torres contengan menos hombres que defenderlas.
               -¿Y el segundo problema?
               -Una vez empiecen el ataque, mandarán hombres a por nosotros. Lo ideal sería saber a qué puntos concretos se dirigen. Lo ideal sería conocer también cuál es el plan de ataque que tramen desde dentro de palacio, pero es algo tan difícil de prever como la disposición de soldados el día de marras. Sin embargo, lo que también nos vendría muy bien sería una forma rápida de comunicar ese conocimiento entre nosotros. De esa manera, podríamos mandar más combatientes adonde hiciera más falta. Mi idea es que muchos de los nuestros permanecerían camuflados como ciudadanos corrientes en la multitud, y sólo les emplearíamos para enviarlos a cada zona conforme fueran necesarios. Pero para eso tenemos que saber hacia dónde dirigirles.
               -Creo que yo tengo una solución –sugirió uno, alzando la mano para hacerse notar.
               Taur le indicó que sus aportaciones no estaban de más en ningún caso.
               -En mi tierra, cuando queremos mandar un mensaje a cierta distancia, realizamos señales mediante luces, cuando es de noche… O, de día, mediante un tambor.
               Taur se rascó la cabeza.
               -Son alternativas en las que hemos pensado, pero… Habrá demasiado ruido, y demasiadas antorchas, tanto si es de noche como de día, como para emitir señales coherentes.
               -Algunas luces pueden producirse mediante brillos de determinados metales. Bronce, por ejemplo.
               -La idea no es mala, pero no me convence… Habrá demasiado bronce sobre el cuerpo de los soldados como para no obtener mensajes contradictorios. No te digo que lo descartemos completamente, pero me resisto a con ellas como único recurso…
               -Tengo una idea –apuntó alguien.
               Todos se volvieron para escucharle.
-En mi poblado, tenemos otra manera de enviar señales. Hacemos un fuego, lo tapamos a intervalos con una manta y… mandamos señales de humo. Conociendo un código establecido, podemos avisar a cierta distancia a nuestros compañeros de hacia adónde deben orientarse.
               -Sí –asintió, y a continuación casi rebatió Taur-, ¿pero cómo sabremos adónde se dirigen las tropas? El problema de inicio, vamos.
               -Las señales de humo se hacen mejor desde un punto alto. Desde allí, además, habrá una buena visibilidad… Veremos a las tropas enemigas encaminarse en una dirección: no es mucho, pero quizás podamos adivinar a qué área militar tienen planeado marchar.
               Taur frunció los labios. A continuación, pegó un pequeño respingo.
               -Es lo mejor que tenemos. Quizás pueda funcionar. Al menos al principio, antes de que acudan soldados para contrarrestar ese fuego. Después, tal vez podemos usar señales de sonido -convino con el que había propuesto originalmente la idea-, si son lo suficientemente potentes como para no distinguirse con otras fuentes de ruido. Unas trompetas o tambores podrían servir quizás.
               Darmon levantó el brazo.
               .¿Sí?-inquirió Taur.
               -¿Quiénes están dentro del palacio, cuando se decide el reparto de las tropas?¿Quién está alrededor?
               Taur vaciló un poco.
               -Pues… por supuesto el jefe militar. Sus correligionarios más próximos, también una pequeña guardia de confianza…
               -No, no. Doy por supuesto que ninguno de ésos nos va a ayudar. Estoy hablando de gente que no tenga nada que ver con la cúpula militar. Por supuesto, ni mencionar al líder y su familia. Pero, ¿quién trabaja allí?¿Quién podría escuchar algo?
               Taur sonrió.
               -Oficialmente nadie les ve ni les escucha, pero… es verdad que el palacio posee un abundante servicio doméstico…

*                                          *                                          *

               A la orilla del río -más riachuelo o arroyo; dicen que realmente ha llegado a ver grandes corrientes, pero sólo de vez en cuando, coincidiendo con las lluvias torrenciales- van a lavar exclusivamente las mujeres, al menos en teoría. Pero nadie se fija demasiado en una estampa tan habitual y, por eso, cuando dos entidades cubiertas hasta arriba de telas blancas que podrían pasar por figuras femeninas (o por osos, o por cualquier otra cosa, pues el contorno no se les distingue en absoluto) se acercan hacia la orilla, protegidas por unos árboles que les ocultan, para contactar con una mujer (esta sí de verdad, de tez morena y el pelo recogido que se pelea con unas sábanas en la orilla del río), nadie se vuelve hacia ellas. La mujer se sorprende al principio, pero Taur, antes que nada, se lleva una mano a los labios y le pide que le preste sus oídos y le conceda toda su atención:
               -Venimos a hablar contigo. Sabes quién soy, ¿verdad?-preguntó Taur.
               La chica (Gonda, se llamaba, había informado su compañero a Darmon) asintió con miedo. Con la mirada de quien suele contemplar a los dioses departiendo -momento en el que está acostumbrada a alejarse, por si le cae por sorpresa una maldición desde los cielos- y se percata de repente cómo una de las entidades sobrenaturales se acerca hacia ella para solicitar su opinión.
               -Te llamas Gonda, ¿verdad? Éste es Darmon –señaló a su amigo, quien trataba de ocultarse para que no se le avistara la barba desde fuera-. Venimos a hablar contigo. Queremos montar una revuelta el día de la recogida del tributo. Hacernos con el poder, y quitar de en medio al líder.
               Al principio, la chica se quedó parada, mirándoles muy fijamente. Sin quitarles la vista de encima, respondió con mucha lentitud:
               -Tal y como lo decís, parece que quitar y poner reyes fuera algo que se hiciera todos los días.
               Taur y Darmon intercambiaron miradas, dándose cuenta de la dimensión que aquello estaba adquiriendo:
               -Tienes razón; no va a ser algo tan sencillo. Por eso, si lo intentamos, tiene que salir bien. Y para garantizar que eso sea así, necesitamos tu colaboración.
               Gonda restregaba las manos contra las sábanas para intentar eliminar la porquería.
               -¿Y a mí en qué me va o me viene que el líder caiga o no?
               Nueva expresión de preocupación compartida entre dos hombres que, lo quisieran no, ya habían asociado indisolublemente sus futuros.
               -Vuestra vida será mejor -recalcó Taur-. Podríais salir beneficiadas.
               La mujer enarboló un gesto hosco. Casi mostró los dientes, como si pensara en asestar de golpe una dentellada. Darmon apreció en aquel momento, por primera vez, que en frente tenían la cara de una mujer joven pero que, a estas alturas, ya había sufrido mucho. Aristas tempranas asomaban, como productos de desoladores terremotos, bajo la superficie de su piel.
               -Quién sea el líder principal es lo de menos. ¿En qué puedo distinguirle a él de todos los que dan vueltas a su alrededor? De la gente como tú.
               La chica escupió hacia un lado.
               -Más o menos una vez al año, el gobernante permite a los soldados, durante alguna de las fiestas señaladas, bajar adonde dormimos las esclavas. Ese día, cierran la puerta, y a lo mejor en dos días nadie vuelve a saber nada de ese cuarto, mientras sobre nosotras se cierne la oscuridad. Y sabemos que eso se repetirá el año que viene, otra vez…
               Darmon se sintió sobrecogido. Conocía la sensación. Había escuchado testimonios parecidos de parte de mujeres de su aldea, asaltadas por soldados en medio del campo. Normalmente no se las escuchaba, no por falta de empatía (o, al menos, no en todos los casos), sino también porque no había muchas formas de reaccionar al respecto. Hijos, padres, hermanos de las mujeres afectadas, también querrían hacer algo por arreglar la situación pero, salvo resignarse, ¿qué otra cosa era posible? De repente Darmon, que en el fondo, aunque no se atreviera a confesarlo, se hubiera sentido aliviado al encontrar cualquier problema que hubiera obstaculizado sus planes y los hubiera arrastrado al terreno de la simple fantasía (donde las consecuencias, y los arrepentimientos por tanto, eran sólo hipotéticos), se dio cuenta de por qué tenían que llevar a cabo esta revolución, sí o sí. Por qué era tan ineludible. Por qué resultaba imposible decir que no.
               -Aboliremos la esclavitud. Tuya y de tus compañeras. Nadie volverá a estar bajo el dominio de esa clase de gente. No se permitirá que ocurran esas cosas y, de ser así, serán castigados. Te lo prometo.
               Taur volvió la vista hacia Darmon. De ninguna de esas cosas habían hablado. Estaba yendo más allá de lo que estaban convencidos de saber hacer. Pero Darmon le hizo un gesto con la cabeza. No había remedio. Era la única forma posible. La única que, además, merecía la pena.
               Gonda les contempló con escepticismo. No obstante, se atrevió.
               -¿Qué necesitáis?
               Taur suspiró. Había estado conteniendo el aliento. Pero ahora no había marcha atrás, así que fue al grano.
               -Necesitamos que estés atenta a la organización de los soldados que se planifica por la mañana. ¿Podrías pasarte por allí cerca y escucharlos?
               -En eso no hay problema. Las esclavas pasamos desapercibidas allá donde vamos. Somos casi invisibles.
               -Bien. Se trata de que te enteres de los planes que tramen allí y que, de alguna manera, nos transmitas la información al exterior. También, sería casi imprescindible enterarnos sobre la marcha de los cambios que se hagan en la disposición de las tropas. ¿Sería eso posible?
               Gonda pensó un poco.
               -Se me ocurre quizás una manera de avisaros. Nosotras no salimos nunca del palacio, salvo para lavar en el río, y siempre nos tienen que dar permiso. Pero utilizamos con frecuencia un sistema para que nos traigan determinados suministros de los almacenes. Tenemos un camino por el que marchan asnos que circulan solos, pues ya se conocen el camino. Les colocamos unas cestas u otras según los productos que necesitamos. Yo estoy a cargo de ese sistema. Y os puedo dejar un mensaje en función de lo que oiga.
               -¿Un mensaje, cómo?-preguntó Taur-. ¿De qué manera nos vas a indicar que se dirigen a una atalaya concreta, a la puerta de entrada o a un arsenal?
               La chica se agachó hacia la ribera. Entonces, hizo algo que les resultó insólito: alargó la mano, estiró uno de sus dedos y, con mucho cuidado, dibujó un signo en la tierra.
               -No es fácil comunicarnos entre nosotras, sobre todo cuando hay militares cerca. Por eso, hemos desarrollado una forma de hablarnos para que nadie nos entienda.
               >>Un lenguaje secreto.
               -¿Pero, tú crees que nos podemos fiar de esas esclavas? Al fin y al cabo, son mujeres –planteó uno de sus compañeros un rato más tarde, cuando volvieron a reunirse los conspiradores, con Taur y Darmon comentando las noticias de última hora.
               Darmon, situado en la cabecera de la mesa, se mostró más resuelto que nunca:
               -Ellas están sometidas al mismo sistema injusto, de manera tanto o más onerosa que nosotros. Tienen lo mismo que perder, y de hecho muchísimo más que ganar. Cuando los hombres que viajemos desde los poblados nos reunamos aquí, luchando en la ciudad, ellas tendrán que mantener el control en los pueblos, y asegurarse de ocultar nuestra ausencia si los soldados sospechan. Debemos confiar en ellas porque, si no contamos con su ayuda, la revuelta será imposible. La revolución será de todos, o no será de nadie. Y además, nos han proporcionado algo importante. Un herramienta fundamental.
               Gonda les había dibujado un par de sencillas columnas, con una línea ondulada asentada, como durmiente, en la parte superior.
               -Ellos –decía Darmon, mostrando un trozo de corteza de árbol donde habían copiado el símbolo- tienen sus flechas, sus lanzas, sus bloques de piedra, sus fortalezas... Sus pilares. Éstos, en cambio, serán nuestra arma más poderosa. Esta forma de comunicarnos mediante signos, que no entenderá nadie salvo nosotros, y que estarán representados en trozos de tela u otros soportes.
               >>Éstos –añadía señalando el par de columnas que formaban parte de la letra- serán nuestros pilares. Gracias a este invento, podremos triunfar.
               O eso deseaba Darmon.
               Porque de no ser así, les matarían con seguridad.

*                                          *                                          *

               El día que debe modificarse todo, Darmon siente que, más que una revolución, lo que se está desarrollando es una canción, una música. Y que ningún acorde debe fallar.
               A primera hora, se elabora dentro del edificio central la estrategia en base a la cual los soldados saldrán a recoger el tributo a los distintos poblados, y también qué posiciones ocuparán sus reemplazos en las murallas a lo largo del día. De lo que los militares que están diseñando el sistema no se aperciben es que hay, cerca de ellos, una sombra imprevista en forma de mujer la cual, mientras finge limpiar, está escuchando con los cinco sentidos. Y seis si los tuviera a mano.
               A primera hora de la mañana, antes de que claree el alba, los soldados ya están saliendo, en dirección cada uno hacia su destino, y en este caso no es una frase hecha. Los soldados que han hecho la ronda nocturna permanecen aún de guardia. Mientras tanto, varios burros, cargados con cestas en las cuales se acumulan al fondo pequeños trozos de corteza de árbol, con enigmáticos símbolos inscritos, salen del palacio en dirección a los almacenes.
               Los burros son interceptados por el camino. A pesar de ello, nadie altera su orientación. Los recién llegados sólo secuestrarán los trozos de corteza para leer su contenido, y dejan marcharse a los asnos en paz para, unos segundos más tarde, volver a adentrarse en la oscuridad.
               Un rato después, llega la hora del cambio de turno entre los guardias. Es, en ese momento, cuando algunos se han ausentado y otros todavía no llegan, indisciplinados en sus órdenes ante la ausencia de peligro, cuando unos atacantes surgen de la nada para atacar.
               Empieza a haber fuego, humo, choque de armas…
               De vez en cuando, alguien obliga a un burro a salir de palacio. Entre la confusión, nadie lo nota. Alguien lo lee. Alguien sale corriendo para captar el mensaje y transmitírselo rápidamente a otra persona. Desde un lugar de las almenas, surge un fuego allá donde unas mantas se dedican a proporcionarle forma a volutas de humo. Éstas se desplazan hacia arriba a la misma velocidad en que un grupo de soldados cruzan la puerta principal del palacio en dirección hacia el templo. Pero, para cuando llegan, alguien ya sabía que venían de camino, y se monta un estropicio en el que sacerdotes y animales salen corriendo, mientras que mesas, cortinas e ídolos con cabeza de animal caen y se destruyen bajo el empuje de su propio peso. De los rebeldes, sin embargo, las fuerzas militares al mando de la plaza no encontraron ningún rastro, porque aparecerán más tarde en el lugar más inesperado e inoportuno. Así, continuamente, a lo largo de enfrentamientos por toda la ciudad.
               El conflicto sigue. El caos se duplica. Alguien inhabilitó la formación de nubes de humo, pero ahora se produce un intenso ruido de ¿tambores, bongos, timbales, instrumentos de cocina?, lo primero que los rebeldes encuentran a mano. Un sonido que para las unidades militares locales sólo significa desorden, pero que otros conocen cómo interpretar.
               Alguien, desde dentro del palacio, se da cuenta de que los rebeldes están obteniendo información privilegiada. Sin medios suficientes para llamar de vuelta a tiempo a los soldados que se hallan ahora mismo cobrando el tributo en los poblados, dada la lejanía de muchos de estos lugares, la única salida que se les ocurre es cerrar el palacio a cal y canto, impidiendo, por cualquiera que sea el medio por el que se está produciendo, toda salida de información. Entonces, se traza una última contraofensiva, un plan maestro definitivo: los soldados del gobernante supremo, ahora atrincherado en su palacio, marcharán a un punto clave, donde se concentran, de manera secreta, buena parte de las armas, para así retomar la iniciativa y, dándole un vuelco a la situación, doblegar a los rebeldes y finalmente ganar. Después llegará la hora de la venganza, que será larga, despiadada e indescriptible.
               Gonda escucha todo esto agazapada, encogida hasta convertirse en casi menos que un bultito. Se da cuenta de que, si no hace algo, capturarán a sus compañeros. El movimiento entero fracasará. Y además, en cuanto busquen culpables, la encontrarán a ella en seguida, y no habrá ninguna clase de piedad.…
               No tiene otro remedio. Tiene que encontrar el modo de salir del edificio. Pero, ¿cómo? Sólo se le ocurre una manera. Sale corriendo hacia una zona menos vigilada. Lo es porque a nadie le gusta quedarse por ese sitio. La causa es que el olor en esa zona resulta nauseabundo, pues allí se concentran las aguas fecales procedentes de todos los rincones del palacio. Aquella fetidez se debe a que, al otro lado del muro, se sitúa un pozo negro. Hacia el que Gonda está corriendo a toda velocidad.
               Lo que pasa es que lo hace desde un segundo piso.
               Justo antes de saltar por la ventana se le pasa por la cabeza que lo ideal sería tomar una última y preciosa bocanada de aire del mundo exterior. Pero al verse suspendida en el vacío, se le corta de golpe la respiración.
               Una vez cae en la masa de agua cenagosa, se sumerge tan profundamente que no está segura de que le quede aliento vital suficiente para conseguir ascender a la superficie y respirar. Gonda, no obstante, se niega a rendirse; lucha, patalea, agita los brazos frenéticamente entre la masa de porquería con el único plan en mente escapar. Y una vez sale al exterior, absorbe un amplísimo trago de reparador oxígeno que se entremezcla con el hedor pestilente de la poza, el cual le invade por completo la nariz y le roza las comisuras de los labios.
               Pero no tiene tiempo de quejarse. Sólo de, cubierta de mierda, de miedo y de urgencia, apoyar las manos sobre la tierra, levantarse y huir.
               Tiene que darle toda la vuelta al palacio. Tiene que llegar a la plaza principal. Hasta allí le llega en tromba el rumor de la lucha. La ciudad en su totalidad debe de estar ocupada, empeñada en sobrevivir o simplemente peleándose con alguien. No encuentra a nadie a quien entregar el mensaje. De repente, en una de las atalayas más altas, localiza una tela roja, que a veces se emplea para decorar la plaza central durante las fiestas.
               Claro que llegar a la atalaya no es sencillo. Los que acceden a su interior suelen colocar un sistema que permite que sólo ellos puedan abrir la puerta cuando se requiere, normalmente una roca de gran peso que retiran entre varios. Ella, en cambio, sólo ve una manera: trepando, a fuerza de propulsarse con las manos, apoyándose sobre la piedra de mampostería.
               Y por supuesto, se lanza. A puro pulso, Gonda asciende, perdiendo los puntos de sostén varias veces, a punto de precipitarse en el vacío al menor error. En un momento determinado se queda colgada de una sola mano, y no está segura de si ése va a ser su último movimiento. Pero cuando se lo juega a un único gesto, se agarra a la pieza de tela, y consigue darse un último impulso.
               Una vez arriba, se tumba para recuperar de nuevo el resuello. Su propio olor le induce un amago de arcadas. Con el corazón bombeando a toda máquina, como si estuviera relleno de tambores cuya vibración percutiera hasta su cabeza, recoge el tejido de color encarnado. Agarra entonces un pequeño cuchillo, que suele llevar siempre a mano -por si acaso-, y provoca varias roturas en la superficie de la tela.
               Luego, arroja esta última por la ventana, para que quede suspendida, mirando al exterior. Desde afuera, puede leerse el signo que Gonda les había dibujado aquel día a Darmon y Taur en la ribera del río. Sus pilares, expuestos en la atalaya.
               Rápidamente, los rebeldes -merced a un lenguaje acordado previamente- saben adónde dirigirse. La batalla es corta pero cruenta. La revolución ha triunfado. La noche acababa de llegar.

*                                          *                                          *

               Al día siguiente, tuvo lugar la primera reunión entre las grandes familias. Para variar, por primera vez en mucho tiempo, estaban presentes los representantes de la totalidad de los poblados. También los militares que antes ocupaban cargos inferiores pero que, el día anterior, se habían puesto de parte del lado vencedor. Taur, con restos de hollín y de sudor en el cuerpo, y arañazos en la cara, preside la reunión. Deja los primeros puntos claros. Habla a continuación un impoluto y atildado representante de la aristocracia.
               -Todo eso está muy bien. Estamos dispuestos a transigir en ciertas cosas. Pero en cuanto a lo de los esclavos…
               Darmon, con la ropa empapada en sangre reseca, se harta. Le habían advertido sobre esto, pero el cuerpo le pide hacerlo. Se dirige hacia la puerta de la sala y la abre. Allí, se muestran un grupo de esclavas que habían estado en el exterior, como la noche pasada, espiando, con Gonda al frente. Ésta, por mucho que se haya lavado, todavía tiene olor a pozo negro impregnado varias capas bajo la piel. Taur se revuelve incómodo. Sabe que el debate se va a poner bronco,  arisco, y más que complicado. Pero ha de reconocer que Darmon tiene razón.
               -Esta mujer –señala a Gonda- todavía presume en su piel de las heridas que ha recibido como premio por haber luchado por nosotros. Es más de lo que pueden decir muchos. ¿Les vais a negar una más que razonable petición?
               Darmon, por otra parte, tiene otro argumento que alegar:
               -No caigáis en el mismo error que vuestros antecesores. Estos esclavos conviven con vosotros. Duermen cerca de vosotros. Seguramente, muchos de ellos seguirán trabajando para vosotros. ¿De verdad queréis hacerles sentir que les traicionáis?
               Poco tiempo después, Darmon y Taur hablaban, mirando la ciudad desde una de sus (ahora podían considerarlas suyas) más altas atalayas.
               -No podremos eliminar todas las injusticias –juzgó Taur-. Éste es un mundo duro y agreste, lo sabes. Algunos no renunciarán tan fácilmente a sus privilegios. Seguirán insistiendo para mantenerlos. Y aunque les retiremos algunos, nada más les dejemos, harán todo lo posible para volverlos a recuperar.
               Darmon giró la cabeza.
               -Bien. Me parece algo útil. Eso nos obligará a no olvidar. Eso nos forzará a saber que la lucha debe ser constante, continua. Que no basta con hacer algo ahora y luego creer que puedes descansar y bajar los brazos. Se trata de mantenerse siempre en la brecha. De no resignarse. La lucha se mantendrá en el futuro, siempre, a lo largo de un período de tiempo que va mucho más allá de nuestras vidas.
             Mientras hablaba, Darmon contemplaba el símbolo dibujado por Gonda, que seguía dibujado sobre la tela roja emplazada en la otra atalaya.
               -Pero a partir de ahora empieza una nueva etapa. Y, aparte de las antiguas, serán otras las nuevas herramientas -ondeó sobre la tela roja el símbolo- que habremos de manejar…


Post-scriptum: De El Argar, sabemos sobre todo que era una sociedad muy jerarquizada y aristocrática, basada en el poderío militar. No hay constancia de que hubiera ninguna clase de revolución social ni mucho menos que apareciera la palabra escrita, pero tampoco es descartable que, como tantos hechos y descubrimientos, estos posibles fenómenos fueran barridos por los vientos inclementes de la guerra, la decadencia o el olvido.
         
Dicen que la Historia no se repite, pero rima. Aunque en ciertas circunstancias, retrocede, avanza y, por encima de todo, no para nunca de continuar…

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