jueves, 1 de enero de 2026

El relato del mes: "Mi Homero" (segunda parte)

Esta historia parte originalmente de aquí. 

               Los días seguían a las noches y, mientras, el ejército seguía avanzando. El joven iba transcribiendo los cantos de su maestro, al tiempo que visitaban a nuevos aspirantes. Normalmente, éstos tenían un poema preparado, que solía versar también sobre la guerra de Troya. De hecho, muchos coincidían con el mismo episodio que narraba el ciego.

                -Ya te lo he dicho alguna vez -reclamaba orgulloso el rapsoda-: cada historia tiene sus pasajes favoritos para todo el mundo. Al comandante no es el único al que le gusta. Al fin y al cabo, tiene de todo: amor, muerte, heroísmo. Padres que lloran, mujeres que lloran, guerreros que lloran… ¿a quién demonios no le va a gustar? Un buen drama le alegra a cualquiera.

                Sin embargo, de vez en cuando, se encontraban sorpresas. Como el día en que alguien les enunció la larga lista de barcos y héroes que habían desembarcado en las playas de Asia para luchar contra los troyanos. Joven y maestro estuvieron intercambiándose miradas (es un decir, porque el maestro las manifestaba, pero no las veía) durante todo el poema. Pero resulta que se estaban mandando mensajes opuestos:

                -¡Es horroroso!-se quejaba el ciego mientras, con la excusa de dar un paseo, dialogaban lejos de la casa.

                -¿El poeta o el poema?-le interrogó el joven.

                -¡Ambos!

                -Pues a mí la lista me gusta. Creo que muestra muy bien la situación inicial, antes de la batalla.

                -Eso no hay manera de memorizarlo…

                -Pero lo puedo escribir.

                El ciego bufó:

                -¿Y qué vas a hacer?¿Decirle que te permita transcribir el poema y que no le damos el trabajo? No lo va a hacer gratis.

                -Podemos pagarle. Estoy dispuesto a invertir parte de mi salario si hace falta.

                -A lo que tú tienes casi no se le puede llamar salario. Menos aún repartirlo impunemente por ahí.

                -Creo que es importante -expresó el chico.

                Y le miró con esos ojos suplicantes que el ciego no veía nunca, pero que, de alguna manera, era capaz de intuir.

                -Anda, ve adentro, pide material de escritura, y redacta rápido -dijo el ciego, dándole unas piezas de metal que hacían las veces de moneda en aquel tiempo -. Yo te esperaré aquí afuera. Al menos, hace buen tiempo -rezongó.

                 Entre tanto, el camino hacia el ejército enemigo proseguía, con el campamento levantándose a la noche, y desmontándose durante el día. Y, cada noche, el ciego narraba su porción de historia. Conforme se iban acercando al punto donde sucedería la conflagración, parecía que el maestro le ponía más impulso a sus narraciones, y exteriorizaba en mayor medida las emociones ligadas a los personajes. Y eso se transmitía a los oyentes, los cuales, a su vez, estaban más nerviosos por la posibilidad de entrar en combate. El cantor describía vívidamente los escenarios donde tenían lugar los hechos de la historia, de tal modo que los guerreros casi podían verse luchando allí. El joven cedió a la tentación de preguntar:

                -¿Maestro, cómo es que sabes tantas cosas de la zona donde está Troya?¿Es que estuviste allí?

                -Claro que sí, muchacho. Hace mucho tiempo, antes de que tú nacieras. Antes de que me quedara ciego. Recorrí aquella región hasta casi memorizarla de memoria. Por eso sé lo que vieron Áyax y Paris como si yo mismo hubiera estado allí.         

                -¿Y qué queda de Troya, maestro?

                -Oh, nada… Es decir, la ciudad sigue ahí, pero han cambiado tantas cosas que sin duda no tiene nada que ver con lo que contemplaron los ojos de Ulises. En cambio, el paisaje permanece, testigo de todo lo que ocurrió.

                -Maestro, tengo otra pregunta…

                -Me gusta que tengas tantas. Adelante, escupe.

                -Buena parte del poema se pasa repitiendo la idea del destino: los dioses saben lo que le va a pasar a Aquiles, nada ni nadie va a poder evitarlo. ¿Crees de verdad eso?¿Piensas que el futuro no se puede cambiar?

                El ciego dobló el cuello hacia un lado.

                -Pero Aquiles, en el fondo, elige. Después de que muere Patroclo, podría haberle enterrado, haberse marchado a casa, vivir cultivando el campo el resto de su vida. En cambio, elige la venganza; además hacia Héctor, aunque Aquiles sabe que él tampoco tiene la culpa de nada, porque fue Patroclo el que decidió asaltar las murallas de Troya a pesar de todas las advertencias en contra. Aquiles, conscientemente, escoge el camino de la guerra y la locura. Al final todos elegimos, sin duda: lo que ocurre es que somos esclavos de nuestras propias elecciones. Al menos -pronunció muy lentamente estas palabras- cuando nos dejan elegir…

                De todos modos, se empezaron a notar cambios. La salud del maestro se resentía. En una ocasión, le dijo:

                -Hoy no podré acompañarte. Estoy demasiado cansado. Ve tú a ver al candidato del siguiente pueblo.

                Y añadió, justo después:

                -Llévate material de escritura. Lo mismo te interesa algo de lo que te cuenten allí. Y, si no seleccionamos a ese aspirante, al menos se llevará algún beneficio -dijo entregándole unas cuantas monedas.

                -Pero, ¿y si lo escogemos? -preguntó el chico, que tampoco sabía si estaba preparado para esa cuestión.

                -No creo que lo hagamos -negó con la cabeza, bastante convencido, el anciano.

                Así que, en varias ocasiones, el muchacho acudió por su cuenta a escuchar candidatos. Y, en efecto, a veces ocurría que le gustaba la forma en que el poeta había enfocado un determinado episodio o contaba una historia, a veces sólo relacionada con la guerra de Troya de manera tangencial. El joven todavía no sabía del todo para qué transcribía estos fragmentos de relato, pero lo hacía, poniendo incluso de sus exiguos ahorros para conseguir esos pedacitos de narración que ampliaban un determinado punto de vista, desarrollaban un personaje, aportaban una nueva voz. Un día, se encontró con poema estupendo, aunque declamado por el cantor en un dialecto muy marcado, con expresiones muy propias del lugar. El caso es que el poema estaba tan, tan bien hilado, que tratar de adaptarlo al habla de su maestro hubiera supuesto destruirlo por completo. Aun así, lo conservó. De esa manera, al final, el muchacho tenía un canto más largo que el relato original del ciego, aunque compuesto de muchos fragmentos pequeños, difíciles de hilvanar entre sí. ¿Qué era lo que iba a hacer con todo esto?

                Un día, su maestro le llevó a dar un paseo por las afueras del campamento, sin ningún propósito concreto. Era una agradable tarde de primavera. El hombre ciego toqueteaba los arbustos, en parte porque era su manera de explorar el entorno, y en parte también como si buscara algo de manera cuidadosa. Finalmente, arrancó unas cuantas bayas de una planta:

                -Ten cuidado, nunca comas esta clase de frutos. Parecen inofensivos, pero son tremendamente venenosos. Pueden producir una muerte casi instantánea.

                El muchacho los observó con atención.

                -No sabría distinguirlas de otras bayas normales…

                -Así es la naturaleza -sentenció el hombre, con una sonrisa-. Finge, engaña, nos utiliza para su propio beneficio. Pasa igual que con las historias, ¿verdad? -reforzó más todavía su sonrisa-. Se modifican y se adaptan para su receptor.

                Al chico se le enarcó la ceja. Fue entonces cuando se atrevió a realizar una pregunta que llevaba mucho tiempo rondándole:

                -Maestro… ¿sabemos si la guerra de Troya alguna vez ocurrió realmente?¿Qué piensas tú?

                El ciego se rio. A continuación, se encogió de hombros.

                -Como te he dicho, las historias están ahí para las personas del presente. Se cuentan para servirnos a nosotros. A Andrómaca, a Menelao, a Briseida y a Néstor les sirve ya de muy poco que narremos sus tormentos y sus hazañas. Qué importa que lo que digamos sea cierto o irreal. Qué más da una mentira, siempre que nos proteja, nos salve… nos sirva para algo, de alguna forma, en algún lugar…

                El anciano se sentó en un tocón de árbol. Parecía cansado. Su aprendiz se sentó junto a él. El primero tocó el hombro del segundo, en un gesto afectuoso:

                -Yo… En fin, creo que eres… una mujer muy valiente. He conocido otras personas como tú en mis viajes. No muchas, desde luego… Quizá yo, al cantar acerca de seres mitológicos, de Hermafrodito, de individuos especiales, era más proclive a reconocerlas… Aunque, a pesar de eso, creo que no siempre he sabido tratarlas como debía. A decir verdad, aún hoy, no puedo entenderte del todo… Pero bueno, sólo quería decirte que comprendo lo sola que te debes sentir. Yo también me siento así a veces.

                El viejo se apoyaba en su bastón mientras hablaba, y permanecían espalda contra espalda:

                -No dejes que te arrebaten la posición en la que crees que debes estar -prosiguió, casi como si hablara para sí mismo, o para el resto del universo. Entonces elevó el tono de voz-. ¡Agárrate ahí… con todas tus fuerzas! El mundo puede ser un lugar muy oscuro y cruel. Avanzamos en él a ciegas. Pero de vez en cuando encontramos nuestra fuerza interior para llegar a ser héroes… o para encontrar astucias que nos socorran, como la del caballo de Troya.

                Dicho esto, el anciano se levantó, y emprendieron de vuelta el camino al campamento.

                Aquel día era uno extraño. Por fin habían caminado lo suficiente como para avistar al enemigo. Se planteaba la inminencia de la pelea, y por eso los ánimos andaban caldeados. Por todos lados, soldados, mensajeros y esclavos se movían de un lado a otro. En medio de aquel maremágnum, el comandante de las tropas prácticamente atrapó al joven aprendiz del ciego por el cuello y le espetó:

                -Avisa a tu maestro. Mañana, los hombres tienen batalla. Y han de estar bien motivados. Así que más vale que el poema de esta noche sea realmente inspirador.

                El chico asintió. Se encaminó con prestancia a la tienda que compartía con el cantor para advertirle. El problema fue lo que se encontró.

                Su maestro estaba tumbado en su catre, paralizado; la postura que mantenía, la boca entreabierta, indicaba de manera inequívoca cuál era su estado actual. A su lado, en una mesita, las bayas que su alumno le había visto recoger el día anterior. Era difícil descifrar la expresión que mantenía su rostro con aquellos ojos ciegos, pero el muchacho diría que en él había anidado una cierta paz. Aunque eso implicara que el joven perdiera toda la serenidad por completo.

                Durante unos instantes se quedó paralizado, sin saber cómo actuar. Luego, recobró la compostura y pensó que lo único que podía hacer era avisar al jefe de las tropas para advertirle. Y como supuso, a éste, en mitad del desbarajuste que tenía encima, la noticia no le sentó bien.

                -¿Cómo?¿Y tenéis algún sustituto? -recordando las palabras del ciego el día anterior, el joven negó con la cabeza-. Bueno, pues si es lo que tenemos, tendrá que valer. Esta noche, quiero una interpretación bestial por tu parte. Coge el mejor éxito de tu maestro, el poema que más entusiasma a los soldados, y reprodúcelo palabra por palabra. Y esperemos que seas capaz de enardecer a mis hombres para salir a matar.

                La última frase la dejó caer el militar con una mezcla de resignación y esperanza calculada que al muchacho no le tranquilizó demasiado.

                Con inmediatez y nerviosismo, el joven volvió a la tienda de su antiguo profesor (cuyo cadáver había sido retirado diligentemente por algún soldado bajo órdenes del comandante) y se puso a revisar entre sus papiros. Empezó a repasar mentalmente las veces que su maestro le había narrado las historias, tratando de recordar comentarios sobre si tal o cual pieza triunfaba, o era en cambio recibida de manera tibia. Tomó una de las escenas clave de la obra. La leyó en voz alta. No sabía si sonaba convincente. Buscó otro pasaje al azar y lo enunció con toda la sonoridad que pudo. Nada, no encontraba el modo. Se sentó sobre el catre donde dormía habitualmente, desesperado ante su situación.

                Y de repente, se dio cuenta. No le salía bien imitar al ciego; ni falta que le hacía. Más bien al contrario, cualquier intento de copiarle lo único que haría sería acentuar las diferencias frente a un público que estaba habituado a oírle vez tras vez, noche tras noche, con sus habituales latiguillos y fórmulas de repetición. Y, desde luego, el joven no pensaba renunciar a algunas de ellas (al fin y al cabo, si su maestro las había escogido, era desde luego porque funcionaban). Pero, si lo que quería era sorprender a los soldados, debía ofrecer algo nuevo, distinto.

                Volvió la vista hacia el texto que les había dado la chica que, en su día, había confesado que escribía para su hermano. Lo hojeó: en efecto, era bueno, muy bueno. Por supuesto, no podía leerlo delante de los militares, acostumbrados como estaban a que el ciego recitara de memoria. Pero, si lo ensayaba, sería capaz de cantarlo en voz alta aquella noche… y suplir los olvidos con las técnicas de improvisación que había aprendido con el viejo durante los últimos meses.

                Aun así, todo eso era más fácil pensarlo que luego encontrarse ante varias centenas de hombres, ocupando toda la superficie del claro del bosque que la propia guarnición había abierto para instalar su campamento. Contemplar a toda esa masa de virilidad masculina, que se veía (y se olía) violenta, nerviosa, con las armaduras a medio quitar como si fueran a atacarles en cualquier momento, no era una situación fácil. El joven nunca había notado tantos ojos puestos encima. En cierta medida, se sentía como cuando Patroclo se enfundó la armadura de Aquiles para hacerse pasar por él y se preguntaba, al contemplar su propio cuerpo flacucho sobre las fornidas piezas de metal, si estaría a la altura de aquello de lo que pretendía disfrazarse.

                Había una cierta tensión. El muchacho no sabía si se debía a la cercanía de la guerra (y, por tanto, que muchos de aquellos hombres supieran que no estarían allí al día siguiente, y unos cuantos creyeran erróneamente que sí que lo harían), o a la incertidumbre que él mismo transmitía. Por eso, cuando empezó a recitar, acompañando su canto con la lira, tenía un opresivo nudo en la garganta.

                La mirada del comandante, al darse cuenta de que se apartaba de las clásicas formas del ciego, no contribuyó a calmarle precisamente.

                Pero, poco a poco, conforme las palabras fluían, un cambio se fue operando en aquella masa de individuos. El texto que el chico había escogido era aquel en el que el rey Príamo acude a ver a Aquiles, quien lleva arrastrando por el suelo durante días, atado a un carro, el cadáver de su hijo Héctor alrededor del túmulo de Patroclo, en la proximidad de las murallas de Troya. El anciano rey Príamo ha decidido venir no como rey de una ciudad asediada, sino como padre, para convencer al héroe griego de que le devuelva el cuerpo con objeto de darle sepultura:

                -Acuérdate de tu padre, oh Aquileo, semejante a los dioses, que tiene la misma edad que yo y ha llegado a los funestos umbrales de la vejez. Quizás los vecinos circunstantes le oprimen y no hay quien le salve del infortunio y la ruina; pero al menos aquél, sabiendo que tú vives, se alegra en su corazón y espera de día en día que ha de ver a su hijo, llegado de Troya. Mas yo, desdichadísimo, después que engendré hijos valientes en la espaciosa Ilión, puedo decir que de ellos ninguno me queda.

                Durante este párrafo, el joven apreció un cambio en el ambiente del campamento: más relajado, menos duro… hasta húmedo, a causa de las lágrimas. Porque, ¿qué soldado no tenía padres?¿Cuál no se acordaba de los hijos que había dejado atrás, o se preguntaba si los volvería a ver algún día?¿Qué hombre, al escuchar aquellos versos, no recuperaba una parte de la esencia de su humanidad? Una fracción que, a lo largo del embrutecedor viaje hacia el lugar de la batalla, habían perdido.

                Los soldados le dedicaron una ovación cuando terminó. Henchido por el orgullo, sin embargo, el muchacho no tuvo ocasión de que la legendaria hubris o arrogancia desmedida le invadiera y le condujera a la perdición, como le ocurría a la mayor parte de los héroes mitológicos. Porque cuando bajó de su estrado, el comandante se acercó para encararse con él:

                -Si hubieras cantado este poema cualquier otro día, te hubiera mandado decapitar -le abordó secamente. Y mientras los músculos del muchacho valoraban si eran capaces de evitar la liberación de sus esfínteres, el comandante prosiguió-. Pero hoy nos has venido bien. Hoy les has recordado a sus hombres por quién luchan… y cuál es la única manera segura que tienen de volver a casa. Que, por supuesto, es batirse mañana. O eso me encargaré de recordarles a primera hora con una arenga. Reza porque esa clase de motivación sea suficiente para vencer.

CONTINUARÁ...