Hace unos cuantos años, escribí este libro. En él, contaba de manera novelada lo que ocurrió cuando, en el 149 a.C., los romanos ordenaron a los púnicos que abandonaran la ciudad de Cartago (la cual constituía una parte esencial de su vida). Como los latinos suponían, los púnicos se negaron en redondo, y les dieron a los romanos la excusa perfecta para atacar la ciudad y destruirla. Aquel enfrentamiento fue conocido con el nombre de Tercera Guerra Púnica.
Este relato lo he escrito partiendo de que, en un
momento determinado, se hubiera abierto otra posibilidad…
Consideradlo una fantasía, un divertimento, el inicio
de algo quizás. Como ocurre con las conversaciones en redes sociales, las
historias se inician, luego
prosiguen (atención, spoiler), y después no terminan nunca…
El ambiente en la sala del Consejo de Cartago era
desolador.
Ya
había pasado el tiempo de la furia. Y de las lágrimas. Los púnicos ya habían
asumido las condiciones de su martirio: era abandonar la ciudad (y con ello
toda una forma de vida, su esencia misma, como si les arrebataran uno de sus
órganos), o defenderse los romanos. Es decir, morir, porque no había manera de
ganar contra la desproporcionada fuerza que tenían en contra. Ésa era la
disyuntiva: que. en realidad, no era tal, porque no había opciones. Sabían que
se defenderían pero que, más tarde o más temprano, morirían. Eso era todo.
Se
trataba ahora de discernir los detalles. Que era más o menos como discutir cómo
ibas a preparar la mortaja para el sepelio. A nadie le agrada, pero en algún
momento has de hacerlo. Quizás por eso les costaba arrancar. Los líderes de la
ciudad se situaban a un lado de una inmensa mesa, y los representantes del
pueblo llano al otro, con las cabezas gachas y las caras tan largas como el
largo día que acababan de sufrir. De hecho, el sol se había puesto detrás de
las colinas, y sobre la ciudad empezaba ese período de tiempo en que se
enrarece la luz, poco antes de cernirse la oscuridad.
Tal
vez por ello, también, no divisaron a la figura que se coló en la sala del
Consejo de manera subrepticia, sin llamar la atención de nadie. Tal vez por
ello tuvo la oportunidad de avanzar casi hasta primera línea, muy cerca del
estrado, sin que nadie se apercibiera de su extraña vestimenta. Llevaba un
atuendo sencillo, como el de un agricultor que realiza habitualmente las tareas
del campo; llevaba el pelo rizado y alborotado, como si acabara de vivir un
encuentro violento. De hecho, en sus ropas (y también en las uñas de sus pies
descalzos) había unos restos de un tinte rojizo oscuro que podía asemejarse a la
sangre.
El
hombre arrancó a hablar. Su voz tenía un timbre especial, que encandilaba y te
hacía zambullirte en ella, como si nadaras en un océano. Pero no eran esos
matices los que habían hecho que la audiencia no se sorprendiera al escucharle
alzar la voz sin haber sido invitado, o no pensara en sacarle a palos de allí.
Había algo subyugante en aquella forma de entonar: aquella gente, que había
oído durante años historias de dioses, podría haber utilizado la palabra
“sobrenatural”. Pero era parte del poder de aquella cautivadora forma de
expresarse: que a todo el mundo le parecía que esa forma de hacer las cosas era
normal. Él era consciente de eso: por ello empleaba la misma estrategia desde
hacía miles de años.
Porque
la palabra “sobrenatural”, desde luego, se quedaba corta.
-Nos
encontramos con la situación habitual: el momento en que alguien tiene toda la
razón se enfrenta contra alguien que posee toda la fuerza. Es una circunstancia
espinosa. Y lo sé de primera mano, porque yo personalmente lo he vivido. Pero
amigos, vengo a ofreceros una posibilidad alternativa. A decir verdad, la única
que tenéis.
Con
descaro, y también con asombrosa agilidad, el hombre se colocó detrás del
estrado. Los miembros del Consejo se retiraron a un lado, movidos por un
invisible impulso. Ninguno podía apartar los ojos de aquel tipo. Cabría decirse
que era la única persona en el mundo.
De
hecho, durante un breve período de tiempo, prácticamente fue así.
-Mi
historia comienza cuando todavía vivía mi hermano. Trabajábamos para el mismo
empleador hasta que tuvimos que separarnos por… vamos a decir “razones
creativas”. Desde entonces, lo he pasado mal. Me echaron de mi puesto, pero el
individuo que me despidió me proporcionó, como regalo adicional -saboreó la
palabra mientras la escupía-, “un regalito”. Una especie de condena que vengo
arrastrando desde entonces. Nadie sabe muy bien cómo denominarlo. Es el
problema de ponerle nombre a los conceptos nuevos. Esta maldición me obliga a
vagar de noche por el mundo, dormir de día… y utilizar una fórmula peculiar
para mi sustento. Desde entonces, por supuesto, he tratado de cambiar mi
situación. Llegué a una ciudad llamada Sodoma. Les convencí de que adoptaran mi
estilo de vida. El problema es que aquello se malinterpretó, y mi antiguo
empleador, que por lo visto también mandaba mucho por allí, decidió rescindir
el contrato con esta ciudad… de una manera expeditiva. Pero mala hierba nunca
muere, como suele decirse, y aquí he seguido dando vueltas. Así que vengo a
ofrecerles el mismo pacto que les ofrecí en su día a los sodomitas… pero, esta
vez, espero que con mejor resultado.
Se
aproximó a una de las representantes del pueblo. Era una mujer joven, y hasta
cierto punto atractiva, con los brazos descubiertos. El protagonista la condujo
al centro de la sala. Una vez allí, estiró el brazo de ella hasta que su mano
se quedó muy cerca de la cara de él.
-Hay
que decir que esta nueva condición que adquiriréis posee sus contrapartidas. Se
acabaron los amaneceres. No habrá manera de retornar a una vida normal.
Tendréis que vivir de la muerte y la destrucción… pero bueno, eso es algo a lo
que estuvieron acostumbrados, en su día, vuestros ejércitos, y que desde luego
constituye el día a día de vuestro enemigo, Roma…
Acercó
sus labios a la muñeca de la mujer y, con los colmillos, pegó un estruendoso
mordisco. Podía escucharse el sonido de la sangre al ser aspirada por la boca
de él, como la savia fluyendo a través de un árbol.
Después
de un largo trago, el hombre soltó la mano de la mujer y, con un reguero de
sangre en cada comisura de los labios, exhaló un largo bufido y remató:
-Con
esto -dijo, y al decirlo visualizó cómo, en un día del futuro, en mitad de la
noche, desde las murallas de Cartago, brotaban una miríada de muertos vivientes
que contemplaban con caras pálidas a los romanos, se abalanzaban sobre sus
cuellos conforme éstos intentaban trepar por sus escalas, y volaban hacia los
arqueros que disparaban flechas incendiarias, las cuales caían sobre las filas
propias antes de dispararse, sembrando el escenario de confusión-, con esto, repito,
tendréis buena parte del trabajo hecho.
El
resto de las personas presentes en aquella sala empezó a acercarse al hombre. Todos
le ofrecían sus antebrazos, su cuello, sus espaldas, sus hombros. El individuo
tomaba aquellas partes del cuerpo y las aproximaba hacia él.
-Pero,
señor -interrumpió uno de los hombres que se desplazaban para que el
protagonista de la noche les mordiera, hablando como si el hechizo se hubiera
disuelto en parte, y hubiera recuperado por fin la capacidad de ser consciente
y preguntar-… Eso será por las noches. ¿Y qué ocurrirá durante el día?
Y
el hombre que había inaugurado en el mundo el fratricidio y la mentira
respondió, con ojos vidriosos:
-Para
los días, no os preocupéis… ya tengo algo pensado.
¿CONTINUARÁ?
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