lunes, 24 de agosto de 2026

El relato de agosto: "Llanto de madrugada"

Ocurrió hace mucho tiempo. Antes de que algunos de vosotros nacierais. Parece que fue hace milenios, pero ocurrió en el transcurso de una vida humana.

Llevábamos días, semanas, meses, bombardeados con el anuncio de que Estados Unidos iba a invadir Irak. La sociedad (parte de la americana, mucha de la europea, masivamente la española) se manifestó en contra. Se difundieron mentiras -fue allí donde nació la posverdad-, se esgrimieron burdas justificaciones, se presentaron endebles pruebas. Se dieron muchos, muchos discursos, casi todos llenos de palabras huecas, de aire, de nada. Todos los pretextos parecían ignorar acusaciones mucho más firmes, e ir quemando de manera salvaje etapas hasta que, finalmente, se anunció un día y una hora, una fecha para la barbarie. El ataque empezaría en mitad de nuestra madrugada.

En aquella época, ella aún vivía conmigo. Recuerdo que nos levantamos a nuestra hora habitual. Creo que aún no era de día. No me acuerdo quién encendió la televisión. Y allí estaban: las imágenes casi cinematográficas, de luces blancas sobre fondo verde. Secuencias como de videojuego que simbolizaban la muerte de seres humanos delante de nuestras narices, sin que hubiéramos podido hacer nada para evitarlo.

Ella lloró. Ahora me acuerdo mejor: ella no se había levantado, lo había hecho yo. Yo la desperté en la cama, anunciándole que había empezado la masacre. Y entonces ella lloró. Preguntó: "¿de verdad lo han hecho?". Por lo visto, después de todo, en su ingenuidad, aún creía que las protestas, las súplicas, los gritos de razón desolada, iban a servir de algo. Y sollozó como si le anunciaran que habían matado a un vecino, a un primo, un hermano. Porque, al fin y al cabo, ¿cuál era la diferencia?¿Cuál sería la distancia, años más tarde, con Palestina, con tantos conflictos, una y otra vez?¿Había alguna distinción con eso que dijo Camus, sobre la guerra civil española, acerca de que había demostrado que se podía tener razón y, aun así, perder miserablemente?

Y yo la amé por eso. La amé por esa inocencia tan estúpida. La amé porque son esas debilidades que otros desprecian los que nos hacen sentir, amar, vivir de verdad. Son las que nos convierten en humanos.

Quiero encontrarme con más personas que lloren así. Quiero gente idiota que crea que puede cambiar el mundo, y lloren su fracaso de madrugada.

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