Hay algo muy mágico en el momento en el que un grupo de varias decenas de alumnos (fieras asilvestradas que, mal manejadas, estarían mordiéndose mutuamente, saltando unos encima de los otros, llorando y sacándose los mocos propios y de los demás) se encuentran silenciosos, dibujando, reflejando cada uno su creatividad única, concentr ados en su tarea, mientras su maestra de infantil se encuentra sentada en su silla, al lado de la mesa, contemplando beatífica el pequeño milagro que está aconteciendo delante de ella.
Pero
como los milagros no pueden durar eternamente y a veces se evaporan poco a
poco, y otras explotan violentamente como una pompa de jabón, se abrió la
puerta del aula, entró la directoria del colegio, y desapareció toda la magia
de golpe. En ese momento, los niños y niñas levantaron la cabeza, los lápices
de colores dejaron de pintarrajear, y la profesora (una joven menudita,
delgada, con cara de no haber roto un plato) se levantó de la silla y, como era
protocolario, alzó el brazo para ejecutar el gesto obligatorio de “Heil
Hitler!”, aunque lo hizo de manera algo atolondrada, como si no estuviera
acostumbrada a pedir taxis, y de hecho casi derribó la taza que había encima de
su mesa al incorporarse precipitadamente.
Sin
embargo, la directora casi no prestó atención a ese hecho. Cada vez que entraba
en aquel aula (que alojaba a los alumnos más pequeños de ese colegio), la
visión de las decenas de banderas nazis, con la esvástica sobre el círculo
blanco y éste sobre fondo rojo, las cuales se hallaban colgadas sobre la pared
del fondo, la emocionaba tanto que olvidaba todo lo demás. Así que contempló
con deleite el espectáculo mientras las niñas se ponían de pie y realizaban el
saludo fascista, hay que decir que con más capacidad de reacción que su propia
maestra, que casi se trastabilló mientras trataba de mantenerse erguida.
-Muy
bien. Sólo quería comprobar que todo transcurría adecuadamente -se giró la
directora hacia la profesora-. Puede seguir con la clase.
La
directora cerró la puerta. La profesora lanzó un amplio movimiento de
espiración, exhalando el aire con lentitud conforme avanzaba hacia sus alumnos,
y juntó las manos con delicadeza mientras indicaba el siguiente paso:
-Muy
bien, niños. Coged las banderas que están al fondo del aula. Eso es… Y ahora,
como lo hemos ensayado.
Los
niños tomaron las banderas, y cada uno puso una de ellas en el suelo y se sentó
encima, con las piernas cruzadas. La profesora hizo lo mismo con otro emblema
que guardaba en un cajón. Luego, colocó las manos a ambos lados del cuerpo, confluyendo
las yemas de los dedos en el mismo punto, y tomó aire de manera profunda antes
de decir:
-Recordad,
niños… la esvástica es un símbolo indio que expresa buena suerte y prosperidad.
Así que, cada vez que veáis una de ellas, pensad en algo que aquí en Alemania
se valora mucho: la naturaleza. Cerrad los ojos y pensad en arbolitos, en
verde… y en pajaritos…
Y
la clase se quedó en silencio, respirando acompasadamente, con una tranquilidad
que contrastaba mucho con el sonido de las bombas que, a muchos kilómetros de
allí (aunque cada vez eran menos), retumbaban contra el suelo.
*
La
vida transcurría pacífica en este pequeño oasis que era la clase de Fräulein
Margueritte. Aunque, de vez en cuando, ocurrían cosas raras. Por ejemplo como
cuando, aquel día que los chavales estaban haciendo sus ejercicios en el
cuaderno, se encontró con que una de sus alumnas se hallaba canturreando una
canción. La profesora se acercó a ella con curiosidad:
-Dime,
Anna, ¿qué estás cantando?
-Oh,
es una melodía que tatarea mucho mi madre cuando cocina. Sobre todo cuando
escucha por la radio los mensajes del Führer.
Fue
entonces cuando el mundo empezó a ir a una velocidad más lenta. Por desgracia,
la profesora Margueritte, en lugar de adquirir más capacidad para reaccionar,
la perdió por completo, ya que se paralizó. Porque en ese se momento se acordó
que la familia de Anna era originaria de la región de Alsacia, de madre
francesa, cosa de la que fue consciente un segundo antes de que la niña
empezara a cantar:
-Allons
enfants de la patrie…
No transcurrió más de un segundo hasta que a la
directora (a la que le encantaba hacer esas entradas extemporáneas de vez en
cuando en la clase) le dio por abrir la puerta.
Fue
suficiente. Estaba claro que había oído algo, aunque la maestra no sabía bien
qué. O más bien, cuánto. Quizá no hubiera escuchado nada. Puede que tuvieran
suerte.
-¿Qué
era eso?-preguntó la directora.
Y
allí, de repente, por arte de birbibirloque, la profesora recuperó de improviso
todos los reflejos, y aceleró los nervios a velocidad supersónica para
responder:
-Ah,
una canción alemana.
La
directora levantó una ceja.
-¿Alemana,
dice? Pues a mí me sonaba…
-No,
¿sabe?, es que la familia de Anna es suiza. Y entonces allí cantan esas
cancioncillas típicas, muy de la montaña… Ya conoce a los suizos, gente rara
-la profesora se acercó a la directora y le susurró en voz baja-, ahí metidos
en la montaña, con sus cosas… También un país muy rico, está muy bien tener a
Anna en clase, su familia está pensando en donar dinero a la escuela, conviene
tenerles contentos.
Luego
volvió a alzar la voz y se acercó a la niña.
-Muy
bonita la canción, Anna, puedes seguir con tus ejercicios…
-Pero
yo… -continuó la directora, que no sabía ningún idioma fuera del alemán, pero
sabía que en esa historia había algo raro-. Me ha parecido escuchar algo… la
canción empezaba con allons…
-Claro -expresó la profesora, con un aire de
seguridad tan demoledor como una excavadora-; allons, es la versión
suiza de alles, como en Deustchland über alles. Alemán, buen
alemán, alemán de toda la vida.
La
directora dudó. Era una mujer inclinada a dudar, de todas maneras. No estaba
muy convencida de lo que estaba oyendo; pero la señorita Margueritte sabía
tantas cosas, y solía darle tantos buenos consejos… Y, a pesar de lo que decían
las otras profesoras, nunca se topaba con fenómenos extraños en su clase.
Bueno, a veces sí, pero la profesora Margueritte siempre tenía una buena
explicación para los mismos.
-Eeeeh,
en fin, está bien. Sigan trabajando. Pero intente que sus alumnas hablen un
alemán… más normativo, si es posible. ¿De acuerdo, Fräulein Margueritte?
La
profesora asintió. En cuanto la directora se marchó, la maestra se inclinó
sobre su alumna:
-Si
te parece, Anna, vamos a dejar esa canción para dentro de tu casa, ¿te parece?
Pero es muy bonita, realmente… Muy bonita…
*
Las
reuniones en la sala de profesores, con el paso del tiempo, se fueron volviendo
más desconcertantes. O, al menos, eso pensaba la señorita Margaritte. Porque
era muy raro creer que pudieran estar teniendo allí una conversación tan normal
sobre cómo educar a los niños mientras las noticias que llegaban del frente
eran cada vez más preocupantes, y hasta empezaba a escucharse, a lo lejos, el
sonido de las explosiones.
-Bien,
creo que con esto termina la programación mensual. Antes de irnos… -interrumpió
la frase la directora.
Se
notaba que estaba tragando saliva.
-Como
saben, la situación en la guerra se está poniendo… más complicada de lo que se
esperaba. Pero quiero mantener el firme compromiso que tiene esta escuela con
el Reich…
“Piensa
en naturaleza”, se decía la señorita Margueritte para sus adentros, cerrando
los ojos…
-…
con las doctrinas del Partido Nacional Socialista…
“Piensa
en parajitos”, repetía insistentemente.
-…
y por supuesto con el Führer.
-¡Buitre!
-¿Cómo
ha dicho usted, señorita Margueritte?
-Oh,
nada, nada. Estaba pensando en la próxima lección que le tengo que dar a los
niños, sobre el buitre leonado.
La
directora no se entretuvo demasiado en el tema. Tenía otras cosas en que
pensar:
-Por
eso, quiero reiterarles que, a pesar de los rumores que circulan por ahí,
mañana acudiremos todas para hacer nuestro trabajo, como siempre, para estar al
pie del cañón.
“O
sea, que mañana no va a venir nadie”, meditó la señorita Margueritte,
recordando a la orquesta del Titanic. Se preguntaba si la directora lo decía en
serio porque era capaz de mantener, en una parte de su mente, un tabique que
separaba las verdaderas intenciones de las mentiras que una quiere hacerse
creer a sí misma… o si era capaz de esgrimir esa hipocresía de manera abierta,
hasta el final, aunque el techo se les cayera encima por culpa de un obús. La
tercera opción era más inquietante: tal vez no quería condenar a las profesoras
con la obligación de venir a un lugar peligroso, sino que pretendía
advertirles, de una manera muy sutil, que mañana estuvieran muy lejos de aquel
lugar… pero sin decirlo abiertamente, no fuera que entre las profesoras hubiera
una confidente a las autoridades. El mundo se estaba convirtiendo en un lugar
muy complicado que habitar.
-Creo
que hemos terminado con todos los temas. Disolvemos la reunión. Que vaya todo
muy bien los próximos días.
La
profesora Margaritte se pasó la mañana reflexionando sobre qué podía hacer con
los niños.
Al
final del día, se le ocurrió:
-Mañana
vamos a hacer una excursión.
*
La
mañana siguiente amaneció radiante. Era un día soleado y hermoso, muy atípico
de aquella región de Alemania en aquella época del año. Los niños (y sus
familias, a quienes los alumnos habían convencido de acudir a esta actividad
especial del colegio; teniendo en cuenta lo que probablemente se intuían que
iba a ocurrir, era lógico que hubieran traído las maletas) se encontraban
situados en un hermoso prado que se abría en una de las montañas que
circundaban la ciudad. Desde ahí había una buena visión de la urbe. De hecho,
la señorita, sentada sobre una piedra, podía avistar cómo los tanques y los
aviones enemigos se aproximaban a lo que antes habían sido sus hogares, y
disparaban como si allí no habitaran seres humanos.
-¿Qué
es eso, señorita?-preguntó uno de sus alumnos.
Fräulein
Margeritte negó con la cabeza, pesarosa.
-Eso,
niños, es lo que pasa cuando le haces caso a todo lo que dice alguien sin
cuestionarlo. Ya sea vuestra Fräulein, o un Führer.
La
profesora se levantó. Se puso a caminar hacia el horizonte.
-Venga,
niños, seguidme.
Y así
iniciaron una larga y hermosa caminata por el campo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario