En un lugar de La Mancha, de cuya I.P. no quiero acordarme, no hace mucho tiempo vivía un joven semi-empleado en casa de sus padres, con una Play Station de segunda mano y un gato llamado Michi. Decimos semi-empleado porque tenía un contrato a tiempo parcial, a pesar de lo cual echaba más horas que un reloj, pero como su jefe sólo le pagaba la mitad del tiempo que daba el callo, en conjunto la cosa quedaba compensada. Con ese raquítico sueldo, claro, nuestro amigo (que se llamaba Quijada o Quesada, no queda muy claro en el registro) no se podía permitir un piso, ni una Play Station un poco más actualizada, y tenía el tiempo justo para descansar la mente, pero no mucho más. Y como sus padres no habían conseguido inculcarle el vicio de la lectura a pesar de tener la biblioteca del barrio justo al lado, pues le dio por ver vídeos de Youtube con tanta afición y gusto que olvidó cualquier otra clase de distracción y de otra forma de ver el mundo, creyéndose lo mismo a Iker Jiménez avistando extraterrestres que a un andorrano pontificando con rotundidad sobre España, mientras nuestra protagonista alimentaba su odio contra las mujeres, el chip que implantaron los chinos con la vacuna del COVID, y el malvado Perroxanche. En resolución, el tal Quijano o Quisado se pasaba las noches haciendo scroll de claro en claro, y los días enfrascado en vídeos de turbio en turbio; y así, del poco dormir, y del poco leer con cabeza, se le secó el cerebro de manera que vino a perder el juicio. Se le llenó la fantasía de todo aquello que veía en streaming, y vino a dar en el más extraño pensamiento que jamás dio persona humana en la Tierra, y fue que le pareció convenible y necesario, tanto para él como el mundo mundial, hacerse caballero andante, e ir por todo el planeta, con su mochila de Quechua y el viejo escúter de su recién fallecido abuelo, a buscar aventuras y a resolver los males que habitaban el mundo, como los inmigrantes, la Agenda 2030, y que no se pudieran quitar los tapones de las botellas con sólo desenroscarlos.
Su
madre quiso persuadirle de la idea, por supuesto, pero ahí pinchó en hueso;
primero, porque su padre (que también había visto algún vídeo de Youtube, y
leído unos cuantos libros de autoayuda) creía que era importarse hacerse a uno
mismo, y que aquel viaje era la mejor manera de llevarlo a cabo; y segundo,
porque entonces actuaron las fuerzas vivas del pueblo para darle la razón y
animarle, en aras de lo que denominaron el sentido común, el libre pensamiento y
el centro político.
Entre
los que se situaron a favor de esta iniciativa en la reunión improvisada que
tuvo lugar en la plaza de la villa se encontraban el alcalde, el empresario más
rico del pueblo (los cuales, casualmente, eran la misma persona), el cura, el
sargento de la guardia civil, y un peluquero que regentaba el establecimiento
donde todos los bros del protagonista iban a cortarse el pelo para
adoptar un aire viril (cosa que enamoraba al peluquero, que por eso había elegido
esa profesión donde ligaba tanto). En aquel villorrio no había escuela ni
instituto, así que la única oposición aparente la planteó un señor anciano que apuntó:
-Una
vez tuvimos un caso parecido. Era una chica que se había hartado de leer
novelas de Jane Austen y salió por allí a encontrar a su amor ideal y a
emparejarse nada más pudiera. Volvió a los tres días con ladillas.
Aquel
testimonio, sin embargo, no disuadió a los promotores de la iniciativa, que instigaron
al muchacho a continuar con su proyecto. Y, en efecto, el chico se lo tomó tan
en serio que comenzó a comprar en tiendas online todo lo que le sonara a
armas, armaduras y elementos guerreros, mientras iba retransmitiendo en directo
para sus seguidores cada una de sus evoluciones y progresos. Las redes le jaleaban,
pese a algún hater ocasional que le advertía de su locura, pero nuestro
héroe no les hacía caso porque como todo el mundo sabe, alrededor de los
emprendedores siempre hay envidiosos que pretenden impedir que triunfen.
El
día de su partida, acudieron a desearle suerte casi todos sus convecinos, e
incluso múltiples ciudadanos de otras villas, espoleados por la curiosidad. Se
presentó la banda del pueblo, bajo órdenes del alcalde, quien consideraba que
era un motivo de orgullo que el nombre de su localidad quedara indisolublemente
asociado a esta epopeya. Por ello, la comitiva de despedida acompañó a nuestro
particular Quijote, lanza en ristre (en realidad un palo de selfie, por
si tenía que hacer fotos), no sólo a los límites del pueblo, como estaba
previsto, sino hasta un bosque cercano que constituía el primer hito en el
camino. En ese momento del recorrido, al alcalde le entró hambre y decidió
hacer una parada justo a la entrada del bosque. En un chiringuito que
encontraron por allí, el regidor compró una buena tanda de bocatas, los
repartió entre la gente del pueblo, metió unos cuantos en la mochila del héroe
local, y le deseó buena suerte. El chico, algo cohibido por la atención
recibida, y también por tener que marchar en soledad, arrancó. Mientras lo
hacía, pensó que la moto avanzaría mucho mejor por carretera asfaltada, pero
también recordó lo que había meditado a la víspera, y era que, ¿qué sentido
tendría ir por donde va todo el mundo? Por eso aceleró y, a pesar de la tierra
húmeda y las ramitas que se le cruzaban por el camino, decidió avanzar,
impulsado por la pura fuerza de su voluntad.
Por
desgracia, toda la planificación que había empleado este chaval idealista en
pertrecharse de equipamiento y planear ataques contra posibles enemigos la
había descuidado en estudiar el terreno por el que circulaba, y no sabía que
aquel bosque se hallaba poblado de osos. Uno de los cuales, al aspirar el aroma
de los bocadillos, y al divisar un ente humano que gentilmente se dirigía hacia
él para dárselos, decidió corresponder a tan bello gesto.
La
batalla entre el úrsido y el caballero andante fue tan épica como breve. La gente
del pueblo pudo contemplarla en primera fila, pues, entre los huecos de los
árboles, tuvieron ocasión de observar detenidamente un combate desigual en el
que las extremidades y otras porciones del cuerpo del joven salían volando por
los aires. Después, el mamífero (el más peludo de los dos, se entiende) cogió con
los dientes la mochila cargada de bocadillos del muchacho y se adentró entre la
espesura.
Después
de aquel incidente, hubo un largo minuto del silencio. Después, el alcalde y
otros hombres destacados del pueblo, con las manos en los bolsillos, empezaron
a silbar y a dirigirse de vuelta a sus casas.
-No
ha sido un mal intento, no…
-Le
ha fallado algo de suerte.
-No
podíamos estar preparados para un ataque de osos, en un bosque con osos.
-La
próxima vez nos saldrá mejor.
Y
así, tan livianos como despreocupados, emprendieron de vuelta el camino a sus
vidas, satisfechos de un trabajo bien hecho del que nunca más volverían a
hablar.