Hay veces en que no conocemos la auténtica causa por la que ocurren los acontecimientos y, por tanto, sólo tenemos una versión parcial de los mismos, de tal manera que nuestra interpretación resulta siempre sesgada y, las más de las veces, errónea.
Como le ocurrió a
aquel Boing 747 que despegó del aeropuerto de Tenerife Norte un buen día y, sin
quererlo, se introdujo por un agujero de gusano que le hizo aparecer por la
Palestina del año 1 después de Cristo en dirección este.
El viaje temporal
fue, en verdad, muy corto, pues, al poco tiempo, y antes siquiera de que los
pilotos pudieran apercibirse del suceso (apenas detectaron un par de señales
anómalas en la nave), volvieron a meterse por un agujero de gusano que les dejó
en su localización original.
Sin embargo, para
entonces, el brillo y la estela de su avión al atardecer ya los habían visto
unos cuantos millares de personas de unas cuantas civilizaciones en el mundo,
y, bueno, como suele decirse… el resto es leyenda.
Los pasajeros, ajenos a esto, siguieron haciendo su vida normal.
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