domingo, 5 de noviembre de 2023

El relato de noviembre. Una novela por fascículos. El cajero (5)


Aunque esta sección casi parezca una narración independiente, se trata de la continuación de la historia que empezó aquí y cuya última entrega puedes encontrar acá.Tranquilos, que todo se acaba relacionando.

II

            El enfermero se situó ante la puerta del hospital y, mientras oteaba el mundo exterior (que incluía los ajardinados paisajes, imbuidos en el sosiego de la noche, interrumpidos tan sólo por la intempestiva presencia del parking), encendió un cigarrillo. Aspiró el humo gris unos instantes: luego, al apercibirse del sonido de pasos, arrojó el cigarrillo al suelo y lo apagó. Una enfermera de pelo rubio, veintipocos años y coleta se colocó al otro lado de la puerta, apoyándose sobre el umbral.

            –¿Qué?–le inquirió la muchacha–. ¿Un descansito?

            El otro realizó un gesto despreocupado.

            –Claro. Estaba pensando irme al Caribe, pero me da el tiempo justito antes del cambio de turno. Y, como no me quieres llevar a cenar o al cine, pues me tengo que conformar con la luna y las estrellas.

            Ella no dijo nada; simplemente emitió una enigmática expresión, y siguió mirando al cielo.

            –¿Cuándo vas a salir conmigo de una vez?–pasó el chico de las sutilezas al ataque directo–. Te lo llevo pidiendo más de una semana, y sigues empeñada en partirme el corazón. ¿Piensas decirme que sí algún día?

            La joven giró la cabeza, con la sonrisa pícara de un duende.

            –Saldré contigo, en cuanto dejes de fumar.

            La frase fue enunciada en un tono en apariencia neutro, aunque, para su interlocutor, recordó a la voz sugerente, tan común en el cine clásico, de una atractiva mujer fatal.

            –¡Vamos!–respondió el enfermero escéptico–. No puedo creer que te niegues únicamente por eso.

            Ella se encogió de hombros.

            –Prueba… y verás.

            El enfermero se quedó muy quieto, con los labios entreabiertos, oteando su mirada, mientras la mujer, sin perder esa cómplice mueca en su rostro, volvía la vista de nuevo hacia la luna, y hacía como si se olvidara de él.

            El enfermero, muy paulatinamente, sacó de su bolsillo un chicle de nicotina.

            Comenzó, mientras ella se reía, a masticar…

            Pasaron unos cuantos minutos. El sonido de los grillos constituía una alfombra de bienvenida que tapizaba la entrada al hospital. Ambos seguían allí, detenidos, contemplando las estrellas, como si aguardaran una señal.

            El silencio se quebró cuando, más que nada, por romper el hielo, él elevó al cielo la típica pregunta:

            –¿Qué tal ha ido el día?

            La chica se encogió de hombros:

            –Hoy me ha tocado en la 203. Ya sabes. La habitación de la chiquilla que tiene cáncer.

            –Ah, sí... Una pena. Es muy joven.

            –Pues en el momento en que estaba trayéndole la comida, había dos personas que habían venido a visitar al paciente de al lado: una era una señora mayor, la otra una muchacha joven. Mientras yo hacía mis cosas, la chica enferma ha dicho, <<Tengo frío>>, y justo yo andaba agobiada de tanto calor como hacía; ya sabes, la maldita calefacción de este hospital, que siempre la ponen a tope. Entonces, la señora mayor ha respondido, sin venir a cuento de nada, porque en realidad no se dirigían a ella: <<Pues yo no; es más, lo contrario, tengo mucho calor>>. A continuación, la muchacha se ha puesto muy triste, porque había quedado muy claro que la causa del frío que sentía era que estaba enferma... Pero en ese momento, la chiquita joven que había acudido a visitar al paciente de al lado ha añadido: <<Yo también estoy helada. Es que en mi familia hemos sido siempre muy frioleros>>. Y le ha sonreído. Entonces, la chica con cáncer ha recuperado la sonrisa (estaba muy claro que la otra lo había dicho para reconfortarla, pero tal vez precisamente por eso sonreía), y ha contestado: <<Sí, en efecto, en mi familia hemos sido siempre muy frioleros también>>.

            Se volvió hacia su compañero:

            –¿Qué te parece?

            –Una vela encendida en medio de la oscuridad que sufre esa pobre muchacha. Yo no soportaría encontrarme en su pellejo.

            –Sí; que te toque una afección como ésta, cuando tienes toda la vida por delante, es una putada. Pero bueno, una vez te ha caído la maldición encima, no tienes más remedio que soportarlo.

            Su interlocutor negó con la cabeza.

            –Yo no lo haría.

            –¿El qué?¿Cómo?¿Quieres decir…? –vaciló cuando empezó a entender.

            –No –prosiguió, indiferente, con su razonamiento el otro–. A mí me resultaría imposible aguantar tanto tiempo como ella, sabiendo que todos te miran, pendientes del más mínimo paso, y no actuar al respecto. Antes haría cualquier otra cosa.

            –¿Qué dices?¿Me estás afirmando en serio, con esa tranquilidad, que te suicidarías?

            –No, no –agitó la cabeza–; de eso no sería capaz. Me faltaría valor para ello.

            –Pues entonces, no veo que te quede ninguna alternativa.

            –Sí hay una.

            –¿Ah, sí?¿Cuál, listo? –se plantó retadora ella.

            –Una muy sencilla. Llamaría al asesino de suicidas.

            La enfermera soltó una carcajada que, en medio de la pureza de la noche, sonó clara y límpida.

            –¿Asesino de suicidas?¿Esa coña que se inventó tu supuesto amigo el periodista sobre el tipo que, a cambio de una cierta gratificación económica, te proporciona “el empujoncito” para abandonar este mundo, incluso fingiendo que es un accidente para que la familia pueda, por ejemplo, quedarse tranquila sobre tu muerte, y además cobrar el seguro de vida?

            –¿Lo de supuesto va por lo de amigo, o por lo de periodista?

            –A estas alturas no creo que exista. Ni el asesino de suicidas, ni tu “supuesto amigo”. De hecho, no creo que tengas amigos.

            –Pensaba que te había convencido de que, aparte del dinero, al tipo le interesaba también el derecho de la gente a morir con dignidad. Aunque su cobardía (o la dificultad de hacerlo ellos mismos, con todo lo que implica para las familias) les negara la posibilidad de ello. La libertad de elección de la gente y esas cosas –empezó a exponer cual consabida letanía–. Como el enterrador que no siente pena al arrojar tierra a la cara de un cadáver, sino que tan sólo cumple con su obligación. O que opina que no está matando a alguien, sino que se encuentra ayudándole en el tránsito a una nueva vida. Que no te juzga, no ofrece rollos de falso salvador ni moralinas: simplemente procura que todo ocurra de la forma menos dolorosa y más reconfortante posible. Incluso aunque crea que la chica está cometiendo un terrible error cuando permite que su novio, el lanzador de cuchillos, falle el tiro a propósito para de esa manera ahorrarle el último trago de sufrimiento. ¿Te acuerdas lo que te comenté sobre el dilema de mi amigo, evaluando si aquello estaba bien o estaba mal, si yo debía denunciarle o recomendarle en cambio que pidiera una subvención?

            –Cuéntame otro rollo, anda –repuso la mujer escéptica–, que ése está muy gastado.

            –Pues el caso –indicó el enfermero, cambiando de pierna de apoyo– es que justamente tenía otra historia curiosa que contarte acerca de mi amigo.

            –¿Algo que me pueda interesar?–preguntó ella con aire desafiante, mientras se apartaba el pelo de la cara.

            –Oh, es acerca del cuentasueños.

            La enfermera arrugó el ceño.

            –¿De qué coño me estás hablando?

            El otro masticó el chicle con aire divertido.

            –El cuentasueños. Un tipo que es capaz de ponerse en trance al lado de alguien que está durmiendo, y describir lo que está soñando.

            –¿Y eso para qué narices sirve?¿A quién le interesa lo que sueña tu vecino de cuarto?

            –Le interesa, por ejemplo, a las últimas personas a las que ha prestado su servicio: unos padres cuyo hijo está en coma desde hace años, y que de esa manera pueden conocer las ensoñaciones de su retoño.

La enfermera le contempló con una mirada sorprendentemente más crédula de lo que cabría pensar.

            –Me estás vacilando.

            –No –respondió el enfermero con aire suficiente–: me lo contó mi amigo el periodista.

            –Te lo estás inventando para hacerte el interesante y llevarme a la cama.

            –No; me lo contó para poder hacerme el interesante y llevarte a la cama.

            –No te lo crees ni tú.

            –¿Que te voy a llevar a la cama o que es cierta mi versión?

            –Ambas cosas; pero, en particular, me refería a lo segundo.

            ¿Es que habría mucha diferencia entre tu versión y la mía?

            –Pues en mi opinión, muchísima.

            –Yo no creo que haya tanta.

            La enfermera se quedó súbitamente sin respuestas.

            –En todo caso, ¿de qué va eso de leer sueños, y la conspiranoia de la dominación mundial y todas esas mierdas?

            El enfermero ignoró el sarcasmo y se apoyó contra la pared.

            –Por lo visto, mi amigo se lo encontró un poco por casualidad. Ya sabes que trabaja en la sección de sucesos del periódico.

            –Tu amigo trabaja en la sección de lo que te da la gana según te convenga.

            –Lo que provocó aquel fenómeno –le explicó el enfermero, poniéndose místico– fue, en realidad, el primer reportaje que hizo sobre el caso. Ya te imaginas, accidente de coche deja en coma a niño, padres se quedan todo el día a su lado sin saber qué hacer, lo típico en esta clase de ocasiones. La crónica fue publicada, y flotaba la sensación de que la cosa se iba a quedar ahí. Sin embargo, un par de días después, apareció por el hospital un hombre de edad madura, de origen africano. Según mi amigo, llevaba ropas sencillas, un aire majestuoso, y una mirada que daba la impresión de contemplar constantemente el infinito, hasta cuando estaba enfilando tus ojos. Decía que había leído el artículo por casualidad, en el momento en que se hallaba a punto de emprender un viaje a un lugar muy lejano; no especificó dónde, aunque indicó vagamente que hacia el este. Pero que, al descubrir la noticia, y creer que podía echar una mano, había decidido personarse allí. No pidió en ningún momento dinero. No solicitó nada, salvo un sillón en el que sentarse a meditar. Durante dos días con sus noches, se quedó al lado del niño, vigilado por el personal del hospital, que no las tenía todas consigo respecto a este asunto. Sin comer ni beber, simplemente reflexionando, con los ojos cerrados. Finalmente, tras ese tiempo, medio deshidratado, alzó los párpados… y comenzó a narrar.

            ˃˃Los sueños que describía eran más bien caóticos, anárquicos. Eran los sueños de un chico que llevaba varios meses sin salir al aire libre, y que por tanto no tenían por qué guardar relación con el mundo real… en comparación con la conexión habitual que suele mantener el sueño con la vigilia, les explicó el hombre. Les desgranó los detalles de las fantasías de su hijo: decía que imaginaba inacabables prados; que soñaba con colores, incluso con sus padres de vez en cuando, aunque aparecieran en retazos breves e inconexos. En esa clase de apreciaciones se notaba (decía mi amigo el periodista) que las narraciones del africano eran realistas: no trataban de ser consoladoras para su familia, ni tampoco de describirles un mundo coherente. Los sueños son bizarros, confusos: no hubiera tenido sentido que, en el espacio onírico del niño (o como quiera que se llame eso), éste se encontrara con sus padres en un mundo de paz y felicidad. Eso hubiera sido en realidad el sueño que ambicionaban sus progenitores. Sin embargo, y a pesar de que el hombre no pidió en ningún momento dinero, los médicos no creyeron en su buena fe. Por eso, los integrantes del hospital le colocaron al individuo electrodos para medir sus ondas cerebrales y ese tipo de cosas que hacen los neurólogos, ya les has visto. Y el caso es que, según cuenta mi amigo, las ondas cerebrales del cuentasueños se parecían sospechosamente a las del chico en coma… aunque el hombre se encontraba por supuesto despierto, pese a que, según los análisis, debería estar durmiendo de modo profundo. Pero allí estaba, hablando, de la misma forma en que lo hacemos tú y yo, mientras los padres le escuchaban embelesados.

            La chica clavó una nota mental en un corcho imaginario, como recordatorio para preguntarles luego a los médicos acerca de si era posible aquello de las ondas cerebrales. Sin embargo, antes que nada, cuestionó:

            –¿Cómo demonios era capaz el tipo…?

            –Nadie lo sabe. Mi amigo el periodista le preguntó al africano, pero por lo visto fue bastante parco al respecto. Y de lo que me explicó, yo no me acuerdo del todo. Se supone que argumentó algo acerca de desiertos lejanos, de la quietud del silencio, de aprender a escuchar con autenticidad. De los espíritus arrepentidos de los muertos que vagan entre las dunas de noche. Decía (no sé si me acuerdo) algo acerca de que, siendo sinceros, comunicarse con los muertos no es posible. Sí, puedes escucharles y preguntarles cosas, pero eso no significa necesariamente que te vayan a hacer caso y responder. Ya resulta bastante difícil, decía el anciano, que los hombres actúen como pretendemos cuando están vivos, menos aún cuando han pasado al otro barrio. La mayor parte de ellos, defendía el hombre, están obsesionados por cosas diminutas que se dejaron atrás. Detalles que a nosotros nos resultan insignificantes y hasta estrambóticos, pero que para ellos son los más importantes del mundo. Dónde se quedaron las llaves de la cocina. ¿Desenterró alguien el esqueleto del perro en el jardín? Si la familia canceló el contrato con la lechería, o que nunca te juntes con los primos del otro lado del valle. Decía el cuentasueños que era por eso por lo que, en el momento en que leyó la noticia del chico en coma, huía a un lugar recóndito, un refugio donde no pudiera contactar ni con los vivos ni con los muertos. Pero que, antes de aislarse, deseaba hacer este último favor especial. El problema es que, entre todas las pruebas que los médicos le hicieron al hombre para detectar si mentía, también le encontraron un cáncer de hígado.

            –¡Ostras!–replicó la enfermera. En puridad, dijo otra palabra–. ¿Y qué pasó entonces?

            –El hombre se estaba muriendo, y lo sabía. Se negó a cualquier tipo de tratamiento. Pero los más desesperados eran los padres del chico: el africano ofreció a la pareja la posibilidad de seguir observando los sueños del niño a través de los suyos propios. Decía que no tenía tiempo para enseñarles el método con el que poder “atraparlos” (así lo denominó, “atraparlos”) por ellos mismos, pero que, mediante un tipo de hierbas que él conservaba, serían capaces de leer su mente y, a través de ella, atisbar, como en el fondo de un túnel, lo que se cocía en el cerebro de de su hijo. Les explicó que al principio tendrían que hacerlo de esa manera; después, desgranó, tras mucho tiempo leyendo su mente (incluso cuando la enfermedad le hubiera dejado inconsciente y ya no pudiera hablar) podrían acceder directamente, sin necesidad de intermediarios, a la de su hijo. Declaró que era todo lo que les podía darles: también, que no era una maniobra exenta de riesgos. Explicó que, cuando vives los sueños de otras personas, una parte de ti queda ocupada por esas fuerzas invasivas. Decía que las fantasías te envuelven, enraízan en ti, se empiezan a confundir con la realidad y con la luz del día. Y advertía de que lo peor de todo eran las pesadillas: que a partir de entonces, nunca podrías cruzar una esquina sin saber si iba a aparecer detrás el monstruo más letal. Manifestó que algunos no pueden volver a reengancharse a la vida; que, aunque lo pretendan con todas sus fuerzas, la presión de los sueños es tan aplastante que son incapaces de escapar. Ante esas perspectivas, los padres del niño discutieron: la madre estaba asustada, paralizada por el miedo. Instaba a su marido a volver a casa, retomar de nuevo la actividad cotidiana, salir del aquel bucle, recuperar una rutinaria vida normal. El padre, en cambio, esgrimía que no había nada allá afuera que le atrajera: que lo único que ansiaba era intuir aunque fuera una pequeña fracción de lo que estaba pensando su hijo. Defendía que, en caso de duda, prefería quedarse enredado en el universo de los sueños, a permanecer encerrado en la angustiosa cárcel del mundo real.

            –¿Y qué decían los médicos?–tiraba del hilo la enfermera, cada vez más intrigada.

            –Observaron las hierbas que les había entregado el africano, y no pudieron deducir gran cosa del contenido de las mismas: sabían que incluían algunos opiáceos, con lo cual no podían deducir si serían capaces de conectar al padre del niño con los sueños, o solo crearían cierta clase de ilusión durmiente. Desde luego le induciría una especie de trance, o si prefieres decirlo de coma, que hasta podría interferir con la respiración. Sin embargo, los médicos creían ser capaces de estabilizar su estado, hasta de un modo permanente. Pero la pregunta, aparte del tema económico, y del personal por parte del padre (quien amenazaba con quitarse la vida si no le dejaban hacerlo), era si era ético llevarlo a cabo. Un médico preocupado por estas cuestiones, también la presupuestaria, expuso que, ante el riesgo de suicidio por parte del progenitor, pero asimismo, frente al peligro de que quedara constreñido en un mundo de pesadillas del que no pudiera huir, casi sería mejor inducirle el coma y retirarle toda asistencia vital justo en el instante máximo de felicidad, para que así al menos disfrutara ese último momento feliz.

            –Qué cínico, ¿no? Como tu amigo el asesino de suicidas.

            –Hay muchas maneras de verlo. En ambos casos. Yo prefiero considerarlo una visión alternativa.

            –¿Y qué ocurrió entonces?

            –¿No decías que esta historia era un invento mío?

            –Ay, no seas imbécil. Si me has mentido todo este rato, puedes seguir un poco más hasta el final.

            –Al cuentasueños le indujeron un coma la semana pasada, y se encuentra en la misma habitación del hospital, junto al niño. Los doctores no saben cuánto tiempo tardará en matarle en cáncer ni si (en el caso de que las cosas que ha dicho sean ciertas) ese tiempo sería suficiente para permitirle al padre contactar directamente con su hijo tras la muerte del africano. Los padres se han divorciado, y la mujer se ha marchado a su casa. Los del hospital aún andan a tortas entre sí y con el padre acerca de lo que deben hacer a continuación. Y mi amigo dice que no tiene ni idea de qué pensar sobre este asunto, ni sobre lo que él haría de encontrarse en el pellejo de cada uno de los implicados. ¿Tú qué opinas?

            –No lo sé. No me gustaría tener que decidirlo.

            –Yo tampoco. ¿Entramos en el hospital?

            Accedieron de nuevo por la puerta de urgencias, hacia la sala de enfermeros, y se encontraron allí con sus compañeros, Hola de nuevo, Qué tal estáis, como va todo, Ah, pues aquí andamos, sin más, normal, qué es lo que habéis estado haciendo allá afuera, Eso es secreto, lo que hagamos o lo que dejemos de hacer fuera del hospital es cosa nuestra, Uy, que nos estamos poniendo nerviosos, a saber cómo se lo han pasado, fíjate, si les veo hasta sudorosos, Anda, cállate y no digas tonterías, La guardia normal, bien, aburrida, más de lo previsto, bueno, una excepción, aquí el amigo, que se ha traído champán, ¿Champán?, Sí, es por el nacimiento de mi niña, y como me ha tocado a mí de guardia, pues nada, he traído esta botella, a ver si lo celebramos un poco, Pero cómo vamos a beber champán en mitad del servicio, Va, déjalo, sólo van a ser un par de sorbos, y total, ahora mismo no está viniendo nadie, además, ya sabes cómo va esto, si llega algo gordo, con la adrenalina del momento, el traguito que te hayas tomado se volatiliza en seguida, seguro que antes de terminar el vaso ya nos toca volver al curro, Como nos pillen ya verás la que se lí–, Que no, que no te preocupes, si viene la jefa sólo tienes que invitarla a una copa para que te deje en paz, anda que si la conozco, ¿no te acuerdas de la fiesta de navidad, que se pilló un pedo mas grande que nadie? Bueno, venga, en ese caso, afirmó la enfermera de antes, condescendiente, Que rule, que rule, exigieron algunos, y sacaron vasos de plástico, a falta de copas, y corrió la espuma y el líquido de las ocasiones especiales aún en esos recipientes tan corrientes; no siempre van a ser las fiestas para los cirujanos que vuelven de los congresos en Oxford, también tiene que haber por aquí ratitos de gloria, digo yo, clamó alguno, y momentos de descanso, con toda la crudeza que vemos en el día a día; y comenzaron a hablar de muchas cosas, cualquiera a excepción del trabajo; sacaron a la luz sus pasiones ocultas; se pusieron a conversar acerca de lo que realmente les entusiasmaba fuera de las paredes verdes y la esterilidad del quirófano: Yo estoy haciendo colección de maquetas de barcos, tengo barcos de todos los estilos, banderas y colores, Pues yo me dedico a criar distintas clases de caracoles, no son todos iguales, ni mucho menos, los ejemplares que te encuentras por allí son muy diferentes, cada cual tiene sus pequeñas peculiaridades, en la concha, en la forma de los cuernos, en el tipo de movimiento, A mí me encantan los idiomas, hace poco he terminado con el búlgaro, ahora empiezo por el sueco, Hay que ver, fíjate, qué aficiones más interesantes, con lo aburridos que aparentábamos ser todos, Es lo que tiene la vida, como los icebergs; debajo de la superficie es donde se esconde la mayor parte de lo que existe, Qué frase más profunda, no sabías que fueras filósofo, No, qué va: la primera carrera que estudié fue la de oceanógrafo; ser profundo era una condición imprescindible, Ya a estas alturas se encontraban todos un poco achispados, Y tu niña qué tal es, Preciosa, tiene los ojos azules, Pero qué raro, si ninguno de los dos los tenéis, Es por un gen recesivo, me lo ha explicado el de Reúma, dice que a lo mejor los dos tenemos un gen para los ojos azules, pero que éste está oculto, Quiere decir eso que a lo mejor yo poseo un gen para salvar a la humanidad, y quizás se halle escondido, Pues mira, nunca se me había ocurrido pensar eso, a lo mejor es verdad. Se repitió de manera periódica una pregunta, Qué tal otro sorbo, y entonces el champán se derramó en parte sobre la mesa, pero ya a todos les daba igual, a alguno se le ocurrió que deberían empezar algún juego. Con el paso de tiempo, y con las copas, llegó la hora del abrazo, la de Tú sí que eres un amigo de verdad, la de El problema de este país lo arreglaba yo en dos días, tres se pusieron a alinear el once ideal de la selección, un enfermero afirmaba, ya con una copa de más (quizá empezaban a ser conscientes de que se habían pasado un poco porque nadie les había interrumpido), Si es que el mundo está hecho una mierda, y un colega respondió, Tienes toda la razón, verdad que la vida es muy dura, Fíjate, con la de cosas malas con las que nos tenemos que enfrentar cada día en el trabajo, y encima siempre hay alguno, un jefe, o algún listillo, que pretende hacerse el importante, el gracioso, que se dedica a clavar puñaladas por la espalda y complicarnos la vida a los demás, Tú sí que aciertas, le respondió el compañero, En cambio, prosiguió, si todo el mundo fuera así, como la gente de esta sala, como tú y como yo, tranquilos, simpáticos, amigables, sin prisas, sin ajetreos, sin rabietas encabronadas y con algo de comprensión mutua, entonces todo sería muy diferente, y no habría guerras ni hambre ni miedo ni nadie que hubiera tenido que convertirse en un héroe llamado Schindler, fíjate qué nombre más ridículo, como el de los ascensores, y entonces un celador entró para preguntar que cuál era el motivo de la fiesta, y la gente le respondía, Porque sí, por estar vivo, qué motivo mejor hay, y entre tanto, de fondo, y mientras alguien ponía música con voz de mujer francesa, en un rincón de la estancia, nuestro enfermero y nuestra enfermera se habían perdido de la vista del resto, comenzaban a besarse, y quizás, con las manos, hacían algo más que besar, y se encontraron todos en una nube, con las liras y las arpas, y Apolo componiendo música, y el viejo capitán sin barco contando las batallitas, y Woody Allen tocando el saxo, y un tal Paul Newman mascullando que quién coño le ha comparado con Marlon Brando, y entonces a alguien se le ocurrió preguntar, Oye, qué extraño, no ha venido ninguna ambulancia desde hace un buen rato, y por qué puede ser eso, Se habrán declarado en huelga, especuló uno, Quizá, quiso apuntar otro, con el puntito ya subido, en un arrebato de esperanza, Quizá, incidió por dos veces, ha dejado de haber muertes, la Gran Dama ha clausurado el chiringuito, ha cesado de actuar, y podremos andar por fin, libres y sin miedo para siempre, y entonces uno le respondió, Eso es una novela de Saramago, imbécil, en realidad es que ha habido un apagón en la ciudad, y las ambulancias, sin la ayuda de las farolas, se están quedando varadas en los arcenes de la carretera.

CONTINUARÁ...

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