lunes, 15 de abril de 2013

El relato de abril: Cuentos fantásticos (I). La biblioteca de las maravillas


La biblioteca de las maravillas.

            Todo empezó un día de lluvia. Aquella tarde, a la gente no le apetecía salir a tomar el sol; tampoco querían ir al cine, la cartelera era muy mala, no era época de buenas películas. Así que algunas parejas de enamorados, que se encontraban paseando tranquilamente por los parques, y se vieron sorprendidos por el aguacero, decidieron refugiarse, y pasar la tarde, en una biblioteca.

            Muchos de estos recién llegados no habían visitado un edificio de este tipo desde hacía mucho tiempo. Algunos, se dedicaron simplemente a pasar el rato, disfrutando de juegos tontos, garabateando corazones en las mesas de lectura. En cambio, una de las parejas –se llamaban Alexander y Ana-, se dedicó a contemplar los títulos de los libros, como paseando por una calle donde pudieran espiar en los buzones el nombre de los habitantes de esas casas. Algunos los conocían; otros, en cambio no.
            -El Aleph-encontró Alexander-. ¿Qué demonios querrá decir eso?
            -Suena como a nombre de detergente-le respondió Ana-. ¡Eh, fíjate, El Hombre Invisible!¡Éste me lo leí yo!
            Luego se rió al encontrar otro volumen:
            -El hombre que perdió su esterilla. Vaya título.        
            -¡Eh, no te rías!-le respondió su novio-. Yo me lo leí.
            -¿Y eso?
            -Una vez entré en una librería de ocasión cuya publicidad era que tenían todos los libros posibles. Les dije el primer nombre que se me pasó por la cabeza, completamente inventado, para que no pudieran encontrarlo. Pues van y me lo sacan.
            -¿Y qué hiciste?
            -¡Qué remedio, no tuve más remedio que comprarlo! Y, puñetas, si me gasto el dinero, supongo que tendré que leerlo.
            Ana se rió. Pero en ese momento, el lomo de un libro –suave y erizado, como la espalda de los animales, alguien tuvo razón al ponerle el mismo nombre a las dos cosas- le llamó la atención.

            Para sorpresa de Alexander, la chica se quedó quieta, su rostro se volvió lívido, pétreo, su garganta enmudeció, la sorpresa petrificaba su alma.

            Alexander se acercó entonces, para ver qué era lo que había cautivado la atención de su chica. Y entonces él también lo leyó:
            -La vida de Ana Swzeig.
            No había nombre del autor.
           
            Ana sonrió con alegría.
            -¡Que casualidad, ¿no?!¡La protagonista de este libro se llama igual que yo!
            Alexander se rascó la cabeza.
            -Bueno, no es tan raro; son nombres relativamente comunes.
            Ana dio un par de saltitos.
            -¡Venga, vamos a leerlo, a ver de que va!
            Y Alexander:
            -Bueno, si insistes...
            Y se sentaron a leerlo. Tampoco estaba dentro del libro el nombre del autor. No había editorial. Las cubiertas eran de un color marrón anodino, hubiera sido muy fácil que les hubiera pasado desapercibido. Le echaron una hojeada general.
           
            Comenzaron a turbarse sus miradas.
            >>Ana tiene veinte años. Le gustan las manualidades y los paseos por el parque. Es alérgica a los ácaros del polvo y a las picaduras de avispa.
            Ana contempló a su novio, con una expresión incómoda. Todo coincidía. Alexander tragó saliva. Buscó un par de páginas más adelante.
            >>Cuando conoció a Alexander, parecían hechos a entenderse. A Alexander también le gustaba la música dance y el mismo estilo de películas. Su primer beso fue en el cine, viendo La vida es bella. La primera vez que hicieron el amor, fue en el coche de ella.
            Los dos se contemplaron aterrados. Ana siguió leyendo:
            >>Pero todo cambió el día en que Alexander conoció a Elena. Fue Ana quien les presentó. Ella, por supuesto, no sospechaba lo que iba a ocurrir...
            Alexander cerró entonces bruscamente el libro.

            Ana giró la cabeza, con mirada de interrogación.      
            -¿Qué coño está diciendo este libro, Alexander?¿Tú lo sabes?
            Alexander negó con la cabeza.          
            -Esto es una estupidez-replicó-. Éste es un libro, no puede saber nada de nuestra vida. Además, lo de que me presentases a Elena fue hace sólo una semana. Es imposible que esto salga en un libro. No es real; así que vamos a dejar de leerlo.
            Ana enfrentó su mirada a la de su novio.
            -¿Y entonces por qué no quieres que siga leyendo?
            Alexander trató de apartarle el libro. 
            -Porque no quiero que te obsesiones por una tonterí...
            Pero no le dio tiempo a terminar la frase. Ana le había arrebatado el libro de las manos. Volvió a la misma página.
            >>... y fue entonces cuando ella averiguó, de las páginas de este libro, que la misma noche en que presentó a su novio y a Elena, ellos dos hicieron el amor en su propio cuarto de baño...
            Ana giró la cabeza. La mirada estaba llena de furia. 
            -¿Es esto verdad, Alexander?
            Él trató de negar con la cabeza. <<¿A quién vas a creer, a mí o a un libro?>>, preguntaba, pero a Ana ya no había quien la parara.
            >>Después de dejar definitivamente a Alexander, para siempre, Ana salió de la biblioteca... A la salida, se encontró, por este orden, a un anciano ciego, a un perro cojo, y a su antiguo profesor de música.
            Ana salió de la biblioteca. Alexander la intentó parar, pero su antigua novia le hizo un gesto con el dedo corazón que le indicaba adónde podía irse.

            Corrió entonces por donde le guiaba su instinto, sin tomar dirección alguna; y a lo largo de camino, se encontró tres cosas...

            Un anciano ciego...
           
            ... un perro cojo...

            ... y a su antiguo profesor de música...

            De repente, ella lo supo. Aquel libro le revelaba su futuro...

            Fue algo extraño. Ana volvió a la biblioteca al día siguiente El libro seguía allí; estaba alucinada; aquel libro narraba todos los detalles de su vida, los que sólo ella conocía, y los que nunca había advertido, su pasado... y también su futuro. ¡Qué arma más poderosa había puesto el destino en sus manos, se dijo!¡Qué increíble suerte había tenido!

            No sacó el libro de la biblioteca porque no quería despertar sospechas. Tampoco quiso leerlo de principio a fin; no se atrevía aún del todo hacerlo. Simplemente iba, le echaba una miradita, se conformaba con ver lo que iba a pasar al día siguiente. Al principio, mantuvo un silencio riguroso sobre la cuestión. Sin embargo, el ser humano acaba contando todos los secretos en cuanto le dan una oportunidad. Se lo confesó a una amiga, la cual, ante su incredulidad, tuvo que ir personalmente a la biblioteca para comprobar que, efectivamente, lo que le contaba Ana era cierto.

            La amiga se quedó preocupada. Al día siguiente, volvió a la biblioteca, esta vez sin Ana. Buscó por todas partes un determinado volumen, pero no lo encontró. Esa tarde, se quedó visiblemente desazonada, sin embargo, a la mañana siguiente, se le ocurrió una idea. Así que fue visitando, una por una, todas las bibliotecas de la ciudad. Tardó varias semanas, pero finalmente lo encontró: La vida de Audrie Cherguev.

            Ella también trató de mantenerlo en secreto: pero le pudo la ansiedad, no se puede tener tanto tiempo oculto un suceso tan asombroso. Así que, poco a poco, comenzó a extenderse el rumor; la gente comenzó a visitar las bibliotecas, a buscar sus libros, a encontrar sus volúmenes. Poco a poco, fue confirmándose: los libros estaban allí, esperando ser descubiertos. Cada cual era distinto, tenía distinta textura, tamaño, color de la portada, o tamaño de la letra; pero en todos ellos faltaba la editorial y el nombre del autor, en todos los casos, no había registro escrito sobre cuándo o cómo había entrado a formar parte de la colección de la biblioteca, y todos ellos narraban, de principio a fin, el desarrollo de toda una vida de los habitantes de esa ciudad. Más tarde, se descubriría que ello afectaba a todo el país. Y más adelante, los países vecinos comenzaron a movilizarse.

            Lo que tenían en sus manos, descubrieron conforme los fueron encontrando, era un instrumento poderosísimo que les permitía administrar de una manera nueva y distinta lo que iba a ser el resto de sus vidas; la posibilidad de conocer, minuto a minuto, lo que les había pasado, lo que les iba a pasar. Nos quejamos muy a menudo de que la vida es compleja, de que nunca viene con un manual de instrucciones, pues bien, allí estaba, presente e impreso, justo a su disposición. ¿Qué no hubieran pagado, qué no hubieran entregado a cambio de ello? Nadie se atrevía tan siquiera a proponer el precio.

            Pronto, las bibliotecas se llenaron de multitudes enfervorecidas buscando sus correspondientes libros. Jamás se habían visto colas tan inmensas para acceder a las bibliotecas, los responsables públicos se inquietaron –a pesar de que en un inicio se alegraron de que a la gente le hubiera dado tan repentinamente este ansia de leer-, el alcalde pensó en requisar estos libros, pero fue imposible, por dos motivos: primero, porque la avalancha de seres humanos en busca (nunca mejor dicho) de su destino, lo hubiera impedido a toda costa. Segundo, porque se descubrió que cada libro sólo podía ser encontrado por su correspondiente dueño: ni uno solo de los miles de policías que hubiera estado dispuesto a dirigir el alcalde en busca de los libros malditos, hubiera hallado otro texto más que el suyo propio.

            Y entonces, la gente empezó a leer. Nadie se atrevía a sacar los libros de su sitio, quién sabe por qué, simplemente, no se atrevieron. Hubo uno que lo buscó, pero, cuando se acercaba a la puerta, misteriosamente, fue arrepintiéndose, hasta volver de nuevo a su asiento de la biblioteca. La gente les echaba al principio un vistazo, luego, una hojeada mayor, alguno sólo quería contemplar algún pequeño detalle de algún punto de su futuro que particularmente le atormentaba. Un detalle importante era quién se atrevería a leer descrita su propia muerte; hubo alguno que lo hizo, sin ningún miedo en el cuerpo. Otros, en cambio, quedaron traumatizados durante días, en los cuales no fueron capaces de salir de la biblioteca, y se quedaron lánguidos, en sus asientos, carentes de comida y de bebida, sin saber qué decir, sin atreverse a respirar...

            Se dieron circunstancias varias, diversas, variantes; se dice, de hecho, que un día una chica leyó su propio asesinato, y se encontró, frente a frente, con los ojos de su agresor, que también leía su libro, quizás el mismo pasaje... Hubo quien se volvió loco al comprobar que los sueños de su vida no se hacían realidad, arremetió contra los libros de la biblioteca, dijo que nadie debería retomar la letra escrita, y produjo una inmensa hoguera, que incluía títulos como El Quijote, La Divina Comedia, El libro de las Maravillas de Marco Polo, o las obras completas de Chejov. A nadie le importó, todos andaban demasiado ocupados con sus propios relatos, incluyendo los mismos bibliotecarios, a nadie le interesó que ese enajenado fuera biblioteca por biblioteca quemando todos los libros que hallaba a su paso. La gente sólo pensaba en volver a sus casas para planear qué es lo que harían de cara al día siguiente, en función las predicciones (¡qué predicciones!, hechos contrastados!), que les habían otorgado sus libros. Y entonces fue cuando se reveló el mayor de los misterios.

            Y es que el futuro era variable: se podía modificar, ligeramente, según las decisiones que tomáramos. Así pues, al finalizar el día, uno podía volver a su libro, para comprobar qué había cambiado en el resto de su vida por haber modificado sus actos con respecto a los que originalmente planeaban realizar. O sea, que el futuro no estaba escrito; era variable, incluso comprobable, podíamos dirigir para nuestro beneficio nuestras propias vidas, con tan sólo leer qué modificaciones habíamos provocado. ¿Qué más se podía pedir?

            Sin embargo, ni siquiera las cosas perfectas lo son como uno se lo esperan. Porque aquí llega la paradoja. Durante todos los días de nuestra vida, tomamos miles de decisiones, minuto a minuto, hora a hora. En la mayor parte de los casos, no somos conscientes de qué repercusión tienen o no esas decisiones; no tenemos la posibilidad de volver atrás, solemos decir, bueno, da igual, todo hubiera sido igual de la otra manera. Pero ahora, no; ahora, todas las decisiones quedaban escritos en papel, y tenían su reflejo en la evolución del libro: cambiaban, alteraban, incluso agregaban o quitaban una o dos páginas. En esas circunstancias, cualquier ligera modificación, pesaba como una losa de plomo en el libro de la vida. Y fue en esos momentos, cuando la gente empezó a coger miedo.

            Porque se dieron cuenta de la cantidad de saltos sobre el precipicio, de opciones al filo de la navaja, tomaban cada día. Porque comenzaron a darse cuenta de lo difícil que era vivir, de lo complicado que era manejarse sin un manual de instrucciones. De hecho, se preguntaron, cómo podían haber sobrevivido todo ese tiempo antes. Y de repente, salir a la calle, sin el libro de las respuestas, sin la piedra filosofal del control sobre nuestra propia vida, se convirtió en una empresa arriesgada; que incluso podía ser mortal.

            Y la gente comenzó a no salir; a encerrarse en las bibliotecas, leyendo página tras página, contemplando párrafos y letras. Los habitantes de la ciudad, de todo el país, de todo el mundo, comenzaron a comer, a lavarse, a dormir en las bibliotecas... Algunos dejaron de comer, simplemente, leían el libro, que, de alguna extraña manera, les proporcionaba sustento vital suficiente como para no necesitar alimento... Y de repente, se enlazó un extraño giro, personas leyendo un libro que narraban la historia de esas propias personas leyendo un libro, que narraban la historia de esas personas leyendo un libro, en un bucle cerrado, en un ciclo interminable, que nunca pararía ni dejaría de parar. Pero la gente, lejos de escapar de ese círculo vicioso, se sintió a gusto en él, se sintió temerosa de la vida, prefirió esta existencia irreal y anodina al riesgo de enfrentarse al mundo exterior... Y la civilización, tal y como la conocemos, comenzó a derrumbarse de golpe.

            Primero faltaron los servicios urbanos de las ciudades; luego, se pararon las factorías, los gigantescos motores industriales dejaron de funcionar. Finalmente, no llegaron los camiones procedentes de las granjas con los alimentos necesarios para la subsistencia de los individuos; todos se habían encerrado, los que no tenían biblioteca en su propia localidad emigraron a la más cercana; sólo los analfabetos se pudieron salvar, vagaron como almas en pena, por las calles vacías, por las esquinas desiertas, preguntándose qué había pasado, qué había empujado a los poderosos, a los poseedores de la palabra, a dejarles el camino a ellos, los seres inferiores de la sociedad... Muchos sonrieron, de forma irónica, satisfechos ante la reparación de la injusticia. Otros, que se enteraron del motivo que encerraba a los “hombres del libro” dentro de sus bibliotecas, trataron también de formar parte de la peligrosa, pero atrayente, ecuación suprema. Algunos aprendieron a leer; otros no pudieron, porque quienes pudieron haberles enseñado no querían desembarazarse de sus libros; incluso varios casos de muerte de lectores que se negaron a prestarle ayuda a aquellos que se la solicitaron, se la imploraron, -se la exigieron. Parecía que nada ni nadie iba a escaparse de esa epidemia, de esa hecatombe.

            Yo intenté salvarme. Me dije desde el principio que no me interesaba lo que un libro tuviera que decirme sobre mi vida. Luego, cuando me di cuenta del giro dramático que tomaban los hechos, procuré huir con todas mis fuerzas. Me fui quedando solo, sin pareja, sin amigos, las personas que yo conocía, mis padres, mis jefes, tenían en la cuenca de sus ojos el aspecto vidrioso de la lectura continua, del cerebro absorbido... Procuré aislarme, abstraerme, pero cuando me encontré solo, por entre las calles vacías, con el traje medio raído y el nudo de la corbata deshecho, con la basura repartida entre las calles, caminando por entre los ayuntamientos y las oficinas vacías, me di cuenta del dramatismo de la situación. Me di cuenta de mi absoluta soledad.

            Todo, hasta que un día, no tuve más remedio. Hasta que un día, me volví medio loco. Hasta que la soledad hizo mella en mí y me obligó a salir desesperado, por entre las calles, mientras uno de los pocos analfabetos que quedaban se bañaba entusiasmado en una estancada fuente pública. Corrí a través de los caminos desérticos, hasta finalmente penetrar en la primera biblioteca que encontré, hasta rebuscar uno por uno entre los libros, en medio de los lectores, que se mostraban indiferentes ante mi presencia frenética, ajado y encrespado como me encontraba. Así hasta que finalmente, encontré mi libro... y comencé a escribir.

            Y escribí y escribí y escribí, mientras yo mismo me sumergía en un bucle continuo que se repetiría por siempre; y escribí y escribí y escribí, sin ningún sentido, sin ningún por qué, lo primero que se me pasaba por la mente; y escribí y escribí y escribí, sin tener ni idea de qué quería decir en este escrito ni por qué... Escribí, como el último hombre que quedaba en el mundo con algo de cordura y los pies en la tierra... Escribí, mientras me zambullía, en un mar más plácido, más sincero, donde la vida es más fácil, más sencilla, pero es gris...

            Y todo hasta que finalmente este libro viajó por todo el mundo hasta llegar hasta aquí...

            ... para que a partir de ahora, amigo mío, tú empezaras, como nosotros, a leer...

lunes, 8 de abril de 2013

La historia real de abril. Parásitos del alma.

De primeras, ya advierto: esta sección contiene conceptos e imágenes que pueden resultar desagradables. Hipocondríacos y mentes sensibles, abstenerse.

Muchas veces nos parece que nuestra personalidad es característica de nosotros mismos, y por tanto inherente e imposible de separar de nuestro más íntimo ser. Sin embargo, siempre me he preguntado qué ocurriría si a una persona se le diera la oportunidad de volver a nacer de nuevo, en otro lugar distinto del mundo: seguramente, su piel tendría distinto color por la mayor o menor influencia del sol o por distinto trabajo. Seguramente, su forma de llevar el pelo sería diferente. Más que probablemente, su personalidad se hubiera visto alterada por las distintas circunstancias que ha vivido. Y así hasta hacerlo irreconocible. Al mismo tiempo, parte de estas circunstancias se ven también motivadas por nuestra salud. Un caso histórico muy conocido es el de Enrique VIII, que sufrió un accidente que le lastimó la pierna, impidiéndole montar a caballo, cazar y otras muchas diversiones regias, lo cual le hizo engordar y le agrió el carácter,  factor que sin duda contribuyó a que (aparte de otras circunstancias -históricas, políticas y personales-) tuviera la natural tendencia a cortar la cabeza de su actual mujer para a continuación casarse con otra. También se atribuido el comportamiento caótico de algunos gobernantes (como Iván el Terrible) a las consecuencias mentales de una sífilis no tratada, o a los propios tratamientos contra la sífilis. Sobre el faraón Akenatón -padre del futuro Tutankamón e instaurador durante una breve época de una religión monoteísta-, se ha defendido que la presencia de un síndrome de Marfan no diagnosticado (una enfermedad benigna hasta edades relativamente tardías, que provoca un perfil físico muy particular, con caras alargadas y dedos largos e hiperflexbiles) podría haberle hecho sentir diferente del resto de los seres humanos y hubiera favorecido ese cambio religioso tan radical que originó en el antiguo Egipto, cuando Akenatón creó un dios único cuya excepcionalidad se encontraba seguramente más acorde con la singularidad de los rasgos del gobernante. Pero a veces, todos estos cambios son sutiles, más difíciles de distinguir. Desde la persona que evita las escaleras porque tiene un problema imperceptible de visión que le dificulta manejarse ellas, hasta los que duermen con almohadas más duras porque su baja tensión les provoca grandes dolores de cabeza cuando se levantan bruscamente de la cama, pasando por aquellos cuya personalidad se modifica por una tendencia a la obesidad como consecuencia de un ligero problema metabólico, lo cual provoca que los chicos le llamen "gordito" en el colegio. En la naturaleza, incluso, están ampliamente descritos una serie de parásitos que son incluso capaces de modificar el comportamiento de sus víctimas para su conveniencia, y de los que hablaremos en alguna otra ocasión. Hoy, en cambio, trataremos acerca de dos parásitos humanos que también han modificado el comportamiento de nuestro especie: uno en lo cultural, y el otro, en lo personal de cada individuo.

Empecemos por el Dracunculus medinensis. Este parásito habita sobre todo en zonas acuáticas de África, India y Oriente Medio, y por tanto suele afectar a trabajadores que pasan mucho tiempo en el agua y, sin pretenderlo, se tragan las larvas (las cuales, a su vez, se hallan contenidas en un diminuto crustáceo, pero de esto olvidaros, porque para lo que nos ocupan es como si estuvieran sueltas). Éstas abandonan el intenstino y marchan al tejido celular subcutáneo -o sea, la capita de grasa justo debajo de la piel que todos tenemos-, donde se convierten en adultas y copulan. Es entonces cuando la hembra se dirige hacia las zonas de la piel más expuestas al exterior, y en particular brazos, piernas o abdomen. Hay que aclarar que las hembras pueden tener una considerable longitud, de tal manera que los afectados pueden ver a un gusano de más de medio metro reptando bajo su piel. Finalmente, la hembra sale al exterior por uno de sus extremos, provocando una úlcera en la piel que duele, pica y quema, lo cual suele provocar que el paciente se introduzca el agua (ideal para el parásito, que busca liberar sus huevos allí). El gusano se queda colgando de la piel, con un extremo fuera y el otro dentro, algo que, como os podéis imaginar, suele producir una impresión bastante desagradable. Lo malo de todo esto es que quitarse el gusano de encima no es tan fácil como simplemente cortarlo o tirar de él: el problema de este tipo de parásitos es que, cuando liberan el contenido de su cuerpo a la sangre, inducen una reacción muy parecida a las alérgicas que, en circunstancias extremas, puede provocar la muerte. Por ello, para acabar con el parásito, lo que suelen hacer los habitantes de estas regiones es coger un palito muy fino e ir enrollando el extremo saliente del gusano en él, hasta finalmente, y tras mucho tiempo de cuidadosa extracción, sacarlo por completo del cuerpo, como podéis ver en esta fotografía.




Lo curioso es que este tipo de tratamiento ha influido en nuestra cultura de tal manera que ha inspirado las leyendas cerca del origen de la medicina. Si recordáis, el símbolo de la medicina es una serpiente que se enrosca alrededor de una vara. En la Biblia, Moisés crea el símbolo de una serpiente alrededor de un bastón para librarse de una plaga de serpientes que asola al pueblo de Israel, y se cree que este mito puede provenir del bastoncito que se emplea para sacar al Dracunculus. También en la mitología griega, las serpientes tienen una gran importancia, pues se las dejaba reptar libremente (cuenta la leyenda) por el templo del fundador de la medicina Asclepio, esperando que inspirara los sueños de sus pacientes a la hora de proponerles remedios para su curación. Por cierto, hablando de curaciones, la OMS ha dicho que va a intentar que el 2014 sea el último de este parásito sobre la faz de la tierra, a fuerza sobre todo de evitar que la gente beba de aguas contaminadas mediante la prevención y filtros adecuados. El anuncio es muy bonito, pero dado que llevan intentando lo mismo desde 1995, yo no perdería la esperanza, aunque sí que andaría precavido sobre el tema. Sin embargo, según la OMS, ahora sí que sí toca (sería la segunda especie que nos infecta que queda erradicada del planeta a lo largo de la historia, después de la viruela), y los números parecen indicar que, como ha dicho Bill Gates a propósito del tema, ahora sí hay una voluntad política para realmente hacerlo.

El segundo parásito del que hablamos hoy es el Toxoplasma gondii, causante de la enfermedad denominado toxoplasmosis. Esta especie debe su supervivencia, entre otras, a tener una amplia variedad de hospedadores, pero dos son los más importantes para el hombre: el gato y el ganado vacuno. Infectarse a través de los gatos es muy complicado, pues son animales muy limpios y requiere básicamente manipular sin precaución las deposiciones de los felinos (sin embargo, embarazadas, abstenerse, porque la toxoplasmosis para el feto es bastante perjudicial). Por tanto, la forma más común de infección es ingiriendo carne poco cocinada de ternera, pero, en general, el toxoplasma es un parásito capaz de ser controlado por nuestro sistema inmune, con lo cual no causa síntomas a no ser que nos encontremos inmunodeprimidos (una vez más, embarazadas, por si acaso, abstenerse), situación que se ha producido de manera relativamente frecuente en nuestro medio en los últimos años  como consecuencia del SIDA o de poblaciones inmigrantes con más bajo nivel de vida y peor sistema inmune. El toxoplasma, cuando se desarrolla, produce unos quistes en el cerebro que pueden llegar a ser fatales pero, como decimos, en sujetos con un buen sistema inmunológico no se producen aparentemente daños, de tal manera que, en determinadas poblaciones que consumen una alta cantidad de carne poco cocinada (el ejemplo más claro, los parisinos, con su adorado steak tartare) se puede encontrar hasta un 80% de individuos infectados por el Toxoplasma, todo esto, como hemos dicho, sin síntomas... al menos aparentemente.

Y es que, cuando uno empieza a hacer estudios en grandes poblaciones, surgen tendencias. Por poner un ejemplo, los ratones infectados por el toxoplasma empiezan a perder su miedo natural a los gatos e incluso se sienten atraídos por ellos (lo cual es muy útil para el toxoplasma, para continuar con la infección en otro hospedador). Y en los seres humanos, aunque sólo en ciertos individuos (estaríamos hablando de estadísticas en grandes grupos de poblaciones) se ha descrito una mayor frecuencia de esquizofrenia. Pero en sujetos sanos, también se ha visto que hay mayor porcentaje -en las personas infectadas por Toxoplasma- de individuos inseguros y dubitativos. El toxoplasma podría provocar más neurosis (de hecho, según ciertos investigadores, explicaría en parte por qué los franceses serían más neuróticos -según dicen las estadísticas- que los australianos), y también un mayor índice de suicidios. Las diferencias irían incluso por sexos: los hombres infestados tienden a tener más accidentes de tráfico, mientras que las mujeres, en cambio, parecen poseer una inteligencia más despierta que sus compañeras sanas, pero también, por contra, más tendencia a sentirse culpables.

¿Puede, por tanto, el Toxoplasma inducir al suicidio? Es aventurado decirlo. En este tipo de asuntos influyen una amplia variedad de circunstancias, desde factores genéticos hasta socioeconómicos, ambientales, climáticos. Un tipo con Toxoplasma no se va a suicidar porque sí, pero, en el caso de que viva unas condiciones que faciliten que esa idea pase por su cabeza, el Toxoplasma puede darle un pequeño empujón a favor de esta dramática vía. Esto no revela un determinismo absoluto sobre las decisiones humanas, pero sí que somos menos libres de lo que aparentemente creemos. Y que, tal vez, tratar estos factores subyacentes puede contribuir, a la larga, a disminuir nuestra infelicidad o el número de intentos autolíticos.

La vida son nuestros genes, nuestro entorno, nuestras células... y, a veces, pequeños invitados no esperados.

P.D. Como aderezo, os muestro un video que preparé para el concurso de monólogos científicos FAMELAB y donde, mal que bien, describo el ciclo biológico del Dracunculus medinensis, así como su relación con los símbolos de la medicina. Digo mal que bien porque no les ha gustado lo suficiente para ser seleccionado (quizás el hecho de que este escritor no sea el mejor orador del mundo para tiempos absolutamente medidos haya contribuido) aunque, por contra, esto tiene la ventaja en que os lo puedo mostrar ahora, unos pocos días de que se haya conmemorado el Día Internacional de la Salud. Como veréis, no hay grandes efectos especiales: una bolsa de farmacia, una serpentina y un bolígrafo. Pero ya es más de lo que se usa en la realidad. Un saludo.


martes, 2 de abril de 2013

La historia corta de abril. Historias del metro (7)


Esta historia me la contó un pajarito.


            Me encontraba en el autobús, aburrida, así que, en un momento de esparcimiento, me dediqué a pegar la oreja a la conversación más cercana. Una chica joven, de unos veintipocos años, síndrome de Down, llamaba por el móvil a su madre.
             -Mamá. Te llamo para decir que voy a llegar tarde. Te llamo para decirte que no te preocupes, porque he pensado que te ibas a poner muy nerviosa, que el autobús ha tenido una avería muy gorda, y el autobusero ha dicho, No llegamos, No llegamos, y al final hemos llegado, y ya estoy en el 27, y que llego a casa. Te llamo para decirte que hoy me he encontrado en la esquina del quiosco de las chuches a la directora del departamento de recursos humanos, y me ha dicho que mi jefa me quiere mucho, y habla mucho de mí, y muy bien de mí, y dice que trabajo muy bien. Mañana tenemos un congreso y hoy me ha tocado preparar la comunicación para las cien personas, y llamar a los de catering, y mi jefa, al terminar, ha venido, me ha dado la mano, y me ha dicho, Vengo a darte la mano, porque hoy has hecho muy bien tu trabajo, y decirte que te quiero mucho, no sólo como persona, sino porque además eres una buena trabajadora. Mamá... ¿estás orgullosa de mí? (Me pareció escuchar a la madre llorar al otro lado del teléfono, o quizá solamente me lo imaginé). Y mamá, y díselo también a papá, y díselo también a la familia, y díselo a mi hermano y a las primas, que quiero que lo sepa todo el mundo, ¿vale mamá?, (y ahí me bajé. Yo también tenía la lágrima en el ojo).

El pasado 21 de marzo fue el día internacional del Síndrome de Down

lunes, 25 de marzo de 2013

La obra de teatro de marzo: "El pato salvaje", de Henrik Ibsen

"El teatro lleva en crisis desde los griegos, y aún sobrevive", dijo una vez Andoni Olivares. Y, dado que esta semana (día 27) es el Día del Teatro (buen momento para que busquéis una obra en vuestras respectivas ciudades y compréis entrada), hoy por supuesto tenía que tocar recomendar obra. La escogida ha sido "El pato salvaje", de Henrik Ibsen. Y sobre ella os pienso decir... nada.

¿Cómo que nada? Bueno, sí, os puedo comentar alguna cosa sobre el autor: Henrik Ibsen, quizás el noruego más famoso del mundo, mundialmente aclamado por una revolucionaria obra, "Casa de muñecas", de la que tampoco os voy a revelar mucho, pero os avanzaré simplemente que se le acusó de socavar los fundamentos de la familia, la sociedad y la civilización occidental (ahí queda eso). Pero por lo demás, sobre "El pato salvaje", el drama que hoy nos ocupa... no, no os pienso decir nada.

"¿Pero por qué no?" (me preguntaréis, mascullando: "¿este tipo es tonto o qué?"). Pues porque en muchos casos hay historias (entre ellas, dicho sea de paso, y como promoción nada encubierta, mi último trabajo, "El troll", la cual os podéis descargar siguiendo la instrucciones de la parte derecha de esta página -por supuesto que no la pienso comparar con una obra de Ibsen, pero supongo que entendéis mi postura: Ibsen no necesita publicidad, pero yo sí-) en las cuales es mucho mejor sentarse directamente en la butaca, o abrir el libro, sin saber en absoluto de qué va. De esta manera, la propia forma en que avanza la historia te sorprende en su evolución. No te dejas llevar por ideas preconcebidas ni sospechas sino que, simplemente, te dejas arrastrar por los personajes y miras a ver adónde el torrente de los acontecimientos te lleva. Y en este caso, la obra de Ibsen es un ejemplo perfecto.

¿Que me insistís en que os cuente algo más? Venga, vale, tres cosas: 1) "El pato salvaje" es menos famosa que "Casa de muñecas" pero, en mi opinión, puede rivalizar perfectamente con ella; 2) a pesar de tener más de cien años de antigüedad, os va a parecer tremendamente moderna; y 3) una de sus adaptaciones en España llegó de manos de Antonio Buero Vallejo, uno de nuestros mejores dramaturgos y que tambíen es experto en historias sobre las que es mejor encontrarse en la inopia cuando empieza la ficción -y ya de paso, dos ejemplos de este autor: "La Fundación" y "El tragaluz"; de esta última os recomiendo que os hagáis con una edición que contenga una buena introducción sobre las circunstancias de la obra, pero que no os leáis dicha introducción hasta el final: es de este tipo de relatos que contienen un mensaje interesante por sí solos, pero cuando averiguas lo que hay escondido (y aquí, como en un iceberg, hay más de nueve décimas partes bajo el agua) te impacta muchísimo más-.

Bueno, al final en vez de una obra de teatro quizás os haya recomendado cuatro (o ninguna, según se mire). Pero tenéis opciones, ¿no? Al fin y al cabo, el Día del Teatro, como Navidad, es todo el año.

lunes, 18 de marzo de 2013

El relato de marzo: "No hay Dios"


Tras la elección de un nuevo Sumo Pontífice, quizäs es buen momento para poner este relato. Como está recién horneado y sin tiempo para hacer revisión (está siendo una época muy intensa), os ruego me perdonéis las posibles erratas. Ateos o creyentes, no se me ofendan, por favor, que como casi todos los relatos sobre Dios, éste no va sobre la divinidad, sino sobre los hombres.

No hay Dios.

                El primero que lo sufrió fue el santón indio. Se encontraba realizando una de sus habituales huelgas de hambre, que empleaba a menudo como acto de protesta. En este caso se encontraba lanzando un alegato a favor de sus tesis cuando de repente, su cuerpo se tambaleó ligeramente. La gente pensó que podría tratarse de uno de los efectos del ayuno, y de hecho, esta fue la explicación que se dio ante el hecho de que él fuera el primero en caer. El caso fue que el santón trastabilló, se desplazó hacia un lado, y los asistentes le recogieron con sus brazos. Sus ojos se habían cerrado, en sus labios se hizo el silencio, pero lo extraño de aquella especie de somnolencia era que sus párpados se encontraban apretados, como en una sorprendente concentración.
                El siguiente paso fue en la mezquita. Una de los imanes más reconocidos de Estambul estaba llamando a la oración personalmente, a través de los altavoces, a lo largo de la explanada del barrio de Sultanahmet. Entonces, de manera súbita, el altavoz calló. Fue más tarde cuando descubrieron que el imán, tras una pérdida inesperada del conocimiento, se había caído por las escaleras. Ninguna lesión de la que lamentarse, se atribuyó la caída a la falta de costumbre de subir a los pisos superiores para llamar a la oración (tarea habitualmente destinada a otro colaborador de la mezquita, que casualmente se hallaba enfermo), pero lo que nadie se explicó era que todavía no hubiera recobrado el sentido, y menos esa curiosa expresión de encontrarse soñando con algo particularmente intenso.
                Pero los otros casos fueron más raros. Al Dalai Lama le ocurrió en mitad de la oración nocturna en un templo budista de Nueva York. Justamente cuando se hallaba inclinándose en dirección al Buda, su cuerpo se paralizó. La gente creyó al principio que se encontraba rezando de manera particularmente fervorosa, pero luego se dieron cuenta de que ya no se levantaba. Ciertos monjes, algo pícaros, sugirieron que el Dalai se había quedado algo dormido, y como en todas las casas (incluso las más santas) cuecen habas, los mayores detractores del Lama –algunos echaban de menos al anteriormente fallecido Dalai- sugirieron que alguna vez anterior había hecho amago de ello. Pero no se incorporó cuando le tocaron el hombro, y también había una cosa especial: su pies. Se agitaban como si se encontrara corriendo.
                Sin embargo, el caso más llamativo de todos fue el del Papa. Y tan llamativo. Se hallaba enfrente de la Plaza de San Pedro, delante de más de medio millón de persona. Y mientras se encontraba pronunciando su discurso, leyendo los papeles, una paloma juguetona se posó sobre su cabeza. El Papa, de natural bonachón, trató de quitársela con gentileza de la cabeza. Y en ese instante, como afirmó uno de los testigos, “le dio como un vahído”, y se cayó para atrás junto con su silla. Inmediatamente hubo protestas contra el alcalde de Roma y el profuso número de palomas en la ciudad, e incluso alguno sugería que todos los habitantes de la región del Lazio deberían almorzar esa tarde carne de paloma, pero la globalización y la inmediatez de los medios de comunicación actuales lograron su propósito, y en poco tiempo, todo el mundo supo que, con un desfase de menos de media hora (y a pesar de la diferencia horaria), cuatro de los más altos representantes de las mayores religiones del mundo habían caído en un profundísimo y casi espectral sueño. Y lo cierto, es que nadie –a pesar de la existencia aún despierta de cardenales, obispos, sacerdotes, monjes y monjas, capellanes, cuidadores de templos, imanes, patriarcas, almuecines y creyentes-  sabía decir por qué.
*                                             *                                             *
                Y como suele ocurrir con los grandes acontecimientos planetarios, la verdad es que al principio no pasó nada. La gente estaba perpleja, desde luego, y algún medio de comunicación empezaba a plantear alguna teoría rayana en lo paranormal, pero aparte de eso, y de muchas diplomáticas reacciones de jefes de estado esperando la pronta recuperación de los religiosos, poco más. Un cierto número de curiosos se mantuvo de guardia en San Pedro, y algunos se congregaron alrededor de la tienda donde ¿descansaba?¿meditaba?¿dormía? el santón indio, pero poco más. No obstante, conforme pasaban los días, la gente se agitaba inquieta y se preguntaba en los confesionarios, en los rezos, de comunión en comunión y en cada funeral a orillas del Ganges, qué era lo que iba a ocurrir.
                Hasta que un día ocurrió. Sucedió también en perfecta sintonía horaria, de tal forma que en algunos casos era pleno día y en otros transcurrió en mitad de la madrugada. Pero fue real, afirmaron los que se encontraban al lado del santón indio, que abrió los ojos bruscamente, se incorporó de golpe desde su posición tumbada, y agarró la mano de la persona que tenía al lado, provocando en esta última un gritito de miedo. Pero el santón no dijo nada: eso sí, abrió la boca enormemente, como si estuviera soltando un alarido sordo, pero sin emitir una sola palabra de sus labios, mirando muy fijamente, los ojos inyectados a algún punto desconocido enfrente suya. Y luego, se levantó corriendo, y se encerró en su habitación.
                En el caso del Dalai Lama, la salida fue aún más precipitada. Se incorporó pausadamente desde su posición reclinada (de donde nadie se había atrevido a desplazarle), miró al altar donde estaba rezando… y comenzó a correr rápidamente para encerrarse en el baño más cercano.
                El imán despertó metido en su cama y rodeado de gente… y lo único que se le ocurrió fue meterse bajo las sábanas para que no le vieran.
                No dijeron ni una palabra: bueno, mentimos, hubo una excepción. Cuando el Papa se levantó de la silla donde le habían instalado para contemplar su estado (como si fuera un crucifijo o una estatua) y marchó a pasos cortos pero acelerados, a la velocidad que le permitían sus sesenta años y sus diminutas piernas, los cardenales le siguieron, le tiraron de la túnica, le rogaron, por favor, que les contara qué les había pasado.
                Y entonces, después de insistir a lo largo de todo el pasillo, el Papa, viendo que no le dejaban el paz, y mientras asía la puerta de su habitación, insistido, zaherido y cansado, sólo tuvo fuerzas para gritar, con los ojos ensimismados:
                -¡No hay Dios!¡No hay Dios!
                Y, aprovechando el desconcierto de sus perseguidores, aprovechó y cerró la puerta.
                Los cardenales se quedaron muy callados. Estupefactos ante esta última sentencia, no sabía qué hacer a ciencia cierta, pero una especie de tácito acuerdo se alcanzó: que no debían contarle a nadie lo que habían escuchado.
                En las tres horas siguientes ya lo sabía todo el planeta.
                Y entonces cundió el terror.
*                                             *                                             *
                El santón indio concluyó fácilmente las explicaciones ante la turba de fieles que montaban tumulto por hablar con él y preguntarle recurriendo a una de sus habituales rutinas: decretó un tiempo de silencio (a pesar de que su día habitual eran los miércoles), pero no concretó cuánto tiempo duraría. De esa manera, colocó un cartel colgado de la lona que separaba su habitación de la del resto de la tienda que le servía de refugio, cerró la entrada, y se ocultó. Nadie se atrevió a perturbar su voto.
                Otros, en cambio, no lo tuvieron tan fácil. La gente se agrupó alrededor de la mezquita de Estambul donde se encontraba sin salir el reconocido imán, y llamaba a las puertas exigiendo explicaciones.
                Pero quizás donde se lanzaban los gritos más airados era en el interior de la Capilla Sixtina, donde un grupo de altos prelados de la iglesia católica se habían reunido en petit comité para tratar quizás el asunto más relevante en toda la historia de la cristiandad desde hacía dos milenios. Y para decir (con las puertas bien cerradas) lo que todavía nadie se había atrevido a pronunciar en voz alta en los medios de comunicación.
                -¿Cómo que no hay Dios?¿Qué clase de afirmación es ésta?
                -¿Pero cómo lo dijo…?¿En plan “esto es un caos”, o decía literalmente que Dios no existía o…?
                -¿Cómo queréis que lo sepa?¡Eso fue lo único que dijo!¡No dejó un libro de instrucciones para la interpretación, ni tampoco unas miguitas de pan para llegar a una pista!¡Dijo “No hay Dios” un par de veces, se encerró, y punto?
                -¿Pero cómo puede decir que no hay Dios?¿Una pérdida súbita de fe?¿A su edad?¿A estas alturas?
                -¡Pero esto no es posible!-esgrimió un obispo italiano-. Un Papa no puede afirmar que Dios no existe. No de forma tan rotunda; tan categórica.
                -Bueno, bien mirado –explicó un cardenal extranjero de natural irónico-, también habría quien podría afirmar que antes también afirmaba de forma rotunda y categórica, pero justamente lo contrario.
                -Déjese de disquisiciones marxistas, esto no es un juego –argumentó la mano derecha del pontífice, un hombre pragmático donde los hubiera-. ¿Alguien sabe qué le ha podido pasar?¿Qué ha podido soñar, o sentir, o discernir durante una semana prácticamente en coma, que le haya llevado a este punto?
                -Más que un coma –quiso matizar un prelado que inició los estudios en medicina-, yo diría rigurosamente que se trataba de un sueño…
                -Un sueño que mantuvo al unísono con otros tres destacados líderes religiosos, por otra parte –afirmó otro-, y del que se han despertado a la vez.
                -Bien, sueño, coma, nimbo o como se llame: ¿alguien tiene idea de lo que puede haber ocurrido?¿Alguna explicación racional…?
                Y al decir esto se dio cuenta de que quedaba una segunda alternativa. Y aunque no era muy proclive a pensar en ello, dadas las circunstancias, no tuvo más remedio que continuar:
                -¿… o irracional?
                Todos los jeriarcas eclesiásticos se miraron entre sí, como queriendo escurrir el bulto. Nadie se atrevía a ser el primero. Finalmente uno habló:
                -Hombre, no es exactamente el carro de Elías…
                -Tampoco se parece del todo a la peregrinación en el desierto.
                -A mí la que siempre más me gustó fue una zarza ardiendo.
                -¡Señores, señores, por favor, seamos serios!-exclamó uno golpeando la mesa con la palma-. Una cosa es que Dios se anuncie para proclamar su existencia…. Pero que alguien les diga a los principales líderes religiosos que Dios no existe, ¿quién demonios se lo iba a decir?-pareció que le salían las palabras como espuma de la boca al cardenal.
                Alguno estuvo a punto de soltar: “El mismo Dio…”, pero rápidamente callaron temiendo que no fuera la frase mejor acogida. Alguno en cambio apuntó a que en la propia pregunta del cardenal estaba la respuesta, pero también bajó el dedo antes de señalarlo reconsidero que quizás no fuera oportuno. Finalmente, entre todos, se hizo un profundo silencio.
                -Pero, y si fuera verdad, ¿qué hacemos? Y si resulta que tiene razón, ¿qué puede pasar?
                Se escuchó entonces una voz casi de refilón.
                -Bueno, no sería la primera vez que un Papa con opiniones incómodas desapareciera en extrañas circunstancias…
                Todas las caras se volvieron hacia la voz con las órbitas desencajadas y la faz lívida. El prelado con tendencia a la ironía se disculpó:
                -Vale, vale, vale, sólo era un comentario…
                Y todos se quedaron en silencio, pues no sabían qué más añadir.
                El tiempo pasó para todos los implicados en el asunto. El imán trató de desviarse todo lo posible y dedicarse a orar mientras otro daba por él el sermón de los viernes. El Dalai Lama subió a lo alto del Himalaya y, de esa manera, incluso los periodistas más recalcitrantes consiguieron rendirse. El santón indio persistió con su voto de silencio.
                El que más difícil lo tuvo fue el Papa de Roma. Con todas las miradas puestas en él –y cámaras de televisión enfocando de manera ininterrumpida el balcón de San Pedro, en cuya plaza se agolpaba una multitud expectante portando velas, el Papa tuvo que consentir que un pequeño número de cardenales entrara en sus aposentos; bueno, en realidad no es que consintiera, pero el hecho de que varios de éstos se situaran detrás del guarda suizo que le traía el almuerzo no le dejó muchas opciones. Y ante esa presión, no tuvo más remedio que hablar.
                -Se me ha –y corrigió, pues era consciente de que no era al único al que le había ocurrido-, se nos ha concedido una visión del mundo. Una contemplación del universo tal como es: sus movimientos, sus constantes, sus leyes físicas. He alcanzado una comprensión total del todo, aquello que más ambicionaron filósofos y místicos. Hasta he entendido conceptos que nunca comprendí ni en mis épocas de estudiante: si ahora mismo conversara con un premio Nobel, podría replicarle que todas sus ideas sobre el bosón de Higgs están completamente equivocadas, mientras que la ley en Murphy, en realidad, parece estar más cercana al funcionamiento general del universo.
                Pero los cardenales no estaban para reflexiones teológicas; o quizás, precisamente para lo que estaban era para eso.
                -Vale… ¿y Dios?
                El Papa negó con la cabeza.
                -Nada. Ni la más mínima pista.
                Los cardenales no sabían cómo interpretar este hecho.
                -Que no aparezca no quiere decir que no exista…
                -Quién sabe si esta visión es obra del universo, de Dios o del diablo…
                El Papa negó con la cabeza.
                -Todo mi ser me dice que esa visión era real, y que lo mostraba todo. Y me temo que el resto de los que la han sufrido dirán lo mismo. Ignoro a qué se ha debido, quién la ha emitido o con qué propósito; pero ahora mismo, toda mi alma, mi corazón y mi cerebro, me dicen que no hay ningún Dios. No puedo seguir ejerciendo en el cargo.
                Los cardenales se miraron entre sí, anonadados.
                -Pero… no puede dimitir… Eso sembraría de dudas la Iglesia.
                -No podemos revelar esta verdad al mundo… Al menos, hasta que sepamos cómo manejarla. Debemos procesar la información, elaborar un plan acerca de cómo vamos a explicarla a los medios.
                -Algo tendremos que decir… alguna explicación tendremos que dar.
                -No, no, de eso nada –negó un cardenal muy enfático, tan colorado como sus vestidos-. Como dijo creo que Karel Kapek, la Iglesia no tiene necesidad de explicar ni justificar nada, simplemente de regular o prohibir. Nuestros fieles lo han aceptado hasta entonces, no veo por qué se van a oponer ahora.
                El Papa les miró. Y comprendió. Y asintió. No le iban a dejar. Eran demasiadas cosas, demasiados asuntos dependiendo de él, incluyendo el trabajo de los propios cardenales. Nunca permitirían que la verdad saliera alguna vez de esta sala.
                -De acuerdo. ¿Puedo ir al baño un momento?
                Los cardenales, que habían instintivamente formado un muro para acorralar al Sumo Pontífice, se mostraron dubitativos sobre cómo debían actuar, pero finalmente cedieron. Con mucho cuidado de no tropezarse, el Papa avanzó hasta salir de la habitación.
                Y entonces, salió corriendo a toda velocidad.
                Los testigos de aquel hecho declararon que el representante de Dios en la Tierra (es un decir) realizó una buena carrera para tratarse de una persona de setenta años, que el Papa bien podría haber realizado una buena marca en una competición de atletismo en el rango de participantes de su edad, y que seguramente la velocidad que alcanzó fue seguramente la más alta entre todos los sucesores de San Pedro, teniendo en cuenta la falta de registros históricos acerca de este punto, especialmente entre los que celebraron misa en las catacumbas. Pero lo único cierto y verificable fue que el Papa fue capaz de alcanzar el balcón de la Basílica de San Pedro antes que nadie pudiera impedírselo, y que una vez allí, delante de todas las cámaras de televisión y de la multitud cuyos corazones se habían colmado de gozo al contemplar a su ansiado líder espiritual, el Papa se acercó al borde del balcón…
                ... y entonces saltó.
                La caída no fue excesivamente elegante, a pesar de que el vuelo de la capa le proporcionó cierto lustre. Los allí presentes declararon que fue como si el tiempo se hubiera detenido, aunque las cámaras registraron un tiempo relativamente corto en terminar su recorrido. Algunos creyeron que en el último momento el Papa iba a decir algo, o que la trayectoria del Pontífice iba a dar un brusco giro y éste iba a salir volando hasta los cielos… pero el brusco sonido del cuerpo al estamparse contra el suelo liquidó todas las esperanzas.
                Bueno, seguramente no todas, porque alguien éntre las primeras filas se atrevió a asegurar: “Señor Sumo Pontífice, ¿está usted bien…?”
                La falta de respuesta hizo que, después, no fuera necesario añadir nada.

*                                             *                                             *

                Aquello ciertamente generó un anticlímax. Durante las siguientes horas, los allí enclavados –y especialmente los altos jerarcas de la Iglesia, huérfanos ahora de un líder- se quedaron mirando el lugar donde había aterrizado el Papa como si esperaran que de allí surgiera una divina (y nunca mejor dicho) solución para sus problemas. Pero en cambio, sólo podían contemplar los nefastos acontecimientos.
                -Se ha quedado pegado como un chicle aplastado en la acera –declaró completamente chafado un obispo.
                -Van a tener que sacarle de allí con rascador –argumentó desolado otro.
                -Ya es mala suerte que debajo hubiera una obra y su Santi… el anterior Papa, se haya quedado solidificado en el cemento.
                -Es la peor escultura que podríamos tener.
                -Hombre, miradlo desde otro punto de vista. Para los anales, ha sido la salida más espectacular del cargo que ha habido en toda la Historia –declaró el prelado con tendencia a la ironía-. Y por unos momentos, pareció de verdad que su Santid… el anterior Papa, iba a volar hacia Dios.
                No quiso a añadir, “Quizás lo haya hecho”, la frase parecía fuera de lugar en ese momento.
                Pero el que ni tan siquiera hubiera una réplica indicaba el estado tan depresivo al que habían llegado las cosas.

*                                             *                                             *

                Mientras tanto, la vida siguió. Los cardenales consiguieron mal que bien tapar el asunto y un nuevo Papa –desconocedor de todo aquel turbio asunto- fue elegido. Por supuesto que hubo rumores, filtraciones, elucubraciones varias, pero a falta de ninguna otra certificación oficial El Dalai Lama murió al poco tiempo, y del imán de Estambul poco más se supo. Algunos dicen que le vieron en una región inhóspita de Australia, viviendo como un eremita, pero los testimonios al respecto son bastante confusos llegados a este punto.
                En ese tiempo, el santón indio siguió sin hablar.
                Pudiera ser que le hubieran llegado ecos de la muerte del último Papa (bien fuera porque lo hubiera sentido de alguna manera espiritual o simplemente por el rumor y el eco de las voces de los hombres en el tiempo); pudiera ser porque el largo período de reflexión al que se había sometido había dado sus frutos. O, en definitiva, pudiera ser porque sintió que el momento necesario había llegado. El caso es que un día, el santón, situado hasta entonces sobre la misma piedra, sin comer y casi sin beber durante todo este tiempo, finalmente se levantó.
                Era ya casi de noche. De las multitudes que en un primer momento le habían rodeado, esperando ver qué era lo que decía cuando saliera de su ensimismamiento, ya tan sólo quedaban unos pocos fieles, instalados allí más por la rutina que por la búsqueda de conocimiento, y si acaso unos cuantos vendedores callejeros que vivían de darle de comer a esa escasa gente. “Mejor”, se dijo el santón a sí mismo. Cuando el dios de los cristianos empezó a predicar, lo hizo sobre unos cuantos pescadores. Debe ser a unos pocos, debe ser de manera oral, debe ser íntimo. La Historia está llena de acontecimientos en las que un tipo le dice unas cuantas cosas que cree oportunas en un momento determinado a un grupúsculo de gente, y al rato se convierte en un profeta, en un hombre-milagro, en un Dios. Y los que estaban presentes suelen preguntarse, “¿Ése?, pues yo cuando le vi parecía un tipo bastante corriente que simplemente hizo lo que tocaba”. A veces simplemente hacer lo que toca nos sitúa a nivel de los dioses. A veces nos gusta endiosar a los hombres (eso sí, siempre que estén muertos o no les conozcamos), porque de esta manera lo que hacemos realmente es endiosarnos a nosotros mismos. Quizás no haya Dios, se repitió el santón; pero las cosas deben seguir haciéndose de la misma manera.
                Conforme se levantó y comenzó a andar, la gente se mostró al principio aturdida, y luego le siguieron para ver qué era lo que ocurría, más por inercia casi que por curiosidad. El santón avanzó la suficiente distancia para hacer que se rindieran aquellos que simplemente esperaban ver un buen espectáculo. Por fin, cuando sólo personas realmente interesadas parecieron seguirle, el santón se dio la vuelta y sentó sobre una roca. El resto hicieron lo propio y aguardaron sus palabras.
                -No hay Dios –repitió aquel mantra que llevaba meses resonando en su cabeza-. Pero a mí me gustaría que lo hubiera. Me gustaría que hubiera un Dios que nos auxiliara cuando las cosas no fueran tan buenas, incluso aunque su poder fuera finito. Me gustaría que hubiera un Dios que se metiera dentro de las cabezas de las gentes para decirles: “Sé bueno con tu vecino. Compréndele cuando está en apuros. Auxíliale cuando sea necesario. Trátale bien, rescátale, compórtate como te gustaría que un desconocido con capacidad para echarte una mano querrías que se comportase en relación a ti”.
                Les miró a todos muy fijamente.
                -Me encantaría que existiera ese Dios –afirmó.
                Alargó las manos hacia ellos. Pensó: “sólo un hombre que ayuda a otro puede decirse que actúa en nombre de algo superior”.
                La petición le salió con suave tono de voz.
                -¿Me ayudáis a crearlo?
                Un par de manos se alargaron de vuelta; otras dos o tres se alzaron porque tenían preguntas.
                La pregunta que se forjó, aún está tratando de obtener respuesta.

miércoles, 13 de marzo de 2013

La historia real de marzo: Asesinatos históricos sin esclarecer -o con serias dudas sobre su autoría- (II)

Continuamos con la sucesión de casos de asesinato que han quedado sin resolver (o al menos, con dudas más que razonables) a lo largo de la historia. Vigilad vuestra espalda, que vienen variaditos.

5) El primer asesinato del que se tiene constancia ocurrió antes de la historia, y ni siquiera fue a un ser humano: fue a un neardental al cual le ha correspondido la etiqueta (en los restos arqueológicos) de Shanidar 3. Los científicos que han examinado el cuerpo han dictaminado no sólo que fue asesinado por una lanza, sino que además esa lanza provenía de un hombre de Cromagnon (o sea, uno de los nuestros), con lo cual se trataría también del primer crimen atribuido a un Homo Sapiens Sapiens. El supuestamente primer crimen cometido sobre un humano se sitúa en los Alpes italianos, donde el llamado hombre de Oetzi fue alcanzado por una flecha por la espalda y luego rematado en la cabeza. Por otra parte, recientemente se ha encontrado una fosa común donde se han localizado a 200 individuos que habitaron antes de que existiera la palabra escrita y fueron seguramente víctimas de la primera masacre de la historia (un crimen, lo miremos como lo miremos, como cualquier otro).

6) LA DALIA NEGRA.
Con este nombre se conoce popularmente al asesinato de Elizabeth Short, una joven que apareció muerta en un distrito de Los Ángeles, seccionado su cuerpo a la altura de la cintura, con cortes en las comisuras de los labios remedando una sonrisa, y en buena medida vaciada de sangre. La brutalidad  y espectacularidad del crimen, y el hecho de que la chica tenía fama de haber llevado una vida disipada le dieron popularidad al caso, que hoy por hoy sigue sin esclarecerse. James Ellroy, un escritor obsesionado con los psicópatas a raíz de que su madre fuera asesinada por uno de ellos, inmortalizó la historia en forma de novela, que ha tenido adaptaciones cinematográficas diversas, incluyendo una reciente dirigida por Brian De Palma (por cierto, espectacular Mia Kirshner en su papel de Elizabeth Short). No obstante, hay una larga lista de archivos policiales repletos de crímenes escabrosos sin resolver, incluyendo el asesinato de los Borden o "el niño de la caja", el cual apareció con pelo y uñas recién cortadas dentro de una caja, seguramente para que el conseguido propósito de que no se le identificara.

7) EL MISTERIO DE MARY ROGERS.
El caso no tendría mayores pretensiones de natural: una chica amanece muerta en el río Hudson en Nueva York. Una bella cigarrera la cual, además, había desaparecido en misteriosas circunstancias unos pocos años antes para volver a repararecer después (se duda si a causa de pretender ocultar un aborto, como una maniobra publicitaria o por otros motivos). Pero allí se metió Edgar Allan Poe, que escribió un relato con múltiples similitudes al de Mary Rogers -"El misterio de Marie Rogêt"-, aunque cambió de localización (la ubicó en el Sena parisino) y, sobre todo, se dedicó a analizar las pistas del asesinato, no atreviéndose a señalar claramente a un sospechoso pero sí indicando la dirección que debía seguir la investigación. Leer un relato como éste de noche, a la fría luz de una bombilla de una mesita de noche, y pensar que se trata de un asesinato real y sobrecogerse por ello son todo uno para el lector. Muchos acusaron a Poe de querer ganar notoriedad con el relato, si bien es cierto que novelar misterios reales (y más aún sin resolver) era asunto común en aquella época. Pero más delirante se vuelve todavía el asunto cuando muchos sospechan que el asesino -debido a la multitud de detalles que se aportan en el relato-, ¡es el propio Poe! Parece que Poe (bien sabe si por librarse de las acusaciones) deslizó que era el propio asesino el que le había revelado su autoría y los detalles de la muerte. Fundadas las sospechas o no, el crimen sigue todavía en el aire, y el suicidio del novio de la chica con una nota bastante ambigua no contribuyó a esclarecerlo, ya que éste tenía una sólida coartada. Por cierto que Poe (al que la muerte le rondó dolorosamente toda su vida, como en el caso de su esposa) también falleció en circunstancias extrañas, apareciendo en las calles de Baltimore con las ropas desaliñadas y en un estado delirante, habiéndose atribuido su muerte a la rabia, la sífilis o una intoxicación etílica mortal.

8) LOS FEMINICIDIOS DE CIUDAD JUÁREZ.
En un principio, cuando empezó a publicarse en la prensa la aparición de mujeres muertas con breves  intervalos de tiempo entre las mismas en Ciudad Juárez, muchos imaginaron la idea de un asesino en serie o de un perfil similar. La realidad, desgraciadamente, es mucho más macabra. No hay explicación total para las setecientas mujeres asesinadas desde 1993 hasta 2012 en esta zona fronteriza de México, separada de la estadounidense El Paso a través de una frontera que cruzan miles de inmigrantes cada día para ir a trabajar. Sin embargo, se atribuyen estos crímenes a una combinación de violencia de género, industria del narcotráfico y rivalidades entre bandas (la frontera entre México y Estados Unidos se ha convertido en una de las más violentas del mundo, concentrándose en la parte mexicana todas las miserias de las que se libra la plácida parte estadounidense), en un contexto de impunidad donde la policía no da abasto o no se atreve del todo a investigar. Desde ese punto de vista, la secuencia de acontecimientos está clara: se escuchan unas cuantas muertes, y si alguien pensaba en perpretar un asesinato, ya sabe cómo hacerlo para que acabe en este fondo de saco y se le atribuya a un "asesino" general, una especie de niebla difusa tan grande y viscosa que nadie sabe ni tiene intención de abordar. ¿Pero quién es el asesino: el entorno global, la pobreza, la ignorancia, la droga? Una demostración viva de que a veces los mejores policías son los maestros o las políticas sociales.

9) EL ENIGMA DE KASPAR HAUSER.
Conocida es la historia de este muchacho, el huérfano de Europa, que apareció sin ningún antecedente previo en mitad de las calles de Nuremberg sin apenas el menor grado elemental de formación (no hablaba ni leía) y que parecía haber estado cautivo en palacios durante buena parte de su vida. Con la sospecha siempre encima de ser el príncipe destronado de alguna monarquía europea (puede incluso que de Napoleón II; los análisis genéticos realizados hasta la fecha parecen apuntar a que, efectivamente, estaba emparentado con la casa real de Baden, pero tampoco lo pueden corroborar de manera segura), su muerte es aún más misteriosa, pues apareció con heridas que difícilmente se podría haber autoinfligido. El misterio en torno a su figura continúa.

10) Hay crímenes que no llegan a resolverse pero en los cuales la conveniencia para los beneficiados de la muerte es tan evidente que es difícl abstraerse. El asesinato del obispo Óscar Romero (posteriormente desvelada la implicación de escuadrones de la muerte salvadoreños, que le liquidarían a causa de su implicación a favor de los pobres y en contra de los desmanes del ejército) sería un buen candidato, como tambíen la muerte del teniente coronel del KGB Aleksandr Litvinenko como consecuencia de la ingestión de polonio radiactivo (¿alguien duda en inculpar a Putin?). Lo que suele ocurrir, sin embargo, con estos casos, es que sus muertes quedan sin aclararse hasta mucho tiempo después, cuando los implicados ya no tienen que temer las consecuencias, y los nuevos poderosos pueden dedicarse a perpretar otros delitos que ya resolverán años después.

Finalmente, como componente adicional, se dice que el mejor asesinato es el que no lo parece. Sospechas de crímenes que se fingierion suicidos o accidentes ha habido miles a lo largo de la historia, y si nos ponemos podríamos empezar a hablar de Marylin Monroe, numerosos crímenes políticos... Pero en este sentido, la "muerte natural" más sospechosa de los últimos tiempos ha sido la de Juan Pablo I, fallecido sólo 33 días después de aceptar su nombramiento como Sumo Pontífice. A pesar de que la muerte de los papas es algo lógico y normal (son elegidos ya después de una larga vida de servicio a la iglesia), el hecho de que años después apareciera un turbio escándalo de corrupción vaticana en el que se implicaba al cardenal Marcinkus y el Banco Ambrosiano, y por el cual el banquero Roberto Calvi aparecería ahorcado en Londres, da bastante pábulo a las teorías conspirativas. De hecho, el que se nombrara justo después de su muerte a un papa ajeno a las intrigas italianas, por primera vez en varios siglos, parece indicar que el ambiente vaticano se encontraba muy enrarecido en aquellos momentos. No es éste el único de los misterios que campan por la ciudad de Dios: la muerte la adolescente Emanuela Orlandi, de 15 años, sigue sin resolverse, y se apuntan a conexiones con grupos terroristas, mafiosos enterrados en basílicas romanas, o con la propia curia vaticana (incluso alguna teoría habla de que la pobre Orlandi habría sido capturada y retenida como esclava sexual en el Vaticano, y asesinada después para ocultarlo). La fé de las piedras de uno de los lugares con más tesoros artísticos del mundo no protege a aquel entorno del horror de las maldades de los hombres.

Espero hablaros la próxima vez de temas menos lóbregos y más luminosos. Aunque sean, quizás, también inexplicables. Hasta la próxima ocasión.

lunes, 4 de marzo de 2013

La historia corta de marzo: Historias del metro (6)

Plantearos hacer una cosa de éstas (os dejaré con la duda de sucedió o es tan sólo imaginado) a la vuelta de algún viaje:


En la estación de Méndez Álvaro, sentado, esperando a mi novia que vuelve de viaje en autobús, yo me vuelvo a la señora que tengo al lado, y le digo:
            -¿Sabe?, llevo cinco años sin ver a mi novia. Me dejó plantado en el altar, y desde entonces no hemos vuelto a vernos. Ella huyó a todas partes, ha estado en desiertos, en glaciares, en selvas, y durante todo ese tiempo, de lo que tenía miedo era de volver a casa. Ha pasado por guerras, ha tenido mil amantes, la han tratado mal en muchos sitios, fue encerrada y torturada por un grupo armado en una guerrilla. Y ahora, después de todo este tiempo, de tantas cosas en su vida, ha conseguido una alta posición social, se ha casado con una persona rica y tiene un trabajo estupendo, pero yo conseguí por fin encontrar su teléfono, y la llamé y le dije que, si quería volver, yo estaría dispuesto a recibirla con los brazos abiertos. Ahora, si la veo subir por esa escalera, es que quiere decir que lo ha abandonado todo por mí, y que, a pesar de todo, me quiere...
            Y la señora, visiblemente emocionada, giró la cabeza para contemplar el extremo de esta escalera.
            De repente, mi novia apareció llevada por las escaleras mecánicas. Yo emití una inmensa sonrisa, y me acerqué hacia ella, nos besamos levemente, y comenzamos a andar en dirección hacia la salida. “¿Qué tal Zaragoza?”, le pregunté, “Ah, pues nada”, me respondió, “es extraño, te he echado de menos, pese a que sólo fueran cuatro días”. Cuando volví la cabeza, la señora de antes estaba llorando. Mi novia, siguiendo mi mirada, también se fijó y me preguntó extrañada:
            -¿Tú sabes qué le pasa?
            -No, la verdad –respondí-. Cosas suyas, supongo.