miércoles, 1 de mayo de 2013

El relato de mayo: un cuento sobre el "perpetuum mobile"

      El perpetuum mobile es una máquina teórica que, hipotéticamente, debería ser capaz de generar movimiento de manera continua e infinita, sin necesidad de seguir aportando energía desde fuera del sistema. Se ha tratado de desarrollar esta máquina desde tiempos remotos (convirtiéndose en una especie de Santo Grial o de obsesión para la ciencia de épocas antiguas), siempre de manera infructuosa. El siempre inquisitivo Leonardo da Vinci lo intentó, pero concluyó que su consutricción era imposible. Finalmente, el segundo principio de la termodinámica zanjó definitivamente el tema al establecer que "no se puede transformar completamente el calor en trabajo" (es decir, el efecto del rozamiento haría siempre que se perdiera parte de la energía y que el aparato se acabara detuviendo). Pero no en el mundo alternativo donde se encuentra enclavado este relato de ciencia ficción. Espero que os resulte movidito.                                                       

Ad eternum

                                                            A Timoteo Rodero, y D.H, que nos han demostrado que, mucho más importante que el conocimiento, son el esfuerzo, las ganas, y la ilusión por aprender.

                                                            A Álvaro Ridruejo, muchas de cuyas aportaciones han contribuido a la elaboración de este cuento.

“Los hombres deberían morir por las mentiras. Pero la verdad es demasiado preciosa como para morir por ella”. Terry Pratchett.
                                               
            El guardia de seguridad del Museo decidió que no podía soportar ni un minuto más el contemplar las paredes desnudas, los inmensos huecos, los extensos espacios vacíos… Y decidió entonces pasar a la acción.

            Cogió uno de los audífonos informativos que proporcionaba el Museo para los visitantes. Tenía tres posibles opciones: la versión para niños, la de adultos, y para los estudiantes de ciencia. La de los estudiantes, por mucho que se esforzó, nunca fue capaz de entenderla, a lo largo de los diez años de trabajo en el Museo. La de los niños, pese a ser divertida, no pegaba con este momento. Accionó la de adultos.

            De repente, las paredes comenzaron a llenarse de luces, sonidos y colores… Las imágenes holográficas se pusieron en marcha, y el guardia comenzó a caminar, mientras recorría, lentamente, sin prisas, el recorrido del Museo. Nunca se escuchaba de escuchar de nuevo la historia que le estaban recordando los hologramas y los efectos especiales, las voces y las imágenes de otras épocas: eran muchas las veces que hacía esto, caminar solo, cuando no había nadie más en todo el vasto edificio, presenciando el mismo espectáculo al que asistían los miles de visitantes que llegaban al Museo cada día… En teoría no debería hacerlo, en teoría debía estar vigilando. Pero este Museo sólo tenía una cosa de valor… y nadie se atrevería jamás a tocarla…
            <<Dicen que el hombre>>, comenzó la narración, <<le da una tremenda importancia a la teoría… De hecho, tardamos en comenzar a volar, porque sir Isaac Newton determinó, mediante un análisis teórico, que esto era científicamente imposible, y, por tanto, nadie intentó demostrar lo contrario hasta mucho tiempo más tarde, mediante el sencillo método de probar a ver si funcionaba... Lo cierto es, gracias a Dios, en el caso de la invención a la que está dedicado este Museo, no se aplicó el mismo caso. Muchos dijeron que era una locura; la mayoría, una utopía imposible; Leonardo da Vinci lo dio por perdido; y, sin embargo, hubo un hombre que se atrevió a desafiar estos malos augurios, y consiguió sacarlo adelante. De no ser así, probablemente llevaríamos varios siglos de retraso científico en nuestro haber, y la Tierra sería hoy muy diferente a como la conocemos…
            El guardia aguzó el oído. Siempre lo hacía en esta parte, cuando comenzaba a ponerse interesante.           
            >>Se trata del perpetuum mobile, es decir, la máquina de movimiento eterno. Durante la Edad Media, múltiples alquimistas y pseudocientíficos trataron de construir un aparato que se moviera continuamente, pese al rozamiento de los componentes, la fricción, la propia acción de resistencia del aire… Nunca lo lograron, entre otras cosas, porque carecían de unas bases teóricas adecuadas. Sin embargo, en el siglo XVI, un hombre, Andrea Stolzok, del que desconocemos casi todo, incluso si éste es su verdadero nombre, desarrolló todo un cuerpo teórico de conocimientos que llegaba a la conclusión de que era posible fabricar un perpetuum mobile, y, lo que es más, que éste, en su infinito movimiento, podía abastecer de energía a los hombres para la eternidad. Todos sus escritos fueron encontrados mucho más tarde, casi un siglo después, por unos monjes benedictinos que se dedicaron a construir su aparato… El resultado fue sorprendente… El perpetuum mobile era posible, y se hizo realidad delante de sus propios ojos. Fue una suerte, porque el monasterio estuvo a punto de ser arrasado por un incendio, salvándose los documentos milagrosamente.
            >>Desde entonces, todo ha cambiado. Toda nuestra ciencia, nuestra tecnología actual, la que nos permite, ya en el siglo XXI, volar, llegar al espacio, alcanzar los límites del sistema solar, desentrañar los secretos del átomo, hacer posible el milagro de la fusión fría, construir los más potentes ordenadores con el tamaño de un reloj de pulsera, y los robots más avanzados que tanto han transformado el mundo, y que consiguieron acabar con las injusticias sociales del pasado, todo eso, se ha basado en el perpetuum mobile. Su propia existencia, así como de toda la teoría que lleva detrás, han hecho posible llegar casi hasta los límites del conocimiento de la física, las matemáticas, la astronomía, y e incluso las ciencias biológicas y químicas… Además, el concepto filosófico del perpetuum, como aparato que no descansa, que permanece siempre alerta, (no en vano es la base de los sistemas de seguridad actuales), ha influido a poetas, filósofos, literaturas, historiadores… Su movimiento cíclico ha inspirado a inspirado a movimientos religiosos y creado nuevas formas de espiritualidad. De hecho, Andrea Stolzok es el único hombre que ha recibido, a título póstumo, algún premio Nóbel, el de Física. Sin embargo, por más que hemos intentado escarbar en su biografía, ha sido imposible. Algunos dicen que en realidad se trata de varias personas, que es imposible que ésta sea la obra de un hombre solo. Otros, que en realidad existió, y que se trató del mayor genio de todos los tiempos. Einstein declaró, tras terminar su teoría del campo unificado (la cual significó prácticamente la resolución definitiva de la física de partículas), que se sentía el niño tonto de la clase al lado de Andrea Stolzok, cuya teoría fue incluso capaz de sobrevivir a la aparente contradicción que entrañaba el segundo principio de la termodinámica, la cual argumentaba que, para que parte del trabajo realizado por el perpetuum no fuera desperdiciado en forma de calor, habría que hacer que varios millones de partículas actuasen exactamente de la misma manera, y eso era estadísticamente imposible. En todo caso, sin dudas ya sobre la solidez de la teoría de Stolzok, y para nuestra pesadumbre, la mayor parte de la verdad sobre la vida de este científico continúa siendo un misterio…
            El guardia de seguridad pasó entonces a la habitación contigua: una habitación que, esta vez sí, poseía un elemento material que se hallaba exhibido en el Museo. Lo único que, realmente, podría ser de valor para alguien, pero que, por profunda veneración, y por sentido común, nadie se atrevería a sustraer.
            -Y aquí está-prosiguió la visita guiada-; el primer perpetuum mobile en la historia, construido en aquel monasterio benedictino. Como ven, su estructura básica es la de un péndulo, forma original que le dio Stolzok, aunque puede ser aplicable a cualquier otro diseño: automóviles, aviones, robots… El aparato parece sencillo, la parte de arriba se asemeja a la de una balanza, pero, en realidad, su mecanismo es tremendamente complejo, se dice que hay sólo cien personas en el mundo que lo han llegado a entender plenamente, incluyendo, claro está, los actuales directores del Museo. De hecho, el perpetuum mobile original que, como ven, todavía desplaza el péndulo a un lado y otro, autorregenerando la energía en cada movimiento, no es sólo un objeto decorativo de este Museo: todavía se sigue estudiando, en gran medida, su mecanismo de funcionamiento, en búsqueda de nuevas aplicaciones y posibilidades, por parte de los más reconocidos científicos del planeta. Así pues, este sencillo péndulo sigue siendo imprescindible para el conjunto de nuestra población. En este momento, les dejaremos solos, podrán quitarse los audífonos… Será así como puedan contemplar con mayor deleite este aparato. Dicen, incluso, que si se aguza el oído, puede escucharse el tic-tac de su mecanismo, aunque eso, estadísticamente, sólo lo hacen una de cada tres personas, y, según algunos, no es más que una alucinación colectiva. Pueden ustedes, señores…
            Y el guardia se quitó los cascos y contempló el pequeño péndulo, de unos treinta centímetros, situado sobre el soporte de metal que lo elevaba hasta la altura, en su punto máximo, de un hombre de estatura media. Estaba cubierto, además, por una urna de cristal. El guardia nunca se cansaba de contemplarlo: por más que lo miraba, no podía dejar de parecerle maravilloso aquel mecanismo genial que había otorgado al hombre algunos de los milagros más maravillosos que se hubieran producido en la historia.

            Y sin embargo, aquella vez, fue distinta.

            Porque, ese día, el guardia, dudándolo al principio, aterrorizándose cuando se cercioró, se dio cuenta de que el péndulo se desplazaba más lentamente…

            Lo hizo, hasta que su arco comenzó a disminuir, de forma cada vez más dramática…

            Continuó haciéndolo, hasta el final…. Continuó ralentizándose… hasta que, ante el indescriptible grito callado de terror del guardia, éste finalmente se detuvo.

                                    *                                  *                                  *

             Hinsgbury recibió la llamada en mitad de la noche.
            -¿Sí?-preguntó-. ¿Quién es?   
            -Tiene usted que venir, profesor Hingsbury.  
            -¿Dupont?¿Adónde?¿Sabe usted qué hora es aquí?
            -Pues al Museo, naturalmente -no hizo falta que le especificara cuál-. Tiene que venir en seguida. 
            -¿Pero qué demonios…? Maldita sea, Dupont, no tengo tiempo de acertijos matemáticos a las dos de la mañana. Si quiere le llamo yo dentro de seis horas, y hablamos.                   
            -Profesor Hingsbury, se lo aseguro, tiene que venir, es importante.  
            -Dupont, no pienso tomar un avión en mitad de la madrugada y cruzar todo el océano Atlántico sin tener un motivo justificado.
            -De acuerdo -susurró Dupont, bajando la voz-… No quería contarlo por teléfono, pero veo que no voy a tener más remedio…-redujo aún una cuarta el tono-. Se ha parado.
            El gesto de Hingsbury, enfundando en un pijama de cuadros, empalideció. Su mujer preguntaba, con los ojos cerrados, “cariño, ¿quíén es?”
            -¿Cómo que se ha parado?¿Qué se ha parado?
            Dupont masculló.
            -¿Es que hace falta que te lo diga?
            El corazón de Hingsbury se aceleró.
            -Voy para allá.
            En tres horas, había llegado al Museo, situado en Londres, desde los Estados Unidos. Este tiempo puede parecernos una exageración, pero se trataba de un vuelo lento, el único que había podido coger a esas horas, no contaba aún con el nuevo modelo de perpetuum, más evolucionado, y con el que sólo se tardaban dos.

            Hingsbury accedió al Museo gracias al guardia, que le abrió la puerta de atrás. El profesor americano se dio cuenta de que el guardia se encontraba temblando; no le extrañaba. No sabía, en las siguientes horas, si él mismo iba a entrar en un colapso nervioso.

            Cuando entró en la estancia, allí ya se encontraban todos: Dupont, Müller y Clark. No muchos, los imprescindibles. Los cuatro hombres que más sabían del perpetuum en estos momentos: eran, además, los cuatro directores del Museo, aunque sólo uno de ellos funcionaba como gerente real, Dupont, mientras que los demás era tan sólo honoríficos.
           
            Lo que más le sorprendió ver a Hingsbury por allí, era la presencia de un niño pequeño, de unos cuatro años años, de pelo rubio.
            -¿Dupont, qué hace tu hijo aquí?-preguntó antes de saludar
            El aludido, que se encontraba, como los otros, contemplando el perpetuum mobile, se dio la vuelta.
            -Estaba solo con él, su madre está de guardia en el hospital, no podía encontrar a nadie que le cuidase a estas horas, y no me atrevía a dejarle solo en casa, así que me lo he traído.
            Hingsbury hizo un gesto con la mano hacia el guardia, en dirección al niño.
            -Por favor, ¿se lo puede llevar a dar una vuelta? Que juegue un rato por ahí. Ya sabe donde están los juguetes del Museo para los niños, ¿de acuerdo?-se acercó a sus compañeros, y contempló, con el mismo impávido rostro con el que sus compañeros habían analizado el hecho, la noticia a la que tantas vueltas le había estado dando en su cabeza durante el viaje en avión: el perpetuum mobile, completamente inmóvil. Para Hingsbury, era como si la Tierra se hubiera salido de su órbita, en cuanto a sorprendente… y en cuanto a grave.
            -Vamos a ir por partes. ¿Quién más sabe esto?
            Se asumía, por supuesto, que el idioma del debate seria el inglés.
            -Nada más que nosotros cuatro, y el guardia.
            -¿Cómo lo descubrió?-le preguntó a Dupont, refiriéndose a este último-. ¡No lo habrá parado él!
            -¡Por supuesto que no!-bramó el francés-. Es de absoluta confianza. No ha dado una sola queja en veinte años de servicio.
            -Dice que se paró –intervino Clark pretendiendo desviarse de la suposición de Hingsbury-… sin más… Redujo la velocidad y, simplemente, se acabó por detener.
            El americano se mesó los cabellos. Ninguno de ellos había hecho el más mínimo gesto de saludo al llegar. Todos estaban tan preocupados, que no habían pensado ni siquiera en guardar las más mínimas formas.
            -¿Cuánto tiempo tenemos?-preguntó Müller.
            Dupont hizo cuentas.
            -Son las cinco de la mañana. A las ocho comienza a entrar el personal, pero a ésos podemos mantenerles controlados. A las nueve, los visitantes. Y es solucionarlo antes de entonces, o cerrar el Museo.
            Hingsbury enarcó una ceja.
            -¿De qué estás hablando?¿No estarás diciendo que vamos a ocultar lo que ha pasado?
            -Cálmate, James -le insistió Dupont.
            -¡Esto es un hecho científico de mi primera magnitud!¡Nos guste o no nos guste, tenemos que comunicarlo!
            -Hingsbury -pidió Clark-, tranquilícese, por favor. Nosotros llevamos ya aquí unas horas, y hemos tenido más tiempo para analizar la situación. Este asunto no tiene tan sólo -recalcó mucho estas últimas palabras- connotaciones científicas… Sino bastantes más. Comprende lo que quiero decir, ¿verdad?           
            Hingsbury se serenó, y asintió con la cabeza. Efectivamente, tenía muchas más implicaciones.
            -Hoy por hoy, todos los aparatos con los que funcionamos se basan en la tecnología del perpetuum mobile -declaró Dupont-. Nuestros conciudadanos van a trabajar en sus vehículos confiando en ese modelo. Si ahora les decimos que ese modelo es falso, que todo aquello en lo que confían, se basa en una quimera, será el caos.
            -No podemos decir la verdad sin más -concretó Müller-. Tenemos que tener, al menos, una mínima hipótesis sobre lo que ha ocurrido.
            -Y esa es la cuestión -puso los brazos en jarras Hingsbury-. ¿Qué ha ocurrido?
            Y se hizo un silencio quedo.

            Clark fue el primero en hablar.
            -Bueno, tal vez esto no le guste demasiado a Dupont… Pero tal vez ha sido un problema del Museo. Tal vez no se ha conservado todo lo bien que se debiera.
            Dupont negó con la cabeza.
            -Condiciones óptimas de temperatura, humedad… Queríamos que los materiales no sufrieran ningún daño que pudiera alterar el diseño original. Renovación del aire cada cierto tiempo, eliminación automática del polvo… Ningún perpetuum ha sido tratado igual.
            Müller se rascó la cabeza.
            -¿Hasta qué punto sabemos que está detenido del todo? Quiero decir, a lo mejor en realidad el movimiento se ha estado ralentizando en los últimos tiempos, y no nos hemos dado cuenta, por la propia costumbre de contemplarlo todos los días. Incluso puede que la velocidad haya ido disminuuyendo progresivamente desde que fue construido, y que la que nosotros contemplábamos era mucho menor que la inicial. Quizás, de hecho, ahora mismo no está detenido del todo, sino que tiene un movimiento a nivel microscópico, que no podemos apreciar con la vista.
            Dupont negó con la cabeza.
            -Sobre eso, sí que te puedo responder: los sistemas de detección indicaron un movimiento a velocidad constante, hasta hace unas horas, en que cesó drásticamente. Y el aparato está parado, al menos, con la definición de inmovilidad que se le puede aplicar a un objeto a esta temperatura: ya sabéis que incluso, en el cero absoluto, las partículas conservan un cierto movimiento. Pero sobre eso no te preocupes, Müller. El perpetuum está parado, y bien parado. No te sé decir si antes de que instaláramos los sistemas de detección iba más o menos rápido, pero desde luego, lo que es desde hace un siglo, la velocidad se ha mantenido constante.
            Hingsbury se acercó a la urna.
            -Tal vez le haya afectado algo exterior. Algo extraordinario, que no suele acontecer, y que ha opuesto una fuerza inversa a su movimiento, que lo ha hecho detenerse.
            -¿Cómo qué?-preguntó Clark.
            -No sé… Te diría que un desplazamiento del eje de la Tierra, pero eso sería un absurdo, de ser así, ya estaríamos muertos… Pero sí una causa que altere el equilibrio dinámico del planeta, su movimiento en general, algo extraño… un terremoto de dimensiones catastróficas, un meteorito lo suficientemente grande…
            -Para averiguar eso, tendríamos que acceder a los bancos de datos de los sistemas de detección de…-quiso decir Müller.
            -Ya lo he hecho-aseguró Dupont, entregándoles unos papeles meticulosamente doblados que guardaba en uno de los bolsillos de la chaqueta-. No ha habido nada; ni terremoto, ni meteorito, ni nada que se salga de lo común.           
            -¿Una nueva arma, diseñada por algún enemigo?-preguntó Hingsbury-. ¿Algo que sea capaz de detener los perpetuum?
            -Ningún loco osaría hacer eso -dijo Müller-. Sería el fin de la civilización misma.
            -Hay mucho loco suelto por ahí –replicó crítico el americano.
            -Sí -dijo Clark-, pero se necesitarían no una, sino varias personas, todos ellos con grandes conocimientos científicos. Y todos deberían poseer un elevado instinto homicida. La posibilidad es factible, aunque muy remota.
            Uno de los científicos pareció tener una especie de inspiración divina.
            -¿Y el perpetuum le hubiera comunicado su energía a la Tierra?-preguntó Dupont-. Al fin y al cabo, muchas de nuestras máquinas no son perpetuums en sí misma, sino adaptadores: aprovechamos la energía del perpetuum, que es infinita, para poner en marcha su mecanismo, que funcionará así eternamente. ¿Por qué no ha podido, basándose en el mismo principio, transmitírsela a la Tierra?
            Müller se encogió de hombros.
            -Podría, pero también sería muy raro. Si fuera así, lo tendría que haber hecho progresivamente, durante siglos, no en unos instantes.              
            -Quizás lo lleva haciendo, y nunca lo comprobamos-dijo Clark-. ¿Alguien le ha medido la velocidad a la Tierra últimamente?
            -No-dijo Dupont-. Nadie se ha esforzado en ello. De hecho, lo de medir la velocidad del perpetuum, fue más para darle gusto a los visitantes del museo, que por ninguna necesidad científica real. Nadie supuso que alguna vez nos sirviera para algo. Siempre se ha asumido que los perpetuum son… precisamente eso, perpetuos.
            -Quizás -elucubró Clark-, cuando el perpetuum transmitió la mayor parte de su energía a la Tierra, hubo una especie de aceleración, un proceso de retroalimentación, y, en un momento en que se había desplazado una energía crítica, se precipitó hacia… un colapso final -la palabra sonaba muy cruda, por mucho que trataran de atenuarla.
            -Eso estaría muy bien, Clark -dijo Hingsbury-, pero hay un problema. ¿Adónde le hubiera transmitido el perpetuum esa energía? La Tierra es muy grande, son muchas cosas. ¿A su movimiento? El giro de rotación se hubiera acelerado tanto, que hubiéramos muerto, el día y la noche serían alternados a tal velocidad que serían instantáneos. ¿A su temperatura, al calor fundido del manto, al movimiento de las placas tectónicas? Con la energía del perpetuum, cualquiera de estos hechos estaría provocando una hecatombe, que hubiera acabado ya con la vida en la Tierra.
            -Se os está olvidando algo –recordó Dupont-. Para todos esos planteamientos, os estáis basando en que, efectivamente, la energía del perpetuum es muy grande… No obstante, volviendo a la teoría, debemos recordar que, la energía del perpetuum, un aparato que genera eterno movimiento, y es inmune al rozamiento…
            -… es infinita -recordó Hingsbury-. Maldita esa, es verdad, en teoría, el perpetuum podría estar transmitiéndole energía a la Tierra, y acelerándola hasta hacernos desaparecer del mapa, por los siglos de los siglos, y seguiría sin detenerse.
            Y mientras añadía esa última frase, se fijó en que en el rostro de Müller había una pequeña sonrisa.
            -¿De qué te ríes, tú?-le preguntó, ligeramente irritado, el americano.
            Müller le contempló con una expresión enigmática.
            -Bueno, puede que, después de todo, la teoría estuviera mal.
            Todos se quedaron callados.

            Hingsbury se paseó alrededor del péndulo, la mano en la nuca.
            -¿Que está mal?¿Cómo que está mal?
Seguía bastante enervado.
-¿Cómo... cómo se te ocurre…?¡Es como… es mandar a la mierda toda nuestra base científica!¡Es olvidarse de todo lo que hemos hecho hasta ahora!¿Cómo te atreves siquiera a proponer eso?
-¡Pero se ha parado!, ¿no?
-¡Sí, se ha parado, eso no hace falta que lo repitas, lo podemos ver todos!
-¡Pues algo tiene que fallar entonces!
-¿Y cómo explicas tú doscientos años de progreso basados en una teoría que está mal?-replicó Hingsbury, mesándose los cabellos-. ¿Cómo se puede comer eso?
Müller trató de matizar el concepto.
            -No digo que esté completamente mal… Simplemente, puede que no sea tan perfecta como nosotros pensábamos.
            -¿Qué quieres decir con eso?-preguntó Dupont.
            Clark se restregó los ojos.
            -Empiezo a estar algo cansado de estar de pie, y tengo sueño. ¿Nos traemos los sillones del vestíbulo?
            Así lo hicieron. Colocaron los sillones formando un corro alrededor del soporte del perpetuum, de tal forma que podían observarlo ligeramente desde abajo, estando sentados, y así tratar de desentrañar, aunque sólo fuera a fuerza de erosionarlo con su mirada, alguna pista de entre su mecanismo… Era fundamental que se les ocurriera una idea. Y mejor si era pronto.
            -Estoy diciendo -continuó Müller el pensamiento que había introducido anteriormente- que, desde que la ciencia existe, ninguna teoría es cierta, ninguna hipótesis es todo o nada. No hay verdades absolutas, todo tiene su probabilidad, y su porcentaje de error. Hasta ahora, habíamos considerado la teoría del perpetuum absoluta, innegable… Pero tal vez, no sea tan perfecta como lo que nosotros pensamos. El grado de error de una teoría lo determina el hecho experimental: hasta ahora, ningún hecho experimental había indicado la existencia de fallo alguno en el modelo, pero… al fin ha ocurrido. Ha pasado después de trescientos años, lo cual demuestra que era una buena teoría, inmune al paso del tiempo… o casi.
            Los otros tres científicos meditaron las palabras del alemán.
            -No.
            -Imposible.
            -Completamente absurdo.
            -¿Por qué?-inquirió Müller-. ¿Tan difícil os resulta aceptarlo?¿Tan rígido se os ha quedado el cerebro, que no podéis asumir que la teoría no es perfecta?¿Y si resulta que nos hemos equivocado en nuestro concepto de infinito?
            -Ah, no, volver a las discusiones filosóficas sobre lo que es el infinito, no, por favor –rogó Hingsbury.
            -Volvemos a la paradoja de Aquiles y la tortuga –se desplomó sobre su asiento Dupont.
            -Para mí, sería inaceptable -interpuso Clark.
            -O peor –volvió de nuevo a la carga Dupont-. Significaría que todo el conocimiento en que nos basamos es absolutamente incierto. Sería como decirnos que la gravedad es mentira, que las cosas pueden ir tanto hacia arriba como hacia abajo.
            -¡Pero vamos!-objetó Müller-. No os estoy diciendo que la teoría es errónea, simplemente, que no es perfecta.
            -Pero es que esta teoría equivale a la perfección -repuso Clark-. La idea del perpetuum no es que se mueva un año, dos, veinte siglos; es un movimiento infinito. Es la misma base de la teoría; si te mueves de allí, no estamos hablando de lo mismo. Estamos hablando, entonces, de un aparato que da muchas vueltas y suministra energía mucho tiempo, pero un tiempo finito, y, entonces, toda la teoría se desploma, se viene abajo.
            -No me puedo creer que seáis tan cerrados de mente.
            -Pero es que debemos ser así de cerrados de mente -terció Hingsbury por primera vez desde la argumentación de la teoría del alemán-. Quiero aportar el grano de arena americano a este debate.
            -¿Y en qué consistirá ese grano?-preguntó Dupont.
            -En la practicidad.
            Se hizo un silencio incómodo.
            -Vamos, pensemos. El perpetuum no es famoso por ser una teoría genialmente elucubrada; es conocido, porque todo lo que conocemos, se basa en ellos. Los aviones, los coches, los ordenadores, los aparatos de los hospitales, incluso la tostadora eléctrica. Este mecanismo es la base de toda nuestra tecnología actual; y, lo que es más importante, se fundamentó siempre en que la teoría del perpetuum era perfecta. Pura, inmaculada… Sin fallos.           
            Los otros tres científicos meditaron sobre este punto. Müller preguntó.
            -¿Pero en qué afecta este fallo a la tecnología? Quiero decir, es que no acabo de ver el problema. El perpetuum, sea la teoría perfecta o no, nos ha proporcionado unos niveles tecnológicos, y un modo de vida adecuado en los últimos siglos… Eso ocurría antes, y seguirá ocurriendo ahora, aunque éste se haya parado.
            -¡Pues cambia mucho, Müller!-se levantó Hingsbury, y empezó a dar vueltas por la habitación-. A ver, os va a costar entenderlo, porque siempre que os preguntan por este asunto, siempre asumís que la teoría de Stolzok es matemáticamente perfecta… Y esa es la cuestión, que, de tanto usarla, no nos damos cuenta. Pensad, en que todos los aparatos, todos los diseños que se realizan, se basan en que el perpetuum no puede pararse.
            -Sí, en efecto, eso es así -cercioró Dupont, impaciente por llegar al fondo de la cuestión.
            -¡Pues bien!-exclamó Hingsbury-. Tal y como hemos planificado nuestro mundo, dependemos completamente del perpetuum. Todo nuestro modo de vida se asienta en él. Quiero decir, imaginemos que hay un terremoto, un tsunami, que cae un meteorito… Todos los sistemas de defensa se basan en la perfección del perpetuum. Pero si éste no es imparable, si es modificable… entonces, todos nuestros cálculos son incorrectos, y no podemos estar seguros de que van a funcionar…
            Müller se rascó la nariz.
            -Pero que no duren eternamente, no significa que no puedan funcionar con un tiempo. Al fin y al cabo, este perpetuum ha aguantado trescientos años. No está nada mal. No es el infinito, pero no es una mala aproximación, sobre todo teniendo en cuenta que fue elucubrado en el siglo XVI, construido en el XVII, y hecho con materiales mucho menos elaborados que con los que se elaboran los perpetuum actuales. Quizás éstos sí se aproximen mucho más a una cifra razonable, millones de años tal vez. Eso es mucho tiempo. El ser humano, para entonces, tal vez se haya extinguido, y entonces no tendremos que preocuparnos más del asunto.
            -Vale, Müller, ahí tenemos el primer perpetuum, pero, ¿y el segundo?
            Dupont -en algo se tenía que demostrar que era el director principal del Museo-, fue el que respondió más rápidamente.
            -El segundo está en un museo en Pekín.
            -¿Y el quinto?
            -Pues… ahí ya no llegan mis conocimientos.
            -¡Esa es la cuestión, ¿no lo veis?!-chilló histérico Hingsbury-. Como asumimos que cualquier perpetuum, proceda de la época que proceda, no fallará, hay sistemas claves para los seres humanos que se mantienen con perpetuums del XVIII, del XIX… Y nadie sabe exactamente qué es lo que regula cada uno.
            -Pero puede comprobarse-dijo Clark-. Tienen números de serie, están anotados en un registro. Y pueden sustituirse.
            -¿Por qué?-preguntó Hingsbury-. ¿Por otros perpetuum? Aunque a corto plazo se solucione el problema, lo cierto es que vamos a seguir pendiendo de un hilo. Porque, realmente, no sabemos si el proceso es igual para todos los perpetuum. Tal vez unos aguantan más, y otros menos; nunca se ha hecho un ensayo de tiempo, porque siempre se ha asumido que duraban eternamente. Los nuevos perpetuum se diferencian, más que nada, en los anteriores, no en su durabilidad, sino en la capacidad que tienen de producir más energía por unidad de tiempo. Y, si asumimos que, efectivamente, la energía de los perpetuum no es infinita, sino que tiene un valor, un valor concreto, tendremos que asumir que los nuevos perpetuum…
            -… cuanta más energía producen…-se dio cuenta Müller.    
            -… menos tardarán menos en llegar a su fin -concluyó la frase Dupont.
            -¿Lo veis?-dijo Hingsbury-. En realidad, no sabemos cuáles son mejores, si los nuevos o los antiguos. Cuánto tardarán de verdad. Es una bomba de relojería, puede que ahora mismo haya mil a punto de detenerse, o dos mil, o ninguno, quién sabe. Es la incertidumbre, más que nada, lo que me está poniendo nervioso. Y, además, pensad en toda una serie de sistemas militares que se han planeado a cien años vista, y en los cuales están influyendo los perpetuum… Todos ellos tendrían que ser reelaborados, reinvestigados, probablemente todos estén mal, probablemente todos provocarían una catástrofe si los dejáramos a su libre albedrío.
            -Pero hay un detalle importante -añadió Clark-. Nos hemos olvidado de un asunto.
            Hingsbury levantó la vista. Empezaba a encontrarse algo cansado. Estaban planteándose demasiadas cosas, en demasiado poco tiempo, se estaba hablando del agotamiento energético, del fin de la civilización, de la seguridad, del presente y futuro de la humanidad… Eran demasiadas cosas, demasiado impactantes, demasiado martilleantes en su cerebro, menos a esta hora de la madrugada y con jet lag, demasiadas responsabilidades para una noche. Pero es que el hecho al que se estaban enfrentando… era trágico.
            -¿Sí?-preguntó Dupont.
            -¿No estamos orientando la cuestión desde un punto de vista desenfocado? Al fin y al cabo, éste es el único perpetuum mobile que ha estado funcionando de forma ininterrumpida desde sus comienzos. En cambio, otros muchos han empezado a funcionar hace poco, han tenido distintos tiempos, distintas evoluciones… El segundo perpetuum, o el tercero, o los que sean, fueron siendo intercambiados, sustituidos por otros… Es cierto que nadie se esmeró, desde arriba, en que cada perpetuum estuviera en el sitio correcto según su fecha de caducidad, pero sí es cierto que los que regulan los sistemas y servicios más importantes –defensa, sanidad, etc.-, van siendo sustituidos continuamente por otros mejores… ¡A los perpetuum no les da tiempo de gastarse, porque son intercambiados continuamente! La propia selección natural, como si de un ser vivo se tratase, ha hecho que, en los lugares claves, haya contribuido más de un perpetuum, con lo cual, el “agotamiento”, por decirlo así, de las máquinas, no ha sido tan sufrido como el de otros aparatos que han permanecido en su puesto, incólumes, durante siglos… como este de aquí -señaló al que se encontraba encima de la mesa-. Pensemos que, en líneas generales, ninguno de nosotros conoce ningún aparato que no haya sufrido varios intercambios de perpetuum… No me extrañaría nada que los más antiguos, ni siquiera anduviesen ya en circulación, salvo en los museos.
            -Eso no elimina el problema principal -dijo Dupont.
            El instante de calma que les había proporcionado Clark, se diluyó ahora con este nuevo desafío.
            -¿Y cuál es el problema principal?-se exasperó Hingsbury.
            -El que nos encontramos con que nuestro principal sistema de abastecimiento energético es limitado; algo que nunca habíamos tenido en cuenta.
            Los demás se miraron entre sí.
            -Pensadlo: el hombre tenía la tracción animal; luego, algunas máquinas, muy primitivas. Pero llegó el perpetuum... y ahí se acabó toda inventiva. No tenemos sistemas alternativos. No los hemos desarrollado.
            Ése era un buen detalle. Ahí todos los demás estuvieron de acuerdo.
            -Bueno, hay otros sistemas energéticos -dijo Müller-. Está el petróleo.
            -Sí, está el petróleo, querido amigo, pero, ¿cómo aprovecharlo? Se sabe, a nivel teórico, que el petróleo sería un perfecto combustible para motores de combustión… ¡si alguien se hubiera molestado en inventar los motores de combustión!
            -Es verdad –confesó de forma ingenua Clark, cuyo rostro empezaba a reflejar ya la desolación del momento.
            -Miradlo desde este punto de vista -indicó Dupont-. La ciencia avanza por los caminos que le marcan las necesidades humanas, y la tecnología. Desde que llegó el perpetuum, nos marcamos como meta el perfeccionarlo, nunca el diseñar estrategias alternativas. Energía solar, eólica, todo ello son posibilidades teóricas, que se han elucubrado en disciplinas como la filosofía, pero que nunca han sido puestas en marcha por las ciencias básicas… ¿Para qué?, nos preguntábamos. ¡Si tenemos el perpetuum...!
            Se hizo el silencio ante esta última afirmación.
            -Creíamos que teníamos en nuestras manos el fin de todos nuestros males: la piedra filosofal, la fuente de la eterna juventud… Y, sin embargo, nos hemos encontrado con que nuestra energía es limitada, agotable… Que nuestros perpetuum están fatídicamente destinados, si es verdad que la teoría de Stolzok no es perfecta, uno por uno, a detenerse…
            El ambiente en aquellos momentos no pudo ser más incómodo, ni más opresivo.
            -Pero -aclaró Müller, queriendo quitarle algo de dramatismo a la situación-, no hay por qué desesperarse… Todavía -dijo con un tembleque en la voz- podemos seguir fabricando más perpetuum…
            -¿Podemos de verdad, Müller?¿Seguro?-preguntó Dupont-. ¿Hasta cuándo? Tanto dependemos del perpetuum, que, para muchos de los procesos industriales de la fabricación de nuevos aparatos de este tipo, hemos aprovechado la energía que nos proporcionaban los anteriores modelos; y éstos para construir otros más avanzados… Y así indefinidamente. Pero, ¿hasta cuándo?¿Hasta cuándo podremos seguir?¿Quién nos dice, que en un momento determinado, crítico, en el día que vayamos a construir un nuevo perpetuum, no tengamos siquiera la maquinaria para elaborarlo, y por tanto, nos hayamos quedado literalmente sin recursos? Y entonces sí, claro, podríamos construir nuevos perpetuum... pero a la misma velocidad con que pudieron los monjes benedictinos con este aparato, que fue muy lenta. ¿Puede nuestra civilización actual soportar una disminución del ritmo de vida tan brutal, en tan poco tiempo? La colonización espacial y la superpoblación que hemos alcanzado ha sido posible gracias a este invento, significa toda su base de sustentación, ¿significa que todas las personas que se han establecidos en las colonias, tendrán que volver...?
            Los demás se rebulleron en sus asientos. Sólo Müller quiso aportar algo de esperanza al plomizo momento que ahora se les avecinaba.
            -Bueno, qué pesimistas os veo esta noche. Para el momento en que tengamos que plantearnos esas decisiones, ya habremos desarrollado otras fuentes de energía.
            -¿Estás seguro, Müller?-preguntó Clark preocupado-. Todo ese esfuerzo lo hubiéramos tenido que hacer en siglos. Ahora, tenemos que hacerlo a toda velocidad –cosa que no siempre es posible pedirle a la ciencia-, porque sabemos que tenemos un tiempo limitado… El problema, es que no sabemos cuánto.
            -¿Cuánto?-preguntó Dupont.
            -Eso, cuánto -se preguntaba Hingsbury.
            Y se miraron entre ellos.
            -Si no sabemos cuál es la causa del problema, nunca sabremos de cuánto tiempo disponemos -dijo Hingsbury.
            Clark contempló el aparato. En su rostro se había afincado aún más el aire desolado.
            -Quizás sea únicamente problema de este perpetuum. Quizás no afecte a los demás.
            -O quizás les va a pasar a todos lo mismo a la vez –propuso ácido Dupont.
            -Por Dios, ni se te ocurra -se horrorizó Hingsbury.
            -A ver, empecemos por el principio…
            -No tenemos principio ahora mismo, sólo vemos el final…
            Se contemplaron, angustiados entre sí.
            -No puedo creerlo -dijo Dupont-. Las más brillantes mentes científicas del momento, sintiéndose impotentes.           
            -Pero es que es como para sentirse impotente -se dejaba caer en el sillón Hingsbury-. Es un problema como el que nadie ha tenido, nos sobrepasa por todos lados.
            -Podríamos ponernos a revisar las ecuaciones de Stolzok -propuso Müller.
            -¿Con la de vueltas que les ha dado todo el mundo?-replicó despectivo Dupont-. Estoy seguro de que no encontraríamos nada.
            -¿Alguna vez ha ocurrido algo como esto?-preguntó Hingsbury, menos conocedor de la historia de la ciencia-. Quiero decir, alguna vez que un principio fundamental haya sido puesto en solfa.
            -Bueno...-meditó Dupont-. Hubo algo parecido, en la época en que se investigaban las radiaciones beta. En aquellos tiempos, descubrieron que, por muy exactas que se realizaran las mediciones, siempre había una parte de energía que se perdía. Eso contradecía la norma básica del principio de la conservación de la energía. ¡Imagínate cómo se lo plantearon, la energía ya no es permanente, ahora desaparece de la nada, rompiendo el principio más básico de todos los que han asentado la ciencia! Fue un hecho dramático para muchos científicos, algunos, asustados, propusieron que habría que resignarse y, frente a toda lógica, poner en la ecuación, en lugar de una equivalencia, un “menos o igual”...
            -Pero entonces –continuó la historia Müller-, un científico planteó que el principio tenía que estar bien. Y que lo que pasaba era que había una segunda partícula, que no podían detectar, y que ocupaba la cantidad equivalente a esa energía. Fue la primera vez que se predijo la existencia de una partícula, a nivel teórico. Luego se ha hecho muchas veces, pero aquella vez, fue bestial. El caso es que acertó: fue la demostración de que la ciencia, después de todo, puede ser una cuestión de fe, de ser capaz de creer que la teoría se encuentra por encima de todo.
            -Eso es lo que me preocupa -respondió Clark-. Porque lo peor de todo será la reacción del público. Y el público, que cree a pies juntillas en esta teoría como si fuera una religión, aunque no la comprendan, tendrá una respuesta... en fin... Si la nuestra está siendo bastante descorazonadora, no me quiero imaginar la del resto de la humanidad.
            Todos guardaron silencio.
            -Ésa es otra -inqurió Müller, tragando saliva-. ¿Qué hacemos?
            -¿Cuánto tiempo tenemos?
            Dupont contempló con cansancio su reloj.
            -Una hora escasa antes de que lleguen los empleados.
            -Joder, joder, maldita sea -blasfemó Hingsbury-. ¿Y qué les vamos a contar?
            -Todo -dijo Müller.
            -Nada -dijo Clark.
            -¿Todo?-gritó Hingsbury al alemán-. ¿Estás loco?
            -Eso fue lo que dijimos: explicarlo con una hipótesis factible. No hay hipótesis, o, si preferís, la hipótesis es que la teoría es incorrecta. Se lo presentamos así, y ya está. ¡Antes eras tú el que te ofendías cuando insinuábamos el retrasar la noticia!
            -Creo que los acontecimientos han modificado bastante mi manera de pensar, mi querido amigo… lo que no entiendo ahora es tu postura.
            -¿Y cómo lo hacemos, Müller?¿Envolvemos el regalito en paquete para regalo?-inquirió sarcástico Dupont.
            -¿Qué sugerís entonces?-preguntó Müller.
            -No decir nada -terció Clark-. Cerrar el museo, aludiendo obras, y llamar aquí a más científicos, a militares, a las autoridades competentes… Ver qué opinan los presidentes de la Confederación Mundial.
            -¿Y qué haremos si empiezan a aparecer perpetuums que se paran por todo el mundo?¿Vamos a vallar cada esquina?         
            -Müller, por Dios, contarlo todo así sin más no es una opción -atajó Hingsbury-. No lo entenderían, de la misma manera que no lo entendemos nosotros: sería el caos. Atracos, desorden… maldita sea, la gente confía sus vidas, cada día, a los perpetuum, hay obreros que trabajan a cientos de metros de altura sobre un aparato que, en teoría, no puede fallar. ¿Cómo les vas a decir tú ahora que se suban allí arriba?
            -Sería el fin de la civilización -dijo Clark.
            -Es, el fin de la civilización -Dupont estaba ahora mismo terriblemente pesimista.
            -Vamos, señores, no seamos así -quiso tranquilizar Müller-. El hombre inventó el perpetuum, y puede valerse sin él.
            -El hombre se ha acostumbrado demasiado al perpetuum -bostezó Clark.
            -¡Por Dios!, ¿no eras tú el optimista antes? No te pongas apocalíptico; en el caso de que pasara cualquier cosa, la gente se adaptaría.
            -Pídeles volver al siglo XVII, a ver qué te dicen.
            -Volverá todo -dijo Dupont-. Todos los males que existían antes del siglo XVIII, y que creíamos haber erradicado… el hambre, la pobreza…
            -Estallará una guerra -predijo Clark.
            -Vuelven los cuatro jinetes del Apocalipsis -ironizó Hingsbury.
            -Y lo peor -puntualizó Clark-: ¿quién se atreverá a ser el mensajero del Apocalipsis?
            -¿A qué te refieres?-preguntó Müller.
            -¿Qué te imaginas que hará la multitud aterrada cuando se entere?¿Contra quien cargarán las culpas?¿Te gusta eso de ser profesor universitario, de ser reconocido por tus compañeros? Cuando te presentes ante el mundo, tú, garante del conocimiento, intérprete de los designios de los dioses, con tan sólo unos balbuceos inconexos como toda teoría sobre lo que ha pasado, veremos cómo reacciona la gente. Creo que lo que pasará con nuestras casas, y en general, con todas las de los científicos prestigiosos que ahora disfrutan de todo el respecto intelectual, social y monetario que nos puede dar la sociedad, será escandaloso comparado con lo que aconteció en un día de revolución en la Bastilla...
            Todos se plantearon hacia dentro esa posibilidad: hasta ahora, no se les había ocurrido pensar que este hecho afectara tan directamente a sus propias vidas. ¿Qué puesto le aguarda a un científico que no sabe dar respuestas?
            -Estoy agotado… No puedo más -se hundía el francés.
            Hingsbury empezaba a contagiarse. Comenzaba a darse cuenta del lío en que se habían metido. La humanidad debería evolucionar sólo hacia un lado, sólo hacia delante, así estaba construido el mundo desde sus orígenes. ¿Sería posible volver a empezar?¿Era tan corto, o tan largo, el tiempo que les aguardaba antes del colapso de los perpetuum?¿Comenzarían a fallar desde mañana, uno a uno, progresivamente, o tardaría aún un siglo en detenerse el siguiente?¿Cuánto tiempo le quedaba a la humanidad?¿Reaccionaríamos correcta y ordenadamente, o nos mataríamos entre nosotros? Sólo el futuro podía decirlo… Hingsbury se sentía como Jesucrito en el huerto de los olivos, rezando porque apartaran de él este cáliz. No, definitivamente, y pese a toda su capacidad racional como científico, no podía asumirlo. De ser así el futuro, no quería vivirlo.
           
            De repente, llegó el guardia, que se encontró con cuatro hombres -hace unas cuantas horas serenos, activos, como científicos rigurosos, seguros de sí mismos, respetados por la comunidad científica-, que se encontraban, en estos momentos, completamente abatidos y apesadumbrados, con el mismo lamentable aspecto que presentarían en una mañana de resaca. El guardia iba acompañado por el hijo de Dupont.
            -¿Pero qué pasa?-preguntó Hingsbury, con muy malos modos-. ¿Todavía queda una hora, no?
            El guardia se detuvo, con el niño en la mano, que también se asustó ante el grito proferido.
            -Lo siento…-se disculpó el americano-. Lo siento muchísimo… Es que no he dormido apenas, y la cosa no va muy bien -señaló al perpetuum-, como usted puede comprobar. ¿Qué es lo que pasa?-terminó la frase cansado.
            El guardia reflejaba también un rostro grave, una mirada preocupada.
            -Se ha adelantado una chica… Una de las programadoras… Tiene que hacer cosas en el sistema de esta habitación… ¿Qué le digo?
            Hingsbury se pasó la mano por la cara. Oh, no, era el fin… Mientras tanto, el hijo de Dupont no hacía más que molestar alrededor de su padre, que balbuceaba unas palabras en francés para tratar de calmarlo. El niño, que tampoco había dormido mucho, estaba sin embargo pletórico.
            -¿Qué le das a tu hijo para dormir, Dupont?-preguntó Müller-. ¿Anfetaminas?
            Éste, visiblemente agotado, parecía casi hablar menos francés que su hijo, prácticamente se hallaba ya completamente escurrido en el sillón.            
            -Es muy activo. Demasiado activo. Su madre se queja precisamente de eso.
            El niño, sin embargo, dejó de prestarle atención a su padre. Algo, mucho más emocionante, captaba su interés unos centímetros por encima de él.    
            -Allí -decía el niño en francés, con una lengua de trapo que hizo que a duras penas le entendieran-. Allí.
            Müller sonrió.
            -Vaya; cree que el perpetuum es un juguete -se quiso reír.
Pero no lo hizo cuando contempló los ojos de Hingsbury.
            -Por Dios, James… Estás completamente lívido. ¿Qué te pasa?¿Has visto un fantasma?
            Y, entonces, todos ellos empalidecieron. Hingsbury se aproximó a la urna.
            -¡Allí, allí!-gritaba el niño.
            Hingsbury quitó el cristal.

            Los otros se encontraban tan sorprendidos, que no tuvieron tiempo de moverse.     -¡Allí, allí!-gritaba el niño.
            Hingsbury le miró, desde su altura, con gravedad, como consultándole el último gesto, como si fuera él quien le estuviera dirigiendo.
            -Déplace-ça! –chillaba cada vez más alborozado el niño-. Déplace-ça!
            Y entonces, con el rostro más impenetrable que jamás pudo alguno de los presentes contemplar, con un sentimiento de sorpresa, que les impidió moverse del sitio, Hingsbury depositó el dedo sobre el eje del péndulo, que llevaba sin ser tocado más de trescientos años, lo desplazó ligeramente hacia un lado…

            … y lo puso de nuevo en marcha.
           
            Los ojos se le salían a todo el mundo de las órbitas, contemplando el horror, la herejía, el sacrilegio que su compañero había cometido sobre un objeto que –todos lo sabían-, ya no era nada más que un simple péndulo, sin ninguna de las características de un perpetuum. El guardia era el que se hallaba más tembloroso. Los otros, lo estaban menos, simplemente, porque se encontraban petrificados. El hijo de Dupont, mientras tanto, pegaba saltos de alegría.
            -Ça se déplace! Ça se deplace!
            Y, de repente, y entre la consternación general, Hingsbury se empezó a reír, se desternillaba, como si estuviera loco.
            -¡Usted!-le gritó exultante al guardia.- ¡Saque el champán, y traiga cuatro copas!
            El guardia se quedó atónito. Éste volvió la vista hacia Dupont.

            El francés, tan sorprendido como los demás, comenzó, a pesar de todo, a esbozar una breve sonrisa. Hizo un gesto de asentimiento con la cabeza.
                       
            Clark, cuya flema británica parecía agrietarse por momentos, estuvo a punto de levantarse para preguntar por la monstruosidad que estaban haciendo… pero él también reflexionó, y se levantó con alegría.

            El rostro de Müller indicaba, a todas luces, una suprema felicidad.

            Todos, carentes de fuerza hace un momento, parecían ahora radiantes, hombres nuevos, como si hubieran vuelto a los veinte años. Hasta el guardia se contagió del estado de ánimo imperante, y asumió que, de una manera u otra, todo volvía a estar bien.
            -Propongo ahora un brindis -determinó Hingsbury, abrazándose sobre todo al guarda, y a Dupont, principales responsables, a partir de ahora, de vigilar que el perpetuum nunca dejara, aparentemente, de moverse; orientó entonces su copa en dirección al hijo de este último.
            -¡Por nuestros hijos!-proclamó-. ¡Porque tengan, a su vez, hijos tan listos, que le solucionen a sus padres todos sus problemas!
            Y todos brindaron, entre risas, elevando sus copas al cielo. Mientras tanto, Hingsbury, que contemplaba la máquina, de nuevo en acción, origen de todos los problemas, acariciaba el cabello del niño.
            -Más vale que se cumpla nuestro brindis -susurró entre dientes el americano-. Y buena suerte -se agachó y le susurró al niño en la oreja-… La vais a necesitar…


                                                            FIN



            Nota: este cuento, por supuesto, no tiene ninguna base científica. Empezando por el hecho de que el perpetuum mobile es físicamente imposible (como hemos mencionado antes, contradice la segunda ley de la temodinámica), y siguiendo por varias inconsistencias que probablemente se nos hayan colado en algún razonamiento científico y que se podrán detectar con tan sólo rascar un poco. Este cuento, en realidad, sólo quiere servir un poco a modo de reflexión sobre la ciencia, la sociedad, la forma en que construimos nuestro mundo.. y lo que nos puede pasar algún día, de forma, probablemente, no muy distinta.

            Por cierto, la historia sobre el inicio de la aviación, la negación por parte de Newton de la posibilidad de la misma, y el logro final del primer aeroplano, es real, y corresponde, como todos sabemos, a los hermanos Wright (aunque hubo mucho desarrollo, por parte de otros científicios, anterior y posteriormente al invento). En cuanto a la primera partícula subatómica postulada, la historia también es real. En nuestro mundo sin perpetuum, el mérito corresponde a Pauli.

lunes, 22 de abril de 2013

El libro de abril. "El cónsul honorario", de Graham Greene

Graham Greene es de este tipo de escritores de los cuales os recomendaré una obra, pero os podría hablar de muchas otras. En este caso nos vamos a centrar en "El cónsul honorario", escrita en 1973, y ambientada en la realidad argentina y paraguaya de aquella época.

Quizás el término que sirva mejor para definir los trabajos de Graham Greene sea el título de su obra de 1978, "El factor humano". Porque aunque sus historias traten sobre espías y e intrigas internacionales, y transcurran en gran medida en pequeñas habitaciones de los edificios donde se alojan los servicios secretos en Inglaterra, aunque también en exóticos parajes por todo el mundo (Haiti, Vietnam, Argentina, Cuba), en el fondo, esto son tan sólo excusas para relatar el verdadero teatro donde transcurre la acción: el interior del hombre, la sala íntima de la mente del ser humano, el trasfondo de los personajes y de los individuos que deben dar la cara ante las diversas circunstancias que se les presentan.

Graham Greene utiliza las grandes cuestiones políticas e históricas del momento, simplemente como modo de averiguar cuál es la verdadera naturaleza de la condición humana, y en qué nos convertimos cuando nos enfrentamos a retos que nos hacen dudar sobre qué pasta estamos hechos en realidad. Sus personajes son muchas veces tipos comunes, mundanos, sin ideología, que tienen que afrontar muchas veces de manera involuntaria grandes decisiones que ponen a prueba sus convicciones, pero en el transcurso de las cuales casi siempre acaban decant'andose por cuestiones personales que serán las que al final importen, mucho más que los condicionamientos previos o las lealtades patrióticas. Son por tanto individuos repletos de incertidumbre, obligados a elegir entre aristas formadas de falsa certeza, las cuales coquetean con los conceptos de traición y de compromiso, hombres que normalmente anteponen -mucho antes que a un estado o una idea-, el nombre de un amigo o de una mujer. En "El factor humano", unos espías demasiado mundanos se ven atrapados entre telones de acero cuando lo único que pretenden -cada uno a su manera- es ser felices. En "El décimo hombre" (donde un hombre ofrece toda su fortuna a otro a cambio de que sea ejecutado en lugar de él), los nazis y la Segunda Guerra Mundial tan sólo son una excusa para averiguar en qué medida la vida se mide por los valores materiales que posees. Sus dilemas se plantean  alrededor de la muerte, la religión, los sentimientos familiares, la inseguridad que rodea la vida en cada paso y nuestros mayores ambiciones y miedos. Graham Greene dividía sus historias entre novelas de entretenimiento y novelas serias; no obstante, incluso en sus obras de mayor éxito, las aparentes tramas de evasión sirve de base para las cuestiones filosóficas y morales más serias.

Como escritor interesado por las pulsiones del ser humano, no es raro encontrarse con que Greene se acercó a uno de los géneros artísticos que más han impactado en los últimos siglos, y éste fue el cine. De casi todos es conocida "El tercer hombre", novela que partió como base a un guión mejorado gracias a las intervenciones del director Carol Reed e incluso de Orson Wells (con su mítica frase acerca de Renacimientos italianos y relojes suizos, y quien según algunos dirigió la película desde las sombras). También fue adaptada al cine por dos veces "El americano impasible", aunque éste podrá ser uno de los pocos casos donde cabe considerarse que la mejor versión es la moderna, pues en la primera se trató de purgar todo rastro del antiamericanismo que a la segunda estuvo a punto de eliminarla de la agenda cinematográfica en 2003, de tal forma que sólo gracias a la intervención de su actor estrella, Michael Caine (que amenazó con no autorizar su siguiente película si ésta no veía la luz) la película pudo estrenarse. Y siguiendo con la nómina de actores ilustres que han encarnado a sus personajes, Alec Guinness interpretó al protagonista de la deliciosa "Nuestro hombre en La Habana", donde un modesto vendedor de aspiradoras en apuros les vende los planos de dichos electrodomésticos al gobierno británico haciéndoles creer que tratan acerca de valiosísimas informaciones sobre instalaciones comunistas ultra-secretas. Otras obras conocidas -y también llevadas al cine- son "El agente de la confidencial" (ambientada en la guerra civil española) o "El tren de Estambul". Su influencia se ha extendido a autores como John Le Carré, y actualmente se celebra todos los años, en su localidad natal, un festival literario en su honor.

"El cónsul honorario" parte de un hecho que podría haber sido real; tanto, que ocurrió uno muy parecido cuando Greene se estaba documentando para la misma. Un grupo de rebeldes izquierdistas paraguayos cruzan la frontera y pretenden secuestrar, en una remota región del norte de Argentina, al embajador americano para así hacer presión para la liberación de algunos de sus compañeros detenidos. Sin embargo, cometen un error y a quien secuestran es al cónsul honorario británico, un tipo al borde del alcoholismo, sin ninguna importancia diplomática, y por el que ninguno de los cuatro gobiernos implicados piensa mover un dedo para salvarlo. En medio de todo esto, el doctor Plarr, un inglés que lleva conviviendo de manera anodina toda su vida en la Argentina, se ve sacudido por el fenómeno por un doble motivo: en primer lugar porque él ha colaborado con los secuestradores a cambio de que éstos exijan la liberación de su padre (uno de los presos politicos en manos del ejército de la dictadura paraguaya), y en segundo, porque él se está acostando con la mujer del cónsul honorario británico que han secuestrado por error, lo cual determina que si bien su desaparición de la escena le vendría muy bien, también es responsable de lo que le pase, y hace que la culpa le pese todavía más de lo que le pesaría a cualquier otra persona.

En este caso, hay varios aspectos de la novela que son bastante interesantes. Una es aproximación de Graham Greene al modo de vida sudamericano, destacando mucho el "machismo" (entendiendo aquel como la tendencia natural del hombre a defender su honor y llegar a las armas por cuestiones relacionadas por el orgullo o las mujeres) imperante tanto en la literatura como en la vida de la zona. Quizás se produzca la impresión de que Greene está mostrando esta cualidad como lo haría un turista, entre otras cosas por el uso tan reiterado de la palabra, cuando da más la sensación de que el "machismo" no es algo que en la Sudamérica de los años 70 se nombre a menudo en el contexto coditiano, sino que, más bien al contrario, en las conversaciones habituales no se menciona en absoluto porque en realidad es el modo "natural" de hacer las cosas. No obstante, en el contexto de la novela tiene mucho sentido, al ser un término expuesto por personajes típicamente británicos (con su flema característica), para nada inmersos en la cultura del país en el que habitan, y que lo observan todo con la mítica distancia y frialdad que se le atribuye a los hombres procedentes de regiones anglosajonas. De hecho, el personaje principal no parece en un principio capaz de amar o de mantener compromisos, aunque sí que se van apreciando a lo largo de la novela una serie de cuestiones, como el sentimiento de añoranza por un padre que nunca conoció en realidad, ciertas obsesiones que se mantienen latentes, y también un fuerte sentido del deber acerca de cuestiones que deben ser evitadas. Entre otras, que un inocente -el cónsul honorario- pague con su vida por pecados que no merecen tanto castigo.

También, con grandes dosis de ironía y un agudo manejo de las réplicas y contrarréplicas de los personajes (a veces quizás obviando las terceras personas alrededor), el libro contiene una serie de personajes secundarios muy ricos y variados: el escritor argentino Saavedra, obsesionado con su propia obra, con "el machismo", y con unos códigos internos incomprensibles para el resto del mundo pero que él llevará, de manera consecuente, hasta la extrema radicalidad; Clara, la mujer del cónsul honorario, que procede de un burdel y pretende aparentemente (como hacía en el prostíbulo) complacer a todos, junto con el hijo que alberga en su interior, el cual no hace más que complicar las cosas; un coronel Pérez a cargo de la investigación, más interesado en capturar o liquidar a los secuestradores que en salvar al cónsul británico (el cual, por cierto, va adquiriendo valor literario conforme pasa la novela); y una serie de ingleses que, muy educadamente, prefieren ignorar la muerte de un compatriota antes que tomarse la más mínima molestia en salvarlo o dejar de degustar un plato de salmón. Entre el bando de los secuestradores, destacar a uno de los cabecillas de la expedición, el antiguo padre León, sacerdote reconvertido a guerrillero y de cuyos labios provienen los mejores debates acerca de la religión y el cambio social, las víctimas necesarias, el perdón y la confesión, el amor a Dios o al aparataje humano que le rodea, e incluso una de las más originales teorías teológicas que he tenido el gusto de leer. El padre León -como Plarr, como todos nosotros- se ve sacudido por las consecuencias de un terrible error que, sin embargo, les plantea unos dilemas morales inexorables, que tendrán que asumir de alguna manera y de los que no se les permite huir. Pero Greene (que pretende mantenernos interesados acerca de lo que va a pasar a continuación) se guarda mucho de adelantarnos nada, para que seamos muy conscientes de que, aunque hay ciertas cosas que tendrán que ocurrir necesariamente, no estemos jamás seguros de cuál va a ser el final.

En suma, esta es una novela que trata sobre el amor, la muerte y, quizás especialmente, la soledad. La soledad de una provincia argentina, muy lejana a la capital, y donde nunca pasa nada. La soledad de los tres únicos hablantes en inglés de esta provincia , que habitan como peces de agua dulce en medio de un trópico, obligados a refugiarse en la pecera de sus clubs. La soledad de un hombre que se ve atrapado entre numerosos frentes y que no encuentra a nadie en quien realmente apoyarse. La soledad de una antigua prostituta que todavía no acaba de entender por qué la sacaron de un burdel. Y también la soledad de un hombre que ama a una mujer que le engaña con uno de sus pocos amigos y quien quizás sólo pueda confiar, en el fondo, en su medida apropiada de whisky. No obstante, como toda novela de la soledad, ésta es una sobre la posiblidad de que esta se rompa. Y sin pretender desvelar el final, lo cierto es que el de esta novela me recordó mucho al apoteósico de "Las uvas de la ira", de John Steinbeck; no porque pasen cosas parecidas (ni por asomo), sino por la capacidad de Graham Greene, como Steinbeck de encontrar belleza -y amor- en los sitios más insospechados, en las situaciones aparentemente más contradictorias. En los resquicios de la duda, de las incertidumbres y de nuestros peores temores, dentro de aquellos lugares tan lejanos por los que a Greene le apasionaba tanto transitar...

lunes, 15 de abril de 2013

El relato de abril: Cuentos fantásticos (I). La biblioteca de las maravillas


La biblioteca de las maravillas.

            Todo empezó un día de lluvia. Aquella tarde, a la gente no le apetecía salir a tomar el sol; tampoco querían ir al cine, la cartelera era muy mala, no era época de buenas películas. Así que algunas parejas de enamorados, que se encontraban paseando tranquilamente por los parques, y se vieron sorprendidos por el aguacero, decidieron refugiarse, y pasar la tarde, en una biblioteca.

            Muchos de estos recién llegados no habían visitado un edificio de este tipo desde hacía mucho tiempo. Algunos, se dedicaron simplemente a pasar el rato, disfrutando de juegos tontos, garabateando corazones en las mesas de lectura. En cambio, una de las parejas –se llamaban Alexander y Ana-, se dedicó a contemplar los títulos de los libros, como paseando por una calle donde pudieran espiar en los buzones el nombre de los habitantes de esas casas. Algunos los conocían; otros, en cambio no.
            -El Aleph-encontró Alexander-. ¿Qué demonios querrá decir eso?
            -Suena como a nombre de detergente-le respondió Ana-. ¡Eh, fíjate, El Hombre Invisible!¡Éste me lo leí yo!
            Luego se rió al encontrar otro volumen:
            -El hombre que perdió su esterilla. Vaya título.        
            -¡Eh, no te rías!-le respondió su novio-. Yo me lo leí.
            -¿Y eso?
            -Una vez entré en una librería de ocasión cuya publicidad era que tenían todos los libros posibles. Les dije el primer nombre que se me pasó por la cabeza, completamente inventado, para que no pudieran encontrarlo. Pues van y me lo sacan.
            -¿Y qué hiciste?
            -¡Qué remedio, no tuve más remedio que comprarlo! Y, puñetas, si me gasto el dinero, supongo que tendré que leerlo.
            Ana se rió. Pero en ese momento, el lomo de un libro –suave y erizado, como la espalda de los animales, alguien tuvo razón al ponerle el mismo nombre a las dos cosas- le llamó la atención.

            Para sorpresa de Alexander, la chica se quedó quieta, su rostro se volvió lívido, pétreo, su garganta enmudeció, la sorpresa petrificaba su alma.

            Alexander se acercó entonces, para ver qué era lo que había cautivado la atención de su chica. Y entonces él también lo leyó:
            -La vida de Ana Swzeig.
            No había nombre del autor.
           
            Ana sonrió con alegría.
            -¡Que casualidad, ¿no?!¡La protagonista de este libro se llama igual que yo!
            Alexander se rascó la cabeza.
            -Bueno, no es tan raro; son nombres relativamente comunes.
            Ana dio un par de saltitos.
            -¡Venga, vamos a leerlo, a ver de que va!
            Y Alexander:
            -Bueno, si insistes...
            Y se sentaron a leerlo. Tampoco estaba dentro del libro el nombre del autor. No había editorial. Las cubiertas eran de un color marrón anodino, hubiera sido muy fácil que les hubiera pasado desapercibido. Le echaron una hojeada general.
           
            Comenzaron a turbarse sus miradas.
            >>Ana tiene veinte años. Le gustan las manualidades y los paseos por el parque. Es alérgica a los ácaros del polvo y a las picaduras de avispa.
            Ana contempló a su novio, con una expresión incómoda. Todo coincidía. Alexander tragó saliva. Buscó un par de páginas más adelante.
            >>Cuando conoció a Alexander, parecían hechos a entenderse. A Alexander también le gustaba la música dance y el mismo estilo de películas. Su primer beso fue en el cine, viendo La vida es bella. La primera vez que hicieron el amor, fue en el coche de ella.
            Los dos se contemplaron aterrados. Ana siguió leyendo:
            >>Pero todo cambió el día en que Alexander conoció a Elena. Fue Ana quien les presentó. Ella, por supuesto, no sospechaba lo que iba a ocurrir...
            Alexander cerró entonces bruscamente el libro.

            Ana giró la cabeza, con mirada de interrogación.      
            -¿Qué coño está diciendo este libro, Alexander?¿Tú lo sabes?
            Alexander negó con la cabeza.          
            -Esto es una estupidez-replicó-. Éste es un libro, no puede saber nada de nuestra vida. Además, lo de que me presentases a Elena fue hace sólo una semana. Es imposible que esto salga en un libro. No es real; así que vamos a dejar de leerlo.
            Ana enfrentó su mirada a la de su novio.
            -¿Y entonces por qué no quieres que siga leyendo?
            Alexander trató de apartarle el libro. 
            -Porque no quiero que te obsesiones por una tonterí...
            Pero no le dio tiempo a terminar la frase. Ana le había arrebatado el libro de las manos. Volvió a la misma página.
            >>... y fue entonces cuando ella averiguó, de las páginas de este libro, que la misma noche en que presentó a su novio y a Elena, ellos dos hicieron el amor en su propio cuarto de baño...
            Ana giró la cabeza. La mirada estaba llena de furia. 
            -¿Es esto verdad, Alexander?
            Él trató de negar con la cabeza. <<¿A quién vas a creer, a mí o a un libro?>>, preguntaba, pero a Ana ya no había quien la parara.
            >>Después de dejar definitivamente a Alexander, para siempre, Ana salió de la biblioteca... A la salida, se encontró, por este orden, a un anciano ciego, a un perro cojo, y a su antiguo profesor de música.
            Ana salió de la biblioteca. Alexander la intentó parar, pero su antigua novia le hizo un gesto con el dedo corazón que le indicaba adónde podía irse.

            Corrió entonces por donde le guiaba su instinto, sin tomar dirección alguna; y a lo largo de camino, se encontró tres cosas...

            Un anciano ciego...
           
            ... un perro cojo...

            ... y a su antiguo profesor de música...

            De repente, ella lo supo. Aquel libro le revelaba su futuro...

            Fue algo extraño. Ana volvió a la biblioteca al día siguiente El libro seguía allí; estaba alucinada; aquel libro narraba todos los detalles de su vida, los que sólo ella conocía, y los que nunca había advertido, su pasado... y también su futuro. ¡Qué arma más poderosa había puesto el destino en sus manos, se dijo!¡Qué increíble suerte había tenido!

            No sacó el libro de la biblioteca porque no quería despertar sospechas. Tampoco quiso leerlo de principio a fin; no se atrevía aún del todo hacerlo. Simplemente iba, le echaba una miradita, se conformaba con ver lo que iba a pasar al día siguiente. Al principio, mantuvo un silencio riguroso sobre la cuestión. Sin embargo, el ser humano acaba contando todos los secretos en cuanto le dan una oportunidad. Se lo confesó a una amiga, la cual, ante su incredulidad, tuvo que ir personalmente a la biblioteca para comprobar que, efectivamente, lo que le contaba Ana era cierto.

            La amiga se quedó preocupada. Al día siguiente, volvió a la biblioteca, esta vez sin Ana. Buscó por todas partes un determinado volumen, pero no lo encontró. Esa tarde, se quedó visiblemente desazonada, sin embargo, a la mañana siguiente, se le ocurrió una idea. Así que fue visitando, una por una, todas las bibliotecas de la ciudad. Tardó varias semanas, pero finalmente lo encontró: La vida de Audrie Cherguev.

            Ella también trató de mantenerlo en secreto: pero le pudo la ansiedad, no se puede tener tanto tiempo oculto un suceso tan asombroso. Así que, poco a poco, comenzó a extenderse el rumor; la gente comenzó a visitar las bibliotecas, a buscar sus libros, a encontrar sus volúmenes. Poco a poco, fue confirmándose: los libros estaban allí, esperando ser descubiertos. Cada cual era distinto, tenía distinta textura, tamaño, color de la portada, o tamaño de la letra; pero en todos ellos faltaba la editorial y el nombre del autor, en todos los casos, no había registro escrito sobre cuándo o cómo había entrado a formar parte de la colección de la biblioteca, y todos ellos narraban, de principio a fin, el desarrollo de toda una vida de los habitantes de esa ciudad. Más tarde, se descubriría que ello afectaba a todo el país. Y más adelante, los países vecinos comenzaron a movilizarse.

            Lo que tenían en sus manos, descubrieron conforme los fueron encontrando, era un instrumento poderosísimo que les permitía administrar de una manera nueva y distinta lo que iba a ser el resto de sus vidas; la posibilidad de conocer, minuto a minuto, lo que les había pasado, lo que les iba a pasar. Nos quejamos muy a menudo de que la vida es compleja, de que nunca viene con un manual de instrucciones, pues bien, allí estaba, presente e impreso, justo a su disposición. ¿Qué no hubieran pagado, qué no hubieran entregado a cambio de ello? Nadie se atrevía tan siquiera a proponer el precio.

            Pronto, las bibliotecas se llenaron de multitudes enfervorecidas buscando sus correspondientes libros. Jamás se habían visto colas tan inmensas para acceder a las bibliotecas, los responsables públicos se inquietaron –a pesar de que en un inicio se alegraron de que a la gente le hubiera dado tan repentinamente este ansia de leer-, el alcalde pensó en requisar estos libros, pero fue imposible, por dos motivos: primero, porque la avalancha de seres humanos en busca (nunca mejor dicho) de su destino, lo hubiera impedido a toda costa. Segundo, porque se descubrió que cada libro sólo podía ser encontrado por su correspondiente dueño: ni uno solo de los miles de policías que hubiera estado dispuesto a dirigir el alcalde en busca de los libros malditos, hubiera hallado otro texto más que el suyo propio.

            Y entonces, la gente empezó a leer. Nadie se atrevía a sacar los libros de su sitio, quién sabe por qué, simplemente, no se atrevieron. Hubo uno que lo buscó, pero, cuando se acercaba a la puerta, misteriosamente, fue arrepintiéndose, hasta volver de nuevo a su asiento de la biblioteca. La gente les echaba al principio un vistazo, luego, una hojeada mayor, alguno sólo quería contemplar algún pequeño detalle de algún punto de su futuro que particularmente le atormentaba. Un detalle importante era quién se atrevería a leer descrita su propia muerte; hubo alguno que lo hizo, sin ningún miedo en el cuerpo. Otros, en cambio, quedaron traumatizados durante días, en los cuales no fueron capaces de salir de la biblioteca, y se quedaron lánguidos, en sus asientos, carentes de comida y de bebida, sin saber qué decir, sin atreverse a respirar...

            Se dieron circunstancias varias, diversas, variantes; se dice, de hecho, que un día una chica leyó su propio asesinato, y se encontró, frente a frente, con los ojos de su agresor, que también leía su libro, quizás el mismo pasaje... Hubo quien se volvió loco al comprobar que los sueños de su vida no se hacían realidad, arremetió contra los libros de la biblioteca, dijo que nadie debería retomar la letra escrita, y produjo una inmensa hoguera, que incluía títulos como El Quijote, La Divina Comedia, El libro de las Maravillas de Marco Polo, o las obras completas de Chejov. A nadie le importó, todos andaban demasiado ocupados con sus propios relatos, incluyendo los mismos bibliotecarios, a nadie le interesó que ese enajenado fuera biblioteca por biblioteca quemando todos los libros que hallaba a su paso. La gente sólo pensaba en volver a sus casas para planear qué es lo que harían de cara al día siguiente, en función las predicciones (¡qué predicciones!, hechos contrastados!), que les habían otorgado sus libros. Y entonces fue cuando se reveló el mayor de los misterios.

            Y es que el futuro era variable: se podía modificar, ligeramente, según las decisiones que tomáramos. Así pues, al finalizar el día, uno podía volver a su libro, para comprobar qué había cambiado en el resto de su vida por haber modificado sus actos con respecto a los que originalmente planeaban realizar. O sea, que el futuro no estaba escrito; era variable, incluso comprobable, podíamos dirigir para nuestro beneficio nuestras propias vidas, con tan sólo leer qué modificaciones habíamos provocado. ¿Qué más se podía pedir?

            Sin embargo, ni siquiera las cosas perfectas lo son como uno se lo esperan. Porque aquí llega la paradoja. Durante todos los días de nuestra vida, tomamos miles de decisiones, minuto a minuto, hora a hora. En la mayor parte de los casos, no somos conscientes de qué repercusión tienen o no esas decisiones; no tenemos la posibilidad de volver atrás, solemos decir, bueno, da igual, todo hubiera sido igual de la otra manera. Pero ahora, no; ahora, todas las decisiones quedaban escritos en papel, y tenían su reflejo en la evolución del libro: cambiaban, alteraban, incluso agregaban o quitaban una o dos páginas. En esas circunstancias, cualquier ligera modificación, pesaba como una losa de plomo en el libro de la vida. Y fue en esos momentos, cuando la gente empezó a coger miedo.

            Porque se dieron cuenta de la cantidad de saltos sobre el precipicio, de opciones al filo de la navaja, tomaban cada día. Porque comenzaron a darse cuenta de lo difícil que era vivir, de lo complicado que era manejarse sin un manual de instrucciones. De hecho, se preguntaron, cómo podían haber sobrevivido todo ese tiempo antes. Y de repente, salir a la calle, sin el libro de las respuestas, sin la piedra filosofal del control sobre nuestra propia vida, se convirtió en una empresa arriesgada; que incluso podía ser mortal.

            Y la gente comenzó a no salir; a encerrarse en las bibliotecas, leyendo página tras página, contemplando párrafos y letras. Los habitantes de la ciudad, de todo el país, de todo el mundo, comenzaron a comer, a lavarse, a dormir en las bibliotecas... Algunos dejaron de comer, simplemente, leían el libro, que, de alguna extraña manera, les proporcionaba sustento vital suficiente como para no necesitar alimento... Y de repente, se enlazó un extraño giro, personas leyendo un libro que narraban la historia de esas propias personas leyendo un libro, que narraban la historia de esas personas leyendo un libro, en un bucle cerrado, en un ciclo interminable, que nunca pararía ni dejaría de parar. Pero la gente, lejos de escapar de ese círculo vicioso, se sintió a gusto en él, se sintió temerosa de la vida, prefirió esta existencia irreal y anodina al riesgo de enfrentarse al mundo exterior... Y la civilización, tal y como la conocemos, comenzó a derrumbarse de golpe.

            Primero faltaron los servicios urbanos de las ciudades; luego, se pararon las factorías, los gigantescos motores industriales dejaron de funcionar. Finalmente, no llegaron los camiones procedentes de las granjas con los alimentos necesarios para la subsistencia de los individuos; todos se habían encerrado, los que no tenían biblioteca en su propia localidad emigraron a la más cercana; sólo los analfabetos se pudieron salvar, vagaron como almas en pena, por las calles vacías, por las esquinas desiertas, preguntándose qué había pasado, qué había empujado a los poderosos, a los poseedores de la palabra, a dejarles el camino a ellos, los seres inferiores de la sociedad... Muchos sonrieron, de forma irónica, satisfechos ante la reparación de la injusticia. Otros, que se enteraron del motivo que encerraba a los “hombres del libro” dentro de sus bibliotecas, trataron también de formar parte de la peligrosa, pero atrayente, ecuación suprema. Algunos aprendieron a leer; otros no pudieron, porque quienes pudieron haberles enseñado no querían desembarazarse de sus libros; incluso varios casos de muerte de lectores que se negaron a prestarle ayuda a aquellos que se la solicitaron, se la imploraron, -se la exigieron. Parecía que nada ni nadie iba a escaparse de esa epidemia, de esa hecatombe.

            Yo intenté salvarme. Me dije desde el principio que no me interesaba lo que un libro tuviera que decirme sobre mi vida. Luego, cuando me di cuenta del giro dramático que tomaban los hechos, procuré huir con todas mis fuerzas. Me fui quedando solo, sin pareja, sin amigos, las personas que yo conocía, mis padres, mis jefes, tenían en la cuenca de sus ojos el aspecto vidrioso de la lectura continua, del cerebro absorbido... Procuré aislarme, abstraerme, pero cuando me encontré solo, por entre las calles vacías, con el traje medio raído y el nudo de la corbata deshecho, con la basura repartida entre las calles, caminando por entre los ayuntamientos y las oficinas vacías, me di cuenta del dramatismo de la situación. Me di cuenta de mi absoluta soledad.

            Todo, hasta que un día, no tuve más remedio. Hasta que un día, me volví medio loco. Hasta que la soledad hizo mella en mí y me obligó a salir desesperado, por entre las calles, mientras uno de los pocos analfabetos que quedaban se bañaba entusiasmado en una estancada fuente pública. Corrí a través de los caminos desérticos, hasta finalmente penetrar en la primera biblioteca que encontré, hasta rebuscar uno por uno entre los libros, en medio de los lectores, que se mostraban indiferentes ante mi presencia frenética, ajado y encrespado como me encontraba. Así hasta que finalmente, encontré mi libro... y comencé a escribir.

            Y escribí y escribí y escribí, mientras yo mismo me sumergía en un bucle continuo que se repetiría por siempre; y escribí y escribí y escribí, sin ningún sentido, sin ningún por qué, lo primero que se me pasaba por la mente; y escribí y escribí y escribí, sin tener ni idea de qué quería decir en este escrito ni por qué... Escribí, como el último hombre que quedaba en el mundo con algo de cordura y los pies en la tierra... Escribí, mientras me zambullía, en un mar más plácido, más sincero, donde la vida es más fácil, más sencilla, pero es gris...

            Y todo hasta que finalmente este libro viajó por todo el mundo hasta llegar hasta aquí...

            ... para que a partir de ahora, amigo mío, tú empezaras, como nosotros, a leer...

lunes, 8 de abril de 2013

La historia real de abril. Parásitos del alma.

De primeras, ya advierto: esta sección contiene conceptos e imágenes que pueden resultar desagradables. Hipocondríacos y mentes sensibles, abstenerse.

Muchas veces nos parece que nuestra personalidad es característica de nosotros mismos, y por tanto inherente e imposible de separar de nuestro más íntimo ser. Sin embargo, siempre me he preguntado qué ocurriría si a una persona se le diera la oportunidad de volver a nacer de nuevo, en otro lugar distinto del mundo: seguramente, su piel tendría distinto color por la mayor o menor influencia del sol o por distinto trabajo. Seguramente, su forma de llevar el pelo sería diferente. Más que probablemente, su personalidad se hubiera visto alterada por las distintas circunstancias que ha vivido. Y así hasta hacerlo irreconocible. Al mismo tiempo, parte de estas circunstancias se ven también motivadas por nuestra salud. Un caso histórico muy conocido es el de Enrique VIII, que sufrió un accidente que le lastimó la pierna, impidiéndole montar a caballo, cazar y otras muchas diversiones regias, lo cual le hizo engordar y le agrió el carácter,  factor que sin duda contribuyó a que (aparte de otras circunstancias -históricas, políticas y personales-) tuviera la natural tendencia a cortar la cabeza de su actual mujer para a continuación casarse con otra. También se atribuido el comportamiento caótico de algunos gobernantes (como Iván el Terrible) a las consecuencias mentales de una sífilis no tratada, o a los propios tratamientos contra la sífilis. Sobre el faraón Akenatón -padre del futuro Tutankamón e instaurador durante una breve época de una religión monoteísta-, se ha defendido que la presencia de un síndrome de Marfan no diagnosticado (una enfermedad benigna hasta edades relativamente tardías, que provoca un perfil físico muy particular, con caras alargadas y dedos largos e hiperflexbiles) podría haberle hecho sentir diferente del resto de los seres humanos y hubiera favorecido ese cambio religioso tan radical que originó en el antiguo Egipto, cuando Akenatón creó un dios único cuya excepcionalidad se encontraba seguramente más acorde con la singularidad de los rasgos del gobernante. Pero a veces, todos estos cambios son sutiles, más difíciles de distinguir. Desde la persona que evita las escaleras porque tiene un problema imperceptible de visión que le dificulta manejarse ellas, hasta los que duermen con almohadas más duras porque su baja tensión les provoca grandes dolores de cabeza cuando se levantan bruscamente de la cama, pasando por aquellos cuya personalidad se modifica por una tendencia a la obesidad como consecuencia de un ligero problema metabólico, lo cual provoca que los chicos le llamen "gordito" en el colegio. En la naturaleza, incluso, están ampliamente descritos una serie de parásitos que son incluso capaces de modificar el comportamiento de sus víctimas para su conveniencia, y de los que hablaremos en alguna otra ocasión. Hoy, en cambio, trataremos acerca de dos parásitos humanos que también han modificado el comportamiento de nuestro especie: uno en lo cultural, y el otro, en lo personal de cada individuo.

Empecemos por el Dracunculus medinensis. Este parásito habita sobre todo en zonas acuáticas de África, India y Oriente Medio, y por tanto suele afectar a trabajadores que pasan mucho tiempo en el agua y, sin pretenderlo, se tragan las larvas (las cuales, a su vez, se hallan contenidas en un diminuto crustáceo, pero de esto olvidaros, porque para lo que nos ocupan es como si estuvieran sueltas). Éstas abandonan el intenstino y marchan al tejido celular subcutáneo -o sea, la capita de grasa justo debajo de la piel que todos tenemos-, donde se convierten en adultas y copulan. Es entonces cuando la hembra se dirige hacia las zonas de la piel más expuestas al exterior, y en particular brazos, piernas o abdomen. Hay que aclarar que las hembras pueden tener una considerable longitud, de tal manera que los afectados pueden ver a un gusano de más de medio metro reptando bajo su piel. Finalmente, la hembra sale al exterior por uno de sus extremos, provocando una úlcera en la piel que duele, pica y quema, lo cual suele provocar que el paciente se introduzca el agua (ideal para el parásito, que busca liberar sus huevos allí). El gusano se queda colgando de la piel, con un extremo fuera y el otro dentro, algo que, como os podéis imaginar, suele producir una impresión bastante desagradable. Lo malo de todo esto es que quitarse el gusano de encima no es tan fácil como simplemente cortarlo o tirar de él: el problema de este tipo de parásitos es que, cuando liberan el contenido de su cuerpo a la sangre, inducen una reacción muy parecida a las alérgicas que, en circunstancias extremas, puede provocar la muerte. Por ello, para acabar con el parásito, lo que suelen hacer los habitantes de estas regiones es coger un palito muy fino e ir enrollando el extremo saliente del gusano en él, hasta finalmente, y tras mucho tiempo de cuidadosa extracción, sacarlo por completo del cuerpo, como podéis ver en esta fotografía.




Lo curioso es que este tipo de tratamiento ha influido en nuestra cultura de tal manera que ha inspirado las leyendas cerca del origen de la medicina. Si recordáis, el símbolo de la medicina es una serpiente que se enrosca alrededor de una vara. En la Biblia, Moisés crea el símbolo de una serpiente alrededor de un bastón para librarse de una plaga de serpientes que asola al pueblo de Israel, y se cree que este mito puede provenir del bastoncito que se emplea para sacar al Dracunculus. También en la mitología griega, las serpientes tienen una gran importancia, pues se las dejaba reptar libremente (cuenta la leyenda) por el templo del fundador de la medicina Asclepio, esperando que inspirara los sueños de sus pacientes a la hora de proponerles remedios para su curación. Por cierto, hablando de curaciones, la OMS ha dicho que va a intentar que el 2014 sea el último de este parásito sobre la faz de la tierra, a fuerza sobre todo de evitar que la gente beba de aguas contaminadas mediante la prevención y filtros adecuados. El anuncio es muy bonito, pero dado que llevan intentando lo mismo desde 1995, yo no perdería la esperanza, aunque sí que andaría precavido sobre el tema. Sin embargo, según la OMS, ahora sí que sí toca (sería la segunda especie que nos infecta que queda erradicada del planeta a lo largo de la historia, después de la viruela), y los números parecen indicar que, como ha dicho Bill Gates a propósito del tema, ahora sí hay una voluntad política para realmente hacerlo.

El segundo parásito del que hablamos hoy es el Toxoplasma gondii, causante de la enfermedad denominado toxoplasmosis. Esta especie debe su supervivencia, entre otras, a tener una amplia variedad de hospedadores, pero dos son los más importantes para el hombre: el gato y el ganado vacuno. Infectarse a través de los gatos es muy complicado, pues son animales muy limpios y requiere básicamente manipular sin precaución las deposiciones de los felinos (sin embargo, embarazadas, abstenerse, porque la toxoplasmosis para el feto es bastante perjudicial). Por tanto, la forma más común de infección es ingiriendo carne poco cocinada de ternera, pero, en general, el toxoplasma es un parásito capaz de ser controlado por nuestro sistema inmune, con lo cual no causa síntomas a no ser que nos encontremos inmunodeprimidos (una vez más, embarazadas, por si acaso, abstenerse), situación que se ha producido de manera relativamente frecuente en nuestro medio en los últimos años  como consecuencia del SIDA o de poblaciones inmigrantes con más bajo nivel de vida y peor sistema inmune. El toxoplasma, cuando se desarrolla, produce unos quistes en el cerebro que pueden llegar a ser fatales pero, como decimos, en sujetos con un buen sistema inmunológico no se producen aparentemente daños, de tal manera que, en determinadas poblaciones que consumen una alta cantidad de carne poco cocinada (el ejemplo más claro, los parisinos, con su adorado steak tartare) se puede encontrar hasta un 80% de individuos infectados por el Toxoplasma, todo esto, como hemos dicho, sin síntomas... al menos aparentemente.

Y es que, cuando uno empieza a hacer estudios en grandes poblaciones, surgen tendencias. Por poner un ejemplo, los ratones infectados por el toxoplasma empiezan a perder su miedo natural a los gatos e incluso se sienten atraídos por ellos (lo cual es muy útil para el toxoplasma, para continuar con la infección en otro hospedador). Y en los seres humanos, aunque sólo en ciertos individuos (estaríamos hablando de estadísticas en grandes grupos de poblaciones) se ha descrito una mayor frecuencia de esquizofrenia. Pero en sujetos sanos, también se ha visto que hay mayor porcentaje -en las personas infectadas por Toxoplasma- de individuos inseguros y dubitativos. El toxoplasma podría provocar más neurosis (de hecho, según ciertos investigadores, explicaría en parte por qué los franceses serían más neuróticos -según dicen las estadísticas- que los australianos), y también un mayor índice de suicidios. Las diferencias irían incluso por sexos: los hombres infestados tienden a tener más accidentes de tráfico, mientras que las mujeres, en cambio, parecen poseer una inteligencia más despierta que sus compañeras sanas, pero también, por contra, más tendencia a sentirse culpables.

¿Puede, por tanto, el Toxoplasma inducir al suicidio? Es aventurado decirlo. En este tipo de asuntos influyen una amplia variedad de circunstancias, desde factores genéticos hasta socioeconómicos, ambientales, climáticos. Un tipo con Toxoplasma no se va a suicidar porque sí, pero, en el caso de que viva unas condiciones que faciliten que esa idea pase por su cabeza, el Toxoplasma puede darle un pequeño empujón a favor de esta dramática vía. Esto no revela un determinismo absoluto sobre las decisiones humanas, pero sí que somos menos libres de lo que aparentemente creemos. Y que, tal vez, tratar estos factores subyacentes puede contribuir, a la larga, a disminuir nuestra infelicidad o el número de intentos autolíticos.

La vida son nuestros genes, nuestro entorno, nuestras células... y, a veces, pequeños invitados no esperados.

P.D. Como aderezo, os muestro un video que preparé para el concurso de monólogos científicos FAMELAB y donde, mal que bien, describo el ciclo biológico del Dracunculus medinensis, así como su relación con los símbolos de la medicina. Digo mal que bien porque no les ha gustado lo suficiente para ser seleccionado (quizás el hecho de que este escritor no sea el mejor orador del mundo para tiempos absolutamente medidos haya contribuido) aunque, por contra, esto tiene la ventaja en que os lo puedo mostrar ahora, unos pocos días de que se haya conmemorado el Día Internacional de la Salud. Como veréis, no hay grandes efectos especiales: una bolsa de farmacia, una serpentina y un bolígrafo. Pero ya es más de lo que se usa en la realidad. Un saludo.


martes, 2 de abril de 2013

La historia corta de abril. Historias del metro (7)


Esta historia me la contó un pajarito.


            Me encontraba en el autobús, aburrida, así que, en un momento de esparcimiento, me dediqué a pegar la oreja a la conversación más cercana. Una chica joven, de unos veintipocos años, síndrome de Down, llamaba por el móvil a su madre.
             -Mamá. Te llamo para decir que voy a llegar tarde. Te llamo para decirte que no te preocupes, porque he pensado que te ibas a poner muy nerviosa, que el autobús ha tenido una avería muy gorda, y el autobusero ha dicho, No llegamos, No llegamos, y al final hemos llegado, y ya estoy en el 27, y que llego a casa. Te llamo para decirte que hoy me he encontrado en la esquina del quiosco de las chuches a la directora del departamento de recursos humanos, y me ha dicho que mi jefa me quiere mucho, y habla mucho de mí, y muy bien de mí, y dice que trabajo muy bien. Mañana tenemos un congreso y hoy me ha tocado preparar la comunicación para las cien personas, y llamar a los de catering, y mi jefa, al terminar, ha venido, me ha dado la mano, y me ha dicho, Vengo a darte la mano, porque hoy has hecho muy bien tu trabajo, y decirte que te quiero mucho, no sólo como persona, sino porque además eres una buena trabajadora. Mamá... ¿estás orgullosa de mí? (Me pareció escuchar a la madre llorar al otro lado del teléfono, o quizá solamente me lo imaginé). Y mamá, y díselo también a papá, y díselo también a la familia, y díselo a mi hermano y a las primas, que quiero que lo sepa todo el mundo, ¿vale mamá?, (y ahí me bajé. Yo también tenía la lágrima en el ojo).

El pasado 21 de marzo fue el día internacional del Síndrome de Down