lunes, 4 de noviembre de 2013

El relato de noviembre: No me dejes al alba.

Este relato surgió inspirado tras la visión de la película "Memento", de los hermanos Nolan. Como era de prever, alguien tarde o temprano tendría la misma idea, y varios años más tarde (desgraciadamente, sin que este relato hubiera visto la luz más que en círculos íntimos), ésta vio la luz en forma de película bajo el título de "50 primeras citas". Sin embargo, ya que el tono general de la historia es bastante distinto, creo que esta ya anciana narración puede aportar ciertas cosas. Aquí os lo dejo. Relato especialmente recomendado para los aficionados a las historias de amor.

No me dejes al alba.

               -Dime...
               Dudó un poco antes de responder lo que no era sino una pregunta:
               -¿Sí?
               El otro carraspeó ligeramente.
               Tragó saliva antes de continuar.
               -Bueno... en fin, ya sé que nos conocemos desde hace muy poco... y de hecho, me parece un poco absurdo decir lo que estoy a punto de decirte, pero... Pero aún así, tengo necesidad de hacerte esta pregunta.
               Ella sintió, mientras él hablaba, el calor de su aliento en el otro lado de la cama; tan cercano, como para apreciarlo; tan lejano, cual profundo el abismo... tembló, al pensar, como ya lo había hecho otras veces (¿o no lo había hecho nunca?¿o tal vez tan sólo lo hubiera hecho en sueños?), que a sólo unos cuantos centímetros de su cuerpo yacía tumbado otro ser semejante; otro cuerpo, distinto al suyo pero, y al igual que éste, desnudo, al descubierto, cubierto de un profuso sudor que empapaba el suave satén de la cama... y notó, como si lo sintiera suyo, el corazón de él: un corazón palpitante, enérgico, que, en cada explosión de júbilo, mandaba infinitos borbotones de roja sangre a cada una de las más pequeñas e insignificantes partes de su cuerpo: a los dedos de sus manos, hasta el extremo de ellos. Un corazón que, como en suyo, se aleteaba incesante, como un ruiseñor que siente que el final del corto plazo que ha tenido como vida está a punto de expirar, y que éstos son los últimos aleteos que jamás habrá de dar, las últimas bocanadas de aire.
               Ella también se sentía sin aliento mientras aguardaba la pregunta. Le faltaba el oxígeno. Casi lloró cuando escuchó la pregunta escapar de sus labios, como él había hecho tantas otras veces... o tal vez, volvió a pensarlo, tan sólo lo hubiera hecho en sueños.
               -¿Me quieres?
               Apenas reprimió el sollozo.
               -¿Qué...?
               Contuvo el llanto.
               -¿...qué es lo que quieres que te conteste?
               Replicó ella. Él respondió:           
               -La verdad.
               Y ella no supo qué hacer.
               Apretó muy fuerte las manos... casi... hasta brotar sangre incluso. Se mordió el labio para calmar la angustia.
               Se dio media vuelta, de tal forma que él no pudiera ver sus lágrimas.
               -Para qué quieres que te lo cuente...
               El otro no respondió, esperando que prosiguiera.
               -... si mañana no te acordarás.
               El tono de voz cambió esta vez.
               -Claro que me acordaré.
               Ella negó con la cabeza.
               -No, no te preocupes. No lo harás.
               -¿Cómo lo sabes?-replicó él.
               Y ella sollozó de nuevo.
               -Porque ya lo has hecho otras veces-espetó-. Y lo volverás a hacer varias más.
               Guardó silencio.
           El otro titubeó. Respondió con aire escéptico y, sin embargo, sin ironía, exponiendo, con la sinceridad de un niño, y con el temor de viejo, un hecho innegable y cierto:
               -Pero... eso es imposible.
               Ella recapituló.
               Se dio cuenta de que se había equivocado.
               Se dio la vuelta. Volvió a mirarle a los ojos.
               -Sí... es verdad, perdona... Lo siento, cariño. Claro que es imposible.
               Recuperó la sonrisa.      
               -Por supuesto que te quiero.
             Y le besó en los labios. Pero, mientras lo hacía, ella lloraba para sus adentros. Porque él SÍ le había hecho esa pregunta otras veces.
               Pero ÉL, por supuesto, no podía saberlo.
                              *                                          *                                          *
               No sé cómo seré juzgada bajo el criterio, tal vez frío e implacable, que manejen aquellos que lleguen a conocer esta historia. Pero no me importa. No necesito su apoyo. Ni su consejo. No necesito que me entiendan. No lo hace nadie, de todas maneras; al menos hasta ahora, y no pienso guardar falsas expectativas con respecto a este asunto. No quiero su desprecio ni su compasión. Ni tan siquiera pretendo que me escuchen.
               Solo quiero contarle esto alguien. Decírselo a quien sea. Descargar un peso de encima.
               Si no lo hiciera, moriría aquí mismo.
               Probablemente, juzguen, cuanto menos, mi comportamiento como extravagante. O que, como muchos han llegado a insinuar (ninguno se ha atrevido a decírmelo cara a cara), mi estado mental no es precisamente el más adecuado. Algunos de ustedes, incluso, si han oído mi historia, se la contarán a los amigos como quien relata un cuento de terror... o un chiste con poca gracia. Si me reconocen por la calle, tal vez traten, con un gesto mal disimulado, de señalarme a los que les acompañan para mostrarles al monstruo que muy probablemente albergo dentro. Como les he dicho antes, a mí me dará igual. Ese tipo de cosas ya no me importan.
               O tal vez sí que me importan, si pienso, como creo que estoy haciendo, que, tal vez, quizás, esta es mi única oportunidad para convencerles de lo contrario.
               Pero, ¿qué es lo que puedo decir yo? Si ni yo misma, que sigo aquí, luchando contra viento y marea, contra todos, y contra mí misma, lo entiendo lo suficiente; si, a pesar de todo, dudo demasiadas veces, ¿cómo, en dicho caso, voy a convencer a alguien ajeno a mis circunstancias?¿Qué es lo que puedo argüir?¿Con qué argumentos me defiendo? ¿Cómo puedo explicar que esta escena, la que acaban ustedes de leer hace un momento, antes de las famosas tres estrellitas que los que escriben usan para pasar de un tema a otro, como cambia la noche al día, como se pasa de la vida la muerte, repito, esa escena, es una parte habitual de mi vida diaria?¿Cómo explicarles, reitero, que la siento en mis carnes, como toca el látigo del verdugo al reo, bastante más a menudo de lo que jamás hubiera imaginado?
               Y, si yo quisiera, incluso, hasta una vez por día.
              La historia, en esencia, es muy simple. Estoy saliendo con una persona. No mencionaré su nombre. Tampoco nombraré el mío. Nos conocimos hace tres años. Desde entonces, he conocido muy a fondo su personalidad. He llegado a investigar los más intrincados rincones de su alma. Me ha entregado todos los secretos que no ha sido capaz de revelarle a hombre o mujer alguna anteriormente; me ha relatado las oscuras tormentas que, de vez en cuando, como una trágica nube, recorren con preocupante presencia su cotidiana existencia; me ha confesado, entre tinieblas, y en algunas ocasiones, sus más ocultos temores. Y, sin embargo, y a pesar de todo lo que él me ha contado, la parte más importante de su vida, la que realmente interesa para esta historia, él no tiene constancia de ella, por no tener, no tiene ni tan siquiera la sospecha... Porque sólo la conozco yo.
               Y lo más gracioso de todo es que esa... esa persona... A la que he acariciado por todos los rincones de su cuerpo. Que me ha abrazado una y mil veces bajo una noche de estrellas... A quien dedico mi tiempo, por quien programo mis días... La persona a la que amo... El hombre al que quiero...
               ... no recuerda, ni tan siquiera, mi nombre cuando despierta.
               ...
               He tardado en volver a escribir. Tal vez unos veinte minutos. Eso no se puede apreciar en una confesión escrita, como es ésta. Sin embargo, tenía la necesidad de dejar constancia de ello. No quiero ocultarles nada. No quiero ofrecer excusas. Ya invento demasiadas, a demasiada gente... cada uno de mis días.
               Sí, no recuerda mi nombre. De hecho, para Enrique (no quería mencionarlo: ahora me veo obligada a ello), cada vez que me ve, cuando baja a la calle todas las mañanas...
               ..es la primera vez...
               ...o casi la primera.
               Y así llevamos tres años.
              Les dije que salía con él. Bueno, tal vez sea un término inexacto. Que dos personas salgan, implica, y valga la redundancia, eso mismo, dos personas. Pero, ¿qué decir cuando sólo una de ellas está al tanto del asunto? Extraordinario, ¿verdad? No es ningún artificio matemático. No es ningún juego de palabras. Más bien, la explicación es muy simple.
               Enrique está enfermo. Y de hecho, está enfermo por mi culpa.
            Enrique ha perdido la posesión más fundamental del hombre: aquella que nos hace dueños de nuestra propia identidad: la que hace que podamos observar con perspectiva el pasado, para afrontar el futuro; la que reconsidera nuestras acciones remotas, para realizar otras nuevas; la que te dice quién eres, y de dónde vienes: para ponerte en ruta, allá donde vas. Una facultad, cuya pérdida, se considera la pérdida de la vida. Esa facultad, es la memoria.
               No tienen sino que ver a un paciente de Alzheimer para comprobar que es verdad lo que les digo. Esos ancianos que no entienden por qué sus hijos lloran cuando no les reconocen, cuándo les preguntan (otra vez, una vez más) su nombre. Que marchan a dar un paseo, y no pueden volver a casa. Que no saben quiénes son. Que se sienten perdidos, como en medio de un desierto... en su propio dormitorio. Al fin y al cabo, todos (y esto, aunque sea tan cotidiano que no nos demos nunca cuenta, valdría la pena apreciarlo), tenemos un campamento base desde el cual salimos, cada mañana, a lo largo de toda nuestra vida, a enfrentarnos al iracundo y a veces cruel mundo exterior. Ese campamento base son: nuestros recuerdos; nuestro pasado; las imágenes, en definitiva, que hacen de nosotros lo que somos... y lo que alguna vez seremos. Porque nuestra vida no es el número de DNI ni el nombre de bautizo que nos dieron nuestros padres... Son, y al fin y al cabo, las decisiones que tomamos, que nos forjaron a nosotros mismos a partir de la nada... y los hechos que nos recuerdan nuestra trayectoria.
          Nuestro pasado es, en última esencia, nuestro futuro. Y el nexo de unión es, en definitiva, nuestra memoria.           
        Enrique no tiene Alzheimer. Es demasiado joven como para eso. Él, al menos, sí tiene ese campamento base. Sabe quién es. Conoce, efectivamente, su pasado, o, mejor dicho, una parte del pasado, la del período antes de conocerme.
               Pero nada más.
              Encontrarle fue una de esas extrañas casualidades que te brinda la existencia y que, en un principio, no sabes cómo tomar, si para bien, o para mal, hasta que las analizas bastante después de que hubiera sucedido. No sé si lo extraordinario fue su aparición, los gestos, la sonrisa, o, simplemente, la frase:
               -Perdone que le moleste; pero ayer le robé un segundo de su vida, y hoy me gustaría devolvérselo.
               A Dios gracias, era domingo.
               Aquello resolvió muchas complicaciones posteriores.
               Yo le recorrí con la mirada, y le hice una interrogación sin palabras:
               -Ayer-respondió él a la pregunta que nunca sería formulada-. En el edificio donde usted trabaja.
               Y entonces me acordé. Yo salía de una reunión y, en la planta baja, se encontraban los de marketing organizando la famosa campaña de promoción que llevaban anunciando a bombo y platillo durante semanas.
               Chicas muy monas (anoréxicas) en trajes exuberantes (se les veía todo) luciendo una brillante sonrisa (más falsa que Judas), directivos sonrientes (al pensar en los beneficios) de inmaculadas corbatas (ojalá un día se ahorcaran al anudársela), y, sobre todo, flashes, muchos flashes, arriba, abajo, a la izquierda, al otro lado, continua y repetidamente, como una ametralladora de destellos. Y, en medio de todos ellos, un rostro. Un rostro que apenas hubiera pasado desapercibido de no ser porque, entre foto y foto, y en un instante impreciso, me miró directamente a los ojos. Y entonces, sonreí.
               -No pude evitarlo. Al verlo, pensé que no podía apropiarme impunemente de ese momento sin, al menos, mostrarle a la dueña lo que no era sino una obra realizada por ella misma. Así que recorté, amplié: y aquí está.
               Mi sonrisa. Una sonrisa de oreja a oreja. Me sentí halagada. Hacía mucho tiempo que ninguna foto me había mostrado de aquella forma. De hecho, había ya desistido de todos los métodos habidos y por haber de salir favorecida ante una cámara, incluyendo aquello de “cheese”, “whisky”, o cualquier otra clase de comida o bebida pronunciada en anglosajón. Pero aquello...
               -¿Cómo... cómo ha sabido dónde encontrarme?
               -Bueno, ha sido relativamente fácil. Pregunté su nombre nada más usted se marchó, y busqué su dirección en la guía. Temí no poder encontrarla, pero tuve suerte, y fui a su casa esta mañana. El portero me contó que usted solía hacer footing por esta parte del parque y... bueno, aquí estoy.
               Vestía de ropa informal.
               -No es que traiga una vestimenta muy adecuada para la ocasión... pero, si usted no va muy deprisa, me arriesgaré a seguirla.
               Leve sonrisa otra vez por mi parte.
               -¿Lo ve? No es tan difícil conseguirla; desde que la contemplé a usted por primera vez, dos cuerpos por detrás de los dos hombres que eran el centro de la foto que estaba realizando, supe que aquélla era una sonrisa “posible”. No una de ésas que se salen de nuestras posibilidades y que aparecen sólo una vez, de forma casual en nuestras vidas, y no vuelven a presentarse jamás; sino que podía ser repetible y, yo diría más, incluso que puede lograrse que llegue a ser un acontecimiento frecuente.          
               Comenzaba a ruborizarme.
               -¿Andamos un poco?-le invité, y comenzamos a caminar por el parque.
               Menos mal que era domingo.
               Aquello resolvió muchas complicaciones posteriores.
                        *                                          *                                          *                          
               Fue maravilloso. Por donde quiera que lo contemplase.
               A lo largo del paseo, íbamos desgranando cada uno el fino hilo que llevaba a la consecución del tapiz de cada una de nuestras vidas: él me lo preguntó todo. Yo, le insté a no ocultarme nada. Poco a poco, una maravillosa conexión, casi mágica, fue hilvanándose entre nosotros... la parte de cada uno que, por aquel entonces, y en aquel momento de nuestras xistencias, se sentía vacía, insípida, hueca, fue rellenada con la dulce materia que el otro, suavemente, como si fuera un cálido y acogedor fuego, dejaba deslizar con sus palabras...
               Éramos lo que cada uno necesitaba, lo que otro había estado buscando y no había podido encontrar... Él, una mujer sin máscara, sin egoísmos, leal y, al mismo tiempo, sin miedos que la arrinconasen... Yo, una persona sensible, un ser sin prejuicios, un hombre con principios... alguien que, en definitiva, supiera escuchar.
               Se nos acabó el parque, y seguimos por las calles: visitamos monumentos, que los dos ya habíamos contemplado muchas veces, pero que ambos queríamos volver a contemplar bajo la luz atronadora del otro. Una distancia de seguridad al principio... unos gestos amistosos después... las manos entrelazadas, antes de caer la tarde...
               Admiramos escaparates... observamos espectáculos callejeros... entramos en el cine y en el teatro, pero nos salimos porque no podíamos dejar de hablarnos... Comimos, merendamos, cenamos, sin apartar la mirada el uno del otro.
               Hablamos de historia;
               de política;
               de literatura, arte, poesía...
               hablamos de hombres, hablamos de almas...
               de rosas, de espinas, de intensas zarzas...
               Nos confesamos secretos... nos revelamos verdades.
               Yo rocé su frente con mi mano...
               Él, un suave beso, casi inadvertido, en la mejilla... pero sus labios erraron el camino y acabaron en un lugar más adecuado.
               Yo le susurré, con mi silencio, que no se habían equivocado.
                              *                                          *                                          *
               La luna nos descubrió devorándonos a besos y a caricias.
               Abrazándonos, como dos condenados a muerte que saben que no habrá más mañana.
               Estábamos hambrientos cada uno del otro... y ninguno quería pararse a respirar.
               Seguimos paseando. Esta vez, más pausados, más tranquilos... más felices. Cogidos de la mano, y con una sonrisa en los labios. Leves miradas de complicidad... algunos guiños (casi) imperceptibles. Yo había alcanzado el Nirvana.
               Pensamos en ir a tomar algo, pero prácticamente todo el dinero que llevábamos encima había volado entre el cine, el teatro, o un donativo al pobre mimo que tú y yo compartimos en Madrid. Sin ningún otra salida, más que la compañía del otro (y si alguna otra puerta se abriese, nosotros la cerraríamos), vagamos erráticos mientras el mundo, por una vez, dejando de lado su afición al intrusismo, había decidido dejarnos tranquilos.
               Pero el destino, desgraciadamente, no era de la misma opinión.
               Normalmente, y a posteriori, siempre te dices a ti misma que se veía venir. Que nuestros pasos resonaban más en la acera, que el vaho que despedían nuestras respiraciones al contactar con la gélida atmósfera que nos envolvía era cada vez más inquietante... que el leve escalofrío que noté en mi espalda no era sino una premonición de lo que habría de acontecer. Sin embargo, tú en aquel momento no lo sabes. No puedes estar pensando constantemente que algo te va a pasar. Si no, no podríamos vivir tranquilos. No podía ni mucho menos sospechar, y menos... y menos después de aquella embriagadora borrachera de amor en la que Enrique y yo nos habíamos embarcado desde hacía poco menos de 24 horas... que iba a pasar lo que, de hecho, acabó sucediendo.
               Pero ocurrió. Tan sencillo, y tan difícil. Unos pasos detrás.
               Enrique, apercibiéndose, agarrándome del brazo y diciéndome que avanzara más deprisa.
               Pasos más fuertes. Aceleramos al principio. Corrimos al final.
               Enrique llevándome casi en volandas:
               -¡Corre, corre!-gritó él.
               Yo le hice caso. Estaba muy nerviosa. Muy confundida. No pensaba con claridad. No me apercibí de que él, que yo suponía detrás de mí, se había dado la vuelta y plantado cara a los agresores.
       Para cuando me di cuenta de ello, para cuando volví al punto de partida, Enrique ya no estaba.                                                                                        
               Me quedé sola.
                              *                                          *                           *
             Enrique apareció en una posición tétrica y absurda cuando lo encontré tirado al final de las escaleras que conducían a una estación de metro clausurada.
             A duras penas conseguí ayuda: está herido, le han atacado, imploraba yo a los transeúntes. Pero aquellos a quienes suplicaba me investigaban los ojos y los brazos para saber qué oscuras sustancias había introducido en mi cuerpo aquella noche, sustancias que, sin duda, habían llevado a mi amigo a aquel estado. Finalmente, alguien se dio cuenta que, aunque nos parezca mentira, un extraño por la calle puede estar diciendo la verdad, y ese hombre tirado en la esquina puede no ser un yonqui, sino la persona más maravillosa del mundo, atropellada por la falta de misericordia de la autopista de la vida. El hombre (bajito, gordito, un poco calvo, un don nadie, pero, como supe a partir de entonces, un héroe de carne y hueso, de ésos que pasan por la calle y ni te das cuenta de ello), demostró una fuerza de la cual no le creí capaz al levantar a Enrique encima de sus hombros y llevarle hasta su coche. Nos dirigimos al hospital.
               Tubos fluorescentes, batas blancas, paredes de un horrible y repugnante color verde. Tú hablas de miedo, de angustia, de soledad... Los médicos hablan de radiografías y de números que para mí no tienen sentido alguno. Ellos hacen su trabajo, se aferran a su ciencia para salvarle la vida, como si esa misma ciencia fuera lo único que existiera en el mundo. Yo simplemente no entiendo... probablemente, algo falle en todo esto; y me niego a creer que pueda ser yo.
Paso la noche sentada, la mirada en el vacío, las manos en mis sienes, a punto de reventarme la cabeza del dolor; gotas, de lluvia, de lágrimas, no lo sé, empapaban el sucio suelo del hospital. Las otras personas de la sala de espera se hacían un ovillo en cada uno de sus asientos, cada uno sumergido en sus propias cavilaciones. Ninguno contemplaba a los demás; tal vez por respeto, tal vez por egoísmo. No lo sé. Ningún puente se tendió entre ninguno de nosotros aquella noche. Probablemente, en esta enorme ciudad, me habré cruzado con ellos miles de veces, sin saber de dónde vienen ni adónde van, y me cruzaré con ellos muchísimas más. Y nunca me importará un comino lo que les pase a ellos.
               Igual que a ellos tampoco les preocupa lo que me pasa a mí.
               Finalmente, Dios sea loado, alguien me habla; una anciana señora de pelo
blanco farfulla algo entre dientes.
               -¿Sí?¿Oiga?¿Qué es lo que quiere decirme?¿Qué quiere que yo le cuente?
               Pero no habla conmigo. Habla con una niña, que murió hace veinte años.
               Habla con fantasmas que, aún muertos, le persiguen en sus sueños. Habla del barrio en el que sus hijos perdieron la vida. Habla conmigo, y con nadie... no se habla consigo misma.
               Llega una doctora embutida en su pijama verde. Me estremezco sólo de
mirarla. Se acerca a mí y yo me levanto.
               -La operación durará varias horas. Lo digo por...
               Interrumpió su discurso. No sabía por qué lo decía.
               Interpelé con mi mirada a sus ojos.
               -¿Se salvará?
               Ella lanzó un largo suspiro.
               -Tiene una lesión muy complicada en el cerebro. Necesita toda la ayuda posible...
               Calló antes de continuar.
               -Y toda la suerte del mundo, también.
               Al ver que mis ojos se cerraban, y que agachaba la cabeza, ella apoyó su mano sobre mi hombro, y apretó levemente, en un gesto que trataba de ser consolador. Sin embargo, ella misma se dio cuenta de que no funcionaba de nada.
               La doctora se marchó. Yo seguía estando de pie. Volvía a estar sola.
               No fue hasta el día siguiente hasta que recibí nuevas noticias. Me llevaron al despacho del principal responsable del caso de Enrique. La habitación se asemejaba, a mis ojos, inhóspita y antinatural. Las personas que me rodeaban, no ya por sus intenciones, sino por la situación en la que me encontraba, me lo parecían también.
               -¿Qué relación guarda usted con el paciente?
               La pregunta me pareció abrupta e hiriente; y, no obstante, lógica a pesar
de todo. Tragué saliva y respondí, aún de pie:
               -Soy su prometida.
               El médico se ajustó las gafas.
               -Entonces podrá respondernos a algunas preguntas. ¿Su prometido tiene familia?
               “Mis padres han muerto hace poco, con espacio de muy pocos meses. Mi hermana desapareció cuando hacía un reportaje en Colombia sobre la guerrilla del país. Ya han pasado casi nueve meses, y aún no sabemos nada”.
               -No.
               -¿Qué clase de profesión desempeñaba su marido?
               -Es fotógrafo. Trabaja por su cuenta, a quien quiera contratarle.
               -¿Tiene algún asalariado trabajando para él?
               -No, ninguno.
               -¿Suele realizar grandes desplazamientos por su trabajo?
               -Depende exclusivamente del trabajo, nunca de él.
               -¿Hace cuánto que se conocen?
               -Tres años.
               -¿Tiene usted algún pariente al que deba atender?
               -No.
               -¿Viven sus padres?
               -No.
               -¿Algún tío?
               -¡No!¡Basta, basta, basta!, ¿qué es lo que le pasa, me lo van a contar, o no?
               Un silencio ensordecedor acabó de enrarecer el ambiente en el que se cruzaban nuestras miradas por encima de la mesa del facultativo. Éste, con rictus de consternación, giró la cabeza hacia la enfermera, e hizo un ligero gesto de cabeza. Ella asintió, y alargó una carpeta que, aunque yo no me hubiera dado cuenta, había permanecido durante todo ese tiempo en sus manos.
               -Ésta-el médico desplegó las radiografías y demás documentos sobre la mesa y señaló una de ellas-es la realidad. Cayó desde una cierta altura. Por unas escaleras. Se golpeó la cabeza varias veces. Eso ya lo sabemos. Lo que desconocíamos era... si quiere que lo definamos así... el hecho de la simetría de la lesión.
               Permanecí imperturbable, instigándole, con mi mirada, a continuar explicando.
               -Su prometido, señora...-calló al observar mi gesto fruncido-... su prometido, en fin, debería presentar lesiones difusas por todas partes de su cerebro y, por tanto, afectación de múltiples sistemas. Sin embargo, el azar, como en todas las cosas, juega un factor importante en este tipo de accidentes, y, en este caso, y si me permite afirmarlo sin ninguna ironía, ha actuado... de forma un poco juguetona.
               Me senté entonces. Sin pedir permiso, alargué la mano hasta el paquete de cigarrillos del doctor, cogí uno de ellos, e hice un gesto pidiéndole fuego a este último, que hizo concesión a mi petición. Sabía repugnante. Hacía varios años que había conseguido dejarlo. Y encenderlo no me había, ni mucho menos, calmado.
               -¿Qué quiere decir eso?
               El médico suspiró hondamente.
               -El daño ha sido casi exclusivo de los lóbulos temporales. Y, aunque no podemos saber a ciencia cierta hasta qué punto han llegado los daños, lo más probable es que sólo le haya sido afectada... la memoria.
               Me tembló el labio inferior tras aspirar el humo del cigarrillo:
               -¿Eso quiere decir... que tendrá amnesia?
               El médico se encogió de hombros.
               -No necesariamente. Pueden ocurrir muchas cosas. Habrá que observar la evolución en los próximos días para descubrir cuál es el auténtico resultado de esta lesión.
               -Pero, dígame, ¿se puede recuperar?¿llegará a recordar quién es?
               Apretó los dientes el hombre de la bata blanca.
               -No se trata tanto del pasado remoto... como del más reciente. No... no puedo asegurarlo a ciencia cierta, pero lo más probable sea que su prometido sí que recuerde todo lo anterior a un determinado punto de la línea temporal...
               Le temblaban las manos. Él también cogió un cigarrillo.
               -El problema, sin embargo, es que, muy probablemente... no pueda volver a almacenar nuevos recuerdos...
               Cerré los ojos.
               La cabeza me daba vueltas.
               -Y... ese efecto... ¿es irreversible?           
               El médico agachó la cabeza.
               -Con casi total seguridad.
               Aplasté el cigarrillo con fuerza contra el cenicero, como si estuviera estrangulando a un ser humano. Me pasé las manos por la cara.
               Quedé pensativa. Los ojos en blanco, la mirada perdida, mi rostro, pálido como la nieve del frío invierno que se cernía delante del futuro de Enrique... y el mío propio.
               Me levanté con violencia. Me di la vuelta. Avancé unos pasos. Llegué hasta la puerta. La abrí con determinación.
               Y, justo antes de salir, una duda.
               -Ha dicho usted un punto.
               El médico, abstraído ya en sus propias cavilaciones, levantó la cabeza.
               -¿Perdón?
               -Ha dicho usted un punto de la línea temporal. ¿Cuál es ese punto?
               El otro movió la cabeza de un lado a otro.
               -No estoy seguro. Puede ser el momento del accidente... o tal vez hasta un punto en que los recuerdos no estén excesivamente consolidados, por ejemplo, por la fuerte acción que ejerce el sueño para mantener nuestra memoria. Éste día-afirmó-puede haber sido...
               Supo que tenía que continuar ante mi mirada expectante.
               -... el primero, y el último, del resto de su vida.
                              *                                          *                           *
               Los siguientes amaneceres los pasé meditabunda al lado de una cama de hospital. Allí, cubierto de vendas que ocultaban la mayor parte de su cráneo, y de su rostro, y de algunas más que protegían las zonas dañadas del resto del cuerpo, nadie hubiera podido decir que, en otro tiempos, las facciones de Enrique hubieran sido hermosas e, incluso inspirasen, al ser contempladas, una especie de paz interior. Nadie, excepto yo.
               Su recuperación fue lenta, pero constante. Tal y como sospechaban los médicos, ninguna de sus otras funciones había quedado afectada. Pudo, al cabo del tiempo, andar, vestirse por sí solo, alimentarse e, incluso, comenzó a pronunciar algunas palabras. Yo asistía, como todos los demás, pero incluso más que los demás, atenta y muda al espectáculo de ver cómo una vida, que ha estado a punto de ser cercenada desde sus raíces, vuelve a brotar con la misma fuerza con que lo hizo, otrora, en momentos más felices... o casi. Porque, con el tiempo, y aunque los empleados del hospital no supiesen apreciarlo, había un hecho que era cada vez más evidente.
               Enrique no me conocía.
               Los médicos habían acertado casi de pleno. Aunque no se acordaba de nada de aquellas últimas 24 maravillosas y, al mismo tiempo, trágicas horas, Enrique era capaz, en efecto, de rememorar su pasado antes de aquella mañana en la que decidió levantarse para buscar a aquella persona la cual, en aquellos momentos, lloraba amargamente, al lado de su cama, al observar desesperada los ojos confusos de (sí, confiésalo por fin, sí) su amado. Pero sin embargo, y como todos habían temido, Enrique no podía, en su memoria, volver a almacenar nada más... y aún peor.  Porque tampoco recordaba completamente todos los aspectos de su pasado antes de aquel día de tan trascendente despertar. Porque, como consecuencia del trauma, también había olvidado un recuerdo que iba íntimamente ligado al hecho de la agresión de aquella noche y que, sin duda alguna, había sido el causante último de la tragedia, y que por tanto, su mente, agarrotada por las circunstancias, se veía obligada a eliminar.
               Y ese recuerdo era yo.
               Con el tiempo, las connotaciones se hicieron más dramáticas, a semejanza de un folletín francés del siglo XIX de Dumas o Víctor Hugo: y es que Enrique, a pesar de todo, no había perdido completamente su memoria anterógrada o, si prefieren un término menos académico, la capacidad de almacenar nuevos recuerdos; podía, en efecto, capturar, atrapar, unos cuantos instantes de vida al presente, y mantenerlos guardados, tan pocos eran, poco más que en el cuenco de sus manos... Pero, al mismo tiempo, esos recuerdos, los iba perdiendo y, todo ello, con una cierta periodicidad. Cada vez que el sueño intentaba, en vano, organizar algunos de los hechos acontecidos a lo largo la jornada precedente -el hospital, las enfermeras, mi propia presencia-, su cerebro se declaraba incompetente; no era posible: no era capaz. Quiere decir eso que bastaría, entonces, con que sus párpados se cerrasen, y su conciencia se nublase, para volver a olvidar y, al día siguiente...
               .. se despertaría, exactamente, con los mismos recuerdos que ayer. Y que el día anterior. Y el anterior. Y así sucesivamente.
               Cada día sería el mismo día, así, hasta el final de su vida, por los siglos de los siglos, amén. Cada día, volvería a ser domingo, y se volvería a levantar pensando que ayer fue sábado, del mismo mes, y del mismo año, con tan sólo, únicamente, una notable diferencia...
               Que, en esta ocasión, él no iba a salir a buscarme.
               De hecho, ni tan siquiera sabría por qué habría de encontrarme.
               No es fácil asimilar la tragedia. No es fácil asimilar que la persona a quien aún ayudas a lavarse y peinarse te mire con expresión de estupor mientras lo haces; no es POSIBLE, aguantar la presión de una mentira, saber que, aunque nadie se atreverá a decir nada, muchos sospechan de que un enamorado no reconozca, ni en el más mínimo detalle, a su prometida...
               Se lo expliqué. Se lo expliqué una y mil veces. En público, mintiéndole a él y a mí misma, y en privado, revelándole la triste y cruda realidad. La forma de conocernos. Nuestro paseo por el parque. Los abrazos, los besos, el ataque... la huida... Lo escuchó, lo comprendió y lo aprendió: pero volvió a olvidarlo otra vez.
               Poco a poco, fue recuperándose. Y, al mismo tiempo, fue haciéndose evidente que no podía permanecer en el hospital por más tiempo. Ahora se trataba de iniciar de nuevo su vida... de la mejor forma que pudiera.
               La entrevista última que mantuve con el médico a su cargo fue dolorosa y significativa.
               -Será difícil-argumentó-. Lo que suele hacer la gente es llenarlo todo de post-it por todas partes. Uno en la mesita de noche: “hace tantos años sufriste una serie de golpes por la cual perdiste la capacidad de almacenar nuevos recuerdos, de tal forma que ahora sólo puedes guardarlos en tu memoria durante aproximadamente un día”. Otro en la nevera “hoy estamos a tantos de tantos del no-sé-cuántos. Ayer acordaste con Jorge que ibas a realizar tal o cual encargo”. Etc, etc.
               La escrutó con expresión adusta.
               -Incluyendo, claro, los aspectos emocionales del asunto.
               Sonreí tétricamente. Yo sabía que él se había dado cuenta de que yo no era
su prometida. Sin embargo, al médico le convenía obviar ese pequeño detalle. Al fin y al cabo, y sin parientes, Enrique iba a necesitar a alguien que le ayudara a valerse por sí mismo. Y la persona más adecuada, sin obligaciones familiares de ningún tipo, y con una profesión liberal que permitía una cierta libertad de movimientos, era yo. Así pues, la mentira, de alguna manera, dejaba tranquilo al doctor... y, de alguna manera, pensaría él, me servía a mí.
               -Tendrá que mandarnos una especie de... informe periódico de progresos... si algo ha cambiado, si él recuerda más cosas... o si se le olvidan más... En fin, ese tipo de cosas.
               Asentí levemente. A punto ya de marcharme, el médico asió, firme, mi brazo izquierdo y, sin variar el más mínimo gesto de su expresión, preguntó:
               -¿Está segura de lo que hace?
               A lo cual respondí:
               -¿Lo estaría usted?
               Lo llevé a su casa ya de noche. Se mostraba confuso. Preocupado. Sin asimilar muy bien todas las informaciones que le habían sido reveladas esa misma mañana. Durante esas semanas (¿o fueron meses?) de hospitalización, se pareció muy poco al Enrique que yo había conocido a lo largo de tan sólo unas cuantas horas. Y, sin embargo, sospechaba (o quería sospechar, tal vez) que, si se le dejaba suficiente tiempo, ese Enrique podría aflorar otra vez.
               No me equivocaba.
               A los pocos días de su recuperación, llamaron varios clientes habituales, y algunos nuevos. Yo, que me había hecho una copia de las llaves de su piso, al cual llegaba todas las mañanas, me encargué de informarles a todos ellos que, al menos por un tiempo, Enrique no estaría disponible para ningún servicio que le requiriesen. Llegaba poco después de las ocho, cuando calculase que Enrique hubiera despertado (sus hábitos, perennes, seguían siendo los mismos, una y otra vez, como siempre, hasta el juicio final), me sentaba en el sillón, me presentaba (nunca, jamás, en aquel piso, le conté la auténtica historia; me inventé miles, al cabo del tiempo, sobre la forma en que nos conocimos, todas distintas, pero todas, sin embargo, con un nexo común: no mencionaba los besos; tampoco mencionaba que fue un poco a causa de ellos por los que él caminaba aquella noche por un lugar en el que pudieran asaltarle, ni por qué, ni por quién, sacrificó sus recuerdos aquella noche fatídica; sí que lo hice, por inercia, aquellas primeras veces, en el hospital, anonadada por las circunstancias, cuando los médicos y enfermeras no estaban presentes; ahora, sin embargo, con algo más de iniciativa, y mucho, mucho miedo a mis espaldas, no me atrevía, como si con ello lo evitara, a contar la verdad sobre el asunto: esperaba, supongo, que, a fuerza de contarme mentiras, yo misma, un día de éstos, me las acabara creyendo); y tras presentarme, y tras la mentira (el pan nuestro de cada día, dánosle hoy), un largo silencio. Le costaba hacerse a la idea. Hoy, como ayer, y como mañana. Siempre los mismos gestos, con el valor de la autenticidad y, sin embargo, tan repetidos, día a día, que podría jurar que en cada ensayo iba adquiriendo con mayor veracidad la identidad del personaje que le había tocado representar en aquella cómica tragedia (tal vez, macabra comedia). Luego, después de ese intenso, sepulcral silencio, me levantaba, muy buenos días, dos besos, y marchaba a mis obligaciones. Y así, hasta el día siguiente.
               No sabía lo que hacer.
               Me imaginaba, a lo largo del día, cómo debían ser sus pensamientos. Atormentados, suponía. Suicidas, me imaginaba. ¿Contemplaría, tal vez, una imagen desconocida en el espejo, a pesar de ser la misma? Nunca lo llegué a saber a ciencia cierta. Más de una vez quise averiguarlo. Más de una vez quise acompañarle en aquellos momentos de angustia. Más de una vez, tuve ganas de insultarme a mí misma por no ser lo suficientemente valiente como para estar con él en esos terribles instantes... Pero no podía.
               No podía porque, pensaba, no puedo revelarle la verdad. No puedo decirle que he sido yo. Que lo hizo por mí. Que su vida ha sido arruinada porque... porque... porque, un maldito día, fue a fijarse en una foto que, si él la hubiera dejado pasar, hubiese sido, tan sólo, una estúpida imagen más. Yo no tenía ningún valor, mi vida no tenía ningún sentido; y, sin embargo, y por ella, por protegerme, él había destrozado la suya, y arrojado su futuro por la ventana. No era justo. Y puesto que no era justo, yo no hubiera podido soportar, al mirarle, su mudo y silente juicio. Aunque él nunca descubriera la verdad. Aunque él, todas las mañanas, se creyera, sin rechistar, muchas y muy distintas mentiras; a pesar de que, pensaba yo, si se lo contara todo, al día siguiente, como el menos rencoroso de los amigos, lo hubiera olvidado todo.
               Sin embargo, no fueron, incluso aunque así lo desearan mis miedos, nuestros únicos contactos. A pesar de vigilar cuidadosamente sus necesidades personales, de tal forma que incluso traía por la mañana la comida necesaria para que en el frigorífico no faltara de nada, a pesar de haber hablado con sus amigos (fue ligeramente excitante, confieso, investigar en su agenda para buscarles; aunque, también, confieso, sentí, tal vez con razón, que era su intimidad más profunda la que estaba violando con ese gesto) para que fueran a visitarle periódicamente (para ellos fui siempre, sin dudarlo, la asistente social que cuidaba de Enrique); a pesar de todo, él me llamó varias veces al trabajo. Me pedía que comiéramos juntos. Quería que le explicase más a fondo lo que le había ocurrido, quería hablar con alguien que supiera de qué iba el tema, quería, simplemente, revelar a alguien sus temores, satisfacer su necesidad, imperiosa, de hablar, de sentir... De llorar... Las primeras veces me excusé torpemente, replicando que otros asuntos me requerían. Sin embargo, avergonzada de mis actos, y al poco tiempo, comencé a aceptar sus invitaciones. A Dios gracias, él perdonó todos mis desplantes. En su situación, podía –o más bien, era incapaz de no hacerlo- conceder muchas segundas oportunidades.
               Así pasaron un mes, y dos meses. Y a pesar de que yo ya había aprendido a aceptar las cosas con algo más de naturalidad, y a pesar de que los silencios eran cada menos incómodos, no podía seguir así. Por varias razones. Primera, la monetaria. En aquel momento, yo mantenía a Enrique; y eso era posible, relativamente, debido a mis ingresos... pero sólo hasta cierto punto. Y segunda, la más importante, la emocional. Era un capítulo de mi vida que, tan triste y doloroso era, se tenía que cerrar. Y, a pesar de todo lo que costara, tenía que hacerse ya.
               Así pues, lo decidí un día. Acompañé a Enrique hasta su casa, escuché cómo se acostaba, y puse los famosos post-it por todas partes. Había avisado a sus clientes habituales, a lo largo de todo el día, de que podría comenzar de nuevo a trabajar. Se lo expliqué todo a Enrique acerca de su nuevo modo de vida, a través de las pequeñas, diminutas, misivas de papel amarillo, y conseguí que una voluntaria de la Cruz Roja aceptara el que, periódicamente, fuera a casa de Enrique a cambiar los post-it para irlos actualizando. Con ello, el capítulo de obligaciones quedaba cerrado. Y, sin embargo...
               Rompí todos los post-it. Los intenté rajar de arriba abajo con mis manos... pero eran demasiado cortos para satisfacer mis violentos arrebatos. Los arrugué, les escupí, los tiré por la ventana; marché a mi casa, abrí la puerta, y la emprendí con los cristales de las ventanas. Cuando estuvieron deshechas, intenté llorar sin lágrimas, aunque éstas acudieron, aún sin haber sido invitadas. No podía parar de sollozar.
               No podía imaginar, el no volver a ver a Enrique jamás.
               Al día siguiente, me desperté. La resaca del día anterior aún duraba. Muchos litros de alcohol, y muchos más de lamentos. Daba tumbos a lo largo del pasillo mientras me reprochaba la estupidez de mis actos.
               Sin saber muy bien qué lógica me movía, me vestí de chándal, salí a la calle, y comencé a correr.
               La carrera me llevó hasta el parque. Hasta el mismo lugar que lo inició todo. Hasta el fatídico día, en que todo aconteció.
               Me senté en el mismo banco. Oteé al horizonte.
               Y entonces le vi.
               Como si no hubiera pasado el tiempo. Como si fuera la primera vez.
               Y entonces lo entendí. Lo entendí antes de que pronunciara las palabras.
               Palabras que yo ya sabía que iba a pronunciar.
           -Perdone que le moleste; pero ayer le robé un segundo de su vida... y, hoy, me gustaría devolvérselo.
                                             *                                          *                           *
               Por fin. Mi corazón latía enfervorecido a cada paso que dábamos. Y recordaba, los labios silenciosos, mi garganta ansiosa de gritar, las palabras que, alguna que otra vez, había tímidamente susurrado aquel médico:“Sí, en efecto, señorita. Es posible que su prometido haya perdido algún recuerdo que en teoría sí debería encontrarse en el interior de su mente, pero que fue tan doloroso, debido al trauma al que iba asociado, que su subconsciente lo haya relegado hasta lo más profundo de su memoria. Sin embargo, hay una enorme diferencia entre este hecho y el problema que, en general, afecta a su prometido; y es que, mientras el resto de su vida no es recuperable, este recuerdo, que vaga allí, por alguna parte, y pugna por salir, lo hará nada más su mente haya podido, al menos en parte, recuperarse del trauma. Y, cuando lo haga, emergerá tan fresco y límpido, como si nunca, jamás, hubiera sido olvidado”.
               Así pues, había ocurrido. Se acordaba de mí. Y salía a buscarme. Un día más. Era domingo. Era una mañana fresca y lozana de primavera en la que se había dicho a sí mismo que tenía que buscar a su amada. Era el día, en que me encontraría. Era el día, en el que yo estaría allí. El día, en que por fin nos conoceríamos.
               Y así empezó todo. Un día, tras otro y tras otro. No podía contener una felicidad que, en cada minuto, salía precipitadamente a través de una estentórea carcajada. Ya no tenía que explicar nada; no tenía que presentarme: Enrique YA sabía desde un principio quién era yo. Y venía directamente a buscarme.
               Y yo le esperaba, todas las mañanas, en aquel banco del parque, deseando, expectante, que él llegase.
               Menos mal que era domingo. Si hubiera ocurrido un lunes, tal vez (y sólo tal vez), las obligaciones laborales de Enrique le hubieran conducido -entonces y ahora- a ignorar, pesaroso, la búsqueda de la mujer de la fotografía, y nunca nos hubiéramos conocido, ni en aquella primera oportunidad, ni en ninguna. En aquel instante, en que divisé, por segunda (y casi la mejor vez) la figura de Enrique, caminando pausadamente hacia mí, lo supe... Supe que ése, aquél, era el día, el que iba a revivir, una vez más, y para siempre... durante el resto de mi vida. Como una soñadora colegiala, fantaseaba, elucubraba, sobre una vida entera al lado de Enrique, con ese encanto, esa dulzura, ese aroma, ese mágico y especial candor con que se viven, en toda pareja, los inicios... Nada de rutina, nada de dos personas desencantadas durante años de una convivencia vacía, nada de ¿cariño, dónde dejaste la pasta de dientes? Sino siempre, y por toda la eternidad, los principios... los emocionantes tanteos... los deshojares de margaritas... la seducción, los cumplidos, el romance... noches de rosas rojas y de corazones ardientes... de suaves gestos, y aún más dulces palabras...
               La noche en que uno pone el mayor esfuerzo por conquistar a la mujer que ama... sin saber que, desde un principio, ella está ya más que conquistada.
               Y al atardecer, un beso, que es el que sabe mejor... porque siempre fue el primero.
               Tomé una decisión. Mis negocios andaban ya lo suficientemente bien como para que yo no tuviera que estar constantemente al tanto de ellos; tan sólo necesitaba alguien que lo hiciera por mí. Así pues, designé un cargo de confianza, le insté a mantener conversaciones periódicas a las seis de la mañana para mantenerme informada y autorizarle futuras actuaciones... y me dediqué a vivir mi propia vida. Una maravillosa existencia, que quería compartir junto a él.
               Éste, es mi sino. Mi destino. Mi bendición y, al mismo tiempo, mi maldición más nefasta. Porque, como ya saben ustedes, no todo es perfecto. Algunas cosas, de hecho, ni siquiera se acercan de lejos.
               Procuramos escoger, en días laborales, y en horas de apertura de tiendas, lugares en los que no resulte demasiado evidente que hoy ya no es domingo. No podemos leer periódicos, los cuales reflejarían la fecha que el resto del mundo, sin nuestro permiso, ha decidido vivir (o, mejor dicho, fechas en desacuerdo con la que decidimos vivir nosotros). También he de medir mis palabras cuando me vienen a la mente algunos de los temas más recientes: de hecho, Enrique debe ser la única persona de todo Occidente que no conoce nada acerca del 11 de septiembre. Además, de un tiempo a esta parte, Enrique no se reconoce. Se encuentra, por la mañana, ligeros cortes en la cara que ayer no estaban... o le sale una cana, de improviso, que no advirtió en el espejo la noche anterior... Y, por supuesto, está siempre el inefable problema del futuro.
               -Hoy no nos ha dado tiempo a ir al cine.
               -No te preocupes, cariño. Iremos mañana.
               -Tengo ganas de ver el nuevo espectáculo en el Coloso.
               -Mañana.
               -¿Por qué no hacemos un viaje a...?
               -Mañana, mañana, mañana...
               Al final, sí, desde luego, acabamos yendo a todos esos sitios... Pero esa no es la cuestión. La cuestión es que no hay planes a largo plazo, ni a corto siquiera. La cuestión es, que aunque él lo quiera, nunca llegará a cumplir sus promesas.
               También está la cuestión del... pasado. Día a día, yo voy conociendo cada vez más acerca de Enrique. Sus detalles más íntimos y personales. Sus gestos más cómicos. Sus pequeñas manías. Y eso tiene sus ventajas; pero también sus inconvenientes. Como el rostro de Enrique cada vez que demuestro saber algo que, en teoría, debería desconocer. No es un rostro acusador, ni de reproche... pero sí, molestamente comprometedor. Sí, de ligera sospecha. Tal vez, con cierta capacidad de delatarme, y de demostrar mi culpa.
               Sin embargo, y en contraste, él no sabe casi nada de mí. No aprende. No puede aprender. No me conoce. No es posible tratar un tema a lo largo de varios días seguidos porque ese tema, en realidad, será completamente nuevo para él. Y una se cansa de repetir ciertas cosas. Intenta darle nuevos enfoques: cambiar el tono de la conversación; insistir en otros aspectos de tu propia vida. La verdad es que no nos aburrimos: eso sería, pienso encantada, completamente imposible... Pero a veces, y sólo algunas veces, me gustaría observar más a menudo aquellas miradas cómplices que cruzan los miembros de una pareja entre sí; aquellos recuerdos mutuos, aquello que los dos han vivido juntos, en definitiva, aquellas pequeñas rutinas...  de las que tanto me he quejado, y a las que, demasiadas veces, he llegado a despreciar.
               Y, volviendo a los planes a largo plazo... efectivamente, haberlo, haylo, existe un plazo... pero éste es tan sólo de veinticuatro horas. ¿Adónde ir entonces?¿A Barcelona?¿A Galicia?¿A París, Londres?¿Por cuánto tiempo?¿Dos, tres días?¿Cómo hacerlo?¿Cómo superar ese inexorable límite, esa complicada trampa que nos tiende el reloj por cada hora que pasa?¿Cómo salvar esa barrera insalvable, no impuesta por ninguna ley humana, la mayor de las cuales es siempre revocable, sino por el implacable peso de la biología?¿Cómo, en definitiva, despistar al dios Cronos... si éste se empeña constantemente en seguirnos como si fuera nuestras sombras?
               Una vez lo intenté. Corrimos. Intentamos escaparnos. Anduvimos toda la noche, de bar en bar, de local en local, de esquina en esquina. Yo saltaba, brincaba, gritaba, convencida de que, de esta forma, y cuanto más fuerte gritásemos, más difíciles serían de sofocar nuestros gritos... que, cuanto más viviésemos, más arduo sería quitarnos la vida... Fue una noche de excesos, una noche que vivimos... como si fuera la última que fuéramos a compartir, vivir juntos.
               Al principio todo fue bien. A las cinco de la mañana, seguíamos en pie... y seguía acordándose de mí.
               A las seis, empezó a tambalearse.
               Le daba vueltas la cabeza. Se sentó para recuperar el equilibrio.
               No fue progresivo. No fue gradual. Fue rápido. Fue confuso.
               Fue terrible.
               Mágico... y, al mismo tiempo, estremecedor. Agachó aún más la cabeza, la movió a un lado y a otro, la levantó y preguntó:
               -¿Dónde estoy?
               Y sus ojos, vidriosos, pedían un descanso.
               Su mente no era capaz de concederle más.
               Le llevé a su casa. Le acosté en su cama.
               Se despertaría, sin duda alguna, muy tarde. Esa mañana, la tuve entera para reflexionar conmigo misma... Comprendí que me lo había jugado todo a una derrota segura... y que no había habido milagro.
               La esperanza empezó a resquebrajarse. El ánimo comenzó a desfallecer.
            También está otro tema; al cabo de un tiempo, y aunque sus besos fueron tan puros, y tan hermosos, y con la misma sinceridad y fuerza que el primer día, necesitábamos dar un paso más, y por ello, ha habido días, unos cuantos... en que me he acostado con Enrique. No es fácil hacerlo. Tampoco es del todo agradable. Tengo que forzar mucho las cosas. Al fin y al cabo, es nuestra primera cita, y no es el momento más propio para intentarlo... Y, sin embargo, no me queda otro remedio. Me gustaría que fuera de otra manera. Me gustaría que ocurriera, así, simplemente, sin más, de un modo natural, como lo llevan haciendo hombres y mujeres durante siglos... Pero para avanzar en una relación, y llegar hasta ese punto, hay que ir lentamente, dar varios pasos... y la vida, en este triste tablero de ajedrez que nos ha tocado jugar a Enrique y a mí, sólo nos permite hacer, cada vez, un movimiento. Y luego, volver atrás... Un solo movimiento. Ahora o nunca; todo o nada. Aquí nada es gradual. Nada, después de todo, en nuestra vida, es demasiado normal.
               Y después de una noche de caricias y besos, de abrazos, de te quieros, de pasión, de romance, de manos que se deslizan, de labios que se escapan, de pieles que sienten... después del júbilo, la alegría, después del amor... llega el después:
               -Pero aún así... tengo necesidad de hacerte esta pregunta.
               Oh, no.
               Otra vez no.
               -Mañana.
               No.
               -Mañana.
               Sí.
               -Mañana.
               Jamás.
               Amor de un día. Sueño, de una noche de verano. Excepto, tal vez, para mí.
               Pero mientras que Enrique, aunque no las tenga, aunque no las disfrute jamás, puede siempre imaginar segundas partes, y, al no ser consciente de que nunca las llegará a probar, no tiene sobre su mente esa pesada carga, yo sí que la he de soportar.
               Porque, tal vez, esta relación sea de algo más de un día. Tal vez, mucho más larga de lo que Enrique pueda haber jamás imaginado. El problema es...
               ... de qué sirve tener algo con alguien... si no eres capaz de compartirlo con esa persona. Si no puedes decirle lo que te gusta lo vuestro. Si no puedes demostrarle lo encantada que estás con esa relación. Lo sólida que ha llegado a ser. Lo comprometida que ha llegado a estar... tan íntima, que, cuando hablas con él, sientes que son sus palabras las que te desabrochan lentamente los botones hasta quedarte desnuda... y rezas porque él siga hablando...
               De qué sirve quererle... si no puedes decirle, de verdad, para que él se despierte con ese sagrado recuerdo al día siguiente, que le amas.
               Suelo marcharme a las cinco de la mañana, en esos casos en que nos acostamos. Ya he cogido práctica. Consigo que su sueño ni tan siquiera se altere. Es como si no hubiera estado allí jamás. Quizás, porque, para él, realmente, nunca he llegado a estarlo.
               Pero una vez, casi me quedé.
               Casi me venció el orgullo. Casi luché contra mí misma, sin ningún aspaviento, sin ninguna violencia, simplemente, quedándome allí. Entre las sábanas, a su lado, despertarme, una vez, tan sólo una vez, los dos abrazados, algo que, a pesar de tanto tiempo, no he llegado a hacer jamás. Mi lucha era la pasividad, la falta de movimiento. Se trataba, simplemente, de esperar. Hasta que el sol penetrara, y su luz nos invadiera más allá de las cortinas. Aguardar el día. Quedarme... y no marcharme jamás.
              Y contárselo todo. Contarle nuestra vida. La vida que es suya y mía, la que estamos compartiendo, día a día, aunque él no sea consciente de ello. Decirle que mi presencia allí no es nueva, que ya viene de largo. Que me despierto todas las mañanas a su lado. Que hemos paseado kilómetros; que nos hemos cruzado con millones de personas; que nuestras manos, se han rozado, miles y miles de veces, a pesar de que él no lo recuerde... Y decirle que no importa que mañana olvide lo que le he dicho, porque yo se lo repetiré; una y otra vez; todos, y cada uno de los días de su vida... y que nunca le olvidaré... aunque él sí que lo haga. Que nunca me separaré de él... aunque su mente haga trampas.
               Que le quiero. Que le adoro.
               Que no quiero despedirme de su abrazo.
               Lo creí. Por unos instantes creí que iba a poder hacerlo.
               Hubiera sido posible. Al fin y al cabo, si hacía el ridículo, daría igual. Al día siguiente, Enrique no se acordaría. Podría volver a afrontarlo. Podría, reflexioné yo, podría volver a intentarlo.
               Me pudieron los nervios. Los nervios, y el miedo. Mi incapacidad por explicarle todo aquello. La dificultad de asumir que una desconocida es ahora la que está a cargo de tu vida. O peor aún.
               Confesar que, quieras o no, estás jugando con él. Que le estás haciendo vivir una mentira, aunque él no sea consciente de ello. Que, para olvidarte de que tu eres la causante de sus males, para perdonarte a ti misma, para hacerte feliz...
               ... le estás manipulando como un títere... el cual, inanimado, no sólo no puede defenderse... sino que tan siquiera puede quejarse. E, incluso, cree que le estás haciendo algún bien.
               Cuando, en realidad, sólo te lo haces a ti misma.
               Me marché a las seis.
               El sol todavía no había salido.
               Me pasé todo el día siguiente llorando. No salí al parque.
               Así pues, renuncié; no me atreví, tan siquiera, a intentarlo. Lo que hiciera, o dejara de hacer, de ahí en adelante, partía de una premisa básica: sólo duraría un día. Me condenaba a esta vida, a este estilo de vida, por siempre jamás... hasta que la muerte nos separe.
               Escuchada mi historia, tal vez sea la que ironía la recorra sus mentes. O, tal vez, la compasión, la misericordia. El reproche. O la extrañeza. No lo sé. No puedo leer los pensamientos a través del papel sobre el cual escribo. Sólo sé, al fin y al cabo, que ésta es la historia la cual, sin falsedades ni mentiras, salvo las que yo misma he construido, forma ya parte de mi destino.
               Han pasado tres años. Tres años de gozo continuo, y, al mismo tiempo, de tristeza eterna... De melancolía, y de fiesta. De agradecimiento... y de remordimientos de conciencia. De pesadumbre, y de risa. Días de vino y rosas; pero también de hiel y de flores marchitas.
               Tres años. Y las cosas siguen siendo como lo eran entonces. Y como seguirán siéndolo. Al menos, por el momento. ¿Hasta cuándo? Tal vez hasta que mi cartera decida que el hecho de mantener a Enrique (sí, ya sé que se lo estaban preguntando ustedes desde hace tiempo; pero a Adán y a Eva en el Paraíso tampoco les sobra tiempo para que Adán trabaje, y continúo, aún a hurtadillas, teniendo que ocuparme de llenar ese frigorífico que, sin mí, tarde o temprano, se hubiera quedado perennemente vacío), repito, el hecho de mantener a Enrique no me obligue definitivamente a declararme uno de estos días en bancarrota. O tal vez hasta que alguna autoridad judicial se percate del asunto y decida detener unas actividades las cuales -seguro que ésa será mi defensa en el juicio-, no están prohibidas en artículo alguno de la legislación vigente, por muy retorcidas que se demuestren. O hasta que finalmente, harta de mentiras y absurdos, me tire por uno de los agradables rinconcitos que nos dispone el ayuntamiento de Madrid para los suicidios, y con ello acabe por fin mi sufrimiento y mis dudas. Por Enrique no temo; lo único que sufrirá, si Dios lo quiere, es la decepción de, al día siguiente, no encontrarme en el parque, una vez más.
He comentado mi caso a algunas amigas. Las más íntimas. También las más sinceras. Y todas me han replicado lo mismo... Hasta cuándo vas a seguir así. En algún momento determinado, no podrás más. Explotarás. Cómo te sometes a esta tortura, a este tormento. ¿Lo haces porque te sientes culpable por lo que le pasó? Si es por eso, Irene, no fue tu culpa, hija, no fue tu culpa. No pudiste hacer nada por evitarlo. Y has hecho, a cambio, mucho más de lo que se esperaba de ti. Mucho más, incluso, de lo que podías llegar a ofrecer.
               Él no se da cuenta, me reiteran. No aprecia el gesto. Sí, vive, ríe, habla, razona con claridad incluso... pero sigue siendo un enfermo mental después de todo... nunca se acordará de nada. No aprecia tu esfuerzo. Le das, eso sí, una alegría pasajera, el brillo reluciente del momento, pero... ¿qué más le ofreces? No vas a cambiarle. No vas a modificar su estado. No, Irene, NO le curarás de su enfermedad. Y si no te ve, al día siguiente, no se enamorará de ti. Porque no te verá por segunda vez. Serás como un transeúnte más, como un viandante cualquiera que te cruzas en una boca de metro, o en un semáforo. Para él será, simplemente, un día normal... Y, en cambio, a ti, todos estos actos, el mantenerte de forma continua a su lado, este hecho... te va a acabar matando. Eso, si en realidad está enamorado de ti. Porque, al fin y al cabo, te conoce de poco más que de un día y una noche. Una estrella fugaz en el cielo. Un día inolvidable. Poco más.
               Pero en eso se equivocan.
               Y, aunque no puedo demostrarlo, lo sé. A pesar de que sólo tengamos un contacto inicial, el cual, sin embargo, puede llegar a ser tan profundo como veinte años de convivencia, hemos llegado a conocernos. Yo, a través de los días, de la experiencia continua. Él, a través de la frescura, del empeño que ponemos cada día. Yo, como si fuera la primera vez. Él... porque, realmente, para él, sigue siendo la primera vez.
               Salimos juntos. Nos queremos. Tan fácil... y tan difícil. Porque, aún así, es duro. Muy duro. Porque sé, que, al día siguiente, él no se acordará de mí...
               ..o casi...
               Porque, mirándolo desde otro punto de vista, y al fin y al cabo, sí que me conoce. Tiene mi foto. Me recuerda. Sólo de una décima de segundo pero, al fin y al cabo, sí que se acuerda. Y lo maravilloso, lo fantástico, lo grandioso, es que sale cada día a buscarme, en dirección a ese parque. Llueve o truene, caiga granizo o las siete plagas de Egipto, él sale siempre a buscarme... y siempre me encuentra allí...
               Comprendo cuán surrealista parece esta situación. Soy consciente de mi tragedia. Mido con rigor matemático mis angustias. Sé, en efecto, que hay cosas a las que nunca podré aspirar. Después de todo, me confieso a mí misma mientras rezo, no podré casarme jamás. No es que me hiciera una especial ilusión, pero a mi madre siempre le hubiera gustado que me casase por la Iglesia, toda vestida de blanco, ante el altar, junto a mi príncipe azul, mientras ella derramaba, completamente henchida de orgullo, una lágrima de maternal alborozo... Pero claro, resulta difícil proponerle matrimonio a alguien que sólo te conoce de un día, por muy entusiasmado que se muestre él. Y también presentárselo a tus padres (“hola, papá, éste es Enrique, él me ha conocido hoy, pero me voy a casar con él, ¿nos das tu bendición?”), padres a los que, por cierto, no veo desde hace mucho. Este trabajo, por desgracia, o por suerte, tal vez, no permite visitas ocasionales a tus allegados. Ni vacaciones. Ni siquiera, viajes de un fin de semana. Un regional a Salamanca, ida y vuelta ese mismo día, quizás. O a Segovia. Creo que, definitivamente, me quedaré sin visitar París.
               Pero, al fin y al cabo, tiene sus compensaciones, medito, cuando veo a algunas de mis amigas entrando y saliendo aparatosa, e infructuosamente, de más o menos cortas, e inhóspitas relaciones. Y es que, después de todo, lo nuestro, al menos por el momento, parece funcionar. Enrique sigue conservando esa deliciosa ingenuidad, esa exquisita amabilidad del primer día. Eso hace que, a pesar de todo, nunca me canse de oírle contar diez mil veces el mismo chiste; y me sigo riendo igual que la primera vez. No es que me haga mucha gracia; es, simplemente, que me gusta oírle reír. Y, si lo miramos desde el otro punto de vista, no he de temer, en absoluto, a uno de los mayores fantasmas de todas las mujeres con pareja... ¿Se aburrirá de mí?¿Le pareceré, al cabo del tiempo, una pesada? Mucho tendría que esforzarme para hartarle sólo en un día. Porque, al fin y al cabo, y cada día, vuelvo a presentarme a él, y valga la modestia, y en sus propias palabras “tan reluciente, tan brillante, tan espléndida, como la primera vez que nos vimos”. Lo cual cuesta, en cierto modo, un cierto esfuerzo: no sea que la imagen de su fotografía (que ya empieza a hacerse vieja), y la mía propia, lleguen a diferir demasiado: acudo a la peluquería demasiado de vez en cuando.
               Pero existe una ventaja mayor. Y ésa es la que todos, todas las demás, me digo a mí misma con firmeza, no han sabido, no han querido captar. En este mundo, el que es conocido por todos, cruel, mezquino, cobarde, ambicioso, nos pisoteamos los unos a los otros. El amigo es ahora enemigo, el honrado ladrón, el bien, se ha convertido en el mal; las parejas se divorcian, cambian, se preguntan, ¿cómo puedo llevar treinta años con este tipo?. Y, sin embargo, en nuestro caso, el de Enrique y mío, todo, y a pesar de lo absurdo que pueda parecer desde fuera, es completamente distinto a todo eso. En nuestro caso, el amor, por ilógico que éste sea, es el único sentimiento. En nuestro caso, yo sé qué es lo que me voy a encontrar al día siguiente. Tengo la constancia de que sus brazos, una vez más, volverán a estar allí. Que sus abrazos, sus caricias, serán tan auténticas, tan reales, como las primeras caricias. Y que él, expectante, nervioso, por dirigirse a buscar a su casi desconocida mujer de la gabardina gris, estará a la altura de las circunstancias. Que será un caballero; un amigo; y un alma gemela. Y eso, por mucho que algunos se atrevan a negarlo, es lo que tiene más valor que todo; porque al fin y al cabo, pienso con satisfacción, y una ligera revancha, pocas mujeres -si existe alguna- tienen la seguridad absoluta, de que, al día siguiente, van a tener la ocasión, por primera y penúltima vez, y, como en un cuento de hadas, de conocer, una vez más, al hombre en quien sueñan sus sueños.

Dicen algunos darwinistas que los seres vivos son sólo el vehículo entre sus padres y sus descendencia, un molesto, pero inevitable camino, para producir un nuevo ser; es decir, que nuestra misión básica, incluso la de los seres humanos, por muy superiores que nos creamos, es la de la reproducción. En ningún ser vivo se cumple este axioma de forma tan categórica como en el caso de la mosca de mayo, o ephimeróptera (cuya traducción al castellano significa efímera): que, tras salir de su estado larvario, que ha durado tres largos años, tiene un único, y breve día, para conseguir el amor: un solo día de plazo. No puede durar más, no tiene órganos de alimentación que se lo permitan, el amor (o el apareamiento) es incluso superior en importancia a la necesidad de sobrevivir para la madre naturaleza. Una vez conseguido, morirá, y el ciclo se repetirá, en el futuro, y para siempre, un día más.  Es como si no hubiera ocurrido nada, como si nada hubiera pasado: cada generación, que nunca llegó a ver a la siguiente, o a la anterior (huérfana y sola en este triste mundo), tiene que volver a lograrlo.

Dice una leyenda de origen desconocido que la ephimeróptera se rebeló contra la mecanicista diosa Natura, y le pidió que le concediera un tiempo más largo; ésta última, atareada como se encontraba en conservar la organización del cosmos, impidiendo que los planetas se salieran de su órbita, le contestó en un arrebato: Débil, holgazana y caprichosa ephimeróptera, quizá en un millón de años. Y cuánto tiempo me darás, preguntó la mosca de mayo. Y Natura, que no entiende ese concepto, pues sólo maneja hechos que abarcan períodos largos, le replicó furibunda: Sólo te concederé mil años. La ephimeróptera, paciente, todavía sigue esperando.





lunes, 28 de octubre de 2013

Halloween 2013: 12+2 relatos para leer a medianoche

Hay gente que adora Halloween, y gente que lo odia y lo considera un falso sustituto del Día de los Todos los Santos. Sin pretender entrar en esa polémica (yo opino que ambas celebraciones son lícitas y combinables), lo que no cabe duda es que nunca viene mal una buena historia de miedo. En una noche con tantos espíritus rondando como la del 31 de octubre al 1 de noviembre, una pequeña selección de alguno de los relatos de suspense/terror más impactantes que conozco. Ideales para leer a medianoche, preferentemente a la luz de una vela, y en una voz gutural capaz de atemorizar al personal. Espero que saquéis alguna recomendación útil.

1. La máscara de la muerte roja, de Edgar Allan Poe. El maestro del cuento gótico no podía faltar en esta recopilación.
2. La llamada de Cthulhu, de H.P. Lovecraft. Bienvenidos a mundos sobrenaturales que llevan a la mente humana más allá de la locura. Aunque si preferís una versión más desenfadada, la podéis localizar aquí.
3. Siguiendo con los clásicos, había que introducir a algún español: Maese Pérez el organista, de nuestro particular Lord Byron, Gustavo Adolfo Bécquer.
4. La mano del mono, de W.W. Jacobs. Con numerosas versiones (incluyendo una de los Simpson), este estremecedor relato nunca pasa de moda.
5. Casa tomada, de Julio Cortázar. Muchos dicen que Cortázar era mejor cuentista que novelista, y desde luego esta inquietante narración apoya esa tesis. Igualmente desconcertante es "La autopista del sur".
6. El ojo del gato, de Stratís Myrivilis. Un perturbador cuento de (para variar en las nacionalidades clásicas) un escritor griego, que me sirve de paso para recomendar una "Antología del cuento griego" de editorial Alfagura, donde podréis encontrar gran variedad de relatos de distintos tipos, algunos de ellos muy sugerentes.
7. El juego de octubre, de Ray Bradbury. Para mí, el relato más estremecedor que he leído nunca. Formaba parte de un volumen de la colección "Alfred Hitchcock presenta". Y no os cuento más, salvo que mejor no saber, y que tengáis preparada una linterna bajo la sábana.
8. El hombre del sur, de Roald Dahl. Más conocido por su faceta de escritor infantil, lo que no sabe tanta gente es que Dahl tenía un humor ciertamente retorcido y perverso (sus "Relatos de lo inesperado" dan buena cuenta de ello), y su mente deliciosamente enferma dio lugar a esta historia, que dio origen a varios míticos episodios de "Alfred Hitchcock presenta" en la televisión (uno de ellos protagonizado por Steve McQueen, y otro por el actor y director John Huston), y fue utilizado como base para la sección de Quentin Tarantino en la película "Four rooms".
9. La perla, de John Steinbeck. Aunque difícil de clasificar como propiamente de terror, la desasosegante sensación que te envuelve hasta un final desesperadamente anunciado harán que se os provoque un escalofrío entre las vértebras.
10. Los lagolieros, de Stephen King. Porque claro, no podía faltar un autor que ya es una institución de la narración del horror, y por eso recomendamos esta novela corta -forma parte de la recopilación "Las dos después de medianoche") de la que se hizo una adaptación para la televisión que alcanzó un cierto renombre ("The Langoliers").
11. "Encuentro nocturno", "El marciano" o "Fuera de temporada" son relatos pertenecientes a la colección Crónicas marcianas, de Ray Bradbury, los cuales pueden ser englobados fácilmente en el género de terror. Pero toda la recopilación en su conjunto es bastante recomendable.
12. Y terminando con una sugerencia española, los relatos de Emilio Pardo Bazán, como "Un destripador de antaño", basada en la mítica figura del santamantecas, u otros basados en leyendas como la de Santa Compaña, producen un sudor frío que no tiene nada que envidiar a los temblores de piernas inducidos por Stephen King... sobre todo si te encuentras en una casa rural gallega, protegiéndote del frío con una manta, y suena en la puerta un "toc-toc" cuando no hay nadie fuera cuya llamada esperes...

Como regalito adicional a esta lista de pequeñas maldades, incluyo dos enlaces de amigos míos, escritores también, que son precisamente especialistas en el género del terror. El primero es "Permutación", de Marc R. Soto, y pertenece a su volumen de relatos "El hombre divergente". En cuanto a Adrián Álvarez Muñoz, ha resultado que los textos que más me entusiasmaban no estaban todavía publicados, pero en todo caso os conmino a echarle un vistazo a su blog "Diario de un sociópata", donde, como el mismo autor os dice, seguro que encontráis algún texto que os traumatice. Espero que paséis una buena noche de Halloween... una noche insomne, por supuesto.

lunes, 21 de octubre de 2013

El relato de octubre. "El extranjero"

Este relato se basa en la circunstancia (la cual ha inspirado ficciones de otros autores, y que -hasta el punto en que es posible averiguarlo- en principio es real) en diversos lugares del mundo, de que hombres ancianos paguen por pasar la noche con una joven dormida a su lado, bajo condiciones diversas. El relato (que ofrece un par de vueltas adicionales de tuerca a este supuesto) es de hace unos años y no cuenta con demasiadas rondas de corrección, con lo cual os ruego, como en otras ocasiones, que seáis benevolentes. Pasad una buena noche en compañía de los personajes. Un saludo.

El extranjero

            La mujer negó con la cabeza. Sus ojos reverenciaban un temor ancestral.
            -No quiero. No puedo hacerlo.
            El hombre que se hallaba a su lado, de ojos rasgados, le replicó:
            -Tienes que hacerlo. Es mucho dinero. Nos vendrá muy bien.
            La geisha le contempló con ojos asustados. Giró la cabeza para apartar ligeramente las cortinas, y contemplar al hombre del que estaban hablando.
           
            Volvió la mirada hacia el otro hombre.
            -Además, es extranjero.
            Dijo ella, como evocando una palabra prohibida, con un cierto deje de desprecio. El otro maldijo en un susurro.
            -No digas tonterías. Te acuestas con extranjeros todos los días. No hables como si no hubieras salido jamás de Japón.
            La geisha dudó. Volvió a contemplar de nuevo al americano. Era anciano, se apoyaba de forma pesada en un bastón, tenía el pelo canoso, y un grueso bigote. El bastón estaba adornado por ricas joyas: la geisha recordó los rumores de que allá, en el Oeste, los aventureros estaban descubriendo pepitas de oro en los ríos, y estaban constantemente a la búsqueda de minas recubiertas del dorado metal. El anciano levantó la vista, y contempló, por un instante, a la atemorizada geisha, que se ocultó precipitadamente tras las nacaradas cortinas, decorada con motivos orientales.
            -Entonces, ¿qué?-le preguntó el otro-. ¿Lo harás?
            La geisha meditó. Por un lado, sería sólo una noche. Quedarse dormida, con la garantía de que el americano no la tocaría, y esperar hasta la mañana siguiente. Pero luego, despertarse, contemplar a su lado el cadáver, aún todavía caliente, o quizás frío...
-¿Pero seguro que esta noche va a...?
-Yo no lo sé. Él lo cree así. Con eso me basta.
Meditó sobre el largo insomnio que le depararía esta noche, en la sensación de pensar, casi continuamente, Estará muerto en estos momentos, o no lo está, quién lo sabe, Te atreverás a dar la vuelta, para mirar al otro lado. Ese desconocimiento, de no saber si hay una vida o no al otro lado, el separar esa diferencia tan sólo unos pocos centímetros,  centímetros insalvables, tanta distancia, como si un giganteco vacío se abriera debajo de ellos. Tomarle cariño a lo largo de las horas, a un hombre, del que no conoces de nada, que hace unos segundos era un explotador y un extraño, que sin embargo te apena, porque sabes que esta noche va a morir... Todo ello, sin incluir los temores de estar incurriendo en una blasfemia.
            -Está prohibido por todas nuestras tradiciones –asintió firmemente.
            Hubo un nuevo bufido por parte del otro.
            -Ya conoces a los americanos. Las tradiciones no van con ellos.
            La geisha bajó los párpados, pero sin llegar del todo a cerrarlos. Ella era consciente de lo que había: las geishas, jóvenes muchachas inocentes que llegaban aquí a Boston en un manto de promesas, esperaban continuar con exactamente la misma labor que desarrollaban en Japón. Sin embargo, a los occidentales, eso de una dama del placer que no desarrollara el sexo era absolutamente inconcebible. Al final, todas las geishas tenían que tragarse sus muchos años de estudios, y acabar ejerciendo de vulgares prostitutas, y a este hecho acababan resignándose todas. No obstante, esto que le había propuesto el americano sobrepasaba todos los límites.
            -¿Y no podría ser otra?
            El otro negó con la cabeza.
-Ha insistido en que seas tú. No aceptará a ninguna otra.
Sin volver la vista hacia su interlocutor, como contemplando un punto infinito del espacio, asintió resignada con la cabeza.
-De acuerdo; lo haré.
El japonés asintió. Se acercó de nuevo al hombre, dejándola sola. La mujer contempló cómo de un par de labios silenciosos –los de de su compañero, y los del americano-, salían las palabras que iban a decidir su inmediato futuro. Silenciosa, se retiró.

Poco tiempo después, estaba en la cama, desnuda bajo las sábanas. Al encontrarse en esta situación, se le ocurrió pensar que tal vez el trato propuesto por el americano era mentira, y que iba después de todo a tocarla, como hacían el resto de los hombres que solían pasar por allí. Sin embargo, la idea se le borró de la cabeza en cuanto contempló al anciano cruzar el umbral de la puerta: en sus ojos no había deseo, si acaso, una necesidad ingente de no provocar incomodidad por su mirada, de pedir perdón por la misma molestia de existir. La geisha se dio cuenta de que ese hombre no iba a hacerle ningún daño, que no la penetraría esa noche: y esto, como nos hace todo lo que sentimos extraño y desconocido ante nosotros, la inquietó todavía más que la primera posibilidad.

El americano comenzó a desvestirse. Abrió su maleta, y sacó de esta última un raído pijama de cuerpo entero, de mangas largas, de franela de color rojo, que hacía bolitas de todas partes, y que tenía en la parte del trasero una pieza de tela que se unía por unos botones y que, si se desabrochara, dejaría al aire aquella región donde la espalda pierde su nombre. El anciano se fue desvistiendo poco a poco, tanteando con dificultad los esquivos botones de su camisa, apartando con cierto tembleque sus pantalones, con un tenue nerviosismo al pensar que, mientras se los quitaba, se podía caer, y también, pensó la geisha al contemplar sus miradas esporádicas, con una cierta vergüenza al desnudarse, él tan mayor, ante una señorita tan joven. Finalmente, el hombre quedó vestido con su pijama rojo de franela, y se introdujo en la cama, tras apartar cuidadosamente las sábanas y la manta, procurando en todo momento no destapar el cuerpo de la otra, como pretendiendo no dilucidar la cuestión sobre si estaba desnuda. La japonesa pudo percibir, ahora que se encontraba más cerca, que el bigote de este anciano estaba formado por cabellos cortados exactamente al mismo nivel, que algunos cabellos lacios le colgaban hacia delante del mismo, separados del resto, y que todo el mostacho le daba una apariencia bienhechora, como de anciano entrañable, que va a traernos presentes por Navidad. Sin embargo, el viejo no presentaba ni muchos menos los ojos tranquilos de aquel que sólo reparte dicha: sino que mostraba, en sus pequeñas cuencas, una especie de arrepentimiento vital, que tenía sensación de exteriorizar.

Y por eso, la geisha supo, desde el principio, pese a hacerse la dormida, que aquel hombre le iba a acabar hablando. Que, antes de terminar la noche, se daría la vuelta y le confesaría sus penas. Y que en ese momento, ella tendría que escucharle.

No tardó mucho tiempo.
-Señorita... ¿está despierta? Si... si me permite... me gustaría contarle una historia.

<<Yo era juez. Juez de un pueblo de varios miles de habitantes en el Medio Oeste. Administraba con severidad la justicia: llevaba una de esas pelucas que tanta fama han hecho de nuestra profesión, y era conocido por dos cosas. La primera de ellas, por ser tajante en mis sentencias, por adecuar de forma rigurosa la cuantía de la pena a la gravedad del castigo. La segunda, se decía, por no errar un solo veredicto jamás: al menos, eso aseguraban mis condenados, incluso aquellos que defendieron su inocencia hasta un segundo antes del veredicto. Pero eso se debía a una cualidad muy sencilla de comprender: yo podía intuir, con tan sólo mirar a los ojos del acusado, si éste era inocente o culpable, más allá de toda duda razonable. Puede que suene pretencioso decir esto desde la silla de un juez. Pero no es vana jactancia. Yo no soy un juez que ha adquirido tanta práctica que sabe distinguir cuando le mienten: sino que, al saber distinguir desde siempre cuando me mentían, había decidido ser juez.

            No sé de dónde procede esa cualidad: alguna cosa intuí desde niño, que me permitió averiguar cuándo mi madre, una mujer católica, honesta, trabajadora hasta la médula, de carácter duro y cierta aspereza en los modos, me estaba revelando, a mí, su hijo de cuatro o cinco años, una absoluta verdad, o la más irreal de las mentiras. No lo sé; en todo caso, en mi larga experiencia, he acabado por encontrar unas cuantas verdades fundamentales. Primero, que las mentiras, cuanto más impresionantes, cuanto más gordas, más creíbles son por parte de la gente. Y segundo, que nuestra percepción para creer o no a los mentirosos se debe en gran parte al deseo mismo que tengamos de creerles. Yo, podía afirmarlo con rotundidad, había superado esas ofuscaciones del espíritu.

            Entonces, cierto día, llegó a mi tribunal el caso de un hombre acusado de asesinato. Era un crimen horrible, brutal, perpetrado con una saña tal, que aquel que lo hubiera cometido se merecería la más enérgica de las condenas. El caso, en un principio, parecía estar claro: todas las pruebas señalaban hacia el hombre que se encontraba en la sala. Casi estuve a punto de no hacerlo, ante la cotidianidad del caso. No obstante, es labor de un buen juez siempre el asegurarse. Por eso, tan sólo iba a hacerlo unos segundos, le miré a los ojos. Y lo que vi me sorprendió.

            Aquel hombre era el ser más inocente que había visto nunca.

            No sólo vi que no era culpable: también vi que esos actos no los pudo cometer, incluso aunque hubiera estado bajo el influjo del alcohol o cualquier otra droga. También vi una personalidad decente, pura, honesta, vi un niño en el interior del cuerpo del adulto, contemplé al más inmaculado ser que avistaron mis ojos, por mucho que por fuera estuviera mal afeitado, sucio y con ropas míseras. Y entonces me pregunté, ¿qué es lo que hago, le condeno culpable?
           
            Por un lado, no podía: hubiera sido una ofensa a la verdad misma. Y por otro, las pruebas eran claras, irrefutables. No tenía más remedio que enviarle al patíbulo, o me destituirían de mi cargo allí mismo, y además, con toda la razón del mundo. En aquel momento, no podía esperar. Dubitativamente, lleno de congoja mi alma, le declaré culpable, y le condené a la soga. Para aplacar un poco mi conciencia, y no tener que seguir tan de cerca el proceso, determiné que la pena que ejecutara en otro estado: de esa manera, no tendría que asistir yo a la ejecución personalmente.

            No obstante, con el paso de los días, me lo pensé... Había enviado a la horca a un hombre inocente. Me había convertido en alguien tan culpable, como aquellos mismos bandidos a los que ajusticiaba. ¿Qué debía hacer, me preguntaba?¿Qué me ordenaba mi conciencia?

            Reflexioné entonces sobre el pasado, y contemplé la cara de mi madre, agarrada con fuerza la mano a su cruz, observándome réprobamente... Tomé una determinación.

            Marché al estado adonde había condenado el acusado. Exigí acceso, como juez que era, a la celda donde se encontraba el reo. Pedí a los guardias que nos dejaran solos. El hombre, hasta ese momento vuelto de espaldas hacia mí, recostado en su esquina, contra la pared, se giró. Le rogué, con toda humildad, que se acercara hacia mí.

            Se levantó y aproximó su cara: una vez más, aquellos ojos que revelaban la más brillante de las almas sin mancha me hipnotizaron sin sentido. Me quedé absorto unos instantes, tan solamente contemplándolos. Luego, me puse en marcha.

            Maquillé su cara, y también la mía, con potingues que llevaba en mi maletín, para que nos pareciéramos el uno al otro. Me afeité el bigote, le entregué mi peluca, mi toga, mis ropas, y yo me puse las suyas. Nos teñimos el pelo, le rocié con perfume para tapar su nauseabundo olor corporal, tras varias semanas de encierro.

            Finalmente, él se marchó. Se marchó volviendo una última vez la vista atrás, con la peluca blanca y el bigote postizo bajo su nariz. Como he dicho antes, las mentiras más gordas son las que más fácilmente se traga la gente. Quién iba a pensar que, bajo esa apariencia de rectitud y rigor, se escondía un condenado a muerte...

            En cambio, yo aguardé. Tuve todo el rato la vista vuelta, para que no me reconocieran. Finalmente, los guardias me llamaron. Me cogieron cada uno de un brazo.

            Tras recorrer un largo pasillo, llegamos al exterior. Allí se encontraba el patíbulo. La multitud aguardaba, expectante, contemplé, como tantas veces, sus ojos sedientos de sangre, esta vez por la mía, qué más les daba en realidad quién fuera, con tal de que hubiera espectáculo. Volví entonces la cabeza, y contemplé como la soga, mecida por el viento, parecía invitarme a subir...>>

            Y el extranjero calló. Y entonces la geisha, acobardada, preguntó con timidez.
            -Pero aún te falta una parte de la historia. ¿Cómo conseguiste librarte de la muerte?
            El hombre miraba hacia el techo: suspiró apesadumbrado.
            -No me libré –masculló.
            Giró la cabeza hacia ella.
            -Lo más triste de todo, es que yo era culpable.

lunes, 14 de octubre de 2013

La historia real de octubre: La desaparición de Ettore Majorana

Ésta, más que una historia, es una no-historia: algo que no ocurrió, no se sabe bien cómo terminó, o bien pudo no ocurrir nunca. Se trata de un misterio poco conocido y que, sin embargo, ha perturbado y cautivado la imaginación de aquellos que han tenido la oportunidad de entrar en contacto con él. En concreto, se trata de la desaparición de Ettore Majorana, físico nuclear italiano, en el año 1938.


(Imagen de Ettore Majorana. Extraída de Wikimedia Commons)

Escuetas son casi todas las biografías de Majorana que pueden encontrarse para el interesado en su vida, y es quizás porque Majorana tan sólo camina sobre la faz de la tierra unos treinta y un años, o al menos, ése es el tiempo de existencia que ofrece al mundo. Después de ese período, desaparece. Ettore Majorana era un individuo especial, que desde muy joven ya demostró una excepcional aptitud para la física y las matemáticas. Aunque con tan sólo nueve trabajos publicados en el momento de su desaparición, sus colegas parecen acreditarlo como un cerebro privilegiado, aunque también se encargan de destacar su carácter huraño y en gran medida melancólico. Incluso en este aspecto estaba de acuerdo su maestro, Enrico Fermi, un hombre célebremente conocido por su contribución a la física de partículas, y cuyo trabajo sirvió de base junto con el de otros científicos para, años más tarde, desembocar en la creación de la bomba atómica. Es comúnmente aceptado que la personalidad de los científicos -y en particular los que demuestran una mayor genialidad- puede bordear en algunos casos la locura. El problema fue que el carácter hermético y poco aceptado de Majorana fue acentuándose de manera progresiva con los años -agravado, además, por una gastritis que le afectaba bastante-, hasta que, un día, supuestamente tras tomar un barco para visitar a un amigo en Palermo, Ettore se esfuma de la escena. No deja nada detrás, salvo dos notas de las que parece emanar un pesado e intoxicante aroma a duelo de difuntos, y un tercer mensaje que apunta a un suicidio frustrado. Un par de meses antes, Ettore había realizado una serie de movimientos que inducen a pensar que se estaba preparando para terminar con su vida. Hasta aquí, la mente de Ettore: el resto, su cuerpo, desaparece.

Contando todos estos factores, la hipótesis de una muerte auto-inducida, arrojándose seguramente en medio del mar Tirreno, parece la más factible. Sin embargo, hablamos de una época extraña. En aquella época, científicos alemanes e italianos trabajan en un campo de moda, el de la física de partículas, del que que muchos sospechan que puede conducir a la creación de un arma mortíferamente destructora, secreto del cual se quieren apropiar también los estadounidense. El propio Fermi, huyendo de la Italia de Mussolini, aprovecha la concesión del premio Nobel para escapar a América, donde es acogido con los brazos abiertos para colaborar en el proyecto Manhattan. En este ambiente de continua y hasta certera paranoia, no es extraño que las teorías más conspirativas y tenebrosas tengan cabida, y que la imaginación sea poco proclive a aceptar incomprensibles dramas personales. ¿Un secuestro del físico para apropiarse de sus conocimientos nucleares?, improbable. ¿La eliminación de un hombre que había intuido demasiado?, poco creíble. Pero las teorías han sido muchas y han dado tal vez para demasiado. Leonardo Sciascia escribió una novela que teorizaba la reclusión voluntaria de Majorana en un monasterio; recientes titulares en Argentina difundían a bombo y platillo algunas fotografías que indicarían que Majorana había viajado a este país y habría vivido allí alrededor del año 1955; y quizás la más estremecedora opinión sea la mencionada en "El Siciliano" por parte de Alberto Seoane, según la cual Ettore Majorana se suicidió porque había sabido intuir el futuro, y era consciente de que si seguía avanzando en ese campo, algún día él mismo u otros se verían forzados a construir una bomba atómica, con lo cual, tratando de escapar de este destino ominoso, había decidido apartarse de la carrera arrebatándose voluntariamente de la vida. Sea o no verdad esta hipótesis (porque quizás nos estamos acercando tan sólo a una desgracia personal, tan cruenta e insondable como cualquier otra), lo cierto es que la idea cuajaría con el famoso enunciado de la paradoja de Fermi, en la cual el maestro y mentor de Majorana se preguntaba cómo era posible que el ser humano no hubiera contactado nunca con culturas extraterrestres avanzadas, y deducía que, tal vez, a partir de un grado determinado de desarrollo, una civilización acaba por fabricar armas con capacidad suficiente para su propia autodestrucción, y esto hace que desparezca antes de expandirse por el espacio, y por eso nunca podamos llegar a comunicarnos con ella. Este pesimismo respecto al futuro -asociado, con cierta lógica, al hombre que contribuyó a crear una de las armas más devastadores jamás descritas- quizás pueda englobarse en el contexto general de la muerte de Majorana, de cómo veía él el mundo, y de cómo lo consideraban también aquellos que lo heredaron. Isaac Asimov, en su relato "¿Se engendra ahí el hombre?", se preguntaba sobre si los límites de la locura pueden ser también los del conocimiento, y hasta qué punto podemos llegar a adquirir cierto grado de lucidez acerca de la estructura del mundo sin que la revelación de la verdad nos acabe con contudencia de derribar. Quizás Majorana -propondrán algunos- había llegado a esos límites, más allá de cuyas barreras no puedes contemplar nada más. Quizás el italiano llegó a sobrepasar algunos umbrales que tal vez todos (en cualquier circunstancia, por cualquier pretexto) nos encontremos constantemente muy cerca de traspasar.

martes, 8 de octubre de 2013

La historia corta de octubre: Dedicadas a Eduardo Galeano (V)

Esta historia me la contaron una vez:


          Me entró hambre en mitad de la noche. Me levanté y me dirigí al veinticuatro horas de al lado de mi colegio mayor.

            De camino, me encontré a un mendigo que tenía una gabardina larga y raída. Le faltaba una pierna, en lugar de la cual llevaba muleta, y agarraba de una cadena a un acojonante bulldog. El semblante era de una severidad terrible, como la de un predicador amenazándote con llevarte al infierno:
            -Ésta no es hora para que anden solas por ahí las chicas jóvenes. ¿No tienes miedo de que te violen, o cualquier cosa?
            No, estuve a punto de decirle, de lo que tengo miedo es de encontrarme con gente como usted.
            -Te acompaño –dijo el mendigo-, para que no te pase nada.
          Yo estaba aterrorizada. Lo curioso es que el hombre, a paso cojeante según su muleta, me acompañó a la ida, y me acompañó a la vuelta, sin decirme nada, ni una sola palabra. Justamente como me prometió.
           
            A veces hay que confiar en la gente, incluso en quien menos te lo esperas.

            Hay veces en que te sorprenden.

jueves, 3 de octubre de 2013

Buena nueva: "La historia del juguetero que desafió al rey", en venta ahora como parte de una antología benéfica

Saludos a todos. Me alegra poderos comentar que, gracias al esfuerzo de mucha gente, ha podido salir a la luz "Cuentos de Ciudad Esmeralda I", una antología de cuentos cuya recaudación irá dedicada íntegramente a la Fundación Luis Olivares, dedicada a mejorar la vida de niños afectados de cáncer.

(Portada del libro, editado por Mensajeros de Oz. La portada es de Vicente Mateo Sierra).

También me hace ilusión añadir que uno de los cuentos escritos por este humilde servidor, "La historia del juguetero que desafió al rey", la cual nació como una obra para leer como cuentacuentos ante una audiencia oral (y lo cierto es que, afortunadamente, cumplió su propósito), también forma parte de esta antología, y ha sido ilustrada por Ouito.

Para quien os interese leer el cuento concreto, o la antología en su conjunto, y de paso contribuir a ayudar a los chicos/chicas que han tenido la mala suerte de que les haya tocado esta enfermedad, podéis conseguir el libro en Amazon (pinchad en la palabra para acceder a la página) por menos de diez escasos euritos.

Muchas gracias a todos, especialmente a los que lo compréis y os guste, y gracias de nuevo por el esfuerzo solidario. Un saludo.

martes, 1 de octubre de 2013

Las series de octubre

Decía Jorge Luis Borges que no quería escribir novelas porque eso, más tarde o más temprano, significaba rellenar, y que no le veía ningún sentido si podías expresar la misma idea de manera sucinta en un cuento corto. Hernán Casciari, por el contrario, argumentaba que ya no creía en el cine porque, desde que había descubierto las series, no veía la ansiedad de tener que contar una buena historia en hora y media. Sea cual fuere la postura de cada uno, lo cierto es que el hecho de que el cine no se atreviera a apostar por proyectos relativamente arriesgados hizo que algunos muy buenos guionistas -y sus muy buenas ideas- pasaran a la televisión, generando algunas de las historias más impactantes de los últimos tiempos. Reconozco que ha habido pocas series que me hayan impactado tanto que tuviera que seguirlas capítulo a capítulo: House, Expediente X, Colombo, El cuentacuentos, The Newsroom, la serie de Sherlock Holmes de la BBC en los 80, son algunas de ellas. También está claro que hay series que, pese a que tengan sus altibajos o no coincidan al cien por cien con mis gustos personajes, hay que reconocer que albergan grandes tramas, ideas, mensajes, personajes, giros de guión, sorpresas o momentos estelares que han hecho que sus fans las consideren -y con razón- evidentes candidatas a proclamarse las mejores series de todos los tiempos: Perdidos, Prison Break, Breaking Bad, Dexter, The wire, Homeland, Fringe, Shark, Mentes criminales, o, en el apartado de comedia, Me llamo Earl, Frasier Cómo conocí a vuestra madre (otros añadirían sin duda, y con razones lógicas, Twin Peaks, Mad Men, Seinfield, Los Simpson, Friends, The Good Wife, Juego de Tronos, Deadwood, Los Soprano, Big Bang Theory, El ala oeste de la Casablanca, Roma, y tantas otras). Todo esto sin contar algunos éxitos clásicos, incluso aunque el paso del tiempo les haga perder algo de lustre (¿quién no se estremecía con McGiver o Starman?), ni tampoco las series de animación, uno de los apartados en que los españoles (especialmente en los años 80, con unas cuantas producciones míticas en colaboración con los japoneses) hemos de sentirnos más orgullosos, incluso aunque no tengamos un Batman, un Spiderman, unos Simpson, y ni siquiera unas Gárgolas. Para que en este blog existan todas las manifestaciones culturales posibles, este post va dedicado a unas pocas series que quizás han sido menos conocidas o publicitadas por los medios, pero que creo que también requieren de su huequito en el imaginario colectivo. Y estas series son las siguientes:

  • Death Note (Cuaderno de muerte).

Anime japonés que causó gran impacto en su país y fuera de él, esta serie es capaz de combinar una intriga mayúscula con elementos sobrenaturales para crear una trama absorbente de la que difícilmente te puedes desenganchar. El punto de partida es el siguiente: un shinigami (difícil definir el concepto en unas pocas palabras, pero vamos a resumirlo en una especie de "ángel oscuro") arroja a la Tierra un "cuaderno de muerte", es decir, un bloc de notas que tiene la propiedad de que, si su portador escribe un nombre en él, la persona cuyo nombre es anotado en el cuaderno muere de manera prácticamente automática. El receptor de este cuaderno es Light Yagami, un estudiante brillante, narcisista, y que se cree con capacidad por encima del resto para decidir entre el bien y el mal. A partir de allí, el argumento se complica en lo que se convierte en un maquiavélico y retorcido juego de ingenio entre Light Yagami y sus adversarios, especialmente el enigmático detective L, que está dispuesto a darle caza en lo que se trata sin duda de una lucha sin cuartel a muerte en la que sólo uno de los dos -si acaso- sobrevivirá. El mejor aspecto de esta serie radica en que, pese a la brevedad de sus capítulos (apenas veinte minutos), ni un segundo está desaprovechado: cada episodios puede introducir 2 ó 3 cambios que alteran dramáticamente las circunstancias de los protagonistas, empleando los guionistas todas las armas a su alcance (circunstancias inesperadas, un afiladísimo uso de la lógica por parte de los personajes más implacables, e incluso elementos fantásticos cuando éstos permiten dar más juego), de tal forma que la serie en conjunto da 4-5 cambios de rumbo completos en cuanto al guión original. Cuidado que vicia.

  • Fawlty Towers.

Quizás yo sea más de Borges que de Casciari, pero siempre me ha dado la sensación de que si una trama se alarga indefinidamente (y en las series suele ocurrir así, pues no se suelen cancelar hasta que baja la audiencia, o hasta que algún guionista con cabeza decide que esto hay que cerrarlo), la historia pierde bastante fuelle y acusa la repetición. Este mismo fue el motivo por el cual John Cleese (uno de los miembros más destacados de los Monty Python) decidió realizar solamente 12 -pocos, pero muy selectos- capítulos de esta ya mítica ficción que, aunque poco conocida por estos parajes, es todo un clásico de la televisión británica. La ambientación, de hecho, se basa en un suceso real: cuando los Monty Python fueron a trabajar a un pueblecito inglés de la costa llamado Torquay, se alojaron en un pequeño hotel con un dueño bastante peculiar. Tanto, que le gritaba a todo el mundo, se desquiciaba por cualquier cosa, trataba de manera insultante a muchos clientes e incluso -dice la leyenda- arrojó la maleta de uno de los integrantes del equipo por un acantilado, creyendo que escondía una bomba (en realidad, el "tic-tac" que el angustiado hostelero escuchaba correspondía a un reloj-despertador). Cuentan también las crónicas que todos los miembros del grupo cómico abandonaron el hotel, indignados, salvo Cleese, que vio potencial cómico para ello, y se quedó anotando las excentricidades de este individuo, que se convirtió en el protagonista de la futura serie, acompañado de la sufrida mujer que le aguanta, el camarero español que entre su desconocimiento del idioma y su torpeza no acierta a dar una a derechas (¡español, sí, de Barcelona!: todavía hay algunos ingleses que creen que la gente de Barcelona tiene fama de tonta a raíz de esta serie), y la pobre camarera que trata de tapar los agujeros en este hotel de los líos donde no paras de troncharte de risa (por cierto, la camarera es la mujer real de John Cleese, y co-guionista de la serie). Para verla con un medicamento contra los dolores de barriga provocados por las carcajadas. 



  • The Lost Room (La habitación perdida).

Otro ejemplo de serie ejecutada con un principio y un fin premeditados, y es que la trama obligaba, y precisamente ahí puede radicar su éxito: todo gira en torno a una serie de objetos aparentemente anodinos (un peine, un ojo de cristal, un billete de autobús), los cuales poseen propiedades sorprendentes e inexplicables, desde la capacidad de freír un huevo hasta la detener el tiempo, o la de de enviarte en unos segundos de un porrazo a una carretera abandonada en mitad de Nuevo México. Estos objetos se encuentran relacionados con una misteriosa habitación -la cual sólo puede abrirse gracias a una codiciada llave-, donde se rumorea que en el pasado ocurrió un suceso terrible. Un policía se apropia de manera casual de la llave y, por un accidente, pierde dentro de la intrigante habitación a su hija, la cual desaparece sin dejar rastro. Para conseguir recuperarla, el policía tendrá que moverse en un mundo poblado por variopintos individuos que harían cualquier cosa conseguir los objetos, con el objetivo de destruirlos, hacerse poderosos con ellos o utilizarlos para reparar los errores del pasado, pero el policía mantiene la única obsesión de encontrar a su hija, sin conocer, al otro lado de la habitación, qué verdad se le va a revelar y, sobre todo, sabiendo que no hay nada ni nadie de quien se pueda fiar...
  • El Conde de Montecristo.

¿Resumir el novelón de El Conde de Montecristo de Alejandro Dumas, de más de mil páginas, en dos horas de película? La directora francesa a la que propusieron este encargo se negó, y opinó que era mucho mejor hacer una miniserie de cuatro capítulos, con dos horas cada uno, y eso que se come buena parte de la estancia en la cárcel. A través de buenas interpretaciones y una cuidada escenografía, la clave de esta miniserie está, como no, en los diálogos, en el argumento, en los personajes, todos ellos esplendorosamente mostrados desde el clásico inmortal de Dumas, porque, como suele ocurrir, las mejores historias para la pantalla provienen de los libros. Fue seguramente la más lograda de un grupo de producciones con las cuales los franceses pretendieron homenajear a sus títulos claves en la literatura. Aquí el ejemplo ha cundido poco -aunque algún clásico en pantalla tenemos-, pero aún nos encontramos a tiempo.

Dicen que la clave de las series está en los personajes. Dicen que las series sirven para ver la evolución de los mismos, o que pueden, de manera más realista, captar retazos de nuestras vidas y describir la realidad cotidiana con mayor rigurosidad. De igual manera, quizás podamos ser protagonistas de nuestra propia serie, de nuestra propia vida, haciéndonos cada vez más interesantes y dejando pocos espacios en blanco que se tengan que rellenar. Mientras nos perfeccionamos a nuestra manera, siempre podremos admirar finales felices como los que (frase de V de Vendetta mediante) sólo son posibles en el cine. O en la televisión, quién sabe.