lunes, 2 de mayo de 2016

La historia corta de mayo: Indicaciones

Un regalito que me han proporcionado. Un saludo.

Indicaciones

Una joven de larga melena oscura, curvas femeninas indiscutibles pero no tan pronunciadas como para llamar la atención al primer vistazo, se viste con vaqueros y camisetas, colores neutros, no destaca, aunque a la segunda ojeada verías que es bastante atractiva. Se dirige la muchacha a la estación de autobús, esperando la llegada del siguiente transporte, observando a sus pasajeros al descuido, elige con total premeditación a uno de ellos. Un hombre joven, algo despistado, con equipaje ligero, no autóctono. Se acerca cuidadosamente a él, consultando el panel de llegadas como si estuviese esperando a alguien, quizá al siguiente autobús. Ese aire de paciente impaciencia, tranquila y accesible suele provocar que el sujeto elegido se dirija a ella y le pregunte por su destino. Ella le indica un trayecto, sonriendo, amable con los recién llegados. Pero cuando el chico se aleja, ella sale apresurada de la estación, y a través de un atajo, logra salir dos calles por encima del punto donde se encuentra el viajero, mientras se recoge el cabello y se pone unas gafas de pasta grandes, de esas que se llevan ahora. Camina decidida pero sin prisa, de manera que vuelva a cruzarse con su víctima, que ya ha empezado a sospechar que ese camino que le indicaron en la estación no coincide con sus expectativas y busca a alguien más a quien preguntar. Y vuelven a encontrarse, sin que la reconozcan (¿cómo iba a pensar que era la misma chica?), dirigiéndole ella, de nuevo, por un camino de su conveniencia, vistiéndolo de atajo, aprovechándose del desconocimiento del novato, un camino que pasa por una calleja poco concurrida y con una rampa de garaje colocada perfectamente para sus propósitos. De nuevo, al alejarse del incauto, avanza deprisa para colocarse en ese rincón en penumbra por donde ha de pasar el viajero si sigue sus indicaciones, mientras saborea los anticipados placeres que le va a proporcionar esa caza. No será el primero. Ni el último.

lunes, 25 de abril de 2016

La historia corta de abril: Titular del Times (3065)

Nos pasan esta noticia desde el futuro:


Titular del Times (abril 3065): MILES DE MUERTOS EN EL APAGÓN GENERAL. Los cadáveres pueblan los centros comerciales, edificios de oficinas y toda construcción de más de una altura. Los supervivientes, todos ancianos mayores de 116 años, tachan de “gordos ineptos” a los fallecidos, y culpan al gobierno y sus políticas de mecanización.”Tengo 123 años, artritis, reuma y una hernia, pero al menos no he olvidado cómo se usan las rodillas”, agrega una de ellas.

(Este microrrelato, creado por mi musa, fue leído por mí en la Jam de Microrrelato y Poesía que celebramos el 22 de abril de 2016 en "Tierra, Trágame", como conmemoración del Día del Libro").

lunes, 18 de abril de 2016

La historia real de abril. "Almerienses" ilustres: Hermano Rufino

El papel de los científicos que lo son por afición, y no por carrera, es controvertido. Bill Bryson afirmaba de un botánico de clase alta (quien, libre de cargas económicas, se dedicaba a catalogar todos los tipos de musgo que encontraba) que probablemente contribuyó a registrar tantas especies como las que pisoteó en su entusiástico impulso. Mucho se ha discutido también de la profesionalidad de los primeros egiptólogos que fundaron la disciplina, o de cuánto patrimonio irreparable tuvieron que salvar de las manazas de Heinrich Schliemann en sus indagaciones en Troya. Lo cierto es que a este tipo de aficionados hay que aplaudirles como pioneros, incluso aunque reprobemos algunas acciones concretas. Es el precio de iniciarse en algunos campos. En todo caso, del hombre sobre el que vamos hablar hoy existen pocas dudas en cuanto al legado que nos ha dejado en forma de patrimonio natural que podemos gozar para nuestro disfrute.

Tengo que empezar con una pequeña introducción acerca de cómo he conocido la labor del Hermano Rufino. Rufino Sagredo pertenecía a los Hermanos de La Salle, una congregación fundada hace casi tres siglos por San Juan Bautista de La Salle, un francés hijo de nobles que puso todo su empeño (y también su fortuna) en conseguir una escuela de calidad para niños pobres, fundando una congregación religiosa para tal fin. Su trabajo lo han heredado los Hermanos de La Salle, con colegios distribuidos por todo el mundo. Yo estudié en uno de ellos, en Almería, y aunque ya no soy creyente, no me disgustan la mayor parte de los valores que aprendí durante mi estancia allí. Sin embargo, la herencia del Hermano Rufino no entra tanto por el lado religioso como por el de las ciencias naturales.

El Hermano Rufino es uno de los componentes de esta sección que cumple aquel refrán de "no es el buey de donde nace, sino de donde pace". Oriundo de Burgos, pasó por Córdoba y Canarias, donde fue aficionándose a la mineralogía y la botánica como autodidacta. Cuando llegó al colegio almeriense, fue en calidad de profesor de Ciencias Naturales, y empezó a colaborar como miembro del Instituto de Aclimatación (hoy la Estación Experimental de Zonas Áridas del CSIC). Rufino trabajó sobre todo en el campo de la botánica, aunque la pieza sin duda más impresionante de la colección que ha heredado su nombre son los huesos de ballena que hace millones de años se depositaron en el fondo de un océano cuyo lecho emergería más tarde a la superficie y se convertiría en el rocoso desierto de Almería. De hecho, los compañeros de congregación que le conocieron suelen destacar el espíritu alegre y jovial con el que el hermano Rufino, con una edad ya provecta, salía a realizar excursiones por el medio natural. Cuantitativamente, no obstante, y aunque llame menos la atención, destaca su aportación en el terreno de las plantas, con miles de muestras vegetales envueltas en algunos casos en papeles de periódico tan antiguos que ellos mismos han adquirido valor histórico.

Durante mucho tiempo, la colección que recolectó el hermano Rufino (aunque otros religiosos, los Hermanos Jerónimo, Sennen y Mauricio, también intervinieron abundantemente en ella) permaneció fuera de los focos. La ocasión que tuve yo de conocerla fue cuando otro de los profesores del colegio, el Hermano Francisco Aguilera, empezó a poner en orden la colección de minerales, plantas y fósiles para convertirlo en un museo. El cual se abrió definitivamente al público en 2011.

        
      Una fotografía del museo. Extraída de la página web de la AMPA La Salle-Almería.


No he tenido ocasión de verlo abierto. Mis cortas visitas a Almería no me lo permiten. Pero sólo contemplarlo cuando estaba en proceso de preparación era una maravilla. Posee muestras procedentes de Almería, pero también de Marruecos, en concreto de la zona del Rif Oriental; alberga una fascinante colección de mariposas; presenta una exuberante variedad de restos de invertebrados (gasterópodos, bivalvos, insectos), y también hipnóticos ejemplos de taxidermia (como una impactante disección de un ave rapaz). Ahí entra no sólo el trabajo de los hermanos que recogieron las muestras a lo largo de más de 1300 excursiones, sino también el lento esfuerzo de ordenación y presentación en clave de museo que realizó el hermano Francisco Aguilera (a quien tuve la oportunidad de visitar personalmente en medio de su trabajo) durante muchos años.

Os dejo un enlace de la asocación de padres del propio colegio donde podéis contemplar fotografías del Hermano Rufino y de algunas de las secciones del museo (como digo, son especialmente impresionantes los huesos de ballena), y donde indica una dirección de correo electrónico con la que pueden contactar los interesados para visitarlo. Sin duda, ganará bastante con una ruta guiada a cargo de alguno de los más íntimos conocedores del museo. Puede parecer que esta entrada del blog tiene un sabor demasiado local y personal, y no lo niego, a pesar de que la trascendencia del hermano Rufino vaya más allá del colegio donde trabajaba y sea una referencia dentro de las ciencias naturales de la provincia. Pero creo que, en cierta medida, este post se trata de un recordatorio, para mí y para otros, de la cantidad de pequeños tesoros que no necesariamente están almacenados en reconocidos museos y superpoblados rincones turísticos, sino en lugares pequeños, discretos, en buena medida desconocidos para el gran público. El Hermano Rufino simboliza el poder de la acción de los pequeños gestos a lo largo de todos los días, y la capacidad de saber apreciarlo, esté cerca o lejos, en lugar de concentrarnos en unas pocas y a veces demasiado homogeneizadas referencias culturales. Para quienes les pillan muy a desmano determinados legados, es normal que el interés sea menor, a no ser que por casualidad pases muy cerca de los mismos (aunque, ¡ey!, incito a todos los que visiten Almería a visitar otras partes de su legado natural y cultural, y no sólo sus estupendas playas); pero para los que nos cruzamos en nuestra vida cotidiana con estas pequeñas maravillas, es un deber obligado. No obstante -todo hay que decirlo- es de ese tipo de obligaciones que sólo puede reportarte beneficios.

Nos leemos.

lunes, 11 de abril de 2016

El relato de abril. "De semillas y hombres"

De semillas y hombres

                Ésta es la calle Zaldívar, situada en pleno corazón del barrio de Simancas: una zona proletaria, en cuyas ventanas puede admirarse a señoras que a la vez que riegan sus geranios cotillean la calle sin ningún pudor, ya que consideran se lo han ganado después de más de veinte años de estancia en el barrio. En el inicio de la primavera, la calle se exhibe adornada con sus almendros florecidos. Pero podremos ver algo muy curioso si prestamos algo de atención:

Un poquito más…


Un poquito más…


Sí, un calceltín. Y en un segundo árbol apareció otro; y en otro unos zapatos; y en otro unos pantalones. Los vecinos juntaron todas las prendas de ropa en un trozo de tierra, colocaron entre ellas una semilla de almendro, regaron y esperaron. En poco tiempo, brotó un árbol, vestido entre otras prendas con sombrero, corbata y gafas de sol. El árbol comenzó a hacer una vida normal dentro del barrio: alquiló un piso, lo amuebló, consiguió un trabajo como jardinero. Por las tardes veía solitario la tele, mientras los vecinos le espiaban a través de su ventana para vigilar cada uno de sus movimientos, pero él nunca dio nada de lo que hablar. De hecho, los vecinos llegaron casi a olvidar su origen y considerarlo un miembro más del vecindario, con las ventajas adicionales de ser bastante educado y poco ruidoso. Poco a poco, el árbol se fue haciendo más viejo: sus hojas primero amarillearon y más tarde cayeron, sus movimientos se hicieron más lentos, y tras un deterioro progresivo de varias semanas llegó un momento en que, mientras avanzaba por la calle, fue paralizándose poco a poco hasta que finalmente se detuvo del todo. Entonces empezó a crecer: creció tanto y tan rápido que sus ramas se colaron por las ventanas de los pisos, y los vecinos creyeron que iba a explotar. Y efectivamente, explotó, pero de manera inocua, disolviéndose en miles de flores de almendro que alfombraron la superficie de la calle. En cada una de las macetas que había tocado el árbol en su expansión, las plantas crecieron durante los siguientes meses de manera exuberante. Tras aquellos sucesos inesperados, la vida del barrio no fue igual. Quién sabe si se debió a que después de un suceso de esa magnitud nadie puede permanecer incólume, tal vez fue a causa del común conocimiento de que compartían un secreto, la gente de aquella calle se volvió más unida, más solidaria con el resto de la barriada, con mayor sentimiento de grupo. Mientras tanto, en un cruce de aquella calle, delante de un banquito donde las señoras y los jóvenes solían reunirse alternativamente para repasar la vida del barrio y sus habitantes, alguien plantó en la tierra la única ramita de más de dos centímetros que sobrevivió tras la explosión de aquel extraordinario almendro. Allí aguarda paciente, y los vecinos bajan expresamente para regarla de vez en cuando. Todos esperan que, un día u otro, vuelva a brotar.


CALLE ZALDÍVAR, MADRID






martes, 5 de abril de 2016

El libro de abril: El capitán y el enemigo, de Graham Greene

Volvemos a Graham Greene, un escritor del que ya os hablé hace tiempo en la crítica de El cónsul honorario. En esta ocasión, os vengo a hablar de un texto que me llegó prácticamente por casualidad, El capitán y el enemigo, y es una pena, porque ni siquiera yo, que soy aficionado al autor, había oído hablar de él. Y, en ese sentido, prefiero -como casi siempre en este blog- escribir antes de buenos libros ignorados por el gran público, que de aquellos más reconocidos de los que es probable que oigáis hablar a través de otras fuentes.

El capitán y el enemigo cuenta la historia de un niño que un día, en la escuela, recibe la visita de un hombre que dice llamarse el Capitán, y que afirma que ahora es su tutor porque ha "ganado" al niño en una partida con el padre de éste al backgammon. La verdad es que la versión le resulta al joven muchacho (rebautizado ahora por el Capitán como Jim) un poco chocante, pero con el tiempo aprende que este tipo de acontecimientos son muy propios del estilo de casi todo lo que se halla relacionado con su nuevo padrino, al que a partir de entonces se tendrá que acostumbrar. El Capitán es -como la figura de Long John Silver en "La Isla del Tesoro"- un personaje ambiguo: por un lado, numerosos indicios apuntan a que se trata de una especie de delincuente, pero por otro, se desvive por cuidar a Liza, una mujer que lo ha pasado muy mal en la vida, con la que el Capitán mantiene una complicada pero bellísima relación, y para la que el Capitán parece haber encontrado a Jim como un sustituto del hijo que ella perdió en su día. Todo lo relacionado con la niñez de Jim y la imagen que él posee de la figura del Capitán se mueve en un entorno mítico, donde la realidad se desdibuja, entre otras cosas debido a la muy peculiar y "flexible" versión de la verdad que el Capitán suele manejar en su día a día. Así, entre ausencias interminables del Capitán, y sus regresos -siempre esperados con ansiedad-, transcurre la primera parte de la novela, para luego, en la segunda, encontrarnos a un Jim adulto, mucho menos proclive a creer en cuentos y que, empujado por las circunstancias, y empeñado en parte en confrontar su pasado, acude a visitar al Capitán a su nueva ubicación, un Panamá que nos saca de la brumosa Inglaterra y nos hace recordar la afición de Graham Greene por los destinos exóticos. Allí, en Panamá, el nuevo Jim se encuentra con el viejo Capitán, pero una serie de intrigas van en ese momento a entremezclarse y afectarles personalmente. Es en ese momento (como menciona tan acertadamente este blog) cuando una trama que bordea el tono de leyenda se transforma en un thriller, sin que la relación entre la una y la otra deje de perder sentido a lo largo del texto. Del que no os contamos nada más, para que así os atreváis a llegar hasta el final.

lunes, 14 de marzo de 2016

La historia real de marzo. Salmantinos ilustres: Domingo de Soto

Volviendo a nuestra galería de ilustres habitantes de ciudades que me han influido de forma significativa, hoy le toca a Salamanca, un lugar con el que guardo múltiples vínculos familiares pero también literarios y afectivos, aunque eso es algo que puede argumentar fácilmente cualquiera que se haya paseado por entre sus muros de piedra y reconocido la Historia que aguarda paciente detrás de sus catedrales, sus calles y plazas, y también su mítica universidad. Y precisamente relacionada con esta última se halla nuestro personaje, el religioso e intelectual renacentista Domingo de Soto.

Domingo de Soto nació en 1494 en Segovia, uniéndose a esa larga lista de figuras asociadas a la universidad de Salamanca que no nacieron en esta urbe, como Miguel de Unamuno o Fray Luis de León. Domingo de Soto estudió en las universidades de Alcalá y París, ingresó en la orden de los dominicos, y tras un breve período como docente en la Universidad de Alcalá, se incorporó a la cátedra de Teología de la Universidad de Salamanca. Allí, formó parte de la llamada "escuela de Salamanca", un grupo de pensadores liderados por Francisco de Vitoria que trataron de adecuar las viejas doctrinas de la iglesia católica a una sociedad moderna y cambiante como la renacentista, donde conceptos como el comercio entre las naciones o la importancia del individuo frente al conjunto de la sociedad comenzaban a tomar pujanza.

Una de las mayores aportaciones de Domingo de Soto, en este sentido, fue durante la llamada "Junta de Valladolid", una cónclave organizado en dicha ciudad (da una idea de la fuerza institucional e intelectual de la orden que este cónclave lo organizaran en exclusiva los dominicos) donde se debatía la cuestión de los "naturales" de las Indias. La polémica radicaba sobre si los indígenas del Nuevo Mundo eran sujetos de derecho que no debían ser conquistados o evangelizados por la fuerza (como sostenía el ardiente defensor de los "indios" Bartolomé de las Casas) o eran en cambio una raza inferior que, según algunos, debía ser conquistada o convertida por cualquier medio (argumento que esgrimía Juan Ginés de Sepúlveda). Ésta, por supuesto, es una simplificación muy amplia, pues había toda una serie de matizaciones entre las posturas de los miembros de ambos bandos -además de cuestiones que no podían ser debatidas porque el Papa ya se había pronunciado al respecto- en aspectos relacionados con "la guerra justa", los derechos de los indígenas o la potestad del Papa y el emperador para repartirse el mundo a su conveniencia como habían hecho en el Tratado de Tordesillas. En ese sentido, Domingo de Soto (que venía en representación de la escuela de Salamanca y aportaba en parte el punto de vista de Francisco de Vitoria a pesar de que este último no se hallara presente) fue clave en defender la ponencia de Bartolomé de las Casas, aportando argumentos a favor de que la cultura indígena no era necesariamente inferior a otras culturas conocidas, ni tampoco a pasadas civilizaciones europeas. En ese sentido, la labor de Domingo de Soto al exponer de que "indios" y europeos eran iguales en su humanidad, y también en derechos, fue de gran importancia en el transcurso del debate. La discusión, tras dos años de duración de la Junta de Valladolid, terminó sin conclusiones finales, y sólo un tiempo más tarde se retomó un intento de resumen que dictaminó algo muy parecido al clásico: "todos tienen razón y son muy listos, gracias por participar". Aún así, el debate no cayó en saco roto, pues la dialéctica sirvió para modificar las políticas españolas respecto a la conquista de América, y salvaguardar así una cierta protección de los indígenas, a pesar de que todos sepamos que entre lo que dice la ley y lo que se aplica (o del dicho al hecho) hay y hubo bastante trecho. Aún así, que hace quinientos años hubiera una discusión de tanto calado sobre términos que (desgraciadamente, hoy en día) nos parecen tan modernos, es digno de elogio, y uno de los pocos momentos en que España se ha mostrado más avanzada socialmente respecto a sus naciones vecinas.

Domingo de Soto, además, se dedicó a otras tareas. Fue confesor de Carlos V; escribió y comentó varios libros en torno a la filosofía, la teología, el derecho o la economía (la escuela de Salamanca favoreció un primitivo "liberalismo" económico desarrollado durante el Renacimiento, época que vio alumbrar los primeros pasos del capitalismo frente al feudalismo medieval; no obstante, esta escuela hablaba de conceptos como el "precio justo", y por lo visto Domingo de Soto llegó a recomendar algunas intervenciones en precios). Por otro lado, y ante la imposibilidad de que Francisco de Vitoria acudiera a la cita, fue uno de los representantes españoles en el Concilio de Trento. La verdad es que éste no sea probablemente el momento más luminoso de la Historia de España (conocida es la teoría de Pérez-Reverte acerca de que es el instante más oscuro de nuestras crónicas, y el que marca toda nuestra aciaga evolución posterior), pero algunos autores esgrimen, en favor de Domingo de Soto, que era gran defensor de una auténtica reforma de la Iglesia desde dentro, y quizás fueron estas exigencias las que motivaron que no se le convocara para la segunda parte de este concilio. Por otro lado, Domingo de Soto tuvo sus enemigos, no sólo entre miembros del propio concilio que se mostraron intolerantes frente a las opiniones de sus compañeros, sino con miembros del clero ligados a la corte. De hecho, Domingo de Soto se quejaba de la poca atención que prestaba Carlos V a los "negociantes pobres" que se presentaban ante él, en contraste con el trato que concedía a los "grandes" de España y otros países. El dominico también alberga un capítulo oscuro de su carrera en el hecho de que se le encomendó la labor de redactar una lista de libros prohibidos, aunque, a la postre, no se sabe realmente cuál fue su intervención en dicha lista, pues parece que el Papa de por aquel entonces (un firme combatiente de la Reforma) se tomó el asunto de manera muy personal y quizás metió mucha más mano de la que reflejan las crónicas.

Aparte de todo esto, Domingo de Soto tiene el honor de haber intervenido en una importante cuestión científica, que fue la cuestión inicial que me llamó a escribir sobre él: fue el primero que describió que los cuerpos, cuando caen de manera libre, lo hacen a una aceleración constante independientemente de su masa (básicamente, describió la forma en que actúa la gravedad en la Tierra), 50 años antes de que lo hiciera Galileo con sus legendarios -aunque no se sabe si realmente relevantes- experimentos en la Torre de Pisa. Estos conocimientos fueron claves para el posterior desarrollo de la teoría de la gravitación universal que expuso Isaac Newton. Sin embargo, por razones probablemente del devenir histórico y de la capacidad de influencia, los hallazgos de Domingo de Soto son mucho menos conocidos, en su época y en la nuestra, que los del genio italiano (y por supuesto del inglés).

Cuando Domingo de Soto muere, en Salamanca en 1560, el propio Fray Luis de León lee el sermón laudatorio durante su funeral. Hoy en día, el segoviano puede presumir en su tierra de nacimiento de un centro de enseñanza primaria con su nombre, y también de un campus universitario dependiente de la Universidad de Valladolid. No obstante, para muchas cosas, Domingo de Soto puede ser considerado un salmantino. Y quizás a él le gustaría también ser así recordado.

lunes, 7 de marzo de 2016

Los libros de marzo. Día de la mujer trabajadora: un paseo por mis escritoras favoritas.

Aprovechando que mañana es el día de la Mujer Trabajadora, me centro en la actividad laboral que más me gusta (la de escritor) y, con el objetivo de unirme a otros colectivos que reivindican el infravalorado trabajo llevado a cabo por la mitad de la población mundial -en este caso, en ámbito de la literatura-, realizo un repaso por alguna de mis autoras favoritas y, de paso, sobre el papel de las mujeres en esa máquina de generar sueños que denominamos la palabra escrita:

Mary Shelley. A pesar de que es la obra de su marido, el poeta Percy Shelley, la que se analiza en los estudios formales de literatura inglesa, fue ella la que, durante un juego de relatos improvisados que se desplegaba una noche en la mansión que les alojaba durante sus vacaciones en Suiza (juego en el que también participaba el poeta Lord Byron) tuvo la idea primigenia que más tarde desarrollaría en su ya mítica obra "Frankenstein, o El moderno Prometeo". Una relato que todavía sigue siendo fuente de inspiración para múltiples obras modernas, y que ha sido objeto de imitaciones y homenajes los cuales, sin embargo, no han sido capaces de oscurecer ni una pizca el brillo de la fuente original.

Emilia Pardo Bazán. Una de las pioneras del relato de terror en nuestro país. Ambientadas sus historias en la tenebrosa Galicia rural, las referencias a las leyendas clásicas de su tierra (como la Santa Compaña o el "sacamantecas") se entrecruzan con un más moderno miedo a lo desconocido y al ser humano común corriente que todavía, a pesar de la distancia temporal de ya más de un siglo, provocan al leerlo un estremecimiento de reverencial temor.

Helen Hanff. Aunque, en ese sentido, no sea su actividad literaria la más reconocida, ya hablamos en otra ocasión en este post de su singular amistad epistolar a través del Atlántico con un librero británico y de las repercusiones que ésta tuvo una vez fue conocida por el gran público. Quizás, desde Ana Frank, nunca unos textos que no estaban destinados originariamente para la publicación causaron tanto revuelo. Si os interesa, el libro que recoge esta historia lo podéis encontrar aquí.

Marjane Satrapi. Autora de "Persépolis", un cómic donde describe sus vivencias autobiográficas en un Irán que confió en la revolución, y a quien le devolvieron como recompensa un estado islámico que les gangrenó la vida. Un testimonio impactante para todo aquel que se acerque a él, tanto desde el punto de vista del cómic original como de la bastante fiel versión cinematográfica.

Isabel Allende. No puedo decir que sea un seguidor voraz de los muchos libros escritos por la autora chilena, pero no cabe duda de que "La casa de los espíritus" (una integración del realismo mágico con las vivencias alrededor del ascenso y muerte de su tío segundo, Salvador Allende, derrocado por el golpe de estado de Pinochet) es capaz de desplegarte lo mejor y lo peor tanto desde el terreno de un mundo que bordea la fantasía como del que se acerca a la escalofriante realidad.

Las damas del crimen. Hay una relación muy especial entre el asesinato y la figura de una aparentemente benevolente mujer perpretrándolo desde su máquina de escribir. Todos nos hemos quedado sorprendidos con alguna de las innumerables historias de Agatha Christie, pero otros pueden argumentar que ésta, desde luego, no ha sido la única en acercarse al crimen en la ficción: Patria Highsmith, P.D. James, Donna León, la española Alicia Giménez Bartlett o (desde estilos y géneros radicalmente distintos) una de las mayores exponentes de la reinvención en la literatura sobre vampiros, Ann Rice. Particularmente, de entre ellas, con la que he tenido más contacto es con Patricia Cornwell, autora de las novelas cuya protagonista es la forense Kay Scarpetta.

"Cuentistas". A pesar de que no puedo presumir de haberme acercado la mayor parte de su obra, hay que reconocer que simplemente abrir la ventana a los cuentos de ciertas autoras (como la premio Nobel canadiense Alice Munro, la norteamericana Shirley Jackson o, especialmente, la escritora rusa de fantasía y ciencia ficción Anna Stabironets, cuya antología "Una edad difícil" recomiendo, aunque esta autora también ha hecho incursiones en el campo la novela), sumerge al incauto inmediatamente en la contemplación del abismo. En el apartado patrio, he de confesar que soy un admirador de los perturbadores microrrelatos de Patricia Esteban Erlés. Otros destacan también la labor de la también novelista del sur estadounidense Flannery O'Connor, o de la brasileña Clarice Lispector.

En el apartado de la literatura infantil, múltiples nombres femeninos brillan con luz propia. A la inmortal Gloria Fuertes (a la que muchos reclaman también un hueco en el espacio de la literatura para adultos) se unen nombres como el de la sueca Astrid Lindgren (autora de "Pipi Calzaslargas"), la británica J.K. Rowling (creadora de la serie "Harry Potter"), la alemana Ángela Sommer-Bodenburg (cuya mente ideó las andanzas de "El pequeño vampiro") o la españolas Carmen Martín Gaite y Pilar Mateos ("La bruja Mon"). Algunos, por supuesto, reclamará también las figuras de Ana María Matute, Elvira Lindo, Roser Capdevila, Enid Blyton o la creadora de "Heidi", Johanna Spyri.

Poetisas. Aunque no soy el más aficionado del mundo a la poesía, he de reconocer que me han llamado mucho la atención los versos de Safo de Lesbos. Habrá críticos que os hablarán muy bien (y sin duda con razón) de Sylvia Plath, de Violeta Parra, Rosalía de Castro, Emily Dickinson o muchas otras.

Y, por supuesto, un gran número de autoras que o bien todavía no he leído (tiempo al tiempo) o que, aunque sin duda tienen su mérito, no acaban de entrar en mi particular olimpo -absolutamente subjetivo- de mis favoritas: Harper Lee, Daphne Du Marier, Irene Nemirovsky, Josefina Aldecoa, Jean Marie Auel, Emily y Charlotte Bronte, Jane Austen, Almudena Grandes, Beatrix Potter, Doris Lessing, Simone de Beauvoir, Teresa de Ávila o santa Inés de la Cruz, Matilde Asensi, Dulce Chacón, Virginia Woolf, Margaret Mitchell, Margarite Yourcenar, Carmen Laforet, María Dueñas, Julia Navarro, Kate Morton, Sara Lark, y un largo etcétera.


Por último, pero no por ello menos importante, esta entrada está dedicada a algunas escritoras amigas, que sin duda harán las delicias de muchos de vosotros si os aproximáis a sus obras. Quisiera mencionar a Eva Díaz Riobello (la cual, entre otras cosas, forma parte del grupo de "Las microlocas") y también a Miriam Varela y la poetisa Miriam Villares, a quienes podéis seguir cada trimestre en el fanzine en el que colaboramos junto con nuestro ilustrador de referencia, Edgar Álvarez.

Éstas son las mías, y las que algunos propondrían como suyas. En cuanto a vosotros, ¿qué nombre os llama más la atención de esta lista?¿O cuál creéis que hemos olvidado y no debería faltar? Vuestra opinión es siempre bienvenida, como vuestra atención, cada semana.