lunes, 17 de marzo de 2014

El libro y la historia real de marzo: "84 Charing Cross Road"



La historia, ambientada en el inmediato período después de la Segunda Guerra Mundial, empieza de manera aparentemente sencilla. Helen Hanff es una guionista de televisión norteamericana de no demasiado éxito (a ello contribuye, quizás, que no le gusten nada las historias de ficción) a la que le encanta adquirir libros que ya se ha leído y que le han gustado, y aún más todavía si son antiguos y raros. No obstante, su escaso sueldo no le permite demasiados dispendios en la elaboración de su biblioteca así que, buscando, buscando, encuentra un anuncio de una librería de segunda mano al otro lado del charco, en Londres, donde quizás puedan tener alguno de los títulos que le interesan. El primer intercambio va bien: Helen solicita una serie de libros, éstos les son enviados conforme los encargados de la librería los van consiguiendo, y Helen les entrega el dinero metiendo varios billetes de dólar en el propio sobre de las cartas, ya que no es capaz de aclararse ni con los giros postales ni con el tipo de cambio. Sin embargo, con el paso de las cartas de ida y vuelta, y de los pedidos, va surgiendo una insólita relación, más sorprendente todavía por la contrapuesta personalidad de sus protagonistas.

Aquí Helen Hanff, aquí unos amigos.

Lo más curioso de esta historia es que es real. En un momento determinado, Helen Hanff consideró que quizás alguien podría estar interesado en publicar la relación epistolar que mantenía con sus amigos los libreros de Londres, en forma de artículo, cuento o algo parecido. Para su sorpresa, se convirtió en un libro, fue un éxito inmediato, adaptado más tarde en forma de obra de teatro y de película (con Anne Bancroft y Anthony Hopkins a cargo de los papeles principales, aunque hay que decir que queda bastante pálida en relación con el texto), y se ha transformado, con el paso del tiempo, en una leyenda muy particular de la historia de la literatura, que reportó además a esta irónica y muy particular escritora de ficción mucho más éxito que cualquiera de sus guiones y relatos anteriores. Entretenida, deliciosa, con un irreverente sentido del humor y, sobre todo, muy entrañable, una característica que crece más todavía conforme el lector va haciéndose partícipe conjunto de la complicidad entre los protagonistas. Recomendado para todo aquel que haya pensando alguna vez que uno de sus mejores amigos (el que conoce tus gustos antes que tú mismo) es el librero del barrio. O para quien aspire a que éste llegue a serlo.

No os cuento más porque es mejor simplemente que abráis el libro.

Atentamente, un saludo,

Emilio

Posdata: Aquí una reseña que me encontré meses después, escrita por un amigo, en la que entra en una serie de detalles en las que no me quise meter para que los descubrierais vosotros mismos, pero que si no os habéis animado a leer el libro todavía, y puede servir de estímulo, bienvenido sea. Como refleja "84, Charing Cross Road", la literatura se entiende mejor si es desde la colaboración entre mentes distintas. Hasta nuestro siguiente intercambio epistolar, con cariño, un escritor amigo.

lunes, 10 de marzo de 2014

La historia corta de marzo: Historias del metro (9)

Ésta historia me la contó un pajarito. Os la dejo aquí, tal cual me la entregó. Los buenos regalos hay que tratarlos con cuidado. Un saludo.

Viernes tras viernes, a la hora de comer, de vuelta a casa tras el trabajo, los veo. Están en uno de esos pasillos que ven pasar riadas inconmovibles alternas con periodos de silencio, como un cruce de semáforos. Sentados,  no se los ve, hasta que te preguntas de donde viene la música. Es un hombre el que toca, sentado en un pequeño taburete, con un atril que sujeta pentagramas llenos de líneas para mí indescifrables. Acaricia las cuerdas del violín, nada destacable, suena… afinado. A su lado, una mujer, de su misma edad, o similar, compartiendo arrugas y apenas un metro cuadrado de una estación suburbana. Su esposa, piensas, que le acompaña allá donde va, por amor, por obligación, por no quedarse sola, ¿quién sabe?. Allí están los dos, él ligeramente volteado dando la espalda a su compañera, quien mira con tristeza a los viajeros que pasan. Eso es lo que me transmite, agotamiento, tristeza, pesadumbre, hastío, a pesar de ser capaz de tocar un instrumento difícil, de esgrimir notas y hacerlas volar por encima del rebaño, haciendo que empapen a algunos de los que pasan sin ver. Quizá me gustaría conocer su historia, pero tengo prisa. O me da miedo saberla. 

lunes, 3 de marzo de 2014

El relato de marzo. Cuentos fantásticos (II): "De cómo se genera una historia"

De cómo se genera una historia
(o Historia del tigre y la rosa)

                                    A Munchausen, Swift, Saint-Exupéry, Tim Burton, y otros grandes fabuladores.



La narración, como casi siempre, pues, empieza con una guerra. Y como casi siempre, terminará con la muerte de Williams, a manos de la caballería rusa, dirigida por el cruel e implacable general Ivan Paskevich.

            Pero como casi siempre también, habrá que remontarse a tiempos pretéritos. Para empezar, hay que subrayar que la vida de Sir Fenwick Williams –honrado como Caballero del Imperio Británico después de su muerte- fue ya singular desde el principio. Sólo hay que decir que nació de un manzano, sí señor, un árbol frutal enclavado en sus propiedades de Yorkshire. Su madre se lo encontró colgado de la rama de un inmenso árbol que constituía el mismo centro del enorme jardín, atado por un pequeño tallo que le brotaba desde el ombligo hasta una sección particularmente tierna de la madera. Los científicos de aquel tiempo, en un atisbo de vuelta a las viejas tradiciones del pasado, lo consideraron -a la par que un deslumbrante descubrimiento científico-, un gran presagio de futuro, y auguraron que muchos acontecimientos relevantes nacerían de él, y que cualquier admonición referida a su vida lo relacionaba sin duda con grandes metas. Y lo cierto es que fue así, como pudo demostrar en la feria del condado de Yorkshire, donde consiguió que todo un grupo de animales cantaran a coro, las vacas imitando a los patos, los cerdos a los perros, en fin, todo un espectáculo de dobles tonos del que además (añadió un ganadero de Glasgow entendido en música) cabía destacar que estaba efectuado en do menor. Dado que este muchacho estaba predestinado a acometer grandes gestas, a nadie le extrañó pues que a los dieciocho años cogiera su petate y se marchara a buscar aventuras, recorriendo gran parte del mundo. Hay noticias de él en Australia, en el África Oriental, en el Congo, la Manchuria, y las grandes dunas de Oriente Medio. Durante su periplo, se dice que reclutó a un fantástico ejército, que luego le acompañaría a lo largo de sus viajes y aventuras: esta milicia incluía un ganadero de la Pampa argentina que montaba sobre avestruces y manejaba unas boleadoras que le permitían cazar todo clase de animales salvajes; un chino mandarín que tenía el poder de adivinar el futuro, y también el de viajar de manera mental al pasado; una bella acróbata de circo, descendiente del Dios de los Tigres, famosa por sus acrobacias y por sus irresistibles ojos grises; un flautista, el cual declaraba proceder de Hamelín, quien tenía poder para convencer a casi cualquiera de casi cualquier cosa –incluyendo a animales y plantas, ríos y montañas-, y narraba las más bellas historias que se pudieron escuchar en el mundo; y por último, y no menos importante, un pequeño ejército animal compuestos por un babuino, un perro que apareció en casa de Fenwick el mismo día que el encontraron colgado del árbol (y que se mantenía vivo, y perennemente joven, a pesar de los años), y un camello sobre el que Fenwick se irguió en sus grandes batallas en el desierto, incluida aquella en Kars que le iba a costar la muerte. Tan particular tropa de adeptos lo acompañó inmediatamente en cuanto él ingresó en el ejército de Su Majestad británica, en el que sirvió primero en la Marina y después en la caballería, para acabar siendo conocido, finalmente, como el héroe más grande de todos los tiempos, o al menos, eso opinan los ingleses, que para esta clase de asuntos siempre han sido muy chovinistas.

            ¿Pero qué hecho, qué heroica acción aupó a nuestro hombre a ese umbral que se confunde con el camino entre los dioses y le hace confundirse con la leyenda? A pesar de las múltiples historias que se relatan sobre él –como la vez en que empezó a barrer, y encontró todo un pueblo bajo el desierto, cuyos habitantes todavía continuaban moviéndose, después de haber estado sumergidos, respirando bajo las arenas, durante todos esos años; o como cuando se pasó cuarenta días y cuarenta noches conversando con Buda en la cima del Everest, volviendo luego sin más y preguntando, “¿Qué, cuándo almorzamos? Este par de horas de charla me ha abierto un poco el apetito”; o cuando él y su formidable ejército salvaron a una tribu africana de sus invasores británicos, acción que él ciertamente siempre negó y que sin no obstante es la más que probable causa de que, a pesar de sus hazañas, no le ascienda de capitán ni tampoco le dirija nunca una misiva la Reina-, en realidad, el más afamado de los relatos ha sido aquél que ha rodeado a su muerte, en la cual, ante el temible cerco que los soldados rusos imponían a Kars, consiguió llegar al corazón de todo un grupo de soldados turcos, los cuales, siguiendo a un hombre de rostro pálido y sedosos cabellos rubios como si del más heroico de sus antiguos profetas se tratase, se lanzaron junto a él en una carga sin límites –no confundir con la reflejada por Elizabeth Thompson en su célebre lienzo Bakalava, más tarde representada en el cine con el título de La última carga de la brigada ligera-, en la cual estuvieron a punto de desmembrar por completo a todo el ejército ruso; no obstante, aquí no contaron con la traición de alguien, un cuervo, de malvado nombre Galois, el cual avisó al general Paskevich del ataque, y consiguió preparar sus fuerzas, disminuyendo así el daño, y obteniendo la muerte del capitán Williams. Fenwick fue enterrado con todos los honores militares, siguiendo el mismo procedimiento que habían seguido los mongoles con la tumba de Gengis Khan, pero en este caso por parte de los turcos. Sin embargo, su último acto de heroísmo no fue en vano, ya que el ejército ruso quedó tan desmoralizado ante las bajas recibidas –y la muerte de tan gran hombre-, que el pueblo de Kars encontró fuerzas para resistir lo suficiente hasta que llegaron los aliados. Desde entonces, el Imperio Británico, pese al tremendo rechazo de la Reina y sus herederos siguientes, organiza unos actos de conmemoración todos los años, el mismo día de la muerte de Williams, para recordar a tan grande líder como dio la patria, y honrar el nombre de aquel que, con tanto orgullo, todavía insufla ánimos a los corazones de cualquier componente de la infantería o la armada británicas.

            Claro que todo esto, por supuesto, se trata de una leyenda. A principios de 1921, entre los historiadores europeos, y después de una larga discusión sobre el tema, unos cuantos principios generales estaban claros: sí, efectivamente, el capitán Fenwick Williams era un héroe, nadie lo negaba, pero tampoco podíamos sustraernos como colegiales a toda la historia, y creernos a pies juntillas esas enormes fabulaciones acerca de pueblos enterrados bajo la arena o lluvias de diamante a la luz de la luna. Era obvio que el capitán Fenwick Williams había desempeñado un gran papel en la guerra de Crimea, y como tal habíamos de tratarle, sin falsos ídolos ni becerros de oro, por mucho que éstos fueran populares entre la multitud, y resúmenes de las aventuras de Williams circularan por todas las librerías de Europa. Y eso mismo pensaba Cyrus Steinbeck, autor de una de las últimas revisiones sobre el tema. Pero una nueva revelación, que nadie buscó, y que sin embargo apareció súbitamente ante sus ojos, iba a desbaratar todo el entramado de medias mentiras y suposiciones que los historiadores tenían ante sus ojos y que apenas se atrevían a contemplar. Y esta revelación apareció, como casi siempre, por la más absoluta de las casualidades.

            Todo empezó por un circo.

            Y es que Cyrus Steinbeck tenía un hijo, y quiso llevarlo un día al circo que recientemente había llegado a la ciudad. Steinbeck y su hijo asistieron con agrado a la actuación de tigres, elefantes, leones, payasos, hasta que finalmente, en el número de acrobacia, el presentador anunció que el peligroso número que iban a ejecutar había sido mostrado con éxito en París, Berlín, Bangladesh, Calcuta, e incluso en la representación de Kars, con los disparos de los cañones rusos por encima de las cabezas de los artistas. Rápidamente, y al escuchar el nombre de la ciudad turca, a Steinbeck se le encendió una bombilla en la cabeza, y fue a preguntar al director del circo sobre si la última frase se trataba de una fanfarronada de cara a la galería. El director juró solemnemente que lo que había declarado segundos antes en el escenario se trataba una verdad como un templo, y se mostró orgulloso de demostrarlo con un recorte de periódico –por supuesto, escrito en turco-, de la época, el cual mostraba, para asombro de Steinbeck, a una bellísima dama, de rasgos claramente felinos, y unos magnéticos, incandescentes, irresistiblemente atrayentes ojos grises…

            Rápidamente, Steinbeck se propuso averiguar más sobre esa mujer. Tuvo que rebuscar, para alegría de su hijo –al que los componentes de la compañía le abrieron todas las puertas, salvo la de los leones-, entre el azaroso sistema de archivos del circo (de hecho, se encontró una bomba fétida en la F), hasta finalmente encontrar el contrato de una mujer, Elsa Viscento, de ascendencia italiana, que trabajó para el circo durante una época que incluía la Guerra de Crimea. Steinbeck comprobó que ya no podía extraer nada más de aquí, le agradeció su colaboración al dueño del circo, y finalmente, volvió a su casa. Pero mientras lo hacía, no pudo evitar pensar que había muchas reflexiones posibles detrás del hecho de que una de las componentes de la mitológica armada de Fenwick Williams hubiera acabado por convertirse en un personaje real. Y esto le hizo tener dos ideas: por un lado, releer aquella famosa frase de Armentocles: “No te fíes de nada, salvo de lo que huelan tus ojos”; y segundo, sacar un billete para Turquía, lo antes posible, para averiguar más cosas sobre un misterio que comenzaba a serlo cada vez más.

            Efectivamente, marchó a una Turquía desmembrada tras la caída del Imperio Otomano, y bajo un nuevo sol de reformas emprendido por Kamal Atartuk. La llegada a la ciudad de Kars no fue difícil, tampoco fue difícil (en una época en la que se acogía favorablemente a eruditos occidentales) conseguir acceso a los archivos de la ciudad. Fue algo más complicado tener que indagar, preguntarle a los vecinos, rebuscar en cada restaurante, en cada contenedor de basura, en interrogatorios que le llevaban a oscuros callejones, a pretéritas y deformadas leyendas urbanas, a la memoria de aquellos ancianos que recordaban la guerra como el patio de juegos que les tocó en aquella época en que eran niños. Pero sin duda lo más complejo, lo auténticamente difícil de asumir, fue aceptar algunas de las realidades que se le fueron presentando, y que no tenían nada que ver con los hechos preconcebidos que su mente había albergado hasta entonces, y que incluso había llegado a publicar. Entre ellos, encontrar a algunos de los miembros del particular ejército de Fenwick Williams: el argentino del avestruz y las bolas giratorias era en realidad un vendedor de antigüedades que almacenaba entre sus tesoros dibujos de exóticos animales; el chino mandarín que adivinaba pasado y futuro era una especie de timador local, mafioso y bandido a tiempo parcial; el babuino y el camello viajaron junto con el circo que se trajo a Elsa Viscento, y lo más curioso de todo es que muchos testigos declaraban que los cotilleos de aquellos tiempos apuntaban a que el joven coleccionista de antigüedades era el amante de la trapecista, y que el chino de mirada torva simuló un espectáculo una vez, con el objeto de ganar algunas monedas, en el interior de la carpa del circo. Poco a poco, esa realidad escondida, esos personajes que se iban volviendo vivos conforme Steinbeck oía hablar de ellos, comenzaban a salir a la luz, y a superponerse al mismo tiempo con esa otra realidad, la auténtica por mucho más conocida, que se estaba fraguando en otro tiempo y ese mismo lugar, hasta acabar desplazando a los personajes originales. Hasta la misma lógica se le volvió en contra a nuestro investigador, cuando descubrió en una aparentemente intrascendencia comprobación de los archivos, que Iván Paskevich, el mítico y sanguinario general ruso que tanta crueldad desplegó sobre los integrantes de la última carga de Williams, nunca combatió en la guerra de Crimea: su guerra había sido distinta, en 1828, cuando cercó eso sí la ciudad de Kars, comportándose como un auténtico caballero, perdonando a sus enemigos, y procurando que el número de víctimas civiles se redujera al máximo. Steinbeck pudo contemplar, observando daguerrotipos de la época, que su aspecto físico no difería en absoluto de aquél que la narración tradicional le atribuía, amplios y poblados bigotes castaños, sombrero y ropajes absolutamente negros. Pero lo que a nuestro hombre más le impactó, lo que le dejó absolutamente alucinado, fue el comprobar, tras esa última revelación que le había hecho dudar de todo, que entre los oficiales de la guarnición de Kars en aquellos días, no había ni un solo hombre cuyo nombre respondiera al de Fenwick Williams.

            Algo pasaba, desde luego, y ese algo era grave. Buscó, buscó y remiró, llamó a sus colegas; no les dijo muy bien lo que pasaba, uno no puede negar a estas alturas que un personaje histórico existe, sería una insensatez, sería negar Napoleón, Gibraltar, Troya, el suelo que pisas. Pero efectivamente, y por más que lo miraba, no había ningún Fenwick Williams. Entonces, en aquel juego de personajes trasvestidos y transformados, decidió jugar también a su juego; y buscando entre los nombres no sólo de los oficiales, también de los soldados rasos, no encontró ningún Fenwick, pero sí un Guillaume Fenebécque.

            La similitud del nombre, aún en francés, era demasiado hermosa para ser una casualidad. Steinbeck comenzó a investigar con el objetivo de obtener más datos sobre este asunto. Y lo que encontró, fue todo lo contrario de lo que esperó ponerse a buscar.

            Fenebécque, en palabras de un hombre que lo conoció en su juventud, era el perro más vil y sarnoso que podría haber nacido del interior de las entrañas de Francia. Criado en un barrio portuario de Marsella, su niñez conoció el pillaje y la picaresca a partes iguales. Implicado en un par de delitos menores, conocida su afición por la bebida y las mujeres, no encontró otra solución que alistarse en la legión imperial francesa, en concreto en al decimonovena, que fue la que le llevó a Kars. Allí, siguió cultivando sus viejas aficiones: un gusto desmedido por las juergas, y un aire mujeriego que le acompañaría allá donde fuera, con su abrigo de soldado y su cetme sobre el hombro, guiñando levemente el ojo izquierdo (un gesto por lo visto muy característico), sonriendo por un lado al contemplar la figura de una bella mujer. Fue muy aficionado, durante su estancia en Kars, a las representaciones del Circo Mundial, probablemente por la presencia de Elsa, aunque los testigos de los hechos no se ponían de acuerdo en si había manifestado interés por alguna más de las actividades del espectáculo. Steinbeck los tenía a todos encima de la mesa, e interaccionando en el pasado, Fenebecqué, Elsa, el chino, el argentino, el mono… Incluso el cuervo Galois pareció brotar vida de entre lo más recóndito del simbolismo de la historia: a mediados de 1855, Fenebécque fue expulsado durante seis días del ejército, e impuesta una fuerte multa, debido a un comportamiento indebido en un indudable estado de embriaguez. El comandante de la guarnición francesa era Dominique Lecoq, un hombre íntegro, honesto, de conducta familiar intachable, y cuyo apellido (equivalente en nuestra lengua a “El Gallo”, animal símbolo a su vez de la nacionalidad gala), le señalaba inequívocamente a aquel cuervo traidor que, como Iván Paskevich, era todo lo contrario que había constituido su origen en una realidad alterantiva, pero a Fenebécque, por supuesto, herido en su amor propio, probablemente no se lo pareciera. Ahora bien, se preguntó Steinbeck, si Fenebécque era entonces un tramposo, un buscavidades, un antihéroe en definitiva, ¿quién había realizado aquella carga en el último canto de cisne de la ciudad de Kars –pues ésta, finalmente, y a pesar de la leyenda, había caído a manos de los rusos-, quien protagonizaba la leyenda que ahora se le atribuía a Williams? A Steinbeck le costó mucho averiguarlo, tuvo que adentrarse en el desierto con los ojos vendados para ser dirigido por los pocos receptivos bereberes, recelosos todavía del hombre blanco y sus barbarismos. No obstante, el esfuerzo fructificó en los resultados apetecidos: el hombre que dirigió la carga de la caballería era, obviamente, como era lógico, un turco, Ahmed al-Sihri, el cual consiguió convencerlos de que un último esfuerzo frente a los rusos era posible, y en contra de la opinión de los superiores militares de Kars –rendidos ya a su suerte, y a la alternativa entregar a la población de pies y manos ante el enemigo-, se lanzó a una última acometida, que si bien terminó en fracaso (con la mayoría de sus líderes, incluido al-Sihri, muertos), convenció a los rusos de que no iba a ser tan fácil tomar Kars, y les urgió a firmar un acuerdo de paz lo más pronto y con las menos víctimas mortales posibles, mucho más favorable a los intereses de la ciudad turca que lo hubiera sido sin mediar esa carga. Pero lo sorprendente, lo auténticamente emocionante, fue lo que encontró Steinbeck al comparar las dos fotografías que representaban las dos caras del héroe, al-Sihri y Fenebécque… Y es que descubrió que sus rostros eran iguales.

            Todo cuajaba, todo terminaba de encajar. Tanto Fenebécque como el turco coincidían en protagonizar extrañas desapariciones durante temporadas enteras las cuales coincidían con el protagonismo del otro en un ambiente radicalmente distinto. Allí, en el interior de la ciudad de Kars, como el miembro más inferior de la guarnición francesa, Fenebécque se entregaba a sus mujeríos y sus escándalos, a sus amores de puerto en puerto y a poner pies en polvorosa en cuanto Lecoq amenazaba con convocarle un consejo de guerra: allá afuera, con los bereberes, al-Sihri era un hombre sereno y valeroso, capaz de arrastrar a decenas de hombres hasta el mismo infierno, de fidelidad inquebrantable por una sola mujer, Azahara Bderibi, de cuyo amor proverbial  hubo durante años leyendas… Dos caras, efectivamente, un solo hombre, un mito, un hombre que se reconvirtió a sí mismo, y se transformó en otra persona, y finalmente ambos, habían quedado, por la fuerza de la literatura, convertidos en héroes de un país extranjero, xenófobo hasta cierto punto, que se vanagloriaba de las raíces camperas de su héroe de Yorkshire, y que nunca hubiera rendido tributo a un turco, mucho menos a un francés. Qué astucia, meditó Steinbeck, qué tremenda ironía. Fenebécque llegó a Turquía como soldado francés, se convirtió, durante ese tiempo, en algún momento y Alá sabe cómo, en al-Sihri, murió como tal –sus compañeros franceses creían que ese hombre que murió como un héroe había desertado-, y veinte años más tarde, cuando toda la historia había sido olvidada (o había empezado a fermentar como leyenda, poco a poco, igual que un buen vino que necesita tiempo para madurar), apareció la primera edición de las aventuras de Williams, todavía muy primitiva en cuanto a elaboradas historias –iría creciendo, como los rumores, como las bolas de nieve que se arrastran, con el paso del tiempo-, como un pequeño librito en una pequeña editorial de Baviera, a cargo de un desconocido, de nombre perdido, escritor que decía provenir de Hamelín… ¿De quién fue la idea, se preguntaba Steinbeck?¿Fue un flautista inadvertido, que pasaba por allí, y se enteró de la evolución, tal vez entró en contacto con toda esa gente, con el soldado, la trapecista, el argentino, el mafioso, y decidió ponerles a todos en contacto, y como en un cuento de hadas en el que los niños de la fiesta de cumpleaños son los protagonistas, transportarles a un entorno mágico donde librarles a todos de la mediocridad?¿O fue idea de Fenebécque, el, ya que de paso trataba de crearse a sí mismo una nueva identidad, quizás tratando de salir de la suya pasado propia que tanto le avergonzaba, convertirse en un héroe, hacer feliz y verdaderamente feliz a una sola mujer –una vez llegados a este punto, podemos incluso sopesar la posibilidad de que Fenebécque tal vez considerara adoptar esta nueva vida en el campo enemigo, convirtiéndose en un sencillo campesino ruso: pero bien es sabido que Fenebécque sentía una especial debilidad por las mujeres de origen exótico- quien decidió hacer un último esfuerzo, consagrándose definitivamente y limpiando su nombre de cara a la leyenda? Fenebécque no sobrevivirá, pensaría, pero sí lo hará Williams. Quién sabe. En todo caso, la leyenda había fraguado, a la gente poco le importó que Kars la ganaran los rusos, total, ellos habían perdido la guerra, ¿quién les iba a creer? Además, era una historia tan hermosa, el heroísmo, la aventura, el absurdo, lo extraordinario, la fantasía, ¿a quién le importaba que no fuera realidad?, o como respondió Dumas: “Sí, es verdad, violo la Historia… Pero hago con ella hermosas criaturas”. Aunque quizás lo más hermoso, lo más poético, fue lo que Steinbeck se encontró a continuación.

            El árbol. El hermoso manzano que gobernaba la mansión de los Williams, aquel del cual según la leyenda nació el propio Williams para asombro y orgullo de sus conciudadanos… Un árbol, muy similar, en gallardía y permanecencia, al centenario abedul que coronaba la mansión familiar de Iván Paskevich, su declarado enemigo mortal, el cual solía pasearse por su jardín todas las mañanas aspirando el olor de las rosas…

            Steinbeck fue hacia allí. Contempló las poderosas ramas del abedul, que todavía perdura: y se imaginó, en esas mismas circunstancias, a Ahmed al-Sihri, antes conocido como Fenebécque, formando parte de las delegaciones de paz en representación de la parte turca, mientras que su homólogo francés, que tenía que aguantar a este beduino porque era la única voz que obedecían los incontrolables hombres del desierto, no se sospechaba que ese mismo hombre estaba, por derecho, varios escalafones por debajo de su propio rango, pesándole todavía un juramento de obediencia. Y se imaginó a al-Sihri contemplando los daguerrotipos de Iván Paskevich, con el militar apoyándose sobre su árbol o jugando justo al lado de su perro, un perro joven, valiente y fiero, fiel hasta la médula a su amo, el cual ya había muerto hace tiempo, pero cuyos hijos, ya viejos, correteaban junto a los nietos de Paskevich alrededor del centenario abedul. Y entonces tal vez al-Sihri, o mejor dicho, Guillaume Fenebécque, se dijo a sí mismo, <<yo quisiera ser así, yo quiero esto para mí>>, y tomó los atributos y los abalorios de su enemigo, honrándole de esta manera, aunque en la historia entendida como narrativa, apareciera como un cruel y salvaje villano…

            Un hombre, una transformación. Un don nadie sin vergüenza ni moral, de quien nadie reclamaría su cuerpo en Francia, a quien nadie añoraría, solo en este mundo, descartado por sus compañeros… y que se convirtió, más adelante, en un hombre que se enamoró y que fue amado terriblemente por una sola mujer, a la que quiso más que nada en este mundo, que encontró a sus amigos en gente nacida a miles de kilómetros de su hogar y que acabó por ser recordado como un ejemplo, como un héroe, como el hombre cuyas historias tanta felicidad aportaron a miles de niños en sus noches leyendo a escondidas bajo la sábana en la oscuridad, a lo largo de generaciones de los mismos…

            Fenebécque había creado su propia leyenda. No le gustó su vida, la reinventó, y consiguió, más aún, que la gente le creyera. Lo que no podía conseguir Guillaume Fenebécque, a quienes sus compañeros no creían ni una palabra, lo pudieron lograr unos cuantos historiadores ingleses (¡quién hubiera dicho que a través de ellos hubieran oído hablar de su compatriota los franceses!), y un desconocido escritor de Hamelín. Y de esa manera, además, consiguió que sobrevivieran unos cuantos: una trapecista bellísima nunca dejó de ser joven. Un perro leal que siguió acompañando a su dueño. Un vendedor de antigüedades, que observó cómo sus sueños se hacían bruscamente realidad…

            Verdad, ficción, fábula, historia… Steinbeck se encontraba todavía demasiado cerca (aunque ya empezaba a intuirlo) para entender hasta qué medida su propio viaje le había transformado. Cómo fue capaz de apreciar una leyenda que, meses atrás, le hubiera enardecido debido a la enorme distorsión de los hechos que suponía con respecto a la Historia original… Y ahora, sin embargo…

            Steinbeck lo redactó todo: se sentaba sobre de su sillón en Yorkshire, tras haber comprado la propiedad que en su día se dice perteneció a los padres de Williams. Ahora él sabía que no fue así. Recostado en ese sillón, contemplando el fuego de la chimenea, repasaba sus cuadernos, y fijaba su vista en cada uno de los rincones de un personaje que, tan vivo como Sherlock Holmes y el Rey Arturo, sin embargo, probablemente como ellos, nunca lo fue…

            Steinbeck se levantó, y arrojó todas sus notas a las llamas.

            Mientras lo hacía, le pareció que alguien, con el pelo rubio y sedoso, y galones de capitán en hombros, le contemplaba agradecido, y un hombre moreno y bajito, de belleza dudosa, con el cetme en el hombro y un guiño en un ojo, también sonrió.

lunes, 17 de febrero de 2014

El libro y la historia real de febrero: "Vida de las musas", y musas para vivirlas.

He leído hace poco "Vida de las musas", de Francine Prose; un libro muy estimulante en el que se detallan algunas de las relaciones más sugerentes entre artistas y sus musas a lo largo de los últimos siglos. El texto, aunque realiza una breve introducción general al concepto de "musa", se centra especialmente en nueve parejas, un número escogido seguramente porque nueve fueron las musas de la antigüedad. De ellas, me han resultado particularmente enriquecedores las informaciones acerca de las parejas Alice Liddell-Lewis Carroll (la musa y el autor, respectivamente, de "Alicia en el país de las maravillas" y "Alicia a través del espejo"; de hecho, en mi opinión, la historia entre Carroll y la Alicia de verdad tiene más jugo que los propios libros), el dúo Lizzie Siddal-Gabriel Dante-Rosetti, y los sucesivos encuentros de Lou-Andreas Salomé con Nietzsche, Paul Reé y Sigmund Freud. Sin embargo, el libro también se centra en la musa del baile Suzanne Farrell, en la musa y fotógrafa Lee Miller, en Hester Thrale, en Charis Weston, Gala Dalí o la famosa Yoko Ono, por si alguno se encuentra interesado. No obstante, he de confesar que algo me fallaba en este libro y es que, del inmenso número de musas que hay disponibles (por tanto, entiendo la dificultad de hacer una selección), algunas ausencias me resultaban especialmente dolorosas. Éstas que nombro a continuación son las que me parecen más llamativas, y que sirven de homenaje a las musas del mundo, una figura sin la cual (y esto lo digo también en mi experiencia personal como escritor) lo que los autores elucubramos sería mucho más aburrido. Dedicado a mi musa actual -sin quien no me vendrían a la mente las más delirantes de mis ideas, muchas de las cuales son directamente suyas-, algunos artistas y musas que creo que merecen ser destacados y, como mínimo, brevemente expuesto/as:
  • Dante Alghieri y (suspiro) Beatriz: arquetipo por excelencia de los binomios artista-musa, el libro de Francine Prose les menciona, aunque no hace especial hincapié en sus biografías. Dante conoce a Beatriz cuando ambos tienen nueve años, y aunque no llega a hablar con ella, se enamora perdidamente, idealizándola y haciéndola objeto de toda su poesía. A pesar de no llegar a conocerla en profundidad, su temprana muerte a los veinticuatro años le sume en una profunda angustia y dolor. Se convirtió en el ejemplo perfecto de amor platónico, inmortalizado para siempre por la inclusión de Beatriz en la Divina Comedia de Dante, una obra tan significativa en Italia que el toscano (el dialecto en el que fue escrita) se convirtió en la forma canónica de la lengua italiana porque éste era el único libro que podían presumir de leer todos.
  • Kiki de Montparnasse: Francine Prose toca su figura al hablar de Man Ray, pero elige a Lee Miller como la musa que desarrollar al mencionar a este último (bien se sabe que tanto las musas como los artistas pueden cambiar a lo largo de la vida, y más cuando se trata de almas y corazones bohemios y está relacionado también con eventos románticos). Este hecho se debe seguramente a que Prose pretende utilizar cada ejemplo concreto para mostrar un subtipo particular de musa, y en el caso de Miller, se trata del arquetipo perfecto de fuente de inspiración que luego asimismo se convierte en artista y es capaz en muchos aspectos de superar al individuo al que inicialmente estimuló a crear (y las andanzas de Miller, desde luego, dan para toda una historia). No obstante, es curioso constatar que la obra más conocida del fotógrafo y pintor Man Ray se basó precisamente en Kiki (imagen de abajo, extraída de aquí), sobrenombre para la mujer que vino el mundo siendo conocida originariamente como Alice Prin. Kiki fue la exponente más visible del activo foco cultural de entreguerras localizado en el barrio de Montparnasse en París, exponiendo su cuerpo y su ingenio a artistas bohemios y en su mayoría muertos de hambre como Modigliani o Chagall, o a estrellas de renombre como el director de cine Sergei Eisenstein. Parecía que en se sentía a gusto en ese ambiente que combinaba poesía, amor, sexo, desinhibición, cultura a raudales, libertad, un cierto punto de tristeza, bastante pobreza y toneladas de alcohol, que lo mismo empezaba en a casa de Gertrude Stein que terminaba con una resaca del copón en un antro de mala muerte o tal vez de vez en cuando en la cama de alguien. Fue declarada reina de Montparnasse por una multitud enfebrecida (la cual incluía a artistas, algún ministro y un animado populacho), la cual la llevó en volandas y escuchó arrebolada sus canciones mientras le lanzaban gritos de elogio y prorrumpían en expresiones de amor. Para que nos hagamos una idea de la dimensión que alcanzó Kiki, fue Ernest Hemingway en persona quien prologó la versión americana de su libro de memorias, y ha pasado al imaginario colectivo como una de las grandes mujeres que combinaron su presencia en el arte o la alta política junto con la "buena vida" en los cabarets y salas de fiesta de la primera mitad del siglo XX, siendo sólo comparable con las figuras no menos arrebatadoras y enigmáticas de la presunta espía Mata Hari y la afamada bailarina Josephine Baker. No obstante, el tiempo pasa, Montparnasse perdió su color, y Kiki también su estrella. La Segunda Guerra Mundial hizo desaparecer el embrujo inigualable que se alcanzó en aquellas calles, dispersando a los montparnassianos por todo el mundo, y Kiki, tras varias muertes y resurrecciones en su carrera (incluyendo acabar en la ruina tras regentar su propio cabaret), acabó desplomándose moribunda sobre la acera del que siempre fue su barrio en 1953, tras agonizar durante un largo período mientras pasaba el día entre café y café cantando viejas canciones que nadie recordaba y pidiendo monedas para un platillo cada vez más vacío. Pero tal vez no era ya su barrio. Quizás podría decirse, observando a Kiki, que las musas son como las hadas. De ellas emana una atmósfera, un estado de ánimo que es proclive para la creación, pero como la Campanilla de Peter Pan, tienen un particular punto débil, y en eso se parecen a la musa de La vida interior de Martin Frost, dirigida por Paul Auster: sólo siguen siendo musas mientras las tratas bien y crees en ellas. Kiki participó en hasta ocho películas, posó para infinidad de retratos de distintos artistas (y también pintó algunos), y recientemente se ha escrito una novela gráfica basada en su vida y también un corto que despliega con gran originalidad la sección más brillante de su biografía. Lo que queda de ella, en la vida real, es un barrio de Montparnasse que ahora representa a una vanguardia artística mucho más adinerada y por tanto ha perdido todo su espíritu, y es en cambio en la zona de Montmartre donde, para alguien que visita París, cabe decirse con sinceridad que es posible que llegue a ocurrir cualquier cosa. Y si no os lo creéis, os recomiendo que os paséis por allí y os atreváis a probar. Un par de amigas y yo, junto con una entusiasta anfitriona griega, podemos dar fe de ello.
  • Camille Claudel: Las relaciones entre los artistas siempre son problemáticas. Y más cuando a una de ellas, por ser la mujer y la alumna, le es negado sistemáticamente todo su talento, incluso aunque el propio Rodin dijera de Camille que él la enseñó, pero que todo lo que ella lograra de manera independiente era mérito de sí misma. Camille, además, no llevó bien las infidelidades de Rodin mientras estuvieron juntos, y que éste se negara a dejar a su amante Rose Beuret, angustia que Camille plasmó en la trágica escultura "La edad madura", donde una presencia maquiavélica que representa a Beuret arranca al amado de los brazos de una desgarradora figura que viene a representar el alma atormentada de Claudel. Con el tiempo, la situación de Camille fue a peor, obsesionándose con que Rodin conspiraba con medio mundo con el único propósito de hundir su carrera (¿paranoia o lucidez?), y la mayor parte de su familia la consideró inestable mentalmente. ¿Era esto último verdad? Bueno, es difícil de dilucidar, y más con el paso del tiempo, sobre todo teniendo en cuenta que, como expuso Chejov, la locura de una persona se mide por la demencia de la sociedad en la que habita. Lo cierto es que tras la muerte de su padre -prácticamente su único protector- y con su hermano el poeta Paul Claudel muy lejos, Claudel fue internada durante treinta años en un manicomio. La pasión de Camille Claudel y, más recientemente, Camille Claudel, 1915, han reflejado en el cine su desesperante agonía. Aunque para eso nos siguen quedando sus esculturas y algunos de los retratos de su rostro, además de la sensación que podemos imaginar debía quedarle a Camille al contemplar los bocetos y estatuas de tantas mujeres desnudas elaborados por Rodin. De todas aquellas mujeres que casi nunca eran ella.
  • El cine y las musas únicas: Seguramente pocas historias de amor han sido tan plasmadas en el cine como la de Roberto Benigni y Nicoletta Brasci. Hasta en 8 películas ha aparecido la actriz en las películas del actor y director, incluyendo las dos más conocidas para el público, La vida es bella y El tigre y la nieve, donde Benigni se pasa medio film literalmente persiguiéndola. Aunque en este sentido, la relación que cinematográficamente se ha hecho más afamada ha sido la de Federico Fellini y Giulietta Masina, ya que esta última participó en cuatro películas dirigidas por su marido, pasando a la historia especialmente por dos (La Strada y Las noches de Cabiria), las cuales inunda completamente con su hipnótica y enternecedora presencia.                     

    Giulietta Masina, en un cartel de "La Strada", compatiendo protagonismo con Anthony Quinn. La película está dirigida por Federico Fellini. Imagen extraída de Wikicommons en Wikipedia.
  • El cine y las musas múltiples: George Cukor, Woody Allen y Pedro Almodóvar son tres directores de cine de épocas y estilos diferentes, pero con unas cuantas características comunes. Los tres han representado la cima del cine y de la intelectualidad de sus países, aunque a los tres se les ha dado mejor cuando se han involucrado en un género tan menospreciado a veces como la comedia. Los tres han dirigido a un gran número de impresionantes actores, especialmente mujeres (Cukor, de hecho, construyó "The women", con la particular de que en toda la película no se ve ni a un solo individuo varón), y los tres, de entre todas las mujeres con las que han trabajado, han tenido un contado número de grandes musas (Ingrid Bergman en el caso de Cukor; Mia Farrow, Diane Keaton y Scarlett Johansson en el caso de Allen, y Carmen Maura, Victoria Abril y Penélope Cruz para Almodóvar), aunque se dice que Allen tenía una diferencia fundamental con los otros dos: mientras Cukor y Almodóvar eran homosexuales y si acaso adoraban el cuerpo o la personalidad de sus actrices, al Allen heterosexual, además, le enamoran y también le excitan.
  • Margarita: Es curiosa la vida de una mujer cuando crece y es recordada eternamente como la musa de alguien que la conoció cuando era niña. Mientras que en el caso de Alice Liddell esta cuestión está llena de recovecos, Margarita Debayle, procedente de una de las familias más distinguidas de Nicaragua, siempre llevó con orgullo que, cuando ella tenía seis años, y tras pedirle que le escribiera cuentos en verso, Pablo Neruda se inspirara en ella para escribir el conocido poema que lleva su dedicatoria como nombre y que empieza con la frase Margarita, está linda la mar, y el viento lleva esencia sutil de azahar. Así que después de una lista que incluye infidelidades, rupturas, odios y amargos rencores, es agradable encontrar una musa que nos transmita el mismo mensaje que la película (parcialmente relacionado con este tema) de Ruby Sparks: es importante no sólo tratar bien a las musas no sólo para que nos inspiren sino, sobre todo, para que su brillo nunca se apague y siga iluminando a todos y no sólo a nosotros mismos. Y para ello, el primer requisito es que sean felices, plenas y libres. Únicamente de esta manera podemos lograrlo.
    Pasad una buena semana, y que os acompañen las musas.

jueves, 13 de febrero de 2014

La historia corta de febrero: "Podría llegar el fin del mundo"

Podría llegar hoy el fin del mundo
y la casa sin barrer
y la lista de películas aún con nombres
y las cosas que íbamos a hacer aparcadas eternamente para luego
y libros sin terminar
y sin tiempo para despedir a tanta gente como debemos.
Pero si estás tú por allí, y te puedo coger de la mano,
bueno, después de todo, será el momento adecuado.



Dedicado a mi musa.

miércoles, 5 de febrero de 2014

El relato de febrero: "Porque sabe el diablo más"

Porque sabe el diablo más... 

            Mi hija tiene de novio a un genio malvado.

            Para ser concretos, me ha traído a mi casa al diablo.

            Y no me refiero al diablo, “ese tipo es muy malo, muy malo”, no. Me refiero a Belcebú. A Lucifer. A Satanás. Con cuernos, pezuñas y una cola que cada vez que pasa por el aparador amenaza con tirar un jarrón. Me ha traído a mi casa al mismo demonio. Como se pueden figurar, estoy consternado.

            Cuando me enteré, yo le dije:
-Pero hija, ¿cómo puedes hacerme esto?¿Es que no sabe que en tu casa hemos sido siempre católicos de toda la vida?¿Cómo puedes traernos a ese... a ese ser repugnante a casa?
-Papá, no le llames ser repugnante, yo le quiero... 
-Pero hija, ¿no te acuerdas de cuando, hace un par de años, Belcebú trató de conquistar el mundo? Estuvo a punto de lograrlo, la ONU le declaró persona non grata para el género humano, le acusaron de crímenes de guerra, menos mal que al final desistió a tiempo antes de ocasionar una desgracia...
-Ay, papá, todo eso ya ha pasado. Luci ya es un chico común y corriente, desde que me conoce ya no tiene más ambiciones que la vida familiar. Por decirte que su afición más excitante es apoltronarse en el sillón los domingos por la tarde, en lugar de contentar a su gatita...
-¡Dios mío, hija, ¿cómo puedes hablarme de esas cosas?!¿Cómo puedes practicar el sexo con ese engendro tan terrible?¿Con qué te agarra, con esas pezuñas, con esa cola...?
-Hombre, papá, Luci puede convertirse en un ángel caído de torso musculoso y ricitos dorados en cuanto quiera... Pero a mí la versión que me gusta más particularmente es cuando se disfraza de enano perverso y entonces...
-¡Calla, hija, calla!¡No quiero escucharlo!-protesto y salgo rápidamente de la estancia con las orejas tapadas.
Cuando lo hablé con mi mujer, ésta, para mi sorpresa, tampoco parecía darle excesiva importancia:
-¡Pero Marisa, es un ser demoníaco!
-Ay, Fernando, espera un poco antes de juzgar al muchacho... Vamos a invitarle a cenar esta noche, a ver qué te parece.
-¿Invitarle?¿A cenar?¿Sentar a mi mesa a Azazel?¿Pero de qué estás hablando?¿Qué quieres darle comer, un becerro ensangrentado?
-Patricia me ha dicho que prefiere bastante más las ensaladitas...
-¡Me niego a compartir mantel con un ser del averno!
-Pues como quieras, querido, pero esta noche te había preparado tu plato preferido...
-¡No cederé a ese chantaje!
-... claro que a lo mejor es un plato demasiado pesado, teniendo en cuenta que hoy corres el riesgo de dormir en el sofá... No siempre es cómodo para según qué digestiones.
Al final me dejé convencer. Después de todo, sólo durante la cena podía tratar de encontrarle algún punto flaco a aquel tentador de Cristos para así convencer a las mujeres de mi casa que aquel noviazgo era una locura.

Cuando entró en mi casa, desde luego, he de confesarlo, se comportó de manera encantadora. Exhibió excelentes modales, no expulsó fuego por la boca, e incluso se había recortado los extremos del bigote, dándole una apariencia muy elegante, de no ser quizás por los cuernos... ¡Pero ése no es el tema!
-Bueno, Lucifer... Si es que puedo llamarte así... ¿O prefieres que te nombre como señor malvado del universo?
-No, no, con Lucifer está bien. En cuanto a tí, Fernando, si me lo permites, ¿podría llamarte papá?
Me empezaba a hervir la sangre, y mi cara se ponía roja como la de un pez de colores. Intenté provocarle un poco más.
-En esta casa rezamos siempre al inicio del almuerzo, Belcebú –le espeté-. ¿Querrías leer algún fragmento de la Biblia para complacernos, o te molesta demasiado? Porque claro, me figuro que no será santo de tu devoción, y perdona la expresión.
-Uy, papá, si Luci se sabe toda la Biblia del derecho y del revés, me aburre continuamente recitándome pasajes y pasajes... Estoy ya hasta las narices de esto.
-A Patricia no le apasiona demasiado –aclaró el demonio-, pero yo considero que es la mejor comedia de todos los tiempos. ¿Para cuándo sacan la tercera parte?
Me agité incómodo en mi asiento. Planteé entonces otro tema de conversación.
-¿Y qué planes tienes para el futuro?¿Qué es lo que vas a hacer en estos... próximos milenios?
-Oh, nada muy espectacular, supongo. Seguir administrando las almas que llegan al infierno. Asesorar a la Iglesia católica en un par de puntos mensuales... La próxima semana pretendemos modificar el contrato tipo de venta de almas, vamos a cambiar cosas basándonos en el sistema de las compañías de móviles, funciona mucho mejor. En cuanto al Apocalipsis, nos lo planteamos a algo más largo plazo...
-Yo pensaba que de eso se ocupaba Dios...
El diablo colocó una expresión de sorpresa y de cierto pudor en el rostro.
-Ah, pero, ¿todavía seguís creyendo en esa superstición?...
Mi explosión en la cocina fue antológica.
-¡Marisa, tiene que marcharse!
-Espera al menos que se termine el postre...
-¿Pero has visto las cosas que estás diciendo?
-¿Y tú has visto qué bien me come?¡Nadie me había alabado tanto mis platos!¡Ni siquiera tú, Fernando! Es un chico atento y considerado.
-¡No volverá a poner los pies en esta casa!
-Pues lo dudo mucho, querido, porque lo vas a tener de yerno, y yo no quiero que Patricia deje de venir por aquí...
-¿Qué... de yer...?
-Todavía no saben si por la iglesia católica o por lo civil... Patricia es más de hacerlo desnudos en una playa, pero Luci dice que la tradición es la tradición...
-¿Luci?¿Luci?
Me encontraba desolado. El abrazo acogedor de Satán, no me reconfortó ni lo más mínimo.
-¿Qué tal, suegro? Si quieres, puedo ofrecerte algún carguito. Nada muy engorroso, no te preocupes, y bien pagado... Presidente de Estados Unidos, del Fondo Monetario Internacional... Incluso director general de Ikea, si prefieres algo de mayor responsabilidad...
Pero no, me dije a mí mismo, esto no puede continuar. Y por eso, comencé a investigar los archivos para averiguar los motivos por los cuales Luci, digo, Satanás, había renunciado a conquistar el mundo hace un par de años. Y una vez los descubrí, recurrí entonces a lo único que me podría librar de este Tártaro particular. Pero parecía que ni siquiera eso me iba a salvar: la boda se iba a celebrar pronto, demasiado pronto.

La ceremonia –que fue financiada en exclusiva por el novio-, tuvo más de mil invitados, incluyendo pintores atormentados, productores de cine aún vivos, Jimi Hendrix se encontraba demasiado borracho para venir. El sacerdote, un reputado Sumo Pontífice viejo amigo del novio, estaba a punto de declararles marido y mujer... Las gotas de sudor se agolpaban sobre mi frente, pensaba que me iba a dar una taquicardia allí mismo, menos mal que media plantilla del Monte Sinaí se encontraba por allí. Pero en el último momento, una llamada telefónica lo detuvo todo.
-Sí, perdón, perdón, es mi móvil, voy a ver quién es –se disculpó Satán-. ¿Ah, eres tú?¿Qué pasa, qué querías?
Y la cara del demonio -a pesar de ser normalmente roja-, de la lividez, se tornó de un rosado monísimo.
-¿Có... cómo?¿Pero...? Sí. Entiendo. Entiendo. Sí, claro, por supuesto, comprendo. De acuerdo, si insistes.... Muy bien. Nos vemos entonces.
Colgó. Entonces, volvió la cabeza hacia Patricia, y le dijo:
-Lo siento, Patricia. No podemos casarnos.
Los ojos de Patricia se llenaron de lágrimas.
-Pero Luci... Luci, yo te quiero...
-Ya lo sé, cariño... Pero tengo que marcharme. Discúlpame, algún día te lo explicaré todo...
Y se marchó corriendo, dejando a la concurrencia cuchicheando incansable acerca del incidente. Mi mujer acudió consternada a auxiliar a mi hija –y a ofrecerle pastitas a los diablos menores-, mientras que la abuela del novio trató de manera insistente -más aún que durante la boda-, de meterme mano en el paquete. Pero a mí no me importaba. Mis gestiones habían dado resultado. La persona a la que había llamado, por fin me había hecho un favor.

Y era que mi futuro yerno no se había podido casar, por la misma persona que le prohibió en su día conquistar el mundo, y que era la dueña absoluta de sus acciones...

Porque lo que poca gente sospecha, y era lo que yo me había intuido, es que el diablo, en tiempos pretéritos, le había vendido el alma a Bill Gates.


Porque sabe el diablo más...

lunes, 27 de enero de 2014

Historias Forrentinianas

Pocos serán los que no hayan oído hablar nunca de Forges, ese perpretador de viñetas que lleva años llenando nuestras vidas de pensamientos lúcidos, largos ratos de carcajadas, surrealismos extravagantes, Blasillos, funcionarios y multitud de "palabros" impronunciables. Quizás a alguno más le suene a chino la expresión "Forrenta años", un conjunto de diez álbumes que apareció a finales de la Transición en lo que pretendió ser un repaso humorístico -con el objeto seguramente de aportar un poco de luz entre tanta sombra-, de los cuarenta años vividos bajo el dictamen del régimen de Franco. Pero Forges no sólo se ha dedicado solamente a explorar la historia reciente de nuestro país, sino que, bajo el amparo de diversas editoriales y foros, le ha sacado punta a los funcionarios, los médicos, los políticos, y también a los personajes históricos a lo largo de la zigzagueante historia de nuestra amada y odiada a partes iguales Iberia Vieja. En sus dibujos, Antonio Fraguas, alias "Forges", además de tratar asuntos políticos de gran trascendencia y de referirse a insignes (o no tanto) prohombres de la patria, también se orientaba con igual agudeza al detalle, a esas pequeñas o grandes anécdotas brillantes de cada día, las cuales suelen ser normalmente las que más ilustran la verdad que subyace detrás de la siempre escurridiza Historia. Como forma de rendir homenaje a este (elijan ustedes el calificativo que más les guste) ilustrador, dibujante, humorista, hombre universal, periodista -e incluso director de películas, a cuál más bizarra si se atreve uno a adentrarse-, relato dos anécdotas de la historia de esta España cañí contadas por este particular diestro, y de las cuales seguramente no nos hubiéramos enterado si no hubiera sido a través de él. Al menos yo, por la parte que me toca.

-El primer episodio se refiere al último tranvía de Madrid. Bien saben muchos de ustedes que en España había tranvías, como hoy los tienen todavía Estambul, Suiza o San Francisco. La historia del último tranvía de Madrid podría haber sido (y seguramente lo hubiera sido en cualquier otro país) entrañable y bonita: el conductor se ofreció, a modo de despedida, a llevar a todo los ocupantes a tomar un chocolate con churros. Sin embargo, un pasajero se quejó porque dijo que llegaba tarde. La discusión empezó, volaron las bofetadas, y el incidente terminó con el pasaje al completo del último tranvía declarando en comisaría.

-Este relato tiene como protagonista a Alfonso XIII. En 1931, obligado a huir de España por el advenimiento de la Segunda República, el recientemente destronado rey huía a bordo de su coche, el cual se dirigía hacia la frontera francesa conducido por un aparentemente imperturbable chófer. Sin embargo, en un momento determinado, este último detuvo el vehículo. Seguramente tomó aliento, meditó lo que iba a decir durante unos instantes, se volvió hacia su pasajero, y finalmente le espetó: "Mire, dentro de unos minutos pasa por aquí el tren del expreso. Si fuera por mí, yo dejaba que pasara y nos arrollara a los dos, porque yo soy anarquista. Ahora bien, lo vamos a dejar pasar, porque mi mujer dice que usted le cae bien. Y yo, no quiero tener problemas en casa". O algo muy parecido a eso. Y entonces arrancó. La cara de Alfonso XIII tras esa confesión tuvo que ser un poema.

Seguid disfrutando de Forges. Seguid disfrutando del día. Y como dice este común amigo, "no te olvides de Haití". O de Filipinas. O de aquí.