lunes, 22 de junio de 2015

Nueva entrega del fanzine "Fragmentos de tinta". Número 1, edición de verano.

Supongo que os acordaréis de que, hace un tiempo, coloqué un enlace a "Fragmentos de tinta", una revista literaria o fanzine asociado a la web de la empresa literaria "Bambú y Naranja", y en el cual colaboramos. Con la llegada de la primavera se publicó el número 0 y, ahora, coincidiendo con el solsticio, aparece el siguiente número, cuya temática está precisamente orientada alrededor del verano y todas las sensaciones que lleva aparejadas consigo.

En esta nueva edición, encontraréis poesías compuestas por Miriam Villares (la responsable, además, del proyecto "Bambú y Naranja"), relatos y microrrelatos de la escritora Miriam Varela y, por supuesto, también aportaciones mías: el microrrelato "Evolución" y el cuento "Amor de verano". Todo ello, acompañado de ilustraciones estivales por parte de Edgar Álvarez. Pues eso, que os dejo el enlace aquí.

Espero que os guste y lo disfrutéis este verano ya sea a orillas del mar, sobre alguna tumbona, o leyendo bajo la sombra de un árbol a los pies del Himalaya. O que os permita evadiros un poco del calor sofocante de la oficina, si os toca trabajar este verano. En todo caso, espero que os aporte algo y ayude a removeros un poco por dentro.

Aún así, no os preocupéis, que el blog seguirá publicando cosas a lo largo de estos meses. No cerramos por vacaciones. Y si nos leéis a través del móvil o la tablet en algún rincón ignoto, hacédnoslo saber. Seguro que nos hace ilusión.

Un abrazo cálido (o fresquito), y feliz verano a todos.

lunes, 8 de junio de 2015

La historia real de junio: Las puertas de Ishtar.

Muchos conoceréis el Museo de Pérgamo en Berlín. Y cuando uno lo visita, lo menos que puede hacer es admirar el ingenio de los alemanes: construir un museo colocando las obras de arte primero (a ser posible grandes trabajos arquitectónicos, como un teatro, un templo o un fragmento de mezquita) y colocando las paredes después hace que -pase lo que pase en el futuro- ningún país te pueda reclamar las susodichas obras de arte, con la excusa de que para devolverlas tendrías que derruir medio museo. Pasear por el museo, con tantas maravillas procedentes de Grecia, Roma u otros lugares del mundo, puede provocarte un auténtico síndrome de Stendhal, especialmente cuando entras y te encuentras con quizás el azul más intenso que han contemplado tus ojos:


Éstas son (al menos parte) las puertas de Ishtar. Originalmente, formaban parte de las murallas interiores de Babilonia. Permitía el acceso al templo de Marduk (donde se celebraba el Año Nuevo, del que hablaremos más adelante), y formaba parte de una vía procesionaria que terminaba en una gran torre que, según muchos, es en la que los hebreos se inspiraron a la hora de colocar en la Biblia la historia de la torre de Babel. El color tan azul de las puertas se debe al lapislázuli, y hay quien dice que estas puertas, junto con el resto de las murallas, y una abundante vegetación, eran las que provocaba que, al contemplar la ciudad de Babilonia a lo lejos, los recién llegados observaran unos auténticos "jardines colgantes" que serían considerados una de las 7 maravillas del mundo. Hoy, de Babilonia poco queda de estas murallas aparte de lo que se encuentra exhibido en el museo de Pérgamo, y unas puertas muy similares que se hallan localizadas en Irak y sufren continuamente el deterioro como consecuencia de los enfrentamientos armados y la circulación de los tanques. Eso y, claro, nuestro recuerdo.

Pero una pregunta nos viene inmediatamente a la mente: ¿quién es ese Ishtar en honor del cual se erigen estas puertas? En primer lugar, corregimos: no es ése, es ésa. La diosa del amor. "Ah", diréis, "como Venus". No exactamente. Como Venus, es la diosa del amor, del sexo y las relaciones carnales, y de la fertilidad. Hasta ahí, bien. Pero también es una diosa combativa, de la guerra y a la que, en algunas culturas, se le han ofrecido sacrificios. Como casi toda diosa, ha sufrido diversos cambios de nombres y de carácter con el paso del tiempo en las culturas: Ishtar era su apelativo en Babilonia, pero se la denominaba Inanna en Sumeria, Astarté en Fenicia, o Tanit en Cartago. Lo que sí que estaba claro es que era bastante combativa, y tenía un punto interesante de mala leche. Como cuando la violó un jardinero y decidió mandarle en represalia una serie de plagas (historia, como os imagináis, de la que se apropiaron los autores de la Biblia). O como cuando se cabreó con su marido y le mandó de una patada al infierno. Sin embargo, esa historia sufrió luego una modificación: resultaba que su marido no estaba allí por su culpa, sino porque había muerto, e Ishtar bajaba al infierno a rescatarle. El problema venía con que a Ishtar le habían permitido el acceso al infierno, sólo si por cada una de las siete puertas que tenía que atravesar dentro de éste, dejaba a cambio una prenda, y sólo cuando se desnudó completamente pudo llegar a su amado (como muy bien habéis adivinado, éste es el origen mitológico del baile de los siete velos). Ishtar, además, era en buena parte la protagonista del Año Nuevo sumerio, donde gozaba de gran importancia un colectivo que disfrutaba de su protección, las prostitutas. Así que, como vemos, era una diosa que daba bastante juego dentro del panteón sumerio, que también tiene bastantes aspectos muy interesantes.


Probable representación babilónica de la diosa Ishtar. Extraído de Wikicommons

A título personal, os puedo comentar que esta diosa tiene también para mí cierta relevancia porque su heredera cartaginesa, Tanit, tenía un papel importante en el libro sobre la tercera guerra púnica que publiqué hace unos años, "Cartago. El imperio de los dioses". Tanit, aparte de tener personalidad e influencia propia (llegó a ser adorada incluso entre los pueblos bereberes, signo de cuán profundo quedó el arraigo), tiene también un lado oscuro, en el sentido de que se cree, junto con su compañero masculino Baal Ammon, era uno de los dioses a los que los cartagineses ofrendaban el molk o moloch, es decir, sacrificios humanos. Lo de los sacrificios, efectivamente, suena muy mal, pero hemos de tener en cuenta que no era una costumbre exclusivamente suya (de hecho, los hebreos la tenían, y la historia de Abraham e Isaac parece estar en relación con ello), y también que probablemente respondía a un mecanismo necesario -en ausencia de anticonceptivos- para el control de la población. Pero no quiero enrollarme mucho con esta historia, porque algunos ya la conocéis gracias al libro, y a los que no, os recomiendo que os informéis de la misma a través de él, ya que sin duda da mucha más oportunidad de explayarse con los detalles.

Volviendo a la diosa Ishtar, en gran parte mi interés acerca de la misma, así como parte de la información que os he contado, ha venido motivada por unas entradas en el blog Curistoria (un gran esfuerzo de Javier Sanz), que ha publicado en colaboración con Joshua BedwyR. Este último -como imaginaréis, es su seudónimo como escritor- ha publicado en Amazon "En un mundo azul oscuro", una novela histórica de los que no os puedo dar muchos detalles porque aún no la he terminado, pero del que os puedo dar fé que ofrece una reconstrucción muy cuidadosa de la civilización sumeria, que el autor sin duda conoce a fondo y admira (y esto es toda una excepción, porque no hay muchas obras literarias o cinematográficas que se hayan dedicado a indagar acerca de este período y este lugar de la historia: si acaso tenemos que retroceder a 1916 para que David Wark Griffith, en su película "Intolerancia", ambientara una sección de esta película en Babilonia -en realidad, muchos años más tarde respecto a la civilización sumeria-, ofreciendo unos magníficos decorados que todavía hoy resultan alucinantes). Y precisamente, en Curistoria ha contribuido a crear unos posts muy interesantes no sólo acerca de la diosa Ishtar, donde profundizan más en las historias que os he contado yo, sino también de la apasionante mitología sumeria (capaz de invocar protección a ciertos demonios) y de la importancia que tenía en ésta el elemento femenino -de hecho, hay entradas referidas a una de las escritoras más grandes de la historia, que vivió en esta época (aquí otro enlace relacionado), y también del cambio que sufrió la consideración a la mujer con el declive de la civilización sumeria y el auge de los babilonios-. Os recomiendo que le echéis un vistazo a estas entradas (y al blog en general) porque son muy interesantes. Y a ir a Berlín a contemplar las puertas de Ishtar. Y a disfrutar tanto, de ambas, como lo hice yo, porque en parte de esto va la escritura en general, y este blog, y es de compartir las cosas que nos emocionan para ver si así emocionamos tambíén a los demás. Practicadlo. Feliz semana a todos.

martes, 2 de junio de 2015

La película de junio: "El secreto de sus ojos", de José María Campanella

Como película de este mes, y aprovechando que hace poco otro film argentino ("Relatos Salvajes") ha intentado el asalto al Oscar, os cuelgo un viejo artículo que en su día publiqué en Globedia. A los que la conocéis, me decís si creéis que la crítica está ajustada a la cinta, y a los que no, espero que os estimule para buscarla. Un saludo.

"El secreto de sus ojos",

de José María Campanella


Obra maestra argentina, que combina lo mejor de los thriller judiciales con los detalles tiernos, humorísticos y poéticos del director de "El hijo de la novia". Enorme. Impactante. Imprescindible
Decía al principio de empezar esta columna periódica de opinión y reseñas culturales que el principal objetivo de ésta era dar a conocer determinadas películas o libros los cuales no habían recibido suficiente publicidad, cosa que podía hacer que la gente se perdiera historias interesantes. Por eso tenía mi duda sobre si reseñar o no esta película, que al fin y al cabo debería recibir el espaldarazo del éxito que unos años antes tuvo Campanella con "El hijo de la novia" (preciosa y delicada comedia cotidiana argentina, con chistes para no parar de reír cada cinco minutos). Sin embargo, una amiga en Vigo me acaba de comentar que allí ya la han colocado en un cine oscuro, húmedo y de extraños olores, lo cual, en contraste con la gigantesca calidad de la película, da que pensar. Ayer la pude ver después de mucho tiempo aguardando, e iba con otras cuatro personas: las cuatro coincidían en que hacía muchísimo tiempo que no veían algo tan bueno.

Siempre he dicho que combinar dos géneros o dos estilos, si se hace bien, y ambos son buenos, da como producto resultados espectaculares. Tomemos como ejemplo "El jardinero fiel". Una obra de John Le Carré, con viejos ecos y destellos de la guerra fría, que es adaptada al cine por Fernando Meirelles, un director de corte muy social: una combinación perfecta para un relato sobre los abusos de las farmacéuticas en África. Pues en este caso tenemos algo muy parecido: Campanella toma un thriller judicial, basado en el caso del asesinato de una chica joven hace muchísimos años, de la novela "La pregunta de sus ojos", que hubiera pegado perfectamente para viejos papeles de Al Pacino o películas de abogados de todas las épocas. Sin embargo, le añade un par de detalles y, ¡hop!, ya tenemos una de Campanella. Magnífico cocktail, de sabor espléndido al final.
La trama: Ricardo Darín (cómo no) es un viejo fiscal que se ha jubilado y ahora decide escribir una novela. Acude para ello a ver a los juzgados a la aún en activo Soledad Villail (estupenda actuación), con la que se nota que hay una tensión amorosa no resuelta del todo que se nos irá aclarando a lo largo de la película. Y allí le cuenta que la que novela que quiere escribir es alrededor del caso Morales. Una vez más (y siguiendo las reglas clásicas del género), el caso es una metáfora de cómo ha avanzado la propia vida del protagonista, con los personajes del caso entrecruzándose entre sí con los más importantes de su vida personal. Como suelen saber los que leen esta columna, no me gusta destripar demasiado, pero hay varios detalles que han de ser reseñados: primero, magnífica elección de secundarios. Aparte de las grandes actuaciones de los protagonistas, hay un elenco de personajes tan enternecedores como cómicos de los que no nos podremos olvidar. Segundo, chistes de un atrevimiento brutal: a pesar del tono en general dramático de la película, te das cuenta de que te han metido una ristra entera de gags buenísimos, con momentos de abierta risotada. Muchísimos momentos. Tercero, a pesar del ritmo en general lento de la película, ésta no se te hace larga, porque la calidad del guión, de los diálogos, de la historia, es tan buena, que incluso aunque cuando creas que la película sigue los esquemas típicos de las películas de abogados, te lo plantea tan bien, ¡tan bien!, que no eres capaz de predecir lo que va a pasar y te deja muerto. E incluso cuando lo predices, te llega a traumatizar igual, entre otras cosas porque las frases tienen un factor humano que sólo podía introducir un genio como Campanella (todavía me acuerdo de alguno de los maravillosos capítulos que dirigió para "House". Qué tío...).
Más cosas destacables y que es complicado que leáis en otras sinopsis: la película combina magníficamente a unos personajes en su juventud (donde el idealismo, las acciones locas y las situaciones impensables al límite rigen lo que aparte de ser casos judiciales, suponen los momentos que a nivel personal más recordaran en sus vidas), con los mismos personajes en su vejez, ya arrollados por la vida, obsesionados por los recuerdos, y en ambos casos gobernados por fuerzas superiores a ellos. Además, la película tiene puntos estupendos que denotan su origen y la naturaleza argentina -la picaresca, las pasiones propias de los porteños, determinadas formas de ser-, y detalles de poeta, como determinados giros del guión (aparte de los propios de la trama de misterio), o el hecho de que el personaje de Soledad Villamil tenga siempre o casi siempre algún detalle de color rosa en su vestimenta o a su alrededor, una característica especialmente "made in Campanella". El final nos dejará estremecido, a numerosos niveles. Las varias historias de amor, acongojados. En particular, uno de los grandes éxitos de la película es emplear de manera estupenda el truco del "personaje ausente", la chica asesinada, un recurso estupendo cuando se sabe hacer bien porque nos hace creer en su causa y en la del policía que busca a su asesino, y que tan sólo había visto ser tan magníficamente usado en la película "La dalia negra" de De Palma (con la diferencia de que en esta última, aparte de esto y de la actuación consecuencia de Mia Kirshner, que se "comió" a Scarlett Johansson y a Hillary Swank, no se salva casi nada).
En definitiva, una historia que nos hará reír y sentir a partes iguales, sobre los recuerdos, la culpa, los remordimientos, el amor, la amistad, que nos hará pensar que Campanella nos ha vuelto a contar la misma historia que tanto le gusta relatar, y al mismo tiempo, que lo ha hecho de forma completamente diferente. Nos dejará mudos después de haber recibido una descarga de sentidos. Y luego me contáis qué os han parecido los personajes del marido de la asesinada y de Sandoval. A ver qué habéis pensado.

lunes, 25 de mayo de 2015

La historia corta de mayo: Pensamientos del gato de Schrodinger dentro de su caja

Pensamientos del gato de Schrödinger dentro de su caja.
(Un regalo de una musa)


Nota: el gato de Schrödinger es una metáfora que suele enunciarse algunas veces para explicar algunos conceptos de mecánica cuántica. Tiene múltiples variaciones, pero la más sencilla es ésta: tenemos un gato en una caja. Sin embargo, después de un cierto tiempo, no sabemos si el gato está vivo o muerto. La física clásica nos diría que el gato tiene una probabilidad del 50% de estar vivo, pero que o lo está o no lo está, aunque no podamos saberlo. La física cuántica, en cambio (y, en este caso, el gato sirve como metáfora a un electrón u otra partícula subatómica), dice que el gato está en un estado 50% vivo-50% muerto. Esto ha generado múltiples discusiones, entrando incluso en el terreno filosófico. De hecho, un físico declaró una vez que, cada vez que escucha hablar del gato de Schrödinger, saca su pistola.

Repetimos:

Pensamientos del gato de Schrödinger dentro de su caja.
(Un regalo de una musa)

Diario de a bordo (o cómo sería el diario de a bordo del gato de Schrödinger si nos pusiéramos dentro de su piel cubierta de pelito muuuuuy suave. Y mullido).

No, mejor: Diario de a bordo. Una aproximación (Y gustoso).


Día 1.

te pones a pensar: me aburro
me aburro mucho
estoy en una caja
está oscuro
me da miedo
y si no estoy vivo?
y soy un fantasma?
Vaya mierda entonces
un fantasma aburrido
bu
Buuuu
vale
y ahora?
Buuuuuuu
si, eso me sale
pero soy un gato
debería hacer más Miiiaaauuuu
pero eso no da miedo
(Vale, yo no sirvo, mi cerebro se despista con facilidad)
(pero sigo con el gato)
Mrrrriaaauuusssss
eso mejor
Mrrrriaaaaausss
vale
da miedo
uhh, que susto tienen las paredes encimaaaaa
mira como tiemblan
ji ji ji
mji mji mji (mejor)
que se me olvida eso de ser un gato
vale...a ver...el instinto y eso..deberia cazar ratones.
No hay ratones
Debería dormir.
¿los fantasmas duermen?
En cualquier caso no tengo sueño
debería haber arañado a ese Schrödinger cuando pude
Tengo uñas?
si, mira, hacen ruido en la pared
ualaaa
(creo que tengo un gato tonto dentro de la cabeza)


lunes, 18 de mayo de 2015

El relato de mayo: Ángel (Héroe II)

Ésta puede considerarse la continuación del relato que publicamos hace un tiempo bajo el título de "Héroe". Espero que os guste, y os impulse a cambiar vuestra ciudad y vuestro mundo. Un saludo.


Ángel
(Héroe II)

                La ciudad está fría, está húmeda, pero no desangelada. Nunca le faltan ángeles. Aunque éstos sean infernales o carezcan de alas. Aunque caminen bajo la lluvia con cara de mala leche y tratando de protegerse con sus paraguas. Aunque tengan que dedicarse en exclusiva a sobrevivir y no tengan oportunidad de expresar su divinidad ni apenas tiempo para producir milagros. Madrid está llena de ángeles. Lo que pasa es que la mayor parte del tiempo pasamos por encima de ellos o les escupimos mientras les apartamos con un pie hacia la basura. Ángeles que no llegan a volar.
                En esos días de frío y lluvia, cuando las hojas caídas se arrastran junto con los torrentes bajo unos coches que en cualquier giro se hallan siempre a punto de atropellar a los transeúntes, a Ángel le gusta pasearse por las calles. Embutido en su gabardina color beige, camina bajo el cielo gris de smog y las nubes cargadas de llanto, y pasa desapercibido entre los demás aspirantes a vestir ropa de espía, a pesar de que su insultante juventud y su pelo de un ingenuo rubito le hagan asemejarse, a pesar de sus casi dos metros de altura, casi con niño espigado que se ha creído mayor demasiado pronto y pasea con la ropa de un padre que le saca varias tallas de anchura por entre la jungla de tipos serios y trajeados cargados de maletines y de bombas nucleares y dispuestos a pasarle por encima a fuerza de empellones a la menor oportunidad. Pero Ángel no se amedrenta ante ellos; es más, en estos momentos, ni tan siquiera los ve. Normalmente, cuando realiza este tipo de paseos, anda escrutando las calles, con los ojos muy atentos, catalogando cada detalle del personal; uno cabría pensar, a veces, por su manera de escrutar el infinito, por la particular orientación de su cabeza por encima del firme de la calle, que está contemplando los tejados de Madrid, ésos que han salido en tantas ocasiones retratados en tantísimas películas, ambientando persecuciones, peleas o momentos de terror inquietante, expresando ecos vibrantes de resonancias neoclásicas y decimonónicas. Pero en realidad, hoy Ángel no ve ninguno de esos techos, como tampoco fija la vista en ningún edificio concreto ni de hecho se apercibe de la presencia de casi ningún individuo a su alrededor. Porque cuando Ángel pasea por Madrid, y más cuando lo hace este día, lo único que ve son pobres. Pobres en las esquinas. Pobres en las aceras. Pobres en la periferia de cafeterías en las que no entran. Pobres que le devuelven la mirada, allá donde atisba, allá donde va. Pobres que se entremezclan con la miseria de unas calles que devuelven en forma de lodo ambulante todo lo que sobre su superficie vierten los transeúntes en su caminar indiferente al pasar. Pobres que no tienen salvación. Miserables que no encuentran ayuda ni consuelo, tan sólo una cara larga que refleja en todos ellos el mismo sentimiento de angustia e impotencia y despiertan algo de conmiseración, pero también las menos empáticas desesperación, violencia y malestar. Y, por encima de todo, la duda. La duda que se hace asimismo causa común con Ángel y le obliga, le fuerza, le culpa, le empuja de un empellón de nuevo a las calles; una vez más.
                El deambular habitual de Ángel (y más en estos días de lluvia, de reacciones humanas tan distintas de las jornadas habituales, y sin embargo tan predecibles) circula de la manera más aleatoria posible, pero siempre, como por una especie de extraño magnetismo -o quizás a causa de la abundancia de las mismas, incluso en este tiempo donde escasean los ídolos que no sean comerciales o referentes a la propia persona-, termina cruzándose con la presencia sólida e insoslayable de una iglesia. Ángel, con las manos en sus bolsillos, estira la cabeza todo lo que puede, pero a pesar de eso su altura queda empeñecida en presencia de esta inmensa mole, con un Cristo crucificado el cual (aunque de tamaño diminuto cuando es contemplado desde abajo) da impresión de presidir toda la plaza, que, seguramente, en su día, cuando fue construida, giraba exclusivamente en torno a este edificio donde se regulaban los nacimientos, los grandes acontecimientos y las muertes, se controlaban los pecados y las confesiones, se administraban perdones y miedos eternos, y que incluso podía servir para esconderse de la ley humana (que no de la divina, para la cual nunca existen muros) o de cualquier mal catastrófico, climatológico o bajo embrujo de Satán, si fuera necesario. Pero ahora mismo, a Ángel este lugar de resulta de poco refugio, por no decir de ningún consuelo. Su fe, en otro tiempo fiel y duradera, se tambalea desde hace ya meses, conforme ha comprobado que este dios al que adora, odia y teme a partes iguales no puede dar respuesta a sus preguntas, que están siempre relacionadas con cómo ayudar a sus corderos, cómo ayudar a los míseros, a los desheredados, a los pobres que -de una manera o de otra- no hace más que encontrar. ¿Cómo solventar la injusticia?, se pregunta a sí mismo, ¿cómo hacer lo que es necesario?, todas esas preguntas, formuladas por todos nosotros en algún momento de la vida, repetidas desde una edad temprana e idealista hasta que se vuelven faltas de sentido, huecas, viejas fórmulas manidas de jóvenes que se las formulan como si nunca las hubiera hecho nadie porque para ellos (y a veces, esa expresión, "para ellos", es lo único importante) es la primera vez, y que a Ángel, sin embargo, a pesar de su corta edad, le suenan ya tan manidas como a los cuarentones que están de vuelta de todo con los que se topa todos los días constantemente en su camino, y eso es porque él se las ha repetido ya muchas veces aunque sea en este breve lapso de tiempo, pero eso es debido a que él ha pensado en las mismas preguntas en tantísimas ocasiones como si su respuesta fuera de su única y exclusiva responsabilidad, y el principal motivo que provoca esto es porque se las toma en serio realmente y no como simples fórmulas de compromiso que debemos seguir como parte de un camino al que acudimos como mantra solamente para que no nos sintamos mal. Y en medio de la lluvia, de los empujones y de los charcos, él pasea su mirada tan sólo aparentemente indiferente por entre las casas que sufren desahucios, por los cartones donde se alojan mendigos, donde hombres desesperados ahogan toda su pena en los bares, y tan sólo piensa, como en un bucle infinito, una frase que le atormenta, que le sume de rabia infinita, "¿qué hacer?", se interroga, como se han preguntado otros siempre, sin encontrar respuesta alguna, sin poder hacer otra cosa más que reiterar la pregunta, repetir simplemente  "¿qué hacer?".
            Quizás Dios -sigue desenrollando mientras deambula el hilo de sus pensamientos Ángel, en un largo y solitario diálogo consigo mismo que en ausencia de respuestas convincentes nunca termina del todo- no puede actuar para remediar nuestro ahogo porque le falta el instrumento a través del cual podría mediar y de cuya ausencia se lamenta día tras día porque le priva de manos y piernas para poder hacer a su antojo: es decir, de los ángeles. En todas las fuentes de las cristiandad consultadas, y a lo largo de las diversas tradiciones orales o escritas (o, como a Ángel le gustaría pensar que diría su abuela, "de toda la vida"), e incluso con referencias en mitologías y culturas más antiguas, los ángeles constituiría el elemento activo (la transformación de la potencia en el acto, que lo llamaría el santo cristiano Tomás de Aquino tomándoselo prestado del pagano Aristóteles) a través del cual Dios ejercía sus acciones salvadoras o incluso en ocasiones vengativas sobre los seres humanos, como si al Poder Supremo le diera vergüenza hacerlo por sí mismo y debiera emplear a unos matones para ejercer su labor. Y lo de matones, desde luego, les venía bien al pelo, pensaba Ángel recordando al agresivo Miguel cargando como un toro herido a mandobles con su espada, a las caras casi endemoniadas con que le dibujaba el arte medieval y los grabados de los libros antiguos, matando dragones, cercenando diablos, cualquier cosa menos lo que tuviera que ver con auxiliar de manera directa las cuitas de los seres humanos, pero también estaba el arcángel Gabriel que anunciaba embarazos divinos, los serafines, los querubines, y toda una pléyade de entes celestiales que parecían haber salido corriendo, roto su labor de conexión entre Dios y el mundo, apartados por la alta tecnología y los aviones que surcan los cielos y atraviesan las nubes, y que apenas habían dejado espacios para los entes divinos salvo quizá de manera aislada en alguno de los tejados de Madrid: una escultura de un ángel estrellado en un edificio, con la cabeza enclavada en el cemento, otro pico de aguja rematado por un ente alado de tono majestuoso y broncíneo, e incluso el rebelde Ángel Caído, situado desde sus 666 metros de altura -o eso dicen-, representando a aquel contra el que el resto de los ángeles se han de enfrentar, el eterno enemigo el cual nos recuerda la presencia intangible pero siempre constante del mal. En el mármol de Madrid estos ángeles abundan, pensaba Ángel, pero en cambio están ausentes en sus formas psíquicas y en sus actividades, expulsados de este paraíso terrenal para quizás haber emigrado hace tiempo hacia otro, en busca de aires más cálidos, como un cielo sobre Berlín donde se ha acabado el negocio y han decidido todos definitivamente disolver el antiguo grupo ascendiendo hacia arriba o por contra bajando a Tierra. "Pero nadie les ha sustituido", se repite Ángel, "nadie ha heredado su labor, y menos yo, que tampoco la he asumido, porque no he querido, o no me he atrevido, porque con ella no me he querido cargar". Porque yo también, se dice, he huido a esconderme y no he querido afrontar el fulgor celestial. Yo también tengo mi parte de culpa, y mis pecados han de ser escritos en el libro de los Salmos. Y es por ello por lo que (Ángel se dice a sí mismo) yo hoy he de pagar... he de afrontar mi parte de responsabilidad...
            Ángel vagabundea, sí, como todas las tardes -que luego se vuelven noches-, como casi todos los días, recorriendo rincones ya transitados e incluso previstos, también adentrándose por lugares desconocidos pero en una sincrónica periodicidad, como si eso también fuera algo programado... pero lo que no ha querido repetirse a sí mismo es que este día es algo especial. Hoy es un día en que la desesperación le ha azuzado especialmente. No sabe si es el mal tiempo, la humedad, las malas caras que coloca a propósito o inconscientemente la gente, no sabe si fue el último caso flagrante que encontró de injusticia y que no fue capaz de arreglar, no sabe si es porque siente (en su batería interna, en sus entrañas) que se le están agotando de manera paulatina las reservas de piedad... Pero hoy -precisamente a causa de estas cosas, o tal vez, a pesar de todas ellas- ha tomado una decisión. No puede seguir así. No es momento de aguantar más.
             Conforme han pasado las horas, el trayecto invisible que Ángel ha seguido a través de las calles se ha ido modificando. Sus vueltas inacabables alrededor de los bloques de oficinas se han convertido en unas circunvoluciones erráticas, más absurdas, mucho menos eficaces. Se ha detenido en sitios sólo por contemplar algún especial suceso, como un camión recogiendo con desánimo la basura, una pareja también con desánimo besándose, un par de palomas con mucho ánimo despegando juntas, incluso el momento en que a estas últimas un coche deportivo las está a punto de atropellar... Se diría que Ángel está haciendo tiempo, como recorriendo conscientemente una distancia excesiva y gastando una pausa innecesaria en un camino el cual -a pesar del aparente sinsentido de su trayectoria-, en realidad circula en forma de espiral cada vez más amplia hacia un destino, al que, sin embargo, no desea llegar, y que demora en alcanzar todo lo posible. Y lo hace porque sabe que, cuando llegue allí, el juego, la ocultación, toda la posibilidad de hacer como que no ha pasado nada y de volver a casa, a su rutinaria y segura vida normal donde ninguna de estas cuitas tiene sentido, habrá desaparecido. A partir de allí, del momento en que llegue a ese sitio, todas las mentiras se habrán desvelado, y se va a acabar todo. Todo. Definitivamente. Jamás.
             Ha pasado el tiempo. Lleva caminando casi todo el día. La tarde llega a su fin. El tono plomizo y gris del cielo nuboso va dejando paso a una atmósfera oscura y sin embargo contradictoriamente limpia: el aire parece más claro después de la lluvia, despejada la contaminación que ha caído hacia el suelo, como también se han vuelto más lúcidos los pensamientos de Ángel. Ha llegado la hora por fin de tomar una decisión y expiar sus culpas. De repente, el paso que iba a efectuar lo detiene en el aire. Realiza un giro de noventa grados a la izquierda y encamina sus pasos con firmeza. Se acabaron las irresoluciones y los rodeos. Se acabaron las divagaciones y seguir dando vueltas. Llega el momento de afrontar la verdad.
         Una vez concretado, no tarda más de diez minutos en llegar hasta su objetivo. Parece como si, ahora que hubiera terminado con las torpes circunvoluciones, las calles se hubieran alisado y enderezado para permitirle llegar más rápido. La noche se ha hecho completa y sin embargo -y al igual de como ha pasado con la lluvia-, el hecho de que hayan desaparecido todos los transeúntes casuales le ha dado un aire de mayor claridad, como si se hubieran despejado todos los elementos inertes que realmente no contaban, y tan sólo hubieran quedado los relevantes, los verdaderamente claves, iluminados silentes bajo los claros de luna: los vagabundos, aquellos a los que las calles pertenecen porque permanecen allí cuando todos los demás se han ido, aquellos que le recuerdan a nuestro caminante el motivo constante por el cual les ha vuelto a fallar; también, como una parte fundamental para la conclusión de esta historia (que, en el fondo, es la historia que al final del año será la que preocupe a todo el mundo), Ángel, que sigue caminando con la cabeza cabizbaja, calculando los segundos que le quedan hasta llegar al final de esta noche tan larga que va a motivar que tantas cosas vayan a cambiar; y finalmente Él, que aparece de improviso entre dos calles, como un inmenso faro oscuro en mitad del horizonte. Pero Él en este caso no es un dios, ni tampoco un mito, sino lo único que cabe ser idolatrado en esta impía ciudad, es decir, un bloque de hormigón y vidrio. El edificio donde, esta noche, toda la vida que Ángel ha conocido hasta entonces, de improviso, y de una vez por todas, llegará a su fin.
         Aquella enorme mole se asemeja a una iglesia y, efectivamente, este antiguo bloque de pisos abandonados, con sus gárgolas de color aún plateado brillando bajo los reflejos moteados procedentes del cielo, asemeja un altar pagano que representa todo aquello en lo que la ciudad se ha convertido con el paso del tiempo, bajo una crisis económica, social y moral que se lo ha comido todo y la ha dejado vacía por dentro, al igual que este rascacielos de paredes rajadas y sótanos inundados de ratas que sólo escapan cuando la inundación física y espiritual de la ciudad amenaza con ahogarlas definitivamente. Ángel levanta la vista desde la punta de sus zapatos, primero hacia la pequeña placita que, paradójicamente, alberga ese gran edificio, de tal manera que parece que apenas deja espacio para el resto de la calle, y donde los sin techo ya comenzaban a acomodarse bajo los soportales pero aún así se detienen a contemplarle, como si esperaran que fuera a hacer algo, como si ahora que ha llegado, todo fuera definitivamente a moverse hacia algún lado; y luego, posteriormente, Ángel mira hacia arriba, hacia el lejano final de la pared vertical, en donde se encontrará localizado en pocos minutos, una vez acceda allá. Y una vez situado allí, desde la cima, caerá.
        El viento se agita inclemente en la azotea del edificio. Nadie ha detenido a Ángel, ni siquiera en los seguramente peligrosos ascensores, que se mantienen en funcionamiento probablemente por un descuido de la compañía eléctrica, y en los que nadie vigila si alguien sube por allí o se quedará atrapado por siempre jamás. Desde allí arriba, la ciudad parece una gran mancha negra con continuos focos de luz, algunos rojos, verdes, azules, amarillos, una Babilonia corrupta y eterna que ha sobrevivido a cualquier intento periódico de limpiar el mal de la misma, sin conseguirlo nunca, tan sólo adoptando nuevas formas, incluso mimetizándose con las nuevas tendencias que han aparecido para combatirlo. Ángel lo sabe, es consciente, se siente responsable de todo eso, y por ello mira de una manera especial al vacío que se abre desde allí arriba, ese precipicio purificador; un  abismo puro que, como diría Nietzsche, te devuelve la mirada, indicándote lo que representa, y lo que es más, lo que eres tú. Ángel se da por aludido... y por ello eleva el pie hasta colocarse en el mismo borde de la cornisa, a tan sólo un centímetro de la caída fatal. La atmósfera, en forma de viento ululante, parece que no para de gritar, susurrándole intensamente al oído: "salta, salta, salta", y Ángel abre de par en par los brazos, y mientras lo hace, contempla a los lejos la sombra de los edificios, la silueta de las estatuas de Madrid, todas esas cosas que tanto contemplaba cuando elevaba la vista a ras de suelo, y que ahora le parecen tan cercanas como lejano es el mundo que ha quedado allá abajo, y sin embargo cree incluso ver a lo lejos los mendigos contemplándole indiferentes desde la plaza mientras esperan ese momento en el que se arroje definitivamente hacia ellos, en lo que se le antoja -¿al mundo?, ¿a ellos?, ¿a sí mismo?- un sublime acto de amor. Ángel cierra los ojos, y aprieta con gran intensidad los párpados: mueve los dedos para palpar entre sus yemas el aire frío y cargado de lluvia, enrarecido, como si se hallara enclavado en la cima del Everest... Aquí arriba, efectivamente, el aire parece más limpio, vacío de desazón y de malas intenciones; todo parece tan plácido, tan tranquilo. Dan ganas de abandonarse; dan ganas de ceder a la tentación de las rodillas y efectivamente saltar. Ángel aprovecha ese momento para tomar la decisión definitiva y, como traicionándose en un gesto de cansancio, comienza a caer, caer, caer, mientras siente como el aire le lleva liviano como una pluma y le acoge como un blando colchón, al menos al principio. Pero luego, conforme va cogiendo aceleración, aquel primer momento de vértigo en la boca en el estómago deja paso al terror de verse cayendo sin ninguna mediación en el vacío y, al contemplar el suelo, cada vez más cercano, dedica durante segundos a meditar acerca de, cuando impacte contra la acera, cuál será la región de su cuerpo que se estrelle primero, dónde será la zona primigenia donde el dolor más intenso se empiece a notar. En mitad de la caída a plomo, y mientras se encuentra viendo pasar todo lo que hay a su alrededor a una insólita velocidad de crucero, Ángel echa un vistazo a su alrededor a los tendederos y las ropas colgadas que no le frenan ni le ofrecen amparo, a las ventanas semiabiertas, a los pisos aún no acabados, y justo cuando vuelve la vista hacia el suelo y ya lo ve incrustarse en menos de un par de segundos directamente en frente de él, es cuando por fin abre las alas de amplia envergadura y excelso plumaje y vira en mitad de la abrupta caída en picado para levantar el vuelo, situándose a la misma altura de los ángeles alados de mármol quienes ahora, con sorpresa, le parecen contemplar. Ángel planea, segundos después, en el ambiente majestuoso de la noche, con una serenidad beatífica, como si aquella súbita aceleración de su corazón no hubiera pasado nunca, como si todo aquello, incluyendo la emoción del momento, hubiera estado cuidadosamente planeado, y seguramente, lo estaba. Por fin, Ángel se encuentra en el estado, y el modo, que hubiera deseado desde un principio. Por fin ha completado la transformación de su cuerpo, y de su alma inmortal. Ahora, las cosas, para él, para el resto de la ciudad, para el resto del mundo, van a ser muy distintas. Finalizada su metamorfosis, muchas cosas van a cambiar.
          No hay constancia de que ningún vagabundo situado en la parte de abajo de aquel edificio observara aquella caída infinita, ni que fueran testigos de la visión de aquel nuevo ángel del cielo Madrid levantar el vuelo, pero cuentan que a partir de entonces, extrañas leyendas sobre un ser alado y protector comenzaron a circular entre los sin techo, una nueva esperanza que trajera algo de equilibrio a esta siempre llena de espinas y -tendente a producir herida- inhóspita ciudad. Se habló del retorno de los espíritus etéreos, se dijo que, junto con ellos, habían aparecido también un grupo de guerreros a medio camino entre lo divino y lo maléfico, y aunque aquello sembró muchos corazones de zozobra y hasta de pánico, hubo una silente mayoría que contempló aquel futuro como una promesa de ilusión y de creencia, por la que volver a soñar. Porque allí, desde los cielos, por primera vez en mucho tiempo, al contemplar nuestras acciones innobles y cómo los hombres nos maltratábamos con desprecio, por fin, alguien estaría mirando. Y, al contemplar nuestros sufrimientos y desvelos, ese alguien, desde allá arriba -o un grupo de compañeros que iban ya despertando, para incredulidad e incomprensión de quienes por primera vez vieron aparecerlos-, iban, independientemente de los rezos, esta vez de verdad a actuar.

lunes, 4 de mayo de 2015

El libro y la historia real de mayo: "El corazón de Ulises", de Javier Reverte (II)

Decíamos en el capítulo anterior que la mejor forma de comprender el espíritu griego era a través de sus islas. Y de hecho, Javier Reverte, en el libro "El corazón de Ulises", pasa un buen ratito caminando de isla en isla, a veces visitando ruinas antiguas, y en ocasiones simplemente dejándose perder para disfrutar de las ganas de no hacer nada y de la alegría de la vida, como ocurre en la película Mediterráneo, donde un batallón de soldados italianos se refugia en la isla de Kastelorizo durante la Segunda Guerra Mundial y prácticamente se olvida de la existencia de la guerra, más o menos lo mismo que hace Reverte durante esta parte de su viaje. Yo no he tenido la ocasión de viajar a Kastelorizo, pero desde luego algunas islas griegas me dejaron la sensación de que era mejor perderse en ellas, reposar y dejarse mecer simplemente por la voluntad de los dioses. Y más, sobre todo, si vas a disfrutar en ellas de su gastronomía, merecidamente reputada.

En cuanto uno viaja a Grecia, uno entiende perfectamente los problemas de la eurozona y la obsesión alemana por hacer que sea lo más barato posible comprar Grecia entera. "Hay que salvar a este país", fue la declaración unánime, tras el yogur griego con miel más espléndido que he probado en mi vida. Aquí en la foto, en primer plano, tsasiki, y al fondo, fava, un plato típico de la gastronomía de Santorini.

Y, desde luego, uno puede encontrar en las islas la paz y la tranquilidad que, entre otras, se necesita para el ejercicio de la democracia, la ciencia y la filosofía. De hecho, no es extraño que la medicina occidental naciera bajo la sombra de un platanero donde Hipócrates impartía sus lecciones en Kos, una pequeña islita de bucólico encanto muy cercana a la costa de Turquía. Claro que el platanero que ahora mismo se encuentra allí plantado se encuentra enfrente de una mezquita, se cae a trozos, y probablemente no sea el platanero original, pues éstos no viven más de doscientos años. Pero eso, sí, la ilusión, el mito, la significación de lo que allí había, no nos la quita nadie. Decía Flabuert sobre Cartago que, al igual que con Grecia, lo importante no es siempre lo que ves, sino lo que sabes que en su día estuvo allí.

Aquí yo, aquí el platanero de Hipócrates. Creo que miro hacia otro lado porque, justo en frente, una chica con la flexibilidad de Nadia Komaneci andaba en medio de la plaza principal del pueblo haciendo algo ligeramente similar al tai-chi. Cosas curiosas que te pasan cuando viajas.

Las islas griegas también tienen algo de mestizo y de comunión de culturas. Un buen ejemplo es Rodas: primero griega al cien por cien (tanto que allí se encuentra una de las ya mencionadas en el capítulo anterior "no-maravillas del mundo" -es decir, que lo fueron pero que no se han mantenido en pie o no se saben ni si existieron-, en este caso el coloso de Rodas, en vez del cual se yerguen dos estatuas de una pareja de ciervos en el lugar donde supuestamente estuvo -ver fotografía abajo), luego romana, bizantina, en algún momento turca, y más tarde conquistada por una orden de caballeros rebotada de las Cruzadas y que se estableció allí para practicar el comercio, el feudalismo, la construcción de palacios y (por qué no decirlo también) la extorsión y la piratería. Como Rodas acabó también durante un tiempo en manos italianas, Mussolini se dedicó a restaurar alguno de esos palacios donde los caballeros franceses, españoles o italianos no compartían la misma lengua pero sí la misma pasión por el botín, para así restaurar la vieja gloria italiana y demostrar que Roma siempre había sido la capital de un imperio. La megalomanía del Duce siempre está de más, pero no cabe duda que los palacios los dejaron bonitos, bonitos.


Arriba, supuesto emplazamiento del Coloso de Rodas a la entrada del puerto de la ciudad del mismo nombre. Abajo, palacio del Gran Maestre, sede central de los caballeros de Rodas, los cuales, tras ser expulsados de la isla por los turcos, se fueron a dar por saco a otra parte y se convirtieron en la orden de Malta.


Aunque quizás una de las islas más fundamentales para entender la historia del inicio de la civilización en Occidente sea Creta. Creta es el lugar por donde la escritura y la civilización entran en el continente europeo a través de Egipto. Poseen rasgos en común con sus vecinos del sur, y también con los del norte (como por ejemplo, el casco hecho con colmillos de jabalí que os coloco abajo, que se supone que es propio de la isla y, sin embargo, un modelo muy similar está expuesto en el museo Arqueológico de Atenas). Creta, con su palacio de Cnossos, el original laberinto del Minotauro, es uno de los mayores exponentes de qué es lo que puede pasar cuando una región del mundo bulle con el ascenso de la civilización. Después del tsunami provocado por la explosión que provocó la caldera de Santorini (comentado en el capítulo anterior), la civilización cretense nunca volvió a recuperarse y se quedó, subterránea, apartada en los márgenes de la historia.

 Algunas de las maravillas del museo de Heraklion en Creta. Arriba, casco elaborado con colmillos de jabalí. Abajo, anillo que constituye un prodigio de orfebrería para la época.

Arriba a la izquierda, juego de mesa. A su derecha, ánfora con motivos marinos. Abajo a la izquierda, reconstrucción de uno de los frescos originales del palacio Cnossos. A su derecha, estatuas que representan a diosas de las serpientes. Más abajo, maqueta del palacio de Cnossos.


Abajo, imágenes del palacio de Cnossos. Arriba izquierda, patio central donde se celebraban los espectáculos taurinos. Arriba derecha, sala del trono. Abajo izquierda, probablemente el primer teatro del mundo. Abajo a la derecha, fresco y columnas cerca del antiguo puerto.





Porque, finalmente, la cultura ascendió al norte. A Atenas, a su Partenón, a su Acrópolis, al nacimiento del teatro tal y como lo entendemos, la filosofía y también la política democrática, la demostración de que otra forma de gobierno es posible, a pesar de que el resto del mundo se empeñaba en llevarles la contraria. Un mensaje, sin embargo, que no ha perdido actualidad con el tiempo, sino que ahora podría expresarse con igual vigencia que nunca.




Panorámica de Atenas. Arriba, el teatro donde Aristófanes o Sófocles veían escenificacadas sus representaciones. En medio, detalle de la Acrópolis (las famosas Cariátides, o al menos una réplica de las mismas). Abajo, plaza de Sintagma: hoy es en otras plazas no muy lejanas donde se lucha por la libertad.


Grecia, efectivamente, son muchas cosas. Nadie termina nunca de ver todos los detalles de la república helénica. Reverte recorre unos cuantos parajes de la Grecia continental que a mí me faltan: Esparta, el otrora espléndido palacio de Micenas, la llanura de Maratón, las Termópilas... Lugares todos ellos de historia y de significación, tanto o más como la zona de Delfos, los montes Athos y Olimpo, la costa de Salamina, o los monasterios de Meteora.

Panel del Museo Arqueológico de Atenas donde se muestran los hallazgos en un túmulo muy concreto de las Termópilas. Pueden verse las lanzas de los soldados griegos en el centro y, rodeándolas, las incontables flechas arrojadas a este punto por los enemigos persas. Esto demuestra que los griegos del pasado eran unos valientes, y los griegos actuales, unos auténticos cachondos.

Aunque de hecho, y hablando del Monte Olimpo, una gran sección que ocupa la historia de Grecia es lo que no ha pasado: es decir, la mitología y demás relatos divinos (para enterarse de los cuales en profundo detalle, por cierto, recomiendo "Mitología griega y romana", de J. Humbert). Javier Reverte dedica una buena sección de "El corazón de Ulises" a desgranar las diferentes historias de dioses, héroes y semidioses, que en ocasiones tienen su propio recorrido turístico en la geografía griega, como es el caso de los montes de Creta donde, según la leyenda, Zeus nació y luego posteriormente acabó muriendo. O el olivo de la Acrópolis de Atenas, en teoría el primer regalo que a la ciudad le proporcionaron los dioses.

La leyenda dice que Atenas debía decidir cuál era el patrón de la ciudad, y Poseidón y Atenea se disputaban tal honor. Se decidió que aquel que proporcionara el regalo más útil a la urbe griega sería el agraciado. Poseidón hizo aparecer (las versiones varían) un caballo o un manantial de agua salada. Pero Atenea les regaló un olivo, y por ello fue la ganadora. Hoy, en la Acrópolis de Atenas, un árbol un poco más joven conmemora aquel primer olivo de los que hoy pueblan toda la cuenca mediterránea.

En definitiva, ¿qué más os puedo decir? Quizás lo mismo que le comentaban a uno de los protagonistas de la película "City Hall" ("La sombra de la corrupción" en castellano): "Aléjate. Vuelve a Grecia. Aprende de nuevo la ley". Periódicamente necesitamos volver a nuestros orígenes. Y quizás los orígenes de cualquier ser humano acaben siendo, bien mirado, los de todo el mundo. Así que id a Grecia, leed, sentid, aprended. Y cuando volváis, hacedlo un poquito más sabios. Es la única manera en que todo vuelva (y de una manera mejor) de nuevo a empezar.


Amanecer en el Egeo. ¿Por un nuevo amanecer para todos?

lunes, 27 de abril de 2015

La historia corta de abril. Un pequeño regalo.

Un pequeño regalo que me ha hecho una aficionada al blog. Que lo disfrutéis.


Caminante no hay camino, se hace camino al andar, escribió una vez un sabio. Pero cada vez son menos los caminos inexistentes, pues los millones de años de evolución dejan cada vez menos hueco a la novedad, a lo ignoto, a los terrenos vírgenes. Un libro que te suena conocido, una canción que tarareas aun recién publicada, una cara que te recuerda a otra, una vieja lata de sardinas que desvirgó un bosque que creías puro, un discurso que te suena a otro, modas que vuelven una y otra vez. Y sin embargo sigues creyendo en la originalidad, en la primicia, en la novedad.
Quizá por eso te marchaste, inmigrante voluntario en un mundo de emigrados con lágrimas y maletas llenas de recuerdos. Quizá esa búsqueda incansable es lo que te lleva a lugares cada vez más remotos. Papúa, Siberia, Mongolia, China, Alaska, Brasil y sus paisajes adornan una pared de mi habitación siguiendo tus pasos y aún sorprendida de que no hayas cortado la madeja que te une a esta Ariadna, en una historia ya pasada y presente. Quizá eso sea lo que te ata, que otra persona habría dejado que cayera lentamente en el olvido.
Te imagino solo, en silencio, olvidando al resto de la humanidad e intentando saber cómo fue antes de que existiésemos. Te dejo hacerlo, en parte porque no me queda otro remedio, y en parte, porque me llena de esperanza ver que aún quedan soñadores que no se dejan apagar por la realidad científica, social, económica…Que piensan que el futuro está para escribirlo paso a paso, prestando atención a cada crujido, a cada silencio, a cada pisada.

Te respeto por ello, y aunque a veces sienta que te traiciono cuando sigo mi rutina, en mi coche, en mi trabajo en el que a veces no sé si tratamos de salvar o de destruir el mundo, en el fondo sé que quiero ser otra persona. Que quiero ser libre como tú eres. O atada a un destino que elija sin ningún condicionante más que los sentimientos egoístas propios, internos.