lunes, 23 de enero de 2017

El relato de enero: "Ella" (o "Empatía por compasión: surrealístame si puedes").

Ella
(o Empatía por compasión: surrealístame si puedes)

            Cuando uno empieza un cuento con un título cómo éste, uno comienza a sospechar, como quien no quiere la cosa, que ésta va a convertirse en una de esas maravillosas y lacrimógenas historias de amor. Ella, efectivamente, no era como las demás. Pero no tenía el pelo rubio, ni los dientes como perlas, los ojos como zafiros, ni unas tetas tan grandes como las de Pamela Anderson. Lo que sí que tenía, era una cualidad muy especial: muy apreciada, y sin embargo, muy difícil de encontrar.

Sabía decirle a todo el mundo lo que en aquellos momentos necesitaba oír.

Sabía hablarle a todo el mundo como tenía que hablarle.

No, no se crean, no es una cualidad habitual. Es rara, es escasa, es incluso excepcional. Cuando es frecuente, es por partes. Quiero decir, un diplomático sabe cómo tiene que hablarle a un presidente de un país. Y es consciente de ello. Y lo hace cojonudo, como nadie más en el mundo. Y un policía conoce perfectamente cómo ha de tratar a un ratero de la calle. Y una enfermera a un paciente. Pero un diplomático se cagaría del susto ante un ratero de la calle, un policía se quedaría mudo ante un paciente de cáncer, y una enfermera no sabría tratar de igual a igual con el presidente de un país, a no ser que éste se haya fracturado los tobillos y los codos tras un, ¡inolvidable!, salto de esquí. Pero esta mujer, sabía cómo tratarse con todos ellos. Con todos y cada uno.

Pongamos un ejemplo. Un día íbamos en el metro, y nos encontramos con un niño con síndrome de Asperger. Un síndrome de Asperger es una enfermedad parecida al autismo, pero en un grado menor, los que lo sufren se han hecho relativamente conocidos gracias a películas como Rainman, o libros que tienen a alguno de los afectados como protagonistas. A este tipo de personas, sobre todo a los niños, muy frecuentemente les disgusta que les toquen. Pues bien, este niño se hallaba perdido, mirando a la pared en una esquina del vagón de metro, cuando un policía que se apercibió de su presencia se acercó a él e, intentando ayudarle, le agarró del brazo. El niño comenzó a gritar de manera atroz, como si le estuvieran torturando con brasas candentes, y el policía comenzó a ponerse nervioso, sin tener ni idea de qué hacer. Entonces, ella se acercó al niño y, con mucho cuidado de no tocarle, le empezó a susurrar palabras tranquilizadoras, hablándole en un tono pausado y suave, especificándole mucho lo que quería decir, hasta que consiguió que el chico se calmase y aceptara la ayuda del policía. Todos el vagón se volvió hacia ella con una mirada de incredulidad, a lo que ella simplemente se encogió de hombros, risueña, y replicó “No ha sido nada, trabajo en este tipo de cosas”. Que era, justamente, lo que la mayor parte de ellos estaba deseando oír.

Pero ejemplos así, a montones. Como el del borracho que empezó a insultarnos, y acabó prometiendo entre lágrimas que dejaría la bebida y buscaría un trabajo. O el mecánico que intentó estafarnos con una factura, y con el cual ella mantuvo una larga charla (en la cual, a pesar de no poder escuchar lo que decían, contemplé como ella, todo el rato de espaldas, no perdía en ningún momento la compostura, mientras que el mecánico, en cambio, fuera volviéndose presa de un reverencial temor), para que, desde entonces, no sólo nos arregle el coche con la mayor exactitud y presteza –manteniendo constantemente agachada la cabeza, como si creyera que al contemplar los cabellos de ella, fuera a convertirse en piedra-, sino que además, incluso, hasta nos haga descuento. Ella nunca emplea ni una palabra demasiado dura, ni otra demasiado amable, simplemente, utiliza la perfecta, la necesaria para cada uno, desde el susurro más dulce, al más agrio y más violento de los tonos. Y, por supuesto, para ella no existen viejos verdes que le lancen halagos desde el borde de la acera, cajeras de supermercado que le pongan mala cara, ni tan siquiera funcionarios que le extravíen los papeles. Sabe manejar a cualquiera en cualquier situación (todo, claro, dentro de un orden: no puedes conseguir que alguien que adora la vida se suicida, ni que un fundamentalista islámico se ponga a cortar de pronto jamón ibérico. Pero dentro de las tendencias naturales de cada uno, sus palabras pueden ser capaces de casi cualquier cosa). No es que el mundo la ame: sería demasiado extraordinario, además de falso, decir que esto es así. En realidad, lo que casi todo el mundo piensa de ella, es que es, encantadora. O más bien, lo que de verdad piensa casi todo el mundo de ella, es lo que ella quiere que piensen. Yo, por supuesto, la amo: ¿qué podría hacer si no?
           
A veces le he tratado de sonsacar cómo lo hace, y ella me contesta, con toda humildad, que es un don. Dice que domina eso que suelen llamar empatía, esto es, el arte de ponerse en el lugar de los demás. Dice que a partir de entonces, todo es más fácil, que la gente se pasa la vida escuchándose solo a sí mismos, sin que nadie les comprenda, y por eso, el que alguien les demuestre que es capaz de entender sus problemas, y no despreciarlos frente a los suyos propios, les deja totalmente patidifusos, y mucho más dispuestos a negociar. Dice que los actores de teatro dominan mucho esta técnica, así son capaces de ponerse en la piel de sus personajes. Yo le digo que el teatro, por definición, es una profesión de mentirosos, pues todo el mundo aparenta ser lo que realmente no es. Llegados a este punto, en ocasiones le pregunto de pronto si ella se considera a sí misma una mentirosa nata. Y ella entonces me contesta, ¿te gustaría que lo fuera en la cama esta noche?, y ya no hay más discusión.

¿La profesión? Seguramente la habrán adivinado. ¿Política? No, por Dios, ¿por quién nos han tomado?¿Asesora matrimonial? Tampoco, en este tipo de cosas, la gente ni tan siquiera les apetece escucharse mutuamente, como para escuchar a alguien más. ¿Psicóloga? Quizás sería lógico, pero no es el caso. Obviamente, es publicista. Todavía no ha habido ni un anuncio suyo (¿recuerdan ese de “Guau, Rantanplau”, al que le dieron un premio en Nueva York), que no haya cosechado un tremendo éxito.

Muchas veces me preguntan cómo es tener una mujer así. Yo les digo que es como releerte un libro que te encanta, o como revisar de nuevo un antiguo álbum de fotos: sabes perfectamente qué es lo que te vas a encontrar, pero nunca puedes evitar sorprenderte, e incluso, en el caso del libro, llegar a angustiarte por el destino de los protagonistas. También me preguntan qué tal es en la cama. Por supuesto, y aunque no me gusta hacer alardes, puedo afirmar con rotundidad que satisface todos mis deseos. A veces me pregunto si es que ella nació para ser mía. En realidad, y de hecho, es que ella nació adaptada a todo aquello a lo que, por ejemplo por amor, quisiera adaptarse.

Nunca ha conseguido que nadie se le ponga en contra. Ni un jefe, ni un compañero de trabajo, o un profesor en la Universidad. No conseguimos recordar a nadie que la haya mirado con mala inquina, o con el ojo torcido. Los policías la tratan bien al ponerle multas (a veces se las perdonan), y hasta el perro del vecino, que siempre trata de comerse (no; no mordisquear: comerse), mis tobillos y los bajos de mis pantalones, por este orden, le ladra a ella con alegría y entusiasmo, moviendo incluso la cola, cuando la ve aparecer por la calle. ¿Quién puede competir contra eso?

Claro que, tener la mujer perfecta, que alcanzase el ideal de superhombre de Nietzsche y de Mary Shelley, de Prometeo o del protagonista de “El perfume”, también tiene sus puntos débiles. Como la vez en que un asesino huido de la prisión se coló en nuestra casa con una navaja en la mano.
-Mátale a él –dijo ella-, y nosotros nos quedamos a follar en el salón.
Cuando el cuchillo me atravesó de lado a lado, la sangre manándome profusamente a borbotones, me sentía ligeramente estúpido, como debe sentirse alguien durante una explosión cuando se percata, un segundo demasiado tarde, de que se ha dejado abierto el gas. Pero entonces ella, se agachó hasta mi cuerpo moribundo, y me consoló diciendo:
            -Contigo fue con el único con el que siempre fui sincera.


            Y sólo recuerdo que, conforme me iba muriendo, tan sólo era capaz de pensar en cuánto la amaba, y cómo le agradecía tanto todo lo que ella había hecho por mí...

lunes, 16 de enero de 2017

La historia real de enero. Almerienses ilustres: Carmen de Burgos

El año ha comenzado con una noticia funesta, y es que ya desde el primer día ha aumentado la estadística de fallecimientos por violencia de género. Quizás por eso sea pertinente nombrar a una de las primeras defensoras del feminismo en España, a pesar de que ella detestara la palabra feminismo (aunque su ideología, según sus propias palabras, se pareciera mucho a la concepción que de sí mismas hacen la mayoría de l@s feministas actuales: una actitud conciliadora y de colaboración con el hombre, en igualdad de derechos con él). Carmen de Burgos, a pesar de tener calles dedicadas en nuestro país -derecho que en su día se le negó-, goza de poco reconocimiento para haber sido la primera mujer española contratada como periodista, corresponsal de guerra, y una de las referentes de los movimientos literarios de principios del siglo XX en España.

Esta imagen de Carmen de Burgos aparece tanto en la Wikipedia como en el artículo de Yorokobu que han servido de bibliografía para esta entrada. Este último, además, ofrece una apasionante visión de los primeros progresos del feminismo en los albores del siglo XX.

Carmen de Burgos nace en Almería en 1867 pero vive buena parte de sus primeros años en Rodalquilar, Níjar. Su padre se esmeró mucho en proporcionarle una educación en la que abundaron las lecturas, y también en transmitirle el mensaje de que, por muy egoístas que se mostraran los hombres al respecto, ella tenía la misma capacidad de hacer las cosas que ellos. Se casa a los dieciséis años con un periodista cuyo padre era dueño de una tipográfica, y aunque el matrimonio es personalmente un desastre (su marido era infiel, un vividor, y las primeras experiencias sexuales fueron traumáticas; de hecho, los intentos de separarse de su esposo se tenían, como motivación primera, el propósito de recuperar "el dominio de su cuerpo"), éste le sirve a Carmen de Burgos para familiarizarse con el mundo del periodismo y hacer sus primeros pinitos dentro de él. Aunque nuestra protagonista se introduce primeramente en el ámbito laboral de la enseñanza (se saca el título de maestra estudiando por las noches, a espaldas de su esposo), en 1901, Carmen decide abandonar a su marido para iniciar una nueva vida junto con su hija, la única que había sobrevivido tras cuatro partos. En este nuevo período, se sumergirá hasta el fondo en el mundo del periodismo. Será una inicio de vocación tardío, pero desde luego muy provechoso. Bajo varios seudónimos, y en columnas destinadas sobre todo a la lectura femenina, Carmen de Burgos aprovechará sin embargo esta plataforma para hacer campaña a favor de aspectos como el divorcio y el sufragio femenino. Como se puede esperar, esta actitud le granjeará numerosas críticas. De hecho, el ministro conservador Antonio Maura traslada su puesto de trabajo en la enseñanza de Toledo a Madrid para limitar su radio de acción, aunque ella sigue volviendo a la capital los fines de semana para animar una reunión semanal de escritores, periodistas y artistas que se denominó "La tertulia modernista" y fue origen de la "Revista crítica". Esta tertulia tuvo también una gran importancia también a nivel personal, pues conoció allí conoció a un casi veinte años más joven Ramón Gómez de la Serna (el célebre creador de las greguerías) que se convirtió en su amante y colaborador literario mucho antes de que éste fuera reconocido por la sociedad como escritor. Paralelamente, esta relación tuvo una desventaja y es que, en el futuro, durante mucho tiempo, los méritos de de Carmen de Burgos fueron asociados a los de Gómez de la Serna (básicamente, se convirtió, para algunos, sólo en su "amante"), de tal forma que su producción literaria quedó ensombrecida.

En 1909 tiene lugar en Marruecos el llamado desastre del Barranco del Lobo, un episodio donde (como en otras ocasiones en nuestra historia militar) se acusó al ejército de estar defendiendo más los intereses económicos de unos pocos españoles que la seguridad de los soldados. Carmen de Burgos acude a Melilla, se establece como corresponsal de guerra para el Heraldo de Málaga y, desde su columna, retransmite desde la emoción el sufrimiento de los soldados y, en un artículo antibelicista, proporciona un hasta entonces inexistente altavoz a los primeros objetores de conciencia.

Con la llegada de la Segunda República (y, con ella, muchas de las reivindicaciones para la mujer que la periodista había defendido), Carmen de Burgos ingresa en el Partido Republicano Radical Socialista, y forma parte de numerosas asociaciones feministas y de izquierdas. Es precisamente durante una conferencia sobre educación sexual en la que siente los primeros síntomas de la fulminante enfermedad que la mataría a lo largo de los dos siguientes días. A pesar de haberse relacionado con personajes como Galdós, Clara Campoamor, Blasco Ibáñez, Juan Ramón Jiménez, Julio Romero de Torres, Sorolla o Gregorio Marañón -o precisamente a causa de eso-, el franquismo hizo todo lo posible por ocultar y ensombrecer su figura. A pesar de todo, hoy en día podemos encontrar accesibles muchas sus obras en forma de ensayos, novelas, traducciones y artículos periodísticos.

Carmen de Burgos (o, como durante muchos años se la conoció, la periodista "Colombine") tuvo que aguantar muchas cosas: desde la actitud de los hombres de su época (contrarios a la libertad de la mujer y con episodios muchas veces rayanos en el acoso), y también de las mujeres (Emilia Pardo Bazán, por ejemplo, quedó muy decepcionada de la actitud de sus contemporáneas españolas hacia el sufragismo), hasta andanadas de los sectores más conservadores entre la literatura y la prensa (una vez un periódico publicó un artículo tan ofensivo contra ella que Carmen de Burgos se presentó en la redacción y, como mujer de armas tomar, le asestó al director un par de bofetadas). Fue una viajera convencida que aprendió todo lo que pudo de los escritores franceses y las sufragistas británicas. Estuvo a punto de ser fusilada en Alemania porque se apiadó de unos soldados rusos y la confundieron con una espía. A nivel personal, sufrió tragedias relacionada con sus hijos y sus parejas. Las palabras que exhaló en el momento de su muerte fueron: "¡Viva la República!". El fin de esta institución, poco tiempo después, significó también el fallecimiento de muchas de sus esperanzas para el futuro de la mujer. Hoy en día, probablemente sería una periodista indómita, incómoda para el poder, como lo fue en aquel entonces. Estaría más feliz con la situación actual de su género, pero insistiría en que aún quedaban muchas cosas por pelear. Quizás porque hay luchas que nunca terminan porque, cuando las descuidas, surgen nuevas invasiones que obligan otra vez a levantarse en combate. Una guerra en la que también colaboramos los varones porque, como decía Carmen de Burgos, es para hacerla juntos, no separados. Quizás su ejemplo sirva precisamente para (a hombres y mujeres) lograr motivarnos.

lunes, 9 de enero de 2017

La historia corta de enero: "Esta vez no me pillan"

Esta vez no me pillan


                La noche se presentaba insomne para Carla. Probablemente la más larga que llevaba en sus tiernos seis años de vida. No era una jornada agradable, para ella, la víspera de la llegada de los tres Reyes Magos. Pese a lo que dijeran sus padres y sonrieran los otros niños, que se metieran unos extraños en su casa no le hacía la más mínima gracia. Su primera noche de Reyes la pasó en su cama desvelada, armada con una espumadera de cocina. Al Ratoncito Pérez le había tolerado porque no superaba los diez centímetros de altura, pero eso no evitó que colocara algunas trampas. Sus padres habían intentado insinuarle, los días previos, que no se preocupase, que en esta ocasión los Reyes a lo mejor no venían, que en esta ocasión puede que no hubiera regalos; pero ella sabía que le mentían, que sólo lo decían para no preocuparla. Así que esta vez se preparó: se encerró en un armario, bien armada con su tirachinas, esperando a que acudieran aquellos criminales. Con la tensión agotadora de tener que esperar su llegada, se quedó dormida. A partir de ese momento, los recuerdos fueron sólo fragmentarios. Carla había visto con claridad absoluta, entre parpadeo y parpadeo de ojos, cómo alguien había abierto el armario y, muy cuidadosamente, la cogía en brazos y la llevaba a su cuarto. Carla recordaba las manos negras del hombre sosteniendo con delicadeza sus hombros, introduciéndola en la cama y arropándola para que no cogiera frío. Cuando al día siguiente se lo contó a sus padres, éstos le hicieron jurar que aquella historia era real y no una fantasía, y en cuanto se convencieron, encargaron la instalación de una alarma, una cámara de seguridad y rejas en las ventanas. Carla, en cambio, no compartía esa visión: ahora estaba encantada con los Reyes Magos, que se habían mostrado muy amables con ella, y además habían dejado unos pocos regalos. Y mientras sus padres se peleaban histéricos, y resonaban sus gritos por toda la casa, ella ya aguardaba ansiosa el próximo año, pues estaba deseando que pasaran por allí una vez más…

lunes, 12 de diciembre de 2016

La historia real de diciembre. Vidas de amor de locura y de muerte: la agitada existencia de Horacio Quiroga.

Borges dijo alguna vez: "Horacio Quiroga es, en realidad, una superstición uruguaya. La invención de sus cuentos es mala, la emoción nula y la ejecución de una incomparable torpeza". Tal vez Borges habría sido un lector fascinado de la vida de Quiroga si la hubiera encontrado, al azar, en alguno de los tomos de su biblioteca y Quiroga se hubiera llamado Kilpatrick o Vincent Moon. Es más, Quiroga podría haber sido un personaje borgeano, de esos que jamás escapan a la circularidad de su destino. 


"Horacio Quiroga: Cita con la fatalidad", en "Diario Clarín"

Decía Oscar Wilde que hay personas que emplean en la escritura únicamente su talento, mientras reservan la genialidad para su vida. Horacio Quiroga (Salto, Uruguay, 1878-Buenos Aires, Argentina, 1937), a pesar de la opinión de Borges, es reconocido como uno de los grandes literatos latinoamericanos, especialmente en su actividad como escritor de cuentos. Fue moldeado en su juventud por las grandes corrientes de pensamiento de la época (se declaraba seguidor del positivismo y del materialismo filosófico), incluidas las literarias, como el modernismo de Rubén Darío. Sin embargo, sus relatos presentan un tono eminentemente naturalista (esa subcorriente del realismo literario que toma los aspectos más tenebrosos de la existencia cotidiana), influido sin duda por dos aspectos de su biografía que le marcaron sobremanera: la vida en la selva, por un lado, y su peculiar relación con la muerte, que se introdujo en su existencia en demasiadas ocasiones de manera violenta, dramática e inesperada. Y es que, como menciona la cita al principio de este post, Horacio Quiroga pudo escribir muchos y muy buenos cuentos, pero su devenir fuera de la literatura supera, sin duda, la de muchos personajes literarios. Dicen que una vida feliz equivale a una vida normal; que no hay sucesos extraordinarios que narrar dentro de la placidez de la rutina. Horacio Quiroga, en cambio, no tuvo esa suerte: si alguien le hubiera soñado un par de milenios atrás, hubiera sido podido ser protagonista de una -manejada por los dioses a su antojo- insana tragedia griega.

Quiroga a los 18 años (de Wikipedia, una de las fuentes de este post).

Algunos defienden que todos los comienzos son felices, pero hasta las más luminosas perspectivas se ensombrecen si aparece, tan sólo en los dos primeros meses tras el nacimiento de una vida, la sombra de la muerte por un accidente de caza del padre. Sería la primera de todas las que vendrían después. Aún así, el joven Horacio, con toda una vida por delante, se interesa por todo lo que encuentra a su alrededor: la química, la fotografía, el ciclismo, la vida campestre. Se introduce por primera vez en el mundo de la mecánica, una afición que no abandonará en el resto de su vida. Y, por supuesto, por la literatura: aún se conserva el primer cuaderno de poesías, elaborado en esta época. Empieza a participar en revistas literarias. Por aquella época, escribe también el primer párrafo una larga lista de amores atormentados e infructuosos: en este caso, los padres judíos de la joven muchacha a la que cortejaba no aceptaron su origen gentil. Viendo todo lo que pasaría más tarde, pudo ser, de todas sus relaciones, la que concluyó más felizmente.

Todavía en la adolescencia, llega el primer mazazo que Quiroga debe afrontar cuando ya tiene uso de razón, y además lo presencia en directo: el suicidio de su padrastro. Con el dinero de la herencia, Horacio se decide a emprender un viaje a París: parte con brillantes esperanzas, y vuelve con pasaje de tercera, depauperado, con pinta de mendigo, y una barba negra que formaría para siempre ya parte de su apariencia. Su experiencia en este viaje la narraría en sus "Diarios de París", quizás una de las primeras ocasiones en las que descargó todo los trances por los que tuvo que pasar para sublimarlos a través de la literatura.

Quiroga en 1900 (Wikicommons)

A la vuelta a Uruguay, Quiroga reúne a otros amigos interesados por la literatura y funda el "Consistorio del Gay Saber", un entorno de experimentación que presidirá la vida literaria de Montevideo de la época, y dentro del cual publicará su primer libro, "Los arrecifes de coral". Sin embargo, la tragedia vuelve a presentarse, de manera múltiple: primero, mueren dos de sus hermanos de fiebre tifoidea. Sin embargo, lo que vendría a continuación sería más dramático: un amigo suyo, también literato, llamado Federico Ferrando, recibe malas críticas de un periodista y decide batirse en duelo con él. Horacio, preocupado por su compañero, se ofrece a inspeccionar y limpiar el arma que empleará en el duelo: mientras lo hace, el arma se dispara accidentalmente y la bala se introduce por la boca en el cuerpo de Ferrando. La muerte en instantánea; Horacio es detenido y encarcelado durante cuatro días, y aunque al final es liberado cuando se aclara el origen accidental del suceso, Horacio ha quedado traumatizado para siempre. Decide cerrar inmediatamente el "Consistorio del Gay Saber" y se muda al otro lado del Río de la Plata, a la extranjera y vecina Buenos AIres, para convivir con su hermana. Quizás una nueva localización geográfica (parece pensar) le dé una nueva ocasión de empezar.

Imagen de Quiroga extraída de aquí (otra de las fuentes del post).

Y al principio, la cosa va bien. Empieza su fructífera relación con el relato breve. Consigue un trabajo de profesor de castellano en el Colegio Británico de Buenos Aires. Surge la oportunidad de acudir como fotógrafo para documentar unas ruinas que reflejaban la presencia de los jesuitas en una región selvática de la provincia de Misiones. Sería su primer contacto con la selva, que se infiltraría bajo su piel como un parásito de cuya enfermedad no se recuperaría nunca, ni querría hacerlo. Publica el primer volumen de cuentos, "El crimen de oro", con gran influencia de Edgar Allan Poe, algo que Quiroga no ocultaría, sino que estaría orgulloso de mencionarlo (era también un asiduo lector de Guy de Maupassant). También escribiría historias para niños con un evidente componente fantástico, con animales que hablan (aquí se nota la lectura de Ruyard Kipling), relatos que contrastaban con las historias de terror rural que fascinaban a la horda de lectores que pedían a gritos sus cuentos. Como se ve, la selva ya se había introducido en su mente, y por ello estaba deseando volver a ella; la tragedia, como se podrá comprobar también, había plantado asimismo su semilla, pero sería ella la que no estaría dispuesta a abandonarle.

En efecto, Quiroga quiere volver a la jungla, y aprovecha facilidades del gobierno argentino para comprar unos territorios en Misiones. Desde su puesto de profesor y en sus vacaciones, Horacio va preparando el bungalow y las instalaciones de la que pretende que se convierta en su residencia permanente. Otra de las pulsiones de Quiroga asoma entonces: una tendencia, difícil de erradicar, a enamorarse de mujeres mucho más jóvenes que él. En este momento concreto, esta será su alumna Ana María Cirés, todavía una adolescente, a la que dedicará su primera novela, de un título autoexplicativo, "Historia de un amor turbio". Después de mucho insistir, Ana María acepta no sólo casarse, sino irse a vivir a la selva con él. Los padres de la chica, preocupados, deciden instalarse al lado del matrimonio, en mitad de aquella región inhóspita que Quiroga buscaba que fuera el escenario de su vida.

Por un momento, todo fue bien: Quiroga empieza la explotación agrícola de la zona. Consigue un trabajo como juez de paz del lugar, probablemente el peor de su categoría que hubo nunca. Era olvidadizo y descuidado, anotaba nacimientos y muertes en papelitos que luego almacenaba en un tarro de galletas (luego empleó este hábito como costumbre de uno de sus personajes literarios), aunque el método no le funcionaba muy bien, pues hasta muy tarde siguieron apareciendo de la nada individuos que no habían quedado registrados en el censo del país por culpa de la mala cabeza de Horacio. En medio, Ana María le da sus primeros hijos, chica la mayor, varón el pequeño. Quiroga se hace cargo personalmente de su educación, de una manera en ocasiones despótica, y llevando siempre las capacidades de los niños al límite: les hace interaccionar con la selva, arriesgar su vida, se vuelven expertos en tratar con animales, manejar armas, dominar por sí solos canoas y motocicletas. Su esposa no soporta esta clase de enseñanzas: le parecen una tortura, un riesgo innecesario, un tormento. Finalmente, no puede aguantarlo más: decide suicidarse con cianuro, pero lejos de ser una muerte inmediata, la agonía se prolonga tres días. Durante ese período, Horacio trata de salvarla y de recuperarla para su causa, pero todo es inútil, el veneno ejerce sin misericordia su implacable meta. No se sabe si Quiroga escribió algo de aquella terrible tragedia: probablemente si existió lo quemó, como la ropa de Ana María, sus fotos, o cualquier otro registro de que jamás hubiera existido.

Quiroga retorna con sus hijos a Buenos Aires, consiguiendo un cargo para el Consulado de su país natal, en el que prospera. Monta un taller en su nueva casa (le continúa apasionando la mecánica) y prosigue con sus relatos. Sus historias son cada vez más leídas, más celebradas: "Cuentos de amor de locura y de muerte" (el título está escrito sin comas por deseo expreso del autor), "Cuentos de la selva". Hasta se atreve con la crítica cinematográfica y está cerca de montar una escuela de cine, aunque este proyecto finalmente se malogra. Por un rato, sin embargo, a pesar de lo ocurrido en días pasados, todo parece ir bien.

Pero llega de nuevo la obsesión por volver a la selva, y de nuevo un nuevo amor: la cifra mágica es diecisiete años. Se llama también Ana María, en esta ocasión Palacio. Pero sus padres no quieren dejarla ir a vivir a la selva. En su novela "Pasado amor", Quiroga se dedica a narrar múltiples tretas que el protagonista lleva a cabo para intentar comunicarse con su amada, y es probable que muchas de ellas las tomara prestadas de su propia relación con Ana María. Probablemente exasperados, los padres de la chica deciden cortar de raíz el problema y marcharse muy lejos junto con la muchacha. Quiroga, por tanto, se obligado a renunciar a ella. Se concentrará a partir de entonces en la selva, en el taller mecánico que ha montado en la misma; incluso construye una embarcación con la que realiza paseos fluviales por el río Paraná. Aparte, sigue escribiendo, se atreve con la publicación de biografías, recibe homenajes, vuelve de manera periódica a Buenos Aires, y se casa por segunda vez: en esta ocasión con María Elena Bravo, compañera de clase de su hija. La muchacha no ha cumplido aún los veinte años.

Quiroga en su taller de su casa de Misiones. Extraído de aquí, también una de mis fuentes.

Sin embargo, los momentos de alegría zozobran rápido. Tiene lugar el único fracaso comercial del escritor, el ya mencionado "Pasado amor". Al mismo tiempo, comienzan los problemas de pareja con su segunda esposa, que le ha dado una hija, pero que le provoca -no sabemos si con motivo o sin él- unos intensísimos celos. Por ello, decide volver a la selva con ambas, logrando que el Consulado traslade su puesto (que, al fin y al cabo, es el que le proporciona la mayor parte de sus ingresos) a una ciudad cercana a su residencia en Misiones. No obstante, un cambio de gobierno en Uruguay significa también un cambio de preferencias, y los servicios de Quiroga ya no son requeridos. Los amigos de Quiroga (que son muchos después de tantos años en el ámbito literario) intentan conseguirle una pensión. En el terreno familiar, a su segunda esposa le disgusta tanto como a la primera la vida en el campo: las riñas y peleas son más que frecuentes.

En 1935, la salud de Quiroga se resiente: tiene problemas al orinar, y los médicos le diagnostican una hipertrofia de próstata. Sus amigos le han conseguido por fin la ansiada pensión, y Horacio accede a las peticiones de su mujer de trasladarse a la ciudad de Posadas. Aún así, el matrimonio está herido de muerte, y su mujer y su hija le abandonan. Este hecho sumirá al escritor en una profunda depresión.

Hundido a causa de los últimos acontecimientos, pero más acuciado todavía por el dolor, Quiroga marcha a un hospital de Buenos Aires. Allí, el nuevo diagnóstico es más sombrío: un cáncer de próstata, inoperable. Quiroga pide entonces permiso para realizar algunos paseos fuera del hospital; su esposa y sus amigos acuden a él para confortarle en sus últimos momentos. Aún así, los últimos días de su vida dan paso una vez más -como casi siempre en la literatura, y también en su propia existencia- a la atmósfera de lo irreal, que se entremezcla sin disconformidad con la más vulgar vida cotidiana: Quiroga se entera que en su mismo hospital hay un paciente afectado de unas terribles deformidades; probablemente sufría del síndrome de Proteus, la misma enfermedad que padeció Joseph Merrick, el famoso "Hombre Elefante". El individuo en cuestión se llama Vicente Batistessa y se halla encerrado en los sótanos del hospital como un monstruo. Quiroga exige su liberación y obliga al hospital a habilitarle una cama en su misma habitación. Como es de imaginar, ambos se hacen grandes amigos.

El porvenir de Quiroga se le antoja sombrío: el pronóstico es terminal. Lo único que puede hacer es sentir dolor hasta el final mismo. Horacio decide anticiparse y le pide ayuda a su nuevo y leal amigo Batistessa. En presencia de este último, Quiroga bebe un vaso de cianuro: como su primera mujer años antes, el padecimiento es terrible hasta que llega por fin la liberadora muerte. Luego, su cadáver es velado, después repatriado y más tarde, conforme a sus deseos, incinerado y esparcidas las cenizas por la selva que tanto amaba. Sus amigos, por otra parte, encargaron a un escultor una urna conmemorativa destinada a ser emplazada en Salto, su ciudad natal.

Horacio Quiroga empezó escribiendo poesía con influencias modernistas. Pero muy pronto la realidad (incluso una en ocasiones tan difícil de creer que asemejaba un relato fantástico) le rodeó, y se empeñó en describir la crudeza de una selva que, no obstante, aceptaba en sus tristezas y miserias con la mayor naturalidad. Sus personajes son como él mismo o, al menos, como él le transmitía que debían ser a sus hijos: aceptan que el medio salvaje va a enfrentarse a ellos con todo el arsenal disponible, les combatirá, absorberá cada soplo de vida. Y, sin embargo, no por ello dejan de hacerle frente; tratan de arrancarle, mientras les sea posible, las victorias que hagan falta, golpe a golpe, lasca a lasca, aceptando con resignación su destino si son finalmente derrotados en la batalla. Sus críticos literarios están de acuerdo en que pocas veces un escritor ha plasmado en su obra, de una manera tan evidente, una experiencia autobiográfica. Quizás porque, con el material tan fantástico del que disponía, era una pena desaprovecharlo. Tal vez, porque la única manera de vencer a los demonios -como conoce todo experimentado escritor- es precisamente conjurarlos. Se dice en ocasiones que Horacio Quiroga quería dejar de escribir: no parece muy claro que hubiera podido hacerlo.

Horacio Quiroga, de manera consciente o sin posible elección, se enfrentó a lo largo de su vida a la literatura, al amor, a la naturaleza y a la muerte siempre de cara: por ello no es extraño que, en el último momento, no rehuyera el combate final.

lunes, 5 de diciembre de 2016

La película de diciembre: "Time lapse"

Hace unos pocos meses hablamos sobre viajes en el tiempo en el cine y la literatura en un post de este blog. No obstante, creo que merece la pena retomar de nuevo el tema para hablaros de la película que hoy saco a colación. Últimamente, en festivales como el de Sitges y otro tipo de plataformas, encontramos propuestas muy interesantes, hechas en muchos casos con cuatro duros, y que apenas reciben promoción o reconocimiento -incluso por parte de los jurados, que sí que han destacado películas muy interesantes como Another Earth, Ex machina, Primer o Upside Down-, así que tiene que ser el "boca-a-boca" o reseñas como ésta las que llamen la atención sobre esas pequeñas joyas. Entre estos ejemplos, se me ocurre mencionar The Man from Earth, Coherence, u Orígenes, tres películas maravillosas del cine de ciencia ficción independiente de las que no hubiera tenido noticias de no ser por recomendaciones de amigos (incluso aunque alguna de ellas se me pasara de largo en su momento y tuviera que re-descubrirla por casualidad XD). En este caso, Time lapse ni siquiera tuvo esa oportunidad, ya que la encontré de manera completamente azarosa. Y aunque la película mantiene alguno de los patrones y paradojas clásicas de los viajes en el tiempo, hay que decir los presenta de manera bastante original y, sobre todo, lo hace de forma que te mantiene pegado a la pantalla durante todo el metraje de la película, intrigado por el destino de sus protagonistas. Así que he pensado que, en este caso, y con el objetivo de establecer una cierta reciprocidad, quizás yo podría ser en este ocasión el amigo que os recomienda una película desconocida que (espero) os vaya a gustar.


De todos modos, de "Time lapse" no os comentaré mucho, precisamente para dejar espacio a la sorpresa. Si acaso, es posible desgranar un poco el punto de partida inicial: todo empieza con tres amigos (una de ellas, Danielle Panabaker, la actriz más conocida del elenco y que a muchos les sonará de series de televisión como "Shark" o "The Flash"). Una casa. Una ventana en el piso del vecino que da directamente a la sala de estar de la vivienda de los protagonistas. Y una misteriosa cámara fotográfica... A partir de allí, suspense, giros de guión, y una excelente muestra de thriller psicológico donde nada es donde parece. Y, como suele decirse, hasta aquí puedo leer. Nos recomendamos. Un saludo.

domingo, 27 de noviembre de 2016

Homenaje a Gloria Fuertes

En el aniversario del fallecimiento de Gloria Fuertes, unos pocos poemas suyos (completos o en fragmentos; "uy, qué raro, me ha salido un pareado" XD). Los dos primeros, "Plumilindo" y "La momia tiene catarro" son muestras representativas de la imagen que todos conservamos de Gloria Fuertes como poetisa infantil, y han hecho las delicias de los lectores más jóvenes -cada uno tenía su favorito- durante ya varias generaciones. Los cuatro siguientes nos recuerdan que Gloria Fuertes no se dedicó sólo a escribir para niños y no tan niños, sino que fue también una destacada poetisa para adultos, destacando en ella un profundo compromiso social y antibelicista. Finalmente, un poema que me han regalado hace poco, dedicado a la letra "eñe", y que quizás merezca una explicación, Muchos de vosotros habéis sentido -cuando tratáis de mandar un correo electrónico o escribir un texto en un ordenador extranjero-, cómo, en el teclado que manejabais, la letra "eñe", ésa tan genuinamente castellana, se encontraba ausente, teniendo que recurrir a recursos externos, subterfugios, sinónimos, o incluso a variantes fonológicas extranjeras (la "nh" portuguesa o la "gn" francesa) para haceros entender. A mí también me ha ocurrido, pero quizás vosotros no habéis tenido la suerte de, al otro lado de la conversación, tratar con alguien que le saca punta a este contexto, haciéndote hablar de núes y de nandúes, de años y rebaños, o de añojos de gusto añejo. Afortunadamente para mi equilibrio mental, hace tiempo que puedo usar la "ñ" con libertad, pero echo de menos esas conversaciones, igual que entonces echaba de menos la "ñ" (la cual, quieras que no, está contenida en ese trocito de tierra que tantos han tenido que extrañar por razones ajenas a ellos mismos, y que ha venido en llamarse España), y también está contenida en esa palabra, "añoranza", que sirve para expresar tan bien cuando queremos volver a sentir algo de nuevo. Por eso, creo que ahora es apropiado decir: te añoramos, Gloria Fuertes.

Plumilindo
(El cisne que sería ser pato)
(Fragmento)


Este es Plumilindo.
Por decorativo y elegante
le tenían aparte en el estanque.
Desde su estanque particular
veía a los vulgares patitos disfrutar.
Todos los patos admiraban su belleza
y las patas, por él, perdían la cabeza.
Plumilindo siempre solo,
y más helado que un polo.
-¡Qué mala pata tengo!
¿Por qué no seré un pato mareado y corriente
en vez de triste cisne de pluma transparente?
¡Triste es mi vida! ¡Qué vida llevo!
¿Por qué no me habrán frito cuando era huevo?
(El cisne, así se lamentaba
y el agua del estanque aumentaba,
porque Plumilindo lloraba como un grifo.)
¿Qué me importa que me saluden las flores,
que me pinten los pintores,
que hagan fotos a mi cabeza divina
si estoy SOLO en la piscina?
(Plumilindo lloraba como un descosido,
bajo el sauce escondido.)
Se acercó una pata muy coqueta
y le hizo cosquillas con la aleta.

La momia tiene catarro
(Fragmento)

En un lugar desierto del Desierto, se empezaron a oír unos ruidos extraños, que no era el lamento del viento.


 Alrededor no había nada,


 ni palmeras, ni animales,


 por eso los ruidos,


 no eran naturales...

... De donde únicamente podían salir los extraños sonidos era de la pirámide cercana; pero dentro de la pirámide no había nada. Mejor dicho, había una «cosa», ¡la momia! -porque una pirámide sin momia es como un fantasma sin castillo-.
Así que los lejanos vecinos de las pequeñas casas apiñadas como hojaldres estaban -no precisamente encantados por la pirámide encantada-, estaban ¡aterrorizados!
De la abandonada pirámide seguían saliendo ruiditos misteriosos día y noche (de noche daban más miedo).
Los antiguos nómadas, hoy sedentarios, tranquilos (e intranquilos) habitantes de las casas y tiendas de alrededor dispusieron sus dromedarios y sus camellas e iniciaron la caravana hasta el próximo poblado «civilizado » y... ¡raptaron al médico!
Bien raptado y maniatado, llevaron al doctor hasta la pirámide y, colocándole junto a una de las piedras que -según los más viejos- era la antigua entrada al picudo monumento, empezaron los trabajos.
A fuerza de cánticos, conjuros, palanquetas y, sobre todo, a fuerza de fuerza, cedió la puerta -que no era puerta, sino un enorme pedrusco.
El doctor dijo con miedo: Pa, pa, papa, pasen...
-Usted primero, doctor.
-No, por favor, ustedes primero... Yo... Yo no tengo nada que hacer aquí... A mí me llaman para que no se mueran los vivos, no para que resuciten los muertos... Lo mío es curar vivos, no sé nada de muertos, no entiendo de momias... Soy puericultor...
-¡Hemos dicho que pase, doctor!
Y le dieron tal empujón que fue a parar a los pies del sarcófago... Después entró el cortejo de asustados cortesanos. Un silencio, bastante sepulcral, reinaba en la ante-tumba. Tumbada, quieta y vendada yacía la momia . La momia, estaba momia, que era lo suyo, momia y callada. Imposible que de su boquita vendada saliera el más leve susurro.
De pronto, se deshizo el hechizo, el silencio bastante sepulcral del que antes hablaba se vino abajo cuando... unos estornudos estruendosos retumbaban contra el eco del salón piramidal.
-¡Achís, achis!
Después, silencio de nuevo. Después, tímidos pasos. Los pasos aumentaban de sonido. No cabe duda, los pasos se acercaban.
En la semioscuridad de la nave apareció una cosa larga, que brillaba canosa.
¡Apareció una barba! ¡Qué cosa!
Una bárbara barba, brillante y frondosa,que llegaba hasta el suelo y barría las baldosas. La barba habló: ¡No asustaros!
Era una barba con hombre. Era un hombre dentro de una barba, y no habló más... Se abalanzó sobre el doctor y le estrujó en un abrazo.

Barba y doctor temblorosos.


¡Qué susto más horroroso!



Yo como
comes
El come
Nosotros comemos
Vosotros coméis
¡Ellos no!
(Extraído de Mujer de verso en pecho, 1996).


Siempre con los colores a cuestas

No olvido cuando rojos y negros
corríamos delante de los grises
poniéndoles verdes.
Cuando rojos y verdes
temblábamos bajo los azules (de camisa)
bordada en rojo ayer.
Asco color marrón
que siempre huele a pólvora.
Páginas amarillas leo hoy
para encontrar a un fontanero
que no me clave.
Siempre con los colores a cuestas.
Siempre con los colores en la cara
por la vergüenza de ser honesta.
Siempre con los colores en danza.
Azul contra rojo
negro contra marrón
como si uno fuera Dalí o Miró.

HAY QUE DECIR LO QUE HAY QUE DECIR


Hay que decir lo que hay que decir pronto,
de pronto,
visceral
del tronco;
con las menos palabras posibles
que sean posibles los imposibles.
Hay que hablar poco y decir mucho
hay que hacer mucho
y que nos parezca poco:
Arrancar el gatillo a las armas,
por ejemplo.


Ya ves qué tontería
Ya ves qué tontería,
me gusta escribir tu nombre,
llenar papeles con tu nombre,
llenar el aire con tu nombre;
decir a los niños tu nombre,
escribir a mi padre muerto
y contarle que te llamas así.
Me creo que siempre que lo digo me oyes.
Me creo que da buena suerte.
Voy por las calles tan contenta
y no llevo encima más que tu nombre.



Poema a la eñe

Todo tiene eñe en España,

¡hasta España!

Eñe, el coño o la cigüeña que nos trae,

eñe la cizaña o la guadaña que nos lleva,

eñe la niña que nos enfría,
eñe la leña que nos calienta.
Eñe la caña con que pescamos,
eñe del paño que nos alienta,
eñe de moño que aún baila jota,
eñe de maña que maña ostenta,
eñe de uña que nos araña,
eñe extremeña.
Eñe de caño de fuente,
eñe de cuña que injerta,
eñe de añicos,
eñe de mierda
o eñe de niño, que somos todos,
los que aún latimos con un poema.

Éstos y otros poemas de Gloria Fuertes podéis encontrarlos en su página de Cervantes Virtual, y también en blogs, recopilatorios, homenajes y, por supuesto, vuestra librería o biblioteca favorita.

lunes, 21 de noviembre de 2016

El relato de noviembre: "De cómo me convertí en lodo"

A pesar del título final de este relato erótico, el nombre del archivo donde se encuentra incluido en mi ordenador es el de "París era una fiesta", mientras que para mí, el nombre más apropiado, y el que mejor define su mensaje, es "Elogio de la frivolidad".

De cómo me convertí en lodo

                Pues cómo os lo explico… Para ser sinceros, nunca pensé que “aquello” (pues no me parece correcto ponerle nombre) se iba a convertir en marca de la casa, o en una actividad por la que me conocieran mis allegados, e incluso compararan experiencias entre ellos. Lo cierto es que a mí, como señorita que me considero, no me hacía demasiada gracia. Pero supongo que todo empezó como una broma, y luego, al sorprenderme de los resultados, ha acabado por convertirse en una costumbre. El truco consiste en moverse muy sigilosa debajo de las sábanas, como una serpiente, y una vez hecho, y aprovechando que la noche anterior mi pareja se ha acostado sin ropa interior (y, si intenta hacer lo contrario, ya estoy yo para impedírselo), combinar la cantidad suficiente de delicadeza y rapidez para conseguir introducir cierta parte de su cuerpo de él –no hace falta ser explícita, ¿verdad?, son ustedes personas inteligentes-, a esas horas en general bastante dormida, y hacerle de manera casi instantánea recuperar su vigor. Aparte de que me agrada la imagen de mí misma tomando el control de la situación (y que nunca dejo de maravillarme de la capacidad del órgano masculino de despertarse en tan breve lapso de tiempo, incluso antes que sus dueños), siempre me llama la atención la diferente manera en que mis compañeros de cama reaccionan, desde el miedo cerval a lo desconocido hasta la inevitable sorpresa, pasando una risa estruendosa o un cierto punto agresivo: una u otra respuestas me satisface, ya sea porque resulta positiva y satisfactoria, o porque en cambio me advierte algo acerca de la persona en concreto -la gente que no pasa el test no suele durar mucho tiempo en mi cama. Se me hace raro escuchar que alguna vez mis amantes han comentado entre ellos este hábito mío, por supuesto después de haber pasado la primera noche –antes es un secreto; después, aunque se puede repetir, no produce el mismo impacto-, aunque me he acabado haciendo a la idea de que si de algún aspecto van a discutir de mí, mejor que sea de eso, pues todo el mundo habla de todos en esta ajetreada ciudad y, desde luego, si tiene que ser por algo, al menos sea por provocar placer en lugar de dolor, o al menos eso es lo que pienso yo. En cuanto a que el hecho de que uno de los motivos por los que más te conozcan sea un secreto de alcoba, en fin, aquí tampoco es raro. Hoy en día si un embajador no se acuesta con una condesa o un sirviente con un agregado cultural, entonces es que esta semana no ha habido noticias relevantes. Y sin ellas, no tendría material con el que nutrirse esta siempre hambrienta de novedades, curiosa, libertina, escandalizada, escandalosa, y atrevida ciudad.

                La verdad es que la Ciudad era una fiesta. En medio de ese ajetreo de chapas militares, de recepciones en consulados, de bailes de inauguración y de botellas de champán burbujeando con frenesí, todo el mundo se divertía, y quien no lo hacía era porque era un snob, un amargado o una mojigata, y yo nunca me he caracterizado por ser ninguna de las tres cosas. En medio de las vorágine, las chicas nos entreteníamos, intercambiando pendientes, vestidos, amantes, y también de vez en cuando secretos militares, porque en aquellos días todo lo relativo a estrategias de combate estaba de moda y, vamos, por ponerlo claro, en ese tiempo, si no tenías algo que añadir sobre el futuro de la guerra moderna, entonces todo el mundo te consideraba una hortera. Creo que nunca tantas líneas de fronteras fueron cruzadas, tantos contingentes enviados al frente, tantas condecoraciones otorgadas y retiradas luego entre deshonores, como en nuestras reuniones de salón y discusiones en el baño, sin que casi ninguna de ellas llegara a hacerse realidad. Oh, y no se crean que era tan sólo una cosa de mujeres: los hombres intervenían con casi la misma o mayor avidez en aquel juego, probablemente otorgándose unos galones que nunca les hubieran dejado atribuirse en la vida real, pero con cuyo fingimiento todos estábamos contentos -y si lo estábamos, para qué íbamos a discutir más. En cuanto a mí, yo en esta coyuntura aproveché para hacer lo que he hecho durante toda (o si no, al menos la mayor parte) de mi vida: ser feliz. Y como siempre he creído poco en el amor tan elevado que expresan los poetas y que se va y se viene con la facilidad de una estrella de mar a las pocas horas o a las pocas copas de entrar en un bar, me he dedicado con fruición al que más me entusiasma: al de una pareja hablándose silenciosa, con los labios pegados la oreja, en una recepción de hotel; el que se entrelaza con copas de vino derramadas en una soirée; o el efímero que dura un minuto, o tres, o mil noches bajo las sábanas. Claro que he sido joven, y he tenido dieciséis años, y he sentido el amor por el que lo das todo y te embarga del todo, pero cariño, hemos crecido, he entendido que esas historias de pasión difícilmente duran, y que al final lo que te quedan son momentos, y que los que no toman no los vas a volver a compartir. Por eso he tenido toda clase de amantes: viejos, jóvenes, bajitos, calvos, con bigote (cómo adoro esos mostachos con las puntas recortadas), artistas bohemios de ésos que no tienen donde caerse muertos y que han entendido que ser escritor es beber a la misma velocidad que los que les publican, pintores que buscan la oportunidad de ver desnudas a sus modelos, gente que no tiene mucho que decir y no sabe cómo hacerlo, gente que sabe muy bien cómo decirlo pero no tiene nada que contar, y también artistas que se preocupaban tanto por su arte y tan poco por su posición de artistas que se habían olvidado decirle a alguien que se fijara en lo buenos que eran. En medio de todo aquello, el dinero importaba lo justo, no demasiado: de alguna manera, siempre había, de alguna forma, siempre fluía. Ribetes dorados en las copas, sábanas de raso, cortinas de un ambarino traslúcido. También es verdad que yo siempre he dicho que una dama es aquella que es capaz de hallarse en toda clase de situaciones, ya sea hablando con un obispo o con un mendigo, y que a ambos trata con igual corrección. Sí, claro, ya sabemos que esto de la clase se asocia siempre a una forma de vestir o de comportarse, pero al final todos tenemos que elegir si lo importante es lo primero o lo segundo, y para ser sincera una vez más, no he visto comportamiento más detestable que el de la alcoba de algunos grandes hombres, o al menos el que se atreven a expresar en la intimidad, cuando creen que allí nadie les mira. Lo que noto es que esto ya empieza a enlazar con lo que quería contarles desde el principio. La cuestión es que al General, en el momento que le hice “eso”, le entró miedo, muchísimo miedo, para nada la palabra “susto”, sino más bien la mucho más vívida de “pánico”. Como si se encontrara en medio de una guerra, y eso que debía hacer décadas que el General no pisaba un campo de batalla, menos aún sobre la superficie de esta ciudad donde, por mucho que se hable de puñaladas traperas o se discutan crímenes en serie, lo más grave que puede ocurrir es que dos locas se tiren del pelo y se arañen con las uñas mientras debaten quién le ha robado el look a la otra. Bueno, la cuestión es que la reacción del General (febril, entumecido, con el sudor perlándole la frente y una sequedad antinatural en los labios) fue lo que me hizo sospechar y por primera vez me dediqué a mirar en serio la documentación que portaba en la pechera del traje militar, y no simplemente ver transcurrir hojas para pasar el rato mientras alguien termina de asearse en el baño. Y en aquel mar de páginas, he de confesarlo, fue cuando mi cabeza zozobró. Quizás porque nunca vi expresada de manera tan aséptica e impertérrita tantas barbaridades que sólo podrían ser sostenidas sobre papel, y me extrañaba que esta superficie no llorara, que no se humedeciera ante tanto dolor junto, manifestado ahí como números, estadísticas y cálculos, previsiones que nunca deberían hacerse, planes que no tenían derecho culminar. Como con el General ya hay confianza, y sé que él me lo podría perdonar todo (salvo, quizás, que le discuta que su peso ha cambiado desde la campaña de Tánger), le mostré lo que había leído. Él, por supuesto, se mostró muy afectado. Dijo que no debería haber mirado todo eso, me pidió -sabía que ordenar directamente no serviría de nada- que no se lo dijera a nadie, y que hiciera como si, de todo lo que había visto, no hubiera oído hablar jamás. De hecho, esa misma tarde me mandó un ramo de flores, con una tarjeta que insinuaba sutilmente de nuevo, sobre la posibilidad de que le revelara a nadie algo de todo esto, una sutil prohibición. Así fue como yo (que he salido de habitaciones de moteluchos sin bragas, que hecho tríos con dos hombres por un lado, y con sus mujeres por otro, que me he levantado en ocasiones, como Peter O’Toole, con tantos restos de Lambrusco corriendo la sangre –por supuesto lo de Peter no era lambrusco- que me he preguntado en qué continente he amanecido), así fue como yo, aquel día, me convertí en lodo; así fue como yo, aquella noche, me convertí en puta. Pero cariño, ya me conoces: esto no podía quedar así. Como he dicho antes, en la elegancia y el saber estar hay que distinguir entre la apariencia y los actos, y a mí esa separación me la enseñó bien clarita mi madre, mientras me cepillaba mil veces el pelo, cuando era chiquitita. Fue por eso lo de aquel suceso atroz. No hagan caso de lo que digan los periódicos; por mucho que ilustren sus portadas con las imágenes de aquel dormitorio con el papel pintado manchado de sangre, como si fuera una pesadilla apocalíptica, la realidad no tuvo nada que ver con eso. Sí, vale, tuve que “decorar” un poco la realidad para disfrazar mi coartada, pero a aquel hombre adusto de bigotito negro que había tenido la endemoniada idea que había sido plasmada en aquel informe (por cierto, un tipo muy sereno, melódico, suave. Supongo que para que se te ocurra una barbaridad como aquella tienes que ser un hombre muy ordenado en tu vida, muy tranquilo, de ésos que no han roto nunca un plato, que riegan las plantas, saludan al pasar, al que todos consideran un buen vecino), yo nunca le hubiera hecho un daño como ése, como no se lo haría a ningún ser humano. No; mi arma preferida, como mujer, siempre ha sido el pintalabios, y después el veneno. Además, uno de éstos que no mata en sí mismo, sino que sólo hace un poco más dificultosos los esfuerzos del corazón. Abandonar este mundo, en un último instante de amor, en medio del placer, henchido de orgasmo: ¿qué mejor final podría esperar, cuál mejor hubiera deseado para mí misma? Luego lo demás fue tan sólo un artificio –algo tétrico, eso sí- una pantomima de teatro, incluso aunque al juez no le convenciera mi representación y no se creyera lo de la pelea de amantes y el crimen pasional. Ahora en la celda procuro exhibir la misma sonrisa que Audrey Hepburn en uno de esos reportajes en blanco y negro: que no vean que la procesión va por dentro, como suele decirse, y que si te enfoca una cámara, te pille siempre sonriendo o bailando. De todas maneras, no me importa mucho estar aquí, e incluso lo considero un privilegio para perseguir mi propia paz: no hubiera podido habitar en este mundillo si la cosa hubiera cometido el delito insufrible de volverse mortalmente seria, si por un momento hubiéramos abandonado las máscaras y nos hubiéramos despojado de toda nuestra muy digna frivolidad. En la corte de justicia nos llamaron cortesanas y reprocharon nuestro modo de vida, pero –para ser sinceros, una vez más, contigo, perdón, con ustedes- creo que hubiera sido una cortesana mayor si (en medio de la felicidad, y de las fiestas, incluso de la celebración que hubieran montado todas las otras, ignorantes, porque empezara la guerra) me hubiera atrevido a callar. Y eso que la farra había sido buena, porque de hecho recuerdo una parecida hace ya algunos años –es lo que tiene la experiencia, aunque no lo quieras, te acaba contaminando un poco- en que hombres muy buenos, y muy bellos, brindaban con entusiasmo porque iban a ir a la trinchera, y ya no regresaron nunca jamás; yo siempre eché de menos que tanto amor y tanto semen y tantos besos que podrían haber repartido esos hombres se desperdiciara, y no quería que volviera a acontecer esta triste realidad. Mis compañeros me recriminan que me haya puesto solemne justamente ahora, y argumentan que, con mis actos he cometido una acción similar a retirar de la mesa las bebidas, aunque me parece a mí que todo lo que venía nos iba a hacer disfrutar menos de la fiesta (supongo que, después de todo, tenía que rodar alguna cabeza para que siguiera sonando el baile). Otros dicen que seguramente no he hecho nada, que sólo he retrasado lo inevitable, que todo lo que tiene que llegar llegará, más tarde o más temprano. No lo sé. Y de hecho no me importa. Lo único en lo que quiero concentrar mi mente, lo único a lo que le voy a dedicar mi esfuerzo, es a rememorar los vestidos de raso, las alfombras de terciopelo, los bocaditos selectos, las faldas largas y las plisadas, una apertura de piernas en el piso de arriba de la fiesta del gobernador, los ojos de aquel chico inocente y de aquella chica tímida cuando me miraban, los helados tomados en verano, un cálido rayo primaveral… Para qué me voy a dedicar a otra cosa. Yo, como te he dicho, cariño, siempre he sido feliz; y no voy a dejar de serlo porque ahora a un pelotón de fusilamiento (recordaré sus caras al otro lado de esta petit-mort, que disfrutaré con todo mi gozo: más vale que sean apuestos) le apetezca que sea otra cosa. Adiós, amigos míos, y si queréis un buen consejo, haced como yo: disfrutad de la celebración hasta el final. Un beso con carmín para vuestros labios.