lunes, 8 de octubre de 2012

El relato de octubre: Reunidos para la paz

Decía Isaac Asimov que muy pocos escritores reconocen tener influencias de otros, asemejando (segäun sus palabras) que sus estilos son completamente originales. Por supuesto, mi forma de escribir tiene referentes literarios y, durante un largo tiempo (y aún hoy, aunque en menor grado) Asimov fue uno de los ellos. En ese sentido, escribir un relato en un estilo "asimoviano" era no sólo un homenaje, sino una consecuencia natural de numerosas lecturas. A los fans del " buen doctor" sin duda les traerá gratos recuerdos, pero creo (y espero) que también les gustará a aquellos que no le conocen o son menos entusiastas de este escritor. En todo caso, para vosotros.
Posdata 1. Este relato fue escrito hace unos añitos, así que seguramente si lo escribiera hoy hubiera modificado unas cuantas cosas. Sin embargo, he decidido presentarlo tal cual para conservar el espíritu original y porque, por otra parte, creo que representa en mejor medida el modo de narración "asimoviano" que se le pretendía infundir a la historia.
Posdata 2: En cuanto al "uno de los mejores escritores de ciencia ficción de la historia" que se nombra en la narración, su nombre está omitido para ser rellenado por el que más os apetezca. Unos pensarán en Asimov y en Clarke, pero otros seguramente en H.G. Wells, Verne... Señores, hagan sus apuestas.

Reunidos para la paz.

            El invitado, como se le puede llamar eufemísticamente, se levantó cuando los hombres que antes le habían estado escrutando a través de los cristales de la habitación (opacos desde dentro, trasparentes desde fuera), entraron en la estancia. Los hombres, sin embargo, le indicaron que podía sentarse. Él, que no sentía, al menos por el momento, demasiado respeto por sus captores, siguió su consejo casi con entusiasmo. Los hombres abrieron sus extraños maletines, se dispusieron en las mesas con un orden y una precisión previamente pactados, y le miraron entonces a los ojos.
            -Primero de todo-comenzó a contar el hombre que parecía al mando, de pelo grisáceo con algunas canas en las sienes-, queremos disculparnos por la precipitación y por los métodos empleados. Pero, como comprenderá usted a continuación, cuando le expliquemos la situación, momentos desesperados requieren acciones desesperadas. De allí que le hallamos llamado.        
            -Secuestrado, querrán decir.
            -Como le digo, el motivo es más que justificable. Para empezar, le diremos que, si fuera cualquier otra persona, todo lo que le vamos a revelar ni tan siquiera se lo dejaríamos entrever. Pero dado que es usted un autor de ciencia ficción, creemos que está más capacitado que otras personas para entender su propia posición, así como la nuestra. Por ello, seremos claros.
            El escritor sonrió. Resultaba irónico que, después de todo, en estos momentos tan surrealistas, le refirieran su condición de “hacedor de sueños”, como le habían comentado en alguna ocasión. ¿Qué iban a hacer?¿Pedirle un autógrafo? Desde luego, algo no terminaba de cuadrar. Al menos, la amabilidad desplegada en estas últimas horas no se correspondía en absoluto con el ataque nocturno en su casa, con un rapto que, bien sin emplear demasiada violencia, fue más a causa de su falta de resistencia que a la gentileza de sus captores.  ¿Quiénes eran esos hombres que, a pesar de sus agresivos métodos, se comportaban ahora mucho más como directivos de empresa, que como secuestradores? El escritor no podía saberlo.  Pero deducía que no iba a tardar mucho tiempo en averiguarlo.
            -En primer lugar, ha sido usted seleccionado. Es usted uno de los mejores escritores de ciencia ficción de la historia, y, sobre todo, el que más se adaptaba a nuestras necesidades. Ni los anteriores, ni los venideros, requerían todas las cualidades necesarias para este encargo que vamos a proponerle. De ahí que deba usted considerar un signo de respeto y admiración el que le hayamos escogido a usted.
            El escritor sonrió.
            -¿Ha dicho usted... venideros?
            -Exacto-parecía que el hombre iba a llevar la iniciativa en la charla, y que los otros tan sólo asistirían para tomar notas o enterarse de primera mano de la conversación-. Le dije que íbamos a ser claros. Usted es escritor y, como tal, se ha planteado otras veces la posibilidad del viaje en el tiempo. Este concepto, por tanto, no le es nuevo para usted.
            Mostró una sonrisa sarcástica nuestro protagonista.
            -¿Es... es esto una broma?
            -Para nada, en absoluto, señor... Llamémosle X. Discúlpeme por este trato tan frío, pero toda nuestra conversación está siendo grabada, y, por motivos referentes a su propia seguridad, es mejor que los que están contemplando esta charla desde su despacho no conozcan su nombre, ni la época de la cual usted procede. No quisiéramos que nadie tomara medidas drásticas contra su vida...
            El sarcasmo se había transformado en una expresión de extrañeza, perplejidad, y cierta preocupación. ¿Sería posible lo que estaba ocurriendo? Por mucho que los escritores fantaseen acerca de mundos y situaciones futuras, tendemos a creer que éstas no son más que producto de nuestra imaginación, al igual que un autor de libros de fantasía no cree en sus propias historias acerca de hadas y duendes. Pero, ¿sería posible?¿No era tan extraño que, después de todo, y teniendo en cuenta que las predicciones de los escritores de ciencia ficción acertaban muchas veces, y se basaban en rigurosas teorías científicas, este hecho fuera real? Al señor X comenzó a paseársele por la mente, la sombra de la duda.
            -Así pues, estoy en el futuro-quiso resumir él.
            -En efecto; está usted en el futuro, y ni tan siquiera se halla en el planeta Tierra. Comprendo que sea difícilmente asumible y, sin pudiéramos, le daríamos más tiempo para recuperarse de, sin duda, esta sorprendente revelación y, aún más, otorgarle pruebas, contarle algo de este futuro del que usted supo adivinar algunas cosas... No obstante, no hay posibilidad de hacer nada de esto. El tiempo y el espacio del que disponemos, es limitado. No podrá salir de esta habitación... y tampoco se le permitirá estar aquí durante demasiadas horas.
            -Y ha dicho usted que mi vida puede correr peligro.
            -Sin duda; se debe a causa de la misión que queremos encomendarle. Hay mucha gente que está deseando que ésta fracase y, aunque las probabilidades de éxito son casi nulas para usted (y perdone la franqueza), su muerte contribuiría mucho a disminuir aún más todavía dichas probabilidades. Por ello es por lo que, en esta conversación que, como le digo, está siendo registrada, será conveniente que no utilicemos su auténtico nombre.
            Entonces, uno de sus ayudantes extrajo de su maletín un libro, y se lo tendió. El escritor reconoció su propio nombre y, al abrirlo, leyó un par de párrafos con un estilo extraordinariamente similar al suyo... De hecho, se trataba de una novela que había ideado, pero que todavía no había publicado, ni que hubiera revelado a nadie. Ni siquiera tenía nada por escrito, todo estaba en su imaginación... Pero allí estaba su novela. Publicada por primera vez en una fecha reciente... para el año el cual había estado viviendo. Era una reimpresión tardía. Allí estaba el libro... que sólo podía conocerse, para aquel que hubiera estado en el futuro.
            Comenzó a dejarse convencer.
            -¿Y en cuanto al suyo, señor...?
            -Spencer. Johnathan Spencer. Jefe de los servicios secretos de la Confederación Terrestre. A su servicio.
            El escritor tamborileó los dedos sobre la mesa sobre la cual se apoyaba. Se pasó la mano por la frente.
            -La Confederación Terrestre...
            -En efecto. Somos un grupo de planetas, constituidos a partir de las oleadas colonizadoras que salieron del planeta Tierra con destino a otros mundos. No es que seamos demasiado numerosos, ni demasiado poderosos, pero sí que somos sus descendientes, señor X. Y he allí que vengamos a usted a pedirle ayuda.
            El escritor se acomodó en el asiento.
            -Bueno, no es que yo me niegue a ello... La verdad, preferiría que las cosas fueran con un poquito más de calma, pero, visto cómo se lo están tomando ustedes...
            -Lo sentimos mucho, señor X-agregó Spencer-. Ya le he dicho que nos gustaría que las cosas fueran de otra manera, así como que la forma en que contactamos anoche con usted hubiera sido muy diferente. Pero, como ya le decimos, no tenemos mucho tiempo. Hemos de ir al grano.
            El escritor suspiró.
            -Supongo que no tengo otra alternativa.
            Los demás hombres, negaron simple y llanamente con la cabeza. Muy bien. Estaba claro. El señor X entrelazó las manos.
            -Muy bien; ¿de qué se trata, entonces?
            El hombre pareció aliviado de dejar de lado la inútil palabrería. Abrió su maletín, y comenzó a extraer papeles de éste.
            -Muy bien. Para ello, he de ponerle en situación. Nos hallamos en un asteroide en un sistema situado en la periferia de la galaxia, no excesivamente lejos de nuestra Tierra natal. En estos momentos, se está negociando... o, al menos, se estaba negociando, un importante acuerdo de paz en este asteroide. Tras una larga, y, querría añadir, fútil guerra entre las grandes potencias de nuestra galaxia, llega la hora de imponer las condiciones de paz. Muchas millones de vidas, tanto humanas, como de seres de otras civilizaciones, están en juego... Como usted comprenderá, es una situación delicada.
            El escritor se aproximó entonces, trasladando su propio cuerpo por encima de la mesa.
            -Seres de otras civilizaciones, entonces...
            Todo era cada vez más surrealista. Cabían dos opciones: tomárselo como una broma, y divertirse... O asumir que esto iba en serio –lo cual, por el aspecto circunspecto de sus antagonistas, iba siendo cada vez probable-, y actuar en consecuencia. En dicho caso, esto comenzaba a sobrepasarle... Incluso a pesar de tratar con estos conceptos –extraterrestres, viaje en el tiempo, confederación de planetas-, todos los días. Incluso aunque constituyera el pan nuestro de cada día. Incluso aunque hubiera ganado mucho dinero con ello, y que fuera famoso por todo el mundo en su época. Aún así.
            -En efecto. No queremos agobiarle con demasiada información al respecto. Enumerar la cantidad de seres de otros planetas que se han descubierto desde su época, en la cual todavía muchos sospechaban que estábamos solos en el universo, sería excesivo para cualquiera. No es nuestra intención aportarle más datos de los necesarios; mi experiencia me dice que, en este sentido, y para nuestra propia cordura, es mejor quedarnos con los conceptos básicos, más que con los pequeños detalles, por muy exuberantes y decorativos que éstos sean. Así pues, le diré que en este tratado de paz están implicados, básicamente, cuatro civilizaciones: los mnemitas; los traza; los borgovianos; y, finalmente, nosotros, los terrícolas, y sus aliados.
            Una pantalla holográfica apareció súbitamente en mitad de la habitación, mostrando un sencillo esquema.
            -Los mnemitas fueron los vencedores en la última guerra. Las otras tres civilizaciones, tres perdedores, aunque no en el mismo bando, desgraciadamente. Los mnemitas, pues, son los que mantienen ahora el control militar de la galaxia, de tal manera que poseen poder suficiente para destruir a cualquiera de sus oponentes, incluso a todos ellos, si lo desearan.
            -Parece que ha sido una guerra desigual, entonces.
            -Han ocurrido muchas cosas, señor X. Los avances tecnológicos han sido fulgurantes en estos años de guerra. Eso ha sido, básicamente, lo que ha inclinado la balanza a su favor. En todo caso, ellos son los que imponen las reglas. Y los demás tenemos que acatarlas.
            -Los cuentos clásicos de ciencia ficción de la Tierra solían colocarnos de vencedores en todas las batallas.
            -Como ha mencionado usted, eso son los humanos. En el planeta Elberg, en cambio, el público no aplaude al final hasta que toda la humanidad no ha sido masacrada. Cosas de especies.
            -Y entonces, es aquí donde ha tenido lugar la conferencia de paz.
            -Todavía está teniendo lugar. Aunque se halla momentáneamente... en suspenso.
            -¿Ah, sí?¿Y eso?
            -Comencemos contándolo así: las condiciones de la conferencia las impusieron los mnemitas. Son un pueblo con unas características peculiares. Mantienen una serie de constantes en sus relaciones con otras culturas; al principio, confían en ti ciegamente, entre otras cosas, porque confían en que su tremendo poder de destrucción sirva de protección suficiente para que nadie ose atacarte. Pero, si se sienten traicionados, las consecuencias son desvastadoras. No sería la primera vez en que un planeta entero desaparece de las coordenadas de los mapas galácticos, únicamente por una cuestión de orgullo, o una ligera ofensa.
            -No parecen muy amigables.
            -Ya conoce usted el percal, señor X. Cada especie tiene unas cualidades inherentes, una idiosincrasia y forma de ser propias. La de los seres humanos, ya las sabemos todos. Las de las otras especies, son más difíciles de entender... Prácticamente imposibles de comprender de una forma profunda, al menos para la mayoría de nosotros. Pero tenemos que convivir con ello. En mi opinión, y llevo bastantes años contactando con muchos seres de otros mundos, no son ni mejores ni peores que los humanos: ni siquiera podemos juzgarle por nuestros propios parámetros, pues éstos no tienen cabida, ni posibilidad alguna en su lugar de procedencia. Son, simplemente, diferentes.
            El escritor asintió.
            -Deduzco, entonces, que son los mnemitas los que están registrando nuestra conversación.
            -Efectivamente. De hecho, son los únicos que poseen el poder de viajar tiempo. Y es por ello por lo que hemos tenido que pedirles este breve lapso para charlar con usted. Son una deferencia que han tenido para con nosotros... aunque, en mi opinión, no hacerlo hubiera sido una crueldad por su parte, y una traición a sus principios.
            X musitó algo entre dientes. Pero indicó con un leve gesto a Spencer que prosiguiera su relato.
            -En todo caso, como decía, los mnemitas son los que imponen las condiciones de paz, y también la forma en que se desarrollan las negociaciones. Han seguido el método tradicional que emplean en su planeta de origen: cuatro seres, uno representando a cada raza, en un asteroide, acompañados del mínimo personal que sirva para cumplir sus necesidades. A la hora de las negociaciones, los cuatro se hallan en un edificio sin posibilidad de acceder desde el exterior, al menos sin permiso del que controla los accesos; en este caso, el control lo tenía el representante mnemita, por telepatía. Sin su permiso explícito, nadie podía entrar al edificio. Estaban los cuatro solos, en un lugar que incluía una sala de reuniones, y cuatro habitaciones individuales, conectadas cada una a la sala de juntas por un largo pasillo. Todos ellos, completamente aislados del mundo exterior. Sólo penetró el ejército mnemita en el recinto... cuando se dieron cuenta de que su representante había muerto.
            El escritor dio un respingo en su asiento. Al otro no le pasó inadvertido este gesto.
            -Efectivamente. Es justo lo que usted ha estado pensando.
            Spencer mostró una débil sonrisa en sus labios.
            -Fue asesinado.
            El escritor unió las yemas de los dedos de ambas manos.
            -Y, claro-quiso concretar-, sólo hay tres posibles asesinos.
            Aquí, se le borró toda sonrisa del rostro a Spencer.
            -Ése es el problema.
            Declaró.
            -Que en realidad sólo hay un posible asesino...
            Balbuceó levemente, lo cual no correspondía con la imagen de un hombre como él.
            -Y es el representante de la Tierra...
            El escritor, entonces, enarcó una ceja.
            -Pero, ¿los otros dos?
            Spencer se mordió el labio inferior. Continuó hablando.
            -Había un representante traza, y otro borgoviano. Ninguno de ellos dos, por definición, ha podido cometer el crimen. Sólo queda, pues, una alternativa.
            X abrió los brazos, interrogante.
            -Pero, entonces, ¿dónde está el dilema?
            Spencer se apoyó sobre el respaldo de su silla.
            -Señor X; si ya le hemos comentado algunos de los actos que han realizado los mnemitas por una cuestión de una leve ofensa...
            Tragó saliva.
            -¿Que cree que harían, entonces, con el planeta de un ser que ha asesinado a uno de los suyos?
            El escritor se estremeció.

            Una imagen espeluznante cruzó a través de su mente. No la pudo resistir.

                                    *                                  *                                  *

            El escritor se levantó. Comenzó a dar vueltas por la habitación.
            -Pero entonces, ¿el ser humano es culpable, sí o no?
            -Él dice que no lo es: y nosotros confiamos en él. No obstante, ya sabe usted que puede mentir. Está dentro de la naturaleza intrínseca del ser humano. En todo caso, esa no es la cuestión. Para ser sincero, ni siquiera me importa demasiado si nuestro hombre lo hizo o no. Simplemente, quiero que se demuestre que esto no es así o, al menos, que hay otra posible alternativa. Aunque no sea verdad. A pesar de que sea agarrado por los pelos. Quiero algo. Lo que sea.
            X elevó una de sus manos a la cabeza, y se mesó los cabellos.
            -Así pues, lo menos importante es la verdad en sí.
            -Desde luego. Tenga usted en cuenta la alternativa: si nuestro representante es el culpable, puede estar seguro de que sus descendientes, en lugar de estar aprovechando los derechos de autor de uno de los más grandes escritores de ciencia ficción de todos los tiempos, acabarán constituyendo polvo estelar en algún rincón entre Venus y lo que quede de Marte... eso, como posibilidad más halagüeña.
            -¿Tan vengativos son los mnemitas?
            -No lo sabe usted bien. Ni se lo figura.
            -¿Serían capaces de liquidar un planeta entero, por la acción de un solo hombre?
            -Le dije que se podía intentar entender a los extraterrestres... pero que era un esfuerzo prácticamente inútil. Para los mnemitas, la acción de un ente equivale a la de toda su especie. El peor acto de un hombre, mancha por igual a toda la raza humana.
            -¿Qué pasa: no han oído hablar de los asesinos en serie?
            -Sí que lo han oído: gracias a Dios, ese es un capítulo ya desterrado de la humanidad, aunque tal hecho no viene a cuento. En todo caso, a los mnemitas no les importa lo que nos hagamos entre nosotros, sino lo que les hagan a ellos. Y no captan nuestro concepto de que la acción de un hombre, incluso siendo su mayor representante en una conferencia internacional, no equivale a la de todo un pueblo.
            -No veo a un alto diplomático asesinando a nadie. No me lo acabo de creer.
            -Nadie lo hace. Pero hay un mnemita muerto. Y hay que probar que no ha sido el humano.
            -Hasta tal punto que habría que mentir, aunque creyéramos que nuestro hombre fue el asesino.
            -Efectivamente: salvaguardar nuestro futuro en la galaxia lo requiere.
            El escritor entonces dudó.
            -Pero, dígame... Si se demostrase que alguno de los otros dos es el asesino, entonces...
            -Su civilización quedaría reducida a cenizas por el poder mnemita.
            -Ah; o sea, que aquí tiene que perder necesariamente alguien. Un planeta entero...
            -... o varios.
            -Un planeta entero ha de quedar destruido.
            -Efectivamente.
            -A ver si lo entiendo: usted no quiere que el ser humano sea culpable de asesinato... aunque sea verdad. Aunque para ello haya que destruir a una civilización inocente.
            -Le dije, señor X, que era jefe del servicio secreto de la Confederación Terrestre... No una monja de clausura. A cada cual con su civilización: yo defiendo la mía. Llámelo egoísmo, pero yo tengo familia. Y no me gustaría nada que les afectase a ellos. Si tienen que morir para ello los traza o los borgovianos... bueno, eso ya es cuestión de mi homólogo en sus respectivos territorios. No es cosa mía.
            El escritor se volvió a sentar.
            -Bien: analicemos los hechos, para empezar. ¿Cómo murió el mnemita?¿Son descartables el suicidio, o el accidente?
            -Estrangulado: efectivamente, son descartables.
            -Y hay otros dos candidatos, el borgoviano y el traza.
            -Efectivamente.
            -Pero ninguno ha podido ser.
            -¿Por qué?
            -Cada cual por distintos motivos.
            -Comencemos por el borgoviano. ¿Por qué no ha podido cometer un asesinato?
            -No, si poder, podría... Por complexión física, y estructura corporal, tiene capacidad más que de sobra para ser un soberbio ejecutor. El problema, es que no lo haría jamás.
            -¿Por qué?
            Spencer se levantó.
            -Ningún borgoviano ha asesinado jamás. A nadie. Ni siquiera de especies ajenas. Ni siquiera a un animal inferior. Nunca lo haría.
            El señor X le miró, interrogante.
            -Perdone, pero eso no lo acabo de entender. ¿Nunca?¿Nadie?
            -Exacto; los borgovianos tienen un código moral estricto, que nunca traicionan. Son incapaces de ejecutar acción alguna opuesta a sus principios, que se parecen bastante a los nuestros, al menos, los admitidos oficialmente en la Tierra: la paz, la verdad, la justicia, el honor. Nunca matarían, ni por placer, ni tan siquiera por necesidad. Es así, y punto.
            -Pero eso es una mera cuestión cultural: en todas las civilizaciones que han poblado la Tierra se ha prohibido el asesinato y, aún así, y por muy estricta que fuera su moral, se han roto las normas. Lo mismo podemos hablar en distintos estratos sociales: en teoría, los religiosos no pueden cometer pecados y, sin embargo, algunos de ellos han sido nefandos.
            -Éste no es el caso, señor X. No se trata de una cuestión cultural. Va mucho más allá de los meros convencionalismos sociales. Es algo que se ha ido desarrollando a lo largo de la evolución biológica de los borgovianos. Que está impreso, en su propio código genético.
            -No lo entiendo.
            -Es difícil hacerlo la primera vez: verá, los borgovianos provienen de un planeta repleto de bosques. Su musculatura, su fuerza, sus varios brazos, etc, provienen de la necesidad de trepar de liana en liana en tan espesas selvas. Pero, en realidad, son herbívoros: nunca han tenido que usar su fuerza para nada que no sea circular por la selva... y defenderse, claro.
            -Defenderse, ¿de quién?
            -De los slubos. Los slubos son seres que viven en la zona de sombra de los árboles del planeta original de los borgovianos. Son, y si quiere mi opinión más personal, sencillamente repugnantes. No respetan nada de nada, son seres inferiores, sin apenas inteligencia. Se dedican a acabar con todo borgoviano, o todo bicho viviente que ven.
            -¿Y ello no originó, en la evolución de los borgovianos, un cierto impulso agresivo?
            -Podría haber ocurrido así, dicen algunos, pero no. Los borgovianos, de hecho, afirman que esa salida nunca hubiera sido posible: pero, claro, es su opinión; se consideran una raza superior. En lo que no andan muy desencaminados, después de todo, si los comparamos con nosotros. Pero creo que a todas las especies nos pasa algo parecido. Incluso a la nuestra. Sobre todo, a la nuestra.
            -¿Qué ocurrió, entonces, en... Borgovia?
            -No se llama así... pero bueno. Además, el lenguaje borgoviano es indescifrable, su nombre verdadero sería imposible para nosotros. La cuestión fue que los borgovianos -en aquellos momentos en el equivalente en nuestra prehistoria-, que habían desarrollados instintos pacíficos, de comunidad entre ellos, no tuvieron que hacer frente a los slubos, puesto que había allí otros seres vivos, inferiores, pero con capacidad agresiva, que eran sus aliados. Que no les atacaban, y en los que podían confiar. No es que estos aliados tuvieran un sistema nervioso tal que podamos compararlos con los borgovianos, así que no se puede hablar de una auténtica amistad, o colaboración... fue bastante más biológico, más primitivo, llamémosle, quizás, una simbiosis. En ese sentido, los borgovianos se acoplaron perfectamente. La simbiosis, tanto mental como física, con otras especies, hizo innecesaria una lucha directa contra los slubos, sino, más bien, el desarrollo de estrategias comunes para que sus aliados protegiesen a los borgovianos de los ataques de éstos... Ello desarrolló aún más la civilización borgoviana, y las contrapartidas que estos seres inferiores les pidieron a cambio les hicieron desarrollar más todavía su civilización... Pero eso ya es historia borgoviana.
            -En todo caso, no hubo necesidad de recurrir a la violencia.
            -No solo eso, sino que, genéticamente, y mediante selección natural, fueron favorecidos aquellos seres sin predisposición a la violencia. Ello se debía a que, cada acto de muerte contra cualquier animal, incluyendo los slubos, alteraba enormemente el delicado ecosistema en el cual vivían, y las relaciones entre las distintas especies, imprescindibles para el equilibrio de dicho hábitat. Los borgovianos, en este sentido, tenían como máxima función alertar al resto de los seres vivos del peligro de los slubos durante la noche. Es complicado de entender, lo sé... De hecho, el proceso completo sólo lo entienden unos pocos historiadores borgovianos. En todo caso, genéticamente, la naturaleza seleccionó siempre a individuos sin agresividad, de tal manera que ésta ha sido desterrada del área borgoviana: de hecho, existen casos de borgovianos que fueron raptados por slubos, y criados bajo condiciones de agresividad, se les incitó incluso a portarse como si fueran slubos; es una conducta rara en estas criaturas, pero a veces ha ocurrido: no dio resultado. Los borgovianos eran pacíficos, tranquilos, y aberrantes a la violencia, haciendo lo que fuera por impedirlo. Eran, si me permite el símil, como corderos criados por lobos, que nunca llegaban a dar ningún mordisco. Un borgoviano, pues, no puede matar.  Es contrario a su naturaleza.
            -Pero siempre existen mutaciones genéticas.
            -No estamos hablando de un borgoviano cualquiera: estamos hablando de uno de sus principales dirigentes. Es un hombre que ha tenido una intensa preparación antes de llegar hasta donde se halla, sometido a múltiples exámenes de actitud y aptitud. Si este borgoviano concreto fuera violento, a estas alturas ya le habrían descubierto.
            -Interesante... Oiga, y, sólo por curiosidad, ¿qué clase de guerra han librado los borgovianos?
            -Una que estaban destinados a perder, como puede apreciar claramente. En general, los borgovianos se han visto protegidos por su sabiduría, su moderna tecnología, y la influencia religiosa que ejercen sobre los sistemas colindantes; eran los filósofos de este lado de la galaxia. Como ve, en los últimos tiempos, su estrategia no ha sido muy correcta; supongo que la evolución lo tendrá en cuenta en el futuro, a la hora de modificar la forma de hacer las cosas. Pero, de momento, les está sirviendo para salvarse de la amenaza mnemita; que no es poco.
            El escritor se quedó pensativo unos instantes. Luego prosiguió.
            -Vale; vamos a probar por otro lado. ¿Qué tal los traza?¿Tienen ellos también algún impedimento moral?
            -No, no; en absoluto. En ese sentido, son bastante parecidos a nosotros.
            -¿Entonces?
            -No reúnen los requisitos esenciales; la capacidad para asesinar a alguien. Si le contamos a un humano de la calle esa posibilidad, se estrumpiría de risa.
            -¿Por qué?¿Acaso no pueden estrangular?
            -¿Sin brazos? Dudoso es. ¿Con apéndices de apenas un par de centímetros?¿Un cuerpo fofo y ridículo, casi inexistente, donde albergar, eso sí, un poderosísimo sistema nervioso? Imposible.
            -Pero, ¿qué son?¿Una cabeza con tentáculos?
            -Ligeramente parecido... aunque hay que verlo para comprenderlo del todo.
            -O sea, que no pueden cometer un asesinato.
            -No.
            -Perdone, usted ha mencionado antes a los mnemitas como dominadores de la telepatía: ¿no tendrán por casualidad, los traza, algún tipo de poder mental?
            -No; ojalá lo tuvieran, nos solucionaría muchos problemas en este sentido. De todas maneras, lo de la telepatía no es una capacidad intrínseca de ninguna especie, es tan sólo temporal y con mucho despliegue tecnológico por medio. No, los traza sólo tienen un poder, y es su soberbia inteligencia. Son crueles, maquinadores, y manipuladores hasta más no poder. Se han pasado siglos haciendo alianzas para tratar de dominar la galaxia; son, por ello, el máximo enemigo de los mnemitas, después de los humanos.
            -¿Ah, encima nos tienen manía?
            -Todo son ventajas, ¿verdad? Pues sí. Los traza, como digo, pueden hacer muchas cosas con sus armas... sus ejércitos emplean robots tremendamente poderosos, y poseen instrumentos de guerra que suplen sobradamente sus deficiencias físicas. Pero, por sí solos, no pueden hacer nada. Y recuerde que, en el edificio, sólo había un representante de cada especie. Sin armas, sin ningún posible truco procedente del exterior... Sólo los propios individuos.
            -Pero eso de que no había nada, es muy relativo. Al fin y al cabo, toda prohibición puede ser evadida. ¿No es posible, acaso, que alguien introdujera algún objeto u arma desde fuera?
            -Los mnemitas son seres extremadamente inteligentes, señor X. Y hacen muy bien su trabajo. Además, llevan haciendo ese tipo de cosas durante milenios, como ya le he dicho, es su forma de negociación habitual. Y, por supuesto, sabiendo que su representante era el más importante en esta reunión, ya que es su decisión última la que marca lo que ha de hacerse, han buscado defender al máximo a su líder. La probabilidad de fallo es prácticamente nula... y, lo que es más, los mnemitas nunca lo aceptarán. Ya ha podido dilucidar, de mis palabras, que tienen bastante amor propio.
            -Lo que me está entrando es complejo de inferioridad: todos parecen ser más inteligentes y sabios que nosotros.
            -Las especies inferiores no tienen cabida en la galaxia. Han sido unos siglos muy crueles, estos últimos. Muchos esclavos, muchas luchas, muchas especies descontentas, subyugadas... Que los seres humanos sigamos siendo una raza predominante en la galaxia es sólo cuestión de horas... Después de este tratado, seremos relegados a potencia de segunda línea... Eso, si no nos destruyen antes.
            -Pero parece que los mnemitas no cuidaron tan bien de su líder. Al fin y al cabo murió, ¿no?
            -Confiaban en su poder: los traza no pueden matarles, los borgovianos tampoco, y los terrícolas... Diablos, no pensaron que nadie fuera tan tonto.
            -Claro; pero si un traza introduce un arma en el edificio, es la situación perfecta para echarle la culpa al humano. Los mnemitas han de tener en cuenta este hecho.
            -Como ya le he dicho, los mnemitas nunca aceptarán esa posibilidad.
            -¿A pesar de los muertos?
            -Esto no va por los parámetros de la Tierra, señor X; los mnemitas no se van a quedar de brazos cruzados, por no saber quién es el culpable. Esto se parece más a lo de Salomón: cortamos al niño y a la mitad, y adiós. Si no encuentran culpables, a lo mejor acabamos todos muertos. No es una posibilidad, señor X.
            -O sea; quiere usted una teoría que exculpe a nuestro ser humano, y que al mismo tiempo la acepten los mnemitas... pide usted mucho.
            -Por lo menos no le pido que sea la correcta.
            -¿Está usted seguro de que no sabe la verdad, y me la está ocultando?
            Spencer sonrió.
            -Parece que lo más lógico, tratándose de mi condición, es pensar que estoy protegiendo al humano... No, se lo prometo, le juro la verdad: yo no sé quién mató al mnemita. Ojalá lo supiera. No trabajaré con ninguna hipótesis que no exculpe a nuestro representante, pero ni le creo ni le dejo de creer. Si me pregunta mi opinión personal, le diré que creo que es un hombre bastante decente, lo sé porque le conozco íntimamente... Pero no puedo poner la mano en el fuego. Como ya le digo, sinceramente, no conozco la respuesta: sólo busco una salida a este problema.
            El escritor se retorció los cabellos.
            -¿Y no hay ninguna prueba, ningún indicio que apunte hacia algún sospechoso concreto?¿Qué coartadas presentan?
            -No hay indicio alguno. El mnemita apareció muerto en una silla de la sala de reuniones. La fuerza física requerida pudo ser ejercida por un humano, por un borgoviano (pero, como hemos visto, es imposible que él sea el asesino), y con un traza con un arma, pero nunca él solo. Los tres individuos declaran que estaban durmiendo en el momento que pasó todo, y que no oyeron nada.
            -Muy oportuno.
            -Pero puede ser real: al menos, para dos de ellos.
            -¿Y cuál se supone que es el móvil?
            -Había pocas reuniones de grupo en esta larga serie de negociaciones; en general, las conversaciones tenían lugar en la sala de juntas, con el mnemita y uno solo de los representantes, a los que accedía por telepatía. Él venía, discutían, y se volvía a su habitación. Se cree que es posible que el representante mnemita haya revelado su decisión final acerca de los acuerdos de paz a uno de ellos, y él haya visto tan desventajoso el acuerdo, que la única manera de salir adelante, era asesinar al dignatario mnemita, y echarle la culpa a otro, para que su civilización sea destruida; de esa manera, se podría obtener un acuerdo mejor.
            -Pues, si hubiera sido el humano, le habría salido muy mal.
            -Los mnemitas asumen que los seres humanos cometemos errores. Somos, en general, más falibles que otras especies.
            -En otras palabras, nos consideran estúpidos.
            -Como nosotros a los niños. O a otras especies animales. No es muy distinto.
            -Pero, vamos a ver una cosa... Para empezar, ¿por qué a mí?¿No tienen ustedes detectives, o algo así?
            -Efectivamente. El caso lo ha investigado un detective mnemita, y, a raíz de los resultados, nos han permitido (como un gesto de gracia), traer a nuestro propio hombre. Que no llega a conclusiones muy distintas. El estrangulamiento se perpetró desde atrás: pudo ser tanto de pie, y luego se colocó el cadáver en la butaca, o en ese mismo sillón. Eso es imposible de saber.
            -¿Y en cuanto a las marcas del cuello? La ciencia forense hará maravillas hoy en día.
            -Desgraciadamente, las marcas no son definitorias. Los dedos humanos, y los apéndices borgovianos, no son tan distintos, teniendo en cuenta que procedemos de animales que saltaban de árbol en árbol. También tienen pulgar prensil, ya sabe, ese paso de la evolución que ha propiciado buena parte de nuestro desarrollo tecnológico. En todo caso, no nos es posible determinar quién pudo ser el asesino. Salvo el traza, por supuesto, al cual le hubiera sido, ya de todas maneras, físicamente imposible.
            -¿Y dónde encajo yo en todo esto?
            -Nuestro detective, como ya le he dicho, no nos proporcionaba ningún dato novedoso. Todo seguía entre el borgoviano, y el representante humano, y, abandonada la hipótesis del borgoviano... usted ya me entiende. Por ello, le pedimos a los mnemitas, dado que nuestro mundo estaba en juego, una segunda prerrogativa. Veíamos que este caso no correspondía tanto al territorio de la ciencia forense, o de la investigación policial habitual, sino de la comprensión de la psicología de las distintas razas que se veían enfrentadas: hemos consultado a algunos expertos, pero el problema es que les es muy difícil juzgar este asunto desde un punto de vista imparcial.
            -¿Demasiado humanos?-preguntó el escritor.
            -Más bien al contrario: han trabajado tanto con seres de otros mundos, que hay ciertos aspectos de su personalidad que han asumido tanto como la propia condición humana. Créame, señor X, existen dogmas que hoy se aceptan en la Tierra de la misma forma en que reconocemos que ésta es esférica o que gira alrededor del sol. Y uno de ellos es que los borgovianos no pueden asesinar. Sería imposible convencer a un terrícola común, menos aún a un experto en psicología interestelar, de lo contrario; de hecho, hay muchos seres humanos, en una especie de movimiento social muy común hace unas décadas, que han preferido convivir bajo el sistema borgoviano, y renegar del cruel y demasiado humanizado planeta Tierra. Como ve, la cosa no pintaba muy bien para nosotros.
            -Y allí es donde entro yo.
            -Exacto-certificó Spencer-. Necesitábamos alguien imaginativo, alguien que comprendiera las motivaciones humanas y, aún mejor, las no humanas. Alguien que no estuviera tan intoxicado con los prejuicios actuales como para no proponer una hipótesis alternativa.
            -Un escritor de ciencia ficción.
            -Es nuestra última posibilidad. Créame, el tiempo se agota. Los mnemitas nos han dejado sólo una oportunidad, sólo esta habitación, sólo un estricto intervalo antes de que nuestro hombre, encerrado en una prisión mnemita, sin posibilidad de que le realicemos nuevos interrogatorios, sea declarado culpable, y nos preparemos para una guerra de dimensiones épicas... e infausto final... Y sólo puede ayudarnos usted. Sé que no poder interrogar a nuestro hombre, ni tampoco a ninguno de los otros participantes, no es la mejor manera de llevar a cabo una investigación, y que hacer elucubraciones sobre el papel no es la forma más adecuada de dilucidar un crimen... incluso para un escritor. Y créame que lo siento. Pero los mnemitas no nos dan más medios... Ya están bastante susceptibles como para pedirles más... Es duro tener que trabajar así. Pero no nos queda otro remedio.
            El escritor cruzó los dedos de sus manos. Spencer le miraba fijamente, entregando una pesada responsabilidad sobre su cuello, el cual empezaba a sentir la opresión de la cadena en la que iba envuelta sobre sus músculos y venas... Hasta entonces, él había trabajado con personajes procedentes exclusivamente de su mente. Esto en cambio, parecía real. Demasiado real.
            -Pero ustedes me han dicho-comentó X-, que los mnemitas poseen el secreto del tiempo. Podrían avanzar hacia atrás, para salvar a su dignatario, o para adelante, para averiguar si yo, o cualquier otro, averigua la solución del misterio. ¿Por qué, entonces, necesitamos estos métodos tan pedestres?
            -El tiempo no es sencillo de manejar, amigo mío. Nosotros no poseemos los detalles, pero sí que sabemos que los mnemitas han tenido muchas malas experiencias con el manejo de los viajes temporales, y que sólo los realizan bajo circunstancias excepcionales, y garantizando siempre que no habrá alteraciones en cuanto a la historia, o a los hechos pasados. Existen, además, ciertas circunstancias de índole física y matemática que hacen mucho más complicado para los mnemitas arriesgarse a los peligros inherentes al viaje en el tiempo, que, simplemente, tomar su propia decisión, por muy errónea que esta sea, y confiar en ella, pese a que toda una civilización inocente, o varias, puedan sufrir las consecuencias. Como le digo, los mnemitas no sienten mucho aprecio por otras razas, y si nos han dejado traerle en el tiempo a usted, es porque están absolutamente seguros de que este pequeña distorsión de la curva espacio-temporal no va a causar ninguna interferencia en el actual presente, o en el futuro. Al menos en el suyo. Ésta, y no otra, es la razón por la que actuamos de esta manera.
            El escritor bufó espontánea y sinceramente. Tragó saliva.
            -Una última pregunta...-susurró.
            Spencer suspiró con paciencia.
            -¿Sí?
            -¿Por qué yo, y no otro?
            El jefe de los servicios secretos sonrió. Señaló su libro.
            -Es mi favorito.
            Se pasó la mano por la parte inferior del rostro.
            -Eso, y algunas características de su literatura. Pero no perdamos más tiempo. Por favor. Éste se agota.
            El escritor titubeó.
            -Pero, bueno, tendré que pensarlo, ¿no?, que...
            -Como quiera. Si prefiere estar a solas...
            El señor X sacó un pañuelo de su chaqueta, y se quitó unas cuantas gotas de sudor de su frente.
            -No... Déjelo... Si lo hiciera, empezaría a pensar que esto es una pesadilla, y no podría concentrarme... Vamos a pensar...
            Tamborileó los dedos sobre la mesa.
            -Todo parece girar, pues, a la decisión que el diplomático mnemita había tomado con respecto a las conclusiones definitivas de la conferencia de paz.
            -Efectivamente.
            -Pero no conocemos su contenido.
            -No.
            -¿Ni tan siquiera se puede intuir?
            -Raro sería. En este sentido, las posibilidades son múltiples y variadas, distintas según a cuál le corresponda la peor de las alternativas. ¿Por qué lo dice?
            -Estaba pensando... Supongamos que no ha sido el ser humano. Sólo nos queda, pues, el borgoviano. Fue el borgoviano, entonces.
            -Sí, es una posibilidad. ¿Y cómo?
            -Vamos a ver: usted ha dicho que el mundo al que los mnemitas, digamos, le tengan más rabia, disfrutará de muy malas condiciones resultantes de la conferencia de paz, ¿no es así?
            -En efecto.
            -Me figuro que las condiciones serán básicamente económicas.
            -También a nivel político.
            -Quiere decir que los borgovianos podrían sufrir hambre, o, cuanto menos, una muy desagradable pobreza...
            Spencer frunció el ceño.
            -¿Se refiere a que el borgoviano asesinó al mnemita para evitar la muerte de un mayor número de personas?
            -Efectivamente: al fin y al cabo, si se trata de una raza tan inteligente, deben tener capacidad de pensar a largo plazo.
            -Veo que no acaba usted de comprenderlo, señor X. Los borgovianos no son tan maquiavélicos: el fin no justifica los medios, no siempre, al menos. El que los borgovianos se salven a través de un asesinato es demasiado indirecto; sería factible, pero no excesivamente creíble. Los traza serían más parecidos a nosotros, en ese sentido. Además, han puesto en peligro a la Tierra; eso no debería entrar en sus planes.
            -Pero cada cual vigila sus propios intereses.  
            -Eso no es algo que encaje en la moral borgoviana.
            -¿Y cómo, entonces, se han metido en una guerra?
            -En defensa de seres más débiles. Les ha perdido la bondad.
            -Eso nos pone aún más difícil las cosas... Pero, imaginemos que el mal fuera tan grave, no sólo para ellos, sino para los demás, que mereciera la pena el sacrificio de la Tierra; por ejemplo, que los traza y los borgovianos se vieran afectados de la misma dramática forma por la decisión mnemita. Supongo que quedarían afectados un mayor número de personas que si sólo la Tierra fuera perjudicada: al fin y al cabo, dos civilizaciones, al menos sobre el papel, tienen más población que una.
            -No sólo eso: los traza y los borgovianos tienen muchos más habitantes en sus planetas que nosotros, aún por separado. En ese sentido, tendría usted razón.
            -Pues entonces tenemos esa posibilidad alternativa: el mnemita le revela al borgoviano su decisión, posiblemente antes que al traza, ya que empezaría probablemente por el ser más noble y, por tanto, el más fácil a la hora de comunicar sus intenciones. Esa decisión supone un golpe en la línea de flotación de los sistemas borgoviano y traza, y el borgoviano delibera, y toma su decisión, cometiendo el asesinato. Es una buena posibilidad.
            Spencer mostró un gesto escéptico.
            -Existe alguna inconveniencia a esa teoría.
            -¿Cuál?
            -Los traza y los borgovianos mantienen posturas opuestas en este conflicto. Cualquier concesión a uno, es una prerrogativa para con el otro. No es posible que ambos queden igualmente afectados. El enfrentamiento es muy fuerte entre ellos. Sólo uno de los dos puede mantenerse fuerte, y, por razones universal-estratégicas, uno de los dos lo hará, necesariamente.  Y la teoría sigue manteniendo un punto de vista maquiavélico, que no me convence nada.
            -Pensé que no se trataba de convencerle a usted, sino a los mnemitas.
            -Créame: los mnemitas no serán ni la mitad de crédulos que yo. No cuente usted demasiado con ello.
            El escritor divagó durante unos instantes en silencio.
            -Espere un momento... Pongámonos desde el punto de vista mnemita: han de mantener a una civilización, bien sean los borgovianos, bien sean los traza, como civilización auxiliar... como aliado, digámoslo así. ¿Podemos afirmar esto?
            -Efectivamente.
            -La Tierra se queda, pues, como potencia de segundo orden.           
            -Veo que aprende usted a manejarse en este mundillo. No creía que fuera usted capaz de asimilar tantas ideas en tan poco tiempo.
            -Pues bien; si usted fuera un mnemita, y tuviera que elegir un compañero de fatigas en la difícil tarea de administrar la galaxia, ¿de quién se fiaría más?¿De los borgovianos, o de los traza?
            -Evidentemente, de los borgovianos.
            -Así pues, partamos de hipótesis inicial ésta; que los borgovianos fueron el pueblo elegido para seguir adelante, y los traza fueron condenados a retroceder en el siempre accidentado camino del progreso.
            -Muy poético. Se nota que es usted escritor.
            -Ironías las mínimas.
            -De acuerdo, señor X. Perdone, pero llevo ya demasiadas horas sin dormir.
            -Pues bien; la solución pues, pasa porque el representante traza reciba la noticia de que ellos son los perjudicados. ¿Qué podría hacer, entonces, para evitarlo?
            -Nada. Protestar inútilmente, si acaso. Continuar la guerra, para perecer sin remisión.
            -Pero usted me ha dicho que los traza son inteligentes, astutos, manipuladores. Estoy seguro de que se les ocurriría una solución más sutil... Conoce usted que la mejor manera de sacar un objeto de una botella no es romperla...
            -... sino llenarla de agua.
            -Así pues, el diplomático traza podría conseguir un sistema... para asesinar al mnemita.
            -¡Pero él no puede matar a nadie!¡No presenta la capacidad física para ello!
            -No... pero podría haber utilizado su influencia para conseguir un aliado.
            -¿El borgoviano?¿Un borgoviano aliado con un traza, actuando en contra de su propia raza, y mediando un asesinato por medio?¿Pero qué está diciendo?
            -No estamos diciendo, en este caso, que el borgoviano conociera su papel en todo esto...
            El oscuro jefe de los servicios secretos sintió temblar su labio inferior.
            -Quiere decir entonces...
            -Quiero decir-susurró el señor X-, que hay varias maneras en que un hombre, o un ser vivo inteligente en general, cometa un asesinato... Desde los primeros palos y piedras de la prehistoria, hasta nuestros días... Uno es la propia intencionalidad... pero otro es el accidente.
            Los otros hombres que estaban en la habitación, que hasta ahora asistían impertérritos al diálogo, comenzaron a murmurar entre sí.
            -¡Silencio!-siseó Spencer-. ¿Es que nos toma por estúpidos?¡Por supuesto que consideramos la posibilidad del accidente!¡Era nuestra única salida, vistas las opciones que teníamos!¡Pero no se puede estrangular a alguien por accidente!¡No...!
            -No, a no ser...-un refulgente brillo tintineaba desde la oscuridad de las pupilas del escritor-, que estuviera tratando de proteger a alguien. A no ser que tuviera que anteponer una vida a otra. Incluso el ser más pacífico, debe valerse a veces de la violencia para evitar una muerte.
            Spencer comenzó a dar vueltas alrededor de la habitación.
            -¿Está usted insinuando que el mnemita atacó al traza?
            -Exacto: lo atacó, pretendiendo matarle. Y, dada la evidente superioridad del mnemita sobre el traza, el borgoviano, que bien podía hallarse en la habitación, bien pudo haberse despertado por los ruidos procedentes de la sala de reuniones, se vio obligado a actuar.
            -¿Y le mató?
            -Probablemente no fue su intención. Probablemente vio que era la única manera de detenerle en ese momento.
            -Hay maneras mejores de detener a un hombre que estrangularle. Apartándole, por ejemplo.
            -No podemos conocer las circunstancias exactas. Quizás el mnemita agarraba al traza de tal manera que apartar a su agresor hubiera sido de poca ayuda para el traza, incluso podría haber puesto en peligro su vida. Probablemente el borgoviano no quiso estrangularle, sino únicamente conmocionar a nuestro individuo, tratar que soltase al traza, impedirle la respiración de tal manera que cesase la lucha... Pero como habitualmente suele ocurrir, no es en el caso de los hombres violentos en que esta agresividad desatada induce a la muerte... Sino, más bien, en aquellos que no están acostumbrados a ejercer la violencia. Un borgoviano presenta la fuerza, la estructura ósea, la capacidad de matar... Pero nunca la ha empleado. Es tan fuerte como un fornido ser humano, pero nunca ha experimentado su violencia, nunca se ha peleado con un niño en la escuela, no sabe emplear su propia fuerza. A la hora de defender una vida, pues, será alguien inexperto, incapaz, y ni siquiera su inteligencia podrá prevenir que lleve a cabo acciones incorrectas o que se exceda en el uso de su propia capacidad... De esta manera, lo que comenzó siendo un el intento de salvar una vida se convirtió en el acto de sesgar otra... El borgoviano se convirtió en asesino, sin quererlo.
            -Pero hay algo que no comprendo-incidió Spencer-. ¿Por qué iba el mnemita a atacar al traza? Él tenía las circunstancias bajo control. El traza no podía amenazarle físicamente. ¿Por qué iba a alterarse de tal forma?
            -¿Ni tan siquiera tratar de atacarle?
            -Podría intentarlo... pero difícilmente hubiera llegado hasta el punto de una pelea seria.
            -Sin embargo, supongamos que la culpa no fuera del mnemita... Sino del propio traza.
            -¿Y qué le hizo?¿Qué hizo para que el borgoviano se viera obligado a salvarle?¿En qué lío se vio envuelto?
            -Al contrario, cómo su magnífico plan funcionó. Traza: manipulador, experto en convencer, en llevar a la gente a su lado. Él quiso provocar la pelea. Él estaba seguro de que alguien vendría en su ayuda. Provocó el suficiente ruido para que alguien viniera a ayudarle.
            -Y ese alguien fue el borgoviano.
            -Exacto.
            -Pero, aún así, sigue sin quedar claro cómo consiguió el traza enardecer de tal manera al mnemita para que éste le atacase.
            -¡Usted mismo me ha dicho que los mnemitas son altamente vengativos! Eso, sin duda, revela que lo son más allá del pragmatismo. La venganza es un sentimiento sólo asociado a aquellos que piensan en sus propios sentimientos, más que en lo que es más necesario en la realidad en que vivimos. Está también asociado a seres orgullosos, susceptibles.
            -Los mnemitas efectivamente lo son, como ya le he mencionado.
            -He ahí cómo pudo hacerlo. El traza aludió al orgullo de especie. Les acusó de opresores, de injustos, abusó de sus defectos físicos, de los fallos que todo ser vivo ha de poseer. Y a un autoritario diplomático, acostumbrado, además, a tener una corte de aduladores a su alrededor, sintiéndose el rey del mundo (por decirlo de alguna manera), tratando a los otros como un rey a sus siervos, llamando a sus enemigos a la sala de reuniones, ¿cuánto más podía serlo? Quiso acabar con su vida: porque además, sabía, que tenía la suficiente fuerza para castigarle. Y que, si los mnemitas consideran que los actos de un ser equivalen a los de su raza, con más razón todavía, el acto de un mnemita no podía ser impuro. En fin, usted mismo me ha dicho que por cuestiones de un quítame allá estas pajas, ha habido auténticas masacres.
            -Así es-se frotó las manos Spencer. Comenzó a ver el asunto más claro-. Entonces, el traza provocó su propio ataque, para que el borgoviano fuera la mano ejecutora.
            -Es exactamente lo que ocurrió; cuando el borgoviano se dio cuenta del terrible delito que había cometido, se sintió avergonzado. El traza, entonces, aprovechó aquel momento de confusión para actuar con las sibilinas tácticas que caracterizan a los de su especie: le razonó que, a los ojos de cualquier tribunal mnemita, los borgovianos, y también los traza, serían declarados culpables. Que ambas civilizaciones serían destruidas. Que el mal estaba hecho, que no podía haber final feliz, que, pasara lo que pasase, habría muertos. Esto no es, como hablábamos antes, una decisión tomada previamente, un asesinato realizado con premeditación y alevosía... Es una política de hechos consumados. Callar, sabiendo que el humano sería acusado del crimen; que todo el mundo caería ante el dilema del traza que no podía cometer el asesinato, y el borgoviano que no debía hacerlo. Condenar a una civilización, para salvar a dos. Eso no me negará que sí puede ser razonado por un borgoviano, por muy nobles que sean sus sentimientos. Como decía aquel, Dios dijo que seamos todos hermanos, pero no primos.
            -Eso no se lo discuto, pero hay un problema: ¿cómo podía el traza saber que el borgoviano acudiría al escuchar el escándalo, y no el ser humano? Porque, si hubiera venido este último, la coartada no hubiera sido tan eficaz como la que usted ha propuesto, y los traza no hubieran cumplido su objetivo de beneficiarse políticamente de la desaparición de la Tierra (algo que muy probablemente pesó mucho en su mente a la hora de realizar sus acciones). ¿Cómo explica usted esto?
            -Usted ha elogiado tremendamente a los traza: me ha dicho que es su inteligencia la que les ha mantenido fuertes a lo largo de su historia. Pues bien, como tales, y teniendo en cuenta que su poder se basa en el conocimiento de otras razas, y como manejarlas, estarán al tanto de los estudios sobre el origen de la civilización borgoviana. Y, como usted me ha mencionado, parece que su misión en el complicado ecosistema de su planeta de origen era avisar, durante la noche, del peligro slubo. Deduzco de allí que, o bien son una especie de hábitos nocturnos, que duermen durante el día...
            -No lo son. En realidad, en su planeta siempre es de día, pero tienen sus períodos de descanso.
            -... o bien, en dicho caso, poseen mucha más capacidad para nosotros de apercibirse a alteraciones a su alrededor durante la noche y, por tanto, tienen muchas más probabilidades de despertarse ante una lucha en la sala de juntas, separada de su habitación por un largo pasillo, que un ser humano corriente. Y era en eso en lo que estaba pensando el traza cuando ideó su plan.
            Spencer estaba frenético. Parecía a punto de dar saltitos de alegría.
            -Pero aún queda un último escollo: esta teoría es posible. La que mantienen hasta ahora los mnemitas también. ¿Qué es lo que hace que los mnemitas deban convencerse de que la nuestra es la correcta, y de que no eliminen, por principio de precaución, a las tres civilizaciones?
            -Muy sencillo: su teoría original se basaba en suponer la incompetencia y la estupidez del ser humano. Ésta, en cambio, tiene en cuenta las mejores cualidades de los individuos de cada especie. Seguro que, para una especie que ha dominado la galaxia, infravalorar a sus enemigos no debe ser una política habitual, incluso aunque en su fuero interno tengan tan mala opinión de nosotros. Estoy seguro de que esta teoría les resultará mucho más convincente que la primera. Por otro lado –ahí X sintió su argumento demasiado maquiavélico-, al adoptar esta teoría, los mnemitas pueden destruir tanto a los borgovianos como a los traza, las únicas especies capaces de hacerle sombra… Con tan sólo los terrícolas a su lado, nadie se atreverá a hacerle sombra.
          Spencer sonrió. Al hacerlo mostró los colmillos. X sintió una punzada: pero sabía que el daño no se lo había hecho el otro, sino él mismo con esta última frase.
            -Sólo una pregunta más entonces: ¿por qué cree que los trazas, una especie sumamente astuta, han urdido un plan que ha sido capaz de ser desvelado por un humano?
            -Bueno, no es por despreciar mi propia inteligencia, pero me figuro que habrán influido varios factores: primero, que los trazas se habrán visto sorprendidos en una situación que se les ha puesto en contra en condiciones muy desfavorables, y han tenido que operar como mejor han podido, dadas las circunstancias. Segundo (y esto es un suponer), quizás han asumido que en caso de duda los mnemitas no actuarían contra nadie o, si acaso que, en igualdad de circunstancias (y eso todavía puede ocurrir) la astuta diplomacia de los trazas les convenza a los mnemitas de la idoneidad de contar con ellos como aliados, o al menos de minimizar los daños. Quizás, no sé, el odio de los trazas a los borgovianos supera su propio instinto de autorpreservación, y prefieren, por decirlo de alguna manera, dejar a sus enemigos ciegos a costa de quedarse tuertos. Usted los conoce más, ya me dirá si es posible. Y en cuanto al último argumento, es lo que usted dijo: yo no estoy condicionado por los dogmas básicos de esta época. Añadamos a eso, además, el espíritu taimado y ligeramente escéptico de mi época (que no sé si los seres humanos actuales conservarán), y tendrán algo que los traza no podrían averiguar.
            Spencer, entonces, sonrió de manera franca y espontánea, por primera vez, en todo el tiempo que había durado la entrevista.
            -Excelente, señor X. Excelente. No dudaba que usted no nos defraudaría-aquí el escritor despreció esta ligera mentira-. Nos ocuparemos de que regrese a su mundo de tal manera que no haya ninguna alteración para su vida cotidiana. Por supuesto, garantizamos su seguridad ante la posible venganza, esencialmente de los traza, ante la gestión que ha realizado, y, eso sí, le pediremos que no mencione ninguno de los detalles que ha conocido en este día a sus conocidos, o que lo refleje en ninguno de sus libros. Creemos que no tendrá usted ningún problema en esto: al fin y al cabo, si no sigue nuestras instrucciones, y a pesar de nuestro más sincero agradecimiento, tendremos que actuar sobre su vida... Usted ya me entiende.
            -Sí-la practicidad brutal de Spencer no le pasó inadvertido al escritor-. Le entiendo perfectamente-dijo mientras ambos se estrechaban la mano.
            Entonces, los hombres que acompañaban a Spencer, esta vez más relajados, entre comentarios jocosos y sonrisas, se fueron marchando de la sala. Spencer iba a cerrar la puerta tras de sí cuando, de improviso, X preguntó:
            -¿Y ahora, qué?
            -Ahora, no se preocupe-le indicó Spencer-. Usted quédese simplemente aquí, y nosotros nos encargaremos de que vuelva a su hogar sano y salvo, como si nada hubiera ocurrido.
            -No-replicó el escritor-. No me refiero a eso. Quiero decir...
            Spencer, al principio los ojos expectantes, ahora comprensivos. Humedeció sus labios.
            -Le contaremos esta teoría a los mnemitas y, si les convence (lo cual, gracias a usted, es muy probable), tomarán medidas.
            -... que pasan por la eliminación de los traza y borgovianos.
            Spencer se encogió de hombros.
            -Los traza no merecían la pena de todas maneras.
            -Los borgovianos sí.
            -En eso le doy la razón.
            -¿No podrían perdonarles? Fue un accidente, después de todo.
            -Se puede intentar... pero lo dudo, señor X. Son los autores materiales del crimen. Y les han mentido. Esos pequeños detalles tal vez no sean claves a la hora de la evaluación final de lo ocurrido... Pero ya lo sabe usted, amigo mío. No es la razón la que, la mayor parte de las veces, dirige las acciones de los pueblos. De cualquier especie, cabría añadir.
            El escritor bajó la cabeza, y se pasó la mano por la frente, apesadumbrado. Estaba de pie, su sombra proyectándose en el suelo de la habitación, así como la de Spencer, como si se trataran de las de dos edificios en el skyline neoyorquino... Un skyline realmente tétrico, dadas las circunstancias.
            -Va a morir mucha más gente que si nosotros fuéramos los culpables.
            Spencer se mordió el labio inferior; pero no había remordimiento en su mirada.
            -Piénselo de otra manera: a lo mejor, y a pesar de su teoría, incluso fuimos los culpables.
            Spencer cerró la puerta tras de sí.
           
            El escritor se quedó solo. Junto a su libro.
           
            Lo arrojó con fuerza hacia la pared... A pesar de que lo desconocía, no quiso leer el final.

martes, 2 de octubre de 2012

La historia corta de octubre. Dedicadas a Eduardo Galeano (II)


En la sociedad de los cazadores kebal, cuando los hombres se van de caza, las mujeres se anotan una cuenta al cuello por cada día que pasan lejos de sus compañeros.

En el caso de Aristi, su hombre partió hace ya más de doscientos veinte meses lunares, lo que en nuestro tiempo equivale a unos diecisiete años. El collar es tan largo, que le da muchas vueltas al cuello. Le dificulta al caminar, le pesa al andar, y le molesta cuando trata de averiguar si entre las partidas de caza que retoran de la selva se encuentra su compañero.

Las cuentas del collar le pesan; pero más le pesa su soledad.

martes, 25 de septiembre de 2012

Una reflexión a raíz de la muerte de Carrillo, que no va sobre Carillo.

Efectivamente, no. No os voy a hablar de Santiago Carrillo. No voy a ensalzarle como padre de la patria, no aludiré a sus ideas o a su espíritu conciliador, y tampoco arremeteré contra su figura por su supuesta participación en las matanzas de Paracuellos, o le exoneraré total o parcialmente de las mismas. En los últimos días, muchos ya han hecho todas esas cosas, con lo cual creo que poco más  podría aportar. Así que quien buscara algo de eso, bien puede marcharse. Pero sí que me gustaría comentar una serie de ideas que me han venido a la cabeza cuando recientemente (y por esa lógica interna que hace que, cuando alguien muere, tendamos a repasar su biografía), al leer sobre la vida de Carrillo, haya encontrado entre otras cosas que, poco después de la guerra civil, su hija pequeña moría en un campo de concentración francés como consecuencias de las enfermedades que allí adquirió. Tenga o no uno simpatía o afinidad política por el personaje, está claro que conocer un hecho como éste impacta, como sin duda marcó a Carrillo en su día, y esto puede llevar a la reflexión...

Y efectivamente, observé a Carrillo con otros ojos. Quizás fue comparar su piel llena de arrugas a los 97 años, en el filo de la muerte, con las imágenes del pasado, y no encontrar tanta diferencia como uno cabía pensar. Quizás fue al recordar que este hombre pasó por una guerra civil y un exilio. Tal vez fue por cavilar acerca de una época en la que, en cualquier momento, sin que menos te lo esperaras, de madrugada incluso (el estallido de la guerra civil le sorprendió a Carrillo en Francia, desde donde volvió para combatir), podías tener que coger un fusil para vender cara tu vida. Todos esos momentos la mayor parte de los lectores no los han vivido: pero esa generación sí.

Fijémonos en el mapa temporal de Europa de los últimos dos siglos: está lleno de cicatrices, de sangre, de batallas, de desgarros sin miramientos. Una primera guerra mundial a la que sigue una segunda, en un ciclo en el que parece que Europa debe desangrarse de manera rutinaria cada cincuenta años (hay quien dice que las luchas que están teniendo lugar actualmente a nivel diplomático y económico entre los países es una especie de forma de entablar una tercera). Un mundo mucho más inseguro que el actual: calles menos iluminadas, menor vigilancia policial, menor densidad de población, lo cual, en palabras de Arthur Conan Doyle, tiene el peligro de que grites y nadie te pueda escuchar... Nuestros abuelos pasaron por las hambrunas y las épocas de las grandes epidemias, miraron directamente a los ojos de los cuatro jinetes del apocalipsis y vieron como muchos de los suyos se quedaran por el camino... Es normal, por tanto, que sus rostros sean más curtidos, más feroces. Que a las ambigüedades morales que nos encontramos hoy en día se contrapongan conceptos que sólo tenían que ver con la vida y la muerte, con sobrevivir sin ser aniquilado. En que la violencia se entendiera no sólo como una necesidad para la supervivencia, sino también como la única forma posible de cambiar el mundo porque de no ser así, a lo mejor ni siquiera tenías la posibilidad de hablar. En este caso no estoy hablando de conceptos acertados o erróneos, como tampoco trato de justificar ningún acto, opinión o aparente delito: simplemente expongo que, en un contexto radicalmente distinto, las opiniones eran más extremas, las sutilezas menos tenidas en cuenta, los debates versaban sobre aspectos muy distintos y el hombre, en definitiva, era diferente. No por sus genes ni porque un distinto sol se levantara cada mañana, sino por un entorno que tenía mucho de lucha y muy poca humanidad.

Pero claro, me diréis -y con razón- esto no es exclusivo de nuestros abuelos. Que la existencia es corta, insegura y azarosa es algo que ya sabíamos. Cualquiera puede liquidarte en una esquina armado con una navaja. Más aún en algunos lugares del mundo donde tu pellejo tan sólo vale unos pocos dólares. De sobra conocido es que los zagales de cualquier barriada de Río o Kinshasa tienen más consciencia de la realidad (entendida ésta como frágil, cambiante, huidiza y las más de las veces traicionera) que buena parte de los que habitamos esta cómoda burbuja protectora denominada primer mundo.

Aunque quizás ahí está la cuestión. Durante unos cuantos años (y en una región espacial muy concreta), ha habido un cierto paréntesis en la historia. Por supuesto que, incluso en la región espacial y temporal a la que se ha visto limitada este paréntesis, ha habido injusticias, dolor, miseria y pobreza. Pero, por así decirlo, era más limitada, más auxiliada, menos temible. Daba la sensación de que había unas reglas, unas mínimas protecciones, incluso ciertas cosas que llamábamos derechos. Sin embargo, nadie nos garantiza que esto vaya a seguir así. Nadie asegura que este contrato que se firmó tiene por qué seguir vigente el año siguiente. Bien pudiera ocurrir que los tiempos malos (los que para una parte del mundo han sido "todos los tiempos"), con todo lo que ello conlleva, estuvieran a punto de volver.

De lo que se trata, en ese sentido, no es comparar tanto la generación actual con las anteriores, ni tratar de hacerla mejor o peor. Cada cual vive sus circunstancias, y suele decirse que cada una tiene que enfrentarse a un reto terrible que pone a prueba su capacidad (algo de esto expresaba Miguel Delibes, aunque en su sentido más negativo, en "La guerra de nuestros antepasados"). Pero quizás, en ese sentido, sorprende encontrarse con que esta generación moderna se ha topado en situaciones contra las cuales sus antepasados lucharon para que no se repitiesen, o se hayan tropezado, de improviso, con que tienen que asumir problemas que nunca antes habían sufrido y que deben remontarse a sus abuelos para encontrar dilemas parecidos.

Podrá decirse, en ese sentido, que quizás en los últimos años en Europa (y el mundo occidental en general) se haya vivido en un sueño que no era real. Pero hay dos preguntas que debemos hacernos entonces:

a) ¿Sea real o no... es mejor? El mundo real, efectivamente, es como aquel castigo romano en el cual te encierran en un saco con animales salvajes y donde mueres o te endureces. Pero, aparte de la pérdida de la sensibilidad como consecuencia de ese endurecimiento (como la piel al adquirir escamas, que pierde capacidad de reacción a los besos), ¿merece la pena para ello tanto sufrimiento?
b) Esas generaciones anteriores, como Prometeo trayendo el fuego de los dioses, sufrieron el tormento de un águila comiéndoles el hígado a cambio de que el hombre no volviera a pasar frío ni le temiera a la oscuridad... ¿tendrán que ver cómo sus vástagos vuelven a ser atacados por el águila inmisericorde, sin por ello haber conseguido que las antorchas en el mundo se iluminen, salvo en la morada de los dioses? En este caso me acuerdo de la clásica historia del villano que, a pesar de todo, tiene una debilidad por la que al final cede y que pretende por encima de todo salvar, como el bárbaro Droculft cuando entrega su vida por preservar Rávena. Sin embargo, ¿qué pasará si el sacrificio de Droculft ha sido en vano?

En definitiva me quiero preguntar si en un futuro quizás no demasiado lejano, encontraremos la mirada y la piel de Carrillo en la cara de personas que bien pudiera ser sus bisnietos. Si alguna vez de madrugada se escuchará el restallar de algún fusil y se tendrán que despertar.

Si los bárbaros volverán a cabalgar por Europa la próxima primavera...

martes, 18 de septiembre de 2012

El libro de septiembre: Homenaje a Terry Pratchett: El club de los... 72?

En los últimos tiempos ha estado de moda aquella famosa maldición de los 27 por la cual alguno de los artistas (preferentemente musicales, y preferentemente recientes) más afamados de la historia -Jimi Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison, o hace muy poco Amy Winehouse- murieron a esa edad. Claro que siendo rockero, y con el consumo medio de drogas en esta subpoblación de la humanidad, tener al menos dos infartos antes de los cuarenta es un simbolo de status. Dicen que uno se hace viejo conforme observa que sus ídolos son más jovenes que uno mismo (algo que es dramáticamente fácil de conseguir si tus héroes lo son deportivos). A mí en cambio -aparte de que empiezo a constatar que a en ocasiones los personajes de mis historias empiezan a ser más jóvenes que yo- me pasa al contrario, que mis idolatrados van cayendo tras una larga vida y fructífera vida y a edades propias de Matusalén. Pero no dejo de quedarme menos triste por ello.
Esta idea me viene a la memoria dado que recientemente se cumplieron dos años de la muerte de Saramago a la muy envidiable cifra de 87 abriles. Pero tambien cayó, sin demasiada diferencia en el tiempo, Miguel Delibes a los 89 (después de una dura y larga enfermedad). Afortunadamente, el tiempo nos respeta a Eduardo Galeano, pero, como dijo Serrat sobre sus conciertos con Sabina, "nunca se sabe si este va a ser mi último concierto, el de Joaquin, o incluso el último vuestro, asi que vamos a a disfrutar y a no pensar mucho esas cosas". A Terry Pratchett, en cambio, el hecho de tener seguramente una de las mentes mas agudas e ingeniosas del pasado siglo no le ha protegido para que un Alzheimer algo precoz ataque sus neuronas en la sexta década de su vida y le haya inducido a que, mientras intenta terminar todos los libros que puede antes de que llegue la fatídica hora, se embarcase a realizar este documental sobre la muerte digna que le ha reportado varios premios y disparado una extensa polemica en el Reino Unido.
Nunca me han gustado los homenajes despues de muerto: todo parece bonito, todo el mundo te quería, nadie te deseaba ningun mal. Además, llegan siempre tarde: hemos aprendido a reconocer que Adolfo Suarez fue el mejor presidente de nuestra democracia cuando nuestros elogios ya no le sirven. De poco le valieron, tampoco, los homenajes a posteriori dedicados a Bécquer (aunque predijera con acierto que iba a ser así) o a Kafka. Decia un medico especialista en moribundos que uno nace siempre rodeado de medicos, enfermeras (y en ocasiones, añado yo, un padre histérico grabando con una camara de video) a pesar de que un bebé no se entera de nada, mientras que la mayor parte de las veces, los ancianos mueren solos, y en buena parte de las ocasiones conscientes de su soledad: más que homenajes, seguramente preferirán alguien que les acompañe en una casi siempre demasiado sobrecogedora cama de hospital.
Seguramente Terry no lea este tributo, claro: en castellano, en el maremágnum de Internet, por parte de un modesto admirador y con su cabeza tal como anda ahora mismo... Pero este post va dirigido a los que pueden hacerle inmortal: sus lectores, que pueden acudir a su obra, y escuchar las palabras de Terry, de generacion en generacion, y transmitir su recomendación a otros. Dicen que si bien la biología se comporta de forma darwinista, la cultura lo hace de forma lamarckiana: la manera que tenian los personajes de Bradbury de recordar los libros no es distinta de la tradicion oral con la que nacieron la Odisea o los cantares de gesta, o el modo en que los libros (a traves de manos salvadoras de incendios, monjes protectores u ocultos en escondites reconditos) han llegado a nosotros desde la Antigüedad. Y con ellos, todo el conocimiento humano.

No me quiero explayar mucho acerca de los libros de Pratchett (aunque sin duda lo acabaré haciendo), porque sin duda es mejor que os aproximéis directamente. Pero sí que os puedo dar unas cuantas indicaciones: ante todo, Terry es, sobre todo, y por encima de todo, un cachondo mental. No es una denominación extraña para alguien que tiene un invernadero de plantas carnivoras en el jardín, que en pleno siglo XXI se ha forjado su propia espada, y el cual defiende que el mundo seria un lugar mejor si hubiera mas orangutanes viviendo en él. Dice su biografía que empezo a trabajar en la sección de local de un periodico a los 17 y a las pocas horas ya habia visto un cadaver, lo cual desde luego (y en sus propioas palabras) es adquirir experiencia profesional de forma más bien rápida. Tambien, el hecho de trabajar durante mucho tiempo como representante de prensa de cuatro centrales nucleares debe contribuir en sobremanera a desarrollar un sentido del humor ironico, retorcido y algo macabro. La palabra que mejor lo definiría es, obviamente, inglesa: "witty", ingenioso, ágil, tanto que a veces va tan rapido que tienes que volver para atras para ver donde se habia quedado el chiste. Decia Bernard Shaw que si vas a contar la verdad, mejor que lo hagas con sentido del humor, o te matarán: y dicen tambien que el humor es la forma mas adecuada muchas veces de describir la realidad. Y en este sentido, también cabe decirlo de Pratchett: al lado de este tono de parodia continua y de humor inteligente en la mejor tradicion del estilo británico (muchas veces he definido el Mundodisco, ese universo particular que él se sacó del sombrero de hechicero, como una mezcla entre "El señor de los anillos" y los Monty Phyton), se encuentra muchas veces una profunda reflexión sobre cuestiones como la tolerancia, el perdón, el daño que los humanos sabemos  infligirnos entre nosotros, el sentido del deber o la solidaridad. Y de hecho dicen que sus libros fueron perdiendo muchas veces un componente fantasioso y eran cada vez más realistas, oscuros y lúcidos. No obstante, y aunque haya diferencias en la saga del Mundodisco (con sus mas de 45 títulos) desde el principio hasta el final, la seriedad y el humor se combinaban en ambos casos en buenas dosis, haciendo de este estilo unico e irrepetible una marca personal de la casa, y sencillo de reconocer para deleite de propios y extraños en cada ocasión.
¿Que es el Mundodisco? Bueno, es un planeta plano y circular que vaga por el espacio encima de cuatro elefantes, que a su vez se apoyan en una tortuga la cual (¿nada?, ¿bucea?) por el espacio sideral. Sobre este quelónido, se asientan sus continentes y sus océanos, sus seres humanos pululando, y tambien enanos, trolls, elfos, brujas, magos... los cuales desarrollan sociedades tremendamente parecidas a las de un mundo esférico y sin tortugas que seguramente nos sonará a los lectores. En e Mundodisco, hay un imperio parecido al chino, hay un continente remotamente similar a Australia, otro a Africa... Y luego, esta Ankh-Morpok, la ciudad protagonista de la mayor parte de las historias y parodia, como no (recordadlo, Terry Pratchett es britanico) de Londres. Ankh-Morpok es definida con una ciudad con un aire muy familiar... porque se nota que lo han respirado muchas familias antes. Con un río con un agua... tan poco liquida que no la llevan en cubos, sino en redes. Ya os podeis imaginar lo demas. Ankh-Morpok esta gobernada por el Patricio (un personaje tan agudo y elegante que el cine fue interpretado por Jeremy Irons), bajo el sistema de un hombre, un voto... el Patricio es el hombre, y el voto es el suyo. Sin embargo, el Patricio tiene aficion por hacerle creer a todo el mundo que son ellos los que controlan el destino de sus vidas, mientras el las dirige desde lo alto como en un tablero de ajedrez. A lo largo de la obra del Mundodisco, nos vamos encontrando con numerosisimas referencias sociales y literarias de nuestro propio universo: desde la Odisea hasta los Beatles, pasando por Conan el Barbaro, el periodismo, la magia o las guerras napoleónicas... como suelen explicar las contraportadas de sus libros (las ilustraciones suelen ser más bien bizarras y haceros creer que se trata de libros infantiles, pero creedme, son para jóvenes de 12 a 99 años), nada escapa a la inquisitiva pluma de tan hiperprolífico escritor. Sorprende tanta variedad, pero efectivamente, la ventaja de tener un mundo inventado es que todo es posible y puedes hablar de lo que te apetezca y te dé la gana. Y si se argumenta que Ankh-Morpok en un principio era mas medieval, bien es cierto que al final de la saga casi parece mas una ciudad victoriana (donde el Patricio ha conseguido que las cosas funcionen en la ciudad: no que funcionen bien, sino que funcionen), y que Pratchett puede aprovechar una lucha entre enanos y trolls para hablar del racismo y la tolerancia, o una rocambolesca aventura para criticar "el mayor crimen de todos, y que quizás por ello esta permitido: la guerra". Como decimos, todas las opciones estan abiertas, y eso es lo que le ha dado tanta versatilidad a la saga y le ha permitido progresar con el tiempo, convirtiendo a Pratchett en el segundo autor británico más vendido de la historia y (según una encuestra reciente) aquel cuyos libros se roban preferentemente en las grandes librerías de Inglaterra.
El Mundodisco no es una saga al uso: no hay un unico personaje principal. Hay muchos protagonistas, que se cruzan y comparten destino durante un tiempo, y a los que no volvemos a ver hasta varios libros despues. Sin embargo, no hace falta empezar por el primer tomo y terminar por el ultimo. Como dijo un crítico una vez sobre una de las obras de la saga: "sentía con este libro que habían empezado la fiesta sin mí; pero pronto me invitaron a bebidas, me ofrecieron un asiento, me presentaron a todos los personajes, y me hicieron sentir como en casa", así que podeis coger cualquier libro de la serie y comenzar; pero claro, cada personaje se encuentra tan solo en unos libros, y hay por tanto unas tramas o arcos argumentales (que podéis encontrar descritos en la Wikipedia) por si los queréis seguir. Entre los personajes mas famosos estan Rincewind (un aprendiz de mago fracasado el cual, aunque admite que huir de los problemas puede traerte más problemas, opina que siempre puedes huir de esos nuevos problemas, y por tanto ha desarrollado una envidiable capacidad de correr a toda pastilla); la Guardia de la Ciudad de Ankh-Morpok (especialista al principio en esconderse cuando intuían problemas pero que ahora se dedican incluso a mediar en disputas politicas y resolver casos de asesinato -han sido de los que más han evolucionado a lo largo de la serie-); la astuta e irreverente Tiffany Archer; el reconvertido (tras casi morir en la soga) ladrón de bancos Húmedo von Mustachen; los magos (adictos a la nicotina y a las buenas cenas); las brujas (capaces de dejarte seco sin usar la magia, tan sólo con una buena reprimenda o una poderosa mirada); y, quizas el mas omnipresente (lógicamente acorde con su papel, y que sólo dejó de aparecer en un libro del Mundodisco), la Muerte, con su guadaña preparada para llevarse a las almas cuando les llega la hora, sus comentarios que suelen poner punto y final (literalmente) a todas las preguntas, y progresivos intentos de entender a los humanos que nunca terminan del todo de fraguar. Con todo este desaguisado, ¿por dónde empezar? Yo caí en esta adicción cuando un buen amigo me prestó "¡Guardias!, ¿guardias?", y creo que es buen sitio donde arrancar -de hecho, los únicos libros que trato de leerme en orden son los referidos a la Guardia de la Ciudad-. Creo que, aparte de hacer un homenaje a Pratchett, os estaries haciendo un favor a vosotros mismos, garantizándoos horas de diversión durante muchos años.
En todo caso, cuando llegue la hora, seguramente Terry estara esperando a la Muerte con su sombrero de mago y comience una conversación llena de afilados comentarios donde la Muerte se pregunte si las frases las pone ella o las dice sólo porque el diálogo lo ha escrito el autor, y cavile sobre si eso puede llevar al final del tiempo o al inicio de otro universo... Será, sin duda alguna, una escena memorable. Lo bueno es que en la saga del Mundodisco (al menos mientras no se cumpla la maldición de que se termine, y de que nosotros nos lo leamos por completo) seguirá habiendo muchas más.

P.D. Ademas del Mundodisco, Terry Pratchett tenía tambien varios libros paródicos, incluyendo una saga sobre enanos, o una colaboracion con el escritor Neil Gaiman, "Buenos presagios", acerca del apocalipsis (con el dudoso record de ser el libro cuyos ejemplares han sufrido más percances a manos de sus lectores, incluyendo caerse en una bañera y ser ensambladas una a una las páginas de nuevo: sólo la historia de como se escribio la novela es una epopeya para partirse de risa), además de textos escritos en colaboracion con cientificos sobre las leyes físicas presentes en el Mundodisco (donde la luz viaja muy despacio, el tejido de la realidad se altera continuamente, el tiempo y el espacio se imbrican y la fé puede originar a los dioses).
Además, del Mundodisco se llevaron a cabo tres adaptaciones cinematográficas por parte de la BBC a partir de las correspondientes novelas. Para fans de todos los tipos. Quizás alguno de vosotros no sepa todavia que sois uno de ellos. Quién sabe...

P.D.2. En el momento que escribí este post, coloqué el título «la maldición de los 72» como contraste a la mítica maldición de los 27. No obstante, justo ese mismo día, me enteré de la muerte del entrañable actor Juan Luis Galiardo a esa edad. ¿Casualidad o destino? Dejo la respuesta es vuestras manos.

martes, 11 de septiembre de 2012

La historia corta de septiembre: Dedicadas a Eduardo Galeno (I)

Historias diminutas, primorosas, como a traves del ojo de la cerradura de la realidad. Que nos recuerdan al estilo de Eduardo Galeano. Seccion por tanto nueva en el blog, con capitulo primero.


DEDICADAS A EDUARDO GALEANO,
o historias contadas a las doce de la noche, justo cuando no dan ganas de levantarse y apuntarlas.

1

Un día la serpiente se tumbó a descansar. Y se quedó allí, al sol, durmiendo todo lo larga que era.

Entonces llegó una niña, que iba caminando alegremente por el prado. Vio entonces sobre al hierba una cuerda muy larga, bien estirada; la cogió casi de los extremos, la curvó, y se puso a jugar a la comba con ella.

La serpiente se deja hacer: ha decidido no hacerle nada. Ya está harta de que la gente tenga miedo de ella; por una vez, quiere hacer feliz a los demás.

La niña sonríe, y procura no doblar mucho la cuerda cuando salta. No le gusta hacer daño a los animales.

sábado, 1 de septiembre de 2012

La historia real de septiembre: Historia del Soñador y del Loco



Historia del Soñador y del Loco



            Fueron dos héroes alemanes, que si hubieran vivido en un lugar con costa, habría conquistado grandes mares. Y los dos murieron en un río.

            Federico Barbarroja tenía nombre de pirata. Y sin embargo, prefería, en lugar de dedicarse a las correrías y aventuras propias de la gente de estos cauces, dedicarse a ser gobernante del Sacro Imperio Romano Germánico. Mantener Alemania unida, como hizo él, era toda una proeza. Una nación tan potente, un pueblo tan indsutrial y trabajador, lo único que le impedía demostrar su hegemonía en Europa era la división entre sus estados, y efectivamente, nada más se unieron definitivamente, con Otto von Bismark, se transformaron en una potencia que revolucionó todo el mapa europeo, tanto, como dos guerras mundiales. Pues durante el reinado de Barbarroja se mantuvo, pero eso, lo que duró su hálito de vida. No fue mucho tiempo, al fin y al cabo, pero hay empresas tan grandes, que sólo la firme tutela del hombre que las creó, y éste ha de ser un gran hombre, pueden permitir que sean posibles.

            Barbarroja se empeñó en resucitar un imperio que, en gran parte, pasaba por el dominio de las ciudades italianas y el sometimiento del Papa. El representante de Dios en la Tierra se empeñó en que Lombardía fuera una prolongación de los cielos, y una serie de interminables guerras se sucedieron entre el emperador y el Papa. Agotado ya de tanta lucha, aunque consolidado su dominio en su zona de influencia, el Emperador escuchó de boca de ese mismo poder que tantos quebraderos de cabeza le habían causado un mensaje que le llenó la cabeza de provechosas ideas: lanzarse a una Cruzada, marchar a Tierra Santa, no sólo luchar por Dios, sino además, por nuevos dominios, nuevos tesoros, para su Alemania natal. Así, marchó con su ejército en dirección primero a Constantinopla, más tarde sería a Jerusalén: el objetivo era enfrentarse a las tropas de Saladino, y formar, junto con las tropas de Corazón de León y las del rey de Francia, una entente invencible contra la que tendría que lidiar el infiel. Pero hubo una poderosa fuerza que se tropezó en el camino del todopoderoso kaiser: el río Salef.

            Llevaban mucho tiempo caminando: habían recorrido muchas leguas, sus armaduras resplandecían del polvo y la sequedad del trayecto. Entonces, ante sus ojos se ofreció la imagen del río, con sus aguas claras y tranquilas. El Emperador, que, por una vez, también recordó que era hombre. Tenía sed. Mucha sed. Y por eso, así, sin más, se desplazó hacia la orilla del río, se introdujo en el agua, con la armadura y todo, y llegó hasta una zona en la que todavía no cubría, para darse un refrescante, y grato baño de agua cristalinas...

            Y de repente, ante los ojos de sus hombres, comenzó a gesticular: sus movimientos se convirtieron en aspavientos descontrolados, su rostro se desgarró en un rictus de dolor y de angustia... Sus soldados, sus hombres, aquellos que le serían fieles incluso aunque les condujera al mismo infierno, se quedaron petrificados de golpe, y nadie actuó. Pensaron tal vez que era una broma, también pudo ser el efecto de la llamada difusión de responsabilidad, los soldados se contemplaron anonadados los unos a los otros, si hubieran sido uno, no hubiera pasado nada, pero como eran veinte mil, su Emperador, su líder, su Dios, el hombre en quien creían más que todas las cosas, el que había dominado Alemania con mano de hierro durante casi cuarenta años, en el mismo margen del río, con el agua tranquila, en un día claro, maravilloso, delante de todos ellos... se ahogó...

            Nadie sabe realmente qué fue lo que pasó. Se ha dicho que el agua estaba muy fría, que la armadura era muy pesada, que Barbarroja tenía ochenta años, que le dió un ataque al corazón... Pero por hace o por beta, el caso es que... se ahogó.

            Las crisis moral y sentimental que tuvo lugar entre los hombres de su ejército no puede ser escrita con palabras. Buena parte desertaron; otro trozo, volvió a sus tierras, atemorizados, y se prepararon para el fin del mundo; algunos, incluso, creyeron que su Dios les había abandonado, y se cambiaron de religión, ingresando en las filas islámicas. El Imperio que tanto sudor y sangre había costado ganar, se desmembranó rápidamente en un par de años. La muerte de Barbarroja fue tan estúpida, tan patética, tan contradictoria con la forma que había vivido su vida, que seguro que algún enemigo, al escuchar la noticia de boca de hombres que parecían locos, no se lo creyó. Mucho más propio de un espectáculo de prestidigitadores, incluso, fue lo que ocurrió con su cuerpo: el cadáver del Emperador fue transportado en un tonel de salmuera por los pocos hombres fieles que le quedaban, para ser así enterrado, definitivamente, donde él lo había pedido, en la Cúpula de la Roca, una iglesia cristiana situada en el corazón de Jerusalén.

            Pero hay un segundo héroe, recordamos. Luis II de Baviera, el rey Loco, pasó a la historia como un hombre fantasioso, incapaz para las tareas de gobierno, obsesionado por vivir en un cuento de hadas, y que se acabó muriendo en una prolongación más de la locura. No obstante, las leyendas, como las locuras, tienen dos formas de verse: y hoy vamos a contemplar el otro lado de la realidad.

Nuestro hombre vivió unos setecientos años después de Federico Barbarroja: como él, pertenecía a una dinastía de reyes ilustres, en concreto, su padre y su abuelo fueron famosos por la edificación de palacios y grandes avenidas, las cuales hicieron grande a una ya pujante ciudad de Munich. El joven príncipe tuvo una infancia feliz: creció en el país de los cuentos, y como tal, creció enamorado de las leyendas de Tristán e Isolda, de las narraciones tradicionales alemanas, de los relatos que poco  a poco, iban recolectando los hermanos Grimm. Este príncipe de cuento de hadas (que en efecto, hubiera sido mucho más feliz si hubiera vivido en la Edad Media, y no en el racionalista siglo XIX) apareció, el día de su coronación, joven, gallardo, apuesto, con un orgulloso traje militar, de color azul. Y desde el primer día, tuvo bien claro que entre todas las cosas, lo que prefería era potenciar el arte: por eso, llamó bajo su amparo, como hacen las aves para con sus crías bajo sus alas, al compositor Richard Wagner.
           
            Pero Wagner, pese a ser un gran músico, en cuanto a las propiedades de un ser humano, carecía de casi todas las demás. No sólo era calavera y mujeriego, sino que además, se intrincó en conspiraciones políticas, y de hecho estaba deseando largarse a la corte de un rey que tuviera más dinero, a fin, por supuesto, de poder dilapidarlo. Los bávaros no aguantaron a los Wagner en su territorio, y finalmente, le dieron un ultimátum al rey: o Wagner o nosotros. El rey, visiblemente dolido, y sin comprender las causas de estas desavenencias entre dos grupos de seres a los que amaban, no tuvo más remedio que aceptar, y dejó a Wagner partir. Éste nunca se acordó de él, pero de no ser por Luis II, muy probablemente hubiera acabado sus días en la Historia en un margen de la periferia, vagando, olvidando, de taberna en taberna...

            Pero Luis II quedó muy dolido con su gobierno por el trato que le habían dado a Wagner, y por eso, y para buscar consuelo, acometió un proyecto aún mayor. Un palacio, un maravilloso palacio, el cual, por fuera, tendría todas las características de los castillos de la Edad Media que él tanto idolatraba, y en la que le hubiera gustado habitar: pero por dentro, tendría todos los lujos y comodidades de una residencia moderna, con las más avanzadas tecnologías de la época. Y todo ello, debería realizarse, lejos de lo que habían hecho su padre y su abuelo, que se habían traído especialistas procedentes de todo el mundo, con materiales casi exclusivamente de Baviera, y por supuesto, eso sí, únicamente por gente que residiera en Baviera. Sería un logro del pueblo bávaro: un logro destinado a durar.

            El rey de hecho se desplazó a vivir en el castillo todavía no terminado para seguir la consecución de las obras, huyendo de un gobierno el cual, sabía de seguro, tenía capacidad más que suficiente para ocuparse de los asuntos de Baviera, pero al que detestaba. Pese a que tenía que firmar los decretos reales, habitó en un lugar a varios kilómetros de Munich, de tal manera que obligó a los ministros a trasladarse allí cada vez que querían que firmase un edicto. De hecho, tenía una ley que prohibía que se ausentara de la capital más que un número determinado de días al año, y por eso de vez en cuando iba a Munich, pisaba el suelo, daba la vuelta, y volvía de nuevo hacia su castillo. Observaba las obras desde una escalera –que era prácticamente donde vivía-, desde donde podía contemplar los logros de la construcción. Los ciudadanos bávaros aprendieron a realizar numerosas técnicas que antes no conocían, y en este palacio se instalaron accesorios como el primer teléfono móvil de la historia (tenía un radio de unos seis metros, era mucho más parecido a un inalámbrico), calefacción central y agua corriente (en un palacio, repetimos, que por decoración y por estilo, era completamente medieval), y una cocina que seguía los principios de Leonardo da Vinci, y que aprovechaba el calor del agua corriente corriendo tanto para obtener energía térmica como mecánica, en un flujo continuo a través de diversas tuberías. Luis había soñado un palacio, un lugar donde refugiarse de la triste y monótona realidad donde volvía, un modo de trasladarse a esa época de leyendas y de cuentos de hadas que tanto añoraba, y que nunca existió (pues lo importante de las épocas históricas no es cómo fueron, sino como nosotros creemos que fueron, y aunque no hubiera duendes, ni brujos, ahora lo sabemos, la Edad Media que tenemos en nuestra cabeza, no sería la misma, si ellos no estuvieran allí) y por eso en su dormitorio hizo colocar una ventana que le permitía contemplar una cascada, de tal manera que el ruido de ésta le despertaba por las mañans... Luis II soñó un sueño, tratando, como hacemos todos, con la literatura, con los videojuegos, con nuestras continuas suposicione, divagaciones, reconstrucciones históricas, de hacer que éste fuera real... Y un día, lo consiguió: el castillo fue terminado.

            Sin embargo, tan sólo le pudo durar treinta y tres días. Algunos sectores de su familia estaban inquietos: había gente que pensaba que le correspondía la parte más gruesa de la herencia. Hubo un misterioso visitante que llegó al castillo, que habló con el rey, y que volvió al día siguiente, con dos hombretones. Invitaron al monarca a dar un paseo... El rey, fatalmente, murió por accidente, en un prístino lago cercano: ahí de confesar que es os he mentido, no fue un río. Pero como en el caso de Barbarroja, el agua estaba en calma.

            Lo extraño de todo esto, es que es muy extraño que el rey se ahogara, porque era un buen nadador...

            A partir de entonces, la leyenda fue distribuida, y obligada a ser creída por todos: era mejor que el rey hubiera muerto. Estaba loco: se había obsesionado por un mundo de fantasía e ilusión, y no era capaz de llevar su vida adelante. Su muerte, fue consecuencia necesaria de su vida. Ya estaba: la semilla del rey loco, que daba campo libre a sus herederos para apoderarse del trono de Baviera, estaba servida.

            En todo caso, el palacio, su legado, su obra final, fue tan útil a los bávaros, como Luis esperaba que lo fuera. No sólo proporcionó enormes ingresos, al cabo del tiempo, a su familia, por el interés turístico que demostró (luego más tarde al gobierno alemán, que se lo compró a la familia haciendo un negocio redondo; hoy por hoy, es conocido por ser el castillo que sirvió de modelo a Disney para el de la Bella Durmiente), sino lo que es más importante: como todas las avanzadas técnicas, tanto arquitectónicas como tecnológicas, que se habían empleado en la construcción del palacio, habían sido realizados por artesanos bávaros que habían aprendido las técnicas para realizarlas, ahora el país tenía soldadores, arquitectos, expertos en la creación del cristal, todo tipo de personas especializados en las tareas manuales, y por eso precisamente, se creó una fuerte industria, que hizo a Baviera famosa por constituirse en un lugar donde todo tipo de labores técnicas podían ser desarrolladas. Y ese legado que dejó Luis II, el rey Loco, a su tierra, ha sido el más persistente de todo: porque hoy en día, incluso con la crisis, en Baviera, en la industrial Baviera, tan sólo hay un cinco por ciento de paro...

            Barbarroja soñó con un Imperio, soñó con la gloria, y precisamente por esa ambición murió; la Historia le trató como un gran hombre, para sus contemporáneos quizás estuviera loco. Luis II de Baviera soñó con cosas más sencillas, con un mundo de cascadas y de cuentos de hadas, favoreció, bien a través de la música, bien de la arquitectura, rememorar las viejas historias que se referían a Sigfrido, a Tristán e Isolda... pero la Historia, esa coqueta, le ha querido recordar como un loco, en una leyenda negra que ha dejado escondido sus logros, y ha recordado tan sólo, lo que sus enemigos quisieron que pensáramos de él...

            Dos hombres con un objetivo claro: dos hombres, que en parte (casi una eternidad, pero sólo casi, le duró a uno; tan sólo treinta tres días, lo tuvo otro), consiguieron alcanzar las metas, los sueños, a los que se habían conducido...

            ¿Quién es el soñador, y quién es el loco?