lunes, 16 de octubre de 2017

El relato de octubre: una de romanos (segunda parte). El final de "R.O.M.A".

Como algunos recordaréis, hace un tiempo colgamos en este blog la primera entrega de un (¿relato largo?¿novela corta?) inspirado de manera muy libre en la antigua Roma. Os ofrecemos ahora el final. esperando que, tras leerlo, os entren ganas de construir un acueducto, vestir toga, o levantar un imperio. Que lo disfrutéis:


R.O.M.A.
(Segunda parte)


-Oye, Cindy, ¿no sabrás donde está Bruto? Tengo que hablar con él una cosa sobre la operación de mañana.
            El agudo tono de voz de su secretaria se hubiera escuchado incluso para alguien que sólo estuviera mirando a Caesar escuchar el teléfono desde un lado. A éste no le gustaba el timbre de la chica (ni tampoco sus habilidades como secretaria, las cuales consistían básicamente en poseer un busto que ocupaba casi toda la mesa), pero menos aún las noticias.
            -De acuerdo. Si le ves por ahí dile que le estoy buscando, ¿de acuerdo? Que en cuanto pueda, que me intente llamar.
            Pero Caesar no se quedaba tranquilo dejando el recado. El cuerpo le pedía hacer algo, actuar, la acción. Por ello, bajó por el ascensor del servicio, sin que nadie le viera, al garaje. Allí, el ya advertido chófer, con el aire de sigilo que le caracterizaba, le tenía el coche dispuesto y con la puerta abierta, sin que hubiera necesidad de hacer preguntas. Aún así, se arriesgó:
            -¿La dirección, señor?
            -La habitual de los jueves –esgrimió Caesar, y con ello no hubo necesidad de nada más.
            El automóvil de alta gama se deslizó por entre las calles grises, repletas de personas que no miraban a los laterales, atentas sólo a las imágenes de sus teléfonos móviles o a posar frente a vasos de plástico de lujo un café hecho de plástico a su vez. En ese contexto, el coche de Caesar pasaba inadvertido para los viandantes, pero él también les ignoraba a ellos. Tan sólo observaba la pantalla de su móvil conforme tecleaba el número, escuchaba durante un par de tonos, y luego volvía la cabeza la pantalla donde salía el nombre de “Bruto” junto a un auricular tachado, y resonaba de fondo la consabida cantinela: “El número marcado está apagado o fuera de cobertura…”
            El coche llegó a la entrada de un (de discreto, casi escondido) parking subterráneo que no tenía ticket para pasar. Solamente un timbre que el chófer accionó, para luego declarar, a la pregunta que le formularon:
            -Ha llegado el Caballo de Troya.
            La barrera se levantó y les permitieron pasar.
            Una vez llegados a uno de los pisos superiores, a Caesar le acogieron como siempre: cocktail de bienvenida, unas cuantas muchachas guapas envueltas en boas de pluma, la Madame conduciéndole con una conversación entretenida hasta la habitación. Sin embargo, no hicieron falta demasiados preliminares porque el ritual ya era de sobra conocido. En poco tiempo, le tuvieron dentro de una sobria habitación donde la chica (o mñas mujer que chica) vestía con la misma sobriedad de la habitación, como si aquel se tratara de un lugar distinto al que había venido a parar.
            -Eres un enfermo, Caesar –le escupió Pompeya a la cara, nada más entrar-. Reniegas de tu mujer y vuelves a ella cuando se ha convertido en puta; y en cambio, a la puta la conviertes en tu esposa.
            -Si te refieres a Cleopatra, ella no es mi mujer –replicó adusto Caesar.
            -No, ya, el título oficial lo detenta Calpurnia. Por cierto, ¿dónde la tienes?¿En un viaje de representación, muy lejos, en Hong Kong?¿Qué se cuenta?
            -Está en Singapur. Ha mandado recuerdos por Skype.
            -Espero que no agradables –rechinó Pompeya.
            -Decía que tenía un mal presentimiento. Suele tenerlos unas dos veces por semana.
            -Siempre has desdeñado lo que poseías, y en cambio buscas con ansiedad aquello que no puedes tener. A Cleopatra la quisiste sólo porque se le encaprichó a Antonio, y ahora, a mí…
            -Yo nunca quise que te metieras a… prostituta –se atrevió Caesar a confesar la verdad.
            -¡No, claro!, ¿y qué otras opciones me quedaban?-allí la impresión que Pompeya proporcionaba no era la de una cortesana, sino la de la esposa que en su día fue-. ¡Rechazada por su marido, apartada de la empresa, acostumbrada a un tren de vida, a ver cuántas opciones le quedaban a una por ejercer en esta ciudad!
            -No entiendo por qué me echas a mí la culpa de esto.
            -¡Ah, claro!¡Va a resultar que no fuiste tú el que me repudió!
            -Ya te lo dije… No tenía más remedio. Después de que Clodio irrumpiera en… vuestra soirée, vestido de mujer, había demasiadas sospechas de adulterio.
            -Pero tú mismo dijiste que me creías inocente…
            -Aún así, la gente…
            -¡Oh, sí, ya me sé esa cantinela!-replicó despectiva Pompeya-. “La mujer de Caesar no debe sólo ser honrada, sino parecerlo”. Tú y tus frases hechas… Parecen hechas de cara a la galería, para que puedan soltarse en cualquier ocasión en los próximos mil años… Pero no tienes ni idea de lo mal que le sientan a la gente que tienes alrededor.
            -Pompeya, eres lo suficientemente lista como para entenderlo. Aquello era una crisis; ponía en duda nuestro matrimonio; y cuando una unión marital implica poseer el 50% de las acciones de una compañía, estas cuestiones se vuelven extremadamente delicadas. Los inversores estaban inquietos: tenía que apaciguarlos de alguna forma.
            -¡Echándome de comer a los perros!¡Arrastrándome a la indigencia!¡Apartando lo que era posible de mí!
            -Era el papel institucional que me tocaba hacer en ese momento… Debía dar la mayor impresión de firmeza posible… Pero te ofrecí dinero, Pompeya. Lo hice de otra manera, escondida, secreta, bajo mano. Fuiste tú la que no aceptaste.
            -¡Dinero, dinero! Tú siempre has solucionado las cosas de esa manera, Caesar… No eran vulgares monedas las que en aquel momento yo necesitaba de ti.
            Pompeya se sentó y encendió un cigarrillo. A Caesar no le pasó desapercibido cómo su piel se había avejentado como consecuencia del nuevo estilo de vida que llevaba desde hace tiempo. Sintió una punzada de culpabilidad a causa de ello, pero procuró enterrarla al fondo de su cerebro, como hacía siempre. Aquel desván ya se encontraba demasiado lleno, pero la puerta, de momento, conseguía aguantar.
            -La verdad, la auténtica verdad, Caesar, es que a mí nunca me quisiste como a otras. Siempre he sabido que sólo te casaste conmigo porque era la nieta de Sila, tu enemigo, y el anterior jefe de la compañía. Todo el mundo entendía la hábil estrategia desde el punto de vista de la política de la empresa, incluso yo lo asumía. Pero al menos quería, a cambio de eso, un poco de disimulo… quizás algo de amor.
            -Cumplí con mis deberes de marido –se defendió Caesar.
            -A veces simplemente cumplir con tu deber no es suficiente –mordió como una tigresa atacada Pompeya-. Como hiciste con Cornelia cuando mi abuelo te ordenó que te divorciaras de ella y tú te negaste y saliste huyendo. Aquello era algo más. Aquello era pasión.
            -Lo hice todo por puro tacticismo –se escudó de una extraña manera Caesar.
            -Pues engañaste a muchos –contestó Pompeya-; tal vez con que me hubieras engañado de la misma manera, yo hubiera tenido suficiente. Hubiera sido… feliz.
            Pompeya apoyó un par de dedos sobre el lugar donde confluían la nariz con sus ojos.
            -Me duele mucho la cabeza.
            Se levantó del puff de enardecidos colores eróticos donde se sentaba y se acercó a un armarito, de donde sacó una estilizada botella de color ambarino, y una caja de pastillas. Se tragó varias de golpe, y un sonoro trago de alcohol también. A Caesar le preocupaba lo mucho que Pompeya bebía en los últimos tiempos. Por no hablar de otras cosas. Sin embargo, como ella se encargaba de recordarle, ya había perdido toda incumbencia para poder opinar sobre este asunto.
            -¿A qué has venido entonces?-preguntó Pompeya, con pinta de que quería dar por zanjada esta conversación cuanto antes-. ¿A darme dinero, como otras veces, a preguntarme cómo estoy para sentirte menos culpable?¿O esta vez te vas a cobrar algo más y vas a exigirme que tengamos un breve y tórrido caliqueño? Aunque te lo advierto, te va a salir más caro y te va a saber peor que cuando yo era tu mujer.
            Entonces Caesar la miró. Y se sintió de golpe muy cansado. Sin ganas de luchar. Él, que en circunstancias adversas, era cuando más se crecía. Él, que se sintió en su salsa aquella vez que le secuestraron los terroristas chíitas. Que alcanzó el máximo poder cuando más acosado se encontraba por las deudas. Ahora, en cambio, no tenía ganas de discutir en absoluto. Y de hecho, sorprendentemente, le salió un inesperado:
            -Mira, vengo a… No sé a qué he venido en realidad –confesó-. Pero ya que estoy aquí, quería… Sólo quería decir que lamento cómo ocurrieron las cosas. Y que quizás no te sirva de nada, pero al menos quería decirte que lo siento.
            Dicen que este tipo de declaraciones te libera de un peso interior. A Caesar, aquella revelación a tumba abierta. no se le produjo esa sensación. Puso los brazos en jarras y se plantó delante de Pompeya:
            -¿Satisfecha?
            Ella, exhalando tranquila su cigarrillo, curiosamente serena, se atrevió a argumentar:
            -No lo sé. Quizás sí. No te voy a decir que gracias, o que estás perdonado. Pero, joder, sí, lo necesitaba.
            Se colocó el pelo para no perder ni un ápice de elegancia.
            -¿Qué, vas a querer un polvo, aún así?
            Caesar amagó una mueca.
            -No, qué va; se me han pasado las ganas.

*                                 *                                 *

            Caesar, sin embargo, mentía. Se le habían pasado las ganas, pero era con Pompeya. Un par de minutos más tarde, se encontraba en la sauna del edificio, detrás de los glúteos de una chica oriental. “Quiero una reina bárbara”, había exigido a la Madame del establecimiento. Aunque, por los gritos y el sudor que chorreaba ahora mismo, no reflejaba una imagen demasiado regia.
            Unos instantes después, Caesar trataba de relajarse dentro de la sauna, con el cuerpo casi por entero sumergido por el agua. Ignoraba por completo a la muchacha, la cual se recuperaba inescrutable en un rincón. El silencio se mantuvo hasta que a Caesar le dio por fijarse en la decoración del sitio.
            -¿Ésa es una estatua de Pompeius?-inquirió incrédulo. La chica volvió con desgana la vista.
            -Creo que sí. Digo que creo porque en realidad nunca le llegué a ver en persona. Le asesinaron mucho antes de que yo entrara a trabajar aquí. Por lo visto, se dejó mucho dinero en este sitio.
            <<Apuesto que sí, viejo zorro>>, maldijo en voz baja Caesar para sus adentros. Hasta podía ver, reflejada en el mármol de la estatua, la cara de sátiro de su viejo compinche.
            -Me voy a buscar unas bebidas –dijo la chica, visiblemente hastiada de quedarse allí sin hacer nada-. ¿Quieres algo?
            Caesar, indiferente, negó con la cabeza. Él seguía bebiendo de la copa con la que había empezado su sesión con la muchacha. Cuando la joven se alejó, Caesar se quedó un rato tranquilo, pensando. Más o menos hasta que la estatua de Pompeius rompió a hablar.
            -¿Qué tal andas, Caesar?
            El aludido se encogió de hombros.
            -Supongo que dormido, porque una estatua me habla en sueños. O tal vez es que me he vuelto definitivamente loco.
            -Tal vez se trate de los remordimientos, ¿no crees?
            -Yo de eso no fumo –negó displicente Caesar.
            -Dime, amigo mío, ¿cómo te ha ido desde que no estoy?¿Te sirvió de algo mi sacrificio?
            -Yo no fui quien lo busqué; supongo que tus fuentes al otro lado te habrán informado. De hecho, lamenté de manera amarga tu muerte delante de los que contrataron a los sicarios.
            -Por desgracia, Caesar, lo único que no saben ver los muertos son las intenciones de los vivos; sobre todo, cuando éstos son capaces de fingir lo contrario de lo que desean. En todo caso, reitero mi pregunta, ¿qué tal te va?¿Desembarazado de tus enemigos, duermes tranquilo por las noches?
            -Tú bien sabes que, llegados a cierto punto, nunca se dejan de tener enemigos. Eso sólo significaría que te has retirado de la partida.
            -¿Y tus noches, Caesar?¿Son serenas?
            Ante una interpelación tan directa, Caesar ya no encontró manera de zafarse con más evasivas. Por otra parte, ¿mentirle a un muerto, qué sentido tendría?
            -He tenido últimamente sueños crueles… extraños.
            -¿Alguna vez has tenido sueños premonitorios?
            -No sé decirte… No sabría contestar…
            Caesar escrutó de manera penetrante la estatua de Pompeius, pero sus ojos sin pupilas no supieron decirle nada.
            -Dime, Pompeius, ¿has aprendido lo suficiente en el mundo de los muertos para decirme por dónde debería llevar mi camino?
            -Si algo se aprende a este lado, y aprecia que he utilizado el condicional, es que las cosas no las hicimos en su día por el destino al que nos llevaban, sino porque era lo que queríamos hacer en cada momento, y que eso sería lo que volveríamos a hacer. Así que no tiene mucho sentido tratar de corregir el rumbo de nadie. No funcionará.
            -Al menos, dime si es posible buscar otra vía. Si, actuando de manera distinta, seré más feliz.
            -¿Desde cuándo la felicidad ha sido tu objetivo, Caesar? Era el poder lo que te llenaba.
            -¿Y si ya no lo hace?¿Hay una posibilidad de hacer otra cosa?¿De cambiar?
            -Los hombres como tú y yo, Caesar, no podemos cambiar de vida. Si volviéramos a tener otra, a disfrutar de una segunda oportunidad, tan sólo sería para cometer nuevos errores. Nuestro cuerpo sólo puede descansar tranquilo cuando hemos muerto o cuando hemos alcanzado la posteridad eterna: sólo caminamos hacia la inmortalidad. Ése es el único momento en que podemos relajar el ánimo.
            -¿Y cuántas cosas se dañarán por el camino? Incluyendo a nosotros mismos.
            -Hay consideraciones que no se tienen en cuenta mientras ocurren los grandes sucesos. ¿Te has fijado que en las películas, da igual que en medio haya muerto un pueblo entero, que si el protagonista sale vivo, se dice que terminan bien? Pues lo mismo ocurre con nosotros: da igual lo que ocurra para llegar a nuestro objetivo, lo principal es que se acabe llegando.
            -Pero se supone que el héroe trabaja para el bien común. ¿Nosotros lo hacemos?¿Lo hacíamos, Pompeius?
            -Caesar, bien sabes que, para R.O.M.A., lo que es bueno para el líder es siempre bueno para el bien común. Es la definición básica del liderazgo.
            Caesar no se quedó muy convencido.
            -Me da la sensación de que tendría que haber algo más. Que, cuando hubiéramos llegado, habría una cinta roja, una meta flotante que indicara, “ya está aquí, lo has logrado”. Y que, de alguna manera, me sentiría mejor.
            Pompeius, desde sus pétreos labios, sonrió.
            -La cumbre es un lugar muy solitario, Caesar. Y cuando has escalado una montaña, normalmente lo único que se te presenta es una nueva cima que hay que asaltar. Y en cuanto te quedas dormido, alguien aprovechará y cortará de la cuerda. Como, por ejemplo, ahora mismo.
            La temperatura de la sauna se había elevado. Caesar se inquietó conforme aparecían, en el agua, nuevas burbujas.
            -¿A qué te refieres?-le preguntó inquieto.
            -En estos momentos en que estás dormido, han entrado desconocidos y han empezado a rebuscar entre tus pertenencias. No debiste tratar tan mal a la prostituta; el amor propio pesa, también en estas mujeres, y se acaban vengando. Ahora mismo los hombres están sacando tu cuerpo del agua para ver si llevas alguna joya valiosa encima.
            -No –replicó con frío aliento Caesar-… Eso no puede ser… Yo me habría dado cuenta.
            -El sedante de la bebida ha dado buenos resultados. Mientras tanto, en tu casa están rastreándolo todo en busca de material comprometedor. Deberías saber que en la traición, en este juego, es una preciosa tirada. Mientras tanto, aquí, te han empezado a atar con las toallas. Un tipo se te está arrodillando hacia ti.
            -¡Joder, calla, no!
            -… la navaja que afeitar que saca recorre tu cuello… Sale de allí un brusco chorro de sangre…

*                                 *                                  *

            Caesar se despertó entre sus sábanas, envuelto en un helado sudor. Se llevó las manos a la garganta, y durante unos segundos le costó ubicarse. Cuando finalmente rememoró, y distinguió la realidad de la ficción, no consiguió hilar un recuerdo claro de cómo había llegado hasta allí desde el prostíbulo. Aunque, de lo que consultó por su reloj, no debían haber pasado demasiadas horas.
            Sólo entonces se dio cuenta de que el teléfono sonaba insistentemente a su lado, y era lo que le debería haber despertado. Lo cogió, como si fuera un arma, entre las manos.
            -¿Diga…?-se dio cuenta de que sonaba cascado, cazallero, agonizante…
            -Señor Caesar –sonó una profesional y eficiente voz femenina al otro lado-, sólo era para recordarle que el Consejo ha convocado una reunión de emergencia para mañana para mañana.
            -¿Una reunión? No tenía ni idea. ¡Maldita sea!, ¿pero no se supone que esas cosas sólo las puedo convocar yo?¿Cómo no me he…?
            -Señor, es posible que se le haya pasado chequear su mail. Debe recordar que una minoría de un tercio del consejo tiene derecho a…
            -¿Esto es cosa de Bruto?¿Dónde está Bruto?¡Joder, no hay forma de encontrarle con ningún lado!¡Páseme con Bruto ahora mismo!
            -Señor, no me hallo con el señor Bruto en este momento, pero puede comunicarse a través de los canales habituales…
            -¡Oiga usted, mamarracha!¡A mí no me trate como si fuera un contestador automático, o un cliente cualquiera de la compañía!¡Soy el puto jefe, joder, y si yo digo que me ponga con Bruto, entonces…!
            -Señor, no puedo responderle si se pone así…
            -¡Deje ya de darme excusas y póngame con Bruto de una maldita vez!-fue entonces cuando Caesar se dio cuenta de que, como con el despertador que le había sacado de su sueño de sangre, ahora había un pitido insistente en su oreja. Un Caesar no muy ducho en recientes tecnologías se dio cuenta de que tenía una llamada por la otra línea. Seguramente la mujer se dio cuenta, o si no creyó haber encontrado una buena excusa para salir de aquel atolladero, porque Caesar escuchó un:
            -Señor, si tiene otros asuntos que atender, puede…
            -¡No se crea que se va a librar de esto tan fácilmente!¡Espero que sea Bruto el que esté al otro lado de la línea, pero tanto si es así como si no, luego voy a hablar con usted y se va a enterar de lo que vale un peine!¡Voy a… voy a… mire, no sé lo que voy a hacer, pero más vale que no lo haya pensado para cuando vuelva!¡Y tú…!-dijo tras apretar el botón para dar paso a la otra línea, dispuesto a lanzarle una diatriba a Bruto.
            -¿Papá?
            Entonces, todo se paralizó. Se detuvo el mundo. Sí, era él. Ni lo había pensado, era él, Cesarión. Caesar se derrumbó y se sentó sobre la cama.
            -¡Hola, hijo!, ¿cómo estás?-dijo sin poder reprimir sus emociones-. ¿Estás a gusto en el interna…?¿Estás a gusto en Suiza?¿Te tratan bien los maestros y los otros niños?
            -Sí, papá, lo estoy pasando muy bien –dijo el niño, con un ligero frenillo en la lengua propio de los niños de su edad-. Aquí hacemos cosas muy divertidas y lo pasamos muy bien. Pero te echo de menos. Y también a mamá…
            -Oh, mi ángel, mi cariño, mi tesoro, yo también te echo de menos… Quizás… quizás podamos hacer algo para que volviéramos dentro de poco a vernos. Quizás…
            -Oh, sí, papá, estaría muy bien, podríamos irnos los tres a Suiza. Papá, mamá, yo, todos nosotros. Aquí se está muy bien, es muy bonito. Tengo ganas de abrazaros, y de daros besos… Pero, ¿qué te pasa, papá?¿Estás llorando?
            -No, nada, hijo, nada, es simplemente que estoy muy contento de volverte a escuchar. Tienes que llamarme más a menudo…
            -Es que mamá tiene una línea para poder hablar gratis con ella…
            -Bueno, eso está bien, hijo, eso está muy bien, pero eso no es excusa. Quiero que me llames más a menudo, ¿de acuerdo?, yo también quiero escuchar que ti.
            -De acuerdo, papá. Tengo que irme, aquí es por la mañana y me esperan en el colegio. Pero no te preocupes, te volveré a llamar.
            -Muy bien, corazón, me parece estupendo…
            -Y otra cosa…
            -¿Sí?
            -Te quiero, papá.
            Mientras se escuchaba el clic del teléfono al colgarse, Caesar se quedaba con el teléfono en la mano y el alma partida, con la boca entreabierta, sin saber, por primera vez en mucho tiempo, qué decir o qué acción ejecutar…
            Y el conquistador de mundos hizo lo primero que se le ocurrió: rompió a llorar como un niño.

*                                 *                                 *

            Cuando resonó el tintineo de llaves, él aún se encontraba encogido sobre sí mismo sobre la cama. Luego, para su sorpresa, en la habitación apareció Cleopatra. Cargaba un montón de bolsas de tiendas de ropa exclusiva. Extrañamente, se arrodilló ante él.
            Caesar la miró con aspecto de derrota. Las lágrimas eran evidentes aún en su cara por el espacio que habían dejado los surcos.
            -Ha llamado Cesarión.
            -Lo sé –respondió ella, contemplándole con una extraña serenidad que no se correspondía en absoluto con la actitud con la que había salido de la casa tan sólo unas horas antes-. Me he encontrado una llamada perdida en mi iPhone. He querido conectar la llamada a casa pero he visto que estaba comunicando. Y sólo se me ha ocurrido que pudieras haberlo cogido tú.
            Caesar no reaccionó ante esta cadena de acontecimientos.
            -Anda, ven aquí –le dijo ella, con mirada de quien lo sabía todo-. Te prepararé un baño.
            Unos veinte minutos más tarde, Caesar se encontraba metido en la bañera hasta el cuello, cubierto de espuma, respirando plácidamente de la tranquilidad y del olor a jabón. Necesitaba hacía mucho tiempo este descanso.
            Escuchó el débil sonido de la puerta al abrirse. La vaharada de la fragancia de Cleopatra penetró por todas partes. Por el rabillo del ojo, y a través de los espacios entre las traslúcidas cortinas que rodeaban la ominipotente bañera, vislumbró a Cleopatra quitándose el albornoz. Su nuca recortada por la extrema rectitud por debajo de su peinado, y sus hombros y su espalda gráciles quedaron al descubierto. Había que reconocer que en algunos aspectos, más que en otros, se había conservado bastante mejor…
            Apareció sobre la bañera con una toalla cubriéndole los senos, y llegándole de manera justa hasta la parte superior de los muslos. Estaba maquillada superficialmente, como si lo hubiera hecho de un modo descuidado, pero Caesar sabía que le había conllevado un tiempo de años llegar a conseguir ese efecto.
            -¿Qué se contaba Cesarión?¿Le va bien en el colegio?-dijo tendiéndole un vaso cargado de hielo y whisky.
            Caesar asintió mientras bebía un sorbito. Sonreía, además, porque Cleopatra le sonreía plácidamente.
            -Siempre me he arrepentido de meterle en ese internado. En aquel momento, claro, nuestras carreras, los problemas, los rivales inmediatos, los problemas logísticos… pero a la larga… Extraño verle de manera habitual.
            Cleopatra se apoyó sobre el filo de la bañera.
            -Ya, a mí también me pasa lo mismo. Muchas noches, en mitad de la madrugada, me despierto y pienso en él. En esas noches que sueño en lo mucho que hemos perdido.
            Caesar apoyó el vaso sobre el borde de la bañera.
            -Eran tiempos felices, ¿verdad?, cuando nació. Tú, yo… son los tiempos que él aún recuerda. Los tiempos en que nos quisimos.
            Cleopatra apretó los labios en una línea muy fina. Y entonces, elevó las cejas y sonrió muy ligeramente, como si llevara mucho tiempo desentrañando un misterio y por fin lo hubiera comprendido todo.
            -¿Sabes?, lo que me gustaba de entonces de ti era eso. Tu… generosidad. La generosidad que mostrabas con Cesarión a pesar de saber que cada mimo que le regalabas a él le proporcionaba argumentos a tus enemigos para meterse con tu política. Tu generosidad en los regalos, en los momentos, en el tiempo que podías entregarle a él aunque te absorbiera de otras cuestiones determinantes. Esa capacidad de perdonar que tenías cada vez que se equivocaba. Como hacías también con tus rivales, algunos de los cuales se convirtieron en tus mejores amigos. Como Cicerón.
            -Hmm, no me siento muy satisfecho de cómo he tratado a Cicerón esta noche.
            -Como Bruto.
            -Ando buscándole todo el día. No sé dónde se ha metido. Nadie le ha podido encontrar.
            -En definitiva –dijo Cleopatra, obviando sus objeciones como las de un viejo cascarrabias-, ésas son las pequeñas cosas que me entusiasmaron de ti. Las que me enamoraron…
            Caesar la miró con ojos displicentes.
            -No es verdad. Te enamoraste de otra cosa. Te enamoraste del poder. Sin eso, no hubiera sido más que otro perdedor que te cruzaste en los bares.
            Cleopatra sonrió diáfanamente. Se inclinó sobre él, apoyando sus brazos cruzados sobre su pecho, y permitiendo que la toalla se mojara mientras su cuerpo se introducía en la bañera. No paró en ningún momento de fijar sus ojos en él.
            -¿Y qué más da por qué lo hiciera? Somos viejos. Estamos solos. Hemos sobrevivido, cada uno a nuestra manera. Nos tenemos únicamente el uno al otro. El resto han muerto o nos han abandonado. ¿Qué hay de malo en no querer recordar las cosas malas?¿Cuál es el problema en no querer envejecer?
            Caesar la miró muy firmemente. Estaba guapa. Sí, estaba guapa. No importaba el maquillaje, las arrugas, los años. Era… el carisma, esa forma magnética que tenía de atraerte mientras sonreía. Eso nada lo podría alterar.
            -Ya no tenemos las fuerzas… el vigor… la pasión de antaño.
            Cleopatra negó con la cabeza.
            -Habla por ti, cariño –dijo, pasándole la larga y estilizada uña pintada por el pecho-. Yo en eso, estoy como una doncella todavía sin estrenar.
            Y entonces, con una sonrisa, se quitó la toalla de debajo y se echó para atrás ligeramente. Su cuerpo se sumergió, como más tarde su cabeza, y su peinado de peluquería pareció el casco de un submarino cuando se adentra en el mar. Caesar empezó a notar una sensación creciente en el bajo vientre…
            Sus brazos se apoyaron por fuera de la bañera, y su cabeza se deslizó hacia atrás, cerrando los ojos, mientras gemía, y no paraba de gozar…

*                                 *                                 *

            El despertar fue tranquilo y relajado. Por primera vez en mucho tiempo, los párpados de Caesar se levantaron con suavidad, sin esperar que hubiera ningún enemigo esperándolo, agazapado detrás de sus sueños. Sus sempiternas ojeras no sólo no habían aumentado, sino que simulaban haber decrecido. Caesar podía afirmarlo sin temor: había dormido en paz.
            -¿Qué pasa, mi soberano?¿Se nos han pegado las sábanas?
            Y allí, también, sosegada como no la había visto nunca, Cleopatra, envuelta en un albornoz rosado, cepillándose unos cabellos ya aplicados con un tratamiento para ser suavizados; sólo le faltaba ronronearse para convertirse en la más dócil gatita.
            -¿Por qué no te das una ducha, señor mío, y desayunamos después?
            Caesar se relajó bajo el agua caliente, dejando que sus músculos se destensaran mientras el vapor le envolvía. Hacía mucho tiempo que no se tomaba las cosas con tanta calma. Salió envuelto en su albornoz blanco y allí le esperaba Cleo: con la mesa puesta y el desayuno preparado. Caesar se sorprendió: no estaba acostumbrado a estas atenciones. Menos mal que encontró la excepción que confirmó el milagro: la poco ducha en tareas culinarias Cleo había quemado las tostadas. Pero no pasaba nada, le dijo: un poco de pan con aceite, al estilo de la vieja y lejana Campania, estarían bien.
            El periódico abierto. El cuchillo pasando la mantequilla con calma y método. Las manos abiertas, naturales, sin temor a acercarse y, si se tocan, sin hallar el menor reparo. Podría decirse que ésta es una sensación parecida a… ¿la felicidad? Quién sabe. Hace mucho que nadie mencionaba esa palabra. Hace tanto.
            -Estaba pensando…
            Cleo giró la cabeza mientras terminaba de exprimir el zumo, y su estilizado peinado se desplazó con ella. Sus manos estaban pringadas de naranja y cubiertas de pulpa, pero extrañamente, a ella parecía darle igual.
            -¿Sí?
            Caesar la miró con una cierta sonrisilla.
            -Estaba pensando que, para el año que viene, a lo mejor Cesarión no tiene que estar todo el rato en el internado en Suiza. Creo que los métodos pedagógicos modernos favorecen mucho los intercambios: y qué mejor lugar de intercambio que Nueva York. Seguro que aprende cuatro o cinco nuevos idiomas.
            Cleopatra se acercó a él con los vasos de zumo en la mano. Y sólo tras un largo rato haciéndole dudar, entonces adquirió una expresión pícara.
            -Entonces, habrá que aprovechar antes de que venga y no podamos hacer ruido por las noches…
            Caesar se rió.
            Se afeitó con parsimonia. Apuró hasta el extremo. Se echó el after shave y se puso el traje. Hoy parecía un nuevo día. Hoy asemejaba que todo iba a cambiar. O no era nada del exterior; era simplemente que él había firmado la paz consigo mismo. La más ardua de todas las batallas. La que al conquistador más le costó ganar.
            -¿Qué vas a hacer por la tarde?-preguntó Caesar, mientras Cleopatra le rodeaba por los hombros.
            Ella encogió los suyos.
            -No sé. Esperarte, supongo.
            Y le dio un pequeño beso en los labios. Uno de esos ósculos tan castos y bienintencionados que sólo se dan los novios, o los que acaban de empezar con eso del juego de ser amantes. Hacía décadas que no recibía un beso de éstos.
            -Cuídate –le dijo Cleopatra.
            Era pues, se dijo a sí mismo, como empezar de nuevo: con todas las cautelas, sonrojos, cuidados y atenciones de la primera vez. Pero esta vez, más sabios, más escarmentados, menos atrevidos: conocedores de que toda acción tiene su reacción, cualquier acto sus consecuencias, y que sólo hasta cierto punto se puede moldear el cristal, porque a partir de determinada temperatura y presión se rompe. Con toda la sabiduría bien aplicada de quien ahora conoce por qué hay algo que merece la pena conservar.
            Caesar bajó por el ascensor de su piso en Manhattan con el hilo musical, pero en su cabeza sonaba una melodía muy distinta. Él la tarareaba por dentro: era el sonido de la felicidad.
            La puerta del ascensor se abrió.
            Apenas le dio tiempo a cambiar la expresión del rostro antes de contemplar la visión de todas aquellas armas apuntándole hacia él.
            Se dispararon casi todas en una ráfaga. A pesar del esfuerzo de Caesar por ocultar la cara para que no le desfiguraran el rostro, en un poster acto de coquetería, su efigie quedó poco elegante conforme caía desplazado por el impacto de las balas.
            En el último vistazo, tuvo tiempo de ver en un último resquicio a Bruto, el cual, firme y determinado, apuntaba hacia él con toda la convicción.
            El cuerpo de Caesar quedó tumbado, sangrante sobre el suelo, interrumpiendo el cierre automático de las puertas del ascensor. Los vecinos de su portal lo miraban y corrían, aunque alguno, más atrevido, hacía gesto de acercarse y mirar. A lo lejos sonaba la sirena de policía… A unos pocos metros, en la portería, el pequeño busto de Pompeius, réplica del retrato que Caesar albergaba en sus oficinas, parecía observar las rodillas de Caesar (lo único que sobresalía del hueco del ascensor) con absoluta ecuanimidad.
            A pesar de los esfuerzos de la policía, un pequeño grupo de curiosos de variados peinados y ropajes –esto es Nueva York, aquí siempre hay de todo, desde lo más moderno hasta la típica señora en bata y zapatillas- se habían congregado por detrás de las cintas amarillas de seguridad. La gente aguardaba, sobre todo, a la llegada de Cleopatra: para muchos era la primera vez que la verían, más allá de las revistas, y se preguntaban si sufriría un ataque de histeria convulsa en mitad del rellano, o si mantendría su bien conocida y siempre mayestática dignidad imperial. Muchos se preguntaban qué vestido traería para el caso.
            Lo que nadie observaba (en parte porque estaba oculta por su brazo, en parte porque había cosas mucho más importantes para contemplarlo) era el rostro exánime de Caesar. Dentro de poco sufriría el rigor mortis, y más tarde sería irreconocible. Pero de momento, todavía había una expresión que era posible adivinar.
            La faz del jugador, siempre serena, que ha perdido a las cartas justo cuando ha decidido que ya no volverá a jugar más.
            Era la manifestación de la inmortalidad…

            BIBLIOGRAFÍA.
           
·         Rubicón. Auge y caída de la República Romana. Tom Holland. Planeta, 2005.


·        Julio César. La grandeza del héroe. Hans Oppermann. Ediciones Temas de Hoy, 1994.

lunes, 9 de octubre de 2017

La historia real de octubre. Gaditanos ilustres: Lucio Cornelio Balbo el Mayor, y el Menor

"Julio César ante la estatua de Alejandro en el templo de Hécules en Cádiz". José Morillo, Museo de Cádiz.

A veces tenemos una imagen irreal de los antiguos romanos. Nos los imaginamos dignos, altivos, con toga; las adaptaciones cinematográficas y en series de televisión, en su mayoría anglosajonas, hacen pensar que fueran pálidos y rubios como londinenses, cuando en su mayoría eran bajitos y morenos como italianos que eran. Y aún así, olvidamos que, con el tiempo, romano no era sólo el nacido en Roma, y con el tiempo acabaron convirtiéndose en ciudadanos romanos también individuos nacidos fuera de Italia. De hecho, en la capital (adonde llegaban individuos procedentes de todas partes del mundo) encontrábamos africanos, celtas, árabes, bárbaros, griegos. Roma era su mezcla cultural y racial, una amalgama en algunos casos menos semejante al mármol que al zoco. Desde ese punto de vista, resulta interesante aproximarse a unos romanos atípicos, entre otras cosas porque nacieron en Cádiz.

Suele argumentarse que los gaditanos abusan con frecuencia de presumir que su ciudad es "la más antigua de Occidente", y quizá eso sea cierto, pero la frase también es verdad. De 3000 años de antigüedad, fue fundada por los fenicios a partir de una península, entre otras cosas porque las características de sus barcos hacían que sólo pudieran moverse con habilidad en este tipo de accidentes geográficos. Los fenicios provenían de lo que es hoy el habitual Líbano, una estrecha franja de tierra limitada por las montañas que prácticamente les empujaban al mar. Eso les llevó a fundar Cartago, en la actual Túnez -ciudad que daría lugar al imperio púnico, el único que trataría de igual a igual a los romanos-, y también Gades (por cierto, que los fenicios no sólo fundaron ciudades, sino que las evidencias históricas apuntan a que se asentaron en la periferia de los barrios tartesos para dedicarse a la agricultura, cosa que en su país de origen era muy difícil). La futura Cádiz fue primero propiedad de los cartagineses y luego más tarde de los romanos. Durante ese tiempo empieza a convertirse en el núcleo de prósperas redes comerciales. Entre las familias que dominan ese comercio, se encuentran los Balbo. Su origen se discute: hay quien dice que fueron cartagineses que se hicieron ricos antes de la derrota de su imperio a manos de los romanos, y huyeron a tiempo a Gades. Otros esgrimen su origen fenicio, y para ello argumentan que eran una familia muy asociada con el viejo templo en Gades de Melkart. Melkart era un dios cartaginés y fenicio, equivalente al Heracles (o Hércules) griego, y una de las deidades más importantes en el panteón púnico, en especial para los fenicios asentados en España -donde Hércules supuestamente realizó numerosas hazañas-, para los cuales bien podría considerarse el dios principal.

Entre los miembros destacados de esta familia, destaca Lucio Cornelio Balbo el Mayor, quien se alía primero con Pompeyo, el destacado político romano. La amistad de Pompeyo hace que Balbo pueda acceder a la ciudadanía romana, adquiriendo nombres romanos para sí mismo (el "Lucio" y el "Cornelio" los elige él, aunque hay controversia sobre por qué los escogió). El gaditano, hombre en ascenso, pasa un largo período en Roma. Sin embargo, como Balbo es persona que sabe nadar y guardar la ropa, no quiere tener un único aliado en la cumbre, sino varios, y aprovecha una ausencia de Pompeyo en la ciudad eterna para hacerse amigo de Julio César.

De hecho, Balbo y César coincidirían de nuevo en Gades cuando este último fue nombrado pretor de la provincia a la que entonces pertenecía la ciudad, la Bética. Allí, tiene un lugar una interesante escena que se refleja en el cuadro de José Morillo que hemos colocado en la parte superior de esta entrada: Julio César, en el templo de Hércules-Melkart, ve la estatua de Alejandro Magno y, de acuerdo a Suetonio, rompe a llorar al darse cuenta de que, a su edad, el general griego había conquistado medio mundo y César apenas ha hecho nada de significación en su vida (como sabemos, al final, la fama de César llegaría a ser tan grande como la de Alejandro). Anécdotas aparte, Balbo se vuelve muy importante para César -algunos dicen que su mano izquierda-, facilitando la creación del triunvirato que forma con Pompeyo y Craso, convirtiéndose en su enlace con Roma durante la guerra de las Galias, y organizando para su líder una suerte de policía secreta. Sin embargo, tanta influencia siembra envidias y muchos ponen en duda el proceso por el cual adquirió la ciudadanía romana, defendiéndole Cicerón con su discurso "Pro Balbo".

Durante la guerra civil que tuvo como máximos contendientes a César y Pompeyo, Balbo permaneció de lado del primero. En agradecimiento, tras una de las batallas más destacadas, César otorgó la ciudadanía romana a todos los gaditanos. Tras el asesinato de César, la posición de Balbo se volvió delicada, pero él demostró su olfato político al colocarse del lado de quien sería el vencedor de los enfrentamientos que tuvieron lugar después, es decir, el hijo adoptivo (en realidad sobrino-nieto) de César, Octavio Augusto. Como recompensa, Balbo fue elegido cónsul en el año 40 a.C.; era el primer no nacido en Italia que accedía a ese honor.


Balbo se retiraría poco después de la política, en el súmum de su gloria. Pero hay un segundo Balbo del que debemos hablar, y es de su sobrino Lucio Cornelio Balbo el Menor. Jugó un papel destacado en el ejército romano en los tres continentes hasta entonces conocidos, aunque su mayor papel tuvo lugar en África. Allí, en su papel de procónsul, logró su hazaña más destacada al liderar una expedición hacia el sur en el que llegó hasta el territorio de los garamantes. Plinio el Viejo relata su epopeya como una victoria en la que incorpora al dominio romano numerosas ciudades, aunque por lo visto el propio Plinio reconoce que Balbo no podía controlar el territorio porque los garamantes se dedicaban a controlar el acceso al agua, cegando los pozos con arena, y eso impedía a los romanos construir aquellas carreteras que tanto les gustaban. Hay dudas sobre donde se encontraba exactamente el país de los garamantes, y aunque algunos afirman que Balbo llegó hasta el río Níger, por lo visto se acepta que llegó a Fezzan, al sudoeste de Libia. Fue un hito más en una serie de aventuras en las que romanos y otros pueblos se adentraron en rincones de África donde europeos y asiáticos no se habían atrevido a penetrar: pero ésa es otra historia, y ya hablaremos de ella en otra ocasión.


Éste el mejor mapa que he podido encontrar para dibujar las regiones geográficas de las que estamos hablando. En azul podéis ver el río Níger cruzando numerosos países, y en la esquina superior derecha, en tonos desvaídos, la región sudoeste de Libia. La imagen se encontró aquí, en una entrada muy interesante que no tiene nada que ver con el tema que nos ocupa, pero a su vez tiene la fuente original en otro enlace.

La gracia de todo esto, victoria contundente o no, radica en que Balbo el Menor, cuando volvió a Roma, fue recibido con una "ovatio" o triunfo, el desfile glorioso que se le concedía a aquellos que habían hecho grandes conquistas en nombre de Roma. Fue -emulando a su tío- el primer no-itálico que recibió este honor, reflejado en placas conmemorativas. Con posterioridad, Balbo se dedicó a la política de su ciudad natal, realizando labores de edificación y mejora urbana.

Los dos Balbos se dedicaron también a la escritura: Balbo el Menor escribió un libro sobre cuestiones religiosas y una obra de teatro, y su tío escribió un diario, titulado Ephemeris, en el que narraba acontecimientos de su vida y la de César. Ninguno de estas textos se conserva; el recuerdo de los Balbo ha llevado difuminado al presente, aunque, del Mayor, León Arsenal ha escrito recientemente una novela histórica. No obstante, existen varios testimonios antiguos y modernos sobre esta familia que demostró que Cádiz, en lo que respecta a Roma, también estaba allí. Y que Roma no es sólo lo que hacen los romanos.

domingo, 1 de octubre de 2017

La historia corta (¿o algo más?) de octubre: "Don Quijote de la Butifarra"

Dedicado con todo mi cariño a la gente tolerante, dialogante y amante de la libertad, la igualdad y la fraternidad (y el humor) a uno y otro lado del Ebro. Y si alguno le resulta ofensiva esta pequeña elucubración, que me perdone.

-¡Se acabó!-exclamó el hidalgo, apartando a un lado los numerosos panfletos editados y libros de caballería, que habían terminado por volverle loco-. ¡Estoy harto de escuchar noticias sobre esa maldita Cataluña!¡Cogeré mis armas, y marcharé hasta allí para batirme con quien sea necesario para acabar con esta insensatez!
Y dicho esto, tomó su coraza, su yelmo, su rocín flaco, acarició a su galgo corredor, y salió afuera en dirección hacia su destino, aunque primero tuvo que preguntar a un paisano dónde caía exactamente el rincón de marras que debía dirimir su gloria.
No se olvidó antes de contratar un escudero para la hazaña (un pobre individuo con el que se topó, que se llamaba Sancho Pánchez), y acudir a realizar una promesa protocolaria a la sin par Dulcinea del Toboso, quien, mientras daba de comer a los cerdos, le despedía con un sonoro <<¡Quiá!¿Pero qué 'ice el "chalao" éste?>>.
Largo y tortuoso fue el camino que recorrió el caballero hasta llegar al territorio al que debía hacer frente, pero las desventuras que sufrió no merecen ser narradas como parte de este lance.
Una vez llegó a aquella línea roja que separaba una zona de de otra, dibujada con una pintura que todavía olía a fresca, el caballero se dispuso a trazar un paso por encima del camino, hasta que escuchó un sonido procedente de un lado:
-El peaje.
Del susto el caballo retrocedió un par de pasos, y el caballero volvió la vista altivo hacia aquel que le había hablado. Se encontró a un hombre adornado con un extraño sombrero rojo, situado dentro de una estructura de madera, quien tendía la mano hacia adelante y señalaba un precio apuntado en un cartón.
-¡Oiga usted!-protestó el indignado el caballero-. ¡Soy el insigne Don Quijote de la Mancha, batallador de los siglos, maestro de los ilustres y....!
-Ya, ya, lo que usted quiera. Pero ya le digo, el peaje...
Don Quijote bufó indignado. Durante un segundo estuvo tentado de pasar por encima de aquel hombre, pero el sentimiento del honor tan caballeresco que llevaba dentro le decía que muy honroso no sería situarse por encima de la ley. Maldiciendo lo incómodo de aquella vestimenta, que ni tan siquiera le permitía llevar bolsillos, después de palparse un poco por compromiso, le preguntó a Sancho:
-¿No tendrás tú algo de suelto, amigo mío?
El escudero, muy firmemente, negó con la cabeza a ambos lados. No sabía si lo tenía, pero en todo caso, no pensaba inspeccionar en su zurrón. Se empieza pagándole el transporte al amo, y se termina cediendo en la hora del bocadillo. Y eso sí que no.
-Pero oiga -rogó Don Quijote al hombre del peaje-, es que tengo una misión...
-Pues peaje, o no se pasa -dijo el hombre, con un leve acento del Alto Llobregat.
Alonso Quijano bajó la cabeza con resignación y un cierto enfurruñamiento. Se dio la vuelta y, poco convencido, tomó apesadumbrado el camino de retorno.
-¿Pero qué hacemos, mi amo?-preguntó Sancho Pánchez, incrédulo.
-¿Pues qué va a ser, imbécil?¡Volver a buscar suelto!
Y así fue como terminó el primero de los viajes de Don Quijote para resolver el problema catalán.

¿CONTINUARÁ?¿Y CÓMO?

Edito. Ayer, para publicitar la entrada en las redes sociales, escribía lo siguiente:

"Hoy probablemente sea un día tenso. A algunos no nos han gustado muchas cosas dichas y hechas en los últimos días por parte de dos bandos cuyos extremos parecen haber perdido toda capacidad de escucharse. Quizás de la impotencia que algunos sentimos por no poder hacer nada, de esa incapacidad, surge esta historia hecha con humor, el último recurso que le queda a alguien con las manos atadas. Quizás sea nuestra mejor medicina, y tal vez lo necesitemos más que nunca. Mucha suerte."

Ayer no hubo suerte. Fue un día triste. Y desde hoy, y en el futuro que nos queda, lo que toca es, juntos o separados, reconstruir los puentes que han quedado quebrados. Esperemos que no sea demasiado tarde.

lunes, 25 de septiembre de 2017

El libro de septiembre: "I wish I'd made you angry earlier" ("Ojalá te hubiera enfadado antes"), de Max Perutz.


Max Perutz (1914-2002) fue un destacado investigador en el campo de la bioquímica. De hecho, fue -casi al unísono con uno de sus colaboradores- el primero que desentrañó la estructura molecular de una proteína compleja, la hemoglobina, cuya forma acabó resultando básica para entender su funcionamiento. Por otro lado, Max Perutz era un apasionado de la ciencia en todas sus áreas, y un entusiasta divulgador científico. En su laboratorio se juntaban físicos, químicos, expertos en biología molecular y genetistas, una productiva macedonia de científicos donde tuvieron la oportunidad de juntarse entre otros Francis Crick y James Watson (sí, ese mismo Watson al que pusimos a parir aquí) para dedicarse a desentrañar la estructura del ADN. En un momento determinado, a Max Perutz le preguntaron cómo era posible que en su laboratorio se hubieran concentrado tantos genios juntos, y él respondió humildemente que había sitios más interesantes al respecto, como el París de los impresionistas y la Florencia del Renacimiento; pero lo cierto es que la primera mitad del siglo XX (a la cual se dedica buena parte del libro del que vamos a hablar) fue un tiempo fecundo y vibrante, en el que muchas disciplinas estaban naciendo o en su período de máximo florecimiento, donde los mayores descubrimientos estaban por lograr, a pesar de todas las dificultades (los que hemos trabajado en la ciencia actual solemos decir que nos hubiera gustado hallarnos esa época en que nadie se había dedicado a estudiar los grandes secretos del universo, aunque seguramente nos desesperaríamos ante las limitaciones técnicas), y determinadas ramas del conocimiento se hallaban tan interrelacionadas que podía producirse que un físico cambiara su área de estudio a la biología, o incluso creara una nueva rama, todo ello mezclado con múltiples motivaciones ideológicas, personales y que se cruzan con el devenir de la historia, como ocurre con los personajes del libro de Max Perutz, quien no se priva de revelar anecdóticos e íntimos detalles sobre la vida de los científicos sobre los que deposita su lupa, demostrando que los científicos no vienen sólo con un manual de laboratorio, sino acompañados de toda una vivencia personal. Y Max Perutz (quien conoció personalmente a muchos de los individuos de los que trata en su libro, participó en la creación de hoy poderosas instituciones científicas europeas y también quien, en la ceremonia de entrega de su Nobel, se encargó de explicarle la estructura del ADN a la reina de Inglaterra) quizás sea el autor más apropiado para traer este hecho a colación.

El libro (titulado así por la expresión que le soltó uno de sus jefes cuando Max Perutz le confesó que había realizado un descubrimiento después de cabrearse por no haberse percatado de un detalle antes) es una recopilación de ensayos escritos por Max Perutz en diversas revistas divulgativas alrededor de la ciencia y los científicos, algunos de ellos escritos como reseñas de biografías o de libros que tratan en profundidad sobre estos temas, en muchos casos citando de primera mano las impresiones de los protagonistas. Dichos textos originales tienen todas las orientaciones posibles, desde la autobiografía de Jacob donde traza un paralelismo entre su evolución personal y la de su Francia natal a través de las vicisitudes del siglo XX, hasta una crítica biografía contra Pasteur que Perutz (que no se corta en expresar sus reflexiones personales, con algunas de las cuales estaremos más de acuerdo que con otras) rebate para restablecer el prestigio del químico francés. A lo largo de estos textos, la figura clásica del científico se desvanece para dar cabida a variopintos individuos con una amplia diversidad de caracteres y acontecimientos vitales: desde el religioso y conservador Avery, que a pesar de todo lideró una revolución científica, hasta los sacrificios que tuvo que realizar el descubridor del método de transmisión de la malaria -diseccionando insectos en la India sin aire acondicionado para no dañar sus órganos, e investigando la malaria aviar cuando le restringieron el acceso a pacientes humanos-, pasando por el "Gran Sabio" Bernal, el maestro de Perutz, cuyo interés por la ciencia era motivado entre otras cosas por su adhesión a las ideas comunistas, o Fritz Haber, el inventor de un fertilizante el cual no tuvo reparos en que se empleara para la guerra química durante la Primera Guerra Mundial, para observar cómo en la Segunda su propio país le rechazaba por su condición de judío, y su familia era gaseada gracias a una maligna creación, inspirada en uno de sus insecticidas. A lo largo del libro, se nos desgranan las personalidades y cuitas de individuos tan destacados como Max Planck, Werner Heisenberg o Linus Pauling, muchos de ellos con vidas de novela, y tan rocambolescas como sus descubrimientos científicos, siendo sorprendente la cantidad de grandes logros que tuvieron lugar a partir de experimentos fallidos o interpretaciones erróneas (algunas de las cuales recibieron incluso hasta premios Nóbeles). Quizá el capítulo que uno espera más jugoso, en el que habla acerca de sus estudiantes Watson y Crick, resulta uno de aquellos en los que menos entra, aunque tampoco se recata en desvelar intimidades o contrastar declaraciones de sus antiguos colaboradores -por otro lado, apenas le dedica un par de líneas Rosalin Franklin, y eso que tiene varios capítulos dedicados a mujeres investigadoras-. Entre los muchos obstáculos en el camino de los científicos, hay uno que destaca, por supuesto, por encima de los demás: la guerra, y en concreto la Segunda Guerra Mundial. Interfirió carreras, las cambió de rumbo, llevó a científicos a colaborar con el ejército, puso en graves dudas morales a aquellos pacifistas que se vieron obligados a trabajar para la Alemania nazi -aunque otros no tuvieron reparo en hacerlo-, mientras que los individuos que habían nacido en países fascistas y vivían en naciones aliadas (como el propio Max Perutz, de origen austríaco, quien fue internado en campos de concentración en Reino Unido y Canadá debido a su condición) se vieron entre la espada del temor a que triunfaran los regímenes de Hitler y Mussolini, y la pared de sus países de acogida, que los consideraban poco menos que potenciales espías. Interesantes relatos acerca de la carrera por la bomba nuclear, así como el arrepentimiento de muchos que fueron indispensables para su creación, se nos muestran la vez que se despliegan un buen número no sólo de premios Nóbeles, sino de científicos que se lo merecieron aunque no lo obtuvieran, o de genios inspiradores que no culminaron en ningún gran descubrimiento concreto pero fertilizaron con buenas ideas tantas mentes ajenas, que varios campos de la ciencia les guardan un inmenso reconocimiento. El libro de Perutz fue un éxito editorial cuando se publicó, y posteriormente se realizó una ampliación que incluía nueve ensayos adicionales -incluyendo una semblanza de los primeros años del genial Oliver Sacks- y una reseña biográfica sobre Perutz, fallecido poco tiempo antes. Subtitulado "Ensayos sobre la ciencia, los científicos, y la humanidad", lo cierto es que el libro hace un buen repaso a cómo funciona el mundo de la ciencia, las motivaciones humanas, la filosofía de la ciencia y los derechos humanos, y también del mundo en general el período de guerra -incluyendo la narración de los días iniciales de Churchill como Primer Ministro- y guerra fría que les tocó vivir a tantos individuos en aquella época, contado desde un punto de vista que en general compartimos, aunque en algunos casos da la sensación de que la subjetividad de Perutz -a pesar de su amplitud de miras, y su intención de mantenerse estricto al dogma científico de "me creeré lo que me digan las pruebas"- le marca demasiado ciertas conclusiones. Consideraciones aparte, es un libro muy instructivo y ameno de leer, salvo por un problema, y es que no parece (o al menos yo no lo he encontrado) que se halle traducido al castellano. Aún así, espero que los angloparlantes aprendan de él, y en todo caso presionemos para que lo traduzcan cuanto antes.

lunes, 18 de septiembre de 2017

La historia corta de septiembre: Variación sobre una variación de Pinocho

Un viejo carpintero se lamentaba de no tener hijos. Un día, creó un muñeco de madera, al que trataba como si fuera su propio hijo. Los vecinos le creían completamente chalado. Así hasta que, repentinamente, el muñeco cobró vida. A partir de entonces, Geppetto dejó de comportarse ante el resto del mundo como si creyera que su hijo estaba vivo: justamente en este momento, no podía permitirse que le tomaran por loco y le encerraran.

El viejo Geppetto mantuvo en secreto la existencia de Pinocho durante muchos años, los más felices de su vida. Hasta que, entonces, hubo una tremenda inundación. La riada se llevó por delante la casa de Geppetto, y también todo lo que albergaba en su interior. Desesperado, Geppeto vagó por las ruinas del pueblo gritando el nombre de su hijo, pero no le respondió nadie. Los vecinos ni siquiera le ayudaron. Pensaron para sus adentros: "Pobre, ¡la riada le ha hecho enloquecer otra vez!".

Desolado, sin nada a lo que aferrarse, Geppetto lo abandonó todo, y decidió construir una nueva casa en un lugar retirado, junto al único tronco, aún partido, que parecía haber resistido el empuje de la riada. Con el tiempo, el árbol creció y sus ramas y hojas se entrecruzaron de manera orgánica con las estructuras que Geppetto iba construyendo, de tal manera que parecía que el viejo carpintero -que ahora se negaba a serrar madera alguna-, en lugar de construir su casa junto al árbol, vivía debajo del mismo.

Y fue así hasta que un día, cuando las hojas se habían convertido en techo, las raíces en muebles, las ramas en oportunos percheros, cuando Geppetto percibió, entre las formas del árbol, en el mismo tronco, en su núcleo más interior, unos agujeros muy parecidos a unos ojos y una boca, y una rama que tenía toda la apariencia de una larga y mentirosa nariz.
-Padre -escuchó decir al árbol-, ¿me cuentas sobre aquella vez en que yo era un muñeco de madera?
Los vecinos ya creían desde hace mucho que Geppetto había perdido la cabeza, pero a partir de aquel día, no le importó.

Este relato corto es una variación de un texto del libro de Orson Scott Card, "Ender el Xenocida", que a su vez en una variación del inmortal texto de Collodi, "Las aventuras de Pinocho".

lunes, 11 de septiembre de 2017

El relato de septiembre: "En el armario"

En el armario

La puerta se abre y entra la pareja, precipitada. Ella arroja las llaves descuidada sobre un taquillón, las zapatillas al aire, y a él le coge por la corbata y le lleva directamente al dormitorio. Él se deja llevar. No es para nada su tipo de chica: pero supone que es porque hace tiempo que no encuentra a su tipo de chica por lo que se ha decidido a buscarla por Internet. Ella es bajita, no muy guapa, quizás un poquito entradita en carnes pero desde luego eso no le resta sensualidad. Y desde luego, es muy lanzada. En muy poco tiempo, están en la cama. Al chico le gusta ver sus braguitas de color blanco con puntillitas, que caen en seguida para enseñarme unos glúteos duros como melocotones, y le encanta más todavía ver cómo ella oculta su cabeza bajo los brazos mientras suelta gemiditos conforme las caderas de él se aproximan y se alejan rítmicamente, una y otra vez. Quizás le resulta muy hortera esa camiseta rosa, esa horquillita rosa de Hello Kitty, incluso el tatuaje justo al final de la espalda, aunque le da un punto algo desvergonzado, le entusiasmaría bastante más si tuviera un motivo distinto. Desde luego, lo que más le horroriza es la habitación: llena de cojines rosas, pósters de grupos quinceañeros que podrían haber tenido niñas de quince a cuarenta años, y con estrellitas doradas y dibujitos de anime japonés con falditas muy cortas por todas partes. Tal vez le disgusta que la conversación en el restaurante haya sido entretenida, que se haya pasado más de la mitad del tiempo pegada al whattsapp, que durante la cena haya mostrado atisbos de ser superficial, voluble y algo egoísta, o que lo más parecido que ha podido encontrar en ella a una aproximación artística es que en la servilleta dibuje una carita sonriente. Pero el chico decide obviar el detalle sobre las dotes intelectuales de la chica (y también que sea la reina de las mascotas: hay mirándole, con cara pasmada, un perro, un gato, un periquito en su jaula, y hasta una serpiente dentro de su terrario) conforme descarga en el interior de ella y ambos se funden en un fuerte aullido. Las sábanas de un color fucsia chillón se hacen receptoras del orgasmo…
                Luego, por la noche, el chico no puede (ahora puedo confesarlo, era yo), no puedo dormir. Las estrellitas fosforescentes del techo brillando dentro del cuarto, y el siseo continuo de la serpiente en el terrario, me ponen nervioso. Me levanto e intento llegar a tientas hasta el baño para beber algo. Abro una puerta esperando encontrar el pasillo, el baño, o bien un armario. Lo que no esperaba era ver esto: una especie de ser espectral, salido del más indomable de los infiernos, con una especie de hábito desarrapado que oculta el rostro de muerto y los ojos de un rojo luminoso, el cual porta un cuchillo que degüella sin piedad a un niño de rizos rubios. Una ráfaga de viento cierra la puerta de golpe.
                Pestañeo un par de veces. Abro de nuevo la puerta del armario. Me tropecé con la misma escena, pero esta vez, la figura fantasmal sujetaba la cabeza del niño por los cabellos, y la sangre se deslizaba desde su cuello hasta el resto del cadáver, que ahora se hallaba caído como un muñeco descabezado por un niño particularmente cruel.
                Lo que ocurrió a continuación me resultó algo difícil de explicar posteriormente, a mí mismo y a todos los demás. Mi defensa más común suele ser que, cuando el inconsciente no quiere ver, éste simplemente se niega a aceptar las cosas. Por eso, el chico cerré el armario, hice como si nada hubiera ocurrido, y me fui a la cama.
                Al día siguiente, procuré escaparme antes de que llegara la hora del despertador y la del desayuno, sin despedirme tan siquiera de la chica. Una vez en la oficina, no pensaba en volver a llamarla: el sexo había sido placentero pero la chica no me caía demasiado bien, y el olor de la serpiente me había producido ensoñaciones raras. Pero no empecé a recapacitar del todo sobre lo que había ocurrido hasta que no escuché lo que decían algunos de mis compañeros.
                -Qué barbaridad. Y el tío no para.
                -¿Cómo sabes que es un tío?
                -Una mujer no sería capaz de hacer esa salvajada.
                -¿De qué estáis hablando?-alcé la vista hacia los que estaban hablando.
                Los otros me miraron como si acabara de salir de Marte.
                -¿No te has enterado? Un psicópata que hay por ahí suelto. Se dedica a matar a niños. El último, un angelito rubio de ojos azules. Ha aparecido esta mañana en mitad de la ciudad con la cabeza cortada. Un auténtico horror.
                Tuve entonces un flash sobre lo que había visto en aquel armario. Yo no había oído hablar de aquella noticia; ni mucho menos podía haber sabido quién era la víctima de esta noche. Pero la simple posibilidad de que lo que había visto en aquel armario tuviera una parte de verdad… resultaba inconcebible.
                Tanto, sin embargo, que no tuve más remedio que quedar con la chica otra vez.
                -No, sí, siento haberme marchado sin decir nada ni mandar ningún mensaje… Sí, pero lo de anoche me encantó. ¿Podemos quedar otra vez?
                De nuevo cena. De nuevo preguntas para seguir conociéndonos, aunque en este caso me importan menos que la noche de antes. Ahora toca hablar de clase de cuestiones. La cuestión es ver cómo las abordo.
                -Bonitas mascotas –digo con el objetivo de entrar por ese lado-. ¿Cómo es que te dio por tener una serpiente?
                -Oh, la escogió Micifuz. Micifuz es mi gato, ¿te lo he dicho? Se quedó mirando a Kaa cuando la llevé conmigo a la tienda de mascotas. Todos mis animales escogen al siguiente que entra. Toby fuera el primero, estuvo ladrando de manera continua hasta que escogimos a Micifuz. Y luego está Mr. Perkins… Tiene un canto precioso. Suena como ese tonito del móvil, espera, te lo busco…
                Esa noche follamos de nuevo, y puede que el que yo me encontrara algo distraído contribuyera a agotarnos, y especialmente a agotar a (¿María? Debería avergonzarme de no recordarla, pero la verdad es que la chica no me dejó mucha huella), que durmió como un tronco toda la noche. Tras dejar pasar un tiempo prudencial, me levanté con mucho cuidado y me incorporé para acercarme al armario. Pero antes de eso, casi me da un ataque al corazón cuando, nada más depositar ambos pies sobre el suelo, me apercibo de que el gato me está mirando fijamente. Trato de obviarlo pero, al dar el primer paso, me doy cuenta de que el periquito y la serpiente han vuelto la vista hacia mí. Algo escamado, sigo caminando y me encuentro con que el perro se ha parado delante de la puerta y me gruñe, enseñándome los dientes. Valorando mis opciones y la posibilidad de que mi pierna acabe sangrando de una dentellada, escucho un sonido incrédulo desde encima de la cama:
                -¿Qué demonios haces allí?-me pregunta María (llamémosla así), frunciendo el ceño.
                -Pues… eh… cómo explicártelo. ¿Podrías ver lo que hay en este armario?
                La chica, a regañadientes, se levantó. Abrió el armario de golpe, y allí no había nada, ni fondos de otra dimensión ni figuras cadavéricas, salvo que se considere así a trencas, bolsos y blusas. Irritada, la chica se dio la vuelta mientras giraba de manera brusca la puerta. Sin embargo, cuando ella no miraba, el armario volvió a mostrar la misma figura estremecedora que yo me había encontrado la noche anterior, aunque estaba vez, agarrando de los cabellos a una mujer aterrada, cuyas súplicas no servían para evitar que un largo cuchillo seccionara su cabeza. Ajena a todo esto, María me cogió de la mano y me llevó hasta la cama, mientras yo continuaba contemplando cómo la puerta del armario se cerraba de golpe y ya no podía ver más.
                Como os podéis figurar, esa noche no pegué ojo. Al día siguiente, cuando los sensacionalistas periódicos publicaron una descripción de la última chica asesinada que coincidía con mi última visión, traté de consultarle a unos cuantos amigos. Por supuesto, no les dije que nada de esto fuera real, sino que lo atribuí a un sueño:
                -¿Pero tú qué clase de fantasías tienes, degenerado?-se burló uno de mis compañeros.
                -A mí me recuerda un poco al cuento de “El Aleph” de Borges.
                -¿Qué es eso?-preguntó otro, pasmado.
                -Yo creo que definitivamente deberías dejar de beber antes de dormir.
                El caso es que lo estuve pensando en profundidad y, tras consultar toda clase de literatura que anteriormente hubiera descartado por ilógica y farsante, quizás aquello tuviera más visos de ser real de lo que imaginaba. Al fin y al cabo, los físicos planteaban que había cientos de universos entrecruzándose; los asesinatos que estaban teniendo lugar en aquellos días desafiaban las pistas de la policía; y si Borges era capaz de encontrarse una especie de ente superdimensional que le mostraba todos los lugares del universo, abandonado en mitad de un sótano viejo, bien pudiera ocurrir que una criatura macabra, de ésas que sólo pueden subsistir en condiciones muy concretas de interfase entre los mundos, hubiera encontrado su hueco ideal en el armario de una chica con no demasiadas luces para percibirlo, a la que hubiera inducido a rodearse de una serie de animales que pudieran servirle de ojos, oídos, garras y hasta colmillos. La cosa tenía cierto sentido. La pregunta era lo que iba a hacer yo a continuación.
                Y de hecho, seguía pensando en ello, mientras cenaba con otra chica con la que había quedado por Internet. La verdad es que tenía razones de sobra para fijarme en esa muchacha: había venido con unas medias oscuras que dejaban traslucir unas estupendas piernas, y llevaba una de esas gafas redondas gigantes tipo azafata del “1,2,3” que de alguna manera destacaban más todavía su escote. Pero yo sólo podía darle vueltas a qué podía hacer acerca de aquel armario.
                -Pues de hecho estaba pensando en tomarme unas vacaciones muy largas este año –decía ella, entre plato y plato-. Perú, Buenos Aires, Tierra de Fuego…
                Yo, sin embargo, en lugar de tratar de quedar como un intrépido explorador o un versado experto en geografía internacional, sólo tenía grabada a fuego en la cabeza los detalles que los investigadores habían podido averiguar acerca de las muertes. Decían que era probable que las víctimas desaparecieran alrededor de las once de la noche, y murieran una hora después. Aquel intervalo horario coincidía con las imágenes que yo había contemplado y pensaba que, tal vez, si actuaba a tiempo, sería capaz de evitarlo. ¿Pero haciendo exactamente qué?
                Mi acompañante seguramente pensaba que le estaba ignorando, y por eso quizás se quitó las gafas, alzó más todavía el pecho para desplegarme sus encantos y me dijo:
                -O tal vez pensaba en que nos lo hiciéramos en el cuarto de baño del restaurante, vamos, por proponer planes.
                Yo no recuerdo exactamente qué contesté mientras ojeaba el reloj del restaurante y calculaba distancias y horas, pero creo que farfullé un titubeante:
                -Eh… eh… sí, lo que tú quieras. Oye, ¿podemos pedir la cuenta?, es que me tengo que marchar pronto a casa.
                Pero de todo esto me daría cuenta después, cuando ya era demasiado tarde y discutía aquello con gente que, lo mismo que yo, tampoco podía hacer demasiado acerca de lo que ya sabíamos. En aquel momento sólo recuerdo haber estado reflexionando con ímpetu, a lo largo del camino en el metro y mientras caminaba por la calle, cómo se debía atacar a un espectro para neutralizar su ataque. Qué era lo que debía hacer.
                -¡Tú! Pero, ¿qué haces aquí? –me preguntó María al abrir la puerta, intrigada.
                -No te puedo explicar, tengo que ver una cosa –penetré en el interior de su casa sin pedir permiso, y me dirigí con rapidez al armario. Tuve que sortear al perro y al gato, que se abalanzaron sobre mí, pero yo ya había previsto eso, y llevaba un bastón para reducirlos e introducirlos en la primera habitación que pude. Me previne contra la serpiente asegurando con un candado el terrario, y hasta tapé la jaula del periquito con una sábana para que no me pudiera ver. Abrí el armario: el espectro se encontraba en su máxima expresión, brillando iridiscentemente mientras amenazaba con una guadaña a un chico joven que se hallaba inerme bajo su control. Reaccioné con rapidez: con ayuda del bastón, y volviendo contra el espectro su propia fuerza, conseguí desarmarle y clavar su cabeza bajo mi bota, sometiéndole a mi dominio. Me sentía muy orgulloso cuando en ese momento llegó la chica indignada.
                -Pero bueno, ¿qué le has hecho a mis mascotas?¿Y con qué derecho…?
                -¿No ves lo que hay aquí?-le señalé al espectro y al chico asustado, como un héroe de película-. ¿No te habías percatado?
                Entonces la chica, enervada y a la vez colérica, expresó:
                -Oh, maldito idiota… ¿Qué te creías, que yo iba a ser la única que no lo iba a saber?
                Entonces, para mi sorpresa, sus ojos enrojecieron, y de su lengua apareció un tentáculo enorme que me envolvió por completo y rompió en varias partes todos mis huesos. Me miraba condescendiente mientras aumentaba de tamaño y me decía:
                -Eso te enseñará a no menospreciar a tus parejas.

                Cuando luego discutía con mis amigos en el Más Allá, lo tuve que reconocer: en ese momento en que me partía el cuello de un férreo chasquido, la verdad, era el primero en el que la chica empezaba a caerme bien.

lunes, 4 de septiembre de 2017

La historia real de septiembre. Madrileños ilustres: Ruy González de Clavijo. Viaje a Samarkanda

Para que no echéis de menos el verano, hoy os llevaremos a una lejana ciudad.

El personaje de José Coronado dice, casi al principio de "El hombre de las mil caras", algo así como: "Yo fui piloto en la época en que un avión era un avión, no un autobús". Hubo una era, incluso, en que el acto de viajar era una cuestión de vida o muerte. Una vida que dedicarle, o una vida para entregar. Se tardaban años en llegar a destino (momento para el cual puede que tu misión hubiera dejado de tener sentido), y no era raro que mil y un azares impidieran que llegaras a contemplar el final del trayecto. En esas circunstancias, fueron pocos los hombres que se atrevieron a llegar tan lejos, hasta lo que se consideraba poco menos que los confines del mundo. Unos cuantos españoles, sin embargo, pudieron contarse entre los que inscribieron sus nombres como conectores de muy alejados lugares del planeta. Ruy González de Clavijo no es tan conocido como Marco Polo, pero poco puede desmerecerse a un hombre que consiguió que, hoy día, haya un barrio llamado "Madrid" en la ciudad de Samarcanda, hoy oficialmente parte del país de Uzbekistán.

Ruy González de Clavijo, un paisano.

La historia comienza con Enrique III de Castilla, de la familia de los Trastámara, entre cuyos descendientes se hayan entre otros Isabel la Católica. Enrique III era un rey que procuró estar a buenas con los reinos que le rodeaban, salvo con los musulmanes, con los que el enfrentamiento venía por parte de la religión. Por otra parte, era un hombre intrigado por lo que ocurría fuera de sus fronteras, aunque no tuviera la menor oportunidad de intervenir en el desarrollo de los acontecimientos. Quizás por eso, o porque eran musulmanes, Enrique III veía con particular peligro la actitud del sultán turco Bayaceto, dueño y señor del imperio romano. Un día, al rey castellano le llegan difusas noticias sobre que un tal Tarmerlán ha conseguido derrotar a Bayaceto. Sin duda pensando aquello de "el enemigo de mi enemigo es mi amigo", decide que, a pesar de hallarse el reino de Tamerlán y el suyo propio a miles de kilómetros de distancia, quizás sería útil establecer una alianza contra la gran amenaza de la cristiandad. Por ello, envía una expedición al mando de Pelayo de Sotomayor y Fernando de Palazuelo en dirección a la capital del reino de Tamerlán: la mítica y exótica Samarkanda.

Aquí Tamerlán, aquí unos amigos

Aclaremos un poco quién era Tamerlán, Tarmorlán, o cualquiera de los muchos nombres con el que pasó a la Historia. La misma forma de nombrar su imperio es confusa: aparte de "timúrida", en referencia a Tamerlán mismo, algunos le denominan tártaro, otros mogol, para aumentar al confusión incluso turco-mongol. Por simplificar, diremos que Tarmerlán procedía de aquellas tribus de jinetes que crecieron en las vastas estepas de Asia Central, acostumbradas a montar a caballo con la misma facilidad que a caminar, y dispuestas a lanzarse a la rapiña en cuando tienen la más mínima ocasión, pero que en pocas ocasiones han tenido la posibilidad de levantar imperios, y cuando lo han hecho, han sido relativamente efímeros. Gengis Khan fue capaz de unificarlas en Mongolia y se alzó con el mayor imperio terrestre que el mundo había conocido. Tarmerlán partía de esta tradición y consiguió también una amplia cohesión , pero no era descendiente directo de Gengis Khan, y por ello las tribus nunca le reconocieron con el mismo rango; sin embargo, fue capaz de formar una estrategia de alianzas personales y matrimoniales que le acercó a convertirse a lo más parecido a un sucesor espiritual del Gran Khan, a lo cual contribuyó la generación de un vasto imperio bajo el que cayeron, a sangre y fuego, capitales tan significativas como Bagdag, Damasco, Kabul o Delhi (sus descendientes gobernaron buena parte del norte de la India hasta la llegada de los ingleses). Aunque Tarmerlán procenía de una tribu nómada, fue capaz de gobernar un imperio culturalmente heterogéneo y mostrarse como un gobernante prudente: fue el islam su religión, y estableció su capital en Samarcanda, una ciudad ya de por sí milenaria (Amin Maalouf tiene un bello libro con este nombre, ambientado en la época en que estuvo bajo el dominio de los árabes), la cual embelleció más todavía, convirtiéndose en el eje central de muchos sueños. Cuando los embajadores de Enrique de Castilla llegaron, lo hicieron justo a tiempo de ver como Tamerlán derrotaba al sultán Bayaceto y lograba incluso hacerle prisionero. El soberano tártaro acogió a los españoles, les dispensó bellas palabras, una amable carta que debían entregar a Enrique III, y les envió de vuelta a casa con un embajador mogol, y también un par de damas cristianas rescatadas de manos de los turcos -una de ellas, griega, acaba como dama de corte en Castilla-. El rey Enrique estaba entusiasmado, y por ello no dudó en enviar una segunda expedición que acompañara de vuelta al embajador mogol y reforzara los lazos iniciados en la primera aproximación. Esta vez, el viaje se hallará a cargo de su ayudante personal ("camarero" era el grado oficial que tenía asignado), el madrileño Ruy González de Clavijo. De él sabemos poco muy: que era de edad madura, que estaba casado, y que partió junto con un hombre de armas -guardia del rey-, un fraile (especialista en asuntos del espíritu) y otros catorce hombres, con el propósito de obsequiarle a Tarmerlán con regalos que incluían telas de color escarlata, tazas y objetos variados de plata, y valiosos halcones de caza, todo ello para convencer al soberano de certificar de manera definitiva una alianza junto con Castilla que hiciera frente al dominio turco. Partió en mayo de 1403 desde Sanlúcar de Barrameda. Poniendo inicio al viaje por el que se le recordaría, había sellado su destino.

7000 kilómetros (hoy se necesitan 12 horas para recorrerlo en avión, 84 en coche sin contar las barreras humanas y terrestres) que a González de Clavijo, ida y vuelta, le costarían tres años. Málaga, Ibiza, Mallorca, Córcega, Cerdeña, Mesina, Roma, Rodas, Quíos, el monte Athos, Constantinopla, estancia de invierno en Pera (actual Beyoglu); luego el Mar Negro, Trebisonda (donde aún resuenan los ecos de Jasón y Los Argonautas), Armenia, Turquía, Irak, Irán (pasando por Teherán) y finalmente Samarcanda. En su "Embajada a Tamorlán" (crónica escrita, según los especialistas, en su mayor parte por González de Clavijo, aunque pudieron haber contribuido el religioso que formaba parte de la expedición, así como el embajador mogol que les acompañaba, y algunas otras manos auxiliares), los embajadores describen la magnificencia de esta urbe cosmopolita, donde se había concentrado lo más granado del imperio timúrida, y ya se habían construido algunos de los monumentos de aquel período que todavía pueden admirarse en la urbe. Un Tamerlán septuagenario les recibe con los brazos abiertos; agradece los regalos, llama afectuosamente a Enrique III de Castilla "su hijo", y les agasaja durante los dos meses y medio de su estancia con continuas fiestas en las que abundan toda clase de placeres, desde los carnales a los etílicos (las crónicas por lo visto nos aclaran que González de Clavijo no disfrutó de estos últimos, pues era abstemio, pero no he leído nada acerca de los primeros -imaginad aquí mi sonrisa maliciosa-). En todo caso, los embajadores no reciben la respuesta que desean: Tamerlán, más ocupado con los preparativos de su futura invasión a China, marea la perdiz y no les dice nada sobre la asociación con el reino castellano, que probablemente no sería capaz de localizar en un mapa sin ayuda de sus astrónomos, y cuya promesa de ayuda mutua le interesa poco o más bien nada. Pero se muestra diplomático y procura entretener a los embajadores hasta que éstos, hartos de esperar, emprenden la vuelta a casa. En el camino de regreso, se enteran de que un Tamerlán ya enfermo cuando le conocieron ha fallecido al poco tiempo de iniciar la incursión a China. Los castellanos, cansados de tanto trasiego, retornan al fin a casa.

Con la muerte de Tamerlán, desaparecieron las escasas posibilidades de aquella alianza improbable entre dos naciones situadas a una distancia inabarcable para la época. Sin embargo, lo más valioso de aquella embajada no fueron ni la política ni los regalos, sino aquella "Crónica de Tamorlán" que González de Clavijo y colaboradores escribieron a su vuelta, y constituyó un testimonio fidedigno de la vida cotidiana en el imperio de Tarmerlán y las ciudades de paso que fueron visitando. Se reconoce como una de las piezas más interesantes de la literatura medieval, y se la compara a menudo con "El Libro de las Maravillas" de Marco Polo. González de Clavijo fue recompensado con el título de chambelán; vivió primero en Alcalá y más tarde en Madrid -en concreto en la Plaza de la Paja-, y su tumba se encuentra en la (por otro lado, interesantísima por muchos motivos) iglesia de San Francisco el Grande. Tamerlán le puso, en su honor, el nombre de Madrid a una pequeña ciudad que luego absorbió la creciente Samarcanda (ahora forma un barrio de la ciudad), que por otra parte tiene desde el 2004 una calle dedicada a González de Clavijo, en un momento en que la capital de España y Uzbekistán quisieron rememorar ese efímero instante de la historia que les hermanó. Uzbekistán tiene aspectos terribles: se trata de una dictadura encubierta, y durante años se ha definido como un estado criminal (con miles de niños trabajando en condiciones de esclavitud para el gobierno, al más puro estilo de "Indiana Jones y el Templo Maldito"), aunque eso no ha supuesto un obstáculo para que el país haga buenas migas con numerosas estructuras occidentales, incluyendo el equipo del FC Barcelona cuando estaba bajo el mando de Joan Laporta. Sin embargo, el evocador nombre de Samarcanda, y el papel que jugó allí un madrileño hace ya siete siglos, son un motivo para sonreír al recordarlo. Quizás en para algún uzbeco, respecto a España, pase lo mismo.