lunes, 18 de enero de 2021

El artículo de enero. Asalto al Capitolio: ¿una trompeta para el Apocalipsis?

Las esperpénticas imágenes del asalto al Capitolio de los partidarios de Trump van a permanecer durante mucho tiempo en nuestra retina. Más allá de las responsabilidades penales (¿quién pagará por ello, y cuánto?), de la mezcla de dramatismo y de ópera bufa, de -lo más grave de todo, por ahora- los cuatro muertos; por encima de la tendencia a la que apunta de que el trumpismo no se extinguirá a corto plazo en política, y de los memes descacharrantes que han generado, se mantiene en el aire una pregunta: ¿es esto el anticipo de algo más?¿Es esta farsa, al contrario de lo que propugna el viejo adagio, el anticipo de una tragedia?

Lo cierto es que (cuestiones trumpistas aparte) estamos inmersos en varias crisis: la medioambiental, la ecológica, la social... Al ver a un señor con cuernos sentándose en el epicentro del poder del Capitolio, la estampa nos evoca sucesos ambientados en el año 476 después de Cristo, y nos anuncia señales de cambio, de conflagración, de fin de era. Pero, ¿hasta qué punto es verdad, o sólo una sensación subjetiva de que cualquier tiempo pasado fue mejor? Lo cierto es que, en los últimos tiempos, han proliferado unos cuantos libros/focos de opinión/foros que tratan en mayor o medida acerca de estos temas. Trataremos de explicar unas cuantas cuestiones mientras mencionamos alguno:

-Quizás uno de los precursores fue "Colapso", de Jared Diamond. Si en "Armas, gérmenes y acero", el autor se dedicaba a estudiar cómo las condiciones geográficas, climáticas y materiales del entorno modelaban a las sociedades y explicaban por qué a unas les iba mejor que otras -o, simplemente, por qué eran distintas-, en este segundo libro se llegaba a otro nivel, analizando cómo determinados sistemas explotaron hasta tal punto sus condiciones ambientales que acabaron agotando los recursos y llegando al derrumbamiento de sus civilizaciones. La isla de Pascua, los mayas, eran ejemplos del pasado los cuales, sin embargo, incluían una advertencia para el futuro: ¿es posible que estemos haciendo lo mismo a escala planetaria, corriendo el riesgo de extinguir la vida en la Tierra? Greta Thunberg diría que sí.

-Un poco como contraposición, surge "Por qué fracasan los países", de Daron Acemoğlu y James A. Robinson, que esgrime que el fenómeno de que muchas naciones no progresen adecuadamente se debe a que las leyes e instituciones que han creado van en contra de su desarrollo. Tiene su parte de razón, por supuesto; claro que Jared Diamond siempre podría argumentar que son las condiciones materiales las que modelan los códigos legales y la forma de organizarse de los países, y no al revés.

-En el fondo, lo que están haciendo estos autores es lo mismo a lo que aspiraban Malthus y, sobre todo, Marx: tratar de analizar la historia desde un punto de vista objetivo, de tal manera que no quede como una sucesión anecdótica de personajes que deciden con arbitrariedad una cosa y la llevan a cabo por que sí. Sino, más bien, como un proceso en el cual las necesidades físicas y económicas motivan que ciertos sectores de una sociedad se comporten de una manera, y eso explica las ideologías, los conflictos, y los acontecimientos posteriores. En aquel tiempo era imposible juzgar de manera objetiva toda esta compleja maraña de factores -hoy, en gran medida, lo sigue siendo- y, por tanto, es fácil que el análisis de las causas y consecuencias de la historia se realice ignorando determinados aspectos, lo que conduce a imaginar el escenario que más nos conviene (como en el caso de Marx, cuya interpretación de la evolución de la historia estaba más basada en sus propios deseos que en hechos probados). En ese sentido, son interesantes los pensamientos de Peter Turchin, reflejados en un artículo que os aconsejo encarecidamente -si no sabéis inglés, aquí tenéis otro buen texto referido al mismo tema-. A modo de resumen, este entomólogo utiliza, para sus razonamientos, su experiencia previa a la hora aplicar las matemáticas a la ecología para así estudiar la dinámica de las poblaciones; y, al igual que la ecología emplea ahora el "big data" y se centra en fenómenos globales (a ese respecto, os recomiendo <<Las reglas del Serengeti>>, sobre cómo la correcta proporción entre especies garantiza el equilibrio de los ecosistemas), este autor pretende usar estas mismas herramientas para estudiar la historia (aspirando, de manera un poco alocada, a convertirse en el Hari Seldon que funda la disciplina de la psicohistoria en <<Fundación>>, de Isaac Asimov). Turchin, de hecho, llega a conclusiones curiosas. Afirma que los conflictos en las sociedades pueden estar motivados porque hay un excesivo número de individuos que constituyen una élite (por ejemplo, por un mayor acceso a la educación superior); el problema sería que este número ingente de individuos no encuentra puestos suficientes de poder que ocupar en la sociedad -parafraseando a Turchin, "una cifra creciente licenciados en derecho que no consiguen trabajo como abogados porque estos trabajos no se crean al mismo ritmo que las licenciaturas en derecho"-, y presionan, por tanto, para auspiciar cambios políticos y revoluciones. En ese sentido, el autor establece que cada 50 años más o menos (por supuesto, 2020 es el período en que toca la siguiente ola) hay un ciclo de sucesos violentos motivados por este tipo de situaciones. Aunque hay por supuesto muchas cosas que se podrían argumentar en contra de este análisis -y expondremos alguna un poco más adelante-, es cierto que, si miras determinados procesos históricos como la Revolución Francesa, fue una burguesía discriminada frente a la caduca aristocracia la que lideró este movimiento. Si bien (para empezar a derribar ideas desde el principio) seguramente no fueron estos burgueses los que estuvieron en primera línea en la toma de la Bastilla, y Turchin obvia momentos fundamentales en la historia como el crack del 29, las guerras mundiales, el New Deal o el cambio global en la economía auspiciado desde los tiempos de Thatcher y Reagan, quienes promovieron el liberalismo económico y un estado con pocos medios y atribuciones.

-Otros autores, en cambio, se centran en cómo la desigualdad lleva a hecatombres financieras y enfrentamientos sociales. Este gráfico del New York Times nos dice unas cuatnas cosas, pero más esclarecedor es el artículo (no lo puedo encontrar ahora mismo, siento no enlazarlo) que señalaba que un pico de desigualdad entre los más ricos y los más pobres precede siempre a las crisis económicas -con evidentes reflejos en el crack del 29 o en la crisis que se inició en 2007 y, a día de hoy, no ha terminado del todo-. Varios mapas en su día de los disturbios en Londres en 2011, que apuntaban a una mayor incidencia de los sucesos violentos en los barrios más pobres, indican que (incluso para un evento que en apariencia tenía un origen puntual) la desigualdad económica actúa como promotor o combustible de los conflictos. Autores como Thomas Piketty han incidido en este problema y en cómo solucionarlo. En estos estudios, no se habla en general de un colapso absoluto de las sociedades a causa de la desigualdad: más bien, prevén episodios violentos, cambios sociales bruscos, revolución, caos y, como peligro inminente, una menor confianza en el sistema democrático, con el riesgo ya palpable en algunos países (Hungría, Polonia; ¿en cierta medida, ciertos países occidentales?) de que la autocracia tome el poder. También se plantea la posibilidad de que el sistema se adapte en cierta medida -como de hecho parece estar haciendo en muchas partes-, estableciendo mecanismos que conviertan las desigualdades en algo más o menos soportable; flexibilizando la situación lo suficiente para que el status quo siga siendo injusto y favorezca sobre todo a unos pocos, pero no tanto como para que el sistema se desmorone. Con el inconveniente que este equilibrio sería siempre inestable, sometido a crisis periódicas y, en cualquier momento, si se calculan mal las dosis, con tendencia a implosionar.

Volvamos ahora a Turchin: los individuos que asaltaron el Capitolio no parecen precisamente élites que no ocupan posiciones de poder (allí incluiría a científicos que emigran o ingenieros que trabajan de camareros). Estos últimos pueden generar cambios políticos, y de hecho lo hacen: los universitarios votan mayoritariamente al partido demócrata y, como ha mencionado en España Alberto Garzón, la izquierda alternativa se nutre en buena medida de jóvenes con educación superior (sólo hay que ver el perfil sociológico de los votantes de Podemos). En realidad, un universitario sin un trabajo acorde a su cualificación es más probable que vote a favor de a aquellos que propugnan menos desigualdad social, o a que su país desarrolle más trabajos de alto valor añadido; no tiene pinta precisamente que vayan a apoyar a Trump. Más bien, la gente que ha asaltado el Capitolio da la impresión de encajar en estos dos tipos: hijos de papá que tienen el futuro asegurado y mucho tiempo libre (no coinciden con las élites de las que hablaba Turchin, porque ellos sí manejan los resortes del poder económico; más bien les pasa como a Steve Bannon, cuyos negocios marchan solos y pueden permitirse veleidades en la política); y, por otro lado, desheredados sin estudios que han perdido el trabajo, no poseen perspectivas de futuro salvo encadenar empleos precarios, no tienen nada que perder, y necesitan llenar su vida con teorías de la conspiración como las que defienden Qanon y otros grupos afines a Trump. Aparte, muchos de ellos ven su posición aún más amenazada por los cambios raciales y de género (de repente, ser un hombre de raza blanca en Estados Unidos no te garantiza un buen empleo ni muchos privilegios, como descubrieron los blancos más pobres tras el fin del apartheid en Sudáfrica), con lo cual se adhieren con más facilidad a las tesis de extrema derecha. Pero es verdad que el propio Turchin habla de que, para que estas revoluciones fructifiquen, es necesario que "la gente común" vea cómo su nivel de vida se ha visto reducido con el tiempo, y se unan a esta élite contradictoriamente "anti-elitista" para modificar el estado de las cosas.

Analicemos entonces la más probable concatenación de hechos: 1) como consecuencia de las políticas económicas de las últimas décadas (entre otras, reducción de impuestos a los ricos y grandes empresas, y deslocalización de la industria a países más pobres por la globalización), todo Occidente ha visto cómo el poder adquisitivo de la clase media y clase obrera -así como el nivel de los servicios públicos, incluyendo sanidad, educación, ayudas sociales- ha descendido, mientras la acumulación de riqueza en manos de la capa más pudiente de la sociedad ha ido aumentando; 2) tenemos un sistema donde la mayoría de los individuos sobreviven con bajos salarios, lo cual no sólo les condiciona a ellos mismos, sino a profesiones liberales a quienes perjudica que ni Estado ni ciudadanos tengan dinero que puedan gastar en necesidades no esenciales (esto afecta tanto a científicos, gente de la cultura, pequeños empresarios, etc); 3) en cada país -en Estados Unidos, en concreto, Trump-, líderes que han alentado ese tipo de políticas encuentran un nicho electoral en los desposeídos del sistema, de los que se aprovechan diciendo que van a luchar contra ese estado de las cosas (al menos, en algunos aspectos; Trump promete acabar con la deslocalización industrial a China, pero sigue bajando impuestos a los más ricos, lo cual agrava el problema); 4) los ciudadanos más desfavorecidos -centrándonos también en Estados Unidos-, molestos con la política económica de los últimos años que han compartido tanto el Partido Republicano como el Demócrata, se apuntan a ese nuevo movimiento que promete sacarles del marasmo. 5) Ante lo poco que tienen que perder, lo frustrante de su situación, y la propaganda que llega desde los medios de comunicación, los cuales se alinean con naturalidad con estas nuevas políticas -para los dueños de los conglomerados televisivos, es mucho menos arriesgado apostar por Trump que permitir a la gente común le entren ganas de cambio social; al fin y al cabo, los propietarios de las grandes cadenas de noticias también son millonarios-, es fácil que la nueva ideología adquiera tintes de mesianismo y cuasi religiosos, de tal forma que, a una palabra de su líder, obedecen de modo sumiso. Y se sustenta en individuos con baja formación educativa (más vulnerables ante los bulos), de ideología de extrema derecha (por lo general más proclives culturalmente a la violencia) y que, en Estados Unidos, además tienen armas. Socorro.

Pero, aparte de eso, como digo, puede que el asalto al Capitolio sea sólo una cuestión más. El libro "Colapsología" -que ya mencionamos en esta entrada- pinta la situación como una especie de carrera de relevos entre las distintas crisis que nos acechan: la financiera y la social también, pero por supuesto la energética, la ambiental, las distintas y contradictorias dinámicas demográficas que no sabemos si nos salvarán o nos conducirán a la ruina. La cuestión es que todas ellas parecen estar operando a la vez, estableciendo sinergias que las potencian, ascendiendo de manera conjunta las escaleras hacia el abismo, al apoyarse las unas en las otras (por poner un ejemplo; la crisis ambiental o el agotamiento de los recursos llevarán a más pobreza, creando un contexto donde las desigualdades económicas serán más evidentes y llevarán a un mayor conflicto político). Y no sabemos cuándo, ni cómo, pero da la sensación de que estamos transitando por un túnel con estalacticas de hielo encima de nosotros y que, por mucho que corramos, alguna de esas trampas mortales caerá justamente donde está situado nuestro cuello y -suponiendo el fin de la carrera- el futuro nos acabará en algún momento de alcanzar. ¿Es esta nueva invasión de los bárbaros, en un 2021 marcado por la pandemia (una consecuencia más de la expansión del hombre por todos los ecosistemas), el conflicto político en USA y en otros países, y el cambio climático -también con sus fenómenos atmosféricos extremos-, el preludio de una situación que, quizás de manera lenta e imperceptible, nos lleva quizás no al colapso, pero sí a un futuro cada vez más degradado y sin posibilidad de corrección? Esperemos que no; tal vez aún esté en nuestras manos solucionarlo.

lunes, 11 de enero de 2021

Las historias cortas de enero: pequeños extractos de "La cosa ésa y otros monztruos"


Como sabéis, Cristina Sendra y yo andamos de campaña de crowdfunding del libro infantil "La cosa ésa y otros monztruos". Esta semana termina la campaña y, después de más de 100 mecenas, estamos muy cerca de lograr nuestro objetivo. Sólo nos queda que unos poquitos más hagáis lo mismo que vuestros compañeros: entrar en la página, escoger vuestra recompensa (decidid cuántos ejemplares queréis; si os apetece una dedicatoria o conseguir las pruebas de imprenta; o si preferís adquirir un chulísimo marcapáginas ilustrado, como el resto del libro, por la artista Celeste Mur); y, tras hacerlo, difundirlo entre conocidos o gente interesada. Y, entonces, este proyecto tan chulo, construido para incitar a los niños a la lectura y a que desarrollen su imaginación, se hará realidad. 

Y, para terminar de convenceros, os planto un pequeño adelanto, dos extractos del libro, que definen dos momentos fundamentales, y que constituyen nuestras historias cortas del mes, pues podrían constituir microrrelatos en sí mismos. Allá van:

Extracto 1

<<Intenté sacarlo del estante pero no se dejaba. Fue entonces cuando miré adentro y me fijé en él. Mi reacción inicial fue de estupefacción. Fue entonces cuando me volví hacia mi familia y les grité:
      -¡En el armario tenemos un…!
      Pero no terminé la frase.
      Entonces averigüé lo que era.
      Lo primero que me había hecho olvidar, lo primero que se comió, fue precisamente su nombre>>.
      
                                                                  * 
    Extracto 2:

<<Pero lo peor que nos quedaba por afrontar, era que el monztruo no había venido solo.                              
Había traído amigos>>.


Así que ya sabéis, si queréis saber cómo continúa, haceros mecenas de "La cosa ésa y otros monztruos", un libro para releer mil veces en familia (y encontrando cada vez nuevos motivos para divertirse): ya veréis lo bien que os lo vais a pasar.

Post-scriptum: lo conseguimos. Gracias a todos  Ya os iré contando más noticias de cómo avanza el libro. Un saludo.

jueves, 7 de enero de 2021

Los libros de enero: una serie de ensayos más que entretenidos

Pocas frases hay que me gusten menos que "este ensayo se lee como una novela". No porque quien lo diga no tenga razón, sino porque soy defensor de que un buen ensayo puede ser tan apasionante, tener tantos giros dramáticos y hacernos disfrutar tanto o más que una novela. Y, como ilustración, aquí unos cuantos ejemplos que he leído recientemente: 

-"En las antípodas". Bill Bryson, con su jocoso estilo habitual, nos relata historias, curiosidades y miles de hilarantes anécdotas sobre Australia, un país lleno de bichos que pueden matarte, donde el término "aislado" se usa con auténtica propiedad, y cuyos habitantes tienen rasgos todavía más raros que ser casi todos descendientes de presidiarios. Para quienes pretenden visitar a Australia, y también para quienes deciden -sobre todo después de leerlo- que es demasiado arriesgado.

-"Un verdor terrible". Éste es un libro anómalo en su concepción. El autor, Benjamin Labatut, combina apasionantes biografías de científicos con detalles inventados de su propia cosecha, aumentando la ficción de manera progresiva conforme van avanzando los capítulos independientes, de tal forma que al final uno no está seguro del todo de qué parte que le han contado es verdad y cuál no (aunque, en todo caso, ha resultado interesante). Para leer, siempre y cuando se tenga que en cuenta que buena parte de lo que dice es irreal -de hecho, da la sensación de que los detalles verídicos son los más apasionantes-.

-"Mi familia y otros animales". El hermano menor de la familia Durrell (cuyo miembro más conocido, Lawrence Durrell, se hizo famoso por sus novelas alrededor de "el cuarteto de Alejandría") comenta en este primer libro de la llamada "trilogía del Corfú" cómo fue la aproximación de la familia a esta isla griega cuando los Durrel decidieron irse a vivir allí. Con cada uno de sus miembros ensimismado en sus propios asuntos, la surrealista tendencia que adquieren los sucesos de la isla y una serie de seres vivos (no todos racionales) empeñados en complicarles la vida, la lectura ofrece una diversión asegurada. Hay que decir que tiene serie de televisión (en Filmin y en Yomvi) la cual está a la altura del reto, aunque se centra menos en la visión del niño que escribirá los libros, y más en la problemática de cada uno de los carismáticos miembros de la familia, todos poseedores de una arrolladora personalidad.

-"Colapsología" (Servigne y Stevens). Obra de dos autores franceses, este ensayo asume que el colapso de nuestra sociedad es ineludible (aportan estadísticas y profusa bibliografía para ello), si bien, por la complejidad de las cuestiones a tratar, resulta impredecible decir cuándo y exactamente de qué manera. En ese sentido, uno llega a creer de que el cataclismo puede ser causado tanto por el agotamiento de los recursos, una catástrofe financiera, la medioambiental o una conjunción de todas ellas; da la sensación que hay una carrera por ver cuál de nuestros problemas nos llevará antes al apocalipsis. El ensayo -como es de prever- tampoco ofrece verdades absolutas, pero a los que ya estamos preocupados por el tema nos dejará más pensativos aún, mientras que quienes pretenden confiar en el futuro encontrarán resquicios para confiar en que todavía hay opciones. En todo caso el libro (publicado en 2015, y con un pequeño epílogo añadido durante la crisis del COVID que apunta a que esta epidemia no modifica demasiado el trasfondo del asunto) tampoco ofrece soluciones claras, quizás porque no las haya. Desde ese punto de vista, el libro otorga poca respuestas, y los pocos caminos a los que apunta como remedios -tanto globales como individuales- son en cierta medida conocidos. Sin embargo, para los ya expertos reafirmará algunas cuestiones (quizás apuntalando detalles prácticos), y para los neófitos en cambio puede suponer todo un descubrimiento que induzca a un cambio en la forma de abordar la vida.

-"Ante todo, no hacer daño". La frase, tomada del juramento hipocrático que tuvo que realizar el su día el médico Henry Marsh, viene muy a cuento, pues este neurocirujano inglés se sincera a tumba abierta sobre los grandes dilemas y dramas de su profesión, a partir de su experiencia personal y de casos reales. Escrito con una honestidad dolorosa (la cual incluye tanto el terreno personal como el profesional, con todas sus ramificaciones), Marsh nos presenta a los médicos como individuos muy lejanos al aura de entes perfectos que suelen dibujarnos otros retratos más benevolentes; sino, más bien, como seres falibles, propensos al error y quienes, incluso haciéndolo todo con la mejor de las voluntades, se encuentran con que, en muchas ocasiones, buena parte de las circunstancias están fuera de su control. Ideal tanto para aquellos facultativos que se creen imbuidos por la gracia divina, como para aquellos pacientes que consideran que cada fallo o fracaso de los médicos implica necesariamente un acto de negligencia. Y, más bien, una muy humana reflexión sobre lo frágil que es la vida y lo sencillo que es que algo pase de constituir un excelso logro a convertirse en una terrible equivocación a causa de detalles nimios. Un libro para centrarnos en lo que es importante, ahora que la medicina, de una manera u otra, nos ha enseñado que hay que valorar otras prioridades. 

En este sentido, todos estos ensayos sirven para eso: para ayudarnos quizás no a descubrir y mostrar, sino solamente puntualizar y subrayar, para así modificar ligeramente nuestro punto de vista. ¿No consiste en eso precisamente el acto de aprender? Desde esta óptica, espero que sigamos aprendiendo este año juntos. Y que lo hagamos, entre otras maneras, a través de este blog. Nos leemos.

miércoles, 30 de diciembre de 2020

El relato de diciembre: "Sólo un poquito más"

 Sólo un poquito más

 

                Rogelio y Pilar habían vivido juntos cuarenta años. A finales de primavera se separaron. Bien entrado el verano, se volvieron a reunir y emprendieron un viaje para recuperar los lugares donde un día se enamoraron. Se trataba de recobrarse ellos mismos, después de todo. Rescatar el antiguo amor.

                Decidieron realizar la travesía en el viejo coche con el que habían llevado a cabo aquel periplo durante la primera vez. Se conservaba prodigiosamente indemne, a pesar del paso de los años. Rogelio sólo tuvo que pasarle una capa de cera por encima para que volviera a lucir tan brillante como el día que lo estrenaron. Con la carrocería reluciente, era como si ellos mismos se hubieran librado de las arrugas y su piel exhibiera el lustre de la añorada época en que tenían veinte años. A bordo de su particular máquina del tiempo, se pusieron en marcha a lo largo de la zona sur de Francia. Aix-en-Province, Nimes, Arlés… En esta última localidad, recorrieron los pasos de Van Gogh y fue como volver a pisar sus propias huellas. Los campos de lavanda aún no se hallaban en su máximo esplendor, pero los disfrutaron igual. En un momento determinado, se desviaron para dirigirse a la playa. No se bañaron. Junto a su coche, plantaron sus posaderas sobre la orilla, permitiendo que la arena manchara los mocasines y el traje de él, las sandalias y el vestido de ella. Corría una agradable brisa. Un muchacho de barba profusa y cabello largo (que si hubiera vestido con una túnica podría haber pasado por un profeta en el Israel bíblico) se paseaba por la playa, cubierto únicamente por una guitarra que, de manera mágica, evitaba que al mirarle surgiera ninguna incomodidad. El joven les sonrió.

                -Un día excelente para disfrutar del mar, ¿verdad?-inició la conversación sin ningún motivo, de manera espontánea.

                Rogelio asintió.

                -Mi mujer y yo estamos recorriendo los lugares donde nos conocimos. Esta playa forma parte de ellos.

                Pilar alargó la cabeza para dialogar con el muchacho:

                -¿Podrías tocarnos una canción, por favor?

                El chico sonrió. Se recolocó la guitarra -la cual, sorprendentemente, seguía ocultando los lugares más controvertidos- y rasgueó las cuerdas del instrumento, generando una melodía que acompañó con un suave tarareo que no tenía ningún sentido, más allá de la propia sonoridad de la música. Cuando terminó, Rogelio y Pilar aplaudieron. El joven le dio la mano a Rogelio, y realizó un guiño de agradecimiento en dirección adonde se encontraba Pilar. Luego se despidió y no volvieron a verlo nunca más.

                La parte que más les gustaba eran los desayunos. Normalmente eran buffets disfrutados de manera perezosa a horas tardías, cuando ya no quedaba casi nadie en el comedor del hotel. La miembros de la pareja se sentaban con serenidad en la mesa mientras cortaban sin prisa un sándwich en dos, o disfrutaban de un croissant mojado en leche sin más perspectivas que gozar del momento.

                -¿Qué plan tenemos para hoy?

                -¿Hoy? Por supuesto, ninguno.

                El tiempo les acompañaba. De vez en cuando hacía lluvia, pero no muy a menudo. Los días que eso ocurría, se quedaban en el coche, simplemente regodeándose en el espectáculo de ver deslizarse gotas de lluvia por la ventana.

                Sin embargo, las más de las veces, refulgía el sol. A veces no podían evitar verse sacudidos por el entusiasmo. Un día, el tiempo era tan fenomenal que, sobre la superficie de una playa, se desnudaron. Al verse así, tan familiares los respectivos cuerpos, tan diminuta ella, tan acogedor él, decidieron comprobar si la piel del otro seguía tan tersa como recordaban. Empezaron a amarse sobre la arena. Un bocinazo procedente de un coche de policía les interrumpió. Ambos huyeron, entre risas, mientras un agente salía del coche y agitaba la cabeza reprobatorio. Aquella tarde, los dos amantes no perdieron la sonrisa por ninguna de las menudencias y pequeños infortunios que suelen salpimentar los viajes.

                Casi habían terminado el recorrido previsto, pero ya estaban haciendo planes para continuar a lo largo de nuevos trayectos y objetivos. ¿El norte de Italia?¿De nuevo Roma?¿Satisfarían por fin su sueño de caminar juntos por Pompeya? Fue entonces cuando les llamó un amigo. Daba la casualidad de que pasaba por la ciudad en la que se encontraban aquel mismo día. ¿Podrían esperarle?¿Tendrían la oportunidad de verse? Claro que sí, afirmó Rogelio al teléfono. Y se abrazó a Pilar.

                Aquella tarde, Rogelio y Pilar se encontraban esperando a ese amigo en un bar. De pie en la barra, Rogelio oteaba por encima de las cabezas de la gente, mientras Pilar aguardaba paciente, apoyada en una silla giratoria. Se acercaron a ellos un grupo de esos conversadores habituales que no desean otra cosa que prolongar charlas de manera infinita.

                -Y dígame, ¿por qué el sur de Francia?

                -Mi mujer y yo -señaló Rogelio a Pilar- hemos vuelto a los lugares que visitamos en nuestra juventud. Estamos descubriéndolos de nuevo.

                Rogelio sonreía mientras contaba esa historia por enésima vez. Se le notaba realmente feliz al relatarlo.

                Los conversadores se despidieron, al localizar en la misma sala a otros compañeros a los que debían un diálogo. De repente, en el hueco que estas personas habían dejado apareció el amigo al que Rogelio y Pilar aguardaban.

                -¿Qué tal?-saludó Rogelio, pasándole la mano por el hombro.

                El interpelado, sin embargo, le contempló con tristeza:

                -He escuchado la charla que has tenido con esa gente antes.

                Fijó la mirada en la silla giratoria de al lado, donde se apoyaba un abrigo de mujer.

                -Hace una semana -confesó el recién llegado, emocionado-, fui a depositar flores frescas en su…

                No terminó la frase. Los dos amigos se observaron. No sabían qué decirse. Rogelio iba a hablar. Su interlocutor le ahorró el mal trago:

                -Yo también la echo muchísimo de menos.

                Durante unos pocos minutos, se entretuvieron en diálogos y cuestiones banales. Luego, el amigo se disculpó para ir un momento al baño. Cuando Rogelio volvió la cabeza, Pilar volvió a estar allí.

                Rogelio tuvo ganas de decirle muchas cosas pero, al final, sólo enunció:

                -Mañana pasa un tren que viene de París y va hasta Locarno. ¿Quieres que lo cojamos?

                Pilar, entusiasta, asintió.

                Rogelio atisbó el mundo exterior a través de una ventana. Sintió que, desde hace un tiempo, le habían colocado un despertador. Que se encontraba adormecido en una cama imaginaria. Que la alarma le instaba a levantarse y hacer lo que tocaba por fin.

                Pero él, como cuando era pequeño, alargaba la mano, presionaba el botón del despertador y susurraba para sus adentros: “Sólo un poquito más…”

martes, 29 de diciembre de 2020

El artículo del mes: "How reading Noli me tangere got me closer to the pinoys"

Hace un tiempo os comentaba la historia de un artículo acerca de "Noli me tangere", el libro más importante de la literatura filipina, escrito en castellano por el líder nacional José Rizal; un artículo que no había encontrado acomodo en ninguna parte y que creí que sólo se publicaría en el blog. Sin embargo, gracias a la incansable labor de Nats Sisma Villaluna, y al nacimiento de la revista "Expat Herald", este mes por fin ha visto la luz "How reading Noli me tangere got me closer to the pinoys" (<<Cómo leer Noli me tangere me acercó a los filipinos>>). Como de momento la revista es solamente física y no está por Internet, el artículo sigue colgando en este enlace, aunque desde entonces ha sufrido alguna ligera modificación y actualización. Abajo, la imagen del texto, por si queréis echarle un vistazo al artículo finalmente publicado. Cualquier cosa que acerque los distintos países hace un mundo más humano y más justo. Estas páginas pretenden constituir mi pequeña contribución.



martes, 15 de diciembre de 2020

El cuento del mes: "La cosa esa y otros monztruos"

¡Saludos a todos! Hoy en el blog tenemos novedades literarias. Resulta que entre Cristina Sendra y yo hemos escrito un cuento infantil sobre esas pequeñas actividades cotidianas que parece que están siempre siendo saboteadas por una mano invisible: ¿quién impide que nos acordemos de las palabras que tenemos en la punta de la lengua?¿Quién roba calcetines impares de la lavadora?¿Quién se come, durante la noche, el trozo de pastel que habíamos reservado para desayunar mañana? Nosotros lo hemos descubierto: son unos "monztruos". Y, para darles vida, hemos decidido iniciar una campaña de crowdfunding, que ya cuenta con 38 flamantes mecenas.

Si os interesa, y queréis ejemplares para regalar a familiares, amigos, niños que queráis que se conviertan en nuevos lectores o (confesad, que a vosotros también os gusta) a vosotros mismos, sólo tenéis que haceros mecenas en la página de campaña, y elegir la recompensa que mejor se adapte a vuestras necesidades. Y de paso podréis presumir de dedicatoria personalizada por parte del escritor (aparte de muchos más regalos).

Post-scriptum: lo conseguimos. Gracias a todos Ya os iré contando más noticias de cómo avanza el libro. Un saludo


Aquí tenéis la página de campaña: http://bit.ly/2VZD9bl. Y, recordad, cualquier pregunta o duda que tengáis sobre la misma, no dudéis en hacerla a través de los comentarios del blog, de la página de campaña, o de la red social favorita donde nos encontremos.

Un saludo a todos, y muy buenas lecturas.

miércoles, 9 de diciembre de 2020

Cuando el bueno (o el malo) es el arquitecto -o el urbanista-. Las películas y las historias reales de diciembre: "Huérfanos de Brooklyn" y "Show me a hero"

Hace unos años se hizo muy famosa la disposición del gobierno de Murcia (creo que en este caso la orden procedía del gobierno autonómico) de dibujar el trazado del nuevo ferrocarril de tal manera que aislaba una serie de barrios de población mayoritariamente obrera. Hubo numerosas y muy vehementes manifestaciones y -hasta lo que yo tengo entendido- consiguieron que, al menos en parte, se echaran atrás. De esta anécdota pueden extraerse múltiples interpretaciones, incluyendo que eso de los llamados "gobiernos tecnócratas", los cuales toman decisiones fundamentadas únicamente en el criterio de expertos, no existen. Porque todas las medidas son en parte políticas: puedes elegir gastar más dinero en unos colectivos u otros; puedes recaudar más de los ciudadanos ricos o de los pobres; y, a la hora de señalar por dónde pasa una línea de tren o una carretera, el sitio por donde cruza determina a quién afectará. En pocos ámbitos se nota más que en la construcción, motor económico principal de buena parte de los países, fuente abundante de tramas de corrupción (por definición, tienes un montón de dinero del sector público que pasa al sector privado: la tentación es jugosa) y, como veremos en esta entrada, origen de escenarios que alteran drásticamente la vida de la gente, y que se reflejan a veces también en la ficción.

En un interesante debate en Twitter con especialistas de variados campos que os recomiendo, y que sirvió de inspiración a esta divagación que os presento, @Pedro_Torrijos, al que muchos conoceréis por sus estupendos hilos de Twitter sobre arquitecturas improbables, mencionó una frase interesante, "el urbanismo es el segundo artefacto más importante de la especie humana después del lenguaje". No cabe duda de que otros expertos en diferentes disciplinas opinarán que su campo de estudio ejerce una influencia más relevante, pero en todo caso, como ejemplifica el caso de Murcia, puedes hacer muchas cosas según cómo dibujes los planos de la ciudad. O incluso de un país. Por ilustrarlo de otra forma: Estados Unidos tuvo que decidir -cuenta la leyenda; seguramente la verdad es más compleja-, durante la Segunda Guerra Mundial, cómo orientar su sistema de transporte para desplazar grandes cantidades de mercancías y material militar de un lugar a otro. Hitler había empleado los ferrocarriles, y gracias a ello logró enormes desplazamientos de tropas del frente Occidental al Oriental. En cambio, Estados Unidos eligió la carretera. Gracias a eso, el transporte de pasajeros por tren en Estados Unidos es casi testimonial; todo el mundo tiene coche (hasta hay vagabundos que viven en su vehículo, el cual a veces conducen en busca de una oferta de trabajo o en dirección a los bancos de alimentos); los mejores restaurantes están en las salidas de las carreteras; y los pueblos ocupan mucha más extensión que una ciudad europea media porque se asume que todo el mundo agarra el coche para ir a cualquier sitio. Por contar mi experiencia personal, durante cuatro meses viví en Charlottesville, una localidad de 30.000 habitantes -y una población flotante de 70.000 más- con quizás la mitad de extensión de la ciudad de Madrid. Los únicos que íbamos en autobús éramos las minorías raciales y yo. Los automóviles me dejaban pasar en los cruces y me miraban con cara de pena ("pobrecito, que tiene que ir andando"). En una ocasión, salía de una tienda de informática a la que llegué en taxi para que no la cerraran antes, y vi que la única manera de volver a mi residencia habitual era cruzar una carretera. Tomé la única alternativa posible: hice auto-stop. Una amable mujer (con un coche típico de madre: grande como un jeep de Mad Max y lleno de juguetes y restos de comida en el asiento trasero, que apartó con tanta gentileza como rubor) me desplazó una distancia de unos 10 metros, suficiente para llegar a un sitio desde donde podía volver andando. Las experiencias de otras personas son muy similares. Mi hermana me comentaba que, en Los Ángeles -una ciudad sin aceras-, una pareja de recién casados se compró antes un coche que un piso para vivir juntos. Compartían auto mientras habitaban cada uno en casa de sus padres. Salvo si resides en alguna de las grandes urbes del noreste como Boston o Nueva York, las cuales cuentan con un decente transporte público -y se consideran, en parte, tanto urbanística como culturalmente, "ciudades europeas", dicho en algunas ocasiones con un tono de desprecio-, en Estados Unidos, si no tienes un coche, no eres nadie. Ello implica también ciertas consecuencias: el ciudadano americano, que coge el automóvil para todo, no anda, está obeso, quema una tonelada de gasolina que contamina el medio ambiente (la disposición tan extensa de las ciudades tampoco es el sistema más ecológico posible), y exige que el petróleo esté barato para que no le cueste un riñón su modo de vida. Lo cual explica tal vez la mitad de las guerras de Estados Unidos en Oriente Medio para mantener bajo el precio de la gasolina.

Hablando de Nueva York, la primera vez que leí acerca de Robert Moses fue en este ensayo que os mencioné sobre la gentrificación. Es sorprendente que hayamos oído hablar tan poco de él, teniendo en cuenta que dirigió la política urbanística de Nueva York durante décadas, pese a que la ciudadanía nunca le había votado. La primera vez que se le ha mostrado en la gran pantalla (al menos, que yo sepa) ha sido en "Huérfanos de Brooklyn", un film noir moderno dirigido por Edward Norton, en general bien ejecutado, donde Moses es encarnado por Alec Baldwin. La película, basada en una novela, se ha tomado -o eso se deduce- bastantes licencias en el terreno de lo personal, pero menciona detalles en los que coinciden muchos críticos de Moses: para ser más explícitos, el profundo racismo y clasismo que impregnaba sus ideas urbanísticas. El ejemplo más sangrante fue construir los puentes de salida de la ciudad -recordemos que Manhattan es una isla de la que se escapa por 21 puentes- de tal modo que hacían imposible la circulación de los autobuses, lo cual impedía que la gente sin coche propio (pobres y afroamericanos, cuando no las dos cosas) pudieran disfrutar de las playas cercanas a Nueva York. La película incide también en que Moses fue muy popular por construir parques por todas partes, aunque algunos barrios fueron bastante más favorecidos que otros (adivináis cuáles, ¿verdad?). Y señala que algunos de sus planes urbanísticos -evitados en ocasiones a causa de la movilización popular- obligaban a desplazar a comunidades enteras de sus hogares sin que se supiera bien dónde podrían realojarse (en todo caso, Moses se encargaría de que no fuera en el mismo barrio que los blancos). A partir de ahí, no os cuento más sobre la trama de la película. Espero que la disfrutéis.

Por tanto, queda claro que la planificación urbanística puede decidir todo, y que su orientación es (casi) siempre política. Como mencionó alguien -no recuerdo quién, así que me perdonaréis la ausencia de cita-, sólo el hecho de escoger si una ciudad tiene o no baños públicos ya es una cuestión fundamental. A propósito de esto, menciono otra obra de ficción, pero basada en hechos reales. "Show me a hero", de la HBO, muestra una localidad anexa a Nueva York donde un juez determinó, a través de una sentencia, que el ayuntamiento debía construir una serie de viviendas para ciudadanos desfavorecidos (en una palabra, y tratándose de Estados Unidos, por supuesto negros), con el objetivo de evitar la formación de guetos y la exclusión social. Ésta es una decisión impopular, pues los habitantes mayoritariamente blancos de la ciudad se niegan a que sus viviendas se infravaloren -o no quieren a esas personas como vecinos, ahí cada uno decide los motivos auténticos-. Entonces, un concejal, interpretado por Oscar Isaac, decide auparse a una ola de populismo y anuncia que, si es elegido como regidor, no cumplirá la sentencia. Por supuesto, gana las elecciones, pero entonces se topa con la dura realidad: no tiene más remedio que acatar la orden si no quiere que la ciudad se arruine. Aquí se trata el espinoso tema de políticos que prometen algo imposible a sus ciudadanos y sólo lo asumen cuando son elegidos, apoyándose en algo que sabían que era mentira desde el principio (¿os suena? Seguro que en vuestro país habéis visto más de un caso). La serie cuenta la historia de este alcalde que tuvo que plegarse a los hechos; también relata las dificultades para que la construcción de las viviendas pudiera llevarse a cabo, y para que se lograra una cierta convivencia entre los nuevos vecinos. Narrada como una ficción atípica, la serie da abundantes pies para el debate y la reflexión, tanto en cuestiones políticas como en el aspecto personal.

Probablemente, las medidas más lesivas para nosotros los ciudadanos no llegarán de un discurso grandilocuente enunciado por un señor con bigote frente a una multitud enardecida. Lo harán silenciosamente, en forma de Boletín Oficial del estado, ciudad o comunidad autónoma. Serán disposiciones mínimas, enrevesadas e ilegibles, sobre aspectos aparentemente técnicos e irrelevantes. Quizás sólo se refieran a requerimientos sobre determinadas medidas, longitudes y pesos. Tal vez una de las cifras que aparezcan mencionadas sea el (Douglas Adams sería feliz con esto) número 42.