¿Por qué estamos aquí? Porque nos gusta lo curioso, lo sorprendente, lo interesante, lo inusual, lo que engrandece al ser humano, lo que lo redime de vez en cuando. Por eso nos apasionan las historias: porque hayan ocurrido o no, de alguna manera es real.
lunes, 23 de mayo de 2022
Los libros de mayo: una guía de Nueva York
martes, 17 de mayo de 2022
El relato de mayo: Los límites del infinito
Los límites del infinito.
(Relato escrito al azar)
La
lanzadora de cuchillos apuntó las dagas con precisión, asiéndolas por la punta
y concentrando la pupila en su objetivo. Se preparó para arrojarlos alrededor
de la chica del traje de lentejuelas que le servía en este espectáculo de
víctima. Las luces del escenario brillaban con todos los fulgores. El público,
vestidos de traje y corbata ellos, y engalanadas ellas, casi todos de estirpe
anglosajona, contenía la respiración.
Entonces,
un grupo de soldados vestidos del riguroso traje militar indio, y de esta misma
nacionalidad, entraron por una de las puertas laterales, y se dirigieron hacia
allí.
La
lanzadora de cuchillos detuvo su número. En realidad, y por un reflejo
automático, los cuchillos falsos que debían salir de la tabla se mostraron ante
el público. La columna de soldados se dirigía hacia ella por un lado. Estaban a
punto de ascender las escaleras que conducían hacia el escenario. En llegar hasta
la posición donde se encontraba la lanzadora, a la que buscaban, tardarían tan
sólo diez segundos, y transcurrido ese tiempo llegarían hasta allí y la
degollarían. Ella se puso frenética a darle vueltas a la cabeza. No tenía mucho
tiempo para pensar.
Esta
es la historia de esos diez segundos...
Explicar
nuestra condición es complicado. No me hago una idea precisa de cómo hacerlo.
De hecho, al principio, cuando era joven, me parecía normal, incluso me
preguntaba cómo era posible que los demás no entendieran lo que decía al
referirme a ello. Para mí viajar en el tiempo era algo parecido a cruzar una
habitación: simplemente avanzabas un paso, movías una puerta y ya estaba. Sin
traumas ni transformaciones, sin movimientos bruscos y sin aspavientos. Tanto,
que a veces no me daba cuenta de que lo hacía. Sólo estaba pensando en otra
cosa, en otro momento, en otro lugar, y allí aparecía. Es algo tan sencillo
como eso.
Luego fue cuando me
empecé a dar cuenta del poderoso don que me había sido otorgado, y que se
cernía intrigante a mi alrededor. Lo primero de todo debo explicar que no se
trata ni mucho menos de una propiedad que reporte un poder universal. Viajar en
el tiempo tiene sus reglas estables. Lo primero de todo es que vas envejeciendo
mientras lo haces. Tomemos por ejemplo un tiempo de unos diez segundos de
lapso. En ese periodo, puedes hacer un número limitado de desplazamientos por
el tiempo. La cuestión no se refiere tanto a número de viajes (como he dicho,
lo que es el viaje en sí mismo consiste tan sólo en un parpadeo de ojos), como
en los años recorridos mientras tanto. Es decir, tú en esos diez segundos
puedes marchar, vivir mil vidas, dirigirte a mil sitios, envejeces pero cuando
retornas al origen del viaje en el tiempo te vuelves joven otra vez, tan sólo a
lo mejor un segundo más viejo. Y así durante un largo rato. Pero no puedes
caminar sin límites: llega un momento en que esos diez segundos pasan, y ya no
puedes dar marcha atrás. En cierta medida, y para que nos entendamos, es como
un zurcido. Tu vida siempre avanza en una sola dirección y sentido, por donde
marcha la aguja: luego, lateralmente, tú puedes dar todas las puntadas que
quieras, arriba y abajo, a derecha e izquierda; no obstante, cuando vuelvas a
la línea inicial, sólo puedes desplazarte hacia delante. No sé por qué ocurre
de ese modo exactamente, pero lo cierto es que es así. También, en cierta
medida, es como un lanzador de cuchillos: un cuchillo puede ser clavado sobre
la tabla en un número infinito de posiciones. Sin embargo, esas posiciones están
limitadas por la extensión de la tabla, y también por el hecho de que no puedes
dañar al individuo (normalmente una hermosa señorita) que se encuentra tumbado
sobre la misma. Creo que este punto no está muy claro, pero algunos postulan
que por cada unidad de tiempo que avances en tu vida, dispones del equivalente
a unas 30 millones de veces para recorrer pasado y futuro, dirigiéndote a
cualquier localización del espacio, antes de avanzar un paso más. Es decir que
en esos diez segundos, tendríamos diez mil años como lapso posible de tiempo.
Diez mil segundos para ser vividos, envejecer, rejuvenecer de nuevo, y volver a
viajar, antes de que esos diez segundos pasen. Es mucho, pero no lo es todo.
Esos son los límites del infinito.
Otra paradoja curiosa
que me he encontrado a lo largo de mis viajes es que constituye un embuste eso
que algunos han teorizado acerca de que es imposible alterar el presente a
través de modificaciones en el pasado, puesto que estos cambios lo único que
harían sería conducirnos a él. La realidad es que una circunstancia presente
puede ser enmendada a voluntad como consecuencia de sucesivos viajes en el
tiempo encaminados específicamente a modificarla. Pongamos por ejemplo la
situación en la que me han encontrado: una chica ha vivido treinta años
–pongamos en 1870-, durante los cuales ha realizado innumerables viajes en el
tiempo (el equivalente a 900 millones de años de vida, más o menos, según
recordamos). Luego, llega un momento en que se nos presenta una situación
angustiosa a esa edad de 30 años, en el año 1900: por ejemplo, esos diez
segundos que tenemos antes de que un grupo de soldados hindis degollen a esa
chica sobre el escenario. Esos diez segundos son para esa persona diez mil años
de vida a través del tiempo que tiene para modificar su circunstancia presente,
para así poder salvarse, y continuar envejeciendo hasta morir de una manera
normal, a los 80 (lo cual ocurriría en el año 1950). Porque se supone que todos
morimos. Eso dicen. No he encontrado a nadie que me lo haya aclarado.
¿Así que, qué hacer?
Viajar. Viajar mucho. Pasar de habitación en habitación. Es tan sencillo como
eso, abrir una puerta. También hay límites. Al igual que hay un número finito
de localizaciones, y de habitaciones en una casa. En mi caso he comprobado que
mi límite son cuatro mil años para atrás desde el momento de mi nacimiento, y
veinte mil para adelante. ¿Dentro de esas limitaciones, entonces, qué es lo que
hacemos? Pues lo dicho: viajar, viajar mucho. Puedes ser una princesa en
Persia, un hombre santo en
Me diréis, “qué
terrible la soledad del viajero entre mundos”. No estamos tan solos. A fuerza
de cruzar nuestros caminos, hemos encontrado a varios de los nuestros. Ninguno
conocemos el origen de este don, ni hasta donde podemos llegar. Nos encontramos
unos a otros en una inmensa madeja, ya sea en las épocas Tinder en el siglo XXXVIII
o en la victoriana Inglaterra. Interaccionamos de vez en cuando: incluso yo he
mantenido relaciones de amistad y he compartido sexo con otros de mi condición,
pero para ser sinceros, es aburrido. Hemos visto todos tanto, lo hemos
contemplado todo, que tenemos una visión muy parecida acerca de cómo es el
mundo y de las cosas que en él te pueden suceder, o que tú puedes crear. Nos
estamos convirtiendo en una especie aparte, si es que no lo éramos antes.
Y aparte de ellos, también se encuentran los
guardianes del tiempo. No sabemos exactamente quiénes son: si fueron algunos de
los nuestros que decidieron un día salirse del juego y quedarse permanentemente
(por así decirlo) en la puerta de la habitación, o simplemente son personas se
perdieron en la maraña espacio-temporal. Te los encuentras, como digo, en los
umbrales, en los espacios perdidos entre las puertas del tiempo; si te detienes
un momento a mirarlos, tan sólo te parecen espacio vacío, en general de colores
ocres o apagados, como un lugar entre dos mundos. De vez en cuando esos
guardianes te ayudan, o te preguntan qué tal va todo. En general constituyen
gente, por su aspecto, bastante anciana y cansada. Quizá algún día yo acabe
como uno de ellos.
Hay un aspecto de este
asunto que me gustaría que terminarais de entender. Pero lo veo complicado. Se
trata de la doble direccionalidad de este juego. Los viajes se dan hacia el
pasado y hacia el futuro. Lo que hagas en el pasado, puede afectar a lo que
venga después. Pero al mismo tiempo, lo que cometas en el futuro, también puede
influir a lo que suceda antes. Comprendo que esto es difícil de aceptar:
estamos acostumbrados a que el tiempo transcurra en una sola dirección, y
argumentar lo contrario puede parecer una herejía. Ni yo mismo sé cómo
explicarlo, ¿cómo iba a poder?¿Cómo le contaríais a un ciego el color rojo,
cómo le explicaríais a alguien sin papilas gustativas el sabor dulce? Las pocas
veces que lo he intentado, ha acabado en un balbuceo de palabras en torrente de
mi boca, y en la incomprensión de los que me rodeaban. Así que no voy a
intentarlo de nuevo. Lo único que puedo deciros es que esto es así, y que es
verdad. Tampoco os sé proporcionar la explicación científica: yo solamente os
voy comentando lo que me he ido encontrando al avanzar.
En este camino,
solicitar indicaciones es de lo más complicado. En estas intersecciones que os
he comentado antes, se encuentran los guardianes del tiempo, pero ni siquiera
con estos -a pesar de su experiencia- resulta sencillo. ¿Cómo preguntas a
alguien de la Roma del siglo II cómo se llega a la América de los incas y
aztecas?¿Alguien en el siglo XXIII conoce una mínima parte de las guerras
suraustrales? Y también al revés ocurre lo mismo, es difícil preguntarle a
alguien del siglo XIII sobre la Edad Antigua, cuando en realidad este concepto
de división en edades no queda fijado hasta el siglo XVIII. También te tienes
que enfrentar a la ignorancia de aquel tiempo y de la persona concreta con la
que te cruces. Y qué decir de lo complicado que es encontrar orientación cuando
aterrizas en un país del que desconoces el idioma, y donde puedes haber
aparecido con una ropa y en una circunstancia que te resulten por completo
desconocidas (como he dicho, no siempre se puede dirigir el sitio al que vas a
viajar: en cuanto a las condiciones en que aterrizas, creo que tu propio
mecanismo, por instinto, trata de hacerlas lo más cómodas y apropiadas
posibles, pero eso no siempre funciona con acierto. Lo sé, puedo desmotrarlo).
En definitiva, que en ausencia de mapas claros, sabiendo tan sólo que existen
rutas más transitadas y encrucijadas de paso, sitios a los que se es más
proclive a saltar justo después de otros sin que haya una explicación lógica
–el año 1963 es una estación de paso casi obligada-, conseguir las mejores
indicaciones posibles, junto al arte de obtenerlas y de esa manera orientar
mejor nuestros pasos, es un requisito indispensable para sobrevivir. A mí de
hecho se me conoce especialmente entre los míos por mi capacidad de obtener
direcciones. Me he hecho leyenda por ello. Hemos hecho de estos aspectos
nuestro particular modo de vida.
Os preguntaréis por
qué preferimos enfrentarnos a este caos, en lugar de quedarnos tranquilamente
en nuestro sitio. Lo primero de todo es que no es elegible. Con sólo girar la
cabeza, puedes pasar de estarte preparando para cruzar un paso de peatones, a
enconrarte contemplando con ropa de griego las pirámides. Pero aparte de eso,
lo diremos: la eternidad (o la casi eternidad) es aburrida. Por eso preferimos
meternos en líos: enredarnos en problemas, y luego montar enormes y enmarañados
ovillos espacio-temporales para salir de ellos. A veces podemos cansarnos, e
incluso liarnos, y hasta perder de vista el objetivo inicial. Pero no pasa
nada, siempre hay tiempo. Eso es lo que siempre nos va a sobrar.
Y hablando de tiempo,
ya han pasado diez segundos, ¿no? Depende de para quién, supongo. Quizás a
vosotros os ha parecido más. Nunca consigo tener el reloj en hora. En todo
caso, es hora de que volvamos al lugar inicial.
La lanzadora de
cuchillos tenía las dagas en la mano. Entonces, aparecieron el grupo de
soldados hindis. Sólo en diez segundos iban a llegar. Y en esos diez segundos
muchas cosas pasaron.
Para
empezar, las dagas esta vez no eran de atrezzo.
Para cuando los soldados quisieron darse cuenta, cuatro de esos puñales habían
sido disparados a la vez de manos de la lanzadora, habiendo acertado cada uno
en el blanco. La lanzadora, mientras tanto, ascendía por la cortina, con una habilidad
felina con los pies, para poderse propulsar y así volver a atacarles.
Luego,
además, al lado de la lanzadora, se encontraba un artista de artes marciales,
un mongol que había actuado justo antes de ella, y que se puso a golpear a
algunos de los soldados, derribando a varios de un golpe.
Y
para seguir, los miembros de una religión (que no existía la primera vez que
los soldados entraron en esta sala) se abalanzaron contra los recién llegados
en nombre de su diosa, que se parecía de manera extraordinaria a la lanzadora
de cuchillos.
En
medio de este revuelo, se formó un tumulto. Cayeron los focos, y se derrumbaron
columnas. Pero la lanzadora se había escapado. Los diez mil años que tenía de
margen le habían servido para escapar.
Entonces fue cuando volví.
Volví a mi tiempo, a
la realidad que me correspondía, diez años antes. Pero esta vez era ligeramente
distinta. Ya no llevaba puesto el traje de artes marciales. Y en lugar de
encontrarmente (como lo había hecho antes de saltar) en un palacio de corte
árabe, me hallaba encerrado en una mazmorra. Con las manos atadas a cadenas, y
las rodillas en tierra. Se abrió una puerta. Entró un verdugo con un hacha. En
tres minutos –unos ciento ochenta segundos- probablemente tendría tiempo
suficiente para llevar a cabo lo que tuviera que hacer conmigo. Y al final de
esos ciento ochenta segundos seguro que yo no lo iba a contar.
Pronto razoné lo que
había ocurrido. Claro, era lógico. Le había echado una mano a mi amiga, y
ahora, como consecuencia de ello, algo se había alterado en el futuro, y esa
alteración (como he dicho que era posible) había modificado mi pasado hasta
hacerlo radicalmente cambiar. Es lo que ocurre con nuestros trayectos: creamos
madejas tan grandes, tan intrincadas, que es difícil que las que elaboren unos
no se mezclen con las de los otros y deshagan lo que algunos han tardado tanto
esfuerzo en crear. El que alguien consiga adelantar la consecución de un
invento puede fastidiarle a otro la iniciación de una guerra. Son gajes del
destino, problemas. Inconvenientes que todos nosotros tenemos que aceptar.
No pasa nada.
Vislumbro con confianza el futuro, en forma de verdugo cuyo hacha, de filo
apuradísimo, parece sonreír al poderme vislumbrar.
Tengo ciento ochenta
mil años para poder alterar este mundo.
Será un bonito paseo
el volverlo a intentar.
lunes, 9 de mayo de 2022
La historia corta de mayo: Dedicadas a Eduardo Galeno (XIII). La mejor defensa...
Dedicadas a Eduardo Galeano (13)
La mejor defensa...
-Tómate el puré de guisantes (le dijo al niño
su tío, paciente, pausado).
-Que no, que no (respondió el niño
petardo).
-Tómate el puré (repitió el tío,
otra vez sin ninguna prisa, así durante varias veces).
Y el niño, que no, que no.
Hasta que finalmente, hasta al santo
Job se le acaba la paciencia, y el tío le dice:
-Tómate el puré de guisantes, o te
lo tiro por la cabeza.
Y
el niño, con toda la celeridad y determinación del mundo, coge el cuenco con
puré, lo eleva hacia arriba, y se lo enfrasca en el cráneo.
La
mejor defensa es un buen ataque.
lunes, 25 de abril de 2022
La historia real de abril y mayo. No te fíes de los antiguos: Plinio, Herodoto, y el principio de autoridad.
Una de las máximas de la civilización occidental podría resumirse en la mítica frase del Dr. House: "Todo el mundo miente". En buena parte, el proceso de maduración del ser humano consiste en aprender que lo que existe a nuestro alrededor tiene un buen componente de embuste: desde los animales que se camuflan, las apariencias que siempre engañan, las pequeñas (o no tan pequeñas) mentirijillas que nos relatan nuestros padres, o incluso las falsedades que toleran nuestra mente o nuestros sentidos, de manera inconsciente o en un protector autoengaño. La cuestión es que -del mismo modo que la evolución de las especies remeda las fases del estado embrionario- la civilización, a semejanza que el ser humano como individuo, ha aprendido con paso del tiempo a no fiarse de lo primero que le cuentan, sobre todo después de haber constatado (normalmente a base de errores) de que mucho de lo que le narraban era un auténtico dislate. En definitiva, con el tiempo nos hemos vuelto más escépticos y, tras el descubrimiento del método científico, no nos creemos ninguna afirmación sin antes haberla corroborado nosotros mismos.
En ese sentido, hay personas que fueron auténticos adelantados a su tiempo. Por ejemplo, el griego Heródoto (o Herodoto, ya que se puede escribir de las dos maneras, aunque con tilde se aproxima más a la pronunciación helena). Considerado el padre de la historiografía como disciplina, iba preguntando, a lo largo de los distintos pueblos por los que pasaba, por los acontecimientos de aquel lugar. Trataba de encontrar una causa racional a los hechos, en lugar de buscar explicaciones divinas. De vez en cuando, sin embargo, se la colaban. Como cuando los egipcios le contaron que, en unas inscripciones en un lugar sagrado, lo que habían escrito era cuántas cebollas y cervezas se comieron los albañiles que lo construyeron. O cuando le dijeron que en Egipto el agua no proviene de la lluvia, sino sólo del Nilo, del cual, por cierto, le describieron un recorrido imposible. A pesar de eso, y de ciertos errores (por ejemplo en las traducciones), hay que reconocerle a Herodoto el valor de lo que hacía: además de ser el primero que intentaba una cosa parecida, trataba en los nueve libros de sus Historias de discernir lo verdadero de lo falso, realizaba juicios críticos y -como hace por ejemplo el lenguaje turco en su gramática- distinguía con frecuencia lo que le habían referido otros de lo que había sido él testigo a través de sus propios ojos. Aunque, desde luego, a veces metía la pata hasta el fondo, como cuando habló de unos seres humanos con cabeza de perro.
Lo cierto es que, si la tradición de narrar las aventuras de los pueblos es un oficio antiguo, el arte de reírse a costa de los extranjeros que pretenden conocer tus costumbres presume de ser más arcaico todavía. Un ejemplo interesante nos lo aporta "El antropólogo inocente", la historia real de cómo el joven autor Nigel Barley, un investigador algo cínico y escéptico, decide desarrollar su trabajo de campo en Camerún y, cuando habla con los nativos, se da cuenta de que los oriundos del lugar se han dedicado a vacilar a cualquier estudioso que se haya atrevido a poner sus pies por allá. De hecho, conforme el protagonista va describiendo costumbres de la tribu que estudia, te das cuenta de que muchos de los detalles que el autor aporta probablemente provienen de bolas que le han metido también a él. Claro que, pensémoslo desde el punto de vista del objeto de estudio, es decir, de los pueblos aborígenes de cada sitio: ¿qué ganan ellos con un libro sobre su cultura que se publicará en Europa, o con cualquier artículo de investigación?¿Por qué le van a contar nada a ese señor que conocen desde hace cinco minutos, y cuyo futuro profesional ni les va ni les viene? Ya puestos, pueden divertirse y pasar un buen rato. Aunque sea a costa de un pobre incauto, y de algo tan frágil y poco valorado como la verdad.
Dicen que, en los juicios, desde que se han popularizado las series del tipo CSI, los jurados exigen ver más pruebas forenses, y se fían menos de los testimonios. A pesar de que los abogados insisten en que en ocasiones no hay otro remedio que aceptar la palabra de los testigos oculares, es cierto que, si uno atiende a la calidad de ciertas declaraciones, los jurados hacen bien en desconfiar. Quizás uno de los ejemplos más significativos que podemos encontrar, a este respecto, en el mundo de la investigación académica, fue el de los samoanos que desgranaron la esencia de su cultura a la antropóloga Margaret Mead. De acuerdo a los libros de Mead, en la civilización samoana imperaba el sexo libre, apenas existían tabúes respecto a las relaciones carnales, y las relaciones entre hombres y mujeres eran felices y armónicas. Ha habido mucha polémica sobre estas publicaciones, o sobre si Mead sabía que la engañaban: sin embargo, hoy casi todo el mundo está de acuerdo en que la sociedad samoana era en aquel tiempo tan machista, falocéntrica y desequilibrada como la mayor parte de los colectivos humanos que conocemos. Teniendo en cuenta el nivel de alcoholismo, incesto y violaciones, probablemente más. ¿Los motivos para el fraude? Se discuten. Que si Mead escogió como fuentes a adolescentes cohibidas y llenas de vergüenza, que soltaron el primer embuste que se les pasó por la cabeza... Que si los samoanos quisieron pasar un buen rato a costa de una antropóloga que casi no salía de su alojamiento... O, tal vez, que a Mead le venían tan bien esa clase de declaraciones (muy populares en la época en que fueron aireadas, o sea, en pleno auge hippie) que no tenía el menor interés en contrastarlas. Pasaron años hasta que otros investigadores comprobaron que la cosa no era ni mucho tan idílica como Mead la pintaba en sus escritos, y que se reconsiderara la manera en que los antropólogos debían interactuar con las poblaciones con las que entraban en contacto.
Margaret Mead no era la primera en enfangarse en esta clase de enredos. Todos sabemos que el Dorado fue un mito que los conquistadores españoles crearon a partir de afirmaciones de los pueblos americanos oriundos, a quienes les convenía que los recién llegados creyeran que había tierras de incalculables riquezas muy, muy lejos de su hábitat, para que se largaran de aquel lugar cuanto antes, y así dejaran de incordiar. Un objetivo similar podía albergar el testimonio de ciertas tribus de Tierra de Fuego, quienes dijeron a los ingleses que entre los pueblos vecinos había caníbales (¿pretendían disuadirles de quedarse en la zona; o, quizás, ganarse su confianza mediante el clásico recurso de hablar mal de tus enemigos?). Lo extraño es que, en ciertas ocasiones, los colonizadores también tomaron parte activa y se mezclaron en el juego de mentiras. Un ejemplo es el de un sacerdote español que juraba, tras un viaje por la zona que hoy es fronteriza entre México y Estados Unidos, haber divisado las míticas siete ciudades de Cíbola. El religioso, que se llamaba Marcos de Niza, guió más tarde a la famosa expedición de Coronado hasta que quedó claro que allí no había ni ciudades, ni oro, ni mucho menos las favorables condiciones que el sacerdote había descrito, momento en el cual el fraile aprovechó para poner tierra de por medio. ¿Por qué se abonó Marcos de Niza a la mentira, conduciendo a sus compañeros a lo que, como poco, constituyó una trampa cuasi mortal?¿Fue por simple ansia de notoriedad, o él también se creyo sus propios embustes, sucumbiendo al encanto de hablar sobre lugares legendarios que prometían riquezas sin límite? Nunca lo sabremos. De hecho, de lo que conocemos del comportamiento humano, incluso en el caso hipotético de que pudiéramos carearnos con el religioso, probablemente el sacerdote no sería capaz de darnos una explicación coherente a por qué obró de esa manera.
A veces, los errores surgen de una serie de inexactitudes acumulativas. Testimonio indirecto a partir de un testimonio indirecto, y así hasta el infinito. Como los cuadros que se dibujan inspirándose en otros lienzos, o por parte de pintores que nunca han contemplado de primero mano el modelo. Fue por cuestiones de este tipo por las que, seguramente, ha quedado distorsionada para nosotros la figura del dodo. O las representaciones de rinocerontes (un animal que ya inspiró el mito del unicornio) que circularon durante un tiempo por Europa. Hay un interesante hilo de Twitter sobre este tema, que enlaza también con una curiosa anécdota: gracias a Plinio el Viejo, los europeos creían que el enemigo natural del rinoceronte era el elefante y, aprovechando una ocasión en que Lisboa albergaba ejemplares de los dos tipos, dispusieron una pelea entre ambas clases de colosos. Sin embargo, el elefante y rinoceronte implicados en la representación circense se ignoraron mutuamente, y el bochornoso espectáculo prosiguió hasta que al elefante le dio por derribar unas vallas y escaparse. Cosa que hubiera hecho con bastante certeza también Plinio si le hubieran cuestionado por sus afirmaciones, y a partir de qué fuentes las realizó.
El caso de Plino el Viejo es muy especial. Fue un autor extremadamente prolífico, aunque de sus textos sólo nos ha sobrevivido su Historia Natural (37 libros, que el romano elaboró a partir de una lectura de 2000 volúmenes). Plinio pretende hacer en ella un recopilatorio de todo el conocimiento que existía en aquel tiempo acerca de la geografía, la biología y el ámbito, en general, de lo que hoy entendemos por ciencias naturales. Abarca tanto que se ha convertido en una frase hecha la expresión "Cuenta Plinio que...", semejante a la introducción típica de: "Ya decían los babilonios...". Parece que no hubo tema en el que Plinio no metiera la cabeza. Obviamente, al pretender describir tantas cosas, es imposible que el sabio romano conociera de primera mano todos los asuntos de los que trataba. Pero claro, el problema es que, ante tu ignorancia, realices aseveraciones demasiado osadas. La Historia Natural de Plinio es también un compendio de criaturas míticas, lugares remotos que nunca se encontraron, verdades controvertidas y, en general, conceptos que permanecieron vigentes hasta que los exploradores de la Edad Moderna empezaron a observar por sí mismos que buena parte de lo que decía Plinio no era verdad. Por lo que me cuenta gente que ha leído tanto a Plinio como Herodoto, ambos contienen errores, pero el primero hace bueno al segundo: porque mientras el griego se plantea qué cosas que escucha pueden ser verdad o mentira, Plinio acepta ciertas afirmaciones demasiado acríticamente. Hasta autores no precisamente contemporáneos le reprocharon sus inexactitudes. Quizás el precio de escribir sobre tantas materias, y tan diversas, es no llegar nunca a profundizar. También es cierto que, en la antigua Roma, no estaba de moda aquello de contrastar tus fuentes, precaución que empezó a seguirse con los siglos, a partir de ejemplos como el de Plinio. (Haciendo un inciso, es curioso que desconozcamos los detalles un suceso que el romano podría haber narrado en primera persona, al menos en parte, pues es un enigma que se yergue en torno a su muerte. Plinio el Viejo falleció en una expedición al Vesubio cuando éste erupcionó en el año 79, asolando Herculano y Pompeya entre otros estragos. Su aciago final nos lo relató su sobrino, Plinio el Joven, pero lo que no nos aclaró fue qué iba exactamente su tío a hacer allí. Según teorizan muchos, la cercanía de Plinio a los círculos del poder imperial hace creer que marchaba en una expedición de rescate para intentar salvar a unos cuantos habitantes de las poblaciones que perecieron por culpa del volcán. No obstante, sobre este detalle, ambos Plinios guardan silencio).
Buena parte de las verdades de Plinio sobrevivieron, entre otras cosas, porque en la Edad Media se aceptaban a pies juntillas los postulados de los antiguos: es el llamado principio de autoridad, por el cual ciertas figuras merecen más crédito, merced a su reconocida sabiduría en un campo. Entre otras cosas, esta creencia se debía a que la primacía de la iglesia cristiana se basaba y se basa en este mismo supuesto: no puedes poner en duda lo que dice el Papa, ya que sus dogmas los revela Dios. Así, durante siglos, las verdades fundamentales fueron las de Platón y las de Aristóteles, los cuales habían sido señalados (y ubicados en un pedestal), en el mapa del cristianismo, gracias a la influencia de Santo Tomás de Aquino y San Agustín de Hipona. Sin embargo, la llegada del Renacimiento supuso un cambio de perspectiva, y surgieron nuevas formas de adquirir conocimiento: el empirismo, por el cual debíamos basarnos en el ensayo y error -así como en la observación directa- para adquirir un saber más valioso que el de los libros; o el método científico, que exige someter a escrutinio una hipótesis antes de aceptarla como cierta. El principio de autoridad todavía persiste, sin duda, sobre todo en aquellos campos que no podemos dominar (el saber humano es limitado, y el conocimiento extenso), o cuando comprobar los hechos por nosotros mismos resulta agotador, y hasta técnicamente imposible. Sin embargo, en nuestra sociedad, siempre se aceptará como más válido aquel conocimiento que proviene de la experiencia de primera mano, antes que una referencia aceptada sin cuestión.
No obstante, como en todos los aspectos de la vida, el equilibrio perfecto entre estas opciones nunca estará disponible. Y ahí es cuando surgen los dramas. Solemos decir que el poder de la ciencia consiste en que no confiere verdades absolutas e incuestionables, sino que te proporciona pruebas a partir de las cuales tú mismo puedes deducir sus leyes. Pero esta sistemática posee varios inconvenientes: lo primero, que las afirmaciones en ciencia suelen ser siempre perecederas, con un porcentaje de error (los científicos solemos decir, medio en broma medio en serio, que toda verdad lo es sólo con un 95% de probabilidad), expuestas a modificarse en mayor o menor medida según los nuevos descubrimientos. El segundo problema es que, conforme la ciencia se hace más compleja, se hace proporcionalmente más difícil exponer de manera sencilla sus demostraciones (¿cuántos fósiles necesitas ver y tocar para creer en la teoría de la evolución?), así que llega un momento en que tienes que volver al principio de autoridad: fiarte de científicos que llevan investigando mucho tiempo su campo de estudio. El dilema aquí reside en cuando llega un antivacunas, un creacionista o un negacionista y te cuelga un vídeo delante: "aquí tengo esta persona que dice lo contrario". Este último puede ser alguien sin ninguna experiencia en el tema, o quizás un supuesto experto, pero que ha decidido obviar el método científico (o directamente, mentir) para conseguir dinero o más followers. Ante estas dicotomías, es fácil para el público general sentirse perdido, y muy complicado para el científico hacerse entender. No se le exige ya sólo tiempo para defender sus afirmaciones, sino que también necesita, por parte de quien escucha, un espíritu crítico y escéptico que no funcione en una sola dirección. Además de, por supuesto, aplicar un principio de autoridad que esté basado en una buena brújula, para no depender del primer idiota que pretenda estafarnos. Como veis, este debate que empieza por Heródoto y Plinio se halla de plena actualidad: y sin duda es una cuestión recurrente que volverá a discutirse, con cierta periodicidad, a lo largo de los siglos.
Hay un detalle adicional que tengo que comentar sobre esta pequeña crónica. Escribir por placer (y no por dinero, o con jefes ante los que responder) tiene la ventaja de que, hasta cierto punto, puedes profundizar lo que te apetezca en los temas. Personalmente, no me he atrevido a leer toda la obra de Plinio o Herodoto: es demasiado extensa, tengo demasiadas lecturas pendientes (por obligación y por placer) y, si me pusiera a ello, seguramente este artículo no se hubiera terminado nunca. Pero me he aprovechado de largos y amenos diálogos, muchos de ellos a través de posts y comentarios en Twitter o Facebook (gracias especiales a @TiberioGraco6 y a sus amigos y seguidores), de personas que han ido comentando sus experiencias con estas lecturas, y de los que me he fiado como lo haría de artículos, libros o alegatos de expertos, cosa que por lo común no suelo hacer. Al aceptar estos testimonios, sin duda he cometido los mismos errores que algunos autores antiguos: fiarme de las fuentes secundarias antes que observar las cosas por mí mismo. Pero mientras redacto estas líneas, medito: ¡qué diablos!, ¿no es éste el mejor homenaje que podría rendirles a aquellos cronistas? Así que ya sabéis, si hay algo que haya escrito por aquí que nos os cuadre, no os fiéis y comparadlo con vuestros propios ojos: no sea que yo también os esté dando gato por liebre. Nos vemos, nos leemos. Un saludo.
lunes, 18 de abril de 2022
La historia corta de abril: Dedicadas a Eduardo Galeano (XII). Inspirada en hechos reales.
Un niño, hijo de madre mexicana y residente
en España, está mirando la televisión, donde están retransmitiendo un programa-debate
sobre inmigración.
El
niño le pregunta entonces a su madre:
-Mamá,
¿nosotros qué opinamos de inmigración? Porque claro, nosotros no somos
racistas...
La
madre, muy sorprendida, le responde de manera casi inmediata:
-Pero
hijo mío, ¿qué voy a opinar de la inmigración?¡Si yo soy de Ciudad de México!
Y
el niño, con una mirada de angustia en la cara, tan sólo acierta a contestar:
-¡No!
Tú eres mexicana, pero no, no eres inmigrante. ¡No eres inmigrante!¡Noooo!
Para,
a continuación, después de no respirar durante unos instantes, y colocar una
mueca rara en nariz y boca para evitar las derramar las lágrimas, acabar por
preguntar:
-¿Entonces,
yo soy hijo de inmigrantes?¡BUAAAA!-berreó al fin a voz en grito, y sorbiéndose
los mocos. La madre no sabía si consolar a su hijo, o simplemente
desternillarse de risa.
lunes, 11 de abril de 2022
El relato de abril: un regalo de una musa. "Oda a..."
Como sabéis, a veces las musas me realizan regalos, y en este caso llega una oda a un particular ser que, aunque no lo queramos, ocupa un papel en nuestra vida. Espero que la disfrutéis tanto como yo. Un saludo.
Oda a...
Al principio, un lento remolino, muy lento, le dio forma y vida. Nació en la esponjosa oscuridad de un ombligo profundo, suave, con las curvas idóneas para crear, poco a poco, una pelusa. Al alcanzar el tamaño suficiente para ser apreciada a simple vista, salió a la luz, mirando esperanzada alrededor, buscando el contacto visual con un ser humano que le diese el empujón vital, como el toque divino a Adán en las alturas de la Capilla Sixtina. Nuestra pequeña y mullida protagonista tuvo suerte, y voló fuera del nido, recorriendo unos metros por el aire en una suave e ingrávida caída al mundo. Sin embargo, ese mundo no era el cielo algodonoso lleno de pelusillas que esperaba, sino una zona más parecida a la Viena de los años 40, con un espacio franco en el centro, libre de tejidos, y esquinas protegidas lejos del alcance de la escoba, guetos separados y separatistas entre los que debías elegir. Un rulo de pelo cano parecía el guardián de esa zona cero, quizá por la dificultad de ser localizado por el ojo humano, y le explicó, en un tono de aburrimiento burocrático aderezado por la urgencia militar del protagonista de "Un, dos tres", que allí no podía quedarse, y que tenía cuatro minutos para elegir un extremo recóndito del cuarto al que unirse. Sumida en la urgencia y la decepción, oteó a su alrededor. Una gran pelusa redonda bajo el sofá, tres pelusas medianas y alargadas tras la estantería, una guardería de pequeñas pelusas deslavazadas tras la puerta y una par de oscuras peludas pelusas refugiadas entre las barbas de una vieja mopa.
Un minuto había transcurrido, y microscópicas gotas de tejido sin identificar caían como gotas de sudor, entre la frustración, la tensión del cronómetro y la desesperanza. Ella no había deseado su libertad con tantas ganas para acabar acodada en un rincón como un viejo vaquero en la barra de un roñoso bar del medio oeste. Pero tampoco podía rendirse y quedarse ahí plantada, meneándose ligeramente con el vaivén de los pasos hasta que se percatasen de su presencia y la trasladasen a empujones fuera de esa casa. No, señor, la apatía, las bandas o la rendición no estaba en sus hilitos. Se extendió todo lo que daba de sí en varias direcciones hasta encontrar una corriente de aire frío, leve, pero suficiente, que la arrastró en una dirección desconocida, u oeste, que habría dicho el GPS si lo llevase. A pequeños saltitos y planeando, abandonó la estancia de la desesperación, y se halló ante lo que le pareció un enorme erial lleno de esquinas y rincones donde guarecerse e impulsarse en busca de aventuras. Pero no estaba sola. Allá a la izquierda vio a Mancha Indeleble, ser que hasta entonces creía mitológico; a la derecha, junto al marco de la puerta, la tuerca de un pendiente, que le guiñó un orificio; vigilando desde las alturas, un hilo de telaraña abandonado disfrutando de la brisa en sus entretelas. Y se sintió feliz por su valor y su decisión. De ahora en adelante, todo sería una genial aventura repleta de nuevos amigos.
lunes, 4 de abril de 2022
El libro de abril: "En la noche de la ciudad sin náufragos"
Buenas a todos. Hoy traemos novedad literaria. He colgado para la venta en Amazon (a un precio barato, barato) un libro que tenía pendiente desde hace tiempo y que no quería publicar ahora, y tampoco del modo en que lo he hecho (muchos ya conocéis mi rechazo a ciertas plataformas), pero que tengo que sacarlo a la luz así porque no me queda otro remedio. Las razones las conoceréis en el prólogo del libro, el cual constituye tanto un canto de amor a la literatura como la declaración más honesta que leeréis sobre el mundillo literario en mucho tiempo. Sólo por leer ese prólogo, yo creo que ya merece la pena adquirir el texto.
Por lo demás, os contaré poco de la historia: se trata de una novela negra, ambientada en el futuro, pero no se trata de un tiempo demasiado lejano, sino una época en el que el cambio climático ha forzado un retroceso en la humanidad (también a nivel científico), de tal manera que el ambiente os recordará más al de los clásicos del noir que a distopías tecnológicas. Por lo demás, lo tiene de todo para ser considerada un miembro de pleno derecho del género: sus atractivos villanos, su femme fatale, y, como decía Jim Thompson, una trama donde la clave es que nada es lo que parece. Además, como las novelas negras a las que rinde homenaje, se hace eco de las inquietudes sociales de nuestro tiempo y, a pesar de que el argumento de la novela tiene más de diez años, diría que no ha perdido ni una pizca de actualidad: más bien, todo lo contrario.
Espero que os animéis a leerla y que os haga pasar un buen rato. Que la disfrutéis.
Un saludo.
Addendum: entendería que alguno no quisiera comprársela a esta plataforma. Entendería también que alguno la quisiera, pero no le llegara el presupuesto. En cualquiera de los casos, podéis hablar conmigo y lo solucionamos. Un saludo.


