Bienvenidos a una nueva entrega de "El Gato de Hubble", donde hemos decidido en esta ocasión montar un concurso acerca de la figura del único premio Nobel de ciencias 100% español, el insigne Santiago Ramón y Cajal. Como veréis, a través de las preguntas y las respuestas aprenderemos un poco sobre de sus descubrimientos, pero también detalles anecdóticos (muy jugosos y divertidos) acerca de su vida, la cual ilustra de manera diáfana el panorama de la ciencia española e internacional en su tiempo, y también arroja luz sobre cómo está la situación en la época actual. Lo dicho, espero que con el programa descubráis cosas nuevas en relación a una biografía menos encorsetada de lo que parece y, sobre todo, os lo paséis bien. Un saludo.
¿Por qué estamos aquí? Porque nos gusta lo curioso, lo sorprendente, lo interesante, lo inusual, lo que engrandece al ser humano, lo que lo redime de vez en cuando. Por eso nos apasionan las historias: porque hayan ocurrido o no, de alguna manera es real.
lunes, 14 de agosto de 2023
Nueva entrega de "El Gato de Hubble": Ramón y Cajal, el concurso
lunes, 7 de agosto de 2023
El relato de agosto: Una novela por fascículos. El cajero (2)
Continuación de la novela que empezamos en este post y cuya sinopsis podéis leer al final de esta entrada, siguiendo el asterisco*. Que disfrutéis esta entrega.
Después de almorzar en un restaurante cercano –lejos, muy lejos
del carrito de los kebabs–, nuestro protagonista retorna a la oficina. Allí,
tiene que prepararse para poner en marcha el plan que lleva pergeñando durante
tanto tiempo. No obstante, el modo de hacerlo es vital: si la fastidia ahora,
nada de lo que ha preparado en las semanas previas habrá servido en absoluto.
Por eso, tiene que andar con mucho tiento, poner los cinco sentidos y, sobre
todo, salirse de los parámetros habituales. Algo que le provoca sudores fríos
con sólo pensarlo.
Pero no puede detenerse en menudencias como su propio equilibrio
interior. Lo primero de todo es levantarse. Acercarse hasta la mesa de uno de
los encargados de contabilidad. No estamos hablando de un pez gordo, nada de
eso: un empleado normalillo, imberbe, un mindundi de los que se tienen que
pelear con la secretaria (que aún no se ha aprendido ni su nombre) porque no le
han pasado de modo correcto la nómina. Llegar hasta la mesa, apoyar un brazo
sobre ella y preguntar:
–Oye, perdona, ¿podrías pasarme los balances del último mes del
área de seguros? Es que lo necesito para hacer la estadística anual.
No es mentira. Realmente los necesita.
–Sí, cómo no –contesta el hombre–. En media hora o cosa así te los
envío.
–De acuerdo –sonríe nuestro individuo. Y se da la vuelta de nuevo
hacia su asiento, no sin reprimir una leve expresión de satisfacción. “Allá va”,
se dice a sí mismo. Da igual que a partir de ahora él no tenga nada que ver con
esto ni colabore con los movimientos que se van a producir después: el
oficinista ha accionado el resorte, como el que tira primero una ficha de
dominó, y desde entonces el resto, cual autómatas, provocará la caída de todas
las demás. A partir de este momento, tan sólo se trata de contemplar cómo la
bola de nieve echa a rodar.
Y empieza. Desde su posición, en frente de la del tipo de
contabilidad, nuestro hombre puede ver al jovencito, de pelo rubio y mirada
tranquila, comenzar a mostrar un rictus de consternación conforme coteja los
datos en la pantalla con los documentos que tiene impresos sobre la mesa. Algo
le extraña. Se incorpora. “En marcha”, susurra casi en voz alta nuestro hombre.
La bola coge impulso. El empleado se dirige hacia el jefe de contabilidad.
Ambos mantienen un tenso diálogo mientras revisan los datos y
vuelven de manera repetida al ordenador, rascándose la cabeza. Nuestro hombre
no sabe leer los labios, pero conoce la conversación: la ha repasado en su
mente una y mil veces, <<no puede ser>>, <<seguro que es un
error>>, <<esto hay que hablarlo con el jefe de ventas>>, <<sí,
esto hay que hablarlo con el jefe de ventas>>.
Allí se encaminan los dos, hacia el jefe de ventas. Le explican,
le cuentan: el jefe de contabilidad lleva la voz cantante; el empleado matiza
los detalles concretos de cómo encontró el fallo, y qué medidas tomó a
continuación. Pasan cinco minutos, y se mueven los tres, como un grupo de
patitos, hacia el despacho del director. Otra pieza caída, reitera una de las
metáforas mentales nuestro hombre. Todo está saliendo según el plan.
Lo siguiente que ocurre es que la terna de individuos penetra en
el despacho: el directivo se encuentra hablando por teléfono, alza la mano
pidiéndoles un minuto; termina la conferencia, cuelga, pregunta qué pasa, y
entonces le explican la situación. Primero el jefe de ventas, al rato le
interrumpe el de contabilidad, más adelante el empleado… El director engasta en
su rostro expresión de perplejidad primero, y más tarde cara de angustia. Él
también se inclina sobre el ordenador: en definitiva, algo pasa, y ante esta
circunstancia, sólo pueden recurrir a…
–Perdone, ¿podría venir un momento, por favor?
Nuestro empleado modélico asiente obediente. Se levanta, caminando
con un inocente fichero bajo el brazo. Llega hasta la oficina del director: <<¿para
qué me requieren?>>, pregunta, y entonces le explican. El hombre exhibe
una mueca de asombro, quizá algo sobreactuada, como si no supiera nada del
asunto, <<qué raro>>, manifiesta, <<eso no debería ser así>>.
Se sienta delante del ordenador del jefe ―por supuesto, antes ha perdido
permiso—. Le dejan hacer; es ahora quien tiene el control, aunque se trate del
subordinado. Nuestro hombre revisa a lo largo de las cuentas y los balances y
finalmente declara, sólo a uno de los presentes:
–Señor, me gustaría, si es posible, hablar con usted en privado.
El director despliega un leve ademán, que indica que los encargados
de contabilidad y el jefe de ventas deben marcharse. A buen entendedor pocas
palabras bastan, y los tres se levantan, no sin antes devolver una respetuosa
reverencia al director, a la cual éste no responde. Nuestro hombre se levanta,
y mira de modo muy firme a su superior:
–Me temo, señor, que esto ha sido obra de un hacker.
–¿Un… un hacker, dice?–repite el director, con un amago de
incredulidad–. ¿Está usted seguro?
–Eso me temo, señor.
–¿Pero,
por qué?¿Quién querría hacernos esto?
–Quién sabe. Puede haberlo llevado a cabo bajo la órdenes de una
empresa rival, o por iniciativa propia. Creo, señor, que lo más probable, en
este caso, es que se trate de esta última opción.
–¿Y para qué quiere un hacker meterse en nuestro sistema de
transferencias bancarias?¿Qué pretende, apropiarse del dinero?¿Ha sido alguien
desde dentro de la empresa?
–Lo veo poco factible, señor. Quiero decir, por lo que puedo ver
aquí, echándole un vistazo a las cuentas, realmente no se ha llegado a sustraer
efectivo de nuestros fondos. Simplemente se ha trasladado, de manera aleatoria,
azarosa y, sobre todo, caótica de cara a los sistemas de registro y cálculo. Ha
habido transferencias que deberían haberse dirigido a la sede central en
Ginebra, y han ido a parar aquí, o en cambio traspasos que tendrían que haber
hecho el camino inverso, y han terminado en Ginebra… Francamente, señor, si
hubiera sido un miembro de la empresa, creo que habría tratado de sacar
beneficio de un robo. Sin embargo, al no hacerlo, deduzco que probablemente ha
sido un adolescente que ha querido divertirse a nuestra costa, y desmontar
nuestro sistema informático.
–¿Entonces, los fondos no han desaparecido?¿Podemos estar
tranquilos?
–Yo no diría tanto, señor. Primero, porque no estamos en
condiciones de asegurar que el presunto hacker no se ha llevado una pequeña
cantidad de dinero, la cual no seamos capaces de detectar en este somero
análisis que estamos haciendo; y segundo, porque, independientemente de que no
haya sido así, nuestros balances anuales se han convertido ahora mismo en un
desastre. Unas cuentas así no pueden presentarse, no tienen orden ni sentido ni
ninguna clase de lógica interna: si el Mercado de Valores o la Comisión Nacional
vieran estos registros, nos cerrarían inmediatamente por falta de transparencia
y por anarquía contable, al menos respecto al seguimiento de las normas
establecidas por los organismos internacionales.
–¡Dios mío! ¿Y qué podemos hacer al respecto?
–Señor, le seré sincero –se puso muy serio el oficinista, si se
podía estarlo más, elevando sus gafas con un solo dedo por encima del puente de
su nariz–. Este asunto requiere de una urgencia inmediata. Además, necesitamos
averiguar si el fenómeno se ha producido únicamente a este nivel, o ha ocurrido
con varias de nuestras sedes en distintos lugares del mundo. Es necesario que
uno de nuestros empleados se traslade de inmediato hacia la sede central en
Ginebra para resolver el problema.
–¿Un empleado?¿De aquí, de esta oficina?
–En efecto, señor. Alguien que conozca esta empresa por dentro, y
opere desde la sede central, para así desvelar los procedimientos y las
técnicas que ha seguido el hacker, y el daño que haya podido causar a los
cimientos informáticos del sistema.
–¿Y quién cree usted que habría de trasladarse hasta allí?
–No es mi tarea decidirlo, señor. Pero debería ser un hombre
capaz, discreto, que lleve este asunto como mucho tacto y sigilo. Tenga usted
en cuenta que el hacker ha sido muy cuidadoso borrando el rastro de sus delitos.
Podría ser cualquiera; todavía no hemos de descartar que se trate de alguien de
la propia empresa. No sabemos qué va a ocurrir; de hecho, ni siquiera considero
prudente que los directivos de la compañía conozcan cuál será de veras el
cometido del hombre encargado de arreglar este entuerto. Por tanto, ha de ser
un individuo capaz, versado en el tema, que sepa llevar una investigación
sistemática y exhaustiva… y, repito, que dosifique la información, porque si
instancias superiores se enteraran de lo acontecido… Bien, señor, no quisiera
preocuparle, pero al fin y al cabo, al primero al que le pedirían
responsabilidades sería a usted.
–¿A mí?–se sorprendió el hombre con la bisoñez de quien, pese a
acumular ascensos y sueldo año tras año, no se considera a cargo de nada.
–Sí, señor. Sé que es injusto, porque es usted un hombre de
convicciones íntegras, pero me temo, señor, que aunque todos sus empleados nos
pusiéramos de rodillas ante el Director General en Ginebra, por desgracia este
gesto no serviría para conmover al consejo de administración. Al fin y al cabo,
usted está a cargo de todo lo que suceda aquí, e incluso, dado el nivel de
acceso al que ha tenido el hacker, podría ser considerado el primer sospe…
–¡Entonces, hay que mandar a alguien!¡Inmediatamente!
–No podría estar más de acuerdo, señor.
–¡Y esto tiene que restringirse a los que ya lo conocemos!
–Sería conveniente, señor.
–Entonces… ¡Ya está, ya lo tengo!¡Irá usted!
Nuestro hombre tuvo que reprimir unas fuerzas gigantescas dentro
de su cuerpo para no carcajear.
–¿Yo, señor? En fin, me siento honrado ante tanto honor, pero… La
verdad es que tengo mucho trabajo acumulado...
–¡No importa, no se preocupe, le pondremos un sustituto, seguro
que sus obligaciones estarán bien cubiertas aquí!
–La investigación durará seguramente varios meses… Puede que
incluso años.
–¡Le firmaremos un justificante, le subiré el sueldo, le
perdonaremos cualquier balance que no le haya dado tiempo a hacer, pero marche nada
más pueda, tome el primer avión hacia Ginebra!
–De acuerdo, señor; aunque, puesto que llega el fin de semana, no
podré comenzar a trabajar allí hasta el lunes. De tal manera que compraré los
billetes del aeropuerto nada más salir hoy viernes, y el sábado partiré para
Ginebra.
–¡El sábado! Pero el sábado… ¡Oh, se me había olvidado!¿Y su…?
–Por eso no se inquiete, señor: estoy seguro de que mi… Bueno, en
fin, que sabrá entender la extremada gravedad de la situación. Se lo explicaré
razonada y calmadamente, y con eso será suficiente: ella lo comprenderá.
–¿Quiere que le escriba un justificante?¿O que se lo diga por teléfono,
para así explicarle…?
–No, señor; perdón, señor, por mi brusquedad, quiero decir que no
sería conveniente. Al fin y al cabo, todas ésas constituirían pruebas
documentales, bien escritas o habladas, de que me marcho a Ginebra y, ya le
digo, cuanto menos gente sepa de este asunto, mejor. De hecho, como el culpable
puede hallarse aquí, es conveniente que nadie de la empresa sea consciente de
que me desplazo a Suiza. En realidad, lo mejor que puede usted decirle a la
gente es que me he ido de viaje de bodas; sin duda lo aceptarán, dadas las
circunstancias. Y, le pregunten lo que le pregunten, sea quien sea, venga de
donde venga, lo mejor es que no diga nada: incluso, señor, aunque se trate de
miembros de mi familia.
–¿Miembros de su familia?-la reiteración sonó como un eco, pero a
nuestro hombre le venía bien, porque era justo la respuesta que había ensayado
en sus diálogos mentales.
–Ya le digo, señor, este asunto es tan delicado que, cuantos menos
individuos estén al tanto, emjor, mejor. Las filtraciones son algo muy temible,
sobre todo cuando interviene la familia; si le dice usted la verdad a cualquier
persona, al instante toda la empresa sabrá que me he trasladado a Ginebra, y
entonces, el presunto hacker se verá alertado, y borrará todavía más su rastro.
Y al Consejo de Administración no le gustaría que usted…
–¡Sí, sí, lo capto, no decírselo a nadie!
–A nadie.
–A quien sea.
–Ni siquiera a mi novia.
–¿A su novia? -la cara del director indicaba que en este tema
tenía que hilar fino-. ¿Pero no se lo va a decir usted?
–Yo sí, señor. Sin embargo, en ese tipo de ruines estrategias, ya
sean urdidas por un particular, ya sea por una empresa rival, pueden emplearse un
surtido de técnicas de espionaje y de tácticas simulativas. Fingir la voz,
disfrazarse para hacerse pasar por alguien cercano a los implicados… En
definitiva, todo tipo de siniestras y sofisticadas maniobras con tal de descubrir
nuestros planes futuros. Y no queremos darle facilidades al enemigo.
–Efectivamente, no queremos darle facilidades al enemigo.
–Bien, entonces, creo que todos los puntos están aclarados. Ah,
menos uno. Deberá usted avisar a Ginebra de que voy, pero inventarse un motivo
falso.
–No se preocupe, eso corre de mi cuenta.
–Pues entonces, señor, no hay mucho más que añadir. Voy a ponerme
con lo que le he dicho.
–Hágalo. Cuanto antes.
–Tendré que salir a comprar el billete –dijo palpándose el
bolsillo de la chaqueta donde guardaba la cartera, y dentro de ella, un ticket
de avión.
–Tiene usted el resto de la tarde libre. Pero váyase, por favor,
cuanto antes mejor.
–Muy bien, señor. Si me permite expresarlo, y por si no nos
volvemos a ver en mucho tiempo, he de decirle que ha sido un honor trabajar a
su lado durante estos años.
–Yo también estoy orgulloso de usted. Y ahora, en marcha, en
seguida, en seguida.
Mientras nuestro hombre, con paso firme, se dirigía hacia la
puerta, el director le detuvo un momento para mostrarle un rostro de
benevolencia, y una mirada de alivio.
–Muchas gracias. Es usted el empleado más leal que he tenido.
El oficinista agachó solícito la cabeza, agradeciendo el cumplido.
Luego, terminó de recoger los discos duros de su mesa –ya no quedaba casi nada–,
los metió en su maletín, y se despidió de sus compañeros diciendo que salía
antes para preparar unas cosas. Sus colegas le dedicaron una beatífica sonrisa;
últimamente lo hacían casi todo el rato, cada vez que empleaba la misma excusa,
no importaba cuánto lo hiciera. Ellos no parecían cansarse: “lo que sea, si es
a causa del amor”. Como decimos, el hombre terminó de vaciar las cosas, las
metió en su maletín, y se fue.
En lo que nadie se fijó fue de que, entre los objetos que nuestro
protagonista se había llevado consigo, uno de ellos había sido el limpiamuebles
que instaló el primer día en un cajón de su mesita, y que en ningún momento,
lloviera o nevara, se fuera o no de vacaciones, había salido de allí. Porque si
alguien se hubiera percatado, y si hubieran conocido más profundamente la
personalidad de su compañero, se habrían dado cuenta de que éste nunca lo
hubiera sacado de su sitio, ni aunque se ausentara de su puesto diez años, si
tuviera en mente regresar…
martes, 1 de agosto de 2023
La historia corta de agosto. Dedicadas a Eduardo Galeano (XX): un concierto inesperado.
Dedicadas a Eduardo Galeano (XX): un concierto inesperado.
Fue muy curioso: cuando detuvimos el coche por una avería en mitad de la carretera, al lado de un claro del bosque, y mi padre (como era habitual en él) enchufaba la música clásica a todo volumen mientras reparaba el motor del coche, un grupo de ciervos se acercaron y quedaron parados, con mirada curiosa, aparentemente extasiados por la poderosa voz de Pavarotti haciendo sombra a los gorjeos de los pájaros. Permanecieron en esa guisa, hasta que finalmente nos marchamos.
Mi
padre se regocijó, orgulloso:
-Por
fin encuentro alguien que sabe apreciar la música que pongo –dijo orgulloso, y
complacido, subió aún más la música, sin importarle los gritos que nosotros
pudiéramos tronar...
lunes, 24 de julio de 2023
Las historias reales de julio: nuevos hilos de Twitter
Unos cuantos relatos en formato hilo (filtradas a través de una página web, para que podáis leerlos los que no teneís Twitter) acerca de esas pequeñas grandes curiosidades que nos dan la vida: por ejemplo, cómo la evolución puede explicar por qué nos encanta el alcohol, el origen de la mesa del Despacho Oval, las peripecias del código de Hammurabi en el Louvre, y cómo perder unas patatas de la manera más tonta. Espero que los disfrutéis.
lunes, 17 de julio de 2023
Los libros no son sólo para el verano: una serie de recomendaciones literarias
Los libros no son sólo para el verano... pero la verdad, tumbados en la playa bajo la sombra, sientan muy bien. Por eso, una serie de recomendaciones rapiditas en esta época en que tenemos más tiempo de lo habitual para leer:
-"Roma desordenada: La ciudad y lo demás" es una recopilación de reflexiones y anotaciones de elección absolutamente personal (como indica el propio título) del diplomático Juan Claudio de Ramón, quien tuvo la suerte de vivir un tiempo en la Ciudad Eterna y, como él mismo dice, hubiera resultado más extraño no escribir un libro sobre la experiencia que abstenerse. Por supuesto, cualquier texto sobre una ciudad que ha mudado tantas veces de piel y vivido tantas vidas va a ser interesante (de hecho, me ha enseñado a reconocer un número más amplio de capas), y en el haber del libro tenemos historias apasionantes, mucha erudición y documentación detrás, y algunas sugerencias bibliográficas dignas de apuntarse -en particular, la película Confidencias y el libro La casa de la vida, que me están permitiendo conocer a uno de esos personajes tan pintorescos que habitan Roma-. En el debe, por contra, flota la sensación de que buena parte del libro no se ha hecho pensando en los lectores, con referencias tan crípticas que sólo los que hemos leído previamente sobre el tema vamos a entender (por supuesto, en alguna seguro que me he perdido). Aparte de eso, este ensayo tiene un poco de todo, desde apreciaciones personales del autor en las que uno no tiene por qué estar de acuerdo -como en cualquier libro- e ilustrativas postales acerca de cómo se sufre la vida cotiiigadores, se embarcan en una serie de disquisiciones a medio camino entre la biología, la antropología, la gastronomía y unas cuantas ciencias más para explicar qué comemos, por qué lo hacemos y, sobre todo, cómo de rico está. Aporta ideas muy interesantes y sorprendentes para un acto sólo aparentemente sencillo como es nutrirse, y satisfará tanto a los que saben del tema como a los aficionados que pretenden encontrar un plato sabroso.
-"El invencible". Esta novela de ciencia ficción de Stanislav Lem (Ciberiada, La voz de su amo) se ha comparado con Solaris, y aunque desde luego no le sale tan redonda, tiene algo en común: Lem reflexiona sobre qué tipo de criaturas podremos encontrarnos cuando exploremos los confines del espacio exterior, y nos obliga a salir de nuestro antropocentrismo. El "pero" es que da la sensación de que a veces la narrativa le estorba, y que ciertas cuestiones tecnológicas están un poco cogidas por los pelos (aunque, por otra parte, Lem se inventa máquinas bastante chulas). En conjunto, sin embargo, como digo, y teniendo en cuenta cómo Lem afronta el misterio y la perspectiva ante las distintas situaciones, bastante recomendable.
-"1177 a.C. El año en que la civilización se derrumbó". A lo largo de este ensayo, Eric H. Cline repasa lo poco y fragmentado que sabemos acerca de esta época en que múltiples civilizaciones del Mediterráneo Oriental (el primer mundo más o menos globalizado que se conoce) decayeron a la vez al final de la Edad de Bronce por culpa de causas sólo hasta cierto punto conocidas, generando una Edad Oscura. El libro se apoya en gran medida en los descubrimientos sobre el terreno (de hecho, traduce un gran número de inscripciones, y cita trabajos de diversas campañas arqueológicas), y por supuesto no consigue resolver el misterio sobre qué pasó exactamente, aunque apunta una interesante hipótesis que no conocía: el hecho de que, en un mundo tan complejo, una serie de factores pequeños concatenados pudieron desencadenar la caída de un sistema que estaba cogido por pinzas, pues se hallaba demasiado interconectado (¿qué pasa si tu economía se basa en exceso del comercio extranjero?), quizá porque todo dependía de unos pocos cuellos de botella. Esta última teoría es interesante, porque si en el pasado esos puntos críticos pudieron ser los centros palaciales que dominaban las redes del comercio internacional, hoy en día podemos establecer analogías al observar cómo fenómenos locales como una guerra en Ucrania o un atasco en el canal de Suez trastocan las conexiones y provocan consecuencias que se traducen en crisis globales. En ese sentido, como siempre, analizar la historia es esencial para comprender el presente, y aunque es difícil establecer comparativas, uno se siente con frecuencia tentado de trazarlas.
lunes, 10 de julio de 2023
La historia corta de julio: "Dedicado a Daniel Rabinovich (o una conversación de mensajería instantánea en medio soluble)"
Dedicado a Daniel Rabinovich
(o una conversación
de mensajería instantánea en medio soluble)
Oye como va
Ah,
bueno.
El
va qué es, un superalimento o algo así?
No, que digo
Que que talva
Calva
lo será tu madre, hijo de puta.
Noooo
Que como stas
Bien, ahí tirando
¿Ah, de reciclaje?
No,
en una boda.
Ah
Quien casa
Yo tengo casa.
¿No te enseñé el contrato de la hipoteca?
Luego te lo mando.
Que de quien es la boda
De
mi cuñado.
Ha
dado un discurso el primo Antonio.
Oye,
qué bien lo ha hecho.
Que
bien hablo.
Sí, claro, tú hablas muy bien.
Ah,
muchas gracias.
Oye, has pensado en lo que te dije
de ir al pueblo
Ah,
sí.
¿Sí qué?
¿Qué
qué?
¿Que si “sí”, vamos, o “sí”, te lo
has pensado?
Aaaaah.
Pues
sí.
COMOOOO
Ya, ya me has dicho que comes. Y que comes va.
No te pases mucho, no vaya a ser indigesto.
Pero que si vamos al pueblo!!!????
Yo estoy en el pueblo.
Yo me he comprado casa en un pueblo.
Yo me he ido de
boda a un pueblo.
Esto parece un diálogo de besugos.
Pues anda carísimo el besugo.
Sí, es verdad, tiene un precio… malditos políticos.
Si es que son todos iguales
Yo tenía de mascota un besugo. ¿O era un pez payaso?
¿Me estás llamando payaso?
¿Pero de quién es el cumple?
No sé, he visto que tenía 46 mensajes sin leer y he pensado que era un cumpleaños.
¿Habéis visto los nuevos emojis?
Qué divertido, jugar a las películas
Creo
que la respuesta es “Pulp Fiction”
Yo compro vocal.
Si vamos al pueblo, deberíamos comprar besugo.
Este mensaje
ha sido eliminado.
¿Quién es ese tal Jesús?
No sé, debe de ser de otro grupo
El de los apóstoles.
En ese yo no estoy. ¿Me habrán excluido?
De uno heavy, por lo menos, con esas melenas
Hay un Jesús en el grupo de padres del cole.
Más gracioso...
Paqui, añade va a la lista de la compra.
Y también besugo.
Perdón, me he equivocado de sitio.
Ay, fijaros este sitio que he encontrado con vídeos de
gatos tan
bonito que acabo de encontrar
Los gatos serán
bonitoSSSS
No, no,
monitos no, gatos, ¿no te lo he dicho?
Deberías
mirar tu teclado, hace cosas raras.
Oye, joder, que si vamos al
pueblo.
Escribiendo…
Escribiendo…
Escribiendo…
djañkdlakdja
Mira, capullo, como me vuelvas a llamar
payaso, tevas a enterar
Ah, y dice Juan que compres la revista Telva.
¿HE LEÍDO TETAS?
¿Al final vamos a por setas?
¿Quién decís que sale en la revista Telva?
No, pero me gustaría verlas.
Escribiendo…
Escribiendo…
Escribiendo…
Escribiendo…
@Arroba1986 ha añadido un audio de 30 minutos
domingo, 2 de julio de 2023
El relato de julio. Una novela por fascículos: "El cajero" (1)
Como muchos de vosotros sabéis, muchas de las grandes novelas del siglo XIX no se publicaban directamente en un libro (al menos al principio), sino que iban saliendo con periodicidad semanal -normalmente acompañando a una revista o periódico-, de tal manera que los lectores tenían que leer un capítulo y esperar a la continuación a la siguiente semana. Este tipo de formato, los llamados fascículos, dejó de utilizarse de manera tan profusa conforme los libros se hicieron más baratos, pero hoy en día, con el auge de Internet, que permite mucho esta clase de experimentación, están empezado a florecer de nuevo. Tenía ganas de ensayar esta posibilidad, y he encontrado un texto que puede casar con ella, así que iré publicando aproximadamente un fragmento al mes a lo largo de las siguientes semanas, en la sección que en este blog suele corresponder con "el relato del mes". Ya sabéis la emoción que llevan aparejadas este tipo de narraciones: no conoces la extensión final del texto, y puede que cada entrega sea la última. Espero que ésta, en particular, la disfrutéis. No os comento mucho más de esta novela (en realidad novela corta), porque creo que es mejor que os introduzcáis en la misma como en la piscina, de un chapuzón, sin conocimiento previo. De todas maneras, al final de esta primera entrega os dejo una breve sinopsis, allá donde encontréis el asterisco*, por si queréis echarle un vistazo. Así que, sin más preámbulos, con vosotros, El cajero:
I
Nuestro hombre abre los ojos. Acaba
de sonar el despertador.
Rápido, tienes que ponerte en
marcha.
Hoy es viernes de carnaval.
Comienza
sus rutinas diarias; sigue un escrupuloso orden, como todas las mañanas, pero
esta vez, más agitado, intranquilo. Se levanta, se pone las gafas situadas en
su mesita de noche, va al cuarto de baño, orina, se lava las manos, se lava la
cara, dos, no, tres veces, ni una más y ni una menos, lava las gafas, pone a
hervir el té. Mientras tanto, mete los papeles en el maletín; le saldría más
práctico hacerlo por la noche, pero no se acostumbra, y para él muy difícil
desprenderse de una costumbre; a continuación, prepara el té; pone las tostadas
en la tostadora; le añade la leche al té. Se bebe el té, saca las tostadas, les
unta mantequilla, se las come, se lava los dientes en las ocho direcciones que recomienda
la Asociación Nacional de Dentistas: vertical con el cepillo vertical, vertical
con el cepillo horizontal, lo mismo, pero por el otro lado de los dientes, por
las encías arriba y abajo, por la lengua arriba y abajo, y por supuesto, nunca
en contra de la dirección de los dientes, pues podría dañarse el esmalte. A
continuación, se viste: una camisa a cuadros sobre un pantalón marrón, es lo
que toca en este día de la semana con esta camisa; las otras opciones serían el
pantalón gris y el negro, nunca el azul, pero no puede ponérselos porque están
metidos dentro de la maleta; luego enciende el televisor, estudia el estado del
tráfico, apaga la televisión, ase el maletín para marcharse, pero no lo hace
todavía, casi se le olvidaba, tacha en el calendario la fecha del día anterior,
y entonces, ahora sí, se marcha, en la que va a ser la jornada más importante
de toda su vida.
Lo primero de todo, se dirige al
trabajo. Llega en metro; lo coge a las siete y media, realmente a y treinta y
uno, le ha interrumpido el paso el semáforo que siempre se pone en rojo a
destiempo, “maldita sea”, se dice el hombre, todos los días me ocurre lo mismo.
Sale a la superficie a las ocho menos once; esta vez el metro anduvo más rápido
de lo habitual, a pesar de hallarse más concurrido. Antes de dirigirse hacia la
oficina, en contra de sus obligaciones, aunque de acorde a lo que lleva
haciendo las últimas semanas, se aleja ligeramente de su ruta típica y se dirige
hacia un lado, a una calle anexa. Le echa un ojo, lo ubica con la vista: ahí
está, efectivamente, localizado, perfecto, la visión específica que ha acudido
a buscar… Nosotros no sabemos lo que es; tan sólo acompañamos la mirada con la
que inspecciona la zona. El lugar donde nuestro protagonista parece descansar
la vista se trata de un callejón estrecho aunque bullicioso, que forma parte de
un cruce con una avenida. Delante de nuestro hombre, al otro lado de la calle
grande, se encuentra un cajero automático; a su izquierda, justo enfrente del
cajero, separado por el callejón, un puesto móvil que vende kebabs, casi más un
carrito; un poco más allá, una joyería, y luego, a ambos lados, una nube de edificios.
El hombre no hace nada al respecto; simplemente, le echa una ojeada general a
todo, y a continuación se va. Son las ocho menos nueve minutos; ya tendría que
estar en la oficina, y por culpa de esa descompensación, más tarde o más
temprano, su úlcera se resentirá.
Sube las escaleras; las ocho menos cinco; luego coloca su abrigo
sobre el perchero, la chaqueta encima de la silla, ajusta de nuevo
milimétricamente (como ya lo hizo la noche anterior) el lapicero y la plaquita
donde pone su nombre y que se encuentra encima de la mesa: debe quedar visible
ante el público, para que los clientes sepan quién es (eso es lo que dictaminan
las ordenanzas: otra cosa es que a los clientes les importe lo más mínimo). A
continuación, abre uno de los cajones. Éste se encuentra casi por completo
vacío: recoge lo único que queda en él (una pequeña carpeta azul) y, con cuidado,
procurando que nadie se dé cuenta, abre el maletín, toma la carpeta, y la deja
caer discretamente. Cae así, a pelo, sin más; sólo tiene que soltar los dos
dedos y la carpeta se coloca como por arte de magia entre sus cosas, aunque también
es debido a que ha dejado un hueco preparado para ella: todo se hallaba
previsto de manera minuciosa. Cierra el cajón a toda velocidad: muy bien, nadie
le ha visto, todo sigue tan normal. La mesa parece, por fuera, igual que el
resto de los días, y sólo él conoce el vacío (y el significado del mismo) que
aloja en su interior. Enciende entonces el ordenador, no sin antes apoyar la
mano derecha sobre la CPU; lo hace en todas las ocasiones, no sabe por qué; le
tranquiliza sentir cómo el calor aumenta conforme el aparato se pone en marcha.
Mientras lo enciende, le echa una ojeada al despacho del jefe; este último
sigue allí, hablando por teléfono, discutiendo sobre los pedidos con el de la
distribuidora, entretenido en sus cosas. Eso es, se dice a sí mismo nuestro
hombre: cuanto más rato esté perdiendo el tiempo con otros asuntos, mejor. El
ordenador se enciende: bien, ahora es el momento. El hombre repasa mentalmente
–no tiene más remedio, no puede dejar constancia escrita de nada de lo que haga
ese día–, los cálculos repasados una y otra vez en su casa y en su mente. Ya no
queda nada, tan sólo un paso final, una o dos operaciones matemáticas, y el
plan habrá sido rematado. Se cerciora de que nadie le está mirando e,
inmediatamente después, con sigilo, se prepara para el iniciar la siguiente
fase. Sin embargo, de improviso, el proceso se interrumpe: suena el teléfono.
–¿Sí?
–¡Hola, cariño!¿Cómo estás?¿Has llegado ya al trabajo?
El hombre, visiblemente turbado, se cubre la boca con la mano al
tiempo que conversa por el auricular; no sabe del todo por qué lo hace, pero no
quiere que el resto de la oficina sepa de qué habla por teléfono. Por un
segundo se plantea que quizá sea por un sentimiento de vergüenza. Entre tanto,
mantiene la cabeza gacha, como si así el resto del mundo no le observara; aun
así, atisba de reojo, para averiguar quién está mirando y quién no.
–Cariño, te he dicho ya que no me gusta que me llames al trabajo…
Sí, claro que estoy en la oficina; de no ser así, no te hubiera respondido por
este teléfono.
–¡Lo siento, es que nunca me termino de aprender los números de la
memoria, no sé si el del trabajo es el uno, o es el dos, o en cambio es el…!
–Mira, perdona, no me dejan mucho tiempo, estoy ocupado –mintió
él, organizando a la vez los lápices, ordenándolos de mayor a menor (ocho
lápices en concreto) con el propósito de tranquilizarse–. ¿Querías decirme algo
en particular?
–Bueno… era para ver si te apetecía que merendásemos juntos esta
tarde.
–Eh… en fin, sí, vale… eh… ¿Dónde quieres que quedemos?
–¿Qué te parece en la pastelería que está al lado de mi casa?¿Ese
sitio te gusta?
–De, de… de acuerdo. Entonces, ¿nos vemos allí… no sé, cuándo te
viene bien?
–A las seis –propuso ella.
–Sí, perfecto, nos vemos en la pastelería a las seis.
–¡Maravilloso!
–Estupendo, sí… Adiós.
Y colgó. Tuvo que sacar un pañuelo para enjugarse el sudor de la
frente. Aquella distracción le había desconcertado: ahora tendría que tomar
resuello, y ponerse de nuevo en acción. De repente, justo lo contrario de lo
que esperaba: uno de sus compañeros de oficina, con un grasiento bollo en las
manos, se aproximaba peligrosamente hacia él.
–¿Cómo va, hombre de la semana?¿Qué tal?¿Preparado para el gran
día?
El oficinista (que sólo puede contemplar la mano de su colega, exudando
aceite y grasa, mientras imagina las pegajosas gotas que caen del dulce
extendiéndose, como una mancha de petróleo, sobre la hasta ahora impoluta
superficie de su mesa) apenas puede responder mientras contiene la respiración.
Alza la vista por encima de sus propias gafas para escrutar directamente la
cara de su compañero, con el objetivo de evitar que su mirada se desplace hacia
el fangoso líquido que se yergue amenazante desde aquellas manos, y que le
causa un indecible horror. Rápido, se dice, tengo que alejarlo de aquí.
–Eh, sí, bueno, sí, aunque preparado, preparado, falta algún…
–¿Ya lo tienes todo listo?–pregunta el otro, como si no hubiera
escuchado nada–. ¿Los invitados, la comida?
–Sí, claro, por supuesto, to…
–¡Espero que no seas tacaño con estas cosas!¡Algunos estamos
deseando ponernos las botas…!
Y levanta el bollo para dejar constancia de aquella afirmación. Nuestro
hombre se espanta a cada segundo más, <<quita eso de mi vista, por favor>>,
transmite a través de sus ojos, <<van a necesitarse años para que desaparezca
el olor de mis fosas nasales>>. Poco importa que no piense acudir por la
oficina el lunes o cualquier otro día del resto de su vida, eso le da lo mismo
a efectos de asco y de repugnancia. Rápido, se repite, debes apartar a ese tipo
de tu mesa cuanto antes.
–¡No te preocupes, Alfredo, no te preocupes por eso, en absoluto!–exclama
con una energía poco común en él, levantándose de la silla, y aplicando una palmada
cariñosa al hombre en su brazo (el que no tiene el bollo), de tal manera que
hasta el otro se sorprende–. ¡Te juro que será una comilona para chuparte los
dedos! Y ahora, por favor, te pediría que marchases, hoy querría salir pronto
–y le guiña el ojo, sabiendo que él comprenderá. El otro, efectivamente,
comprende, y con un gesto afectuoso, <<¡Ay, pillín!>>, se aleja
para molestar a otro sitio. Por fin, susurra en su fuero interno nuestro protagonista,
y saca uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis kleenex con el objeto de limpiar la
mesa: lo hace una, otra, y otra vez, restregándose a su vez los dedos si cree
que la grasa ha rozado levemente sus yemas. Luego saca el pequeño limpiamuebles
que guarda siempre el cajón –ése todavía no se lo ha llevado–, y le pasa un
último trapo a la superficie. Evalúa el resultado definitivo y queda satisfecho;
libre ahora de interferencias externas (y tras aplicarse gel hidroalcohólico en
las manos), nuestro individuo se dispone actuar. Coloca de nuevo la pantalla
del ordenador a la altura de sus ojos, y comienza a escribir. Al tiempo que lo
hace, le echa un ojo de vez en cuando al jefe. Éste sigue a lo suyo, peleado
con los pedidos. Más adelante, nuestro particular conspirador dedica un
riguroso escrutinio a los empleados. Tampoco hay novedad en ese aspecto: el
ligón de turno intentándolo infructuosamente con la secretaria de la oficina,
un repartidor con cascos en las orejas que se desplaza entre un puesto y otro dando
el cante, Alfredo terminando de manchar con el bollo las fotocopias… en resumen,
la estampa habitual. Tras unos minutos de análisis más que calculado, nuestro intrépido
administrativo encuentra la circunstancia ideal: no hay nadie mirando, es el
momento… El hombre contempla la pantalla, y eleva solemne el dedo, para a
continuación descenderlo con ímpetu en dirección a una tecla…
Por fin. Ya está.
Seis meses de planificación y esfuerzos han merecido la pena.
Luego desconecta el programa, cierra los archivos, borra toda hipotética
huella que hayan podido dejar sus pasos. Después, realiza una última comprobación
y lo certifica: cada uno de los hilos de la tela de araña que ha montado brilla
radiante, y resiste de modo incólume frente al viento. De no ser porque, para
él, tan sólo es una obligación (y porque no puede decírselo a nadie, si
pretende que no le pillen), incluso se vanagloriaría orgulloso de lo que ha
logrado.
Ahora sólo queda dejar pasar el día hasta la hora del almuerzo.
El tiempo se le hace eterno. Nuestro hombre se siente agobiado, enjaulado
como un león en una habitación, pese a mantener la programación habitual de su
día a día. Porque él sabe que hoy es distinto, y eso le causa mucho estrés. No
está muy acostumbrado a cambiar de patrón; ya se lo dijo el psicólogo, que no
debía obsesionarse demasiado con las pequeñas modificaciones de su vida, aunque
él no le hizo mucho caso: al fin y al cabo, ir al psicólogo no es un acto
rutinario y, a causa de eso, acudir a su consulta no le convenció nada. Sin
embargo, a pesar de sus cuitas, hasta los minutos acaban por volar. En algún
momento entre el primer instante de angustia y el fin del mundo, llega la hora
de comer. En lugar de bajar con su fiambrera con los demás a la cafetería del
trabajo, se despide de la gente y les dice:
–Hoy me salgo a tomar algo fuera, chicos. Es por mi novia.
Los demás sonríen con aprobación. Sin embargo, nuestro hombre ha
sudado a chorros y a mares al decir esto. No se le da especialmente bien contar
mentiras: se pone muy nervioso, tiene siempre la sensación de que le van a
pillar, y por eso, frecuentemente, van y le pillan. Pero esta vez ha colado; la
gente estaba predispuesta a creerlo, así que marcha al exterior, de nuevo a la
calle donde le vimos con anterioridad.
Allí, encuentra inmediatamente lo que busca. Aprieta el botón para
que el semáforo se ponga en verde. Los coches cruzan a toda velocidad por
encima del paso de peatones, como suele ocurrir en las concurridas calles de
las grandes capitales. Mientras espera, el hombre le echa un vistazo a la
joyería en la otra esquina del cruce. Por dentro, se ve al joyero, de pelo
blanco y regordete, la cara roja como un tomate cuando corre, a pasitos cortos,
detrás de uno de sus clientes. De repente, el oficinista escucha un sonido a su
izquierda.
–¿Quiere un kebab?–vuelve a oír el acento turco de siempre, que
reconocería hasta con los ojos cerrados, de haberlo escuchado tantos días. Lo
que ha cambiado es la posición del carrito, el cual, cada hora presente en un
sitio distinto, le ha pillado en esta ocasión por sorpresa. Nuestro hombre, sintiendo
ya la repugnancia desde antes de volverse, contempla cómo el dueño del puesto,
un tipo abiertamente obeso y con camisa verde, mandil oscuro, la tez, el pelo y
la perilla muy morenos, le tiende un pringoso, repleto de salsa blanca (y de
cientos de extraños y exóticos condimentos), muy cargado kebab.
–No, gracias –responde con repelús nuestro oficinista favorito,
que tiene que cerrar los ojos para reprimir un escalofrío. Mientras tanto, al
otro lado de la calle, desde el edificio a la derecha del cajero, un hombre con
gabardina, maletín, y sombrero, de pelo cano y hombros anchos, sale decidido al
exterior. Una mujer de su misma edad, que asemeja ser su esposa, baja en bata y
zapatillas a la acera. La recién aparecida corre unos cuantos metros detrás del
tipo (ambos se encaminan, desde la perspectiva del oficinista, en dirección a
la joyería) y cruza, casi sin mirar, el estrecho callejón, a través de un paso
de cebra sin semáforo; el marido, mientras tanto, termina por hacerle caso a su
esposa, aunque parece mucho más empeñado en evitar el escándalo.
–¿Otra vez a trabajar?¿Otra vez a trabajar?–repite con angustia la
mujer, en un tono de voz nada resignado–. ¡Es carnaval!¿Es que no puedes reservar
ni un poco de tiempo para tu familia?
–Cariño, ya te he dicho que no tengo más remedio…
–¡Sí, sí, eso me dices siempre, y en Navidades, y en vacaciones,
y…!
–¿Seguro que no quiere un kebab?
Nuestro hombre vuelve a girar la cabeza.
–¡Ya le he dicho que no!–insiste encolerizado.
El dueño del restaurante alza los brazos al cielo.
–¡Todos los días lo mismo!¡Llevo dos semanas ofreciéndole mis
deliciosos kebabs, y usted siempre, no, no, no, no!¿Qué pasa?¡Se lo puedo
asegurar, están ricos!¡Son los mejores de la ciudad!
–No me gustan los kebabs –dice el hombre, tratando de huir de tan
incómoda situación.
–¿Cuántos kebabs ha comido?¿Dónde?¿Cuándo los ha probado?
–No me gusta experimentar cosas nuevas –responde el otro de manera
demasiado sincera, quizá porque está apretando insistentemente al botón del semáforo
con el objetivo de escapar.
–¡Pero cómo va a saber si le gustan, si no los ha probado!–separó
mucho entre sí el vendedor estas últimas cinco palabras, dándole así más
énfasis a cada una. Con los sucesivos movimientos de brazo, agitaba todavía más
el kebab, de modo que la salsa comenzaba a pringarle los dedos y la mano.
–¡Le he dicho que no!–casi suplicó el oficinista. Entonces el
semáforo se puso en verde, y pudo cruzar por fin al otro lado de la calle, así
que corrió a toda velocidad hacia allá.
–¡Pues algún día los comerá y, ese día, verá que están riquísimos!–le
gritó el turco, pero nuestro hombre ya no escuchaba; había llegado al otro
lado, hasta el cajero. “Al fin”, suspiró. A veces da la sensación que, cuando
uno anda en pos de un objetivo, todas las circunstancias del universo se
interponen en el camino para dificultárselo, al contrario de lo que dice la
frase de Paulo Coelho, ¿o era de otro? “Da igual”, aparta nuestro individuo ese
fútil pensamiento de su cabeza: se encuentra donde quería, después de todo. Resopla
aliviado delante del cajero. Introduce su tarjeta y el número secreto. Otea furtivamente
a su alrededor, al edificio a la derecha del cajero –si lo estás mirando de
frente–, aquel del que han salido el hombre de la gabardina y la mujer en
zapatillas. Más tarde nos encargaremos de ese edificio (en homenaje a la
silueta de un hombre tirando a obeso que hay dibujada en la puerta, lo denominaremos
“portal de la silueta”); pero, por ahora, no nos vamos a centrar en él. Simplemente
diremos que la ventana a la que mira nuestro hombre –luego veremos por qué le
está prestando atención– se halla cerrada. Sigamos contemplando el entorno:
detrás del hombre en el cajero se localiza el puesto de kebabs, al otro lado de
la calle. En cambio, a la izquierda del individuo, si este girara la cabeza, se
encontraría primero el paso de peatones sin semáforo, luego la joyería y,
después, un segundo portal. Allí, delante de la puerta, un chico joven está
besando a la que parece ser su novia, una muchacha morena con gafas. No es en verdad
muy guapa, pero, eso sí, sonríe mucho. Inmediatamente después del beso y de un
ligero gesto de despedida, ella marcha en dirección al edificio, y es entonces
cuando el hombre joven se encamina hacia la derecha y ejecuta una señal. De
repente, aparece un individuo rechoncho, muy moreno, con pinta de latinoamericano,
tal vez de México. El joven apunta a la entrada del edificio, como
preguntándole si se ha fijado bien: luego señala hacia arriba e indica un piso.
El mexicano asiente, tácito, demostrándole que ha comprendido. Entonces, el
joven abre su cartera, le entrega un fajo de billetes, y el mexicano, muy
sonriente, se despide. Cada cual se marcha por su lado, en direcciones
opuestas. Nuestro hombre, mientras tanto, gira la vista, apartando la atención
de esa escena que ha terminado, y constata que el cajero automático le está
preguntando qué quiere hacer. Comprueba el estado de sus finanzas. Observa su
saldo.
–Ya casi –se dice–. Un poco más…
El individuo extrae una cierta suma de dinero, no mucha, aunque sí
lo suficiente para un par de aplicaciones interesantes. Todavía queda bastante efectivo
en la cuenta, tampoco una cantidad exorbitante –nuestro héroe no es ni mucho
menos millonario–, pero sí en una proporción que podría definirse fácilmente
como “los ahorros de toda una vida”, si les sumamos esas asiduas salidas de
dinero que este individuo ha estado realizando durante las últimas dos semanas,
en horarios variados, aunque sobre todo al inicio del día y a la hora de comer.
El hombre guarda el dinero, y se despide silenciosamente del cajero. Nos veremos
esta noche, se dice. Cuando marcha, procura evitar pasar cerca del puesto de kebabs.
Al desviarse, se cruza con la señora en zapatillas de andar por casa, la cual,
con los brazos en jarras, ahora que ya no está su marido, y mientras contempla
un infinito que no le devuelve la mirada, sigue todavía plantada allá.




