lunes, 14 de agosto de 2023

Nueva entrega de "El Gato de Hubble": Ramón y Cajal, el concurso

Bienvenidos a una nueva entrega de "El Gato de Hubble", donde hemos decidido en esta ocasión montar un concurso acerca de la figura del único premio Nobel de ciencias 100% español, el insigne Santiago Ramón y Cajal. Como veréis, a través de las preguntas y las respuestas aprenderemos un poco sobre de sus descubrimientos, pero también detalles anecdóticos (muy jugosos y divertidos) acerca de su vida, la cual ilustra de manera diáfana el panorama de la ciencia española e internacional en su tiempo, y también arroja luz sobre cómo está la situación en la época actual. Lo dicho, espero que con el programa descubráis cosas nuevas en relación a una biografía menos encorsetada de lo que parece y, sobre todo, os lo paséis bien. Un saludo.

Santiago Ramón y Cajal tuvo una vida agitada. A lo largo de su existencia fabricó un cañón (de niño), practicó la pintura, la fotografía y el culturismo (como podemos ver en la fotografía de arriba), casi le matan en la guerra (no sólo a tiros, y no sólo el enemigo), hubo de arrastrar a alguien del brazo para que la ciencia le hiciera caso, y tuvo un hermano con un periplo vital todavía más aventurero (hasta vivió una revolución). Si con esto no tenéis ganas de escuchar el programa, yo ya...

Posdata: como sé que alguno no tiene mucho tiempo para llegar al final de los podcast, pero pueden interesarle recomendaciones bibliográficas, aquí la biografía que recomendé de Ramón y Cajal (en la que escribe el mayor experto en el tema, Juan De Carlos Segovia, responsable del Legado Cajal), aquí la serie de televisión (que esperemos que ya se pueda ver sin problemas), y aquí algunos textos escritos por nuestro científico favorito que pueden encontrarse en librerías -en las bibliotecas, sin duda, habrá más-. Un saludo.


lunes, 7 de agosto de 2023

El relato de agosto: Una novela por fascículos. El cajero (2)

Continuación de la novela que empezamos en este post y cuya sinopsis podéis leer al final de esta entrada, siguiendo el asterisco*. Que disfrutéis esta entrega. 

Después de almorzar en un restaurante cercano –lejos, muy lejos del carrito de los kebabs–, nuestro protagonista retorna a la oficina. Allí, tiene que prepararse para poner en marcha el plan que lleva pergeñando durante tanto tiempo. No obstante, el modo de hacerlo es vital: si la fastidia ahora, nada de lo que ha preparado en las semanas previas habrá servido en absoluto. Por eso, tiene que andar con mucho tiento, poner los cinco sentidos y, sobre todo, salirse de los parámetros habituales. Algo que le provoca sudores fríos con sólo pensarlo.

Pero no puede detenerse en menudencias como su propio equilibrio interior. Lo primero de todo es levantarse. Acercarse hasta la mesa de uno de los encargados de contabilidad. No estamos hablando de un pez gordo, nada de eso: un empleado normalillo, imberbe, un mindundi de los que se tienen que pelear con la secretaria (que aún no se ha aprendido ni su nombre) porque no le han pasado de modo correcto la nómina. Llegar hasta la mesa, apoyar un brazo sobre ella y preguntar:

–Oye, perdona, ¿podrías pasarme los balances del último mes del área de seguros? Es que lo necesito para hacer la estadística anual.

No es mentira. Realmente los necesita.

–Sí, cómo no –contesta el hombre–. En media hora o cosa así te los envío.

–De acuerdo –sonríe nuestro individuo. Y se da la vuelta de nuevo hacia su asiento, no sin reprimir una leve expresión de satisfacción. “Allá va”, se dice a sí mismo. Da igual que a partir de ahora él no tenga nada que ver con esto ni colabore con los movimientos que se van a producir después: el oficinista ha accionado el resorte, como el que tira primero una ficha de dominó, y desde entonces el resto, cual autómatas, provocará la caída de todas las demás. A partir de este momento, tan sólo se trata de contemplar cómo la bola de nieve echa a rodar.

Y empieza. Desde su posición, en frente de la del tipo de contabilidad, nuestro hombre puede ver al jovencito, de pelo rubio y mirada tranquila, comenzar a mostrar un rictus de consternación conforme coteja los datos en la pantalla con los documentos que tiene impresos sobre la mesa. Algo le extraña. Se incorpora. “En marcha”, susurra casi en voz alta nuestro hombre. La bola coge impulso. El empleado se dirige hacia el jefe de contabilidad.

Ambos mantienen un tenso diálogo mientras revisan los datos y vuelven de manera repetida al ordenador, rascándose la cabeza. Nuestro hombre no sabe leer los labios, pero conoce la conversación: la ha repasado en su mente una y mil veces, <<no puede ser>>, <<seguro que es un error>>, <<esto hay que hablarlo con el jefe de ventas>>, <<sí, esto hay que hablarlo con el jefe de ventas>>.

Allí se encaminan los dos, hacia el jefe de ventas. Le explican, le cuentan: el jefe de contabilidad lleva la voz cantante; el empleado matiza los detalles concretos de cómo encontró el fallo, y qué medidas tomó a continuación. Pasan cinco minutos, y se mueven los tres, como un grupo de patitos, hacia el despacho del director. Otra pieza caída, reitera una de las metáforas mentales nuestro hombre. Todo está saliendo según el plan.

Lo siguiente que ocurre es que la terna de individuos penetra en el despacho: el directivo se encuentra hablando por teléfono, alza la mano pidiéndoles un minuto; termina la conferencia, cuelga, pregunta qué pasa, y entonces le explican la situación. Primero el jefe de ventas, al rato le interrumpe el de contabilidad, más adelante el empleado… El director engasta en su rostro expresión de perplejidad primero, y más tarde cara de angustia. Él también se inclina sobre el ordenador: en definitiva, algo pasa, y ante esta circunstancia, sólo pueden recurrir a…

–Perdone, ¿podría venir un momento, por favor?

Nuestro empleado modélico asiente obediente. Se levanta, caminando con un inocente fichero bajo el brazo. Llega hasta la oficina del director: <<¿para qué me requieren?>>, pregunta, y entonces le explican. El hombre exhibe una mueca de asombro, quizá algo sobreactuada, como si no supiera nada del asunto, <<qué raro>>, manifiesta, <<eso no debería ser así>>. Se sienta delante del ordenador del jefe ―por supuesto, antes ha perdido permiso—. Le dejan hacer; es ahora quien tiene el control, aunque se trate del subordinado. Nuestro hombre revisa a lo largo de las cuentas y los balances y finalmente declara, sólo a uno de los presentes:

–Señor, me gustaría, si es posible, hablar con usted en privado.

El director despliega un leve ademán, que indica que los encargados de contabilidad y el jefe de ventas deben marcharse. A buen entendedor pocas palabras bastan, y los tres se levantan, no sin antes devolver una respetuosa reverencia al director, a la cual éste no responde. Nuestro hombre se levanta, y mira de modo muy firme a su superior:

–Me temo, señor, que esto ha sido obra de un hacker.

–¿Un… un hacker, dice?–repite el director, con un amago de incredulidad–. ¿Está usted seguro?

–Eso me temo, señor.

            –¿Pero, por qué?¿Quién querría hacernos esto?

–Quién sabe. Puede haberlo llevado a cabo bajo la órdenes de una empresa rival, o por iniciativa propia. Creo, señor, que lo más probable, en este caso, es que se trate de esta última opción.

–¿Y para qué quiere un hacker meterse en nuestro sistema de transferencias bancarias?¿Qué pretende, apropiarse del dinero?¿Ha sido alguien desde dentro de la empresa?

–Lo veo poco factible, señor. Quiero decir, por lo que puedo ver aquí, echándole un vistazo a las cuentas, realmente no se ha llegado a sustraer efectivo de nuestros fondos. Simplemente se ha trasladado, de manera aleatoria, azarosa y, sobre todo, caótica de cara a los sistemas de registro y cálculo. Ha habido transferencias que deberían haberse dirigido a la sede central en Ginebra, y han ido a parar aquí, o en cambio traspasos que tendrían que haber hecho el camino inverso, y han terminado en Ginebra… Francamente, señor, si hubiera sido un miembro de la empresa, creo que habría tratado de sacar beneficio de un robo. Sin embargo, al no hacerlo, deduzco que probablemente ha sido un adolescente que ha querido divertirse a nuestra costa, y desmontar nuestro sistema informático.

–¿Entonces, los fondos no han desaparecido?¿Podemos estar tranquilos?

–Yo no diría tanto, señor. Primero, porque no estamos en condiciones de asegurar que el presunto hacker no se ha llevado una pequeña cantidad de dinero, la cual no seamos capaces de detectar en este somero análisis que estamos haciendo; y segundo, porque, independientemente de que no haya sido así, nuestros balances anuales se han convertido ahora mismo en un desastre. Unas cuentas así no pueden presentarse, no tienen orden ni sentido ni ninguna clase de lógica interna: si el Mercado de Valores o la Comisión Nacional vieran estos registros, nos cerrarían inmediatamente por falta de transparencia y por anarquía contable, al menos respecto al seguimiento de las normas establecidas por los organismos internacionales.

–¡Dios mío! ¿Y qué podemos hacer al respecto?

–Señor, le seré sincero –se puso muy serio el oficinista, si se podía estarlo más, elevando sus gafas con un solo dedo por encima del puente de su nariz–. Este asunto requiere de una urgencia inmediata. Además, necesitamos averiguar si el fenómeno se ha producido únicamente a este nivel, o ha ocurrido con varias de nuestras sedes en distintos lugares del mundo. Es necesario que uno de nuestros empleados se traslade de inmediato hacia la sede central en Ginebra para resolver el problema.

–¿Un empleado?¿De aquí, de esta oficina?

–En efecto, señor. Alguien que conozca esta empresa por dentro, y opere desde la sede central, para así desvelar los procedimientos y las técnicas que ha seguido el hacker, y el daño que haya podido causar a los cimientos informáticos del sistema.

–¿Y quién cree usted que habría de trasladarse hasta allí?

–No es mi tarea decidirlo, señor. Pero debería ser un hombre capaz, discreto, que lleve este asunto como mucho tacto y sigilo. Tenga usted en cuenta que el hacker ha sido muy cuidadoso borrando el rastro de sus delitos. Podría ser cualquiera; todavía no hemos de descartar que se trate de alguien de la propia empresa. No sabemos qué va a ocurrir; de hecho, ni siquiera considero prudente que los directivos de la compañía conozcan cuál será de veras el cometido del hombre encargado de arreglar este entuerto. Por tanto, ha de ser un individuo capaz, versado en el tema, que sepa llevar una investigación sistemática y exhaustiva… y, repito, que dosifique la información, porque si instancias superiores se enteraran de lo acontecido… Bien, señor, no quisiera preocuparle, pero al fin y al cabo, al primero al que le pedirían responsabilidades sería a usted.

–¿A mí?–se sorprendió el hombre con la bisoñez de quien, pese a acumular ascensos y sueldo año tras año, no se considera a cargo de nada.

–Sí, señor. Sé que es injusto, porque es usted un hombre de convicciones íntegras, pero me temo, señor, que aunque todos sus empleados nos pusiéramos de rodillas ante el Director General en Ginebra, por desgracia este gesto no serviría para conmover al consejo de administración. Al fin y al cabo, usted está a cargo de todo lo que suceda aquí, e incluso, dado el nivel de acceso al que ha tenido el hacker, podría ser considerado el primer sospe…

–¡Entonces, hay que mandar a alguien!¡Inmediatamente!

–No podría estar más de acuerdo, señor.

–¡Y esto tiene que restringirse a los que ya lo conocemos!

–Sería conveniente, señor.

–Entonces… ¡Ya está, ya lo tengo!¡Irá usted!

Nuestro hombre tuvo que reprimir unas fuerzas gigantescas dentro de su cuerpo para no carcajear.

–¿Yo, señor? En fin, me siento honrado ante tanto honor, pero… La verdad es que tengo mucho trabajo acumulado...

–¡No importa, no se preocupe, le pondremos un sustituto, seguro que sus obligaciones estarán bien cubiertas aquí!

–La investigación durará seguramente varios meses… Puede que incluso años.

–¡Le firmaremos un justificante, le subiré el sueldo, le perdonaremos cualquier balance que no le haya dado tiempo a hacer, pero marche nada más pueda, tome el primer avión hacia Ginebra!

–De acuerdo, señor; aunque, puesto que llega el fin de semana, no podré comenzar a trabajar allí hasta el lunes. De tal manera que compraré los billetes del aeropuerto nada más salir hoy viernes, y el sábado partiré para Ginebra.

–¡El sábado! Pero el sábado… ¡Oh, se me había olvidado!¿Y su…?

–Por eso no se inquiete, señor: estoy seguro de que mi… Bueno, en fin, que sabrá entender la extremada gravedad de la situación. Se lo explicaré razonada y calmadamente, y con eso será suficiente: ella lo comprenderá.

–¿Quiere que le escriba un justificante?¿O que se lo diga por teléfono, para así explicarle…?

–No, señor; perdón, señor, por mi brusquedad, quiero decir que no sería conveniente. Al fin y al cabo, todas ésas constituirían pruebas documentales, bien escritas o habladas, de que me marcho a Ginebra y, ya le digo, cuanto menos gente sepa de este asunto, mejor. De hecho, como el culpable puede hallarse aquí, es conveniente que nadie de la empresa sea consciente de que me desplazo a Suiza. En realidad, lo mejor que puede usted decirle a la gente es que me he ido de viaje de bodas; sin duda lo aceptarán, dadas las circunstancias. Y, le pregunten lo que le pregunten, sea quien sea, venga de donde venga, lo mejor es que no diga nada: incluso, señor, aunque se trate de miembros de mi familia.

–¿Miembros de su familia?-la reiteración sonó como un eco, pero a nuestro hombre le venía bien, porque era justo la respuesta que había ensayado en sus diálogos mentales.

–Ya le digo, señor, este asunto es tan delicado que, cuantos menos individuos estén al tanto, emjor, mejor. Las filtraciones son algo muy temible, sobre todo cuando interviene la familia; si le dice usted la verdad a cualquier persona, al instante toda la empresa sabrá que me he trasladado a Ginebra, y entonces, el presunto hacker se verá alertado, y borrará todavía más su rastro. Y al Consejo de Administración no le gustaría que usted…

–¡Sí, sí, lo capto, no decírselo a nadie!

–A nadie.

–A quien sea.

–Ni siquiera a mi novia.

–¿A su novia? -la cara del director indicaba que en este tema tenía que hilar fino-. ¿Pero no se lo va a decir usted?

–Yo sí, señor. Sin embargo, en ese tipo de ruines estrategias, ya sean urdidas por un particular, ya sea por una empresa rival, pueden emplearse un surtido de técnicas de espionaje y de tácticas simulativas. Fingir la voz, disfrazarse para hacerse pasar por alguien cercano a los implicados… En definitiva, todo tipo de siniestras y sofisticadas maniobras con tal de descubrir nuestros planes futuros. Y no queremos darle facilidades al enemigo.

–Efectivamente, no queremos darle facilidades al enemigo.

–Bien, entonces, creo que todos los puntos están aclarados. Ah, menos uno. Deberá usted avisar a Ginebra de que voy, pero inventarse un motivo falso.

–No se preocupe, eso corre de mi cuenta.

–Pues entonces, señor, no hay mucho más que añadir. Voy a ponerme con lo que le he dicho.

–Hágalo. Cuanto antes.

–Tendré que salir a comprar el billete –dijo palpándose el bolsillo de la chaqueta donde guardaba la cartera, y dentro de ella, un ticket de avión.

–Tiene usted el resto de la tarde libre. Pero váyase, por favor, cuanto antes mejor.

–Muy bien, señor. Si me permite expresarlo, y por si no nos volvemos a ver en mucho tiempo, he de decirle que ha sido un honor trabajar a su lado durante estos años.

–Yo también estoy orgulloso de usted. Y ahora, en marcha, en seguida, en seguida.

Mientras nuestro hombre, con paso firme, se dirigía hacia la puerta, el director le detuvo un momento para mostrarle un rostro de benevolencia, y una mirada de alivio.

–Muchas gracias. Es usted el empleado más leal que he tenido.

El oficinista agachó solícito la cabeza, agradeciendo el cumplido. Luego, terminó de recoger los discos duros de su mesa –ya no quedaba casi nada–, los metió en su maletín, y se despidió de sus compañeros diciendo que salía antes para preparar unas cosas. Sus colegas le dedicaron una beatífica sonrisa; últimamente lo hacían casi todo el rato, cada vez que empleaba la misma excusa, no importaba cuánto lo hiciera. Ellos no parecían cansarse: “lo que sea, si es a causa del amor”. Como decimos, el hombre terminó de vaciar las cosas, las metió en su maletín, y se fue.

En lo que nadie se fijó fue de que, entre los objetos que nuestro protagonista se había llevado consigo, uno de ellos había sido el limpiamuebles que instaló el primer día en un cajón de su mesita, y que en ningún momento, lloviera o nevara, se fuera o no de vacaciones, había salido de allí. Porque si alguien se hubiera percatado, y si hubieran conocido más profundamente la personalidad de su compañero, se habrían dado cuenta de que éste nunca lo hubiera sacado de su sitio, ni aunque se ausentara de su puesto diez años, si tuviera en mente regresar…


*
SINOPSIS DE EL CAJERO

Un hombre va a cambiar de vida. Pero, para hacerlo, antes tiene que pasar por un cajero automático para retirar todo su dinero. El problema es que, cuando lo está haciendo, hay un apagón. El problema es que afecta a toda la ciudad. El problema es que el hombre tiene que coger un avión, pero no se atreve a dejar el cajero solo. Así que, sin moverse del sitio, va a emprender un viaje que, en efecto, va a modificar su existencia... La ventaja es que no sabe adónde le conducirá.

martes, 1 de agosto de 2023

La historia corta de agosto. Dedicadas a Eduardo Galeano (XX): un concierto inesperado.

 Dedicadas a Eduardo Galeano (XX): un concierto inesperado.

            Fue muy curioso: cuando detuvimos el coche por una avería en mitad de la carretera, al lado de un claro del bosque, y mi padre (como era habitual en él) enchufaba la música clásica a todo volumen mientras reparaba el motor del coche, un grupo de ciervos se acercaron y quedaron parados, con mirada curiosa, aparentemente extasiados por la poderosa voz de Pavarotti haciendo sombra a los gorjeos de los pájaros. Permanecieron en esa guisa, hasta que finalmente nos marchamos.

            Mi padre se regocijó, orgulloso:

            -Por fin encuentro alguien que sabe apreciar la música que pongo –dijo orgulloso, y complacido, subió aún más la música, sin importarle los gritos que nosotros pudiéramos tronar...

lunes, 17 de julio de 2023

Los libros no son sólo para el verano: una serie de recomendaciones literarias

Los libros no son sólo para el verano... pero la verdad, tumbados en la playa bajo la sombra, sientan muy bien. Por eso, una serie de recomendaciones rapiditas en esta época en que tenemos más tiempo de lo habitual para leer:

-"Roma desordenada: La ciudad y lo demás" es una recopilación de reflexiones y anotaciones de elección absolutamente personal (como indica el propio título) del diplomático Juan Claudio de Ramón, quien tuvo la suerte de vivir un tiempo en la Ciudad Eterna y, como él mismo dice, hubiera resultado más extraño no escribir un libro sobre la experiencia que abstenerse. Por supuesto, cualquier texto sobre una ciudad que ha mudado tantas veces de piel y vivido tantas vidas va a ser interesante (de hecho, me ha enseñado a reconocer un número más amplio de capas), y en el haber del libro tenemos historias apasionantes, mucha erudición y documentación detrás, y algunas sugerencias bibliográficas dignas de apuntarse -en particular, la película Confidencias y el libro La casa de la vida, que me están permitiendo conocer a uno de esos personajes tan pintorescos que habitan Roma-. En el debe, por contra, flota la sensación de que buena parte del libro no se ha hecho pensando en los lectores, con referencias tan crípticas que sólo los que hemos leído previamente sobre el tema vamos a entender (por supuesto, en alguna seguro que me he perdido). Aparte de eso, este ensayo tiene un poco de todo, desde apreciaciones personales del autor en las que uno no tiene por qué estar de acuerdo -como en cualquier libro- e ilustrativas postales acerca de cómo se sufre la vida cotiiigadores, se embarcan en una serie de disquisiciones a medio camino entre la biología, la antropología, la gastronomía y unas cuantas ciencias más para explicar qué comemos, por qué lo hacemos y, sobre todo, cómo de rico está. Aporta ideas muy interesantes y sorprendentes para un acto sólo aparentemente sencillo como es nutrirse, y satisfará tanto a los que saben del tema como a los aficionados que pretenden encontrar un plato sabroso.

-"El invencible". Esta novela de ciencia ficción de Stanislav Lem (Ciberiada, La voz de su amo) se ha comparado con Solaris, y aunque desde luego no le sale tan redonda, tiene algo en común: Lem reflexiona sobre qué tipo de criaturas podremos encontrarnos cuando exploremos los confines del espacio exterior, y nos obliga a salir de nuestro antropocentrismo. El "pero" es que da la sensación de que a veces la narrativa le estorba, y que ciertas cuestiones tecnológicas están un poco cogidas por los pelos (aunque, por otra parte, Lem se inventa máquinas bastante chulas). En conjunto, sin embargo, como digo, y teniendo en cuenta cómo Lem afronta el misterio y la perspectiva ante las distintas situaciones, bastante recomendable.

-"1177 a.C. El año en que la civilización se derrumbó". A lo largo de este ensayo, Eric H. Cline repasa lo poco y fragmentado que sabemos acerca de esta época en que múltiples civilizaciones del Mediterráneo Oriental (el primer mundo más o menos globalizado que se conoce) decayeron a la vez al final de la Edad de Bronce por culpa de causas sólo hasta cierto punto conocidas, generando una Edad Oscura. El libro se apoya en gran medida en los descubrimientos sobre el terreno (de hecho, traduce un gran número de inscripciones, y cita trabajos de diversas campañas arqueológicas), y por supuesto no consigue resolver el misterio sobre qué pasó exactamente, aunque apunta una interesante hipótesis que no conocía: el hecho de que, en un mundo tan complejo, una serie de factores pequeños concatenados pudieron desencadenar la caída de un sistema que estaba cogido por pinzas, pues se hallaba demasiado interconectado (¿qué pasa si tu economía se basa en exceso del comercio extranjero?), quizá porque todo dependía de unos pocos cuellos de botella. Esta última teoría es interesante, porque si en el pasado esos puntos críticos pudieron ser los centros palaciales que dominaban las redes del comercio internacional, hoy en día podemos establecer analogías al observar cómo fenómenos locales como una guerra en Ucrania o un atasco en el canal de Suez trastocan las conexiones y provocan consecuencias que se traducen en crisis globales. En ese sentido, como siempre, analizar la historia es esencial para comprender el presente, y aunque es difícil establecer comparativas, uno se siente con frecuencia tentado de trazarlas.

lunes, 10 de julio de 2023

La historia corta de julio: "Dedicado a Daniel Rabinovich (o una conversación de mensajería instantánea en medio soluble)"

A todos nos ha pasado en un grupo de Whatsapp o similares. Lo escribimos mal (por el autocorrector o por la prisa), el otro lo interpreta peor... y ya se ha liado. Una conversación que les sonará mucho a miembros de grupos de padres del cole o de otro tipo:

Dedicado a Daniel Rabinovich

(o una conversación de mensajería instantánea en medio soluble)

 

Oye como va

                                                  Ah, bueno.

                                                  El va qué es, un superalimento o algo así?

 

No, que digo

Que que talva

                                                   Calva lo será tu madre, hijo de puta.

Noooo

Que como stas

                                                   Bien, ahí tirando

¿Ah, de reciclaje?

                                                   No, en una boda.

Ah

Quien casa

                                                    Yo tengo casa.

                                                     ¿No te enseñé el contrato de la hipoteca?

                                                     Luego te lo mando.

Que de quien es la boda

                                                     De mi cuñado.

                                                      Ha dado un discurso el primo Antonio.

                                                     Oye, qué bien lo ha hecho.

                                                     Que bien hablo.

Sí, claro, tú hablas muy bien.

 

                                                    Ah, muchas gracias.

Oye, has pensado en lo que te dije de ir al pueblo

                                                     Ah, sí.

¿Sí qué?

                                                    ¿Qué qué?

¿Que si “sí”, vamos, o “sí”, te lo has pensado?

                                                    Aaaaah.

                                                     Pues sí.

COMOOOO

                                                                Ya, ya me has dicho que comes. Y que comes va.

                                                     No te pases mucho, no vaya a ser indigesto.

Pero que si vamos al pueblo!!!????

                                                     Yo estoy en el pueblo.

                                                      Yo me he comprado casa en un pueblo.

                                                      Yo me he ido de boda a un pueblo.

Esto parece un diálogo de besugos.

                                                      Pues anda carísimo el besugo.

                                                        Sí, es verdad, tiene un precio… malditos políticos. 

                                                        Si es que son todos iguales

                                                        Yo tenía de mascota un besugo. ¿O era un pez payaso?

                                                        ¡FELIZ CUMPLEEEEE!

                                                        ¿Me estás llamando payaso?

¿Pero de quién es el cumple?

                                                        No sé, he visto que tenía 46 mensajes sin leer y he pensado que era un cumpleaños.

                                                        ¿Habéis visto los nuevos emojis?


                                                                  Qué divertido, jugar a las películas

                                                          Creo que la respuesta es “Pulp Fiction”

Yo compro vocal.

                                                           Si vamos al pueblo, deberíamos comprar besugo.

                                                           Este mensaje ha sido eliminado.

                                                                               

                                                            ¿Quién es ese tal Jesús?

No sé, debe de ser de otro grupo

                                                            El de los apóstoles.

En ese yo no estoy. ¿Me habrán excluido?

                                                           De uno heavy, por lo menos, con esas melenas

Hay un Jesús en el grupo de padres del cole. 

Más gracioso...

Paqui, añade va a la lista de la compra.

Y también besugo.

Perdón, me he equivocado de sitio.

                                                          Ay, fijaros este sitio que he encontrado con vídeos de

gatos tan bonito que acabo de encontrar

Los gatos serán bonitoSSSS

No, no, monitos no, gatos, ¿no te lo he dicho?

Deberías mirar tu teclado, hace cosas raras.

Oye, joder, que si vamos al pueblo.

                                                          Escribiendo…

                                                          Escribiendo…

                                                          Escribiendo…

                                                          djañkdlakdja

                                                          Mira, capullo, como me vuelvas a llamar 

                                                           payaso, tevas a enterar

                                                           Ah, y dice Juan que compres la revista Telva.

                                                           ¿HE LEÍDO TETAS?

                                                           ¿Al final vamos a por setas?

                                                            ¿Quién decís que sale en la revista Telva?

No, pero me gustaría verlas.


Escribiendo…

Escribiendo…

                                                          Escribiendo…

                                                          Escribiendo…

@Arroba1986 ha añadido un audio de 30 minutos

domingo, 2 de julio de 2023

El relato de julio. Una novela por fascículos: "El cajero" (1)



Portada de Joleene Naylor para la novela corta "El cajero"

Como muchos de vosotros sabéis, muchas de las grandes novelas del siglo XIX no se publicaban directamente en un libro (al menos al principio), sino que iban saliendo con periodicidad semanal -normalmente acompañando a una revista o periódico-, de tal manera que los lectores tenían que leer un capítulo y esperar a la continuación a la siguiente semana. Este tipo de formato, los llamados fascículos, dejó de utilizarse de manera tan profusa conforme los libros se hicieron más baratos, pero hoy en día, con el auge de Internet, que permite mucho esta clase de experimentación, están empezado a florecer de nuevo. Tenía ganas de ensayar esta posibilidad, y he encontrado un texto que puede casar con ella, así que iré publicando aproximadamente un fragmento al mes a lo largo de las siguientes semanas, en la sección que en este blog suele corresponder con "el relato del mes". Ya sabéis la emoción que llevan aparejadas este tipo de narraciones: no conoces la extensión final del texto, y puede que cada entrega sea la última. Espero que ésta, en particular, la disfrutéis. No os comento mucho más de esta novela (en realidad novela corta), porque creo que es mejor que os introduzcáis en la misma como en la piscina, de un chapuzón, sin conocimiento previo. De todas maneras, al final de esta primera entrega os dejo una breve sinopsis, allá donde encontréis el asterisco*, por si queréis echarle un vistazo. Así que, sin más preámbulos, con vosotros, El cajero:


I

 

            Nuestro hombre abre los ojos. Acaba de sonar el despertador.

            Rápido, tienes que ponerte en marcha.

            Hoy es viernes de carnaval.

            Comienza sus rutinas diarias; sigue un escrupuloso orden, como todas las mañanas, pero esta vez, más agitado, intranquilo. Se levanta, se pone las gafas situadas en su mesita de noche, va al cuarto de baño, orina, se lava las manos, se lava la cara, dos, no, tres veces, ni una más y ni una menos, lava las gafas, pone a hervir el té. Mientras tanto, mete los papeles en el maletín; le saldría más práctico hacerlo por la noche, pero no se acostumbra, y para él muy difícil desprenderse de una costumbre; a continuación, prepara el té; pone las tostadas en la tostadora; le añade la leche al té. Se bebe el té, saca las tostadas, les unta mantequilla, se las come, se lava los dientes en las ocho direcciones que recomienda la Asociación Nacional de Dentistas: vertical con el cepillo vertical, vertical con el cepillo horizontal, lo mismo, pero por el otro lado de los dientes, por las encías arriba y abajo, por la lengua arriba y abajo, y por supuesto, nunca en contra de la dirección de los dientes, pues podría dañarse el esmalte. A continuación, se viste: una camisa a cuadros sobre un pantalón marrón, es lo que toca en este día de la semana con esta camisa; las otras opciones serían el pantalón gris y el negro, nunca el azul, pero no puede ponérselos porque están metidos dentro de la maleta; luego enciende el televisor, estudia el estado del tráfico, apaga la televisión, ase el maletín para marcharse, pero no lo hace todavía, casi se le olvidaba, tacha en el calendario la fecha del día anterior, y entonces, ahora sí, se marcha, en la que va a ser la jornada más importante de toda su vida.

            Lo primero de todo, se dirige al trabajo. Llega en metro; lo coge a las siete y media, realmente a y treinta y uno, le ha interrumpido el paso el semáforo que siempre se pone en rojo a destiempo, “maldita sea”, se dice el hombre, todos los días me ocurre lo mismo. Sale a la superficie a las ocho menos once; esta vez el metro anduvo más rápido de lo habitual, a pesar de hallarse más concurrido. Antes de dirigirse hacia la oficina, en contra de sus obligaciones, aunque de acorde a lo que lleva haciendo las últimas semanas, se aleja ligeramente de su ruta típica y se dirige hacia un lado, a una calle anexa. Le echa un ojo, lo ubica con la vista: ahí está, efectivamente, localizado, perfecto, la visión específica que ha acudido a buscar… Nosotros no sabemos lo que es; tan sólo acompañamos la mirada con la que inspecciona la zona. El lugar donde nuestro protagonista parece descansar la vista se trata de un callejón estrecho aunque bullicioso, que forma parte de un cruce con una avenida. Delante de nuestro hombre, al otro lado de la calle grande, se encuentra un cajero automático; a su izquierda, justo enfrente del cajero, separado por el callejón, un puesto móvil que vende kebabs, casi más un carrito; un poco más allá, una joyería, y luego, a ambos lados, una nube de edificios. El hombre no hace nada al respecto; simplemente, le echa una ojeada general a todo, y a continuación se va. Son las ocho menos nueve minutos; ya tendría que estar en la oficina, y por culpa de esa descompensación, más tarde o más temprano, su úlcera se resentirá.

Sube las escaleras; las ocho menos cinco; luego coloca su abrigo sobre el perchero, la chaqueta encima de la silla, ajusta de nuevo milimétricamente (como ya lo hizo la noche anterior) el lapicero y la plaquita donde pone su nombre y que se encuentra encima de la mesa: debe quedar visible ante el público, para que los clientes sepan quién es (eso es lo que dictaminan las ordenanzas: otra cosa es que a los clientes les importe lo más mínimo). A continuación, abre uno de los cajones. Éste se encuentra casi por completo vacío: recoge lo único que queda en él (una pequeña carpeta azul) y, con cuidado, procurando que nadie se dé cuenta, abre el maletín, toma la carpeta, y la deja caer discretamente. Cae así, a pelo, sin más; sólo tiene que soltar los dos dedos y la carpeta se coloca como por arte de magia entre sus cosas, aunque también es debido a que ha dejado un hueco preparado para ella: todo se hallaba previsto de manera minuciosa. Cierra el cajón a toda velocidad: muy bien, nadie le ha visto, todo sigue tan normal. La mesa parece, por fuera, igual que el resto de los días, y sólo él conoce el vacío (y el significado del mismo) que aloja en su interior. Enciende entonces el ordenador, no sin antes apoyar la mano derecha sobre la CPU; lo hace en todas las ocasiones, no sabe por qué; le tranquiliza sentir cómo el calor aumenta conforme el aparato se pone en marcha. Mientras lo enciende, le echa una ojeada al despacho del jefe; este último sigue allí, hablando por teléfono, discutiendo sobre los pedidos con el de la distribuidora, entretenido en sus cosas. Eso es, se dice a sí mismo nuestro hombre: cuanto más rato esté perdiendo el tiempo con otros asuntos, mejor. El ordenador se enciende: bien, ahora es el momento. El hombre repasa mentalmente –no tiene más remedio, no puede dejar constancia escrita de nada de lo que haga ese día–, los cálculos repasados una y otra vez en su casa y en su mente. Ya no queda nada, tan sólo un paso final, una o dos operaciones matemáticas, y el plan habrá sido rematado. Se cerciora de que nadie le está mirando e, inmediatamente después, con sigilo, se prepara para el iniciar la siguiente fase. Sin embargo, de improviso, el proceso se interrumpe: suena el teléfono.

–¿Sí?

–¡Hola, cariño!¿Cómo estás?¿Has llegado ya al trabajo?

El hombre, visiblemente turbado, se cubre la boca con la mano al tiempo que conversa por el auricular; no sabe del todo por qué lo hace, pero no quiere que el resto de la oficina sepa de qué habla por teléfono. Por un segundo se plantea que quizá sea por un sentimiento de vergüenza. Entre tanto, mantiene la cabeza gacha, como si así el resto del mundo no le observara; aun así, atisba de reojo, para averiguar quién está mirando y quién no.

–Cariño, te he dicho ya que no me gusta que me llames al trabajo… Sí, claro que estoy en la oficina; de no ser así, no te hubiera respondido por este teléfono.

–¡Lo siento, es que nunca me termino de aprender los números de la memoria, no sé si el del trabajo es el uno, o es el dos, o en cambio es el…!

–Mira, perdona, no me dejan mucho tiempo, estoy ocupado –mintió él, organizando a la vez los lápices, ordenándolos de mayor a menor (ocho lápices en concreto) con el propósito de tranquilizarse–. ¿Querías decirme algo en particular?

–Bueno… era para ver si te apetecía que merendásemos juntos esta tarde.

–Eh… en fin, sí, vale… eh… ¿Dónde quieres que quedemos?

–¿Qué te parece en la pastelería que está al lado de mi casa?¿Ese sitio te gusta?

–De, de… de acuerdo. Entonces, ¿nos vemos allí… no sé, cuándo te viene bien?

–A las seis –propuso ella.

–Sí, perfecto, nos vemos en la pastelería a las seis.

–¡Maravilloso!

–Estupendo, sí… Adiós.

Y colgó. Tuvo que sacar un pañuelo para enjugarse el sudor de la frente. Aquella distracción le había desconcertado: ahora tendría que tomar resuello, y ponerse de nuevo en acción. De repente, justo lo contrario de lo que esperaba: uno de sus compañeros de oficina, con un grasiento bollo en las manos, se aproximaba peligrosamente hacia él.

–¿Cómo va, hombre de la semana?¿Qué tal?¿Preparado para el gran día?

El oficinista (que sólo puede contemplar la mano de su colega, exudando aceite y grasa, mientras imagina las pegajosas gotas que caen del dulce extendiéndose, como una mancha de petróleo, sobre la hasta ahora impoluta superficie de su mesa) apenas puede responder mientras contiene la respiración. Alza la vista por encima de sus propias gafas para escrutar directamente la cara de su compañero, con el objetivo de evitar que su mirada se desplace hacia el fangoso líquido que se yergue amenazante desde aquellas manos, y que le causa un indecible horror. Rápido, se dice, tengo que alejarlo de aquí.

–Eh, sí, bueno, sí, aunque preparado, preparado, falta algún…

–¿Ya lo tienes todo listo?–pregunta el otro, como si no hubiera escuchado nada–. ¿Los invitados, la comida?

–Sí, claro, por supuesto, to…

–¡Espero que no seas tacaño con estas cosas!¡Algunos estamos deseando ponernos las botas…!

Y levanta el bollo para dejar constancia de aquella afirmación. Nuestro hombre se espanta a cada segundo más, <<quita eso de mi vista, por favor>>, transmite a través de sus ojos, <<van a necesitarse años para que desaparezca el olor de mis fosas nasales>>. Poco importa que no piense acudir por la oficina el lunes o cualquier otro día del resto de su vida, eso le da lo mismo a efectos de asco y de repugnancia. Rápido, se repite, debes apartar a ese tipo de tu mesa cuanto antes.

–¡No te preocupes, Alfredo, no te preocupes por eso, en absoluto!–exclama con una energía poco común en él, levantándose de la silla, y aplicando una palmada cariñosa al hombre en su brazo (el que no tiene el bollo), de tal manera que hasta el otro se sorprende–. ¡Te juro que será una comilona para chuparte los dedos! Y ahora, por favor, te pediría que marchases, hoy querría salir pronto –y le guiña el ojo, sabiendo que él comprenderá. El otro, efectivamente, comprende, y con un gesto afectuoso, <<¡Ay, pillín!>>, se aleja para molestar a otro sitio. Por fin, susurra en su fuero interno nuestro protagonista, y saca uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis kleenex con el objeto de limpiar la mesa: lo hace una, otra, y otra vez, restregándose a su vez los dedos si cree que la grasa ha rozado levemente sus yemas. Luego saca el pequeño limpiamuebles que guarda siempre el cajón –ése todavía no se lo ha llevado–, y le pasa un último trapo a la superficie. Evalúa el resultado definitivo y queda satisfecho; libre ahora de interferencias externas (y tras aplicarse gel hidroalcohólico en las manos), nuestro individuo se dispone actuar. Coloca de nuevo la pantalla del ordenador a la altura de sus ojos, y comienza a escribir. Al tiempo que lo hace, le echa un ojo de vez en cuando al jefe. Éste sigue a lo suyo, peleado con los pedidos. Más adelante, nuestro particular conspirador dedica un riguroso escrutinio a los empleados. Tampoco hay novedad en ese aspecto: el ligón de turno intentándolo infructuosamente con la secretaria de la oficina, un repartidor con cascos en las orejas que se desplaza entre un puesto y otro dando el cante, Alfredo terminando de manchar con el bollo las fotocopias… en resumen, la estampa habitual. Tras unos minutos de análisis más que calculado, nuestro intrépido administrativo encuentra la circunstancia ideal: no hay nadie mirando, es el momento… El hombre contempla la pantalla, y eleva solemne el dedo, para a continuación descenderlo con ímpetu en dirección a una tecla…

Por fin. Ya está.

Seis meses de planificación y esfuerzos han merecido la pena.

Luego desconecta el programa, cierra los archivos, borra toda hipotética huella que hayan podido dejar sus pasos. Después, realiza una última comprobación y lo certifica: cada uno de los hilos de la tela de araña que ha montado brilla radiante, y resiste de modo incólume frente al viento. De no ser porque, para él, tan sólo es una obligación (y porque no puede decírselo a nadie, si pretende que no le pillen), incluso se vanagloriaría orgulloso de lo que ha logrado.

Ahora sólo queda dejar pasar el día hasta la hora del almuerzo.

El tiempo se le hace eterno. Nuestro hombre se siente agobiado, enjaulado como un león en una habitación, pese a mantener la programación habitual de su día a día. Porque él sabe que hoy es distinto, y eso le causa mucho estrés. No está muy acostumbrado a cambiar de patrón; ya se lo dijo el psicólogo, que no debía obsesionarse demasiado con las pequeñas modificaciones de su vida, aunque él no le hizo mucho caso: al fin y al cabo, ir al psicólogo no es un acto rutinario y, a causa de eso, acudir a su consulta no le convenció nada. Sin embargo, a pesar de sus cuitas, hasta los minutos acaban por volar. En algún momento entre el primer instante de angustia y el fin del mundo, llega la hora de comer. En lugar de bajar con su fiambrera con los demás a la cafetería del trabajo, se despide de la gente y les dice:

–Hoy me salgo a tomar algo fuera, chicos. Es por mi novia.

Los demás sonríen con aprobación. Sin embargo, nuestro hombre ha sudado a chorros y a mares al decir esto. No se le da especialmente bien contar mentiras: se pone muy nervioso, tiene siempre la sensación de que le van a pillar, y por eso, frecuentemente, van y le pillan. Pero esta vez ha colado; la gente estaba predispuesta a creerlo, así que marcha al exterior, de nuevo a la calle donde le vimos con anterioridad.

Allí, encuentra inmediatamente lo que busca. Aprieta el botón para que el semáforo se ponga en verde. Los coches cruzan a toda velocidad por encima del paso de peatones, como suele ocurrir en las concurridas calles de las grandes capitales. Mientras espera, el hombre le echa un vistazo a la joyería en la otra esquina del cruce. Por dentro, se ve al joyero, de pelo blanco y regordete, la cara roja como un tomate cuando corre, a pasitos cortos, detrás de uno de sus clientes. De repente, el oficinista escucha un sonido a su izquierda.

–¿Quiere un kebab?–vuelve a oír el acento turco de siempre, que reconocería hasta con los ojos cerrados, de haberlo escuchado tantos días. Lo que ha cambiado es la posición del carrito, el cual, cada hora presente en un sitio distinto, le ha pillado en esta ocasión por sorpresa. Nuestro hombre, sintiendo ya la repugnancia desde antes de volverse, contempla cómo el dueño del puesto, un tipo abiertamente obeso y con camisa verde, mandil oscuro, la tez, el pelo y la perilla muy morenos, le tiende un pringoso, repleto de salsa blanca (y de cientos de extraños y exóticos condimentos), muy cargado kebab.

–No, gracias –responde con repelús nuestro oficinista favorito, que tiene que cerrar los ojos para reprimir un escalofrío. Mientras tanto, al otro lado de la calle, desde el edificio a la derecha del cajero, un hombre con gabardina, maletín, y sombrero, de pelo cano y hombros anchos, sale decidido al exterior. Una mujer de su misma edad, que asemeja ser su esposa, baja en bata y zapatillas a la acera. La recién aparecida corre unos cuantos metros detrás del tipo (ambos se encaminan, desde la perspectiva del oficinista, en dirección a la joyería) y cruza, casi sin mirar, el estrecho callejón, a través de un paso de cebra sin semáforo; el marido, mientras tanto, termina por hacerle caso a su esposa, aunque parece mucho más empeñado en evitar el escándalo.

–¿Otra vez a trabajar?¿Otra vez a trabajar?–repite con angustia la mujer, en un tono de voz nada resignado–. ¡Es carnaval!¿Es que no puedes reservar ni un poco de tiempo para tu familia?

–Cariño, ya te he dicho que no tengo más remedio…

–¡Sí, sí, eso me dices siempre, y en Navidades, y en vacaciones, y…!

–¿Seguro que no quiere un kebab?

Nuestro hombre vuelve a girar la cabeza.

–¡Ya le he dicho que no!–insiste encolerizado.

El dueño del restaurante alza los brazos al cielo.

–¡Todos los días lo mismo!¡Llevo dos semanas ofreciéndole mis deliciosos kebabs, y usted siempre, no, no, no, no!¿Qué pasa?¡Se lo puedo asegurar, están ricos!¡Son los mejores de la ciudad!

–No me gustan los kebabs –dice el hombre, tratando de huir de tan incómoda situación.

–¿Cuántos kebabs ha comido?¿Dónde?¿Cuándo los ha probado?

–No me gusta experimentar cosas nuevas –responde el otro de manera demasiado sincera, quizá porque está apretando insistentemente al botón del semáforo con el objetivo de escapar.

–¡Pero cómo va a saber si le gustan, si no los ha probado!–separó mucho entre sí el vendedor estas últimas cinco palabras, dándole así más énfasis a cada una. Con los sucesivos movimientos de brazo, agitaba todavía más el kebab, de modo que la salsa comenzaba a pringarle los dedos y la mano.

–¡Le he dicho que no!–casi suplicó el oficinista. Entonces el semáforo se puso en verde, y pudo cruzar por fin al otro lado de la calle, así que corrió a toda velocidad hacia allá.

–¡Pues algún día los comerá y, ese día, verá que están riquísimos!–le gritó el turco, pero nuestro hombre ya no escuchaba; había llegado al otro lado, hasta el cajero. “Al fin”, suspiró. A veces da la sensación que, cuando uno anda en pos de un objetivo, todas las circunstancias del universo se interponen en el camino para dificultárselo, al contrario de lo que dice la frase de Paulo Coelho, ¿o era de otro? “Da igual”, aparta nuestro individuo ese fútil pensamiento de su cabeza: se encuentra donde quería, después de todo. Resopla aliviado delante del cajero. Introduce su tarjeta y el número secreto. Otea furtivamente a su alrededor, al edificio a la derecha del cajero –si lo estás mirando de frente–, aquel del que han salido el hombre de la gabardina y la mujer en zapatillas. Más tarde nos encargaremos de ese edificio (en homenaje a la silueta de un hombre tirando a obeso que hay dibujada en la puerta, lo denominaremos “portal de la silueta”); pero, por ahora, no nos vamos a centrar en él. Simplemente diremos que la ventana a la que mira nuestro hombre –luego veremos por qué le está prestando atención– se halla cerrada. Sigamos contemplando el entorno: detrás del hombre en el cajero se localiza el puesto de kebabs, al otro lado de la calle. En cambio, a la izquierda del individuo, si este girara la cabeza, se encontraría primero el paso de peatones sin semáforo, luego la joyería y, después, un segundo portal. Allí, delante de la puerta, un chico joven está besando a la que parece ser su novia, una muchacha morena con gafas. No es en verdad muy guapa, pero, eso sí, sonríe mucho. Inmediatamente después del beso y de un ligero gesto de despedida, ella marcha en dirección al edificio, y es entonces cuando el hombre joven se encamina hacia la derecha y ejecuta una señal. De repente, aparece un individuo rechoncho, muy moreno, con pinta de latinoamericano, tal vez de México. El joven apunta a la entrada del edificio, como preguntándole si se ha fijado bien: luego señala hacia arriba e indica un piso. El mexicano asiente, tácito, demostrándole que ha comprendido. Entonces, el joven abre su cartera, le entrega un fajo de billetes, y el mexicano, muy sonriente, se despide. Cada cual se marcha por su lado, en direcciones opuestas. Nuestro hombre, mientras tanto, gira la vista, apartando la atención de esa escena que ha terminado, y constata que el cajero automático le está preguntando qué quiere hacer. Comprueba el estado de sus finanzas. Observa su saldo.

–Ya casi –se dice–. Un poco más…

El individuo extrae una cierta suma de dinero, no mucha, aunque sí lo suficiente para un par de aplicaciones interesantes. Todavía queda bastante efectivo en la cuenta, tampoco una cantidad exorbitante –nuestro héroe no es ni mucho menos millonario–, pero sí en una proporción que podría definirse fácilmente como “los ahorros de toda una vida”, si les sumamos esas asiduas salidas de dinero que este individuo ha estado realizando durante las últimas dos semanas, en horarios variados, aunque sobre todo al inicio del día y a la hora de comer. El hombre guarda el dinero, y se despide silenciosamente del cajero. Nos veremos esta noche, se dice. Cuando marcha, procura evitar pasar cerca del puesto de kebabs. Al desviarse, se cruza con la señora en zapatillas de andar por casa, la cual, con los brazos en jarras, ahora que ya no está su marido, y mientras contempla un infinito que no le devuelve la mirada, sigue todavía plantada allá.


*
SINOPSIS DE EL CAJERO
Un hombre va a cambiar de vida. Pero, para hacerlo, antes tiene que pasar por un cajero automático para retirar todo su dinero. El problema es que, cuando lo está haciendo, hay un apagón. El problema es que afecta a toda la ciudad. El problema es que el hombre tiene que coger un avión, pero no se atreve a dejar el cajero solo. Así que, sin moverse del sitio, va a emprender un viaje que, en efecto, va a modificar su existencia... La ventaja es que no sabe adónde le conducirá.