domingo, 8 de marzo de 2015

La historia real de marzo: La mujer de Lot (Una pequeña lista de las mujeres más famosas sin nombre)

La mujer de Lot
(Una pequeña lista de las mujeres más famosas sin nombre)

            Una vez encontré, en un artículo de la revista “Muy interesante”, dentro de un especial sobre mitología, una curiosa frase: se refería a la mujer de Lot, ésa que giraba la cabeza para contemplar por última vez Sodoma y Gomorra y a la que (al haberle prohibido Dios este acto) el vengativo Yavhé la convertía en piedra. El texto versaba, precisamente, sobre el apelativo que nos ha llegado refiriéndose a ella: la mujer de Lot. ¿Dónde está su nombre de pila? No lo tenemos. Sólo es, como suele destacarse despectivamente, “la mujer de”. ¿Por qué? Quizás, Dios, en su furia vengativa contra la fémina que desobedeció sus órdenes, la condenó no sólo a ser estatua de sal, sino a que su nombre fuera olvidado de la historia. O quizás, por otro lado, se deba a la clásica discriminación y al olvido que han sufrido reinas, damas y emperatrices a lo largo de la historia, de la misma manera que otras mujeres, anónimas, insignificantes, pero que protagonizaron momentos decisivos en los instantes claves de la humanidad, han pasado a ser reseñadas normalmente como una nota aparte, sin que de ninguna de ellas conozcamos los sustantivos por los que las conocían sus contemporáneos, en contraste con sus homólogos masculinos. Tal vez, y por una ocasión, sea el momento de hablar sobre ellas en su conjunto, al igual que otras veces se ha tratado acerca de las mismas por separado.

            El papel de la mujer en la historia ha sido frecuentemente infravalorado y menospreciado frente al ejercido por los hombres. Ha habido pocas excepciones a lo largo del tiempo: una de las más destacadas fue la del pueblo alemán de Rostock, en el cual las mujeres rebautizaron las calles que exhibían denominaciones basadas en objetos inanimados o comerciantes desconocidos, y les pusieron el nombre -que escribieron a mano mediante tiza- de féminas que habían dejado una impronta en la historia de la ciudad. Entre ellos, la Casa de las Mujeres lleva el nombre de “Beguinas”, una congregación religiosa la cual fue perseguida por el Papado y el kaiser (resurgiendo repetidamente de debacles periódicas) hasta disolverse al fin sin que de ninguna de esas Beguinas -a pesar de su constante y abnegada labor social- nos haya quedado un solo nombre para la Historia. En gran parte, esta situación de discriminación, también en la disciplina historiográfica, se debe a la propia estructura que ha sostenido a la mayoría de las sociedades, considerando el dominio masculino como norma habitual de la vida desde el ámbito primero del núcleo familiar hasta la posición superior del trono real. No obstante, también en parte se debe a la propia concepción que de la Historia tenían sus narradores: la mayoría de las gestas escritas se refieren a una larga sucesión de reyes altivos y de batallas cruentas, en los cuales poco o nada de espacio hay para la labor de la mujer cotidiana, del día a día, salvo que no se tratase de alguna reina que, merced a conspiraciones e intrigas palaciegas (e incluso, algunas veces, en el campo de batalla), acabase por introducir algún elemento de distorsión en esta historia monocorde. Y es que hasta hace relativamente poco, el papel de la intrahistoria -como la definió la generación del 98-, del relato cotidiano de los días y las noches de los pequeños protagonistas anónimos que constituyen la masa crítica que hace avanzar a los pueblos, repetimos, esa intrahistoria, ha pasado desapercibida para los historiadores clásicos, y con ello, la posibilidad de que las mujeres, en sus labores continuas de amasado del pan, de coser a mano y de criar a los hijos (pero también de sanadoras, recopiladoras de la narración oral o de autoras) hayan tenido ninguna relevancia en el relato de los acontecimientos. No obstante, y con el tiempo, los historiadores contemporáneos han querido volver la cabeza hacia esas mujeres anónimas que, en momentos puntuales, fueron responsables del destino de los pueblos, y en algunas ocasiones, las más dignas representantes de los mismos. Y poco a poco, han ido apareciendo, rezagadas, algunas historias que con el tiempo habían quedado enterradas, como en una tumba que va ganando estratos encima mes a mes, año a año. Una situación quizás compatible con las mujeres que fallecen, también hoy en día, también sin nombre, lapidadas por regímenes intransigentes, contribuyendo a construir países que no se lo agradecen, asesinadas y marginadas por la discriminación de su género, consiguiendo, con sus logros (como dijo Virginia Wolff), tan sólo engrandecer la imagen del hombre, hasta que ésta parezca el doble de lo que realmente es.

Quizás sea éste el momento de recuperar estos relatos. Quizás sea el instante, de conocer a aquellas mujeres sin nombre, que también hicieron historia, en homenaje a aquellas que, diariamente, sin grandes alardes, la están continuamente elaborando.

La mujer de Asdrúbal (Cartago, ¿-143 a.C.)

            Asdrúbal fue el general cartaginés al que se le asignó la defensa de la ciudad de Cartago durante la parte final de la Tercera Guerra Púnica frente al asedio de los romanos. El relato que hace el historiador Apiano, basándose en los textos de Polibio -cronista oficial de la historia desde el lado romano-, da una imagen bastante descalificadora de Asdrúbal, mostrándolo como un hombre intrigante, capaz de traicionar a un compatriota del mismo nombre con tal de alzarse con el poder militar absoluto en Cartago, y responsable de las terribles ejecuciones y torturas que tuvieron lugar con los prisioneros romanos en uno de los episodios más deleznables de la guerra, con el objetivo de impedir toda posibilidad de llegar a un pacto con el enemigo. Sin embargo, cuando los romanos penetran finalmente en la ciudad, y tan sólo los desertores romanos y la familia de Asdrúbal se mantienen sin rendirse en el templo de Eshmún, el general sale de su escondite con una rama de suplicante, solicitando una rendición pacífica bajo el poder del triunfante general romano Escipión Emiliano. Ante este gesto de cobardía, la mujer de Asdrúbal se presenta, según nos cuenta Apiano, con ropas de fiesta en la parte superior del templo, acompañada de sus dos hijos, y portando un cuchillo. La mujer de Asdrúbal se dirige entonces hacia Escipión, el vencedor de Cartago, y le espeta: “No existe contra ti motivo de venganza por parte de los dioses, romano, puesto que existe derecho de guerra; pero sobre ese Hasdrúbal, que se ha convertido en traidor de su patria, de sus templos, de mí y de mis hijos, ojalá que los dioses se tomen la venganza... y tú, romano, junto con ellos...”. A continuación, se vuelve hacia su marido, y le reprende, “¡Oh, tú, el más miserable, traidor y afeminado de entre los hombres, a mí y a mis hijos nos sepultará este fuego, pero tú, el caudillo de la gran Cartago, ¿a qué triunfo servirás de ornato?!¿Qué castigo no recibirás, de aquél a cuyos pies te has arrodillado?”. A continuación, degolló con el cuchillo a sus dos hijos, y se arrojó, junto con ellos, hacia las llamas de una pira funeraria que habían levantado los desertores para inmolarse, hecho que consumaron finalmente. El acto de la mujer de Asdrúbal no sólo es importante porque simboliza el último canto de cisne de Cartago, sino porque además rememora aquella pira funeraria en la que se sacrificó Dido, la fundadora de Cartago, para evitar ser desposada con un rey extranjero, hecho que hubiera supuesto la pérdida de libertad de los habitantes de la ciudad púnica. No obstante, su sacrificio, junto con la leyenda de Cartago, desapareció prácticamente de la Historia: los romanos se encargaron de borrar buena parte de toda mención de la existencia de Cartago, de tal forma que aparte del  manido relato de la Segunda Guerra Púnica y la figura de Aníbal Barca cruzando los Alpes en elefante, el público general apenas conoce nada de esta urbe de origen fenicio, excluyendo tan sólo de esta afirmación a unos cuantos aficionados y los profesionales de la Historia Antigua. Cabe decir, además, que mientras que el cartaginés era un pueblo en el cual las mujeres tenían una importancia relativamente destacada, participando activamente en la vida pública, y llegando algunas de ellas a cargos de gran relevancia, entre los romanos –y más en aquella época concreta- aquella libertad no lo era tanta. De modo que, en ese sentido, la ofensa se volvió doble.

La madre de Quin Shih Huang (Reino de Quin –China-, ¿-228 a.C.)
La historia oficial de China (o de lo que luego se convertiría en ella, pues en esta época estaba constituida por un conjunto de reinos que guerreaban constantemente entre sí) no incluyó un registro sistemático de la historia de las emperatrices hasta mucho después de la muerte del primer emperador y unificador de China, impulsor, entre otras obras, de la Gran Muralla, y de su propia y grandiosa tumba, más conocida de cara al público como los guerreros de Xi´an (a pesar de que éstos, en realidad, sólo constituyen una muy pequeña parte de la misma). Hasta entonces, la única manera en que una mujer podía entrar en la historia china era a través de sus devaneos amorosos, o sus correrías sentimentales -la mayor parte, por supuesto, para desprestigio de la dama en cuestión. La madre del futuro emperador de China pertenecía a una familia aristocrática, y se convirtió en la concubina de Lü Buwei, un rico comerciante que favoreció el ascenso, al trono del reino de Quin (situado al oeste de China, y uno más de los por aquel entonces siete Reinos Combatientes), de Yiren, el padre de Quin Shih Huang. Yiren, sin embargo, se quedó prendado de esta hermosa mujer, y se la pidió a su protector en matrimonio, a lo cual Lü Buwei, aunque receloso, accedió como un sacrificio más en su plan para convertir a este joven príncipe en rey, y verse más adelante favorecido por este esfuerzo. La pareja se casa en el 260 a.C., naciendo su hijo (entonces llamado Zheng) al año siguiente. La polémica surge desde este mismo momento, pues tras la muerte de Yiren, aún muy joven, se dice que Lü Buwei siguió manteniendo relaciones con su antigua amante, con lo cual los historiadores posteriores han llegado a dejar caer -de forma bastante sutil-, que el comerciante pudo ser el auténtico padre de Zheng, aunque sí que es verdad que el periodo de generación de esta leyenda corresponde a una época en que la figura de Quin Shih Huang, bajo la dinastía de los Han, tendía a ser denostada y vilipendiada por parte de las más altas autoridades. De todas maneras, los encuentros entre Lü Buwei y la reina madre no duran mucho, ya que este último no quiere arriesgarse a perder el poder por un asunto de faldas, y desvía la atención de la reina hacia Lao Ai, un rudo cortesano cuya mayor virtud es -todo hay que decirlo-, la longitud que presenta su pene. Esta tórrida relación (hijos ilegítimos incluidos) se produce durante la minoría de edad de Zheng, y será muy probablemente uno de los hechos que marque la personalidad posterior del que sería el primer emperador. El poder de Lao Ai es cada vez mayor, se atreve incluso a presentarse como padre adoptivo del joven rey, y de ahí que el joven Zheng no dude, nada más alcanza la mayoría de edad, en acusar a Lao Ai de adulterio y traición a la corona (en aquellos tiempos se rumoreaba que el amante real planeaba, en el caso de la muerte de Zheng, postular a sus hijos como herederos del trono de Quin). Lao Ai se levantó en armas, y después de un sangriento enfrentamiento, el rebelde es capturado, decapitado, y su cabeza clavada en una pica. A la reina madre, en el ajuste de cuentas que está llevando a cabo Zheng en estos primeros tiempos de mandato, se la condena al destierro; no obstante, no parece que dejase del todo de apreciarla, ya que algunos gestos del joven rey se dirigen a vengar los malos ratos que pasaron él y su madre hasta la edad de ocho años, cuando tuvieron que sobrevivir en el hostil reino de Zhao y tan sólo gracias a la ayuda de la aristocrática familia de su madre pudieron salvarse. La reina madre fallece en el 228 a.C., quedando únicamente para la historia sus relaciones ilícitas, como si no hubiera hecho nada más en su vida.

Otra mujer sin nombre es importante en el camino hacia la unificación de China que está recorriendo el rey Zheng, sometiendo, mientras avanza, a los sucesivos reinos que encuentra a su paso. Durante la conquista del reino de Wei, una nodriza protege al príncipe real de este reino, un tierno bebé en sus brazos, de las flechas de los soldados de Quin, muriendo cuidadora y niño bajo los dardos. El rey de Quin, sin embargo -y a pesar de haber opuesto una ardua resistencia frente a sus soldados-, decide destacar el valor de la nodriza y ponerla como ejemplo para generaciones posteriores, otorgando a la mujer a título póstumo (y por tanto, a sus herederos) títulos de nobleza. Probablemente a la nodriza le hubiera gustado más que los soldados no hubieran acabado con su vida ni con la del niño, pero como dice José Ángel Martos, con esta medida, recompensando a súbditos de los reinos enemigos, y sometiéndolos bajo una ley común -sea buena o sea mala, pero igualitaria para todos-, Quin Shih Huang fue poniendo las bases para la posterior consolidación de un imperio y de un país, el de China, que todavía no existía, y sobre el que el emperador, después de la conquista, tendría que ejercer la labor más difícil: la de identificación cultural y social, entre habitantes de lugares tan diferentes, en un solo estado, el nuevo, que en estos momentos se formaba.

La madre biológica de Aisin Gioro Xianju, espía chino-japonesa (¿-1921?)
En este caso, la persona que posee realmente relevancia histórica no es la mujer sin nombre, sino su hija, conocida también como Chuandao Fangzi en China y como Kawashima Yoshiko en Japón. Rodeada de multitud de leyendas que varían según el país de procedencia de quien te las esté contando, esta mujer era hija de un aristócrata chino (emparentado con la familia imperial) quien a principios del siglo XX la entregó a las autoridades japonesas como una especie de mediación frente a una potencia que ya se intuía que iba a tener mucha importancia en el futuro devenir histórico de la nación china. Xianju fue educada bajo una rigurosa disciplina militar que la hizo convertirse en una experta en la lucha de guerrillas, jugando sus acciones militares un papel clave en la conquista de Manchuria por parte de los japoneses, quienes arrebataron esta región a la antigua patria de Xianju. Una vez hecho esto, las buenas relaciones personales de Xianju con el último emperador chino (el cual la consideraba un miembro más de la familia) hicieron que éste accediera a convertirse en soberano oficial del estado-títere de Manchuria, manejado en realidad por los nipones. Xianju, sin embargo, no jugó un papel pasivo: las historias dicen que siguió gobernando a sus milicias de manera independiente y manteniéndose muy crítica frente a ciertas actitudes japonesas en China. Xianju fue capturada por los chinos, se escapó, volvió a Japón, retornó a China bajo la tapadera de un restaurante, y fue finalmente detenida y ejecutada por las autoridades chinas en el año 1948, aunque ciertas leyendas esgrimen que en realidad siguió viviendo bajo la imagen adorable y en apariencia inocente de una anciana señora denominada cándidamente “la abuela Fang”. Desde luego, el personaje da mucho juego, porque entre su afición a vestirse con ropas masculinas, la sospecha de unas más que turbulentas relaciones de cama –violación por parte del padre de su tutor incluida-, o la tremenda popularidad que llegó a alcanzar en su país de origen gracias a sus críticas a Japón desde su posición de poder en Manchuria –lo que le llevó a incluso a grabar un disco de canciones con su propia voz: aquello, desde luego, puso en un brete su papel como espía discreta-, no es extraño que para la posteridad haya sido apodada como la “Mata Hari del Este”. En esta ocasión, como decimos, la madre de Xianju no juega ningún papel relevante en la Historia, pero como la madre del emperador Qin, sufre el tradicional olvido que se aplica a las consortes reales chinas. Cuando el padre de Xianju -el Príncipe Shanqi- fallece, su concubina y posiblemente la madre biológica de Xianju se ve obligada a suicidarse por el método tradicional. Fin de la historia, y así, ella no pudo contemplar con sus propios ojos cómo su hija se acababa convirtiendo en lo más parecido que en aquella época podía asemejarse a un héroe.

La reina de Saba (alrededor del siglo X a.C.)
A muchos le sonará la leyenda de la reina de Saba, aquella exótica monarca procedente de una nación situada en las actuales Yemen y Etiopía, la cual, admiradora de la fama del rey Salomón, acudió a visitarle, y tan maravillada quedó ante la sabiduría del gobernante de los israelitas que se acabó convirtiendo al monoteísmo. Por lo visto, todo el mundo quedó contento con aquel viaje, porque la reina dejó en Israel varias toneladas de oro, mientras que ella se llevó en su vientre al hijo de ambos, el futuro Menelik I, quien daría origen a una estirpe de reyes de Etiopía que según el mito termina en el depuesto monarca del siglo XX Haile Selassie. Menelik, por lo visto, se llevaría a su país el Arca de la Alianza en un viaje que hizo a Israel para conocer a su afamado padre, a quien (aunque fuera hebreo) engañó como a un chino para llevarse el Arca a su patria. Pues bien, de la reina africana que causó mayor furor en Occidente antes de Cleopatra no conocemos el nombre, pues la Biblia no lo menciona explícitamente, y según quién la mente puedes encontrarla denominada como Makeda, Bilqis, Balkis, Nikaule o Nikaula (incluso su origen se hallaría en duda, ya que alguno le atribuye a la reina una procedencia búlgara). Así pues, la mujer a la que Salomón le dedicó una sección del Cantar de los cantares, y por culpa de la cual -de acuerdo a la tradición- el monarca judío se dedicó a instalar espejos por toda la superficie de una habitación de palacio con el único objetivo de contemplar (la leyenda dice) sus peluditas piernas, no nos ha legado a la posteridad su nombre. Nos preguntamos si hubiera ocurrido lo mismo si la reina hubiera sido israelita y un seductor rey –mago o no- de nacionalidad etíope hubiera acudido para conquistarla. Quizás de él sí que hubiéramos obtenido sus secretos.

Éstas son las mujeres anónimas que hemos localizado. ¿Y vosotros?¿Conocéis alguna que merezca cierto reconocimiento y cuyo nombre no haya sido difundido?¿Tenéis otras propuestas? Esperamos vuestras futuras aportaciones.

Bibliografía:
            -Historias, Apiano.
            -El primer emperador, José Ángel Martos.
-www.artefinal.com/mujeres_siglo_veintiuno/s_moro.htm: La invisibilidad de la mujer en la historia, Sonia Moro.
-http://historiasdechina.com/2014/01/29/yoshiko-kawashima-espia-china-japon/: Tras la pista de la misteriosa “Mata Hari del Este”, Javier Telletxea Gago.
-La Biblia.
-Wikipedia.

lunes, 2 de marzo de 2015

La obra de teatro de marzo: "Fobiahomo. La revuelta de Stonewall"

Normalmente, en este blog, tiendo a recomendaros libros, películas o incluso obras de teatro que podéis encontrar más pronto o más tarde a través de distintos formatos. Pero hoy, en cambio, os presento una obra que se encuentra de jugosa actualidad, puesto que se encuentra representando ahora mismo en las tablas de Madrid. Se llama Fobiahomo. La revuelta de Stonewall, y os recomiendo vivamente que la veáis por vosotras mismos porque, entonces, podréis entender por qué los que la hemos visto tenemos tanto interés en promocionarla.



La obra la he conocido a través de mi buena amiga y mejor actriz Elena Cedillo, a la que ya tuve la ocasión de contemplar en vivo y en directo en una sorprendente adaptación de "La casa de Bernarda Alba", otra fantástica obra de magnífica escenografía y donde una enorme fuerza actoral se ponía a disposición de un libreto tan espléndido como a los que Lorca nos tiene acostumbrados. Pero "La casa de Bernarda Alba" era muy distinta a "Fobiahomo", aunque ambas tengan en común sobre todo dos aspectos: un reparto a un gran nivel (donde tengo que decir que mi amiga brilla pero encuentra también otras estrellas en las que reflejarse), y una gran capacidad para combinar tanto la risa como los momentos más dramáticos al servicio de un mensaje de enorme calado social. Con la diferencia, quizás, de que la obra de Lorca se ambienta en una época que quizás nos suena muy lejana en el tiempo (aunque no fuera hace tanto), mientras que Fobiahomo no nos suena tan diferente a lo que ocurre en lugares o sociedades para las que no necesitamos abstraernos demasiado.

La obra se centra en la situación que vivían los homosexuales en Estados Unidos alrededor de 1969, cuando tuvo lugar la llamada revuelta del "Stonewall", un local de ambiente de Nueva York donde, tras una redada particularmente dura por parte de la policía, una chica a la que se llevaban detenida le espetó a sus compañeros: "¡Tíos, ¿es que no vais a hacer nada?", y allí fue donde empezó todo y los homosexuales empezaron a organizarse de manera articulada en un movimiento cívico que reclamara con voz alta y clara sus derechos. La representación se basa en diferentes "sketchs" que relatan distintos aspectos de la vida del submundo gay en Estados Unidos durante aquella época, en la cual las tendencias sexuales que se salieran de la norma eran consideradas enfermedades psiquiátricas por las que te podían detener, golpear o encerrar en un manicomio -con algunas más que devastadoras consecuencias-. En cada una de las escenas, a lo mejor algún espectador puede quejarse (y señalo aquí los pocos defectos para que me creáis en mayor medida cuando hable de sus numerosas virtudes) de que tanto algún detalle de la interpretación como del guión puede ser demasiado extremo, demasiado obvio, o tal vez incluso excesivamente estereotipado; pero todo eso no quita que tanto el tono general de cada uno de los intérpretes como el de las líneas del guión se mantengan a muy buen nivel y que, en conjunto, el todo sume más que cada una de sus partes.

Porque esta obra manda un mensaje contundente, y desde luego éste cala. Porque, utilizando alternativamente la comedia y el drama, nos trasmite una misma realidad social que puede hacernos carcajear de complicidad con la risita nerviosa de un travesti, como emocionarnos con el alegato de una activista en un trascendental juicio donde la que parece que está siendo juzgada es la intransigencia de la sociedad entera. Y ya el remate supremo llega en la escena final, una insuperable demostración de cómo la combinación de actuación, escenografía y música puede llegar a conmover hasta el punto de que al más pintado acaben por saltársele las lágrimas. Allí es cuando te da la sensación de que has escuchado algo que merecía ser contado.



Ésta es una historia con las que se identificarán no sólo a los que vivan directamente la situación por su condición de gays o lesbianas, sino cualquier espectador que acuda a contemplar la representación, porque, como la propia obra dice, la causa de este subgrupo en particular (como la de cualquier colectivo que resulta marginado) es la lucha general por los derechos civiles de todos los seres humanos. Porque ha sido la misma de los esclavos en Roma, los afroamericanos en Estados Unidos o los desahuciados por razones económicas actualmente en la Europa meridional. Y porque, a pesar de narrar acontecimientos acaecidos hace más de cuarenta años, contemplamos circunstancias parecidas en nuestros días en la Rusia de Putin, el África negra o incluso algunos fines de semana en el campus de la Complutense. Y en el fondo, todo consiste en la lucha del ser humano individual por tener la libertad de salirse del molde del que, a veces, una mezquina sociedad ve impensable que salgamos. Por miedo, ignorancia, o quién sabe por qué más, pero, en todo caso, por motivos que en teoría parecen tremendamente fáciles de solucionar y, por tanto, se hace más cuesta arriba observar que a ratos son tan complicados de erradicar de una vez por todas de nuestras mentes.

En definitiva, y para daros una razón más para ir a ver esta obra, está hecha por gente joven y prometedora, que se nota que le pone mucha ilusión a lo que hace, y, precisamente, a la que le viene muy bien que acudan a verla más espectadores pues -como toda obra, en el fondo- es lo único que puede asegurar que siga estando en cartel. "Fobiahomo" se representará los días 7 y 8 de marzo en la sala Arte4, en la Calle Sancho Dávila, 25 (Madrid), aunque seguramente siga habiendo fechas y futuras representaciones en otros lugares en el futuro (me consta que dentro de un tiempo se estrenará en el distrito de Fuencarral). Y, desde aquí, a los que nos ha gustado, le deseamos a los promotores de esta iniciativa toda la suerte del mundo, y que siga con buen viento hacia adelante. Un saludo a todos ellos, y a vosotros también. Quizás, como futuros espectadores, me comentéis si os ha gustado. Hasta muy pronto.

martes, 24 de febrero de 2015

El relato de febrero. Un cuento que estaba pendiente: "50 sombras de gris"

 Hace un tiempo (demasiado, me temo), como premio a un concurso relacionado con la novela "El troll", me comprometí a escribirle a Alicia Pérez Frías, la ganadora del concurso, un relato personalizado. Ella me pidió que en el relato aparecieran ratones (para eso, al fin y al cabo, es con lo que ella más trabaja en su laboratorio de investigación) y que contuviera mucho humor. El cuento se ha hecho de rogar, pero finalmente las musas nos han permitido escribirlo, y esperamos haber logrado ese objetivo de hacer reír a Alicia y que además, de paso, os guste también a vosotros. Ya me contaréis. Os dejo con estos ratones, que son tan amables que no muerden. Un saludo.

50 sombras de gris

Existe un error muy común en el uso del lenguaje. Básicamente, cuando nos dicen que algo está oscuro, pensamos en la más absoluta nada. Negrura inmensa, solemnidad fúnebre. Pero en realidad, cuando nos hallamos en el interior de una habitación oscura, nada más lejos de la ausencia de sentidos: puedes detectar a cientos de criaturas que bullen, gimen, roen, mascan y no dejan de actuar.
              
Sin embargo, si quieres intuir todo eso, has de poseer necesariamente un prodigioso olfato que te permita captar toda esa infinidad de detalles que ocurren bajo de la superficie de nada eterna. Y para ello, ayuda bastante que seas el ente más prodigioso de la creación: es decir, un ratón.
              
Y es entonces cuando, para ti, la oscuridad se convierte en una fiesta.
              
La Ciudad (a la que los animales externos a la misma denominan, simplemente, “el animalario”) es un lugar donde todas las opciones están abiertas, y cualquier cosa que te propongas es, con un poco de esfuerzo y algo de picardía, una alternativa factible. El animalario es un lugar donde se nace, se discute, se pelea, se come, se debate, se hace el amor, se planea, se sueña y se muere, a veces a la vez y no necesariamente en ese orden. Como toda organización mínimamente completa, se halla dividida en secciones: a un lado los recién llegados, todavía poco integrados en la vida urbana de la tribu; más allá, los ratones verdes brillantes, todo un fenómeno de la naturaleza, sobre todo por su constante preocupación por preguntarse qué les ha podido ocurrir a los otros ratones para que no hayan nacido así; se hallan en una región aparte los roedores obsesionados por los laberintos y por desactivar trampas para conseguir queso (se han conseguido establecer concursos de más de doscientos participantes); a la izquierda, cerca de la entrada, los adictos a la nicotina y los obesos, que no consiguieron moverse mucho más allá de donde los dejaron. Luego están los llamados “olímpicos”: buscan tesoros, se mueven bajo el agua, hacen todas esas chorradas y al final reciben un premio por parte de esos estúpidos humanos que, al parecer, no son capaces de hacer por su cuenta ninguna de estas cosas. El problema es que todas estas variedades de ratones se entristecen mucho cuando se encuentran faltos de estímulos, y languidecen aguardando el próximo reto, lo cual, sumado a los altos niveles de competitividad que demuestran cuando se hallan enfrascados en medio de los mismos, no les hace comportarse como los compañeros más adecuados cuando se ven sometidos a la rutina de lo cotidiano. Por eso, cuando un ratón ya se ha adaptado a la vida en el Animalario, lo que tiende es a unirse a alguno de los numerosos grupos de intereses rigurosamente científicos que se dedican a hacer lo que mejor se les da a estos ratones tan avezados: analizar en profundidad a los humanos.
              
Por ejemplo, en estos mismos momentos, se está celebrando un caluroso debate en el Foro Ratonil recién organizado en el centro de la urbe. Y allí, una severa investigadora, con sus gafas sostenidas en un precario equilibrio por encima de los bigotes, leía un sesudo informe que mantenía a la audiencia en tensión:
               -Y nuestras investigaciones han llegado a unas conclusiones perturbadoras –indicó, captando el nerviosismo de la audiencia-: cuando juntas a dos humanos de distinto sexo, varón y hembra, dentro de una misma habitación, en situaciones ideales de relajación y bienestar… aquello NO necesariamente tiene que terminar en sexo.
               La audiencia fue sacudida por un espasmo de sobrecogimiento y repulsión:
               -¡Qué asco!
               -¡Es espantoso!
               La opinión de una ratona de edad madura, muy formal tras sus enormes curvas y su posición asentada sobre el estrado, fue absolutamente tajante:
               -Guarras –sin temblar un ápice, dictaminó.
               A tan sólo unos cuantos metros de allí, otro grupo de ratones llevaba a cabo otra actividad imprescindible para el entendimiento de los humanos: tratar de identificarse con los mismos a través de sus manifestaciones culturales.
               -Y hoy, con todos ustedes, “Cómo conocí a la ratona que os da la leche”.
               Una nube de silbidos, roer de incisivos y pataleos. Se abre el telón. Aparecen un par de ratones machos, uno de ellos vestido con una peluca y rimel como si se tratara de una hembra. El que hace de macho expresa, mansamente:
               -Robin, te quiero.
               -Yo también te aprecio, Ted –indica la fingida ratona con voz de falsete-, pero no quiero tener nada estable contigo.
               -Ah, bueno –dice el macho ejecutando lo que en los ratones sería lo más parecido a un encogimiento de hombros.
               Se escuchan murmullos de confusión entre la muchedumbre:
               -No entiendo, ¿por qué no la obliga a tener sexo con él?
               -Es que –responde una ratona joven entre los espectadores- se está portando como un “Caballero”.
               -En mis tiempos –expresó con una mezcla de disgusto y añoranza un ratón más anciano-, si una hembra no quería nada contigo, la acosabas y ya está. Si no hubiera sido así –desplazó la cabeza hacia un lado-, no estarías tú aquí, ni tampoco ninguno de mis otros veintisiete hijos. No estas moderneces que se llevan ahora…
               -¡Psss, no expulséis tantas feromonas, que estoy intentando oler!-protestó uno de los espectadores.
               -Pues yo no entiendo por qué dicen que esto es una comedia –opinó otro-. Ya llevan diez minutos actuando y todavía sobre el escenario no se ha meado nadie.
               Pero un poco más allá, a cierta distancia de todo este bullicio, se hallan aquellos que, por definición, no pueden estar acompañados… Los inadaptados… Lo que nadie sabe es que hoy, precisamente hoy, van a acabar por encontrarse entre ellos.
               Ésta es la historia de cómo de esa unión surgió una gran aventura…

                                            *                                          *                                          *

               Y en el primero en quien nos vamos a fijar es en alguien cuyo propio nombre ya es absolutamente indicativo de su particularidad. La mayor parte de los ratones, en general, poseen denominaciones que o bien subrayan su condición de roedor (“Colita”, “Grisáceo”, “Pardito”, o la siempre inefable calificación -para sus dueños perennemente vergonzosa- como “Bigotitos”), o bien alguna cualidad excepcional del mismo (“Cojito”, “Verdeturquesa”, “Ohmehasmordidoratónasqueroso”). En cambio, este individuo, desde que ha tenido uso de razón, se ha venido en llamar (y no por decisión externa, sino por una espontánea elección, unilateral y proveniente de su voluntad propia) a sí mismo con el nombre de Perseus. Podría argumentarse que éste es el apelativo de un héroe mitológico, pero esto nuestro ratón –que no ha tenido mucho acceso a fuentes de historia clásica y no entiende demasiado de dioses griegos- lo desconoce y lo adopta sencillamente por una razón, y es porque, para él, ese nombre es completamente humano. Podría haber escogido quizás un apelativo más común (Pepe, Francisco, Arturito), pero quizás eso hubiera chocado aún más a los otros ratones y generado más preguntas, y en cambio con esta elección ha conseguido que desaparezca el problema primero –es decir, que pase desapercibido el hecho de que lleve un nombre humano-, sin más incidentes aparte quizás de dar alguna que otra explicación, pero no muy distinta de la que hubiera tenido que dar un niño humano llamado Perseo. Y es que Perseus, por encima de todo, tiene una obsesión: quiere vivir como un humano, ansía mimetizarse con ellos. No porque se haya vuelto loco o atraviese una crisis de identidad; Perseus anda metido en un gran experimento, en el cual intenta comprender a los humanos a fuerza de confundirse con uno de ellos. Al igual que el Pierre de Menard de Borges, que pretendía volver a escribir El Quijote tras convertirse en Cervantes, Perseus aspira a caminar como un humano, sentir como un humano, pensar como un humano y, finalmente, creerse del todo que es un humano. Y para ello el primer requisito, como buen homínido macho, es aprender a mear de pie. De ahí que le veamos transpirar en lo que para él supone un heroico gesto.Se eleva de puntillas. Eriza tensamente el espinazo. Toma impulso con los músculos de la vejiga y entonces…
               -¿Qué demonios estás haciendo?
               El tono de sorpresa reflejada en el timbre de la voz que le ha llegado desde detrás casi desequilibra la posición de Perseus, quien estuvo a punto de caer estampado de boca sobre el suelo. Cuando recuperó la verticalidad, el ratón se volvió hacia el lugar de donde venía la pregunta, encontrándose con un individuo de su misma especie, de pie, contemplándole con aspecto intrigado, como si fuera el bicho más raro que hubiera visto en su vida. Perseus, algo intimidado por este súbito mirón, dejó de ejecutar el acto que estaba llevando a cabo y se puso a observar al desconocido. Éste seguía manteniendo el aire ingenuo y levemente indiferente que a Perseus tanto le había descolocado desde el principio. La primera pregunta que pasó por su mente fue la que se hacía siempre: “¿Qué es lo que haría un humano en esta situación?”, y la respuesta era sencilla, así que decidió presentarse.
               -Hola –alargó la pata hacia el ratón-. Mi nombre es Perseus. ¿Cuál es el tuyo?
               El otro ratón no entendió el gesto. Se quedó un rato mirando la pata de su interlocutor y luego, al interpretar que el otro esperaba algo de él, también alargó la pata y chocaron las zarpas en un apretón.
               -No… no tengo un nombre. Pero los otros ratones del Animalario me llaman Juan.
               La cosa se quedó bastante fría a partir de este momento. Azorado, Perseus se acobardó ante la mirada penetrante del otro -el cual parecía aguardar constantemente una explicación- y se volvió hacia un lado, esperando que de esta manera el recién llegado Juan se olvidara de él y pudiera retomar tranquilamente lo que estaba haciendo. Y efectivamente, Juan dio la impresión de entender que su nuevo compañero quería estar solo, y se alejó de su lado. Perseus escuchó los pasos detrás de él. Se alejó, se alejó, se alejó. Se alejó, se alejó y se seguía alejando…
               -¡Eh, espera un momento!
               Juan se detuvo y se dio la vuelta.
               -¿Qué pasa?
               Perseus le observaba asombrado como si estuviera viendo en directo al héroe griego de su mismo nombre sosteniendo la cabeza de alguna señora con muy mala baba y un agresivo peinado fatalmente cuidado.
               -¿Qué haces ahí?
               Juan bajó la vista para ver a qué se refería. No vislumbraba nada especialmente excepcional: él se encontraba en un sitio normal, sobre la superficie blanca de la mesa del laboratorio, allí, como siempre, delimitado por las paredes de la inmensa jaula que albergaba a muchos de ellos y cuyos elevados muros impedían –a pesar de que se encontraban a cielo abierto- ninguna posibilidad de escapar.
               -No sé, ¿qué ocurre?
               Pero para Perseus era radicalmente distinto. Perseus lo que veía era un ratón… completamente alejado de todas las paredes. Esto puede parecernos una cuestión anecdótica, si lo vemos desde el punto de vista de un humano. Pero para Perseus, que tenía todavía suficiente alma de ratón en su interior para apreciar la diferencia, era un hecho llamativo: como todos los animales del bosque saben, los ratones no pueden caminar sencillamente a campo abierto por el miedo instintivo que tienen a encontrarse en medio de la pradera a una serpiente. Por eso, tienden siempre a transitar pegados a las paredes, a ser posible, mediando una buena dosis de oscuridad. Pero un ratón que paseara despreocupadamente tan lejos de los muros de la jaula -incluso teniendo en cuenta que no había serpientes a la vista-, sólo podía ser calificado de un imprudente, de un loco, o quizás…
               -¿Cómo has dicho que te llamaban?
               -Pues… Eso, en el animalario me suelen llamar Juan. Juan Sin Miedo.
               Perseus mantuvo la calma, como el tipo de persona que se encuentra a un dragón en un paso de peatones y comienza a charlar con él tranquilamente, pensando: “tranquilo. Si le hablas del tiempo, seguro que ni se acuerda de que es un dragón”.
               -¿Y por qué te llaman Juan sin Miedo, mi querido amigo?
              Juan se encogió de hombros.
             -No sé. Siempre he querido salir de aquí. Recorrer mundo. Explorar las cosas que hay más allá del animalario. ¡Ver qué hay fuera de aquí!
             ¿Fuera de aquí?¿Fuera de aquí? Perseus se revolvió. ¿Qué podía haber fuera de aquí que le pudiera interesar? Aquí lo tenía todo: su modo de vida, su tiempo de estudio, sus seres humanos... Claro que podría ser interesante estudiar a los Homo sapiens sapiens en su hábitat natural, es decir, fuera de las condiciones de laboratorio. Sería interesante ver qué pasaba cuando se quitaban aquellas batas. Tal vez…
                -No –se dijo a sí mismo, aunque lo hiciera en voz alta, como si se tratara de convencer al resto del mundo-. Para una fuga de este tipo (para un proyecto, quiero decir, como éste), se necesitarían varios individuos… Especialistas, cada uno encomendado a una misión. Y no sé yo si encontraremos individuos suficientes… Los ratones parecen estar a gusto en el animalario.
                Juan Sin Miedo adquirió un aire decidido en su mirada. Le señaló en una determinada dirección.
               -Ven conmigo.
           Algo escamado, Perseus le siguió. Durante unos pocos minutos, caminaron en silencio entre la inmensa ciudad flotante del animalario, donde los diversos subgrupos se odiaban, se amaban, interaccionaban o dejaban de hacerlo entre sí. Pero atravesando por encima de compañeros en toda clase de actitudes y posiciones, hubo un momento determinado en que –Perseus se apercibió- la densidad de ratones iba haciéndose más y más baja, hasta llegar a una zona en la que Perseus, a pesar de las obvias diferencias con el resto de su especie, no había llegado nunca: la zona de los renegados. De aquellos cuyas peculiaridades se habían hecho tan destacadas con respecto a las de sus compañeros, que ni siquiera tendían a juntarse con los demás, sino que tenían un nicho aparte. Ellos eran, a su manera, los excluidos. Pero aún así, Perseus confiaba en que fueran tan felices a su manera en el animalario, que no ansiaran escapar a ningún otro lado, y de esa manera el propio Perseus evitara plantearse que su plan absurdo de una fuga –quería decir, proyecto- pudiera ser de ninguna manera factible.
              Pero cuando llegaron al sitio, Juan sin Miedo le señaló con determinación a uno de sus compañeros.
                   -Fíjate en él.
              El ratón en cuestión estaba temblando. Pero el temblor en sí mismo no era nada, porque un temblor puede reflejar una situación puntual, y era más inquietante echarle un vistazo a los signos evidentes de nerviosismo crónico, como el pelo erizado, los ojos inyectados en sangre, o un agotamiento que se reflejaba desde las orejas hasta la cola retorcida pasando por los alicaídos bigotes. Pero lo peor fue cuando vislumbró a Perseus, y saltó espantado tratando de encontrar protección entre los barrotes de la jaula en la que todos se hallaban encerrados. 
                 -¡Ay, ay, ay!¡Un ratón!¡Un ratón!
                 -Sí, claro, un ratón, ¿qué pasa?
                 Y entonces lo comprendió.
                 -¿Es un ratón con miedo a los ratones?¿Y entonces, qué pasa cuando se mira a sí mismo?
              -¡Aaaaah!-gritó el interpelado para responderle. El susodicho acababa de vislumbrar de refilón una de sus zarpas.
               Perseus asintió frente a Juan sin Miedo, captando el mensaje.
             -De acuerdo, está claro, tenemos candidatos. Pero eso no resuelve buena parte de los problemas. Una vez salgamos de aquí, tus habilidades, Juan, serán muy útiles para poder caminar por el mundo exterior. Pero mientras tanto, la jaula constituye un muro para cualquier salida.
           De repente, Perseus vio algo. Sobresalía tan destacadamente que no sabía cómo no se había dado cuenta antes. A un lado del animalario, un ratón sin duda especial probaba sus habilidades únicas. El ratón tenía acopladas un par de estructuras que asemejaban inmensas alas a ambos lados de su cuerpo. El objetivo inicial de esas alas –aunque el ratón no lo supiera- era que el hueco que se formaba entre las mismas a la altura de la espalda sirviera como un lugar específico para aplicar medicamentos sin que el ratón pudiera toquetearse por culpa de las “supuestas alas”. Pero ya se sabe que la forma de nuestro cuerpo modifica nuestra manera de pensar, de tal manera que aquel roedor víctima de un experimento había acabado por creer que aquellos apéndices planeadores eran suyos e, incluso, que podía volar. O al menos, eso reflejaban las gafas de aviador que este ratón portaba siempre consigo. Perseus lo entendió desde el principio. Y por eso hizo la pregunta de manera directa, sin rodeos.
             -¿Puedes volar?¿Podrías sacarnos volando de esta jaula?
            Los bigotes del ratón se estiraron de placer.
           -¿Volar?¡Claro!¡Por supuesto!
         Lo cual, en la traducción mental de Perseus, estaba claro: aquel ratón no podía volar en absoluto, pero creía firmemente que lo haría. Le bastaba simplemente con eso.
         -¡Perfecto! Preparaos entonces para salir de aquí.

*                                          *                                          *

               Los ensayos de vuelo se convirtieron, por supuesto, en el espectáculo del día en el Animalario. Perseus dirigía las maniobras mientras Piloto (pues tal era el nombre del intrépido aviador de poblados bigotes) se pegaba alocadas carreras por una improvisada pista de despegue que debía servir como campo de prácticas para el momento de la verdad. Que de momento Piloto no pareciera dar visos de ser capaz de alzar el vuelo en ningún caso no parecía constituir un problemático impedimento (“todavía hay que practicar”, pregonaba Perseus con infinita paciencia), mientras ambos ratones recibían el siempre voluntarioso entusiasmo de Juan sin Miedo y la docta ayuda de Roche, un ratón experto en devorar (en todos los sentidos) guías comerciales de empresas farmacéuticas y que, a falta de un ingeniero aeronáutico, parecía el más adecuado para concretar los aspectos técnicos del asunto. Mientras tanto, una multitud de roedores se situaba alrededor del campo de experimentos, mientras dos individuos, más alejados, debatían acerca de los aspectos filosóficos de los mismos:
               -¿Tú crees que se matarán en el primer intento o en el segundo?
               -¿Hace una apuesta?
               -No, qué va; si me vuelvo a meter en el juego, mi esposa me mata.
               -La pregunta que me hago yo es qué pasará si se estrellan; es decir, adónde irán.
               -Creo que la respuesta es que la parte principal del cuerpo se queda allí pegado al suelo, mientras que algunos trozos…
               -No me refiero a eso, zopenco; sino adonde se dirige su espíritu, su… esa cosa que sientes entre las orejas.
               -Creo que eso también se machaca bastante.
               -¿Tú no crees que hay un cielo de los ratones? Un lugar al que todos vamos después de muertos y donde todo es feliz y maravilloso.
               -Yo escuché acerca de un lugar así, pero no había que estar muertos. Era en la India. Una especie de templo donde todo está lleno de ratones, y son sagrados, y los humanos se alegran si los tocamos, y hay cinco ratas blancas que traen especialmente buena suerte…
               -¿Ratones o ratas?
               -Nunca me ha quedado muy claro; era más un rumor que otra cosa, y quien me lo comentó fue interrumpido en su relato por una trampa con queso.
               -¿Y si hay cielo de los ratones, también habrá infierno?¿Adonde irán los humanos que se han portado mal con nosotros? Como esas malditas investigadoras…
               -Depende; ¿a qué van a ir, a pasarlo mal ellas, o a golpearnos con el látigo?
               -No tengo ni idea, compadre.
               Mientras tanto, Perseus estaba llegando a una peligrosa conclusión: se acercaba el momento en el que la inmensa multitud la cual se estaba congregando alrededor de la plataforma de vuelo empezaría a impacientarse, y eso quería decir que los sucesivos ensayos ya sólo servirían para ponerles aún más nerviosos y hacerles dudar del proyecto, minando la confianza de los propios implicados. Por tanto, había que partir ya, a pesar de que Perseus sabía de sobra que no estaban ni de lejos preparados para intentar este viaje. Pero las odiseas (bien sabía por su corta experiencia de la vida el ratón con nombre de héroe griego), si te esperas a iniciarlas con todo preparado y en su sitio, no las terminas nunca.
               -¡Bien!-hizo un súbito gesto para que todo el mundo le prestase atención-. Vamos a ponernos en marcha. Piloto cogerá carrerilla y echará a volar, y nosotros, agarrados a su cola, ascenderemos por encima de las paredes de la jaula.
               -¿Y qué hacemos con Pinky?-preguntó Juan Sin Miedo. Pinky, a la sazón, era el nombre del ratón que le tenía pánico a los otros ratones.
               -Le pondremos a la cola de Piloto un revestimiento de tela para que Pinky no tenga que tocarle la cola directamente. De hecho, nos lo pondremos todos, por si acaso hace falta que nos cojamos entre nosotros llegado el momento -añadió Perseus, quien seguramente no las tenía todas consigo.
               Tardaron unos 10 minutos adicionales en completar esos preparativos. Una vez hecho esto, se encontraban todos preparados: Piloto, enfocado hacia su objetivo mientras contemplaba el cielo (que no era otra cosa sino unos tubos fluorescentes que parpadeaban a la altura del techo del animalario), y todos los demás agarrados a su cola. Piloto se ajustó las gafas:
               -¿Todos listos?-hubo un murmullo de asentimiento general, por parte de algunas gargantas de manera más entusiástica que de otras-. ¡Pues allá vamos!
               Y Piloto empezó a correr. Todos los demás le seguían, agarrados de la cola, desplazándose a toda velocidad, procurando no descolgarse del ratón de cola. Sin embargo, Perseus constataba atormentado un problema: que, a pesar de toda la carrerilla, seguían sin levantarse ni el más mínimo ápice del suelo, y que -cada vez más cerca- se iban aproximando a la pared de la jaula. Y no sabía qué podrían encontrarse al otro lado, pero se temía que no serían globitos de colores y un cartel enorme que dijera: “Feliz cumpleaños, coged una galleta y sentaros en un sitio cerca del final”.
               -¡Venga, chicos, allá vamos!-gritó Piloto, entusiasmado, completamente absorbido dentro de aquel papel tan dramático. Pero para su desgracia, Piloto siguió sin impulsarse hacia arriba: simplemente, ayudado por la inercia de sus compañeros, se estrelló contra la pared de la jaula y la derribó, precipitándose todos ellos hacia el vacío.
               Aunque para Piloto, que se veía flotando por primera vez en el cielo, aquello había estado muy claro: en aquel momento, estaba volando. Y no tenía ni la menor idea de que se estaba a punto de estrellar.

                                            *                                          *                                          *

               Sin embargo, Perseus sí que era más consciente de que una caída a esa distancia bien podía matarles, y su estado de ánimo se encontraba ligeramente alterado. Por primera vez, contemplaba desde abajo la superficie de la mesa donde su inmensa jaula había estado situada durante todo este tiempo; y aquella visión no le gustaba, porque también podía mirar el suelo donde definitivamente iban a acabar machacados dentro de unos cuantos segundos. Empezaba a sospechar que, probablemente, el intento de salir de la jaula volando había sido, en el mejor de los casos, una posible mala idea.
               Pero entonces, Juan Sin Miedo les sorprendió. Sacó de un repliegue de su grasa corporal algo parecido a un pequeño látigo y lo empuñó para conseguir que el extremo de aquella improvisada herramienta quedara enganchado en uno de los agujeros de las fragmentadas paredes de la jaula, las cuales se agitaban todavía en el aire, sostenidas al resto de la jaula por encima de la mesa. De esa manera, Juan detuvo su caída, y quedó colgado de manera precaria de las paredes de la jaula gracias al látigo. Comprendiendo lo que había que hacer en ese momento, Perseus se agarró a la cola de Juan e instó con rápidos gestos  a los demás a hacer lo mismo, de tal manera que Roche se enganchó a la cola de Perseus, Pinky (con algo de asco, pero sobreponiéndose gracias al revestimiento de tela que tan apropiadamente habían colocado) hizo lo propio con la cola de Roche, y por último Piloto se asió a la de Pinky. Piloto se quedó tan cerca del suelo que el último tirón al engancharse le hizo descolocarse y caer, pero las alas amortiguaron su caída. “Un feliz aterrizaje”, pensó tumbado boca arriba, sonriendo todavía gracias al vuelo más largo que había recorrido en su vida.
               -¡Buena idea la del látigo!-le indicó Perseus a Juan desde abajo, ofreciéndole un gesto de satisfacción.
               Juan recibió este halago no especialmente convencido.
               -¿Te refieres a esto? –dijo señalando al látigo-. No sé. Pensé que tenía que llevarlo. Como que… pegaba con todo esto. Pensé que podría hacer falta. No sé por qué.
No obstante, aunque su situación ya no era crítica, seguía siendo desesperada: salvo Piloto, el resto de los ratones seguían colgados como una morcilla, pendientes de un fragmento de hierro que en cualquier momento podía desprenderse y hacerles caer.
               -¡Creo que he leído algo acerca de esto!-exclamó Roche, cuyo extremo conocimiento de revistas científicas le hacía encontrar soluciones para todo. Y recolocó sus gafas por encima de los bigotes para calcular la distancia a una de las patas de la mesa, e indicó a sus compañeros que se balancearan para crear un movimiento de péndulo a partir de la cola de Juan. Comenzaron a moverse, al principio muy suavemente: Roche les incitó a hacerlo con más brío.
               -Creo que el truco está en hacerlo como si trataras de bailar: mueve la cadera, uno, dos, mueve la cadera…
               Fueron ejecutando un recorrido cada vez más amplio (en lo que se les asemejó la conga más estresante de sus vidas), acercándose progresivamente de esa manera a la pata de la mesa. Después de tres o cuatro intentos, estuvieron a punto de alcanzarla, pero no llegaron del todo. Sin embargo, en el siguiente balanceo, Pinky (que estaba deseando librarse de la obligación de tener que agarrar una cola de ratón, por muy disfrazada que ésta estuviera) se agarró con fuerza a la pata de la mesa, quedándose sujeto en mitad de la misma. A continuación, Roche se dejó caer sobre la cabeza de su compañero, Perseus sobre la de Roche y Juan sobre la de Perseus, de tal forma que al final todos se encontraban agarrados a aquella inmensa columna como si se tratara de una barra de la estación de bomberos. Pero Pinky estaba tan horrorizado de tener un culo de ratón encima, que se dejó deslizar por la barra –perdón, la pata de la mesa-, y el resto de los ratones que quedaban por encima se deslizaron a continuación, quedándose todos amontonados en el suelo y con un fuerte dolor de posaderas. Perseus, aturdido todavía por el golpe, abrió los ojos: observó entonces como el resto de los ratones del animalario les contemplaban desde lo alto de la mesa, sorprendidos de que aún estuvieran vivos. Y sólo cuando escuchó la pregunta de Roche lo comprendió plenamente:
               -¿Y ahora qué?
               Perseus, todavía tumbado boca arriba, sonrió:
               -Somos libres.

                                            *                                          *                                          *

               La libertad, sin embargo, a veces significa simplemente escapar para acabar por meterse en una jaula más grande. Y lo que Perseus no sabía era que la mesa del animalario se encontraba en una habitación la cual a su vez estaba controlada por un científico quien, de acuerdo a las teorías más modernas de la revista Nature Science Cell SuperCool Journal to Publish if you are SuperCool, había decidido poner a los ratones todos juntos en una jaula grande y de techo abierto en lugar de en jaulas pequeñitas y cerradas para así intentar que los animales se encontraran un ambiente más natural y que “les recordara a su hogar” (siempre que el prado o las alcantarillas de las que los ratones provenían albergaran seres mitológicos vestidos con una bata azul, armados con un apéndice en forma de fregona, y que desprendiesen un fuerte olor parecido a la lejía. Aunque esto, por otra parte, explicaría alguno de los traumas infantiles de muchos de los roedores). Y este científico, que devoraba todos los artículos científicos a más velocidad aún que Roche, que tenía la misma capacidad analítica de Perseus, y la misma iniciativa y pasión por conquistar sus sueños que Piloto, no se llamaba Herbert von Karazen, ni Max Maximillian, ni Pierre Le Grandeur, como hubiera merecido, a pesar de que su lúcida claridad científica se encontraba en consonancia con todos esos nombres. No, el hombre que penetró con prestancia en el animalario, tras haber escuchado un cataclísmico sonido de paredes metálicas rompiéndose, era otro muy distinto, pero igualmente audaz: se llamaba Arturito, vestía gafas de hipermétrope que le hacían aparentar poseer ojos muy parecidos a los de un mochuelo, y cuando vio la jaula de los ratones completamente abierta (con, al fondo de la misma, cincuenta sombras de pelo gris bullendo de nerviosismo las unas sobre las otras), junto con unos cuantos animales correteando agitados debajo de la mesa, prácticamente entró en shock. Pero mucho más todavía cuando observó a un roedor con vestido con alas y gafas de piloto, a otro que también llevaba puestas gafas y había penetrado con aire voraz en un armario cargado de revistas viejas, y a otro que se encontraba armado con una especie de látigo que le daba un aire muy parecido a Indiana Jones, aunque con un estilo mucho menos presumido. Sin embargo, lo que más le sorprendió de todo fue cuando descubrió a uno de los ratones en el suelo, de pie, sobre sus dos patas, mirando al propio Arturito ávidamente, como si se lo comiera con la mirada. El ratón se puso a su vera, le tiró un par de veces del calcetín, y realizó un gesto que Arturito entendió como una petición de que le levantasen. Con algo de asco (porque no tenía puestos los guantes), Arturito cogió al roedor, lo alzó a la altura de sus ojos, y aguardó, porque el ratón parecía estar haciendo algo muy similar a comprobar su garganta. Y de hecho, Perseus, después de repasar mentalmente sus bien aprendidas lecciones sobre lenguaje humano, y tratar de adaptar su agudo tono de voz a los limitados oídos de los Homo sapiens (con lo cual le salió una extraña mezcla de gañido de cabra y cobaya a la que le estuvieran aplastando los testículos), se atrevió por fin a dar el paso y, con un aire de denodado esfuerzo, consiguió exhalar un forzado:
               -Hola, me llamo Perseus y quiero ser tu amigo.
               Y entonces fue cuando Arturito, después de un varonil grito, se desmayó.

                                            *                                          *                                          *

                Cuando Arturito volvió en sí, y después de colocar a los animales fugados en una jaula aparte, con tan sólo Perseus situado frente a él sobre uno de los estantes de la biblioteca, su situación mental distaba mucho de haberse calmado, y no hacía más que dar vueltas de un lado para otro de la habitación. Perseus, mientras tanto, a quien todo esto representaba mucho más que un sueño (¡un humano al natural!, ¡con el que podía estudiar su comportamiento en situaciones fuera del animalario!), se entretenía vivamente y procuraba permanecer atento a cada detalle. Aunque ahora mismo no sabía muy bien a qué carta debía quedarse, porque Arturito no parecía estarle hablando a él personalmente, y sin embargo, no había nadie más en la habitación:
               -Porque claro, ¿y cómo explico yo todo esto al profesor Fernández?, ¿y quién se va a creer esta historia?, peor, incluso, lo más probable es que me encierren en un manicomio, y además…
               Un “`plin-plin” procedente del ordenador vino a interrumpir su reflexión. Arturito se acercó hacia la pantalla y, al comprobar qué lo había causado, se pasó la mano por la cara, desesperado. Perseus, con su inmenso conocimiento de la problemática primate, recurrió a sus viejos apuntes de humanología humana (los cuales, en buena parte, consistían en una colección del cine de los años cincuenta y una copia barata del musical de “Los Miserables”) y, con la voz más seductora que fue capaz de expresar (y que recordaba en cierta medida al estornudo ronco de una ardilla), apuntó:
               -¿Problemas con las mujeres?
               Arturito, que parecía haber olvidado que Perseus se encontraba allí, pegó un intenso respingo:
               -¿Cómo lo has sabido?
               Perseus, quien se sentía interpelado por primera vez por un humano –y por lo tanto importante-, hinchado el pecho, se explicó:
               -Oh, es sencillo. Arqueamiento de cejas, enrojecimiento de orejas, rubor en las mejillas… y, todo hay que decirlo, empezáis a expulsar un tipo especial de feromonas –susurró más bajito al expresar lo siguiente-. No es por intentar ser hiriente, pero en esos momentos  oléis un poquito mal.
               Arturito agachó la cabeza y la desplazó pesaroso de un lado a otro.
               -Es… se trata de Nerea. Es una compañera de laboratorio. Siempre trato de impresionarla, pero nunca encuentro manera… Creo que le gusta ese estudiante australiano de intercambio. Surfista, rubio, larga melena… Para qué me voy a engañar, no puedo competir con eso.
               Perseus se rascó la cabeza con intensa fruición.
               -Bueno, quizás pueda servirte de ayuda. No quiero presumir, pero yo he estudiado a fondo los comportamientos y pulsiones humanas, quizás incluso desde un punto de vista más objetivo, teniendo en cuenta que siempre lo he contemplado desde fuera… Podría intentar ayudarte.
               Arturito le miraba con unos ojos (ya de sobra magnificados por las lentes) que se habían quedado ensanchados como platos:
               -¿Tú?¿Ayudarme?
               -Puedo andar escondido en un bolsillo e indicarte qué debes decir en cada momento. A cambio –Perseus aprovechó por primera vez el factor de encontrarse en una posición de poder-, tú te comprometes a encontrar una solución para que mis compañeros, que con tanto ahínco han buscado la libertad, vivan en un entorno adecuado donde puedan cumplir sus sueños. Firmaremos el pacto con un apretón de manos.
               A Arturito, la perspectiva de que un ratón pudiera auxiliarle en sus cuestiones amorosas le resultaba bastante poco halagüeña. Tener que estrechar la zarpa de un ratón, también.
               -No sé yo…
               -Vamos –le instó entusiasta Perseus-, seguro que lo has intentado de todas las maneras posibles y no te ha salido bien de ninguna de ellas. Confiando en mí, ¿qué puedes perder?-inquirió el ratón recordando uno de los mejores capítulos de McGiver a través de los cuales había aprendido el lenguaje humano. No le recordó a Arturito lo mal que acababa aquel episodio.
               Arturito dudaba, e incluso balbuceaba visiblemente. Pero había algo en aquella seguridad que emanaba del ratón, conforme elevaba la patita al aire, que le hizo sentirse valiente también.
               -¡Trato hecho!-selló el acuerdo Arturito con entusiasmo, y no dejó entrever que el tacto húmedo de las almohadillas plantares del ratón le había provocado un cierto desagrado.

                                            *                                          *                                          *

               El relato de cómo continuó la siguiente parte de la historia resulta un poco confuso al estar contado a dos voces: una primera bastante entrecortada y apagada (que era la de Arturito incapaz de hablarle a alguien que no fuera el cuello de su camisa), y otra la de Perseus (que directamente le hablaba al cuello de la camisa de Arturito porque básicamente se encontraba localizado dentro de un bolsillo de su chaqueta). Pero más o menos, debió ser un poco más o menos como sigue:
               -Hola, Arturo.
               -Hola, Nerea…-(hay que indicar que, en esta parte, la discordancia entre los dos testimonios es bastante abrupta; mientras Arturito dice que sostuvo un animado diálogo de gran contenido intelectual con la preciosa y esbelta Nerea, con sus gafas de pasta de color rojo y su maravilloso pelo castaño claro recogido en una voluminosa coleta, Perseus asegura que lo único que escuchó por parte de Arturito fueron farfullantes interjecciones, interrumpidos tartamudeos e, incluso, el sonidito de un par de gotas de baba cayendo desde sus labios. Acerca de la chica, Perseus dijo que, en fin, en el fondo, no estaba del todo mal).
               -¿Qué pasa, Arturito?-se escuchó de golpe, tras interrumpir aquella (independientemente de las versiones) breve conversación una voz que, inconfundiblemente, pertenecía a Billy, el famoso estudiante australiano de intercambio (aunque también podría corresponder a Billy, el famoso muñeco rubio musculado), quien le había pegado un empellón al joven científico en mitad de la espalda.
               En ese momento, los músculos del cuello de Arturito se erizaron de tensión y miedo, y Perseus supo que tenía que intervenir para que la siguiente escena acabara de la mejor manera posible. Le susurró el contenido de la frase que tenía que soltar a Arturito, quien la expresó prácticamente en el transcurso de un rechinar de dientes:
               -Te he pedido en ocasiones anteriores, por favor, que no me llames Arturito.
               -¿Qué pasa, te has pasado toda la noche aprendiendo esa frase? Venga, no te enfades, Arturito…
               -Creo que deberíamos cimentar nuestra relación sobre unas nuevas bases…
               -Qué filósofo vienes hoy. Oye, Nerea, qué guapa te has puesto…
               -El caso, Billy, es que quería comentarte…
               -Aparta, gafotas.
               -¿Ves?, era a ese tipo de comentarios a los que me refería…
               El cruce de frases se intercambió un par de veces más, en los que Perseus empleó todas las técnicas psico-sociales de las que disponía, y que procedían de su famoso manual de relaciones interpersonales “Quién me ha robado mi leche fermentada”, y ninguna de ellas, sin embargo, dio para su sorpresa ningún resultado.
               -Pues, por resumir, Billy, lo que yo quería pedirte…
               -O te apartas de aquí o te pego un piñazo en los morros.
               Definitivamente, aquello a Perseus le estaba exasperando. Era el ser humano más despreciable con el que se había topado, y ya había conocido a dos. Resignado, Perseus llegó a la conclusión de que, en algunas ocasiones, todo lo que has aprendido no sirve para nada y tienes que acabar haciendo, simplemente, aquello para lo que por naturaleza te encuentras predestinado desde el momento de nacer. Sin embargo, la verdad es que agradeció enormemente el haber aprendido a mear a dos patas cuando, tras unos cuantos segundos de duda, salió del bolsillo de la chaqueta de Arturo, se colocó encima del hombro de Billy, y le lanzó un buen reguero de agüita amarilla en la boca.

*                                          *                                          *

               Lo cierto es que el incidente resultó bastante aparatoso, y fue la comidilla de la universidad durante semanas; pero a pesar de las interminables discusiones sobre el tema, nadie consiguió averiguar de dónde había salido el ratón y por qué se había ensañado tanto con el pobre chico australiano, primero utilizando su vejiga y luego a base de emplear con habilidad (y un puntito de mala leche) sus agudos y pulcramente aseados dientes. Pero una vez pasada la primera impresión de sorpresa, la sin par conmoción y las risas, lo que acabó por recordar todo el mundo fue cómo Arturo fue capaz de quitarle el ratón de encima a Billy (mientras éste, por otro lado, sollozaba como una niñita de tres años) y conseguir que el fiero animal se convirtiera en un amigable roedor el cual sonreía de oreja a oreja conforme el joven científico le acariciaba con delicadeza el lomo. Y, mientras esto ocurría, la guapísima Nerea se aproximaba a su compañero de laboratorio y, tras parpadear un par de veces en una larga caída de ojos, enunciaba:
               -Es curiosa esa frase que cuentan acerca de que los animales no se equivocan con las personas, ¿no es verdad?
               Y así fue como empezó a fraguarse el final para cada uno de nuestros protagonistas.
               Nerea y Arturo acabaron juntos. Se casaron, tuvieron hijos, y hoy en día viven felices con un negocio de quesos. Fueron los inspiradores de un famoso monumento dedicado al ratón de laboratorio, que les recuerda la extraño carambola a través de la cual el destino les unió. Pero no todo es felicidad: Nerea posee una extraña obsesión por el Risk, y Arturito no sabe por qué le desaparecen los calcetines del armario y siempre se encuentra tan sólo calcetines impares. O sea, las preocupaciones habituales de una pareja normal.
               Piloto acabó trabajando para la NASA para toda clase de experimentos espaciales. Nunca ha conseguido aprender a volar, pero los tests de caída libre le mantienen engañado casi todo el tiempo. Ya prácticamente no se marea cuando ejecuta giros boca abajo.
               Roche empezó trabajando para una compañía farmacéutica, pero pronto les cogió manía, y ahora vive en una casa construida por sí mismo en Brasil a base de paneles de energía solar y materiales reciclados, proclamando un retorno a una vida más sencilla y en mayor comunión con la naturaleza. Ha escrito varios libros para ratones recomendándoles que sigan esa vía pero, incomprensiblemente, ningún ratón se lo ha comprado.
               Juan Sin Miedo trabaja en una agencia de rescate de palomas mensajeras atrapadas en lugares inhóspitos. En sus ratos libres, para relajarse, toca jazz en un club para gatos. Nunca ha entendido por qué ningún otro roedor viene a verle tocar.
               Pinky se metió en un curso intensivo para quitarse el miedo a los ratones. El curso ha sido todo un éxito, pero ha tenido como despreciable efecto secundario el hecho de que ahora Pinky le tiene pánico a la nieve. Los experimentadores noruegos que han llevado a cabo el proyecto no creen que esto tenga necesariamente que suponer un problema. Pinky vive en Oslo y se ha comprado una casa con amplios ventanales.
               El sistema de una única jaula para todos los ratones se encuentra actualmente en desuso, pero todavía, en los mentideros entre los ratones, cuando conversan, aún recuerdan la leyenda de aquel grupo de exaltados medio locos que se escapó de la jaula que entonces llamaban hogar. Una buena parte cree que fueron a parar a un lugar mejor; la otra mitad piensa que se los están comiendo como parte del pienso para animales.
               Y en cuanto a Perseus… ha adquirido una plaza como catedrático titular de un máster especializado en relaciones entre roedores y seres humanos. Vivió innumerables aventuras y pasó por muy diversas situaciones. Pero si queréis conocer el resto, qué narices, dice Perseus mientras gira el cómodo sillón verde donde se encuentra sentado y contempla a todos los lectores: dejad de leer y comprad el libro. O, mejor, id a ver la película. Perseus guiña el ojo. Suena música de los Bee Gees. Aparece una imagen de varios ratones surfeando sobre una playa hawaiana. Luego, los cinco ratones protagonistas salen tocando como componentes de una banda de rock sobre un escenario al fondo del cual se encuentran bailando Arturo y Nerea. El público son ratones, que gritan y aplauden con escandalosa animación.
              
-Pues no me ha parecido una buena comedia.
               -Pero si se han meado y todo.
               -Pero no se han comido a nadie.
               -Tú es que no entiendes de arte moderno.
               -Ya. ¿Me pasas las palomitas?
               -Calla, que viene el making-of.

               -Perseus, tienes que ofrecernos ahora algo para los comentarios del director: ¿hay alguna cosa que nunca hayas llegado a entender acerca de los humanos?
               Perseus apoya el mentón sobre la patita, reflexivamente, y pregunta:
               -Sí. ¿Por qué se ponen esos nombres tan ridículos?

FIN

               Es verdad. Es que son absurdos. Arturo, vaya nombre. Bigotitos… Ése sí que es un nombre resonante…

¿CONTINUARÁ?

(Música de los Bee Gees con voces de ratón cantando)