lunes, 18 de mayo de 2015

El relato de mayo: Ángel (Héroe II)

Ésta puede considerarse la continuación del relato que publicamos hace un tiempo bajo el título de "Héroe". Espero que os guste, y os impulse a cambiar vuestra ciudad y vuestro mundo. Un saludo.


Ángel
(Héroe II)

                La ciudad está fría, está húmeda, pero no desangelada. Nunca le faltan ángeles. Aunque éstos sean infernales o carezcan de alas. Aunque caminen bajo la lluvia con cara de mala leche y tratando de protegerse con sus paraguas. Aunque tengan que dedicarse en exclusiva a sobrevivir y no tengan oportunidad de expresar su divinidad ni apenas tiempo para producir milagros. Madrid está llena de ángeles. Lo que pasa es que la mayor parte del tiempo pasamos por encima de ellos o les escupimos mientras les apartamos con un pie hacia la basura. Ángeles que no llegan a volar.
                En esos días de frío y lluvia, cuando las hojas caídas se arrastran junto con los torrentes bajo unos coches que en cualquier giro se hallan siempre a punto de atropellar a los transeúntes, a Ángel le gusta pasearse por las calles. Embutido en su gabardina color beige, camina bajo el cielo gris de smog y las nubes cargadas de llanto, y pasa desapercibido entre los demás aspirantes a vestir ropa de espía, a pesar de que su insultante juventud y su pelo de un ingenuo rubito le hagan asemejarse, a pesar de sus casi dos metros de altura, casi con niño espigado que se ha creído mayor demasiado pronto y pasea con la ropa de un padre que le saca varias tallas de anchura por entre la jungla de tipos serios y trajeados cargados de maletines y de bombas nucleares y dispuestos a pasarle por encima a fuerza de empellones a la menor oportunidad. Pero Ángel no se amedrenta ante ellos; es más, en estos momentos, ni tan siquiera los ve. Normalmente, cuando realiza este tipo de paseos, anda escrutando las calles, con los ojos muy atentos, catalogando cada detalle del personal; uno cabría pensar, a veces, por su manera de escrutar el infinito, por la particular orientación de su cabeza por encima del firme de la calle, que está contemplando los tejados de Madrid, ésos que han salido en tantas ocasiones retratados en tantísimas películas, ambientando persecuciones, peleas o momentos de terror inquietante, expresando ecos vibrantes de resonancias neoclásicas y decimonónicas. Pero en realidad, hoy Ángel no ve ninguno de esos techos, como tampoco fija la vista en ningún edificio concreto ni de hecho se apercibe de la presencia de casi ningún individuo a su alrededor. Porque cuando Ángel pasea por Madrid, y más cuando lo hace este día, lo único que ve son pobres. Pobres en las esquinas. Pobres en las aceras. Pobres en la periferia de cafeterías en las que no entran. Pobres que le devuelven la mirada, allá donde atisba, allá donde va. Pobres que se entremezclan con la miseria de unas calles que devuelven en forma de lodo ambulante todo lo que sobre su superficie vierten los transeúntes en su caminar indiferente al pasar. Pobres que no tienen salvación. Miserables que no encuentran ayuda ni consuelo, tan sólo una cara larga que refleja en todos ellos el mismo sentimiento de angustia e impotencia y despiertan algo de conmiseración, pero también las menos empáticas desesperación, violencia y malestar. Y, por encima de todo, la duda. La duda que se hace asimismo causa común con Ángel y le obliga, le fuerza, le culpa, le empuja de un empellón de nuevo a las calles; una vez más.
                El deambular habitual de Ángel (y más en estos días de lluvia, de reacciones humanas tan distintas de las jornadas habituales, y sin embargo tan predecibles) circula de la manera más aleatoria posible, pero siempre, como por una especie de extraño magnetismo -o quizás a causa de la abundancia de las mismas, incluso en este tiempo donde escasean los ídolos que no sean comerciales o referentes a la propia persona-, termina cruzándose con la presencia sólida e insoslayable de una iglesia. Ángel, con las manos en sus bolsillos, estira la cabeza todo lo que puede, pero a pesar de eso su altura queda empeñecida en presencia de esta inmensa mole, con un Cristo crucificado el cual (aunque de tamaño diminuto cuando es contemplado desde abajo) da impresión de presidir toda la plaza, que, seguramente, en su día, cuando fue construida, giraba exclusivamente en torno a este edificio donde se regulaban los nacimientos, los grandes acontecimientos y las muertes, se controlaban los pecados y las confesiones, se administraban perdones y miedos eternos, y que incluso podía servir para esconderse de la ley humana (que no de la divina, para la cual nunca existen muros) o de cualquier mal catastrófico, climatológico o bajo embrujo de Satán, si fuera necesario. Pero ahora mismo, a Ángel este lugar de resulta de poco refugio, por no decir de ningún consuelo. Su fe, en otro tiempo fiel y duradera, se tambalea desde hace ya meses, conforme ha comprobado que este dios al que adora, odia y teme a partes iguales no puede dar respuesta a sus preguntas, que están siempre relacionadas con cómo ayudar a sus corderos, cómo ayudar a los míseros, a los desheredados, a los pobres que -de una manera o de otra- no hace más que encontrar. ¿Cómo solventar la injusticia?, se pregunta a sí mismo, ¿cómo hacer lo que es necesario?, todas esas preguntas, formuladas por todos nosotros en algún momento de la vida, repetidas desde una edad temprana e idealista hasta que se vuelven faltas de sentido, huecas, viejas fórmulas manidas de jóvenes que se las formulan como si nunca las hubiera hecho nadie porque para ellos (y a veces, esa expresión, "para ellos", es lo único importante) es la primera vez, y que a Ángel, sin embargo, a pesar de su corta edad, le suenan ya tan manidas como a los cuarentones que están de vuelta de todo con los que se topa todos los días constantemente en su camino, y eso es porque él se las ha repetido ya muchas veces aunque sea en este breve lapso de tiempo, pero eso es debido a que él ha pensado en las mismas preguntas en tantísimas ocasiones como si su respuesta fuera de su única y exclusiva responsabilidad, y el principal motivo que provoca esto es porque se las toma en serio realmente y no como simples fórmulas de compromiso que debemos seguir como parte de un camino al que acudimos como mantra solamente para que no nos sintamos mal. Y en medio de la lluvia, de los empujones y de los charcos, él pasea su mirada tan sólo aparentemente indiferente por entre las casas que sufren desahucios, por los cartones donde se alojan mendigos, donde hombres desesperados ahogan toda su pena en los bares, y tan sólo piensa, como en un bucle infinito, una frase que le atormenta, que le sume de rabia infinita, "¿qué hacer?", se interroga, como se han preguntado otros siempre, sin encontrar respuesta alguna, sin poder hacer otra cosa más que reiterar la pregunta, repetir simplemente  "¿qué hacer?".
            Quizás Dios -sigue desenrollando mientras deambula el hilo de sus pensamientos Ángel, en un largo y solitario diálogo consigo mismo que en ausencia de respuestas convincentes nunca termina del todo- no puede actuar para remediar nuestro ahogo porque le falta el instrumento a través del cual podría mediar y de cuya ausencia se lamenta día tras día porque le priva de manos y piernas para poder hacer a su antojo: es decir, de los ángeles. En todas las fuentes de las cristiandad consultadas, y a lo largo de las diversas tradiciones orales o escritas (o, como a Ángel le gustaría pensar que diría su abuela, "de toda la vida"), e incluso con referencias en mitologías y culturas más antiguas, los ángeles constituiría el elemento activo (la transformación de la potencia en el acto, que lo llamaría el santo cristiano Tomás de Aquino tomándoselo prestado del pagano Aristóteles) a través del cual Dios ejercía sus acciones salvadoras o incluso en ocasiones vengativas sobre los seres humanos, como si al Poder Supremo le diera vergüenza hacerlo por sí mismo y debiera emplear a unos matones para ejercer su labor. Y lo de matones, desde luego, les venía bien al pelo, pensaba Ángel recordando al agresivo Miguel cargando como un toro herido a mandobles con su espada, a las caras casi endemoniadas con que le dibujaba el arte medieval y los grabados de los libros antiguos, matando dragones, cercenando diablos, cualquier cosa menos lo que tuviera que ver con auxiliar de manera directa las cuitas de los seres humanos, pero también estaba el arcángel Gabriel que anunciaba embarazos divinos, los serafines, los querubines, y toda una pléyade de entes celestiales que parecían haber salido corriendo, roto su labor de conexión entre Dios y el mundo, apartados por la alta tecnología y los aviones que surcan los cielos y atraviesan las nubes, y que apenas habían dejado espacios para los entes divinos salvo quizá de manera aislada en alguno de los tejados de Madrid: una escultura de un ángel estrellado en un edificio, con la cabeza enclavada en el cemento, otro pico de aguja rematado por un ente alado de tono majestuoso y broncíneo, e incluso el rebelde Ángel Caído, situado desde sus 666 metros de altura -o eso dicen-, representando a aquel contra el que el resto de los ángeles se han de enfrentar, el eterno enemigo el cual nos recuerda la presencia intangible pero siempre constante del mal. En el mármol de Madrid estos ángeles abundan, pensaba Ángel, pero en cambio están ausentes en sus formas psíquicas y en sus actividades, expulsados de este paraíso terrenal para quizás haber emigrado hace tiempo hacia otro, en busca de aires más cálidos, como un cielo sobre Berlín donde se ha acabado el negocio y han decidido todos definitivamente disolver el antiguo grupo ascendiendo hacia arriba o por contra bajando a Tierra. "Pero nadie les ha sustituido", se repite Ángel, "nadie ha heredado su labor, y menos yo, que tampoco la he asumido, porque no he querido, o no me he atrevido, porque con ella no me he querido cargar". Porque yo también, se dice, he huido a esconderme y no he querido afrontar el fulgor celestial. Yo también tengo mi parte de culpa, y mis pecados han de ser escritos en el libro de los Salmos. Y es por ello por lo que (Ángel se dice a sí mismo) yo hoy he de pagar... he de afrontar mi parte de responsabilidad...
            Ángel vagabundea, sí, como todas las tardes -que luego se vuelven noches-, como casi todos los días, recorriendo rincones ya transitados e incluso previstos, también adentrándose por lugares desconocidos pero en una sincrónica periodicidad, como si eso también fuera algo programado... pero lo que no ha querido repetirse a sí mismo es que este día es algo especial. Hoy es un día en que la desesperación le ha azuzado especialmente. No sabe si es el mal tiempo, la humedad, las malas caras que coloca a propósito o inconscientemente la gente, no sabe si fue el último caso flagrante que encontró de injusticia y que no fue capaz de arreglar, no sabe si es porque siente (en su batería interna, en sus entrañas) que se le están agotando de manera paulatina las reservas de piedad... Pero hoy -precisamente a causa de estas cosas, o tal vez, a pesar de todas ellas- ha tomado una decisión. No puede seguir así. No es momento de aguantar más.
             Conforme han pasado las horas, el trayecto invisible que Ángel ha seguido a través de las calles se ha ido modificando. Sus vueltas inacabables alrededor de los bloques de oficinas se han convertido en unas circunvoluciones erráticas, más absurdas, mucho menos eficaces. Se ha detenido en sitios sólo por contemplar algún especial suceso, como un camión recogiendo con desánimo la basura, una pareja también con desánimo besándose, un par de palomas con mucho ánimo despegando juntas, incluso el momento en que a estas últimas un coche deportivo las está a punto de atropellar... Se diría que Ángel está haciendo tiempo, como recorriendo conscientemente una distancia excesiva y gastando una pausa innecesaria en un camino el cual -a pesar del aparente sinsentido de su trayectoria-, en realidad circula en forma de espiral cada vez más amplia hacia un destino, al que, sin embargo, no desea llegar, y que demora en alcanzar todo lo posible. Y lo hace porque sabe que, cuando llegue allí, el juego, la ocultación, toda la posibilidad de hacer como que no ha pasado nada y de volver a casa, a su rutinaria y segura vida normal donde ninguna de estas cuitas tiene sentido, habrá desaparecido. A partir de allí, del momento en que llegue a ese sitio, todas las mentiras se habrán desvelado, y se va a acabar todo. Todo. Definitivamente. Jamás.
             Ha pasado el tiempo. Lleva caminando casi todo el día. La tarde llega a su fin. El tono plomizo y gris del cielo nuboso va dejando paso a una atmósfera oscura y sin embargo contradictoriamente limpia: el aire parece más claro después de la lluvia, despejada la contaminación que ha caído hacia el suelo, como también se han vuelto más lúcidos los pensamientos de Ángel. Ha llegado la hora por fin de tomar una decisión y expiar sus culpas. De repente, el paso que iba a efectuar lo detiene en el aire. Realiza un giro de noventa grados a la izquierda y encamina sus pasos con firmeza. Se acabaron las irresoluciones y los rodeos. Se acabaron las divagaciones y seguir dando vueltas. Llega el momento de afrontar la verdad.
         Una vez concretado, no tarda más de diez minutos en llegar hasta su objetivo. Parece como si, ahora que hubiera terminado con las torpes circunvoluciones, las calles se hubieran alisado y enderezado para permitirle llegar más rápido. La noche se ha hecho completa y sin embargo -y al igual de como ha pasado con la lluvia-, el hecho de que hayan desaparecido todos los transeúntes casuales le ha dado un aire de mayor claridad, como si se hubieran despejado todos los elementos inertes que realmente no contaban, y tan sólo hubieran quedado los relevantes, los verdaderamente claves, iluminados silentes bajo los claros de luna: los vagabundos, aquellos a los que las calles pertenecen porque permanecen allí cuando todos los demás se han ido, aquellos que le recuerdan a nuestro caminante el motivo constante por el cual les ha vuelto a fallar; también, como una parte fundamental para la conclusión de esta historia (que, en el fondo, es la historia que al final del año será la que preocupe a todo el mundo), Ángel, que sigue caminando con la cabeza cabizbaja, calculando los segundos que le quedan hasta llegar al final de esta noche tan larga que va a motivar que tantas cosas vayan a cambiar; y finalmente Él, que aparece de improviso entre dos calles, como un inmenso faro oscuro en mitad del horizonte. Pero Él en este caso no es un dios, ni tampoco un mito, sino lo único que cabe ser idolatrado en esta impía ciudad, es decir, un bloque de hormigón y vidrio. El edificio donde, esta noche, toda la vida que Ángel ha conocido hasta entonces, de improviso, y de una vez por todas, llegará a su fin.
         Aquella enorme mole se asemeja a una iglesia y, efectivamente, este antiguo bloque de pisos abandonados, con sus gárgolas de color aún plateado brillando bajo los reflejos moteados procedentes del cielo, asemeja un altar pagano que representa todo aquello en lo que la ciudad se ha convertido con el paso del tiempo, bajo una crisis económica, social y moral que se lo ha comido todo y la ha dejado vacía por dentro, al igual que este rascacielos de paredes rajadas y sótanos inundados de ratas que sólo escapan cuando la inundación física y espiritual de la ciudad amenaza con ahogarlas definitivamente. Ángel levanta la vista desde la punta de sus zapatos, primero hacia la pequeña placita que, paradójicamente, alberga ese gran edificio, de tal manera que parece que apenas deja espacio para el resto de la calle, y donde los sin techo ya comenzaban a acomodarse bajo los soportales pero aún así se detienen a contemplarle, como si esperaran que fuera a hacer algo, como si ahora que ha llegado, todo fuera definitivamente a moverse hacia algún lado; y luego, posteriormente, Ángel mira hacia arriba, hacia el lejano final de la pared vertical, en donde se encontrará localizado en pocos minutos, una vez acceda allá. Y una vez situado allí, desde la cima, caerá.
        El viento se agita inclemente en la azotea del edificio. Nadie ha detenido a Ángel, ni siquiera en los seguramente peligrosos ascensores, que se mantienen en funcionamiento probablemente por un descuido de la compañía eléctrica, y en los que nadie vigila si alguien sube por allí o se quedará atrapado por siempre jamás. Desde allí arriba, la ciudad parece una gran mancha negra con continuos focos de luz, algunos rojos, verdes, azules, amarillos, una Babilonia corrupta y eterna que ha sobrevivido a cualquier intento periódico de limpiar el mal de la misma, sin conseguirlo nunca, tan sólo adoptando nuevas formas, incluso mimetizándose con las nuevas tendencias que han aparecido para combatirlo. Ángel lo sabe, es consciente, se siente responsable de todo eso, y por ello mira de una manera especial al vacío que se abre desde allí arriba, ese precipicio purificador; un  abismo puro que, como diría Nietzsche, te devuelve la mirada, indicándote lo que representa, y lo que es más, lo que eres tú. Ángel se da por aludido... y por ello eleva el pie hasta colocarse en el mismo borde de la cornisa, a tan sólo un centímetro de la caída fatal. La atmósfera, en forma de viento ululante, parece que no para de gritar, susurrándole intensamente al oído: "salta, salta, salta", y Ángel abre de par en par los brazos, y mientras lo hace, contempla a los lejos la sombra de los edificios, la silueta de las estatuas de Madrid, todas esas cosas que tanto contemplaba cuando elevaba la vista a ras de suelo, y que ahora le parecen tan cercanas como lejano es el mundo que ha quedado allá abajo, y sin embargo cree incluso ver a lo lejos los mendigos contemplándole indiferentes desde la plaza mientras esperan ese momento en el que se arroje definitivamente hacia ellos, en lo que se le antoja -¿al mundo?, ¿a ellos?, ¿a sí mismo?- un sublime acto de amor. Ángel cierra los ojos, y aprieta con gran intensidad los párpados: mueve los dedos para palpar entre sus yemas el aire frío y cargado de lluvia, enrarecido, como si se hallara enclavado en la cima del Everest... Aquí arriba, efectivamente, el aire parece más limpio, vacío de desazón y de malas intenciones; todo parece tan plácido, tan tranquilo. Dan ganas de abandonarse; dan ganas de ceder a la tentación de las rodillas y efectivamente saltar. Ángel aprovecha ese momento para tomar la decisión definitiva y, como traicionándose en un gesto de cansancio, comienza a caer, caer, caer, mientras siente como el aire le lleva liviano como una pluma y le acoge como un blando colchón, al menos al principio. Pero luego, conforme va cogiendo aceleración, aquel primer momento de vértigo en la boca en el estómago deja paso al terror de verse cayendo sin ninguna mediación en el vacío y, al contemplar el suelo, cada vez más cercano, dedica durante segundos a meditar acerca de, cuando impacte contra la acera, cuál será la región de su cuerpo que se estrelle primero, dónde será la zona primigenia donde el dolor más intenso se empiece a notar. En mitad de la caída a plomo, y mientras se encuentra viendo pasar todo lo que hay a su alrededor a una insólita velocidad de crucero, Ángel echa un vistazo a su alrededor a los tendederos y las ropas colgadas que no le frenan ni le ofrecen amparo, a las ventanas semiabiertas, a los pisos aún no acabados, y justo cuando vuelve la vista hacia el suelo y ya lo ve incrustarse en menos de un par de segundos directamente en frente de él, es cuando por fin abre las alas de amplia envergadura y excelso plumaje y vira en mitad de la abrupta caída en picado para levantar el vuelo, situándose a la misma altura de los ángeles alados de mármol quienes ahora, con sorpresa, le parecen contemplar. Ángel planea, segundos después, en el ambiente majestuoso de la noche, con una serenidad beatífica, como si aquella súbita aceleración de su corazón no hubiera pasado nunca, como si todo aquello, incluyendo la emoción del momento, hubiera estado cuidadosamente planeado, y seguramente, lo estaba. Por fin, Ángel se encuentra en el estado, y el modo, que hubiera deseado desde un principio. Por fin ha completado la transformación de su cuerpo, y de su alma inmortal. Ahora, las cosas, para él, para el resto de la ciudad, para el resto del mundo, van a ser muy distintas. Finalizada su metamorfosis, muchas cosas van a cambiar.
          No hay constancia de que ningún vagabundo situado en la parte de abajo de aquel edificio observara aquella caída infinita, ni que fueran testigos de la visión de aquel nuevo ángel del cielo Madrid levantar el vuelo, pero cuentan que a partir de entonces, extrañas leyendas sobre un ser alado y protector comenzaron a circular entre los sin techo, una nueva esperanza que trajera algo de equilibrio a esta siempre llena de espinas y -tendente a producir herida- inhóspita ciudad. Se habló del retorno de los espíritus etéreos, se dijo que, junto con ellos, habían aparecido también un grupo de guerreros a medio camino entre lo divino y lo maléfico, y aunque aquello sembró muchos corazones de zozobra y hasta de pánico, hubo una silente mayoría que contempló aquel futuro como una promesa de ilusión y de creencia, por la que volver a soñar. Porque allí, desde los cielos, por primera vez en mucho tiempo, al contemplar nuestras acciones innobles y cómo los hombres nos maltratábamos con desprecio, por fin, alguien estaría mirando. Y, al contemplar nuestros sufrimientos y desvelos, ese alguien, desde allá arriba -o un grupo de compañeros que iban ya despertando, para incredulidad e incomprensión de quienes por primera vez vieron aparecerlos-, iban, independientemente de los rezos, esta vez de verdad a actuar.

lunes, 4 de mayo de 2015

El libro y la historia real de mayo: "El corazón de Ulises", de Javier Reverte (II)

Decíamos en el capítulo anterior que la mejor forma de comprender el espíritu griego era a través de sus islas. Y de hecho, Javier Reverte, en el libro "El corazón de Ulises", pasa un buen ratito caminando de isla en isla, a veces visitando ruinas antiguas, y en ocasiones simplemente dejándose perder para disfrutar de las ganas de no hacer nada y de la alegría de la vida, como ocurre en la película Mediterráneo, donde un batallón de soldados italianos se refugia en la isla de Kastelorizo durante la Segunda Guerra Mundial y prácticamente se olvida de la existencia de la guerra, más o menos lo mismo que hace Reverte durante esta parte de su viaje. Yo no he tenido la ocasión de viajar a Kastelorizo, pero desde luego algunas islas griegas me dejaron la sensación de que era mejor perderse en ellas, reposar y dejarse mecer simplemente por la voluntad de los dioses. Y más, sobre todo, si vas a disfrutar en ellas de su gastronomía, merecidamente reputada.

En cuanto uno viaja a Grecia, uno entiende perfectamente los problemas de la eurozona y la obsesión alemana por hacer que sea lo más barato posible comprar Grecia entera. "Hay que salvar a este país", fue la declaración unánime, tras el yogur griego con miel más espléndido que he probado en mi vida. Aquí en la foto, en primer plano, tsasiki, y al fondo, fava, un plato típico de la gastronomía de Santorini.

Y, desde luego, uno puede encontrar en las islas la paz y la tranquilidad que, entre otras, se necesita para el ejercicio de la democracia, la ciencia y la filosofía. De hecho, no es extraño que la medicina occidental naciera bajo la sombra de un platanero donde Hipócrates impartía sus lecciones en Kos, una pequeña islita de bucólico encanto muy cercana a la costa de Turquía. Claro que el platanero que ahora mismo se encuentra allí plantado se encuentra enfrente de una mezquita, se cae a trozos, y probablemente no sea el platanero original, pues éstos no viven más de doscientos años. Pero eso, sí, la ilusión, el mito, la significación de lo que allí había, no nos la quita nadie. Decía Flabuert sobre Cartago que, al igual que con Grecia, lo importante no es siempre lo que ves, sino lo que sabes que en su día estuvo allí.

Aquí yo, aquí el platanero de Hipócrates. Creo que miro hacia otro lado porque, justo en frente, una chica con la flexibilidad de Nadia Komaneci andaba en medio de la plaza principal del pueblo haciendo algo ligeramente similar al tai-chi. Cosas curiosas que te pasan cuando viajas.

Las islas griegas también tienen algo de mestizo y de comunión de culturas. Un buen ejemplo es Rodas: primero griega al cien por cien (tanto que allí se encuentra una de las ya mencionadas en el capítulo anterior "no-maravillas del mundo" -es decir, que lo fueron pero que no se han mantenido en pie o no se saben ni si existieron-, en este caso el coloso de Rodas, en vez del cual se yerguen dos estatuas de una pareja de ciervos en el lugar donde supuestamente estuvo -ver fotografía abajo), luego romana, bizantina, en algún momento turca, y más tarde conquistada por una orden de caballeros rebotada de las Cruzadas y que se estableció allí para practicar el comercio, el feudalismo, la construcción de palacios y (por qué no decirlo también) la extorsión y la piratería. Como Rodas acabó también durante un tiempo en manos italianas, Mussolini se dedicó a restaurar alguno de esos palacios donde los caballeros franceses, españoles o italianos no compartían la misma lengua pero sí la misma pasión por el botín, para así restaurar la vieja gloria italiana y demostrar que Roma siempre había sido la capital de un imperio. La megalomanía del Duce siempre está de más, pero no cabe duda que los palacios los dejaron bonitos, bonitos.


Arriba, supuesto emplazamiento del Coloso de Rodas a la entrada del puerto de la ciudad del mismo nombre. Abajo, palacio del Gran Maestre, sede central de los caballeros de Rodas, los cuales, tras ser expulsados de la isla por los turcos, se fueron a dar por saco a otra parte y se convirtieron en la orden de Malta.


Aunque quizás una de las islas más fundamentales para entender la historia del inicio de la civilización en Occidente sea Creta. Creta es el lugar por donde la escritura y la civilización entran en el continente europeo a través de Egipto. Poseen rasgos en común con sus vecinos del sur, y también con los del norte (como por ejemplo, el casco hecho con colmillos de jabalí que os coloco abajo, que se supone que es propio de la isla y, sin embargo, un modelo muy similar está expuesto en el museo Arqueológico de Atenas). Creta, con su palacio de Cnossos, el original laberinto del Minotauro, es uno de los mayores exponentes de qué es lo que puede pasar cuando una región del mundo bulle con el ascenso de la civilización. Después del tsunami provocado por la explosión que provocó la caldera de Santorini (comentado en el capítulo anterior), la civilización cretense nunca volvió a recuperarse y se quedó, subterránea, apartada en los márgenes de la historia.

 Algunas de las maravillas del museo de Heraklion en Creta. Arriba, casco elaborado con colmillos de jabalí. Abajo, anillo que constituye un prodigio de orfebrería para la época.

Arriba a la izquierda, juego de mesa. A su derecha, ánfora con motivos marinos. Abajo a la izquierda, reconstrucción de uno de los frescos originales del palacio Cnossos. A su derecha, estatuas que representan a diosas de las serpientes. Más abajo, maqueta del palacio de Cnossos.


Abajo, imágenes del palacio de Cnossos. Arriba izquierda, patio central donde se celebraban los espectáculos taurinos. Arriba derecha, sala del trono. Abajo izquierda, probablemente el primer teatro del mundo. Abajo a la derecha, fresco y columnas cerca del antiguo puerto.





Porque, finalmente, la cultura ascendió al norte. A Atenas, a su Partenón, a su Acrópolis, al nacimiento del teatro tal y como lo entendemos, la filosofía y también la política democrática, la demostración de que otra forma de gobierno es posible, a pesar de que el resto del mundo se empeñaba en llevarles la contraria. Un mensaje, sin embargo, que no ha perdido actualidad con el tiempo, sino que ahora podría expresarse con igual vigencia que nunca.




Panorámica de Atenas. Arriba, el teatro donde Aristófanes o Sófocles veían escenificacadas sus representaciones. En medio, detalle de la Acrópolis (las famosas Cariátides, o al menos una réplica de las mismas). Abajo, plaza de Sintagma: hoy es en otras plazas no muy lejanas donde se lucha por la libertad.


Grecia, efectivamente, son muchas cosas. Nadie termina nunca de ver todos los detalles de la república helénica. Reverte recorre unos cuantos parajes de la Grecia continental que a mí me faltan: Esparta, el otrora espléndido palacio de Micenas, la llanura de Maratón, las Termópilas... Lugares todos ellos de historia y de significación, tanto o más como la zona de Delfos, los montes Athos y Olimpo, la costa de Salamina, o los monasterios de Meteora.

Panel del Museo Arqueológico de Atenas donde se muestran los hallazgos en un túmulo muy concreto de las Termópilas. Pueden verse las lanzas de los soldados griegos en el centro y, rodeándolas, las incontables flechas arrojadas a este punto por los enemigos persas. Esto demuestra que los griegos del pasado eran unos valientes, y los griegos actuales, unos auténticos cachondos.

Aunque de hecho, y hablando del Monte Olimpo, una gran sección que ocupa la historia de Grecia es lo que no ha pasado: es decir, la mitología y demás relatos divinos (para enterarse de los cuales en profundo detalle, por cierto, recomiendo "Mitología griega y romana", de J. Humbert). Javier Reverte dedica una buena sección de "El corazón de Ulises" a desgranar las diferentes historias de dioses, héroes y semidioses, que en ocasiones tienen su propio recorrido turístico en la geografía griega, como es el caso de los montes de Creta donde, según la leyenda, Zeus nació y luego posteriormente acabó muriendo. O el olivo de la Acrópolis de Atenas, en teoría el primer regalo que a la ciudad le proporcionaron los dioses.

La leyenda dice que Atenas debía decidir cuál era el patrón de la ciudad, y Poseidón y Atenea se disputaban tal honor. Se decidió que aquel que proporcionara el regalo más útil a la urbe griega sería el agraciado. Poseidón hizo aparecer (las versiones varían) un caballo o un manantial de agua salada. Pero Atenea les regaló un olivo, y por ello fue la ganadora. Hoy, en la Acrópolis de Atenas, un árbol un poco más joven conmemora aquel primer olivo de los que hoy pueblan toda la cuenca mediterránea.

En definitiva, ¿qué más os puedo decir? Quizás lo mismo que le comentaban a uno de los protagonistas de la película "City Hall" ("La sombra de la corrupción" en castellano): "Aléjate. Vuelve a Grecia. Aprende de nuevo la ley". Periódicamente necesitamos volver a nuestros orígenes. Y quizás los orígenes de cualquier ser humano acaben siendo, bien mirado, los de todo el mundo. Así que id a Grecia, leed, sentid, aprended. Y cuando volváis, hacedlo un poquito más sabios. Es la única manera en que todo vuelva (y de una manera mejor) de nuevo a empezar.


Amanecer en el Egeo. ¿Por un nuevo amanecer para todos?

lunes, 27 de abril de 2015

La historia corta de abril. Un pequeño regalo.

Un pequeño regalo que me ha hecho una aficionada al blog. Que lo disfrutéis.


Caminante no hay camino, se hace camino al andar, escribió una vez un sabio. Pero cada vez son menos los caminos inexistentes, pues los millones de años de evolución dejan cada vez menos hueco a la novedad, a lo ignoto, a los terrenos vírgenes. Un libro que te suena conocido, una canción que tarareas aun recién publicada, una cara que te recuerda a otra, una vieja lata de sardinas que desvirgó un bosque que creías puro, un discurso que te suena a otro, modas que vuelven una y otra vez. Y sin embargo sigues creyendo en la originalidad, en la primicia, en la novedad.
Quizá por eso te marchaste, inmigrante voluntario en un mundo de emigrados con lágrimas y maletas llenas de recuerdos. Quizá esa búsqueda incansable es lo que te lleva a lugares cada vez más remotos. Papúa, Siberia, Mongolia, China, Alaska, Brasil y sus paisajes adornan una pared de mi habitación siguiendo tus pasos y aún sorprendida de que no hayas cortado la madeja que te une a esta Ariadna, en una historia ya pasada y presente. Quizá eso sea lo que te ata, que otra persona habría dejado que cayera lentamente en el olvido.
Te imagino solo, en silencio, olvidando al resto de la humanidad e intentando saber cómo fue antes de que existiésemos. Te dejo hacerlo, en parte porque no me queda otro remedio, y en parte, porque me llena de esperanza ver que aún quedan soñadores que no se dejan apagar por la realidad científica, social, económica…Que piensan que el futuro está para escribirlo paso a paso, prestando atención a cada crujido, a cada silencio, a cada pisada.

Te respeto por ello, y aunque a veces sienta que te traiciono cuando sigo mi rutina, en mi coche, en mi trabajo en el que a veces no sé si tratamos de salvar o de destruir el mundo, en el fondo sé que quiero ser otra persona. Que quiero ser libre como tú eres. O atada a un destino que elija sin ningún condicionante más que los sentimientos egoístas propios, internos.

martes, 21 de abril de 2015

El relato de abril: "Llevando al dodo"

Llevando al dodo

            Cae la lluvia. Cae la lluvia, tremenda y furibunda, cae la lluvia, anegando casas y calles, echando a perder campos y moviendo coches de un lado a otro. Cae la lluvia, y eso tan sólo entorpece nuestra misión, nuestro deber sagrado, de portar este pájaro entre las manos. Y de hacerlo cuanto antes, no sea que fallezca en el intento.

            Sigo caminando, entre la lluvia y el barro, acompañada de un hombre del que tampoco me fío, al fin y al cabo ha tratado de violarme hace no muchos días. Pero seguimos estando juntos, pues no nos queda más remedio que caminar en este último cometido en el cual, si fracasamos, ya todo estará perdido. Y nuestra civilización, o lo poco que queda de ella, prácticamente se extinguirá...

            Conforme nos adentramos por las desiertas calles de lo que un día fue conocido como Madrid, cubiertas de agua que marcha en tromba, con el verdín en los edificios y el grosor de las enredaderas cubriéndoles en un abrazo fiero, con las grietas y las oxidaciones y las roturas de tubería cada vez más presentes en la superficie como heridas sangrantes en la piel, cada vez más penosas y ruines son las condiciones de vida de los pocos habitantes que aún siguen quedando por aquí. Por la calle contemplamos juguetes abandonados que hacen de aprendices de medusas, luces muertas (que no son sino bombillas apagadas de Navidad arrojadas en la basura), un hostal derruido, y justo debajo, el cartel de una agencia que vendía chalets lujosos en la playa, una red de gruesos cables en mitad de una obra (¿es esto lo que hay debajo de las calles?), alguien limpiando una mancha y que dice que me quiere... La lluvia es cada vez más triste, la noche más oscura, la tormenta se agita sin miedo, pues no hay temor para aquel que desea la destrucción del mundo... Un mundo, el nuestro, que ya ha pasado incluso la fase de desesperar...

            Arribamos a una plaza que cada día está menos concurrida... En su foro aún se erige, no por demasiado tiempo, y entre medio de las por siempre inacabadas obras, la estatua del oso y del madroño. Es gracioso, sobre todo, porque en Madrid hace siglos que ya no hay osos, y tampoco madroños. Qué clase de ciudad es aquella que tiene como símbolo a un animal extinto. El último oso del mundo murió en un zoológico privado de Nueva Zelanda. En su mirada había el destello futuro de más negras simas y de pozos profundos, y también el recuerdo de horizontes perdidos. En las siguientes semanas murió el último panda, el último zorro, en Hyde Park cayó muerta la última ardilla. Todo se extingue, y todo muere, pueden contarse con los dedos de la mano los últimos animales, por eso dicen que es tan importante traer al último dodo, ahora que hemos descubierto que vive, algunos dicen porque los científicos sabrán encontrar a través de él una cura, unos cuantos, los más místicos, que sólo el primer animal extinguido a propósito por el hombre puede salvarnos de la locura que ahora mismo nos invade. Pero mientras tanto nosotros seguimos caminando, entre la lluvia y fango. Aprieto el dodo contra mi pecho, esperando que el calor le vaya a salvar.

Por fin se cerró el cerco. Siempre llega la hora de que se agoten los plazos. De nuevo volvieron los fundadores y observaron la evolución de este experimento gigante, ese inmenso universo cerrado que formaron en su día y al cual, al contrario que al resto de los planetas, le otorgaron como única norma la ausencia absoluta de reglas. Pero lo que encontraron a su vuelta les llenó de arrepentimiento y congoja, pues no pudieron encontrar en su memoria nada más antinatural, más descontrolado y más abominable. Por eso decidieron poner punto final a este loco manicomio, este engendro desatado, del cual ellos fueron responsables, y que no debió vez jamás nacer...

            Avanzamos, una vez más, entre el humo y el lodo. Trozos de cascotes se nos caen encima, pero les confundimos con lluvia. Entre las callejuelas intrincadas, pertenecientes anteriormente a los barrios proletarios, de inmigrantes, contemplamos la imagen tétrica de un balcón desde el cual nos vigilan un oso de peluche con sólo un ojo de macabra mirada, al lado de un robot de plexiglás con inexpresiva cara, y una pila de basura, bicicletas, maquinaria oxidada, vieja, que se acumula y oculta probablemente al anciano en pijama que vive detrás. Es casi tan triste como el ojo acuoso del bebé ballena que envaró en una playa de Toledo, cuya madre había muerto, y a quien los pescadores tuvieron, mientras su comprensiva mirada les perdonaba, que sacrificar. En cada esquina que giramos tengo que aguzar la vista, no sea que mi compañero me vuelva a tratar de traicionar. A lo largo del camino nos hemos dicho que por cada puerta que se cierra hay una ventana que se abre. El problema es cuando las ventanas se vuelven a cerrar detrás.

            Somos un ser extinto, en un mundo extinto, una luz que se apaga y una última llama zahiriendo insistente, subiendo y bajando mientras ruega, con angustia, no morir... Nuestro destino está escrito y sellado, y la nuestra es la única salida -o quizás no- con la que podemos salvarlo... De nosotros no queda nada, todo lo que no se pudo salvar está muerto. Australia fue la primera que empezó rápidamente a evacuarse, la nube de desplazados colapsó todo el sudeste de Asia; cayó Italia, cayó el Louvre, ni siquiera resistieron las pirámides... Todas las grandes bibliotecas se han quemado o se encuentran sepultadas. Sólo ha quedado un compendio del saber, una última fuente del conocimiento, algo que los antiguos llamaron la Wikipedia, lo que no se introdujo allí ya no existe, lo que se quedó grabado es ahora nuestra religión. Aunque puede que aquello no dure mucho.

            Llegamos por fin al destino. Al templo, al refugio sagrado. Mi compañero me ayuda, a trancas y barrancas (a punto yo de hincarme de rodillas y vomitar sobre ellos), a subir los escalones de la entrada. Delante de nosotros, los arcanos... Abro mi chaqueta para enseñar mi regalo...

            Y allí, desplomado sobre el frío suelo de piedra, se arrastra agónica el ave, cubiertas de frío sus plumas, su pico se agita, en temblores, mientras el resto de su cuerpo le sigue en epilépticas sacudidas. Sus ojos, mojados por la lluvia, parecen destilar lágrimas, mientras que en sus soniditos, los primeros que ha escuchado de este pájaro el ser humano en varios milenios, se nos revela el último sentimiento de un animal que, por segunda vez se extingue, y mientras los hace, nos despide también a nosotros como especie...

            Nos tendemos exhaustos sobre el inánime cuerpo del dodo. Ya está, es el último fin, el último lamento, nuestros cuerpos servirán de exposición para turistas de lo muerto de generaciones futuras. Afuera, sigue cayendo la lluvia. Pero verdaderamente, es como si hubiera penetrado en el interior.

            Han llegado por fin los bárbaros...


            ... pero nosotros ya nos hemos marchado.

lunes, 6 de abril de 2015

El libro y la historia real de abril: "El corazón de Ulises", de Javier Reverte (I)

Algunos de vosotros conoceréis a Javier Reverte. Se trata de un periodista que un día, cediendo a un impulso que albergaba desde años atrás, marchó a África para escribir un libro de viajes, y así dio origen a una trilogía ("El sueño de África", "Vagabundo en África" y "Los caminos perdidos de África") a la que luego siguió una larga lista de libros de viajes contados en un tono muy particular, alternando lo que le iba pasando en sus periplos junto con la historia de los lugares que iba visitando o las reminiscencias literarias de los autores que habían ido pasando por allí. De Javier Reverte he leído ya unos pocos libros, pero el primero con el que comencé (precisamente a raíz de un viaje que realicé a las tierras de las que hablaba), fue "El corazón de Ulises", centrados alrededor de la geografía e historia de la civilización griega. Os quiero comentar un poco acerca del libro y, de paso, de las impresiones que yo saqué de este trayecto, el cual tenía varios puntos de destino en común con el de Reverte, y otros en cambio que alguno de nosotros visitó mientras el otro no lo hizo. Con lo cual, bienvenidos, en definitiva, a un repaso alrededor de la civilización griega.

Isla de Kos observada desde un barco que surca el Mar Egeo.

Grecia es la cuna de muchas cosas: de la democracia, de buena parte de la filosofía y la ciencia, de la civilización occidental tal y como ahora la conocemos. En el recorrido que hace Reverte a lo largo de numerosos enclaves, es difícil escoger un lugar por el que empezar, y de hecho yo no voy a partir en esta crónica del mismo punto en el que inició Reverte su caminar errante. En particular, yo creo que, por ser los griegos un pueblo tan marinero (el autor comenta de manera repetida que la oración que los 10.000 de Jenofonte declamaron al avistar su patria no fue el de "¡Tierra!", o "¡Grecia!", como hubieran hechos otros, sino mucho más sentidamente: "¡El mar, el mar!"), o precisamente por el origen del personaje que Reverte escogió para darle título a su particular odisea (Ulises, representante de la inteligencia y de la astucia como forma de vencer a las adversidades), lo suyo es empezar por Ítaca. Hoy en día, hay pocas evidencias que indiquen que algo parecido a un rey llamado Ulises gobernara precisamente en Ítaca, una isla escarpada y rocosa que parece de todo menos la capital de un reino, y más comparándolo con las más fértiles islas de alrededor. Sin embargo, los itaquenses están a favor de la veracidad de la leyenda y se fundamentan en buena medida en dos motivos: unas inscripciones que aparecieron en la isla y que contenían el nombre de Ulises, y también el inteligente razonamiento de alguno de sus habitantes, esgrimiendo que Ítaca es una isla mucho más inaccesible para conquistar que sus homólogas vecinas, y que por tanto un rey listo hubiera situado allí su centro de gobierno para así defenderlo mejor de sus enemigos. Y si hemos de creer a la leyenda, Ulises era cualquier cosa menos tonto.

Copa teóricamente perteneciente  al rey Néstor de Pilos, uno de los participantes de la guerra de Troya por parte del lado heleno. La descripción de una copa muy similar aparece en la Ilíada, y de ahí que se la haya denominado "copa de Néstor", aunque en realidad lo más probable es que sea de una época muy anterior. Al fondo, máscaras mortuarias atribuibles también presuntamente a Agamenón.


Claro que al hablar de todo esto, de Ulises y de la guerra de Troya, estamos asumiendo que todos los acontecimientos narrados en los poemas de Homero eran verdad. Pero es que que hubo alguien que se los creyó tan a pie juntillas que salió a buscar pruebas que demostrasen la veracidad de la leyenda. Y lo cierto es que lo consiguió: Heinrich Schlieman encontró lo que parecían ser los restos de "siete Troyas", cada una construida encima de la otra, una de las cuales se supone que es la mítica ciudad que fue destruida por una incendio consecuencia de la invasión llevada a cabo por el ejército griego. La verdad es que Schliemann -pese a su entusiasmo-, casi destruyó la misma cantidad de arqueología que la que sacó a la luz, y que si bien los estudiosos consideran que si bien tenía razón en que los mitos alrededor de la guerra de Troya guardaban una base y un trasfondo de verdad, tampoco puede uno creerse a pies juntillas cada uno de los aspectos del relato de Homero. En definitiva, volvemos al viejo cuento del vaso medio lleno o medio vacío, o más bien podemos quedarnos con la idea de que, detrás de toda buena mentira, hay seguramente siempre una cierta parte de verdad.

Vista panorámica de la caldera de Santorini. Más de mil años antes de Cristo, la isla que había aquí reventó debido a la explosión del volcán que albergaba, quedando un gran agujero y unas pocas elevaciones, cuya disposición general recuerda de alguna manera la isla original que antes existía. Aquel cataclismo golpeó duramente a las entonces bisoñas civilización griega y cretense, y provocó toda clase de cambios sociales y enfrentamientos en un período que hoy día se asume como una edad oscura.

Lo que ahora se cree es que la guerra de Troya fue un acontecimiento que sucedió en el contexto de una época oscura que siguió a la explosión del volcán situado en lo que hoy en día es Santorini (ver apartado arriba), momento en el cual tuvieron lugar migraciones de numerosos pueblos más o menos belicosos (entre otros, los famosos "pueblos del mar" que describieron los egipcios y que fueron los responsables de la desaparición de los hititas"), momento que los griegos aprovecharon para atacar Troya porque ocupa una posición privilegiada para garantizar el control del estrecho de Dardanelos. ¿Y qué tiene de importante ese estrecho? Pues que constituye un primer paso de avance para la llegada al Mar Negro, un lugar con numerosas poblaciones donde se pueden mantener prósperas relaciones comerciales o incluso practicar la piratería. De ahí que es bastante probable que la guerra de Troya, lejos de ser una expedición épica por el amor de un mujer, se trate más bien de una punta de lanza para convertirse en una tribu de piratas que domine un vasto territorio. Además, los griegos protagonistas de la Ilíada y la Odisea tenían buenas razones para creer que el Mar Negro era una fuente próspera de riquezas, y esas razones las tenían precisamente en otra leyenda: la de Jasón y los Argonautas, que en teoría se iban a esa zona a buscar un vellocino de oro pero, en realidad, seguramente iban detrás de mucho oro y bastante poco vellocino.

Lo único que queda del templo de Diana en Éfeso. Encima, un nido de cigüeña.

Un fuerte militar se yergue en la zona donde -probablemente- en su día estuvo emplazado el faro de Alejandría. Dicen que un comerciante cargó en burro las pocas piedras que quedaban del mismo, y nunca se le ha vuelto a ver. Aunque a la sociedad egipcia se considera como un colectivo tremendamente conservador, Alejandría (que ha visto pasar a griegos como los Tolomeos, Cleopatra y Kavafis, romanas como Hypathia, cristianos, árabes y toda clase de visitantes extranjeros), sin embargo, ha conservado un aire de cosmopolitismo y sensualidad que no parece haber cambiado demasiado desde los tiempos de la Justine de Lawrence Durrell.

En su libro, incluso, Javier Reverte viaja muy lejos de Grecia, en lo que ya son repúblicas eslavas, para visitar la zona que posiblemente atrajo a los integrantes del viaje de los Argonautas en busca de fama y fortuna. Pero es que esta característica, el esfuerzo de los griegos por lograr la expansión de su civilización, bien a través de aventureros y viajantes -ya Tolomeo habla, a través de los relatos de viajeros, de unas Montañas de la Luna situadas en el sur de África como nacimiento del río Nilo, llegando en el siglo XIX a certificarse como existentes-, o bien a través de mercenarios o conquistas militares, es un aspecto tremendamente relevante de la cultura griega. De hecho, para entender buena parte de la historia y la evolución helena hay que adentrarse a veces muy lejos de su territorio, desde las colonias griegas establecidas en la Península Ibérica o en Sicilia, hasta las vastas regiones que Alejandro Magno recorrió llevando su imperio hasta el Ganges. No olvidemos que una de las ciudades con un carácter más genuinamente griego, por excelencia, es la Alejandría egipcia cuyo proverbial faro todo el mundo admiró. O que las mejores ruinas que actualmente pueden encontrarse de la civilización griega y romana (esta última la cual, como sabemos, copió una buena parte de su cultura de los helenos), se hallan en la costa oeste de Turquía, donde la ciudad de Éfeso, por poner un ejemplo, alberga una de las 7 maravillas del mundo descritas por Herodoto, el famoso templo de Diana. De esta maravilla tan sólo se pueden admirar unos pocos restos, al igual que pasa con el ya mencionado faro y con otras cuatro (sólo las pirámides de Giza quedan casi completamente en pie). Aunque, quizás, si queremos buscar una ciudad heredera del saber griego a través de los complicados siglos que siguieron a la época de decadencia de esta cultura, quizás el mejor ejemplo lo encontremos en Estambul, que los griegos siempre conocieron como Constantinopla.

Se olvida a menudo que, durante siglos, fue la elitista dinastía griega de los Tolomeos la que gobernó Egipto, y que Cleopatra fue la última de las reinas griegas, sólo que su inteligencia y su ambición política (muy por encima de su auténtica belleza y sólo un poquito por encima de su proverbial sensualidad) la llevaron a congraciarse en gran medida con el pueblo egipcio para así ganar más popularidad. De hecho, Cleopatra sabía alejarse muy bien del papel de "reina del pueblo" y recuperar el papel de diosa cuando se lo proponía, y como prueba, esta piscina privada que se hizo construir en las aguas termales de la ciudad de Hyerapolis, hoy denominada Pamukkale. Ahora, cientos de turistas sudorosos se bañan cada día en el lugar que estuvo destinado a compartir íntima y fogosamente con Marco Antonio y sus breves visitas. ¡Si Cleopatra levantara la cabeza!


Composición: arriba, Hagia Sofía vista desde el lado de la Mezquita Azul; abajo, Mezquita Azul vista desde el lado de la Hagia Sofía. Los dos grandes referentes arquitectónicos de Estambul, frente a frente.

Sin embargo, en Estambul, la ciudad de las cien mezquitas y de las mil especias, poco queda de los recuerdos griegos. A pesar de que durante mil años fue la capital del Imperio Romano de Oriente, donde se hablaba griego y se conservaba todo el acervo cultural helénico (el cual, tras la caída a manos de los turcos en 1453, pasó a Italia gracias a los sabios que huyeron, iniciando el proceso cultural del Renacimiento), hoy en su inmensa mayoría Estambul es una ciudad musulmana. Eso sí, ha conservado la esencia de la cultura del mestizaje, de la unión entre diversos estilos, que se aprecia perfectamente en el hecho de que debajo de los símbolos islámicos que ahora decoran las paredes interiores de la Hagia Sofía (otrora la mayor catedral cristiana y hasta hace muy poco mezquita) puedan encontrarse -preservadas de manera casi intacta- las pinturas icónicas características del período bizantino. O que, en el estrecho del Bósforo que divide la ciudad en el lado europeo y el asiático, podamos hallar las bases de una leyenda que se cuenta como una fantástica aventura dentro de la historia de Jasón y las Argonautas. En general, en cada calle, en cada esquina, nada es único, sino que tiene múltiples planos y dimensiones a través de los cuales con perspectiva debemos entrever.

Pasen y huelan. Bazar de las Especias (Bazar Egipcio) en Estambul.

Así que, precisamente, quizás Grecia, tan mestiza como cualquier otra nación, será mejor entenderla a través de la periferia, y sólo a través de ella llegaremos a su punto central. Por eso, y volviendo al punto original de la argumentación, quizás para llegar al corazón de Grecia, el de Ulises, debamos hacerlo a través de las islas. De eso nos encargaremos en una próxima visión. Hasta entonces, pasad buenos días, y planead buenos viajes.

domingo, 8 de marzo de 2015

La historia real de marzo: La mujer de Lot (Una pequeña lista de las mujeres más famosas sin nombre)

La mujer de Lot
(Una pequeña lista de las mujeres más famosas sin nombre)

            Una vez encontré, en un artículo de la revista “Muy interesante”, dentro de un especial sobre mitología, una curiosa frase: se refería a la mujer de Lot, ésa que giraba la cabeza para contemplar por última vez Sodoma y Gomorra y a la que (al haberle prohibido Dios este acto) el vengativo Yavhé la convertía en piedra. El texto versaba, precisamente, sobre el apelativo que nos ha llegado refiriéndose a ella: la mujer de Lot. ¿Dónde está su nombre de pila? No lo tenemos. Sólo es, como suele destacarse despectivamente, “la mujer de”. ¿Por qué? Quizás, Dios, en su furia vengativa contra la fémina que desobedeció sus órdenes, la condenó no sólo a ser estatua de sal, sino a que su nombre fuera olvidado de la historia. O quizás, por otro lado, se deba a la clásica discriminación y al olvido que han sufrido reinas, damas y emperatrices a lo largo de la historia, de la misma manera que otras mujeres, anónimas, insignificantes, pero que protagonizaron momentos decisivos en los instantes claves de la humanidad, han pasado a ser reseñadas normalmente como una nota aparte, sin que de ninguna de ellas conozcamos los sustantivos por los que las conocían sus contemporáneos, en contraste con sus homólogos masculinos. Tal vez, y por una ocasión, sea el momento de hablar sobre ellas en su conjunto, al igual que otras veces se ha tratado acerca de las mismas por separado.

            El papel de la mujer en la historia ha sido frecuentemente infravalorado y menospreciado frente al ejercido por los hombres. Ha habido pocas excepciones a lo largo del tiempo: una de las más destacadas fue la del pueblo alemán de Rostock, en el cual las mujeres rebautizaron las calles que exhibían denominaciones basadas en objetos inanimados o comerciantes desconocidos, y les pusieron el nombre -que escribieron a mano mediante tiza- de féminas que habían dejado una impronta en la historia de la ciudad. Entre ellos, la Casa de las Mujeres lleva el nombre de “Beguinas”, una congregación religiosa la cual fue perseguida por el Papado y el kaiser (resurgiendo repetidamente de debacles periódicas) hasta disolverse al fin sin que de ninguna de esas Beguinas -a pesar de su constante y abnegada labor social- nos haya quedado un solo nombre para la Historia. En gran parte, esta situación de discriminación, también en la disciplina historiográfica, se debe a la propia estructura que ha sostenido a la mayoría de las sociedades, considerando el dominio masculino como norma habitual de la vida desde el ámbito primero del núcleo familiar hasta la posición superior del trono real. No obstante, también en parte se debe a la propia concepción que de la Historia tenían sus narradores: la mayoría de las gestas escritas se refieren a una larga sucesión de reyes altivos y de batallas cruentas, en los cuales poco o nada de espacio hay para la labor de la mujer cotidiana, del día a día, salvo que no se tratase de alguna reina que, merced a conspiraciones e intrigas palaciegas (e incluso, algunas veces, en el campo de batalla), acabase por introducir algún elemento de distorsión en esta historia monocorde. Y es que hasta hace relativamente poco, el papel de la intrahistoria -como la definió la generación del 98-, del relato cotidiano de los días y las noches de los pequeños protagonistas anónimos que constituyen la masa crítica que hace avanzar a los pueblos, repetimos, esa intrahistoria, ha pasado desapercibida para los historiadores clásicos, y con ello, la posibilidad de que las mujeres, en sus labores continuas de amasado del pan, de coser a mano y de criar a los hijos (pero también de sanadoras, recopiladoras de la narración oral o de autoras) hayan tenido ninguna relevancia en el relato de los acontecimientos. No obstante, y con el tiempo, los historiadores contemporáneos han querido volver la cabeza hacia esas mujeres anónimas que, en momentos puntuales, fueron responsables del destino de los pueblos, y en algunas ocasiones, las más dignas representantes de los mismos. Y poco a poco, han ido apareciendo, rezagadas, algunas historias que con el tiempo habían quedado enterradas, como en una tumba que va ganando estratos encima mes a mes, año a año. Una situación quizás compatible con las mujeres que fallecen, también hoy en día, también sin nombre, lapidadas por regímenes intransigentes, contribuyendo a construir países que no se lo agradecen, asesinadas y marginadas por la discriminación de su género, consiguiendo, con sus logros (como dijo Virginia Wolff), tan sólo engrandecer la imagen del hombre, hasta que ésta parezca el doble de lo que realmente es.

Quizás sea éste el momento de recuperar estos relatos. Quizás sea el instante, de conocer a aquellas mujeres sin nombre, que también hicieron historia, en homenaje a aquellas que, diariamente, sin grandes alardes, la están continuamente elaborando.

La mujer de Asdrúbal (Cartago, ¿-143 a.C.)

            Asdrúbal fue el general cartaginés al que se le asignó la defensa de la ciudad de Cartago durante la parte final de la Tercera Guerra Púnica frente al asedio de los romanos. El relato que hace el historiador Apiano, basándose en los textos de Polibio -cronista oficial de la historia desde el lado romano-, da una imagen bastante descalificadora de Asdrúbal, mostrándolo como un hombre intrigante, capaz de traicionar a un compatriota del mismo nombre con tal de alzarse con el poder militar absoluto en Cartago, y responsable de las terribles ejecuciones y torturas que tuvieron lugar con los prisioneros romanos en uno de los episodios más deleznables de la guerra, con el objetivo de impedir toda posibilidad de llegar a un pacto con el enemigo. Sin embargo, cuando los romanos penetran finalmente en la ciudad, y tan sólo los desertores romanos y la familia de Asdrúbal se mantienen sin rendirse en el templo de Eshmún, el general sale de su escondite con una rama de suplicante, solicitando una rendición pacífica bajo el poder del triunfante general romano Escipión Emiliano. Ante este gesto de cobardía, la mujer de Asdrúbal se presenta, según nos cuenta Apiano, con ropas de fiesta en la parte superior del templo, acompañada de sus dos hijos, y portando un cuchillo. La mujer de Asdrúbal se dirige entonces hacia Escipión, el vencedor de Cartago, y le espeta: “No existe contra ti motivo de venganza por parte de los dioses, romano, puesto que existe derecho de guerra; pero sobre ese Hasdrúbal, que se ha convertido en traidor de su patria, de sus templos, de mí y de mis hijos, ojalá que los dioses se tomen la venganza... y tú, romano, junto con ellos...”. A continuación, se vuelve hacia su marido, y le reprende, “¡Oh, tú, el más miserable, traidor y afeminado de entre los hombres, a mí y a mis hijos nos sepultará este fuego, pero tú, el caudillo de la gran Cartago, ¿a qué triunfo servirás de ornato?!¿Qué castigo no recibirás, de aquél a cuyos pies te has arrodillado?”. A continuación, degolló con el cuchillo a sus dos hijos, y se arrojó, junto con ellos, hacia las llamas de una pira funeraria que habían levantado los desertores para inmolarse, hecho que consumaron finalmente. El acto de la mujer de Asdrúbal no sólo es importante porque simboliza el último canto de cisne de Cartago, sino porque además rememora aquella pira funeraria en la que se sacrificó Dido, la fundadora de Cartago, para evitar ser desposada con un rey extranjero, hecho que hubiera supuesto la pérdida de libertad de los habitantes de la ciudad púnica. No obstante, su sacrificio, junto con la leyenda de Cartago, desapareció prácticamente de la Historia: los romanos se encargaron de borrar buena parte de toda mención de la existencia de Cartago, de tal forma que aparte del  manido relato de la Segunda Guerra Púnica y la figura de Aníbal Barca cruzando los Alpes en elefante, el público general apenas conoce nada de esta urbe de origen fenicio, excluyendo tan sólo de esta afirmación a unos cuantos aficionados y los profesionales de la Historia Antigua. Cabe decir, además, que mientras que el cartaginés era un pueblo en el cual las mujeres tenían una importancia relativamente destacada, participando activamente en la vida pública, y llegando algunas de ellas a cargos de gran relevancia, entre los romanos –y más en aquella época concreta- aquella libertad no lo era tanta. De modo que, en ese sentido, la ofensa se volvió doble.

La madre de Quin Shih Huang (Reino de Quin –China-, ¿-228 a.C.)
La historia oficial de China (o de lo que luego se convertiría en ella, pues en esta época estaba constituida por un conjunto de reinos que guerreaban constantemente entre sí) no incluyó un registro sistemático de la historia de las emperatrices hasta mucho después de la muerte del primer emperador y unificador de China, impulsor, entre otras obras, de la Gran Muralla, y de su propia y grandiosa tumba, más conocida de cara al público como los guerreros de Xi´an (a pesar de que éstos, en realidad, sólo constituyen una muy pequeña parte de la misma). Hasta entonces, la única manera en que una mujer podía entrar en la historia china era a través de sus devaneos amorosos, o sus correrías sentimentales -la mayor parte, por supuesto, para desprestigio de la dama en cuestión. La madre del futuro emperador de China pertenecía a una familia aristocrática, y se convirtió en la concubina de Lü Buwei, un rico comerciante que favoreció el ascenso, al trono del reino de Quin (situado al oeste de China, y uno más de los por aquel entonces siete Reinos Combatientes), de Yiren, el padre de Quin Shih Huang. Yiren, sin embargo, se quedó prendado de esta hermosa mujer, y se la pidió a su protector en matrimonio, a lo cual Lü Buwei, aunque receloso, accedió como un sacrificio más en su plan para convertir a este joven príncipe en rey, y verse más adelante favorecido por este esfuerzo. La pareja se casa en el 260 a.C., naciendo su hijo (entonces llamado Zheng) al año siguiente. La polémica surge desde este mismo momento, pues tras la muerte de Yiren, aún muy joven, se dice que Lü Buwei siguió manteniendo relaciones con su antigua amante, con lo cual los historiadores posteriores han llegado a dejar caer -de forma bastante sutil-, que el comerciante pudo ser el auténtico padre de Zheng, aunque sí que es verdad que el periodo de generación de esta leyenda corresponde a una época en que la figura de Quin Shih Huang, bajo la dinastía de los Han, tendía a ser denostada y vilipendiada por parte de las más altas autoridades. De todas maneras, los encuentros entre Lü Buwei y la reina madre no duran mucho, ya que este último no quiere arriesgarse a perder el poder por un asunto de faldas, y desvía la atención de la reina hacia Lao Ai, un rudo cortesano cuya mayor virtud es -todo hay que decirlo-, la longitud que presenta su pene. Esta tórrida relación (hijos ilegítimos incluidos) se produce durante la minoría de edad de Zheng, y será muy probablemente uno de los hechos que marque la personalidad posterior del que sería el primer emperador. El poder de Lao Ai es cada vez mayor, se atreve incluso a presentarse como padre adoptivo del joven rey, y de ahí que el joven Zheng no dude, nada más alcanza la mayoría de edad, en acusar a Lao Ai de adulterio y traición a la corona (en aquellos tiempos se rumoreaba que el amante real planeaba, en el caso de la muerte de Zheng, postular a sus hijos como herederos del trono de Quin). Lao Ai se levantó en armas, y después de un sangriento enfrentamiento, el rebelde es capturado, decapitado, y su cabeza clavada en una pica. A la reina madre, en el ajuste de cuentas que está llevando a cabo Zheng en estos primeros tiempos de mandato, se la condena al destierro; no obstante, no parece que dejase del todo de apreciarla, ya que algunos gestos del joven rey se dirigen a vengar los malos ratos que pasaron él y su madre hasta la edad de ocho años, cuando tuvieron que sobrevivir en el hostil reino de Zhao y tan sólo gracias a la ayuda de la aristocrática familia de su madre pudieron salvarse. La reina madre fallece en el 228 a.C., quedando únicamente para la historia sus relaciones ilícitas, como si no hubiera hecho nada más en su vida.

Otra mujer sin nombre es importante en el camino hacia la unificación de China que está recorriendo el rey Zheng, sometiendo, mientras avanza, a los sucesivos reinos que encuentra a su paso. Durante la conquista del reino de Wei, una nodriza protege al príncipe real de este reino, un tierno bebé en sus brazos, de las flechas de los soldados de Quin, muriendo cuidadora y niño bajo los dardos. El rey de Quin, sin embargo -y a pesar de haber opuesto una ardua resistencia frente a sus soldados-, decide destacar el valor de la nodriza y ponerla como ejemplo para generaciones posteriores, otorgando a la mujer a título póstumo (y por tanto, a sus herederos) títulos de nobleza. Probablemente a la nodriza le hubiera gustado más que los soldados no hubieran acabado con su vida ni con la del niño, pero como dice José Ángel Martos, con esta medida, recompensando a súbditos de los reinos enemigos, y sometiéndolos bajo una ley común -sea buena o sea mala, pero igualitaria para todos-, Quin Shih Huang fue poniendo las bases para la posterior consolidación de un imperio y de un país, el de China, que todavía no existía, y sobre el que el emperador, después de la conquista, tendría que ejercer la labor más difícil: la de identificación cultural y social, entre habitantes de lugares tan diferentes, en un solo estado, el nuevo, que en estos momentos se formaba.

La madre biológica de Aisin Gioro Xianju, espía chino-japonesa (¿-1921?)
En este caso, la persona que posee realmente relevancia histórica no es la mujer sin nombre, sino su hija, conocida también como Chuandao Fangzi en China y como Kawashima Yoshiko en Japón. Rodeada de multitud de leyendas que varían según el país de procedencia de quien te las esté contando, esta mujer era hija de un aristócrata chino (emparentado con la familia imperial) quien a principios del siglo XX la entregó a las autoridades japonesas como una especie de mediación frente a una potencia que ya se intuía que iba a tener mucha importancia en el futuro devenir histórico de la nación china. Xianju fue educada bajo una rigurosa disciplina militar que la hizo convertirse en una experta en la lucha de guerrillas, jugando sus acciones militares un papel clave en la conquista de Manchuria por parte de los japoneses, quienes arrebataron esta región a la antigua patria de Xianju. Una vez hecho esto, las buenas relaciones personales de Xianju con el último emperador chino (el cual la consideraba un miembro más de la familia) hicieron que éste accediera a convertirse en soberano oficial del estado-títere de Manchuria, manejado en realidad por los nipones. Xianju, sin embargo, no jugó un papel pasivo: las historias dicen que siguió gobernando a sus milicias de manera independiente y manteniéndose muy crítica frente a ciertas actitudes japonesas en China. Xianju fue capturada por los chinos, se escapó, volvió a Japón, retornó a China bajo la tapadera de un restaurante, y fue finalmente detenida y ejecutada por las autoridades chinas en el año 1948, aunque ciertas leyendas esgrimen que en realidad siguió viviendo bajo la imagen adorable y en apariencia inocente de una anciana señora denominada cándidamente “la abuela Fang”. Desde luego, el personaje da mucho juego, porque entre su afición a vestirse con ropas masculinas, la sospecha de unas más que turbulentas relaciones de cama –violación por parte del padre de su tutor incluida-, o la tremenda popularidad que llegó a alcanzar en su país de origen gracias a sus críticas a Japón desde su posición de poder en Manchuria –lo que le llevó a incluso a grabar un disco de canciones con su propia voz: aquello, desde luego, puso en un brete su papel como espía discreta-, no es extraño que para la posteridad haya sido apodada como la “Mata Hari del Este”. En esta ocasión, como decimos, la madre de Xianju no juega ningún papel relevante en la Historia, pero como la madre del emperador Qin, sufre el tradicional olvido que se aplica a las consortes reales chinas. Cuando el padre de Xianju -el Príncipe Shanqi- fallece, su concubina y posiblemente la madre biológica de Xianju se ve obligada a suicidarse por el método tradicional. Fin de la historia, y así, ella no pudo contemplar con sus propios ojos cómo su hija se acababa convirtiendo en lo más parecido que en aquella época podía asemejarse a un héroe.

La reina de Saba (alrededor del siglo X a.C.)
A muchos le sonará la leyenda de la reina de Saba, aquella exótica monarca procedente de una nación situada en las actuales Yemen y Etiopía, la cual, admiradora de la fama del rey Salomón, acudió a visitarle, y tan maravillada quedó ante la sabiduría del gobernante de los israelitas que se acabó convirtiendo al monoteísmo. Por lo visto, todo el mundo quedó contento con aquel viaje, porque la reina dejó en Israel varias toneladas de oro, mientras que ella se llevó en su vientre al hijo de ambos, el futuro Menelik I, quien daría origen a una estirpe de reyes de Etiopía que según el mito termina en el depuesto monarca del siglo XX Haile Selassie. Menelik, por lo visto, se llevaría a su país el Arca de la Alianza en un viaje que hizo a Israel para conocer a su afamado padre, a quien (aunque fuera hebreo) engañó como a un chino para llevarse el Arca a su patria. Pues bien, de la reina africana que causó mayor furor en Occidente antes de Cleopatra no conocemos el nombre, pues la Biblia no lo menciona explícitamente, y según quién la mente puedes encontrarla denominada como Makeda, Bilqis, Balkis, Nikaule o Nikaula (incluso su origen se hallaría en duda, ya que alguno le atribuye a la reina una procedencia búlgara). Así pues, la mujer a la que Salomón le dedicó una sección del Cantar de los cantares, y por culpa de la cual -de acuerdo a la tradición- el monarca judío se dedicó a instalar espejos por toda la superficie de una habitación de palacio con el único objetivo de contemplar (la leyenda dice) sus peluditas piernas, no nos ha legado a la posteridad su nombre. Nos preguntamos si hubiera ocurrido lo mismo si la reina hubiera sido israelita y un seductor rey –mago o no- de nacionalidad etíope hubiera acudido para conquistarla. Quizás de él sí que hubiéramos obtenido sus secretos.

Éstas son las mujeres anónimas que hemos localizado. ¿Y vosotros?¿Conocéis alguna que merezca cierto reconocimiento y cuyo nombre no haya sido difundido?¿Tenéis otras propuestas? Esperamos vuestras futuras aportaciones.

Bibliografía:
            -Historias, Apiano.
            -El primer emperador, José Ángel Martos.
-www.artefinal.com/mujeres_siglo_veintiuno/s_moro.htm: La invisibilidad de la mujer en la historia, Sonia Moro.
-http://historiasdechina.com/2014/01/29/yoshiko-kawashima-espia-china-japon/: Tras la pista de la misteriosa “Mata Hari del Este”, Javier Telletxea Gago.
-La Biblia.
-Wikipedia.

lunes, 2 de marzo de 2015

La obra de teatro de marzo: "Fobiahomo. La revuelta de Stonewall"

Normalmente, en este blog, tiendo a recomendaros libros, películas o incluso obras de teatro que podéis encontrar más pronto o más tarde a través de distintos formatos. Pero hoy, en cambio, os presento una obra que se encuentra de jugosa actualidad, puesto que se encuentra representando ahora mismo en las tablas de Madrid. Se llama Fobiahomo. La revuelta de Stonewall, y os recomiendo vivamente que la veáis por vosotras mismos porque, entonces, podréis entender por qué los que la hemos visto tenemos tanto interés en promocionarla.



La obra la he conocido a través de mi buena amiga y mejor actriz Elena Cedillo, a la que ya tuve la ocasión de contemplar en vivo y en directo en una sorprendente adaptación de "La casa de Bernarda Alba", otra fantástica obra de magnífica escenografía y donde una enorme fuerza actoral se ponía a disposición de un libreto tan espléndido como a los que Lorca nos tiene acostumbrados. Pero "La casa de Bernarda Alba" era muy distinta a "Fobiahomo", aunque ambas tengan en común sobre todo dos aspectos: un reparto a un gran nivel (donde tengo que decir que mi amiga brilla pero encuentra también otras estrellas en las que reflejarse), y una gran capacidad para combinar tanto la risa como los momentos más dramáticos al servicio de un mensaje de enorme calado social. Con la diferencia, quizás, de que la obra de Lorca se ambienta en una época que quizás nos suena muy lejana en el tiempo (aunque no fuera hace tanto), mientras que Fobiahomo no nos suena tan diferente a lo que ocurre en lugares o sociedades para las que no necesitamos abstraernos demasiado.

La obra se centra en la situación que vivían los homosexuales en Estados Unidos alrededor de 1969, cuando tuvo lugar la llamada revuelta del "Stonewall", un local de ambiente de Nueva York donde, tras una redada particularmente dura por parte de la policía, una chica a la que se llevaban detenida le espetó a sus compañeros: "¡Tíos, ¿es que no vais a hacer nada?", y allí fue donde empezó todo y los homosexuales empezaron a organizarse de manera articulada en un movimiento cívico que reclamara con voz alta y clara sus derechos. La representación se basa en diferentes "sketchs" que relatan distintos aspectos de la vida del submundo gay en Estados Unidos durante aquella época, en la cual las tendencias sexuales que se salieran de la norma eran consideradas enfermedades psiquiátricas por las que te podían detener, golpear o encerrar en un manicomio -con algunas más que devastadoras consecuencias-. En cada una de las escenas, a lo mejor algún espectador puede quejarse (y señalo aquí los pocos defectos para que me creáis en mayor medida cuando hable de sus numerosas virtudes) de que tanto algún detalle de la interpretación como del guión puede ser demasiado extremo, demasiado obvio, o tal vez incluso excesivamente estereotipado; pero todo eso no quita que tanto el tono general de cada uno de los intérpretes como el de las líneas del guión se mantengan a muy buen nivel y que, en conjunto, el todo sume más que cada una de sus partes.

Porque esta obra manda un mensaje contundente, y desde luego éste cala. Porque, utilizando alternativamente la comedia y el drama, nos trasmite una misma realidad social que puede hacernos carcajear de complicidad con la risita nerviosa de un travesti, como emocionarnos con el alegato de una activista en un trascendental juicio donde la que parece que está siendo juzgada es la intransigencia de la sociedad entera. Y ya el remate supremo llega en la escena final, una insuperable demostración de cómo la combinación de actuación, escenografía y música puede llegar a conmover hasta el punto de que al más pintado acaben por saltársele las lágrimas. Allí es cuando te da la sensación de que has escuchado algo que merecía ser contado.



Ésta es una historia con las que se identificarán no sólo a los que vivan directamente la situación por su condición de gays o lesbianas, sino cualquier espectador que acuda a contemplar la representación, porque, como la propia obra dice, la causa de este subgrupo en particular (como la de cualquier colectivo que resulta marginado) es la lucha general por los derechos civiles de todos los seres humanos. Porque ha sido la misma de los esclavos en Roma, los afroamericanos en Estados Unidos o los desahuciados por razones económicas actualmente en la Europa meridional. Y porque, a pesar de narrar acontecimientos acaecidos hace más de cuarenta años, contemplamos circunstancias parecidas en nuestros días en la Rusia de Putin, el África negra o incluso algunos fines de semana en el campus de la Complutense. Y en el fondo, todo consiste en la lucha del ser humano individual por tener la libertad de salirse del molde del que, a veces, una mezquina sociedad ve impensable que salgamos. Por miedo, ignorancia, o quién sabe por qué más, pero, en todo caso, por motivos que en teoría parecen tremendamente fáciles de solucionar y, por tanto, se hace más cuesta arriba observar que a ratos son tan complicados de erradicar de una vez por todas de nuestras mentes.

En definitiva, y para daros una razón más para ir a ver esta obra, está hecha por gente joven y prometedora, que se nota que le pone mucha ilusión a lo que hace, y, precisamente, a la que le viene muy bien que acudan a verla más espectadores pues -como toda obra, en el fondo- es lo único que puede asegurar que siga estando en cartel. "Fobiahomo" se representará los días 7 y 8 de marzo en la sala Arte4, en la Calle Sancho Dávila, 25 (Madrid), aunque seguramente siga habiendo fechas y futuras representaciones en otros lugares en el futuro (me consta que dentro de un tiempo se estrenará en el distrito de Fuencarral). Y, desde aquí, a los que nos ha gustado, le deseamos a los promotores de esta iniciativa toda la suerte del mundo, y que siga con buen viento hacia adelante. Un saludo a todos ellos, y a vosotros también. Quizás, como futuros espectadores, me comentéis si os ha gustado. Hasta muy pronto.