¿Por qué estamos aquí? Porque nos gusta lo curioso, lo sorprendente, lo interesante, lo inusual, lo que engrandece al ser humano, lo que lo redime de vez en cuando. Por eso nos apasionan las historias: porque hayan ocurrido o no, de alguna manera es real.
lunes, 16 de enero de 2023
Las historias reales de enero: más hilos, ahora también en Mastodon
lunes, 9 de enero de 2023
La historia corta (rescatada) de enero: "Refugio"
Un chico
indigente pidiendo refugio en un albergue:
-Lo siento –le responden-. No puedes
entrar. Nos faltan plazas, y tú no tienes prioridad. Eres demasiado joven.
El joven se queda extrañado, y
pregunta:
-Y mañana, ¿también seré demasiado
joven?
-También.
-¿Y dentro de un año, también seré
demasiado joven?
-Sí.
-Entonces, ¿nunca voy a poder
entrar?
-No...
Se corrige.
-Quiero decir, sí, cuando llegues a
viejo.
-No llegaré a viejo.
Sobre todo, si no me dejas entrar.
domingo, 1 de enero de 2023
El relato ampliado de enero: "Cambio de tono"
Una versión primigenia de este relato (sensiblemente más corta, para adaptarla a las necesidades editoriales del momento) fue publicada en el segundo ejemplar del fanzine Fragmentos de tinta. Ahora os lo presento tal y como estaba concebido en su génesis original. Por cierto, como muchos sabéis, ya no sacamos nuevas entregas del fanzine, pero podéis consultar los viejos ejemplares en este enlace, así como algunas narraciones, críticas y ensayos sueltos en el formato blog que adquirió en los últimos tiempos. Mis relatos (más cortos o más largos), por otra parte, he ido incorporándolos al blog a lo largo de los últimos meses, para que tengáis a mano todas las opciones. El lugar físico o virtual que ocupen las historias, como suele decirse, es lo de menos: el hueco que ocupan en nuestra mente, por el contrario, ya es otro cantar.
Cambio de tono
Para explicar esta anécdota tengo que aclarar un poco el contexto: hace bastantes años tuve un accidente y, aunque ahora prácticamente no se me nota, me quedan aún algunas secuelas. Una de ellas es que tengo una oreja de plástico. A decir verdad, tengo varias orejas de repuesto, y voy cambiándolas según la época del año, para así ajustarlas a la coloración del resto de mi piel. Esta historia ocurrió precisamente durante una época en la que estaba pasando unos días en casa de mi hermana en la playa, y percibí que mi tez había quedado tostada por el sol. En ese momento, quise sustituir mi oreja de aquel entonces por un repuesto de un tono algo más moreno, y me metí en mi cuarto para llevar a cabo esta acción con cierta privacidad. Pero hete aquí que mi sobrino, que es un terremoto, quiso darme una sorpresa y entró de improviso en mi cuarto, sin avisar. Del susto (a causa del grito que el niño me soltó casi al lado de mi cabeza) solté un respingo y entonces constaté su cara de terror. No me di cuenta hasta unos segundos más tarde: en medio del caos, mi oreja se había caído delante del tierno infante, y ahora hallaba en el suelo, allí plantada, como si nos estuviera contemplando amenazadoramente.
Yo
no sabía muy bien cómo explicárselo a mi sobrino, quien no conocía nada acerca del
accidente, pero la actitud que adoptó me facilitó mucho las cosas: salió
corriendo como alma que lleva el diablo, y durante el resto de la tarde no tuve
ocasión de verle ni un solo segundo.
Con
el paso de los días, sin embargo, el contacto fue inevitable, aunque yo me di
cuenta de que mi sobrino me rehuía, contemplándome desde lejos con una mezcla
de recelo y temor. Comprendí qué era lo que ocurría cuando sorprendí al niño un
día, revelándole a su madre una confidencia: “Mamá, creo que le he roto la
oreja al tío Javi”, se atrevió a confesar, en tono de disculpa, muy
apesadumbrado. Intenté aplacar su angustia al cabo de unos minutos.
-Miguelín,
he de contarte una cosa: en realidad, soy un espía. Por eso, tengo una oreja
electrónica, que permite escuchar las conversaciones a distancia. Es una oreja
muy útil. De hecho, creo que voy a ponerla de vez en cuando en tu cuarto, para
saber si estás haciendo alguna maldad.
Claro
que no estoy muy seguro de haberlo arreglado. Mi hermana me dice ahora que,
cada vez que va a darle su beso de buenas noches, nota a su hijo intranquilo:
-Me parece que se pasa un rato con los ojos abiertos después de apagar las luces -confesó-. Como si en su cuarto se hubiera metido alguien y quisiera averiguar dónde está…
lunes, 26 de diciembre de 2022
Los libros de diciembre: unas cuantas recomendaciones navideñas
Aquí van, por si os resuelven algún regalo que os resulta particularmente difícil:
-"Un par de manos. Cocinera y doncella en los años 30": Mónica Dickens es bisnieta del famoso escritor Charles Dickens, de quien sin duda heredó la ironía y un original sentido de la narrativa. La futura escritora quiso durante un tiempo ganarse por sí misma la vida como cocinera (aunque en ocasiones tuvo que ampliar sus labores al servicio doméstico) y, al narrarlo, nos desgrana la interioridad de las casas británicas no desde la severidad de "Lo que queda del día" ni la trastienda de "Gosford Park", sino desde un punto de vista muy humano, donde amos, criados, niñeras y vendedores tienen todos sus defectos, sus guerras internas y sus meteduras de pata (que tratan de disimular en ocasiones con gran descaro). La imperfección puesta por escrito. Algo de crítica social tiene, pero, sobre todo, mucho humor.
-"Trieste", de Jan Morris. Morris es conocida por sus vibrantes descripciones de algunas ciudades famosas ("Venecia", "Manhattan 45"), pero a mí me impresiona en gran medida que me desvele los detalles de una zona de Italia que no conozco demasiado. Hay además algo especial en Trieste, esa urbe en mitad de oriente y occidente, entre el presente y el pasado, heredera de algún imperio y disputada por varios países, consciente de que ha vivido tiempos mejores, pero a la que le toca afrontar el futuro. Lo que más me impresiona es que, probablemente, si viajo a Trieste, no encontraré la misma ciudad porque, en buena parte, todo lugar forma parte de la experiencia del que la cuenta, y la Trieste de Morris es, sobre todo, un territorio más para ser evocado que vivido.
-Kenneth Cook tiene una trilogía ("El koala asesino", "El lagarto astronauta" y "El canguro alcohólico") de relatos de ficción -aunque transmiten la sensación de un cierto realismo- ambientados en el inhóspito territorio australiano, donde cocodrilos, tiburones, serpientes y canguros pueden matarte, pero wallabis, koalas o ratas son capaces de hacerte bastante pupita. Por si los animales peligrosos fueran poco, la natural idiosincrasia de los parroquianos (quienes, en palabra de Cook, pueden tolerar que les robes, les dispares o secuestres a su familia, pero nunca, jamás, que rechaces una cerveza) y otras peculiaridades del lugar hacen que cada desterillante aventura narrada por Cook suponga un desafío al acto de seguir vivo. Recomendado si no tenéis ganas de viajar a Australia porque, tras leer estos libros, de opinión no vais a cambiar.
-El título de "Las cenizas de Ángela" de Frank McCourt no le sonará desapercibido a muchos, pero quisiera destacar que, aparte de ser claramente lo que parece (es decir, la calamitosa y lacrimógena descripción de una harapienta infancia irlandesa), es, ante todo, un libro con un humor muy especial. Quizás humor de miseria, de ése en el que te ríes por no llorar porque pocas opciones te quedan, pero también porque, sólo en un lugar tan terrible, las escenas más surrealistas son posibles. Es ese sentido, preparad los pañuelos, pero también las carcajadas.
-Por último, un libro que todavía tengo a medias, pero lo que llevo leído de "Sinopsis de cine 3" de Ángel Sanchidrián me indica que el autor madrileño ha vuelto con todo su fulgor a destriparnos nuestras películas favoritas con esa prosa tan descacharrante que te dobla por la mitad (de risa) y al mismo tiempo le pega hachazos al sentido de la cordura. La irreverencia de este hilarante libro (con más de veinte expresiones diferentes para el acto de tocarse las partes pudendas femeninas) no tiene parangón. Para regalar a cualquiera salvo a las mentes más pacatas, no sea que les dé un infarto.
lunes, 19 de diciembre de 2022
La obra de teatro de diciembre: "Ladies Football Club"
"Ladies football Club" es una obra de teatro de Steafano Massini cuya premisa parte de una historia real: un grupo de trabajadoras de una fábrica de armamento en Inglaterra, durante la Primera Guerra Mundial, que decidieron iniciarse en el mundo del balompié, hasta entonces vetado a las mujeres, y montaron un equipo que demostró que las féminas podían ocupar espacios hasta entonces sólo reservados a sus congéneres masculinos. La obra lleva un tiempo rodando por España, he tenido ocasión de verla, y no puedo sino elogiar los resultados.
El texto, por un lado, está sin duda muy bien trabajado a través de múltiples recursos, y es capaz de hilar las circunstancias históricas que rodean a la historia (la guerra, las cuestiones sociales, los condicionantes causados por el conflicto) con la biografía tan detallada de cada una de estas once empleadas de una fábrica de armamento, cada una con su personalidad, preocupaciones, sueños y su particular carga emocional encima. Pero toda esta exuberancia de caracteres no se expresaría de manera adecuada de no ser por este excepcional grupo de actrices que, a lo largo de una representación sin interrupciones, cantan, organizan complicadas coreografías, juegan con su voz e interpretan a la vez a múltiples personajes que nos hacen reír, llorar, vibrar, contener el aliento y, sobre todo, preocuparnos por su destino, en un trabajo coral donde, como suele ser común, el todo luce más a partir de la suma de sus acertadas partes. No obstante, lo que está claro es que cada una de las artistas deslumbra con luz propia.
lunes, 12 de diciembre de 2022
La historia corta (y rescatada) de diciembre: "Deportividad"
Deportividad
-Vemos cómo ahora el siguiente deportista
coge el testigo de la antorcha olímpica… Corresponde al atleta keniata… vaya,
debe haber algún error. O a lo mejor es keniata, pero un keniata blanco.
¿Tienes más información al respecto, Herm?
-Nos llega la confirmación desde
nuestros estudios centrales, Mart. Ha habido una alteración en el recorrido: el
siguiente relevo es un deportista local. Aún no nos ha llegado su nombre, pero
se lo ofreceremos a lo largo de la retransmisión.
-Pues, y perdonen los espectadores,
pero vaya vestimenta que lleva el tipo. Parece que acabara de salir de casa.
-Bueno, Mart, hemos de recordar
que, en estas latitudes, a veces la actitud puede llegar a ser un poco
informal.
-En todo caso, el hombre sale
desde su posición… Arranca con buen ritmo. Se ajusta… no, no, no se ajusta. En
realidad, se está saliendo del trayecto marcado. De hecho, se está alejando del
camino que debía recorrer. Empieza a adentrarse por un bosquecillo, donde le
perdemos de vista…
-¿Pero dónde va?¿DÓNDE VAAAAA?
Unos pocos minutos más
tarde, el hombre penetró con la antorcha olímpica en una pequeña casa de una
antigüedad indescriptible, donde una anciana -de antigüedad más indescriptible
todavía-, vestida de negro de pies a cabeza, se encontraba sentada en una silla
colocada de espaldas a la puerta, con lo cual no pudo ver al hombre entrar en
la casa, aunque sus ojos revelaban que quizás, si la silla se encontrara
situada en otra posición, tampoco le hubiera sido posible contemplarlo. La
anciana, aún así, levantó de golpe las cejas (aunque no se levantó de su
asiento) al escuchar el ruido procedente de la entrada.
-¿Prometeo?¿Eres
tú?
-Sí,
mamá –respondió el hombre que había entrado-. Ya he conseguido algo con lo que
encender el fuego del horno. Espera un momento tan solo: la comida pronto
estará…
lunes, 5 de diciembre de 2022
El relato (rescatado) de diciembre: "Secuestro"
Secuestro
El secuestrado fue liberado al lado de una
carretera enormemente transitada. Fue inesperado, y también brusco; le sacaron
del maletero del coche, le quitaron la capucha –dejándole tan solo con la
mordaza y el vendaje en los ojos- y le ordenaron que esperara un minuto antes
de quitárselas o darse la vuelta. En menos de veinte segundos, el coche
arrancó, y el hombre se descubrió libre. No sabía si habían pagado su secuestro
o bien los terroristas no se habían atrevido a dispararle. Al quitarse la venda
y la mordaza, notó una sensación extraña, como sintiendo una nostalgia
anticipada por una situación a la que se había acostumbrado con el tiempo, y al
contemplar las inánimes prendas que hasta ahora le habían privado de la vista y
la capacidad de producir sonidos, celebró que le hubieran permitido
conservarlas, como una especie de recuerdo de que una vez aquello fue real y
que había salido vivo. El hombre observó la carretera y constató que con hacer
un poco de autostop –seguramente, su imagen ya había salido en los periódicos-
podría volver a casa, aunque le daba algo de recelo pensar en quién podría
llevarle: al fin y al cabo, no era cosa de haber sobrevivido a un secuestro
para que luego un psicópata repartiera su vísceras a lo largo de toda una
carretera comarcal.
"Claro que, pensándolo bien" (el hombre ahora libre
meditó), "¿a qué estoy volviendo? Mis hijos no me hablan. Hacía tiempo que
mi mujer quería el divorcio. Mi trabajo cada vez me entusiasmaba menos. En fin,
¿qué clase de vida quiero retomar?"
El individuo miró un momento a la autopista, y luego al bosquecillo cercano.
Tras unos instantes de cavilación, se apartó de la carretera, y comenzó
pausadamente a caminar en dirección opuesta a esta última…
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