lunes, 24 de febrero de 2020

La historia corta de febrero. Historias del metro (13)


En la estación de Méndez Álvaro, sentado, esperando a mi novia que vuelve de viaje en autobús, yo me vuelvo a la señora que tengo al lado, y le digo:
            -Sabe, llevo cinco años sin ver a mi novia. Me dejó plantado en el altar, y desde entonces no hemos vuelto a vernos. Ella huyó a todas partes, ha estado en desiertos, en glaciares, en selvas, y durante todo ese tiempo, de lo que tenía miedo era de volver a casa. Ha pasado por guerras, ha tenido mil amantes, la han tratado mal en muchos sitios, fue encerrada y torturada por un grupo armado en una guerrilla. Y ahora, después de todo este tiempo, de tantas cosas en su vida, ha conseguido una alta posición social, se ha casado con una persona rica y tiene un trabajo estupendo, pero yo conseguí por fin encontrar su teléfono, y la llamé y le dije que si quería volver, que yo estaría dispuesto a recibirla con los brazos abiertos. Ahora, si la veo subir por esa escalera, es que quiere decir que lo ha abandonado todo por mí, y que a pesar de todo, me quiere...
            Y la señora, visiblemente emocionada, giró la cabeza para contemplar el extremo de esta escalera.

            De repente, mi novia apareció llevada por las escaleras mecánicas. Yo emití una inmensa sonrisa, y me acerqué hacia ella, nos besamos levemente, y comenzamos a andar en dirección hacia la salida. “¿Qué tal Zaragoza?”, le pregunté, “Ah, pues nada”, me respondió, “es extraño, te he echado de menos, pese a que sólo fueran cuatro días”. Cuando volví la cabeza, la señora de antes estaba llorando. Mi novia, siguiendo mi mirada, también se fijó y me preguntó extrañada:
            -¿Tú sabes qué le pasa?
            -No sé, la verdad –respondí-. Cosas suyas, supongo.

lunes, 17 de febrero de 2020

Las recomendaciones de febrero: cuentos y cuentistas

En este blog nos hemos referido con frecuencia a excelsos contadores de cuentos. A lo largo de los posts, he podido homenajear a algunos de mis favoritos: Borges, Poe, Cortázar, Esteban Erlés, Stabironets, Asimov, Ray Bradbury, Robert Louis Stevenson, Mark Twain, Galeano y tantos otros... Aprovecho para mentaros unos cuantos libros construidos a base de cuentos a los que creo que merece la pena echarles un vistazo. ¿Preparados? Comenzamos.

-"Los peligros de fumar en la cama": Mariana Enríquez crea atmósferas inquietantes en las que la adolescencia, la sensualidad y el terror sutil están ahí para hacernos dudar de la inocencia de los objetos cotidianos. La autora ya publicó libros de cuentos previos ("Cosas que perdimos en el fuego") y recientemente se ha pasado a la novela con "Nuestra parte de noche", ganador del Herralde de novela.

-"Relatos de lo inesperado", de Roald Dahl. Por mucho que se le considere un autor infantil, el británico ya había demostrado una mentalidad retorcida con "Cuentos en verso para niños perversos". En "Relatos de lo inesperado", un conjunto de narraciones dirigidas a adultos, el escritor da rienda suelta a sus pensamientos más inquietantes, preparando malévolas trampas en las que hace caer a los incautos. Claro que puede ser que estos últimos no fueran tan inocentes, sino que estuvieran deseando caer...

-Si en cambio estas dos últimas propuestas os perturban demasiado, algo más enfocado al niño que todos llevamos dentro. "Cuentos por teléfono" de Gianni Rodari (un reconocido autor infantil italiano) pone por escrito las historias que el autor le contaba a su hijo por teléfono cuando trabajaba de viajante de comercio por Italia. Los relatos, por supuesto, cambian día a día en función del cansancio del padre, de lo bien que le habían ido las cosas aquel día, o de cuándo había podido llamar. Recomendables para leer uno por día, antes de dormir, a una persona querida, sin que sea imprescindible que medien kilómetros de distancia.

-"Antología de la literatura fantástica". Publicada en 1965 por tres monstruos de la literatura argentina (Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y la más conocida por su labor editorial Silvina Ocampo) que también se habían especializado en el relato, esta colección es un compendio de algunos de los mejores cuentos del género que no distingue antigüedad (hay historias escritas en el siglo IX), nacionalidades (encontramos muchos europeos y americanos, por supuesto, pero también unos cuantos chinos) ni estilo, con una amplia variedad de temas y aproximaciones tratadas. El libro se convirtió en una referencia inmediata del género fantástico, en el que los autores incluyen sus particulares granitos de arena, pero resulta aún más interesante por las numerosas historias casi perdidas en el tiempo que nos hace descubrir.

-"Los mejores relatos de anticipación", recopilados por Kendell Foster Crossen y Charles Nuetzel es también una vieja antología (data de 1969) que tiene la particularidad de que narra de manera cronológica una historia de la humanidad a través del tiempo dibujada a través de numerosos escritores, algunos de los cuales se incluyen en el marco de la Era Dorada de la Ciencia Ficción. Como en casi todas las antologías, hay para todos los gustos, pero podéis encontrar unas cuantas perlas bien engastadas en un collar donde quedan majestuosamente exhibidas.

lunes, 10 de febrero de 2020

La historia real de febrero. Entierro de joven víctima de la Camorra sobre fondo gris.

Leyendo “Gomorra”, de Roberto Saviano (uno de los mejores retratistas del crimen en el sur de Italia), hay una escena que me hiela la sangre. Se trata del entierro de una adolescente asesinada por una bala perdida procedente de una pistola de la Camorra, la organización criminal con más poder en el área de Nápoles. Más allá del hecho (que acogota en sí mismo), resulta inquietante la actitud de algunos de los asistentes. Casi todas las ceremonias sociales cualquier parte del mundo –bautizos, bodas, comuniones, funerales- me causan un cierto repelús. Reúnen un conjunto de lugares comunes, tradiciones y mandatos varios, la mayoría de los cuales buena parte de de los asistentes no tienen ninguna gana de llevarlos a cabo, pero tienen que hacerlo porque lo dicta el patriarca o matriarca de turno, “porque se ha hecho toda la vida”, porque es lo que se espera de ellos o un número inacabable de razones de índole similar. Ver y dejarse ver, como suele decirse. Pasar lista para ver quién falta. Y de paso, es una buena oportunidad para que El Padrino (ya se apellide Corleone o Aznar) aproveche para hacer negocios. Que dos personas se estén casando, como suele decirse, es algo que a ninguno de los asistentes le importa. El entierro de esta chica, en cierto sentido, es una ceremonia más. Roberto Saviano cuenta cómo es frecuente que la madre de la víctima trate de arrojarse, en algún momento del desplazamiento del cadáver por las calles de la ciudad, por el balcón para matarse. Es una reacción tan típica, tan habitual en este tipo de acontecimientos, que parece ya estereotipada. Saviano advierte que no por ello debemos creer que el dolor de las madres es menos auténtico; simplemente, estas pobres mujeres no tienen otra manera con la que expresarse salvo por actitudes prefabricadas, que otros han hilvanado ya por ellas. Aunque a mí me asombra más el papel de las amigas de la víctima, del grupito con el que ella salía siempre a la calle, de su círculo vital. Sí, era su amiga, ella ha muerto y están dolidas, pero al mismo tiempo, este entierro significa para ellas algo más. Es como su presentación en sociedad al resto del mundo. A partir de este funeral, de sus lágrimas, de sus lloros y de sus aspavientos, comenzarán a contar en la vida de la comunidad. Sienten con sinceridad la muerte de su compañera; pero de algunas cabría decirse (como en un anhelo secreto) que estaban deseando que un día como éste llegara por fin ya. Luego estas chicas crecerán y harán su vida. En algunos casos se casarán incluso con chicos de la Camorra, en ciertos casos pensando, más que en la vida en común, en la pensión que tienen asegurada por parte de la organización de criminales si el muchacho acaba en presidio. Para nosotros, desde fuera, puede resultar paradójico, execrable, rocambolesco entre otros adjetivos, que una chica que está llorando la muerte de su amiga íntima a causa de la Camorra pueda siquiera sopesar en su mente la posibilidad de juntarse, años después, con uno de sus integrantes. Sin embargo, no es tan difícil en cuanto reflexionamos un poco sobre cómo se vive el día a día en ese tipo de ambientes, donde la impunidad, la aparente perpetuidad, la dificultad de eliminación de males tan enquistados como la Camorra, hacen que la gente olvide a menudo que los causantes de aquellos males y asesinatos son individuos concretos, con nombres y apellidos, y empiecen a pensar en estas muertes con la misma inevitabilidad con la que tratarían a una catástrofe natural. Con la misma resignación y evasión de responsabilidades con las que se juzgaba a ETA en determinados pueblos del País Vasco, o como se acepta en otros lugares de España que, de todas las grandes obras o acontecimientos, partidos como el PP o Convergencia acudan con el cepillo a sacar tajada. De hecho, no es raro que los miembros de la Camorra aparezcan en el propio funeral de la chica asesinada, demostrando ante todos quiénes son los que mandan. Pero, más que la intimidación con amenazas o cuchillos, da mucho más miedo la resignación interior; la rendición del espíritu. O cómo es mucho más sencillo ponerse del lado de los que mandan, de la mayoría silenciosa de las pistolas, con tal de sentirse parte del grupo más grande, del que triunfa, del que, como ha marcado todas las cartas, ha de tener necesariamente la razón. A pesar de todas las contradicciones, las cuales te llevan a llorar por tu amiga y luego a casarte con uno de sus asesinos, como si entre ambos hechos no huviera relación alguna. Pero así de idiotas somos los humanos.

El ser humano irracional evolucionó, en un mundo carente de razón, para poder sobrellevar una existencia sin traumas irresolubles entre lo que quería y lo que no podía alcanzar. Que seis mil años de civilización después, con un siglo de las Luces a nuestras espaldas, esa forma de actuar siga siendo la más adecuada para determinados entornos, dice muy poco de nosotros y de lo que permitimos. Las lágrimas de las chicas de la Camorra podrían corresponder a las de un enterramiento en el Neolítico por un asesinato causado por el chamán o el jefe de la tribu que les liderará mañana. Y ya no se sabe de quién es la culpa, si del jefe de la tribu, o del que no se atrevió a quitarle al chamán el gorro de plumas. Esos llantos, por tanto, son también los nuestros, y quien llora, que diría John Donne, lo hace también por ti.

sábado, 1 de febrero de 2020

El relato de febrero: un cuento "visto y no visto"

Saludos. Os quiero proponer un reto. A lo largo de los siguientes 9 días –incluyendo hoy- voy a publicar un relato a través de las stories de Facebook que publicaré en mi cuenta de esta red social. Las stories, como sabéis, sólo duran 24 horas, así que tendréis que estar muy atent@s para leerlas antes de que desaparezcan. El motivo por el que he escogido este formato no es casual. Lo primero, como todo escritor, tengo que probar los límites que me ofrecen las posibilidades tecnológicas a mi alcance. En segundo lugar, como veréis, el relato está muy adaptado al formato en el que está escrito, de tal manera que comprobaréis cómo entre continente y contenido hay una conexión que resulta (o, al menos, eso espero) bastante natural. Tened cuidado, porque si os perdéis alguna porción del relato, es posible que cambie completamente vuestra percepción de la historia. Claro que eso mismo le puede ocurrir al protagonista…

Edito: terminada ya la ronda, ofrezco debajo el cuento completo para el que se haya perdido algún capítulo, quiera repasarlo para comprobar ciertos pasos, o simplemente para el que quiera visitarlo/revisitarlo siempre que quiera. Espero que os haya gustado, aunque no garantizo que produzca el mismo efecto leído día a día que todo junto. Un saludo.


1.

Me despierto.
Claro que, ¿cómo voy a decir que “yo” me despierto, si no recuerdo quién soy?
Mentira. Mentira, porque ahora que se me pasa el primer instante de aturdimiento (qué dolor de cabeza), recuerdo quién soy. No, mierda, en realidad sigo sin saberlo, pero la verdad es que ahora mismo no es lo que me tiene más preocupado. Lo que sí que no sé (y me resulta mucho más inquietante) es dónde estoy, ni cómo he venido a parar hasta aquí.
Estoy en una especie de habitación de hospital. Quizás eso explique el sopor que llevo encima. Deben de haberme suministrado alguna droga. Explica también el suero, el gotero, que me hayan pillado una vena. Ah, y ese pijama horrible que llevo puesto. De ositos. Con el culo al aire, de ésos que se abren por detrás. Menos mal que estaba inconsciente porque, si no, seguro que no se lo hubiera permitido. Las sábanas tampoco ayudan. Fantástico, me digo: cinco minutos y ya soy el típico paciente de hospital, quejándome por todo. Pero eso sigue sin aclarar qué demonios hago aquí.
Miro debajo de las sábanas (feísimas también, por cierto. No sé quién es el decorador de este sitio. Tendré que mantener con él una conversación muy seria). Levanto ligeramente el pijama, el cual de todos modos tampoco deja mucho espacio para la imaginación. En apariencia, todo está bien. Además, no me duele nada. Aunque eso no garantiza que todo esté correcto, quizás sea el efecto de la morfina. Además, aquí noto algo molest… Joder, ¿qué es esto?
Observo con más detenimiento. En efecto. Allí hay unos puntos. Como de una operación quirúrgica. Tiene hasta Betadine -o esa mierda yodada que suelen ponerle a las heridas- distribuido por encima. Debe de tener al menos unos días.
-¿Qué cojones ha…?
No llego a terminar mi imprecación, sin embargo. Entra un hombre. Vestido con bata blanca, corbata, gafas y una calva que va a juego con el aire de profesionalidad.
-¿Qué tal?-anuncia como saludo. Qué introducción más absurda, me digo a mí mismo. Quizás el propio médico se ha dado cuenta de que su intervención no ha sido la más apropiada; tiene pinta de nervioso, él mismo se encarga de autocensurarse añadiendo-. Claro, qué tontería, bien no puede estar. Aunque me alegro de que por fin haya despertado. Se estará preguntando qué hace aquí. Mire, voy a tratar de ser directo: ha tenido un accidente de tráfico.
-No… no recuerdo estar en un coche la última vez que… bueno, la última vez que estaba fuera de este sitio. Ahora que lo pienso… No me acuerdo de dónde estaba… Ni mi nombre, ni prácticamente nada.
-Es normal que no recuerde bastantes cosas. Le estamos dando una medicación muy fuerte para el dolor. Esa medicación provoca algunos efectos secundarios, entre ellos amnesia. Retrógrada, o sea, de la biografía personal de su pasado (aunque no tiene por qué afectar a recuerdos de cultura general o a procedimientos manuales), y también anterógrada. Es decir, durante unos días, quizás no sea capaz de generar recuerdos nuevos. Como el protagonista de “Memento”, ¿recuerda?¿Verdad que era muy buena película? -lo único que pensé en aquel instante fue: “¿Este tipo es médico?¿En serio? Porque no tiene pinta de dar malas noticias muy a menudo. ¿De dónde sacan a esta gente? Va a ser verdad que esto de los recortes está empezando a afectar a la sanidad”.
-Discúlpeme, y con todos mis respetos, puesto que usted es el médico… yo no me noto ninguna fractura, no veo ninguna lesión en la piel… Vamos, lo típico de un accidente de tráfico. He encontrado aquí esta costura…
-Es normal -replicó él-; ha pasado el tiempo y la mayor parte de las lesiones externas se han reparado. Además, usted no presentaba demasiados signos específicos de ese tipo. Nos preocupaban más las lesiones internas. Habrá visto la cicatriz de alguna de las operaciones.
-¿Ha pasado el tiempo, dice?¿Cuánto tiempo he estado durmiendo?
-Bastante, si he de serle sincero.... No sé decirlo exactamente porque tengo muchos pacientes que atender pero… yo creo que por lo menos un mes.
-¿Un mes?-en las películas, siempre me rechina que los personajes repitan lo que les han dicho, pero en este caso empaticé con todos ellos y con su forma de cerciorarse de que la locura que acaban de oír es cierta-. ¿Y no me he despertado en todo ese tiempo?
-No -sonrió el médico, el muy gilipollas-. La verdad es que ha sido usted el paciente ideal.
-Oiga, y si dice que no puedo crear recuerdos, ¿no se supone que, cada vez que me despierte, no sabré si ya me he despertado antes?¿Cómo estoy seguro de que no llevo aquí un mes levantándome de vez en cuando, con usted saludándome todos los días como si fuera la primera vez?
El médico, que estaba analizando una hoja con datos clínicos que se encontraba al pie de mi cama, alzó la vista y colocó una expresión chocante en su cara:
-Saberlo, no lo sabe… Tendrá que fiarse usted de mí.
Un recuerdo instintivo me llevó a palparme los laterales del pijama, donde, por supuesto, no había nada.
-Perdone, ¿y mi móvil? Tendré que llamar a mi familia, a…
-Eso no será necesario. Nos estamos haciendo cargo de todo. No puede usted entretenerse en estas cosas durante su recuperación. Ya les hemos dicho a sus familiares su estado, y que debe mantenerse en reposo.
-Pero yo no puedo permanecer aquí, parado. Tengo que… hacer cosas. Avisar a…
-No se preocupe. Mire, aquí entra Nora, nuestra enfermera -he de reconocer que su aspecto inicial (muy guapa, el pelo moreno largo, unas larguísimas pestañas al final de unos párpados maquillados de color azul) me desarmó durante unos segundos. El tiempo preciso para que ella presionara una jeringa situada al final de uno de los tubos que se conectaban con mi cuerpo, y me concediera tan sólo unos pocos segundos, durante los cuales escuché como últimas palabras-: Ella va a cuidar de usted durante este rato. No-no tiene de qué preocuparse.
El tartamudeo durante la última frase me hizo saber que algo andaba mal, que había un peligro inminente, que alguien mentía, pero no pude hacer nada, porque mi cabeza se desplomó bajo un sueño tan pesado e irresistible como ingrávido.

2.

-…                                                                                                                                                    
-¿Por qué?
-…                                                                                                                                                    
-Estás paranoico.
-… 
-¿Sigue con su descabellado plan?
-… 
-¿Y el tipo no sospecha que está siendo… [sonido entrecortado]
-… 
-¿Cuántos le han sacado?
-… 
-Como entes burocráticos, no te jode… ¿Y es cierto esa locura de meter nuevos?
-…
-Oye, escúchame, ¿y no hay ninguna manera de saber dónde está?
-… 
-Muy bien pensado, desde luego. ¿Y qué pasa con el del tipo?
-… 
-Bueno, pero si está encendido, alguna manera habrá ¿no?¿No se podría intentar con algún sistema?
-… 
-¿Quieres decir de un modo biológico?
-…   
-Lo tendré en cuenta. Gracias. Seguiremos en contacto.


3.

Me despierto.
Claro que, ¿cómo voy a decir que “yo” me despierto, si no recuerdo quién soy?
No, espera, lo de menos es quién soy. Lo que no sé es quién es esa mujer que acaba de entrar por la puerta. Es una enfermera, y muy guapa, por cierto. Si es una enfermera, esto debe ser un hospital, claro. Mirando alrededor, la sensación se confirma: gotero, vía, cama, sí, todo está en orden. Lo que menos me cuadra es lo que hago yo aquí. Pero tampoco me da mucho tiempo a pensarlo, porque la enfermera anda dando vueltas de un lado a otro, cambiando cosas de sitio. De hecho, ahora que me fijo, más que ejerciendo como enfermera, parece que está haciendo otra cosa… como si estuviera registrando el lugar.
Entonces el tiempo se para. La cara de la chica se vuelve hacia mí.
-Pobrecillo… No tienes ni idea de lo que pasa, ¿verdad?
No sé qué hacer. Dudo si asentir ligeramente pero, ¿asentir respecto a qué?¿Qué es lo que supone que ocurre?¿Y si está ocurriendo, es malo?¿Qué es lo que anda mal?
Sin embargo, tampoco ahora me otorgan tiempo para meditarlo. Antes de que me quiera dar cuenta, la enfermera ha levantado las sábanas, ha alzado la parte baja de mi ridículo pijama con dibujos de lacitos, ha asido con fuerza cierta parte de mi anatomía y… ha agachado la cabeza. Y ha empezado a… ¿operar?
Mi sorpresa es mayúscula. No sólo por el hecho en sí. No sólo por lo inesperado. También por el modo en que se está produciendo. No se trata de que la chica lo haga bien (muy bien, en realidad. Parece una profesional, pero no de la enfermería. ¿De dónde sacan a esta gente? Va a ser verdad que los recortes en sanidad se están poniendo severos), se trata más bien de la mecanicidad, de la eficacia -por así decirlo, aunque no es el mejor método de nombrarlo, dadas las circunstancias- casi militar del asalto. Y hay un detalle más. Cuando ya estoy a puntito, ella levanta la cabeza, mira casi con complicidad y me dice:
                -¿A gusto? Bien, estamos entonces listos para el siguiente paso.
                Dicho esto, se levanta ligeramente el ajustado vestido de enfermera que lleva puesto (que tampoco ocultaba mucho, seamos honestos; parece que, con los recortes, también compran los uniformes en tiendas de disfraces de Halloween) y salta para colocarse a horcajadas sobre mí, como si la parte más sensible de mi anatomía fuera la silla de montar de un caballo. Y entonces constato, como algo obvio, que la chica no llevaba ropa interior puesta -definitivamente, tienen que revisar la política de contratación de este sitio-. Claro que, para tratarse de una supuesta ninfómana o de alguien que se ha enamorado en determinado momento de mí y ha venido preparada para este asunto, tiene la cara bastante seria. Su tez morena apenas se ruboriza, sus labios se entreabren ligeramente, diríase que lo justito dadas las circunstancias, como si, aparte de la turgencia de los tejidos y el grado de excitación imprescindible requerido para el asunto, no quisiera exhibir mucho más, y tal vez siquiera disfrutarlo. En las presentes circunstancias, y a pesar de lo insólito del asunto, para mí es complicado no dejarme llevar, y termino casi en seguida. Cuando la chica se percata de que yo estoy ya servido, se levanta con un saltito, se queda a ras de suelo, coloca lo justo las sábanas para hacer como si nada hubiera pasado y, dándome un golpecito en el brazo, me susurra al oído:
                -No tienes ni idea de las cosas que tengo que hacer por ti.
                Luego presiona el émbolo de una jeringuilla, y creo que caigo en un sueño plomizo.




4.

Me despierto. Mejor dicho, me despiertan. Noto que alguien o algo me está tocando en una cadera. Me vuelvo en un amago de sobresalto, pero me detengo al observar una enfermera (o lo que supongo que es una enfermera, por el uniforme) muy guapa repasando unos puntos sobre mi piel. Mueve la aguja con rapidez y eficacia, pero a pesar de que noto cada movimiento de la aguja a través de mis músculos y membranas, no me duele, me figuro que porque ando colocado hasta arriba de mórficos. Aún así, muy dormido tendría que estar para no darme cuenta del escándalo que se monta cuando dos celadores (¿son celadores? Pero no llevan ropas blancas. Más bien parecen guardias de seguridad, o mejor, matones de discoteca. Desde luego, cada día meten en plantilla a personal más barato) acceden a la habitación de hospital donde parece que me encuentro, y se abalanzan como chacales sobre la enfermera, la cual suelta aguja e hilo pero se agarra con sus guantes -y unas cuantas dosis de fiereza- a la barra de la cama. Y, mientras ellos tiran de la muchacha como si se tratara de una mala hierba aferrada con sus raíces a un árbol, ella no para de atravesarme con la vista y gritar, desesperada:
                -¡Tienes que recordar esto para después!¡Debes mirar dentro de ti mismo!¡Recuerda, ellos no te quieren!¡Ellos nunca te van a querer como te quiero yo!
                No obstante, su mirada, con los ojos maquillados muy abiertos, en un extraño contraste, no parecía la de una persona abriéndome su corazón en una desgarradora declaración de amor sino, más bien, una especie de lúcida advertencia. Lo cual resultaba muy desconcertante.
                Finalmente, consiguieron arrancarla de su asidero. Mientras se alejaban (“¿Creías que no te íbamos a ver?¿No sabías que había cámaras y que alguien repasa las grabaciones?”, se escuchó de fondo, junto a una amplia sarta de improperios) con la mujer sujeta por ambos brazos, yo me preguntaba qué clase de locas contrataban para trabajar en este sitio. Mientras tanto, miraba en derredor, tratando de descubrir qué era exactamente este lugar donde me hallaba, aunque aquella situación me dejó tan agotado que apenas recuerdo mucho más aparte de una almohada blanca y mullida, y la figura de fondo de un cajón semiabierto…

5.




6.

Me despierto.
Claro que, ¿cómo voy a decir que “yo” me despierto, si no recuerdo quién soy?
Mentira. Mentira, porque ahora que se me pasa el primer instante de aturdimiento (qué dolor de cabeza), recuerdo quién soy. No, mierda, en realidad sigo sin saberlo, pero la verdad es que ahora mismo no es lo que me tiene más preocupado. Lo que sí que no sé (y me resulta mucho más inquietante) es dónde estoy, ni cómo he venido a parar hasta aquí.
Estoy en una especie de habitación de hospital. Quizás eso explique el sopor que llevo encima. Deben de haberme suministrado alguna droga. Explica también el suero, el gotero, que me hayan pillado una vena. Ah, y ese pijama horrible que llevo puesto. De topitos. Con el culo al aire, de ésos que se abren por detrás. Menos mal que estaba inconsciente porque, si no, seguro que no se lo hubiera permitido. Las sábanas tampoco ayudan. Fantástico, me digo: cinco minutos y ya soy el típico paciente de hospital, quejándome por todo. Pero eso sigue sin aclarar qué demonios hago aquí.
Miro debajo de las sábanas (feísimas también, por cierto. No sé quién es el decorador de este sitio. Tendré que mantener con él una conversación muy seria). Levanto ligeramente el pijama, el cual de todos modos tampoco deja mucho espacio para la imaginación. En apariencia, todo está bien. Además, no me duele nada. Aunque eso no garantiza que todo esté correcto, quizás se deba al efecto de la morfina. Además, aquí noto algo molest… Joder, ¿qué es esto?
Observo con más detenimiento. En efecto. Allí hay unos puntos. Como de una operación quirúrgica. Tiene hasta Betadine -o esa mierda yodada que suelen ponerle a las heridas- distribuido por encima. Debe de tener varios días.
Estoy a punto de blasfemar de manera colérica, pero me quedo mudo al observar que en, sobre esos puntos, hay una segunda trama. Algo oculta por el Betadine y por el hecho de que la segunda costura atraviesa por encima de la primera, pero cuando lo trato de mirar más de cerca, me doy cuenta de que… son letras. Dice algo. Está escrito. Es muy sutil, pero lo justo para que, si se uno se fija con atención, pueda vislumbrarlo. No obstante, no puedo leerlo bien, al menos no sin romperme el cuello en el intento. Debo buscar una manera mejor de estudiarlo.
Giro a mi alrededor. Hay varios cajones cerca, sin duda con material quirúrgico. Pero como no tengo nada mejor a mano, me pongo a buscar. Sorprendentemente, en un cajón entreabierto encuentro un pequeño espejo. ¿Qué pega ahí? No lo sé pero no me importa mucho. Utilizo el espejito como herramienta y leo. Porque, en efecto, leo: “Cruza la puerta”. El mensaje no dice mucho, desde luego, pero para ser algo cosido sobre unos puntos en la piel –y para estar misteriosamente escrito en la orientación en la que mejor podía leerlo con ayuda del espejo-, es muy concreto y expresivo. Alzo la vista y miro a la única entrada a la habitación. ¿Qué habrá al otro lado? En teoría, pasillos de hospital, médicos, pacientes, ese tipo de cosas… O tal vez no.
Me levanto. Me acerco lentamente a la puerta. Deslizo mi mano al mismo ritmo que el picaporte. Se abre un hueco delante de mí: un espacio de oscuridad. Y lo primero que veo allí, en ese nuevo escenario, es a Hal-9000.
La mente es muy engañosa. Al final asociamos lo que encontramos según patrones y sucesos repetidos en el pasado. Cuando recorremos un pasillo a oscuras y cualquier reflejo nos parece un fantasma, es porque los fantasmas, previamente, ya se encontraban allí. Siempre habían estado ahí, refugiados, en el fondo de nuestra imaginación, de las películas que hemos visto, de las leyendas que hemos oído, de los libros que desde nuestra infancia nos han aterrado. Ocurre lo mismo con los sucesos paranormales: ahora nos abducen aliens, pero antes era Dios el que descendía en un halo de fuego, y cada relato en función de la interpretación del momento, de las creencias de la gente que las sufría y que, con toda probabilidad, estaba viviendo sucesos muchos más prosaicos y naturales, porque no había más monstruos que los que ellos querían ver y oír. Por eso, yo lo que vi en aquella habitación era Hal-9000, aunque lo que estaba contemplando en realidad, y pude comprobar después de un segundo vistazo más reposado, era una luz roja sobre aquel fondo de oscuridad. Aunque esa habitación me reveló algo más impactante, en mi situación, que un ordenador asesino que pretendía matar a sus compañeros de nave: una habitación llena de ordenadores, sistemas de comunicación y de vigilancia.
                Incluyendo, comprobé, cámaras situadas para observar la cama en la que había estado durmiendo tan sólo unos instantes atrás.
                Me puse a revisarlo todo, a conciencia. Hay archivos físicos, en papel, y también digitales. Me llaman la atención dos carpetas cerradas por sendos candados, de los que tienen una rueda central que para abrirse necesita una combinación de movimientos específicos. Los colores de estas carpetas -y la forma en que están colocadas- me suenan, demasiado. Pruebo los candados, las primeras combinaciones que se me ocurren. Contra toda sorpresa, se abren. A pesar de que (seguramente a causa de las drogas que me dan) no tengo la mente muy despejada, deduzco que estas combinaciones las debo usar a diario en candados situados sobre carpetas del mismo color, como parte de una rutina que se me ha quedado grabada en los dedos -o, mejor dicho, en las neuronas que controlan mis dedos-, y por eso he conseguido abrirlos a pesar de la bruma que ahora mismo, cuando ni siquiera recuerdo cómo me llamo, nubla casi por completo mi mente. Y estas carpetas, curiosamente, me llevan a un par de memorias USB que contienen, en su interior, cada una un enlace de audio. De esa manera, escucho dos archivos de sonido los cuales, por separado, no tienen ningún sentido pero que, juntos, explican muchas cosas. Y que me acojonan muchísimo. Lo único que me tranquiliza es que alguien se ha tomado muchas molestias para investigarme a fondo (¿quizás porque me vigilaron primero los que me metieron aquí en primer lugar?) con el objetivo de mandarme un mensaje que sólo yo pudiera desentrañar.
Aunque quizás lo que me aterroriza más es contemplar un libro médico con la imagen de un corazón en la portada que, conforme hojeo, contiene adheridas en sus páginas varias cuadrículas amarillas tipo post-it con anotaciones que dicen: “enganchar a derivación desde arteria ilíaca del sujeto”, “la cavidad abdominal lo nutrirá adecuadamente”, etcétera, etcétera. Ya os podéis imaginar…
De todas maneras, no puedo detenerme mucho tiempo en la autocompasión. Entre otras cosas, porque estoy seguro de que tiempo es precisamente lo que me falta. Si no ha venido nadie todavía a atraparme, es porque estas imágenes de vídeo no las ven en directo, pero alguien se pasará a comprobarlas de vez en cuando. Lo ideal sería manipular los archivos de vídeo para que no descubrieran lo que he hecho, pero ni domino lo suficiente esta tecnología ni me sobran minutos, así que sólo me queda una opción: escudriño a fondo las imágenes hasta encontrar los puntos muertos de la cámara, y a partir de ahí planeo una estrategia. Atrapo un clip de uno de las carpetas, lo doblo para conseguir un trozo de metal estirado, y me hago una herida sobre el antebrazo. Una vez hecho esto, penetro de nuevo en la habitación que contiene la cama, y me dirijo hacia uno de esos puntos muertos. Ejecuto el plan con toda la rapidez y precisión que me son posibles. Me vuelvo a meter en la cama.
No sé si es por la debilidad a causa de la herida, o es a causa de la multitud de emociones de los últimos minutos, pero el caso es que no duro ni tres minutos despierto…


7.

-¿El medio por el que estamos hablando es seguro?
-…
-Temo que lo grabe.
-…
-La paranoia es la forma de vida de este hombre.                           
-…
-Hasta las últimas consecuencias.
-…
-¿Como ganado? Qué va.
-…
-Cuento dos, tres, cuatro… ¿Los pares los cuentas como dos?
-…
-Aún no, pero ése es el objetivo. Para lo clásico, hubiera sido más fácil solucionarlo todo de una vez. La gracia está en mantenerlo a largo plazo para meterle lo que sea y conservarlo funcionante, listo para usar.
-…
-Los trabajadores han firmado una cláusula de confidencialidad. Además, están poco informados: cada uno sólo conoce una fracción de los hechos. Dejan los móviles en el punto donde les recoge el autobús, que lleva los cristales tintados, y así no pueden saber dónde está el lugar.
-…
-Lo tiene el médico jefe. Le han desactivado no sé qué mierdas para evitar la localización, al menos mientras no se use. Pero lo mantienen encendido, por si llaman los familiares, así el médico puede estar al quite e hilvanar una excusa medio decente que no llame la atención y destape la liebre.
-…
-Bueno, para ello lo primero sería saber quién es el desaparecido, ¿no?, y no hay manera porque no conocemos su identidad. Una vez lo supiéramos, pues sí, creo que los profesionales del asunto podrían rastrear el móvil si éste realizara una llamada, o eso he entendido. Por lo visto, también le han capado no sé qué historia para que no se puedan rastrear los movimientos con anterioridad. En fin, siento ser parco en detalles. Ya sabes que los procedimientos técnicos no son lo mío. Pero en resumen, lo primero es saber de quién se trata. Identificarle.
-…
-No queda otro remedio.
-…
-Eso espero. De todas maneras, si se te ocurre alguna manera de meter algo aquí adentro que te ayude a sacarlo de allí, cuéntamelo, ¿vale? Yo haré todo lo posible por ayudarte a introducirlo.

8.

Me despierto. Noto un dolor en el brazo. Joder, es sangre. ¿Qué demonios hago aquí? Bueno, esto parece un hospital. Aunque, cuando miro de frente, a la izquierda de la puerta, veo una frase, escrita en sangre también. ¿Es la mía?. El texto dice, a un tamaño suficientemente grande como para leerlo desde la cama: “Este mensaje es tuyo. El médico tiene tu móvil. Cógelo y llama”. Todo esto me resultaría increíble, pero una de las letras tiene una forma de escribirse muy particular, así que, confuso como estoy, que en estos momentos no me acuerdo ni de cómo es mi caligrafía, pruebo a reproducir una palabra en el aire, y además de apreciar que tengo el dedo manchado de rojo, compruebo que me sale de natural escribir aquella letra concreta de esa manera, así que soy tan idiota como para creer que el mensaje de la pared es uno que me he enviado a mí mismo, y que además he sido lo suficientemente listo como para hacer esto a propósito para indicármelo. O tal vez me ha salido por casualidad. No sé muy bien a lo que atenerme, pero cuando veo a un señor con bata entrar en la habitación, deduzco que es el aludido. No me ando con muchas contemplaciones, ni demasiados planes maestros: me levanto como puedo (me duele mucho y me siento bastante dormido; debo albergar algo malo adentro, pero eso lo analizaremos más adelante) y, antes de que el recién llegado pueda decir mucho (hola-qué-tal-me-alegro-de-que-esté-despierto) le asesto un puñetazo en los morros. El individuo cae a lo largo, y aprovecho para registrarle. Encuentro mi móvil en uno de los bolsillos. Intento realizar una llamada, pero cuando apenas ha está marcando el segundo tono, llegan un par de celadores con pintas de matones de discoteca y me agarran de los brazos. El móvil se cae al suelo. Yo pataleo en el aire por encima de los treinta centímetros a los que me han elevado este par de engendros mordorianos, pero no me da para más, porque llega una nueva persona con ropa de médico y me clava una inyección en el muslo. Mientras me sumerjo en lo que espero sea un mundo idílico de unicornios, me digo a mí mismo que el problema es que, como esto me tenga dormido mucho tiempo, no voy a saber si el plan que tenía en marcha (¿cuál me pregunto?, ¿y cuál era su propósito?) ha servido para algo, o me van a matar antes de tener ocasión de averiguarlo…


9.

Me despierto. O más bien, abro un ojo. Me despierto a medias. Joder, estoy tan sobado… Creo que me han puesto una pastilla en la copa, o algo del estilo, porque el caso es que me siento hecho polvo. Quizás eso explique que me encuentre en algo similar a un hospital. O eso deduzco de lo que mis ojos sin control pueden ver desde su sesgada e inmóvil visión, con la mitad de la cara enclavada sobre la almohada. Claro que lo bueno -o lo malo- de esta postura es que me permite ojear por debajo del pijama de cuadros horrible que llevo puesto, y contemplar mi propio cuerpo, atisbando de hecho una visión bastante global de mi abdomen (debe de ser cosa de la anestesia, el caso es que, calculando, mi ojo ha de estar en una posición bastante antinatural para mantener esa óptica). Madre mía, ¿eso es una cicatriz con unos puntos?¿Y al otro lado una segunda?¿Y por qué tengo un bulto enorme en la tripa, debajo de la segunda cicatriz? Madre de Dios, ¿qué es todo esto?
El caso es que, a pesar del apantallamiento con el que este sopor -ocasionado seguramente por las drogas- consigue aislarme del mundo exterior, unas voces desconocidas van horadando como a cuchillo las sucesivas capas de aislamiento, y concentro mi única oreja (la otra se encuentra taponada por la almohada) en lo que ambas voces están dialogando:
-No entiendo por qué seguimos aquí y no hemos cerrado todo esto.
-Y lo haremos, no te preocupes. Pero no antes sin sacarle toda la rentabilidad. El órgano tiene todavía que crecer, y entonces podremos implantarlo en su nuevo hogar. Y ya de paso, le sacaremos todas las piezas que podamos. Cada gramo de este hombre vale su peso en oro, y no podemos desperdiciarlo.
-¡Pero el tipo llamó por el móvil!¡Por ahí le pueden localizar!
-Joder, qué cabeza más cuadriculada, no sé cuántas veces necesitas que te lo explique para entenderlo. Sí, a partir de la llamada pueden rastrear el móvil, pero la policía no sabe a quién tiene que buscar, ni siquiera sabe que alguien ha desaparecido. Sus familiares, cuando llamaron, se quedaron tranquilos con la explicación, así que no hay nadie preguntando por él, tampoco la policía.
-¡Pero la enfermera que despedimos puede haber contado algo!
-¡Tonterías!¿Qué les va a contar? Esa enfermera era una loca, de ésas que tienen el síndrome de Nightingale y se sienten atraídas por sus pacientes. Además, ella venía aquí como todos, en el autobús, y no sabe dónde se encuentra este sitio. Tampoco conoce la identidad de ese hombre, ¿cómo va a decirle a la policía a quién tiene que buscar? Por otra parte, si hubieran averiguado algo, hace ya tiempo que habrían entrado aquí al asalto. Eso indica que no saben nada.
-No me gusta. Este asunto huele fatal. El tipo entró en nuestra sala de comunicaciones, y vete tú a saber lo que hizo o encontró allí. Hasta se dejó un mensaje a sí mismo.
-Ése qué va a saber… Vale que la enfermera encontró el modo de decirle algo, supongo que en un acto de amor. Y vale que se informó y nos tendió una trampa, pero con la de opiáceos que tiene encima, aparte de que probablemente no recordará nada, se pasará dormido la inmensa mayoría del tiempo. Tenemos margen suficiente para obtener todo lo posible de él, como si se tratara de un cerdo… Entonces, y sólo entonces, clausuraremos el proyecto.
Escuché un chasquido entre dientes.
-Esta noche, no quedarán de él ni los huesos…
Parpadeo repetidamente. Quiero gritar, saltar, correr, pero eso es todo lo que alcanzo a hacer ahora mismo. Ni tan siquiera se me envara la columna vertebral de pánico, que es lo que tengo ganas de hacer de manera espontánea. De modo que eso es lo que pasa cuando uno sabe que va a morir…
Claro que, en ese momento, todo cambió. Se oyó el ruido de puertas derrumbándose, de ventanas acristaladas viniéndose abajo. Se escucharon golpes, puñetazos, gemidos, maldiciones y peticiones de clemencia en voz alta. Por el rabillo del ojo apenas vi nada. Un leve siseo me indicó, sin embargo, lo que unos segundos más tarde mi nariz y mi boca ya estaban llorando de manera ahogada, y era que desde el nivel del suelo estaba empezando a ascender un gas…
No describiré cómo fue exactamente la batalla campal que tuvo lugar en aquel momento, porque la mayor parte del tiempo yo me encontraba tumbado de costado, luchando por no asfixiarme ante la falta de oxígeno. Sin embargo, cuando el sonido de fondo empezó a descender y una cierta calma a sobrevenir (como un ciclón que se aleja después de dejar a su paso un reguero de víctimas), alguien me agarró de un hombro y me dio la vuelta. Yo, con un cierto nivel de consciencia -todavía en proceso de recuperación- y una conmoción como si me hubieran sacudido a leches con un martillo, creo que, más que sonreír, coloqué una mueca estúpida sobre la cara cuando vi llegar los uniformes de los policías de operaciones especiales, sin duda los responsables de haber montado aquel pifostio y logrado revertir mi situación. Ellos se reían, alborozados, mientras, desde atrás, alguien se abría paso para permitir pasar a una chica muy guapa, cubierta por un abrigo.
-Hola, Rodrigo, me alegra poder comunicarle que le hemos rescatado. Sentimos haber tardado tanto, pero se han juntado toda clase de cuestiones logísticas, y no queríamos entrar hasta estar seguros de que éramos capaces de sacarle de aquí, preferentemente vivo, a ser posible. Aunque no nos lo tiene que agradecer sólo a nosotros, sino también a esta señorita, gracias a la cual hemos podido obtener su localización.
-No me feliciten sólo a mí –contesta la chica-, Rodrigo también ha contribuido. Aunque ésa no es la única noticia que tienen que darle –se quita el abrigo, y de repente me percato de su incipiente pero incontrovertible estado de embarazo-. Hola, Rodrigo, creo que vamos a ser papás.
En ese momento me despierto de pronto al ciento por ciento, recuerdo mi nombre y todas las demás cosas, y me da la impresión de que no voy a querer dormir nunca más.

lunes, 27 de enero de 2020

La historia corta de enero: un relato en un hilo

La literatura se ha adaptado a toda clase de géneros y formatos. Margarite Yourcenar postulaba que la época influía en las creaciones literarias, y argumentaba a modo de ejemplo que su "Memorias de Adriano" tenía necesariamente que tratarse de una novela porque era el signo de los tiempos, mientras que le hubiera tocado escribirse como tragedia si ella hubiera vivido en el siglo XVI. Pero las variaciones han ido cambiando según las modas y los adelantos tecnológicos. En el siglo XIX, proliferaron los folletines, narrados capítulo a capítulo en las páginas de los periódicos, los cuales mantenían al lector enganchado y siempre con la intriga detrás de la oreja, pues la historia podía acabar en el siguiente número y el desenlace presentarse de manera imprevista. No es algo tan distinto de lo que ocurre hoy en día con las series de televisión y, si queremos esgrimir la teoría de que ya está todo inventado, sólo hay que fijarse en el que el primer escritor que ideó lo de matar contra todo pronóstico a un personaje principal fue Charles Dickens. Y hoy, cómo no, son las redes sociales las que lo inundan todo. Para bien o para mal, es una época en que los youtubers que hablan sobre literatura triunfan mientras las ventas de libros agonizan, y donde excelentes artículos de varias páginas se fraccionan en tuits para aumentar el número de seguidores. Sin pretender llegar a este extremo -y defendiendo siempre que cualquier formato para escribir es válido, porque el fondo de la literatura siempre es el mismo-, siempre fantaseé con llevar las posibilidades tecnológicas al extremo y os presento este relato, redactado en forma de hilo de Twitter (como casi exclusivamente podía escribirse), que podéis contemplar en su formato original en mi cuenta de esta red social, aunque también os lo incluyo en la parte final de este post. Espero que os guste y que por culpa de él no (o quizás sí) os explote la cabeza. Nos vemos al principio. ¿O era al final?


Los dos tenían un propósito. Los dos querían robar algo. Pero sólo uno de ellos ganó. El otro, en cambio, lo perdió todo, hasta su nombre. Aunque eso no lo hubiera previsto nunca.

El segundo de nuestros protagonistas pretendía olvidar el asunto. Ocupó el despacho, se mantuvo fiel a las rutinas. Pero allí, como siempre, para recordárselo, seguía apareciendo periódicamente la figura del otro.

Los dos hombres se desplazaron al lugar aquella noche. Llegaron al mismo tiempo. Ninguno tenía miedo. Cada uno, en su soberbia, se creía único. Ambos se pensaban imprescindibles.

En un momento determinado, sonó un disparo. El primer individuo que había llegado dejó para siempre de existir.

En aquel recinto había un baúl. El hombre, sumido en la soledad, lo abrió. Ahí dentro, encontró su propio rostro.

Había acudido a ese lugar, advertido por la presencia de un tesoro. Y lo único que se encontró fue un espejo. “Qué rocambolesca historia”, meditó, “para un final así”.

Claro que él tenía razones de sobra como para creer en un argumento tan complicado.

Borges teorizó un libro donde la historia se narraba desde el final hacia el principio, y que no producía la misma sensación cuando se leía en sentido contrario.

¿Te atreverías a leer esta historia hacia atrás? Quizás a partir de ahora tengas miedo de avanzar hacia adelante.

lunes, 20 de enero de 2020

La historia real de enero: las películas más grandes jamás rodadas

Soñar es gratis y, en el mundo de los sueños que es el cine, soñar es más gratis todavía, aunque conseguir destilar esos sueños en forma de material de filmación puede costar mucho dinero. Claro que en el camino se quedan muchos de los proyectos ambicionados, aunque en ocasiones el problema no reside en el vil metal, sino en el desencuentro entre profesionales (muchas veces archivado bajo el más diplomático nombre de "diferencias creativas"), la presencia de proyectos similares que se adelantaron, la dificultad de llevar a cabo empresas de cierta envergadura, la imposibilidad física de reunir determinados equipos -al menos, sin un tablero de ouija-, o que el proyecto es tan arriesgado que los productores dudan mucho de que puedan recuperar su inversión (al final sí va a tratarse del cochino directo). Listas de este tipo podréis encontrar unas cuantas por Internet y varios libros. En algunos casos desactualizadas, en ocasiones con fortuna: ahí está la famosa "La muerte de Don Quijote" que, a pesar de todas las vicisitudes Terry Gilliam ha conseguido llevar a la gran pantalla (no tuvo igual suerte su intento de adaptación de "Buenos Presagios" de Gaiman y Pratchett, aunque esta idea finalmente salió adelante como miniserie de televisón en la plataforma de Amazon; por cierto, de Terry Pratchett siempre se esperan todas las adaptaciones posibles, incluidas algunas que no terminaron demasiado bien, aunque muchas de estas fantasías pueden todavía hacerse realidad con la serie que se está preparando acerca de las aventuras de la Guardia Nocturna y que se conoce con el nombre de "The watch"). En este texto os quiero hacer un resumen nada exhaustivo de algunas que me han llamado la atención y que a mí mismo me hubiera gustado ver en pantalla. Entre otras:

-El "Napoleón" de Stanley Kubrick. Kubrick tiene una larga lista de películas que nunca llegó a hacer. Desde proyectos en los que él u otros no encontraban acomodo (Umberto Eco se negó a que adaptara "El péndulo de Foucault", aunque luego se arrepintió; fue Kubrick en cambio el que rechazó la idea de los Beatles de incluirles en una versión de "El señor de los anillos"), hasta producciones que creyó irrealizables (entre otras, una visión del Holocausto o una adaptación de una novela de Zweig que no hubiera pasado la censura de la época). Pero su mayor ambición frustrada fue la de lograr una gran película sobre Napoleón, la cual Kubrick pretendía que fuera la cinta más grande de todos los tiempos, y para la que habría reclutado entre otros a Audrey HepburnAlec Guinness y Laurence Olivier. La idea se torció porque, antes de que la cámara hubiera empezado a rodar, la película "Waterloo" acababa de fracasar en taquilla, y los estudios de cine consideraban arriesgado invertir en una historia demasiado parecida. No obstante, no todo el proyecto se abandonó: Kubrick reutilizó parte del material para "Barry Lyndon" y Spielberg (un director que siempre ha mirado de reojo a Kubrick y viceversa; de hecho, películas como "A.I." o "La lista de Schindler" influyeron en que Kubrick abandonara proyectos similares) anunció que quizás retomaría la idea para hacer una serie de televisión. Aún estamos esperando.

-"Jirafas en ensalada de lomos de caballo". Con ese esperpéntico título, sería poco menos que una sorpresa que esta idea no procediera del encuentro entre Salvador Dalí y Harpo Marx. El pintor catalán veía pocas películas, pero quedó fascinado con las de los Hermanos Marx, en concreto con la figura de Harpo y con la forma en que éste tocaba el arpa. Dalí quería hacerle a su reciente amigo un retrato pero, aparte de un encuentro casual en una fiesta, la apretada agenda de ambos hacía imposible que se encontrasen. Así hasta que Dalí se plantó en mitad de un rodaje de los hermanos Marx y le entregó a Harpo, como regalo, un arpa hecha a base de cucharillas, con las cuerdas elaboradas a base de alambre de espino. De paso aprovecharon el heuco entre los rodajes y escribieron una historia de aproximadamente treinta minutos de duración con el espinoso título que hemos mencionado, aunque en algún momento decidieron modificarlo y convertirlo en "La mujer surrealista". Ni con uno ni con otro, los estudios de Hollywood iban a aceptar una propuesta que incluía jirafas con máscaras de gas ardiendo o escenas donde el personaje de Harpo se dedicaba a atrapar enanos con una red para mariposas, propuestas todas ellas que, como la película en su conjunto, tildaron de descabelladas. No entiendo muy bien por qué.

-El "Dune" de Jodorowsky. Un clásico de este tipo de listas, la particular visión de Jodorowsky emociona a tantos como a los que pone los pelos de punta. Quedan varios dibujos de lo que hubiera sido un sueño psicodélico que habría sido interesante de comparar con la versión de David Lynch, y que tendremos ocasión de contrastar con la nueva visión que Villeneuve llevará en breve a nuestra pantallas.

-Orson Welles, cómo no, se metía en muchos más proyectos de los que le era factible ejecutar. No es desconocida su afición por la literatura, y si bien adaptó un buen puñado de obras clásicas (sobre todo de Shakespeare), se le quedaron unas cuantas en el tintero, entre otras "El corazón de las tinieblas", de Conrad, en lo que aspiraba a que fuera su primer proyecto en Hollywood. Sin embargo, su insistencia en emplear actores africanos de verdad (en lugar de tintados, como era costumbre en Hollywood) y de rodar con un presupuesto ciclópeo una producción de titánicas proporciones diluyó las posibilidades no ya de éxito, sino de simple realización. Por fortuna, cerca de la órbita de Welles cayeron las ideas iniciales que dieron origen al proyecto de "Ciudadano Kane" y... el resto es historia. Sin embargo, del director de "La dama de Shangai" y el inacabado "Don Quijote" es casi más interesante el bulo que corre por ahí acerca de una versión de Batman dirigida por él mismo y que incluiría a Basil Rathbone como Joker, Marlene Dietrich como Catwoman, George Raft como Dos Caras, James Cagney como Enigma y el papel de Bruce Wayne dirimiéndose entre el propio director y Gregory Peck. Un engaño, en efecto, perpetrado por Mark Millar para disfrute del personal, y a fe mía que lo logró para un buen grupo de entusiastas que votaría en Change.org por emplear el vudú para resucitar a unos cuantos muertos y conseguir terminar esa película. Por otro lado, y enlazando con el tema, los superhéroes también han tenido su cuota de "what if...?" imprescindible, entre las cuales una de las más famosas es el "Superman Lives" de Tim Burton que estuvo a punto de echar rodar, con la psicodélica imagen de Nicholas Cage ejerciendo de Hombre de Acero. Una imagen que muchos agradecen no haber tenido que contemplar nunca.

-Hablando de películas que no están ni pensadas, en la web ha sido objeto de intensa discusión cuál debería ser el reparto de una película ambientada en el universo de Monkey Island, un plan que estuvo en marcha pero que no acabó por fraguar del todo (algunos de sus recursos, de hecho, se acabaron aplicando en "Piratas de Caribe", lo cual ha hecho más difícil la posibilidad de llevar la idea original a cabo). Sin embargo, como hemos dicho, soñar es gratis, y por eso en foros, blogs, páginas web y agregadores se ha discutido quién debería interpretar a Guybrush Threepwood (¿Brendan Fraser, Ewan McGregor o Topher Grace?), LeChuck (¿Robert de Niro?¿el ya indisociable, de su papel de pirata, Geoffrey Rush?), Stan (¿Jim Carrey?), la sacerdotisa Voodoo (sin discusión Queen Latifah, aunque alguno argumenta que Whoopi Goldberg tampoco lo haría mal) y sugerencias que incluirían a Ben Stiller o Jerry Seinfield. Otra cuestión es que opinar es libre, mientras que el presupuesto de la película, al menos en lo que respecta al salario de actores, sería más bien libre de dispararse por los aires.

-Adaptaciones de Lovecraft. Guillermo del Toro se ha vuelto loco tratando de llevar a la gran pantalla su particular interpretación de "Las montañas de la locura", pero no es extraño. Las novelas de Lovecraft son difíciles de adaptar por varios motivos. Aparte de por la siempre presente complicación de trasladar el lenguaje literario al del cine (efecto más presente aún en un autor tan rico en imaginería como), sus descripciones en el umbral del horror prometen tanto que muy pocos efectos especiales serían capaces de estar a la altura. Claro que hay una explicación pululando por Internet de por qué hay tan pocas películas basadas en novelas de Lovecraft, y tiene que ver con que cualquier guionista que lo intente corre el riesgo de ver cómo su apartamento desaparece en un bucle interdimensional del que sobresalen unos abominables tentáculos. Quizás eso eche atrás a unos cuantos escritores, sobre todo porque los productores no van a aceptar esa excusa a la hora de exigir que el primer borrador esté terminado a tiempo.

-Volviendo con las adaptaciones, y en este caso de Conrad, un escritor también difícil de traducir a imágenes, otra gran apuesta fue la de David Lean por Nostromo, para la que realizó pruebas de cámara a estrellas en ciernes como Georges Corrafaces, Alack Rickman, Isabella Rosellini, Dennis Quaid, Irene Papas o Tilda Swinton, y se llegaron a plantear localizaciones físicas, entre otros lugares, en Almería. Sin embargo, diversos factores (al principio problemas de ego y presupuestarios, y más tarde el guión y la elección de los actores) hicieron que del sueño de Lean sólo queden algunos storyboards reflejados en el documental "Nostromo. El sueño imposible de David Lean", y tal vez en nuestra imaginación. De todas maneras, todavía ando buscando una versión de la BBC, en forma de miniserie, que protagonizaron, entre otros, Colin Firth y Claudia Cardinale, a partir de esta misma novela. Tampoco pinta mal, la verdad.

La lista podría alargarse a varios cientos. Quizás otro grupo de "what if" interesantes consiste en aquellos actores que no fueron elegidos para interpretar ciertos papeles, en algunos casos para nuestro bien (¿hubiera destrozado Ronald Reagan el rol de Rick en "Casablanca"? No es improbable). Sin embargo, me interesa más detenerme en este punto y descubrir vuestra opinión. ¿Cuál de estos proyectos habríais pagado por ver -como hizo George Harrison con "La vida de Brian" en lo que se ha dicho que fue "la entrada de cine más cara del mundo"?¿Qué casting os hubiera gustado reunir en una película determinada? Y, sobre todo, ¿qué film falta por hacer y completaríais si estuviera en vuestra mano? Espero vuestras ideas en los comentarios.

lunes, 13 de enero de 2020

El cuento de enero. Relatos de cuando las historias se pintaban (III): "Fortaleza".

Continuación de un relato que empezamos por aquí y proseguimos por acá, llega la tercera parte de esta saga sobre la prehistoria. Espero que os guste también.

3.      FORTALEZA

(Localización espacial: sudeste de la península Ibérica. No muy lejos de la zona geográfica del relato anterior. Área de expansión de la civilización conocida como “El Argar”.

Localización temporal: alrededor del 1500 a.C.)

               Lo primero que le llama la atención, conforme lo divisa en el horizonte, son las murallas. Sí, en otros lugares había muros que delimitaban el perímetro de las ciudades. De hecho, seguramente (lo confirmó cuando se acercó a las mismas) eran similares en su composición, construidas a base de piedras de tamaño medio, apiladas, sin apenas espacios entre ellas, con un sólido cemento que las mantendrá unidas (durante más tiempo de lo que durará su vida, y la de sus hijos, y la de sus hijos de sus hijos) sólidamente entre sí. Pero ninguna de las fortificaciones en los alrededores llegaba a alcanzar esa dimensión, aquella monumentalidad. De hecho, la mayor parte de las murallas externas de las localidades más pequeñas se encontraban derruidas y casi abandonadas desde que ya no importaba tanto a qué poblado pertenecías, sino tu conexión con la metrópoli central. Una relación que algunos se encargaban de recordar, día a día, en parte a través de obligaciones como este viaje, y en parte también a la primera visión que los integrantes de esta comitiva han de contemplar cuando traspasan estas paredes y penetran en la gran ciudad. Para que no se les olvide esa impresión a ninguno de ellos; para que se lo transmitan a todo el mundo, cuando cada uno vuelva a su lugar.
               Se abren las puertas, de un tamaño hecho para acongojar. Notas cómo arriba te avistan los guardias, los cuales te ojean despectivos, como si observaran a hormiguitas entrando en fila a la entrada del matadero. Darmon mira hacia las almenas, y allí les encuentra, enfundados en sus yelmos, sus cascos, sus carcaj cargados de flechas, luciendo espaldas que sobresalen a la altura de los costados y en las que relumbra, hasta cegar, el dorado fulgor del bronce… Bronce, bronce por todos lados, bronce tan abundante como la piedra, bronce hasta donde abarca la vista, en los torreones, en los bastiones y en las almenas. Bronce y piedra, armas y pilares, poder y ausencias de misericordia, dos mensajes contundentes y diáfanos que se pretenden –y se consiguen- recalcar. Que me aspen si lo logran, profiere para sus adentros Darmon, quien reflexiona sobre que, si sus anfitriones quisieran, éste sería el lugar ideal para una emboscada. Un pensamiento que induce de todo menos alguna clase de tranquilidad.
               Una vez dentro, sin  embargo, la ciudad a lo que más se asemeja es a un inmenso mercado. Gentes con extravagantes sombreros y sofisticadas modas en las barbas van arrastrando animales de todo tipo, ora hacia el carnicero, ora hacia un comprador, ora directamente hacia el bien situado templo, en donde aguardan los dioses (y los sacerdotes) una pequeña parte de todas las ventas. El grupo de recién llegados entre los que se encuentra Darmon se ve obligado a avanzar entre esta mezcla heterogénea, donde los habitantes locales se alternan con numerosos inmigrantes apenas aterrizados, los cuales se sienten tan perdidos como una de las gallinas que en el día de hoy van a sacrificar. Quizás, porque eso es lo que los dirigentes de la urbe prefieren que sientan nada más echar el primer vistazo, o tal vez porque a ellos, de un modo u otro, también les van a sangrar por orden de las autoridades.
               El palacio se eleva ante ellos, tan sólido como suntuoso. Tan estrictamente vigilado por guardias como ocurría con las murallas, tal vez incluso más. En cuanto accedieron, entendieron por qué. El interior era todo lujo y magnificencia, diseñado para impresionar a los visitantes, que no dejaban de preguntarse en qué cámara guardarían el resto de los tesoros. A Darmon le entró la duda, e interrogó a un compañero de la comitiva a quien había conocido unos pocos días atrás:
               -¿De dónde sacan toda esta riqueza?
               El otro se rio, menos entretenido que descarnado:
               -¿Pues de dónde va a ser? De nosotros.
               Darmon comprendió mucho mejor esa frase después, ante la amplia mesa de negociación. No hubo piedad. El gobernante supremo ni tan siquiera se dignó aparecer. Delegó el trabajo en delegados y subalternos, los cuales se mostraron inflexibles acerca del tributo que habían de pagar tras la recogida de la cosecha. Darmon bufaba de cara al exterior, pero se le comían aún más los demonios de tripas para adentro. ¿Qué querían?¿Matar a su poblado de hambre? De manera educada pero firme, quiso hacerlo constar frente a todos. La respuesta del poder central fue clara:
               -Si no te gustan las condiciones, comunícaselo a los soldados cuando vayan a recoger el tributo.
               Lo cual era más o menos como decir: “Enfréntate a nuestras armas y discúteselo”. La rabia dio paso a la desazón. Su cara debía de reflejar la de un campesino recién llegado a la ciudad al que hubieran primero timado, y después se le hubieran caído las murallas encima. La metáfora, en cierto modo, era muy ajustada a la realidad.
               Comprobó que entre sus compañeros de comitiva -gente que había llegado desde distintas localidades para negociar lo mismo-, la expresión no era demasiado distinta, salvo entre unos cuantos que pertenecían a los pueblos más grandes, y a quienes habían esquilmado igual, pero cuyos representantes eran más orondos, bebieron a lo largo del viaje de ida mejor vino, y mostraban en el vestir un aspecto más ostentoso. Resignados en conjunto a la suerte que les había tocado, llegaba el momento en que sus anfitriones les conducirían a sus alojamientos, los cuales estaban repartidos en toda la ciudad porque en estos días la urbe no daba abasto para tantos visitantes. Un representante de la autoridad les guiaba en grupos hasta sus respectivos destinos. El que guiaba a Darmon y compañía, en un cruce concreto, acordó con Darmon:
               -Tengo que llevar a estas personas hasta el establecimiento que les corresponde. Tu fonda está aquí al lado, sólo tienes que girar en esa esquina a la izquierda y a la siguiente a la derecha. Diles quién eres, ellos ya saben que vas a dormir allí. ¿No te perderás, verdad?
               Era el típico aire condescendiente que conceden los urbanitas a los paletos que acaban de llegar a la gran ciudad. Darmon dio a entender que podía valérselas solo, ajustó su zurrón para pegárselo al cuerpo y protegerlo de posibles ladrones, y se adentró en las callejuelas. Para lo que no estaba prevenido era para los secuestros, así que cuando alguien le agarró desde detrás, le tapó la boca y le condujo a una puerta oscura, durante el primer segundo no supo cómo reaccionar. Y para más adelante, los segundos habían dejado de pertenecerle.

*                                          *                                          *

               Tuvo suerte, cuando lo pensó a posteriori, porque si hubieran querido, le podrían haber apuñalado y sacado los intestinos en diez segundos pero, por fortuna, no era ése el propósito de sus secuestradores, que al final consistían en el hombre que le había atrapado (grande como un árbol centenario, de cráneo y cejas rasuradas, y aspecto de no saber hacer otra cosa que dar golpes) junto a otro individuo, de barba cuidada y aproximadamente la misma edad de Darmon. Unos cuantos minutos después, se encontraban en un establecimiento, distinto adonde se supone que Darmon había de dirigirse, donde una desabrida dueña les servía algo de cerveza en cuencos, en una habitación donde sólo se hallaban ellos tres. La actitud de cara al exterior de Darmon sólo cabía definirse como erizada pues, aunque las formas habían resultado exquisitas después del secuestro, el encuentro inicial había sido –para ser delicados- un poco violento, y aparte de tranquilizarle y decirle que su vida no corría ningún peligro, todavía no le habían aclarado qué oscuros demonios del inframundo estaban haciendo allí:
               -Supongo que este lugar tan apartado tiene como propósito que nadie nos vea, ¿no es así? -entró Darmon de lleno en la cuestión.
               El hombre de la barba asintió.
               -No te equivocas.
               -¿Te fías de la posadera?¿No temes que diga algo a quien no debe?
               La mujer pasó, con cara de acabar de pelearse con un gato, para traerles algo de comer. Luego se marchó, dejándoles solos.
               -No creo que pudiera decir nada, ni aunque quisiera –rio el hombre de la barba entre dientes-. Es muda. Aparte del dinero que le pago, claro, que garantiza su silencio más incluso.
               Darmon utilizó la cuchara como herramienta para señalar al otro hombre.
               -¿Y él, también es mudo?
               El aludido no dio ninguna señal de que el comentario le hubiera molestado. De hecho, fue su acompañante el que respondió por él:
               -No, pero es de aún menos palabras. Y ha servido a mi familia durante años, así que puedo confiar en su lealtad. Y en su discreción.
               Dicho esto, apoyo los codos sobre la mesa:
               -Ahora vamos a hablar del motivo por el que te he…
               -¿… raptado…?
               -Llamémosle así. Aunque no es el primer atraco que has sentido hoy, ¿verdad? De hecho, apuesto al que de esta mañana ha sido bastante peor.
               -En ese caso, no me han robado a mí. Le han estafado a todo mi pueblo. Nos han quitado el pan de la boca.
               -Bien. ¿Y estás dispuesto a hacer algo para modificar eso?
               Darmon se quedó a medias en la cucharada que iba a tomar.
               -¿Es que hay algo que pueda hacer? Aparte de acatar las normas y pagar el tributo que hemos acordado.
               -¿No estás harto de la sumisión?¿De que tu pueblo aporte tanto, siendo tan pobres, mientras que aquí en la metrópoli nadan en la riqueza?
               -Son las reglas que hemos establecido. Hay que vivir con ellas. Sobre todo, porque hay que vivir.
               Su interlocutor negó con la cabeza.
               -Las leyes no las hicisteis vosotros, sino que os las impusieron. Hubo un tiempo en que las cosas no eran de esa manera.
               -¿Y tú cómo sabes eso?
               El otro entornó los párpados.
               -Porque mi familia participó en crear esas reglas, hace generaciones. Hasta hace relativamente poco, era un motivo de orgullo.
               Bebió un trago más profundo, directamente del cuenco de bebida fermentada.
               -Lo que tú llamas normas es tan sólo producto de que, en aquella época, ellos tenían armas y vosotros no. Cuestión que continúa hasta ahora. Por eso no os permiten tener hornos de cierto tamaño. Por eso han derruido vuestras murallas. Por eso tenéis que importarlo todo de la metrópoli. Por eso os someten a impuestos tan abusivos. Por eso recogerán la mayor parte de vuestro trabajo cuando llegue el Día de la Cosecha, esa parte que habéis negociado, si es que negociar es la forma de decirlo, porque no teníais otra. Y lo mismo que te pasa a ti, le ocurre a mucha más gente de la comitiva de negociación. Excepto a los representantes de los pueblos más ricos, a quienes tienen comprados a base de sobornos y regalos caros. Pero a los de tu pueblo les consideran tan pobres que no ven siquiera la necesidad de hacerlo. Porque, al fin y al cabo, ¿cómo ibais a resistir?
               Dejó el cuenco sobre la mesa, y le miró muy fijamente:
               -A no ser, claro, que os resistáis. A no ser que intentéis rebelaros.
               Darmon sintió un escalofrío. Se le atragantó la bebida en la garganta.
               -¿Rebelarnos?¿Yo?¿Quién?¿Mi pueblo?
               El otro negó con la cabeza.
               -No. Todos los pueblos. Ahora mismo, a cada uno de una forma distinta, les están sondeando a tus compañeros de esta mañana en la negociación. Interrogándoles de manera cautelosa. Viendo si participan en el juego. Si estarían dispuestos a colaborar.
               -¿Les están sondeando quiénes?
               -Compañeros míos. Vamos a nombrarlos bien: cómplices. Gente que, si ven que están predispuestos a la idea y que no van a traicionarnos, les emplazarán a que se encuentren más tarde con el resto. Y entonces les detallaré el plan.
               -Pero tú has venido directamente a hablar conmigo.
               El aludido se rio.
               -No te creas tan especial. No es por ti. Es por tu pueblo.
               Allí, Darmon creyó captar un brillo especial en su mirada.
               -Sois muchos. Sois muy pobres. Si no os rebeláis vosotros, no lo hará nadie. Sois la base para que esto pueda triunfar. Si sois vosotros los que nos dais la puñalada, el plan dará lo mismo: acabaremos todos en las mazmorras, torturados y finalmente muertos. Pero es que si no intervenís vosotros, esto nunca será posible. ¿No te has preguntado por qué eras tú el representante de tu gente? Un tipo novato, que no ha intervenido nunca en negociaciones políticas.
               -Hemos tenido problemas con nuestros representantes.
               -Lo sé. ¿Quién te crees que se ha encargado de que tengáis problemas? De que a uno le acusen de un crimen, de que otro aparezca misteriosamente asesinado. ¿Nunca te has preguntado qué hubiera pasado si hubierais tenido un representante fuerte?¿Si las negociaciones hubieran sido distintas, y hubierais estado menos dispuestos a transigir?
               Darmon le contempló de manera dubitativa. Como si no estuviera seguro de si estaba hablando con amigo o enemigo, partícipe de un gran secreto o un extraño.
               -Dime, y si tan metido has andado en hacernos la vida imposible, si tu familia forma parte del liderazgo… Si lo que me has contado es cierto, ¿por qué eres precisamente tú el que está organizando todo esto?¿Qué ganas tú, como individuo?
               El otro colocó una sonrisa mordaz en su rostro.
               -¿Qué te importa a ti la razón por la que puedo estar haciéndolo?¿El añejo debate sobre el altruismo? Esa historia ya es muy vieja.
               -Desconfío de quien no tiene motivos sólidos; podrían volverse volátiles. Y, además, en mi tierra somos muy tendentes a desconfiar.
               El aristócrata asintió con la cabeza.
               -Entiendo tus reticencias. Ahora, te voy a contar una historia.
               Y le contó. Le narró un relato de una familia pudiente, pegada al poder, privilegiada, favorecida. Le habló de arbitrariedades, antojos, caprichos absurdos. Los cuales no les atañían, o de los que participaban, pues se sentían impunes. Pero incluso entre los grupos más allegados surgen conflictos. Un día, por un quítame allá esas pajas, el líder decide que el aspecto de uno de sus hombres de armas, del padre de Taur (pues Taur se llamaba aquel que le había abordado), era mucho más hermoso sin cabeza.
               -¿Y qué hizo la familia?
               -¿Que qué hizo?-replicó Taur-. Pues lo que todos. Transigir y callar. Agachar la cabeza.
               -El momento de una rebelión, ¿no hubiera sido ése?
         -¿Contando con quién?¿Con una caterva de paniaguados como eran sus compañeros señoriales? Cada uno tiene sus tierras, sus dominios. La nobleza de la metrópoli nunca os va a echar una mano: tienen demasiado poder como para arriesgarse a perderlo. Nunca se atreverían a un cambio de sistema.
               -Pero tú sí. ¿Por qué tú?¿Por qué ahora?
               Taur le miró firme, determinado:
               -Cuando ocurrió aquello, yo era un niño. No habría podido hacer nada. Fingí que no me importaba, como a todos. Pero ahora soy adulto. Ahora sé cómo funcionan los resortes del poder. He aprendido cómo destruirlos desde dentro. Pero necesito ayuda. No puedo hacerlo solo. Os necesito. Y tiene que ser este año.
               Darmon sintió un estremecimiento que le hizo encogerse de hombros.
               -¿Por qué?¿Hay algún motivo por el que no se puede retrasar?
               Entonces, Taur le volvió a relatar historias. Sobre un caudillo despótico pero calculador, que sabía cómo manipular para tener a los súbditos exprimidos pero no ahogados, manteniendo como garantía del orden la paz social. Sobre cómo la enfermedad se estaba cebando con su cuerpo, y le estaba comiendo poco a poco las extremidades y la piel, gangrenándole los miembros en dirección a un cerebro que contra todo pronóstico resistía, a duras penas. Y le habló del hijo del tirano, que desde pequeño había crecido arrancándole la cabeza a insectos y desmembrando pájaros. Que tenía un sótano especial que denominó su “cuarto de juegos”. Le habló de campesinos que desaparecían de vez en cuando de determinadas comunidades, sobre todo niños pequeños, y que no volvían a aparecer. Le habló de rastros de sangre y de descubrimientos que desataban el pánico. De cómo el grueso de los acontecimientos oscuros que habían ocurrido en ese cuarto habían sido ocultados por el tirano, y también por el miedo a las consecuencias. Le habló del temor que existía a lo que ocurriría cuando el hijo heredara el poder. Y que, ante esto, Taur había hablado con algunos militares, gente con más cabeza que estómago, y que estaban dispuestos a que se produjera un cambio de algún tipo para que su vida pudiera mantenerse más o menos igual.
               -Pero con el resto de la casta guerrera, no podéis contar. Sólo somos unos pocos. Y, además, no todos se atreven abiertamente a dar su nombre. Colaborarán, pero exigen que el plan se realice de forma muy compartimentada, para que nadie conozca su identidad y, si la cosa se tuerce, puedan mantenerse en las sombras sin necesidad de correr acogotados atrás. Unos cuantos además son gente muy joven, herederos, una nueva generación, que no está de acuerdo con muchas de las cosas que han hecho sus padres. Tienen libertad para entrar y salir, pero ni mucho menos el control de lo que sucede… y demasiado que perder si sale mal.
               -¿Y nosotros?¿Qué tenemos que perder?
               El interpelado sonrió.
               -La vida. Todo. O algo peor. ¿Has escuchado lo del cuarto de juegos?
               Darmon se rio.
               -O sea, que me prometes un suicidio. Que puede acabar en un baño de sangre. Y pretendes que deposite mi confianza ciega en ti. Sin ni siquiera conocer todos los planes.
               -Exacto.
               -Perfecto. ¿Cuándo empezamos?
               El otro colocó en su rostro una expresión de sorpresa.
               -Vaya, pensaba que me ibas a decir que no. Tal y como has valorado los peligros…
               Darmon apuró su bebida fermentada.
               -No empiezas algo que vaya a cambiar hasta la profundidad nada, si no corres el riesgo de que te corten en dos.
               Dio un golpe sobre la mesa.
               -Y, demonios, para enterrarme en el pueblo a que nos quiten poco a poco la vida, prefiero el riesgo. ¿Qué es lo máximo que puedo llegar a vivir, sesenta años? Se pueden hacer muy largos si veo a mis hijos morir porque les falta alimento. Lo dicho, ¿cuándo empezamos?

                                  *                                          *                                          *

               Sin embargo, decirlo era más fácil que hacerlo. Cuanto más ahondaban en los detalles de los planes, más cerca les parecía el la amenaza de ejecución, o quizás la más tormentoso del cadalso.
               -El momento adecuado sería el mismo día del pago del tributo –inició Taur, reunido con Darmon y sólo algunos de los seleccionados entre los conspiradores, en un lugar donde se hallaban prevenidos de miradas ajenas-. La fuerza militar de la capital reside en la concentración de recursos en un solo lugar. Pero cuando marchan a los distintos poblados a recolectar el grano, una gran parte de la guarnición se ve obligada a dividirse, y este lugar se queda menos protegido. Es entonces cuando actuaremos.
               -Pero un ejército de menor cuantía sigue siendo más que ningún ejército –apuntó uno de los allí congregados.
               -Contaremos con cierta ayuda de algunos que están dispuestos a rebelarse –confesó Taur-. Pero necesitaremos de algo más importante: vuestros compañeros. Deben llegar de los poblados poco a poco, a lo largo de los días previos, en pequeños grupos. Lo suficientemente pequeños para no llamar la atención, no con tan poca antelación para provocar la sospecha, pero tampoco con tanta que les permita intuir la jugada con mucho tiempo. Luego hablaremos un poco de fechas aproximadas. La cuestión es que, una vez estalle el conflicto, haya suficiente gente dentro de las murallas como para iniciar una revuelta. Con eso y la ayuda de algunos militares, conseguiremos abrir una entrada. Eso bastará como para que otro grupo, proveniente del exterior, pueda acceder y rematar la faena. Recordad que somos mucho más: si, además, buena parte del ejército se encuentra fuera, habrá muy pocos protegiendo el fuerte.
               -Pero eso implica –apuntó otro de los reunidos- que habrá pocos hombres el día de la recolección del tributo para proteger a nuestros pueblos de posibles reacciones de represalia.
               -Esos temores son infundados –rebatió Taur de raíz las incertidumbres-: seguirá habiendo suficientes hombres en vuestros lugares de origen. La presencia de unos cuantos brazos menos se notará poco en cada uno de los poblados, pero mucho en la gran ciudad, donde los pequeños grupos se integrarán en un cúmulo mucho mayor. Además, el ejército de la capital que estará recolectando los tributos en el exterior no sabrá nada de lo que está pasando, con suerte, hasta que el golpe haya terminado por completo. Para entonces, se encontrarán con una política de hechos consumados, y entonces la aceptarán y se pondrán al servicio de los nuevos amos. Creedme, conozco cómo son, he comandado a esos hombres, y mientras les sigáis asegurando un trabajo bien pagado, no habrá protestas.
               -¿Y si no están de acuerdo con el cambio?¿Y si deciden asaltar la ciudad?
               -No lo intentarán; ellos saben lo inexpugnable que son las murallas, la ventaja que poseen aquellos que han de defenderlas. Además, en los almacenes siempre hay comida y agua de sobra con la que protegerse de un largo asedio. Los soldados preferirán unirse a nosotros antes que arriesgarse a una incierta lucha que les haga perder sus empleos. Además, dudo que intenten que la ciudad pase hambre: sus familias continuarán viviendo aquí.
               -¿Cómo avisaremos a nuestros compañeros de que han de venir a la ciudad?-preguntó otro conspirador.
               -Cada uno volverá a su hogar a lo largo de los próximos días. Eso es lo que teníais previsto, ¿no?, así que todo aparentará discurrir dentro de la normalidad. Una vez en vuestros pueblos, a través de los cauces más secretos posibles, deberéis ir reclutando hombres que se encaminarán hacia la capital antes de que llegue el día del tributo. Como aquí sólo estamos unos cuantos, y faltan poblados cuyos representantes no nos han parecido de confianza, debemos organizarnos para que, desde una localidad vecina a los lugares que nos faltan, el enlace en dicha zona encargue a un hombre de confianza que se dirija al sitio en cuestión y, también con mucha discreción, plantee el proyecto entre sus habitantes. Recordad: todo esto se basa en una cadena de confianza. Cada uno debe abordar a cada persona individualmente, realizar aproximaciones muy sutiles, valorar si esa persona es proclive a nuestro movimiento, y entonces, sólo entonces, planteárselo. Sólo podéis revelar el secreto a personas de las que estéis absolutamente seguros de que no os van a delatar, incluso aunque luego no se atrevan a formar parte del movimiento, porque, como se vayan de la lengua, vuestra vida valdrá menos que una migaja de pan. El silencio, para esta operación, es vital. Si no, todo nuestro plan morirá antes de empezar -Taur tragó saliva mientras lo decía-. De todos modos, tenemos un contacto en la red de espías en la ciudad y, si hay alguna filtración, trataremos de abortarla a tiempo. Aun así, nuestra seguridad se basa en que hay tantas personas descontentas con la situación actual que, con un poco de suerte, no contaremos con ningún renegado dentro de nuestras filas. Y dependemos también de vosotros. De la ascendencia que tengáis sobre vuestros allegados. Sólo una adhesión firme e inquebrantable entre el grupo que formamos ahora mismo puede garantizar que esto salga adelante. Vosotros sois la parte principal del movimiento.
               Taur calló para que todos asumieran sus palabras. Por el silencio que las recibió, daba la impresión de que lo habían entendido.
               -Vale -volvió a los detalles uno de los representantes de los poblados-, y una vez dentro, el día que las tropas marchen a recolectar el tributo, ¿qué hacemos?¿Cuál es el primer paso?
               Taur sonrió. Les tenía donde a él (a todos, en realidad) les interesaba.
               -Ante todo, la clave con la que contará nuestro pequeño ejército es, en especial, la coordinación. Y aquí es donde se encuentra la parte más delicada del asunto. Otra más –Taur extrajo de alguna parte un dibujo que representaba la ciudad, con especial atención a los enclaves defensivos-. Cada día, por la mañana, se disponen los cambios en la guarnición para el resto del día. En la noche, el orden es distinto, lo impone personalmente el jefe de la guardia, y es mucho más errático; de hecho, puede haber cambios sobre la marcha, pero durante el día, se suele mantener constante.
               -¿Incluso en ese día, en que la guarnición es menor?
               -Más todavía en ese día, que cualquier cambio puede dejar un área militar bajo mínimos. Los problemas son dos: lo primero, que no conocemos qué disposición habrá ese día, que se decide a primera hora y se envía a las unidades que se han quedado de guardia la noche anterior. Esa información sería muy útil, no sólo por averiguar a cuántos nos enfrentamos en cada sitio sino, en particular, porque sabremos cuántos soldados se desplazan de un lado a otro a primera hora de la mañana, que es cuando habrá más confusión y es posible que, mientras llegan los hombres asignados, las torres contengan menos hombres que defenderlas.
               -¿Y el segundo problema?
               -Una vez empiecen el ataque, mandarán hombres a por nosotros. Lo ideal sería saber a qué puntos concretos se dirigen. Lo ideal sería conocer también cuál es el plan de ataque que tramen desde dentro de palacio, pero es algo tan difícil de prever como la disposición de soldados el día de marras. Sin embargo, lo que también nos vendría muy bien sería una forma rápida de comunicar ese conocimiento entre nosotros. De esa manera, podríamos mandar más combatientes adonde hiciera más falta. Mi idea es que muchos de los nuestros permanecerían camuflados como ciudadanos corrientes en la multitud, y sólo les emplearíamos para enviarlos a cada zona conforme fueran necesarios. Pero para eso tenemos que saber hacia dónde dirigirles.
               -Creo que yo tengo una solución –sugirió uno, alzando la mano para hacerse notar.
               Taur le indicó que sus aportaciones no estaban de más en ningún caso.
               -En mi tierra, cuando queremos mandar un mensaje a cierta distancia, realizamos señales mediante luces, cuando es de noche… O, de día, mediante un tambor.
               Taur se rascó la cabeza.
               -Son alternativas en las que hemos pensado, pero… Habrá demasiado ruido, y demasiadas antorchas, tanto si es de noche como de día, como para emitir señales coherentes.
               -Algunas luces pueden producirse mediante brillos de determinados metales. Bronce, por ejemplo.
               -La idea no es mala, pero no me convence… Habrá demasiado bronce sobre el cuerpo de los soldados como para no obtener mensajes contradictorios. No te digo que lo descartemos completamente, pero me resisto a con ellas como único recurso…
               -Tengo una idea –apuntó alguien.
               Todos se volvieron para escucharle.
-En mi poblado, tenemos otra manera de enviar señales. Hacemos un fuego, lo tapamos a intervalos con una manta y… mandamos señales de humo. Conociendo un código establecido, podemos avisar a cierta distancia a nuestros compañeros de hacia adónde deben orientarse.
               -Sí –asintió, y a continuación casi rebatió Taur-, ¿pero cómo sabremos adónde se dirigen las tropas? El problema de inicio, vamos.
               -Las señales de humo se hacen mejor desde un punto alto. Desde allí, además, habrá una buena visibilidad… Veremos a las tropas enemigas encaminarse en una dirección: no es mucho, pero quizás podamos adivinar a qué área militar tienen planeado marchar.
               Taur frunció los labios. A continuación, pegó un pequeño respingo.
               -Es lo mejor que tenemos. Quizás pueda funcionar. Al menos al principio, antes de que acudan soldados para contrarrestar ese fuego. Después, tal vez podemos usar señales de sonido -convino con el que había propuesto originalmente la idea-, si son lo suficientemente potentes como para no distinguirse con otras fuentes de ruido. Unas trompetas o tambores podrían servir quizás.
               Darmon levantó el brazo.
               .¿Sí?-inquirió Taur.
               -¿Quiénes están dentro del palacio, cuando se decide el reparto de las tropas?¿Quién está alrededor?
               Taur vaciló un poco.
               -Pues… por supuesto el jefe militar. Sus correligionarios más próximos, también una pequeña guardia de confianza…
               -No, no. Doy por supuesto que ninguno de ésos nos va a ayudar. Estoy hablando de gente que no tenga nada que ver con la cúpula militar. Por supuesto, ni mencionar al líder y su familia. Pero, ¿quién trabaja allí?¿Quién podría escuchar algo?
               Taur sonrió.
               -Oficialmente nadie les ve ni les escucha, pero… es verdad que el palacio posee un abundante servicio doméstico…

*                                          *                                          *

               A la orilla del río -más riachuelo o arroyo; dicen que realmente ha llegado a ver grandes corrientes, pero sólo de vez en cuando, coincidiendo con las lluvias torrenciales- van a lavar exclusivamente las mujeres, al menos en teoría. Pero nadie se fija demasiado en una estampa tan habitual y, por eso, cuando dos entidades cubiertas hasta arriba de telas blancas que podrían pasar por figuras femeninas (o por osos, o por cualquier otra cosa, pues el contorno no se les distingue en absoluto) se acercan hacia la orilla, protegidas por unos árboles que les ocultan, para contactar con una mujer (esta sí de verdad, de tez morena y el pelo recogido que se pelea con unas sábanas en la orilla del río), nadie se vuelve hacia ellas. La mujer se sorprende al principio, pero Taur, antes que nada, se lleva una mano a los labios y le pide que le preste sus oídos y le conceda toda su atención:
               -Venimos a hablar contigo. Sabes quién soy, ¿verdad?-preguntó Taur.
               La chica (Gonda, se llamaba, había informado su compañero a Darmon) asintió con miedo. Con la mirada de quien suele contemplar a los dioses departiendo -momento en el que está acostumbrada a alejarse, por si le cae por sorpresa una maldición desde los cielos- y se percata de repente cómo una de las entidades sobrenaturales se acerca hacia ella para solicitar su opinión.
               -Te llamas Gonda, ¿verdad? Éste es Darmon –señaló a su amigo, quien trataba de ocultarse para que no se le avistara la barba desde fuera-. Venimos a hablar contigo. Queremos montar una revuelta el día de la recogida del tributo. Hacernos con el poder, y quitar de en medio al líder.
               Al principio, la chica se quedó parada, mirándoles muy fijamente. Sin quitarles la vista de encima, respondió con mucha lentitud:
               -Tal y como lo decís, parece que quitar y poner reyes fuera algo que se hiciera todos los días.
               Taur y Darmon intercambiaron miradas, dándose cuenta de la dimensión que aquello estaba adquiriendo:
               -Tienes razón; no va a ser algo tan sencillo. Por eso, si lo intentamos, tiene que salir bien. Y para garantizar que eso sea así, necesitamos tu colaboración.
               Gonda restregaba las manos contra las sábanas para intentar eliminar la porquería.
               -¿Y a mí en qué me va o me viene que el líder caiga o no?
               Nueva expresión de preocupación compartida entre dos hombres que, lo quisieran no, ya habían asociado indisolublemente sus futuros.
               -Vuestra vida será mejor -recalcó Taur-. Podríais salir beneficiadas.
               La mujer enarboló un gesto hosco. Casi mostró los dientes, como si pensara en asestar de golpe una dentellada. Darmon apreció en aquel momento, por primera vez, que en frente tenían la cara de una mujer joven pero que, a estas alturas, ya había sufrido mucho. Aristas tempranas asomaban, como productos de desoladores terremotos, bajo la superficie de su piel.
               -Quién sea el líder principal es lo de menos. ¿En qué puedo distinguirle a él de todos los que dan vueltas a su alrededor? De la gente como tú.
               La chica escupió hacia un lado.
               -Más o menos una vez al año, el gobernante permite a los soldados, durante alguna de las fiestas señaladas, bajar adonde dormimos las esclavas. Ese día, cierran la puerta, y a lo mejor en dos días nadie vuelve a saber nada de ese cuarto, mientras sobre nosotras se cierne la oscuridad. Y sabemos que eso se repetirá el año que viene, otra vez…
               Darmon se sintió sobrecogido. Conocía la sensación. Había escuchado testimonios parecidos de parte de mujeres de su aldea, asaltadas por soldados en medio del campo. Normalmente no se las escuchaba, no por falta de empatía (o, al menos, no en todos los casos), sino también porque no había muchas formas de reaccionar al respecto. Hijos, padres, hermanos de las mujeres afectadas, también querrían hacer algo por arreglar la situación pero, salvo resignarse, ¿qué otra cosa era posible? De repente Darmon, que en el fondo, aunque no se atreviera a confesarlo, se hubiera sentido aliviado al encontrar cualquier problema que hubiera obstaculizado sus planes y los hubiera arrastrado al terreno de la simple fantasía (donde las consecuencias, y los arrepentimientos por tanto, eran sólo hipotéticos), se dio cuenta de por qué tenían que llevar a cabo esta revolución, sí o sí. Por qué era tan ineludible. Por qué resultaba imposible decir que no.
               -Aboliremos la esclavitud. Tuya y de tus compañeras. Nadie volverá a estar bajo el dominio de esa clase de gente. No se permitirá que ocurran esas cosas y, de ser así, serán castigados. Te lo prometo.
               Taur volvió la vista hacia Darmon. De ninguna de esas cosas habían hablado. Estaba yendo más allá de lo que estaban convencidos de saber hacer. Pero Darmon le hizo un gesto con la cabeza. No había remedio. Era la única forma posible. La única que, además, merecía la pena.
               Gonda les contempló con escepticismo. No obstante, se atrevió.
               -¿Qué necesitáis?
               Taur suspiró. Había estado conteniendo el aliento. Pero ahora no había marcha atrás, así que fue al grano.
               -Necesitamos que estés atenta a la organización de los soldados que se planifica por la mañana. ¿Podrías pasarte por allí cerca y escucharlos?
               -En eso no hay problema. Las esclavas pasamos desapercibidas allá donde vamos. Somos casi invisibles.
               -Bien. Se trata de que te enteres de los planes que tramen allí y que, de alguna manera, nos transmitas la información al exterior. También, sería casi imprescindible enterarnos sobre la marcha de los cambios que se hagan en la disposición de las tropas. ¿Sería eso posible?
               Gonda pensó un poco.
               -Se me ocurre quizás una manera de avisaros. Nosotras no salimos nunca del palacio, salvo para lavar en el río, y siempre nos tienen que dar permiso. Pero utilizamos con frecuencia un sistema para que nos traigan determinados suministros de los almacenes. Tenemos un camino por el que marchan asnos que circulan solos, pues ya se conocen el camino. Les colocamos unas cestas u otras según los productos que necesitamos. Yo estoy a cargo de ese sistema. Y os puedo dejar un mensaje en función de lo que oiga.
               -¿Un mensaje, cómo?-preguntó Taur-. ¿De qué manera nos vas a indicar que se dirigen a una atalaya concreta, a la puerta de entrada o a un arsenal?
               La chica se agachó hacia la ribera. Entonces, hizo algo que les resultó insólito: alargó la mano, estiró uno de sus dedos y, con mucho cuidado, dibujó un signo en la tierra.
               -No es fácil comunicarnos entre nosotras, sobre todo cuando hay militares cerca. Por eso, hemos desarrollado una forma de hablarnos para que nadie nos entienda.
               >>Un lenguaje secreto.
               -¿Pero, tú crees que nos podemos fiar de esas esclavas? Al fin y al cabo, son mujeres –planteó uno de sus compañeros un rato más tarde, cuando volvieron a reunirse los conspiradores, con Taur y Darmon comentando las noticias de última hora.
               Darmon, situado en la cabecera de la mesa, se mostró más resuelto que nunca:
               -Ellas están sometidas al mismo sistema injusto, de manera tanto o más onerosa que nosotros. Tienen lo mismo que perder, y de hecho muchísimo más que ganar. Cuando los hombres que viajemos desde los poblados nos reunamos aquí, luchando en la ciudad, ellas tendrán que mantener el control en los pueblos, y asegurarse de ocultar nuestra ausencia si los soldados sospechan. Debemos confiar en ellas porque, si no contamos con su ayuda, la revuelta será imposible. La revolución será de todos, o no será de nadie. Y además, nos han proporcionado algo importante. Un herramienta fundamental.
               Gonda les había dibujado un par de sencillas columnas, con una línea ondulada asentada, como durmiente, en la parte superior.
               -Ellos –decía Darmon, mostrando un trozo de corteza de árbol donde habían copiado el símbolo- tienen sus flechas, sus lanzas, sus bloques de piedra, sus fortalezas... Sus pilares. Éstos, en cambio, serán nuestra arma más poderosa. Esta forma de comunicarnos mediante signos, que no entenderá nadie salvo nosotros, y que estarán representados en trozos de tela u otros soportes.
               >>Éstos –añadía señalando el par de columnas que formaban parte de la letra- serán nuestros pilares. Gracias a este invento, podremos triunfar.
               O eso deseaba Darmon.
               Porque de no ser así, les matarían con seguridad.

*                                          *                                          *

               El día que debe modificarse todo, Darmon siente que, más que una revolución, lo que se está desarrollando es una canción, una música. Y que ningún acorde debe fallar.
               A primera hora, se elabora dentro del edificio central la estrategia en base a la cual los soldados saldrán a recoger el tributo a los distintos poblados, y también qué posiciones ocuparán sus reemplazos en las murallas a lo largo del día. De lo que los militares que están diseñando el sistema no se aperciben es que hay, cerca de ellos, una sombra imprevista en forma de mujer la cual, mientras finge limpiar, está escuchando con los cinco sentidos. Y seis si los tuviera a mano.
               A primera hora de la mañana, antes de que claree el alba, los soldados ya están saliendo, en dirección cada uno hacia su destino, y en este caso no es una frase hecha. Los soldados que han hecho la ronda nocturna permanecen aún de guardia. Mientras tanto, varios burros, cargados con cestas en las cuales se acumulan al fondo pequeños trozos de corteza de árbol, con enigmáticos símbolos inscritos, salen del palacio en dirección a los almacenes.
               Los burros son interceptados por el camino. A pesar de ello, nadie altera su orientación. Los recién llegados sólo secuestrarán los trozos de corteza para leer su contenido, y dejan marcharse a los asnos en paz para, unos segundos más tarde, volver a adentrarse en la oscuridad.
               Un rato después, llega la hora del cambio de turno entre los guardias. Es, en ese momento, cuando algunos se han ausentado y otros todavía no llegan, indisciplinados en sus órdenes ante la ausencia de peligro, cuando unos atacantes surgen de la nada para atacar.
               Empieza a haber fuego, humo, choque de armas…
               De vez en cuando, alguien obliga a un burro a salir de palacio. Entre la confusión, nadie lo nota. Alguien lo lee. Alguien sale corriendo para captar el mensaje y transmitírselo rápidamente a otra persona. Desde un lugar de las almenas, surge un fuego allá donde unas mantas se dedican a proporcionarle forma a volutas de humo. Éstas se desplazan hacia arriba a la misma velocidad en que un grupo de soldados cruzan la puerta principal del palacio en dirección hacia el templo. Pero, para cuando llegan, alguien ya sabía que venían de camino, y se monta un estropicio en el que sacerdotes y animales salen corriendo, mientras que mesas, cortinas e ídolos con cabeza de animal caen y se destruyen bajo el empuje de su propio peso. De los rebeldes, sin embargo, las fuerzas militares al mando de la plaza no encontraron ningún rastro, porque aparecerán más tarde en el lugar más inesperado e inoportuno. Así, continuamente, a lo largo de enfrentamientos por toda la ciudad.
               El conflicto sigue. El caos se duplica. Alguien inhabilitó la formación de nubes de humo, pero ahora se produce un intenso ruido de ¿tambores, bongos, timbales, instrumentos de cocina?, lo primero que los rebeldes encuentran a mano. Un sonido que para las unidades militares locales sólo significa desorden, pero que otros conocen cómo interpretar.
               Alguien, desde dentro del palacio, se da cuenta de que los rebeldes están obteniendo información privilegiada. Sin medios suficientes para llamar de vuelta a tiempo a los soldados que se hallan ahora mismo cobrando el tributo en los poblados, dada la lejanía de muchos de estos lugares, la única salida que se les ocurre es cerrar el palacio a cal y canto, impidiendo, por cualquiera que sea el medio por el que se está produciendo, toda salida de información. Entonces, se traza una última contraofensiva, un plan maestro definitivo: los soldados del gobernante supremo, ahora atrincherado en su palacio, marcharán a un punto clave, donde se concentran, de manera secreta, buena parte de las armas, para así retomar la iniciativa y, dándole un vuelco a la situación, doblegar a los rebeldes y finalmente ganar. Después llegará la hora de la venganza, que será larga, despiadada e indescriptible.
               Gonda escucha todo esto agazapada, encogida hasta convertirse en casi menos que un bultito. Se da cuenta de que, si no hace algo, capturarán a sus compañeros. El movimiento entero fracasará. Y además, en cuanto busquen culpables, la encontrarán a ella en seguida, y no habrá ninguna clase de piedad.…
               No tiene otro remedio. Tiene que encontrar el modo de salir del edificio. Pero, ¿cómo? Sólo se le ocurre una manera. Sale corriendo hacia una zona menos vigilada. Lo es porque a nadie le gusta quedarse por ese sitio. La causa es que el olor en esa zona resulta nauseabundo, pues allí se concentran las aguas fecales procedentes de todos los rincones del palacio. Aquella fetidez se debe a que, al otro lado del muro, se sitúa un pozo negro. Hacia el que Gonda está corriendo a toda velocidad.
               Lo que pasa es que lo hace desde un segundo piso.
               Justo antes de saltar por la ventana se le pasa por la cabeza que lo ideal sería tomar una última y preciosa bocanada de aire del mundo exterior. Pero al verse suspendida en el vacío, se le corta de golpe la respiración.
               Una vez cae en la masa de agua cenagosa, se sumerge tan profundamente que no está segura de que le quede aliento vital suficiente para conseguir ascender a la superficie y respirar. Gonda, no obstante, se niega a rendirse; lucha, patalea, agita los brazos frenéticamente entre la masa de porquería con el único plan en mente escapar. Y una vez sale al exterior, absorbe un amplísimo trago de reparador oxígeno que se entremezcla con el hedor pestilente de la poza, el cual le invade por completo la nariz y le roza las comisuras de los labios.
               Pero no tiene tiempo de quejarse. Sólo de, cubierta de mierda, de miedo y de urgencia, apoyar las manos sobre la tierra, levantarse y huir.
               Tiene que darle toda la vuelta al palacio. Tiene que llegar a la plaza principal. Hasta allí le llega en tromba el rumor de la lucha. La ciudad en su totalidad debe de estar ocupada, empeñada en sobrevivir o simplemente peleándose con alguien. No encuentra a nadie a quien entregar el mensaje. De repente, en una de las atalayas más altas, localiza una tela roja, que a veces se emplea para decorar la plaza central durante las fiestas.
               Claro que llegar a la atalaya no es sencillo. Los que acceden a su interior suelen colocar un sistema que permite que sólo ellos puedan abrir la puerta cuando se requiere, normalmente una roca de gran peso que retiran entre varios. Ella, en cambio, sólo ve una manera: trepando, a fuerza de propulsarse con las manos, apoyándose sobre la piedra de mampostería.
               Y por supuesto, se lanza. A puro pulso, Gonda asciende, perdiendo los puntos de sostén varias veces, a punto de precipitarse en el vacío al menor error. En un momento determinado se queda colgada de una sola mano, y no está segura de si ése va a ser su último movimiento. Pero cuando se lo juega a un único gesto, se agarra a la pieza de tela, y consigue darse un último impulso.
               Una vez arriba, se tumba para recuperar de nuevo el resuello. Su propio olor le induce un amago de arcadas. Con el corazón bombeando a toda máquina, como si estuviera relleno de tambores cuya vibración percutiera hasta su cabeza, recoge el tejido de color encarnado. Agarra entonces un pequeño cuchillo, que suele llevar siempre a mano -por si acaso-, y provoca varias roturas en la superficie de la tela.
               Luego, arroja esta última por la ventana, para que quede suspendida, mirando al exterior. Desde afuera, puede leerse el signo que Gonda les había dibujado aquel día a Darmon y Taur en la ribera del río. Sus pilares, expuestos en la atalaya.
               Rápidamente, los rebeldes -merced a un lenguaje acordado previamente- saben adónde dirigirse. La batalla es corta pero cruenta. La revolución ha triunfado. La noche acababa de llegar.

*                                          *                                          *

               Al día siguiente, tuvo lugar la primera reunión entre las grandes familias. Para variar, por primera vez en mucho tiempo, estaban presentes los representantes de la totalidad de los poblados. También los militares que antes ocupaban cargos inferiores pero que, el día anterior, se habían puesto de parte del lado vencedor. Taur, con restos de hollín y de sudor en el cuerpo, y arañazos en la cara, preside la reunión. Deja los primeros puntos claros. Habla a continuación un impoluto y atildado representante de la aristocracia.
               -Todo eso está muy bien. Estamos dispuestos a transigir en ciertas cosas. Pero en cuanto a lo de los esclavos…
               Darmon, con la ropa empapada en sangre reseca, se harta. Le habían advertido sobre esto, pero el cuerpo le pide hacerlo. Se dirige hacia la puerta de la sala y la abre. Allí, se muestran un grupo de esclavas que habían estado en el exterior, como la noche pasada, espiando, con Gonda al frente. Ésta, por mucho que se haya lavado, todavía tiene olor a pozo negro impregnado varias capas bajo la piel. Taur se revuelve incómodo. Sabe que el debate se va a poner bronco,  arisco, y más que complicado. Pero ha de reconocer que Darmon tiene razón.
               -Esta mujer –señala a Gonda- todavía presume en su piel de las heridas que ha recibido como premio por haber luchado por nosotros. Es más de lo que pueden decir muchos. ¿Les vais a negar una más que razonable petición?
               Darmon, por otra parte, tiene otro argumento que alegar:
               -No caigáis en el mismo error que vuestros antecesores. Estos esclavos conviven con vosotros. Duermen cerca de vosotros. Seguramente, muchos de ellos seguirán trabajando para vosotros. ¿De verdad queréis hacerles sentir que les traicionáis?
               Poco tiempo después, Darmon y Taur hablaban, mirando la ciudad desde una de sus (ahora podían considerarlas suyas) más altas atalayas.
               -No podremos eliminar todas las injusticias –juzgó Taur-. Éste es un mundo duro y agreste, lo sabes. Algunos no renunciarán tan fácilmente a sus privilegios. Seguirán insistiendo para mantenerlos. Y aunque les retiremos algunos, nada más les dejemos, harán todo lo posible para volverlos a recuperar.
               Darmon giró la cabeza.
               -Bien. Me parece algo útil. Eso nos obligará a no olvidar. Eso nos forzará a saber que la lucha debe ser constante, continua. Que no basta con hacer algo ahora y luego creer que puedes descansar y bajar los brazos. Se trata de mantenerse siempre en la brecha. De no resignarse. La lucha se mantendrá en el futuro, siempre, a lo largo de un período de tiempo que va mucho más allá de nuestras vidas.
             Mientras hablaba, Darmon contemplaba el símbolo dibujado por Gonda, que seguía dibujado sobre la tela roja emplazada en la otra atalaya.
               -Pero a partir de ahora empieza una nueva etapa. Y, aparte de las antiguas, serán otras las nuevas herramientas -ondeó sobre la tela roja el símbolo- que habremos de manejar…


Post-scriptum: De El Argar, sabemos sobre todo que era una sociedad muy jerarquizada y aristocrática, basada en el poderío militar. No hay constancia de que hubiera ninguna clase de revolución social ni mucho menos que apareciera la palabra escrita, pero tampoco es descartable que, como tantos hechos y descubrimientos, estos posibles fenómenos fueran barridos por los vientos inclementes de la guerra, la decadencia o el olvido.
         
Dicen que la Historia no se repite, pero rima. Aunque en ciertas circunstancias, retrocede, avanza y, por encima de todo, no para nunca de continuar…