lunes, 13 de noviembre de 2023

La película de noviembre. Homenaje a "Sinopsis de cine", de Ángel Sanchidrián.

Recordaréis que alguna vez os he mencionado Sinopsis de cine, un proyecto desarrollado por el escritor Ángel Sanchidrián a través de Facebook (y más tarde mediante dos libros), en el que hace resúmenes descacharrantes de toda clase de películas habidas y por haber. El otro día vimos un film que requería explayarse sobre sus cualidades artísticas dignas del la Academia Cinematográfica de Alpedrete, y qué mejor que explicarla a través de un tributo a ese estilo que tantas risotadas nos ha provocado. Allá va: que os haga tener ganas de ver la peli... o no.

Bueno, pues hoy hemos visto "Willy's Wonderland" y os vamos a contar un poco.

La película va de Nicholas Cage, que se le estropea el coche y acaba en el típico pueblo de Estados Unidos donde lo más divertido que te puede pasar es ver un arbusto rodando. Entonces a Nick, que de pelas anda como el bolsillo de Elon Musk después de comprar Twitter, le ofrecen que se pase limpiando una noche un parque infantil mugroso y abandonado, mezcla de un Toys R Us chungo y del típico McDonalds, y así paga la reparación. Lo que ocurre es que el pueblo está maldito, y que el parque infantil está lleno de criaturas demoníacas que quieren comerse a la gente, pero al precio que están los mecánicos, ni tan mal. Además, los pueblos malditos en EEUU son como la comida basura: son sus costumbres, y hay que respetarlas, y podría ser peor y tener piña.
Pero Nick Cage no se achanta: si ha sido capaz de pasar por los peores garitos de Hollywood, incluyendo sus propias películas, podrá con esto. Así que se pone a currar con un horario prusiano: cincuenta minutitos limpiando, descanso, una latita de Red Bull, unos jueguitos en las maquinitas, y de vuelta al tajo. Si le aparece un robot mecánico con forma de cocodrilo que quiere matarle, él no altera su programación: el convenio es el convenio, y si no te gusta, protéstale al sindicato. Los monstruos son un variadito: está Fonso el León Loco, Rita la Hormiga Taradita, el lagarto Juancho después de su reunión de Alcohólicos Anónimos, Julia Roberts antes de cobrar el cheque, y la mitad de los muñecos de José Luis Moreno. En medio se mete una pandilla de criminales juveniles que quieren ayudarle, pero Nicholas Cage anda muy metido en su empeño de ser el actor mejor pagado por palabra, y ha conseguido batir el récord aunque le hayan dado el sueldo en caramelos.
La película está muy bien porque tiene de todo: su maldición relacionada con psicópatas, su secta de aldeanos que entrega a los forasteros a la muerte (porque para eso están los forasteros), y la típica parejita adolescente que se pone a darle a la gominola en medio de un lugar lleno de monstruos homicidas, porque, total, es el mismo ambiente que el Hogar del Jubilado, y no es que haya muchos sitios en la aldea para frungir como monos locos.
Los actores están muy bien porque son casi todos amateurs y aun así actúan tan bien como Nicholas Cage, y los efectos especiales son las atracciones descartadas de la última verbena de tu pueblo, pero con algo menos de roña, que es lo que le da calidad a la película.
Te la recomiendo si te gusta frungir como monos locos o cumplir un horario prusiano de acuerdo al convenio.

domingo, 5 de noviembre de 2023

El relato de noviembre. Una novela por fascículos. El cajero (5)


Aunque esta sección casi parezca una narración independiente, se trata de la continuación de la historia que empezó aquí y cuya última entrega puedes encontrar acá.Tranquilos, que todo se acaba relacionando.

II

            El enfermero se situó ante la puerta del hospital y, mientras oteaba el mundo exterior (que incluía los ajardinados paisajes, imbuidos en el sosiego de la noche, interrumpidos tan sólo por la intempestiva presencia del parking), encendió un cigarrillo. Aspiró el humo gris unos instantes: luego, al apercibirse del sonido de pasos, arrojó el cigarrillo al suelo y lo apagó. Una enfermera de pelo rubio, veintipocos años y coleta se colocó al otro lado de la puerta, apoyándose sobre el umbral.

            –¿Qué?–le inquirió la muchacha–. ¿Un descansito?

            El otro realizó un gesto despreocupado.

            –Claro. Estaba pensando irme al Caribe, pero me da el tiempo justito antes del cambio de turno. Y, como no me quieres llevar a cenar o al cine, pues me tengo que conformar con la luna y las estrellas.

            Ella no dijo nada; simplemente emitió una enigmática expresión, y siguió mirando al cielo.

            –¿Cuándo vas a salir conmigo de una vez?–pasó el chico de las sutilezas al ataque directo–. Te lo llevo pidiendo más de una semana, y sigues empeñada en partirme el corazón. ¿Piensas decirme que sí algún día?

            La joven giró la cabeza, con la sonrisa pícara de un duende.

            –Saldré contigo, en cuanto dejes de fumar.

            La frase fue enunciada en un tono en apariencia neutro, aunque, para su interlocutor, recordó a la voz sugerente, tan común en el cine clásico, de una atractiva mujer fatal.

            –¡Vamos!–respondió el enfermero escéptico–. No puedo creer que te niegues únicamente por eso.

            Ella se encogió de hombros.

            –Prueba… y verás.

            El enfermero se quedó muy quieto, con los labios entreabiertos, oteando su mirada, mientras la mujer, sin perder esa cómplice mueca en su rostro, volvía la vista de nuevo hacia la luna, y hacía como si se olvidara de él.

            El enfermero, muy paulatinamente, sacó de su bolsillo un chicle de nicotina.

            Comenzó, mientras ella se reía, a masticar…

            Pasaron unos cuantos minutos. El sonido de los grillos constituía una alfombra de bienvenida que tapizaba la entrada al hospital. Ambos seguían allí, detenidos, contemplando las estrellas, como si aguardaran una señal.

            El silencio se quebró cuando, más que nada, por romper el hielo, él elevó al cielo la típica pregunta:

            –¿Qué tal ha ido el día?

            La chica se encogió de hombros:

            –Hoy me ha tocado en la 203. Ya sabes. La habitación de la chiquilla que tiene cáncer.

            –Ah, sí... Una pena. Es muy joven.

            –Pues en el momento en que estaba trayéndole la comida, había dos personas que habían venido a visitar al paciente de al lado: una era una señora mayor, la otra una muchacha joven. Mientras yo hacía mis cosas, la chica enferma ha dicho, <<Tengo frío>>, y justo yo andaba agobiada de tanto calor como hacía; ya sabes, la maldita calefacción de este hospital, que siempre la ponen a tope. Entonces, la señora mayor ha respondido, sin venir a cuento de nada, porque en realidad no se dirigían a ella: <<Pues yo no; es más, lo contrario, tengo mucho calor>>. A continuación, la muchacha se ha puesto muy triste, porque había quedado muy claro que la causa del frío que sentía era que estaba enferma... Pero en ese momento, la chiquita joven que había acudido a visitar al paciente de al lado ha añadido: <<Yo también estoy helada. Es que en mi familia hemos sido siempre muy frioleros>>. Y le ha sonreído. Entonces, la chica con cáncer ha recuperado la sonrisa (estaba muy claro que la otra lo había dicho para reconfortarla, pero tal vez precisamente por eso sonreía), y ha contestado: <<Sí, en efecto, en mi familia hemos sido siempre muy frioleros también>>.

            Se volvió hacia su compañero:

            –¿Qué te parece?

            –Una vela encendida en medio de la oscuridad que sufre esa pobre muchacha. Yo no soportaría encontrarme en su pellejo.

            –Sí; que te toque una afección como ésta, cuando tienes toda la vida por delante, es una putada. Pero bueno, una vez te ha caído la maldición encima, no tienes más remedio que soportarlo.

            Su interlocutor negó con la cabeza.

            –Yo no lo haría.

            –¿El qué?¿Cómo?¿Quieres decir…? –vaciló cuando empezó a entender.

            –No –prosiguió, indiferente, con su razonamiento el otro–. A mí me resultaría imposible aguantar tanto tiempo como ella, sabiendo que todos te miran, pendientes del más mínimo paso, y no actuar al respecto. Antes haría cualquier otra cosa.

            –¿Qué dices?¿Me estás afirmando en serio, con esa tranquilidad, que te suicidarías?

            –No, no –agitó la cabeza–; de eso no sería capaz. Me faltaría valor para ello.

            –Pues entonces, no veo que te quede ninguna alternativa.

            –Sí hay una.

            –¿Ah, sí?¿Cuál, listo? –se plantó retadora ella.

            –Una muy sencilla. Llamaría al asesino de suicidas.

            La enfermera soltó una carcajada que, en medio de la pureza de la noche, sonó clara y límpida.

            –¿Asesino de suicidas?¿Esa coña que se inventó tu supuesto amigo el periodista sobre el tipo que, a cambio de una cierta gratificación económica, te proporciona “el empujoncito” para abandonar este mundo, incluso fingiendo que es un accidente para que la familia pueda, por ejemplo, quedarse tranquila sobre tu muerte, y además cobrar el seguro de vida?

            –¿Lo de supuesto va por lo de amigo, o por lo de periodista?

            –A estas alturas no creo que exista. Ni el asesino de suicidas, ni tu “supuesto amigo”. De hecho, no creo que tengas amigos.

            –Pensaba que te había convencido de que, aparte del dinero, al tipo le interesaba también el derecho de la gente a morir con dignidad. Aunque su cobardía (o la dificultad de hacerlo ellos mismos, con todo lo que implica para las familias) les negara la posibilidad de ello. La libertad de elección de la gente y esas cosas –empezó a exponer cual consabida letanía–. Como el enterrador que no siente pena al arrojar tierra a la cara de un cadáver, sino que tan sólo cumple con su obligación. O que opina que no está matando a alguien, sino que se encuentra ayudándole en el tránsito a una nueva vida. Que no te juzga, no ofrece rollos de falso salvador ni moralinas: simplemente procura que todo ocurra de la forma menos dolorosa y más reconfortante posible. Incluso aunque crea que la chica está cometiendo un terrible error cuando permite que su novio, el lanzador de cuchillos, falle el tiro a propósito para de esa manera ahorrarle el último trago de sufrimiento. ¿Te acuerdas lo que te comenté sobre el dilema de mi amigo, evaluando si aquello estaba bien o estaba mal, si yo debía denunciarle o recomendarle en cambio que pidiera una subvención?

            –Cuéntame otro rollo, anda –repuso la mujer escéptica–, que ése está muy gastado.

            –Pues el caso –indicó el enfermero, cambiando de pierna de apoyo– es que justamente tenía otra historia curiosa que contarte acerca de mi amigo.

            –¿Algo que me pueda interesar?–preguntó ella con aire desafiante, mientras se apartaba el pelo de la cara.

            –Oh, es acerca del cuentasueños.

            La enfermera arrugó el ceño.

            –¿De qué coño me estás hablando?

            El otro masticó el chicle con aire divertido.

            –El cuentasueños. Un tipo que es capaz de ponerse en trance al lado de alguien que está durmiendo, y describir lo que está soñando.

            –¿Y eso para qué narices sirve?¿A quién le interesa lo que sueña tu vecino de cuarto?

            –Le interesa, por ejemplo, a las últimas personas a las que ha prestado su servicio: unos padres cuyo hijo está en coma desde hace años, y que de esa manera pueden conocer las ensoñaciones de su retoño.

La enfermera le contempló con una mirada sorprendentemente más crédula de lo que cabría pensar.

            –Me estás vacilando.

            –No –respondió el enfermero con aire suficiente–: me lo contó mi amigo el periodista.

            –Te lo estás inventando para hacerte el interesante y llevarme a la cama.

            –No; me lo contó para poder hacerme el interesante y llevarte a la cama.

            –No te lo crees ni tú.

            –¿Que te voy a llevar a la cama o que es cierta mi versión?

            –Ambas cosas; pero, en particular, me refería a lo segundo.

            ¿Es que habría mucha diferencia entre tu versión y la mía?

            –Pues en mi opinión, muchísima.

            –Yo no creo que haya tanta.

            La enfermera se quedó súbitamente sin respuestas.

            –En todo caso, ¿de qué va eso de leer sueños, y la conspiranoia de la dominación mundial y todas esas mierdas?

            El enfermero ignoró el sarcasmo y se apoyó contra la pared.

            –Por lo visto, mi amigo se lo encontró un poco por casualidad. Ya sabes que trabaja en la sección de sucesos del periódico.

            –Tu amigo trabaja en la sección de lo que te da la gana según te convenga.

            –Lo que provocó aquel fenómeno –le explicó el enfermero, poniéndose místico– fue, en realidad, el primer reportaje que hizo sobre el caso. Ya te imaginas, accidente de coche deja en coma a niño, padres se quedan todo el día a su lado sin saber qué hacer, lo típico en esta clase de ocasiones. La crónica fue publicada, y flotaba la sensación de que la cosa se iba a quedar ahí. Sin embargo, un par de días después, apareció por el hospital un hombre de edad madura, de origen africano. Según mi amigo, llevaba ropas sencillas, un aire majestuoso, y una mirada que daba la impresión de contemplar constantemente el infinito, hasta cuando estaba enfilando tus ojos. Decía que había leído el artículo por casualidad, en el momento en que se hallaba a punto de emprender un viaje a un lugar muy lejano; no especificó dónde, aunque indicó vagamente que hacia el este. Pero que, al descubrir la noticia, y creer que podía echar una mano, había decidido personarse allí. No pidió en ningún momento dinero. No solicitó nada, salvo un sillón en el que sentarse a meditar. Durante dos días con sus noches, se quedó al lado del niño, vigilado por el personal del hospital, que no las tenía todas consigo respecto a este asunto. Sin comer ni beber, simplemente reflexionando, con los ojos cerrados. Finalmente, tras ese tiempo, medio deshidratado, alzó los párpados… y comenzó a narrar.

            ˃˃Los sueños que describía eran más bien caóticos, anárquicos. Eran los sueños de un chico que llevaba varios meses sin salir al aire libre, y que por tanto no tenían por qué guardar relación con el mundo real… en comparación con la conexión habitual que suele mantener el sueño con la vigilia, les explicó el hombre. Les desgranó los detalles de las fantasías de su hijo: decía que imaginaba inacabables prados; que soñaba con colores, incluso con sus padres de vez en cuando, aunque aparecieran en retazos breves e inconexos. En esa clase de apreciaciones se notaba (decía mi amigo el periodista) que las narraciones del africano eran realistas: no trataban de ser consoladoras para su familia, ni tampoco de describirles un mundo coherente. Los sueños son bizarros, confusos: no hubiera tenido sentido que, en el espacio onírico del niño (o como quiera que se llame eso), éste se encontrara con sus padres en un mundo de paz y felicidad. Eso hubiera sido en realidad el sueño que ambicionaban sus progenitores. Sin embargo, y a pesar de que el hombre no pidió en ningún momento dinero, los médicos no creyeron en su buena fe. Por eso, los integrantes del hospital le colocaron al individuo electrodos para medir sus ondas cerebrales y ese tipo de cosas que hacen los neurólogos, ya les has visto. Y el caso es que, según cuenta mi amigo, las ondas cerebrales del cuentasueños se parecían sospechosamente a las del chico en coma… aunque el hombre se encontraba por supuesto despierto, pese a que, según los análisis, debería estar durmiendo de modo profundo. Pero allí estaba, hablando, de la misma forma en que lo hacemos tú y yo, mientras los padres le escuchaban embelesados.

            La chica clavó una nota mental en un corcho imaginario, como recordatorio para preguntarles luego a los médicos acerca de si era posible aquello de las ondas cerebrales. Sin embargo, antes que nada, cuestionó:

            –¿Cómo demonios era capaz el tipo…?

            –Nadie lo sabe. Mi amigo el periodista le preguntó al africano, pero por lo visto fue bastante parco al respecto. Y de lo que me explicó, yo no me acuerdo del todo. Se supone que argumentó algo acerca de desiertos lejanos, de la quietud del silencio, de aprender a escuchar con autenticidad. De los espíritus arrepentidos de los muertos que vagan entre las dunas de noche. Decía (no sé si me acuerdo) algo acerca de que, siendo sinceros, comunicarse con los muertos no es posible. Sí, puedes escucharles y preguntarles cosas, pero eso no significa necesariamente que te vayan a hacer caso y responder. Ya resulta bastante difícil, decía el anciano, que los hombres actúen como pretendemos cuando están vivos, menos aún cuando han pasado al otro barrio. La mayor parte de ellos, defendía el hombre, están obsesionados por cosas diminutas que se dejaron atrás. Detalles que a nosotros nos resultan insignificantes y hasta estrambóticos, pero que para ellos son los más importantes del mundo. Dónde se quedaron las llaves de la cocina. ¿Desenterró alguien el esqueleto del perro en el jardín? Si la familia canceló el contrato con la lechería, o que nunca te juntes con los primos del otro lado del valle. Decía el cuentasueños que era por eso por lo que, en el momento en que leyó la noticia del chico en coma, huía a un lugar recóndito, un refugio donde no pudiera contactar ni con los vivos ni con los muertos. Pero que, antes de aislarse, deseaba hacer este último favor especial. El problema es que, entre todas las pruebas que los médicos le hicieron al hombre para detectar si mentía, también le encontraron un cáncer de hígado.

            –¡Ostras!–replicó la enfermera. En puridad, dijo otra palabra–. ¿Y qué pasó entonces?

            –El hombre se estaba muriendo, y lo sabía. Se negó a cualquier tipo de tratamiento. Pero los más desesperados eran los padres del chico: el africano ofreció a la pareja la posibilidad de seguir observando los sueños del niño a través de los suyos propios. Decía que no tenía tiempo para enseñarles el método con el que poder “atraparlos” (así lo denominó, “atraparlos”) por ellos mismos, pero que, mediante un tipo de hierbas que él conservaba, serían capaces de leer su mente y, a través de ella, atisbar, como en el fondo de un túnel, lo que se cocía en el cerebro de de su hijo. Les explicó que al principio tendrían que hacerlo de esa manera; después, desgranó, tras mucho tiempo leyendo su mente (incluso cuando la enfermedad le hubiera dejado inconsciente y ya no pudiera hablar) podrían acceder directamente, sin necesidad de intermediarios, a la de su hijo. Declaró que era todo lo que les podía darles: también, que no era una maniobra exenta de riesgos. Explicó que, cuando vives los sueños de otras personas, una parte de ti queda ocupada por esas fuerzas invasivas. Decía que las fantasías te envuelven, enraízan en ti, se empiezan a confundir con la realidad y con la luz del día. Y advertía de que lo peor de todo eran las pesadillas: que a partir de entonces, nunca podrías cruzar una esquina sin saber si iba a aparecer detrás el monstruo más letal. Manifestó que algunos no pueden volver a reengancharse a la vida; que, aunque lo pretendan con todas sus fuerzas, la presión de los sueños es tan aplastante que son incapaces de escapar. Ante esas perspectivas, los padres del niño discutieron: la madre estaba asustada, paralizada por el miedo. Instaba a su marido a volver a casa, retomar de nuevo la actividad cotidiana, salir del aquel bucle, recuperar una rutinaria vida normal. El padre, en cambio, esgrimía que no había nada allá afuera que le atrajera: que lo único que ansiaba era intuir aunque fuera una pequeña fracción de lo que estaba pensando su hijo. Defendía que, en caso de duda, prefería quedarse enredado en el universo de los sueños, a permanecer encerrado en la angustiosa cárcel del mundo real.

            –¿Y qué decían los médicos?–tiraba del hilo la enfermera, cada vez más intrigada.

            –Observaron las hierbas que les había entregado el africano, y no pudieron deducir gran cosa del contenido de las mismas: sabían que incluían algunos opiáceos, con lo cual no podían deducir si serían capaces de conectar al padre del niño con los sueños, o solo crearían cierta clase de ilusión durmiente. Desde luego le induciría una especie de trance, o si prefieres decirlo de coma, que hasta podría interferir con la respiración. Sin embargo, los médicos creían ser capaces de estabilizar su estado, hasta de un modo permanente. Pero la pregunta, aparte del tema económico, y del personal por parte del padre (quien amenazaba con quitarse la vida si no le dejaban hacerlo), era si era ético llevarlo a cabo. Un médico preocupado por estas cuestiones, también la presupuestaria, expuso que, ante el riesgo de suicidio por parte del progenitor, pero asimismo, frente al peligro de que quedara constreñido en un mundo de pesadillas del que no pudiera huir, casi sería mejor inducirle el coma y retirarle toda asistencia vital justo en el instante máximo de felicidad, para que así al menos disfrutara ese último momento feliz.

            –Qué cínico, ¿no? Como tu amigo el asesino de suicidas.

            –Hay muchas maneras de verlo. En ambos casos. Yo prefiero considerarlo una visión alternativa.

            –¿Y qué ocurrió entonces?

            –¿No decías que esta historia era un invento mío?

            –Ay, no seas imbécil. Si me has mentido todo este rato, puedes seguir un poco más hasta el final.

            –Al cuentasueños le indujeron un coma la semana pasada, y se encuentra en la misma habitación del hospital, junto al niño. Los doctores no saben cuánto tiempo tardará en matarle en cáncer ni si (en el caso de que las cosas que ha dicho sean ciertas) ese tiempo sería suficiente para permitirle al padre contactar directamente con su hijo tras la muerte del africano. Los padres se han divorciado, y la mujer se ha marchado a su casa. Los del hospital aún andan a tortas entre sí y con el padre acerca de lo que deben hacer a continuación. Y mi amigo dice que no tiene ni idea de qué pensar sobre este asunto, ni sobre lo que él haría de encontrarse en el pellejo de cada uno de los implicados. ¿Tú qué opinas?

            –No lo sé. No me gustaría tener que decidirlo.

            –Yo tampoco. ¿Entramos en el hospital?

            Accedieron de nuevo por la puerta de urgencias, hacia la sala de enfermeros, y se encontraron allí con sus compañeros, Hola de nuevo, Qué tal estáis, como va todo, Ah, pues aquí andamos, sin más, normal, qué es lo que habéis estado haciendo allá afuera, Eso es secreto, lo que hagamos o lo que dejemos de hacer fuera del hospital es cosa nuestra, Uy, que nos estamos poniendo nerviosos, a saber cómo se lo han pasado, fíjate, si les veo hasta sudorosos, Anda, cállate y no digas tonterías, La guardia normal, bien, aburrida, más de lo previsto, bueno, una excepción, aquí el amigo, que se ha traído champán, ¿Champán?, Sí, es por el nacimiento de mi niña, y como me ha tocado a mí de guardia, pues nada, he traído esta botella, a ver si lo celebramos un poco, Pero cómo vamos a beber champán en mitad del servicio, Va, déjalo, sólo van a ser un par de sorbos, y total, ahora mismo no está viniendo nadie, además, ya sabes cómo va esto, si llega algo gordo, con la adrenalina del momento, el traguito que te hayas tomado se volatiliza en seguida, seguro que antes de terminar el vaso ya nos toca volver al curro, Como nos pillen ya verás la que se lí–, Que no, que no te preocupes, si viene la jefa sólo tienes que invitarla a una copa para que te deje en paz, anda que si la conozco, ¿no te acuerdas de la fiesta de navidad, que se pilló un pedo mas grande que nadie? Bueno, venga, en ese caso, afirmó la enfermera de antes, condescendiente, Que rule, que rule, exigieron algunos, y sacaron vasos de plástico, a falta de copas, y corrió la espuma y el líquido de las ocasiones especiales aún en esos recipientes tan corrientes; no siempre van a ser las fiestas para los cirujanos que vuelven de los congresos en Oxford, también tiene que haber por aquí ratitos de gloria, digo yo, clamó alguno, y momentos de descanso, con toda la crudeza que vemos en el día a día; y comenzaron a hablar de muchas cosas, cualquiera a excepción del trabajo; sacaron a la luz sus pasiones ocultas; se pusieron a conversar acerca de lo que realmente les entusiasmaba fuera de las paredes verdes y la esterilidad del quirófano: Yo estoy haciendo colección de maquetas de barcos, tengo barcos de todos los estilos, banderas y colores, Pues yo me dedico a criar distintas clases de caracoles, no son todos iguales, ni mucho menos, los ejemplares que te encuentras por allí son muy diferentes, cada cual tiene sus pequeñas peculiaridades, en la concha, en la forma de los cuernos, en el tipo de movimiento, A mí me encantan los idiomas, hace poco he terminado con el búlgaro, ahora empiezo por el sueco, Hay que ver, fíjate, qué aficiones más interesantes, con lo aburridos que aparentábamos ser todos, Es lo que tiene la vida, como los icebergs; debajo de la superficie es donde se esconde la mayor parte de lo que existe, Qué frase más profunda, no sabías que fueras filósofo, No, qué va: la primera carrera que estudié fue la de oceanógrafo; ser profundo era una condición imprescindible, Ya a estas alturas se encontraban todos un poco achispados, Y tu niña qué tal es, Preciosa, tiene los ojos azules, Pero qué raro, si ninguno de los dos los tenéis, Es por un gen recesivo, me lo ha explicado el de Reúma, dice que a lo mejor los dos tenemos un gen para los ojos azules, pero que éste está oculto, Quiere decir eso que a lo mejor yo poseo un gen para salvar a la humanidad, y quizás se halle escondido, Pues mira, nunca se me había ocurrido pensar eso, a lo mejor es verdad. Se repitió de manera periódica una pregunta, Qué tal otro sorbo, y entonces el champán se derramó en parte sobre la mesa, pero ya a todos les daba igual, a alguno se le ocurrió que deberían empezar algún juego. Con el paso de tiempo, y con las copas, llegó la hora del abrazo, la de Tú sí que eres un amigo de verdad, la de El problema de este país lo arreglaba yo en dos días, tres se pusieron a alinear el once ideal de la selección, un enfermero afirmaba, ya con una copa de más (quizá empezaban a ser conscientes de que se habían pasado un poco porque nadie les había interrumpido), Si es que el mundo está hecho una mierda, y un colega respondió, Tienes toda la razón, verdad que la vida es muy dura, Fíjate, con la de cosas malas con las que nos tenemos que enfrentar cada día en el trabajo, y encima siempre hay alguno, un jefe, o algún listillo, que pretende hacerse el importante, el gracioso, que se dedica a clavar puñaladas por la espalda y complicarnos la vida a los demás, Tú sí que aciertas, le respondió el compañero, En cambio, prosiguió, si todo el mundo fuera así, como la gente de esta sala, como tú y como yo, tranquilos, simpáticos, amigables, sin prisas, sin ajetreos, sin rabietas encabronadas y con algo de comprensión mutua, entonces todo sería muy diferente, y no habría guerras ni hambre ni miedo ni nadie que hubiera tenido que convertirse en un héroe llamado Schindler, fíjate qué nombre más ridículo, como el de los ascensores, y entonces un celador entró para preguntar que cuál era el motivo de la fiesta, y la gente le respondía, Porque sí, por estar vivo, qué motivo mejor hay, y entre tanto, de fondo, y mientras alguien ponía música con voz de mujer francesa, en un rincón de la estancia, nuestro enfermero y nuestra enfermera se habían perdido de la vista del resto, comenzaban a besarse, y quizás, con las manos, hacían algo más que besar, y se encontraron todos en una nube, con las liras y las arpas, y Apolo componiendo música, y el viejo capitán sin barco contando las batallitas, y Woody Allen tocando el saxo, y un tal Paul Newman mascullando que quién coño le ha comparado con Marlon Brando, y entonces a alguien se le ocurrió preguntar, Oye, qué extraño, no ha venido ninguna ambulancia desde hace un buen rato, y por qué puede ser eso, Se habrán declarado en huelga, especuló uno, Quizá, quiso apuntar otro, con el puntito ya subido, en un arrebato de esperanza, Quizá, incidió por dos veces, ha dejado de haber muertes, la Gran Dama ha clausurado el chiringuito, ha cesado de actuar, y podremos andar por fin, libres y sin miedo para siempre, y entonces uno le respondió, Eso es una novela de Saramago, imbécil, en realidad es que ha habido un apagón en la ciudad, y las ambulancias, sin la ayuda de las farolas, se están quedando varadas en los arcenes de la carretera.

CONTINUARÁ...

lunes, 30 de octubre de 2023

Cine y realidad: una charla sobre el Alzheimer.

Saludos. Hace poco más de un mes, en Roma, tuve el privilegio de dar una charla donde hablaba sobre la enfermedad de Alzheimer desde un punto de vista científico y también cultural (en concreto, contaba cómo el cine -entre otras artes- ha tratado esta dolencia). La conferencia formaba parte de un evento más amplio donde se exponía el proyecto Memo(s)toria, una actividad organizada por la Escuela Española de Historia y Arqueología en Roma en colaboración con Caritas Roma, y en el cual se realizan actividades de divulgación histórica y estimulación cognitiva aplicadas en pacientes de Alzheimer -un proyecto muy interesante, por cierto, y que ahora se encuentra en plena fase de expansión-. Por si os interesa escuchar lo que allí se comentó (hay parte en italiano y parte en español, pero creo que podéis serviros de los subtítulos automáticos; mi sección, de todas formas, está en español), os dejo colgado el vídeo. Como siempre, espero que os guste. Un saludo.

lunes, 23 de octubre de 2023

Las historias cortas de octubre: "Qué haríamos sin las señoras..."

Qué haríamos sin las señoras...

            Una mujer le hizo la promesa a Cristo de que, si atendía a sus ruegos respecto a su salud, se vestiría de nazareno toda la vida: y así lo hizo. Túnica púrpura, cuerdecita tomatera amarilla (hasta con borla). Es como si Cristo estuviera barriendo su casa (¿Y lleva también caperuza?, le quiero hacer concretar a mi novia. No, me responde: Dios le salvó la vida, pero debe de ser que le dejó de residuo un dolor de espalda).

*

            Una señora que se va a acostar para dormir la siesta, a las cuatro de la tarde. Entonces, dos niños se colocan debajo de su ventana y empiezan a cuchichear. Claro, hablan en un tono tan secreto, tan intrigante, que a la mujer le entra la curiosidad: aguza muy bien la oreja para escucharles, y por supuesto, no puede dormir. Así que, al ver que no se está enterando de nada, y que tampoco se duerme, sale al balcón, y le grita a los niños, con toda la fuerza de sus pulmones:

            -¡No habléis tan bajo, que no me dejáis dormir!


lunes, 16 de octubre de 2023

El relato de octubre. Una novela por fascículos: El cajero (4)

 

Llegamos al nudo gordiano de nuestra historia, que empezó aquí y cuya última entrega puedes encontrar acá. Que lo disfrutéis.

            Hoy es un día movidito. La ciudad está de fiesta.

Nuestro hombre lo nota. Cuando sube en el metro, a las [ruido estremecedor del convoy al arrancar, no se escucha la hora exacta] y dos minutos de la noche –es lo que tiene esta época del año, se hace de noche en seguida; o no tanto; en fin, para aclararnos, más o menos el tiempo que tarda en terminar el día–, con una pequeña maleta a un lado, las calles están llenas de colorido y sabor. Gente vestida de variopintos disfraces, ataviada con máscaras, matasuegras y accesorios de lo más estrafalario. Abundan las chicas y chicos, jóvenes y no tan jóvenes; se exhiben con profusión el amarillo, el rojo, el verde, el naranja, los olores tropicales, el sabor de las frutas exóticas: todo, en definitiva, lo que nos haga olvidar por una noche que somos nosotros mismos, y fingir, a veces de manera desesperada, que en realidad consistimos en otra persona.

Mientras tanto, el oficinista se acuerda tan sólo de que le ha echado un último repaso al salón de su casa, ha mirado los muebles que no va a poder transportar consigo es una pena, se dice, pero no queda más remedio; en fin, no es una pérdida irreparable–, y ha apagado las luces. Luego se ha marchado, no sin echar (la fuerza de la costumbre) los tres cerrojos detrás de él.

De nuevo en el mundo exterior, el ambiente se ha activado más todavía. Es increíble la de gente que ha llenado la calle en tan poco tiempo. Sigue siendo de noche, pero casi parece que refulja el sol de mediodía. El metro se halla atestado: suenan música, bailes, un tambor en el andén… El tren que el oficinista ha tomado va además en dirección al centro, allá donde se encamina la cabeza de esta serpiente (cuyas escamas son personas) tan gigantesca como agitada, que circula en dirección al enclave principal de la apabullante y fractal celebración, con gente inmóvil en sus asientos que, sin embargo se siente desplazada hacia todos lados. <<También es mala suerte>>, se lamenta nuestro protagonista: <<podría trabajar en un lugar menos concurrido>>. Pero sabe que no sirve de nada quejarse. Hoy el metro presenta el mismo olor a sudor reconcentrado y a marea humana de otros días, aunque a nadie da la impresión de importarle: todos están demasiado atentos con que no se rompan sus trajes, o con guiñarle un ojo a su acompañante para que así se fije en él. Nuestro hombre, con la gabardina encima, ajustándose las gafas (se las ha puesto, no tanto porque las necesite, sino porque cree -de manear instintiva y un poco irracional- que, con ellas, como un Clark Kent cualquiera, pasa más desapercibido), no pega nada con este ambiente, que podría haber salido perfectamente de una película de tribus africanas, en la cual los nativos danzan con faldas de paja al trepidante ritmo de un tam–tam. <<De todos modos, hoy no tengo tiempo de hacer fiestas. Esta noche huyo, y sólo hay una cosa que me retiene aquí. Voy en busca de esa cosa>>.

Cuando el metro se detiene, estalla de golpe una explosión de júbilo. La multitud cimbrea las maracas, entona canciones de moda, surgen improvisados aspirantes a reyes de la fiesta. A pesar de la climatología reinante allá afuera, tirando a fresco –quién lo nota, entre la muchedumbre, más aún en el metro, donde siempre hace un calor sofocante–, las chicas y los chicos exhiben desnudas ciertas partes de su cuerpo, por lo común más cubiertas. Bastantes de ellas están tan blancas que parece que no les hubiera dado durante meses el sol, aunque unas cuantas siluetas extremadamente morenas lucen sus carnes con orgullo. Nuestro hombre se siente arrastrado por la colmena sin propósito colectivo, de camino hacia el exterior. Las escaleras mecánicas al completo asemejan estar bailando una conga. El oficinista espera que, al llegar arriba, cuando los viandantes sientan el frío de la calle, la cosa se calme un poco.

Pero qué va, ni muchísimo menos. La gente sale a trompicones y continúa la farra, la cual se anima recíprocamente con el ambiente del ancho mundo. Algo que no resulta extraño asimilar conforme giras la cabeza y adivinas lo que ocurre en la avenida principal, por donde se avistan las carrozas y los carruseles, sobre las cuales hombres y mujeres bailan juntos y tocan palmas, junto a la banda sonora que constituye el sonido cada vez más ensordecedor de la multitud. Nuestro protagonista intenta zafarse de esa marabunta tamaño premium mientras se dirige hacia su bendito cruce, tratando de localizar algo de paz y reposo.

Le cuesta llegar. El tráfico está imposible; los coches bloquean la calzada debido al atasco. Los autos comienzan a pitar –sin ningún sentido, por otra parte: nadie los escucha entre el bullicio–, y cuando encuentran el más mínimo hueco libre, avanzan a toda prisa, con atrevimiento casi suicida. El oficinista sufre horrores para arribar a su destino. Suda a goterones y, sin embargo, cuando se le abre un pliegue de la gabardina, nota la corriente gélida que le hiela la camisa y los sencillos pantalones marrones; cómo es posible, se pregunta, que el resto de la gente no pase frío en esta noche tan ventosa. <<Será que el carnaval castiga la vulgaridad>>, le replica su yo interior, pero decide no hacerle caso, atento a otras cuestiones más apremiantes.

Nuestro hombre cruza al lado del puesto de kebabs. El dueño debería hallarse con el ánimo en su cénit, ya que, en medio de la algarabía, el entorno que circunda su carrito, cargado de bombas alimenticias, se encuentra lleno a rebosar. Sin embargo, el comerciante se lo toma con calma; a pesar de tratarse de un puesto pequeño, se permite el lujo de agarrar la escoba y salir a barrer su trocito de calle, acto que parece fútil, pues en seguida se volverá a cubrir de confeti y guirnaldas de colores. En cuanto atisba por el rabillo del ojo al protagonista de esta historia, le reconoce, y no tarda ni un segundo en abordarle.

–¡Ah, ha venido!¿Se ha convencido ya?¿Va a probar uno de mis kebabs?

–¡No!–grita el hombre, desabrido; sin embargo, el turco no se rinde.

–¡Vamos, señor, es carnaval!

–¡Por favor, tengo prisa!–le espeta el aludido. “Pero bueno”, medita indignado, “¿es que no ve que voy con una maleta?”. Encima una bolsa de mano, que es más difícil de transportar. <<No es culpa mía que no pueda atenderle>>, se siente obligado a justificarse a sí mismo. Porque claro, el problema viene por otra parte: su prometida se ha empeñado en guardar en casa de sus padres (donde está viviendo hasta que se celebre la boda) las maletas de ruedas, para así preparar el equipaje del viaje de novios, ya que todavía guarda la esperanza de convencerle de que se acaben marchando a algún sitio. Con lo cual, esta vieja bolsa de mano es lo único a lo que he podido recurrir. El hombre aprieta el botón del semáforo. En la esquina opuesta del cruce, el joyero tiene pinta de hallarse a punto de cerrar. <<Me cae bien este hombre>>, cruza un pensamiento rápido por la mente a nuestro protagonista. Así, tan callado, tan silencioso, siempre tan atento a su trabajo; cuando desliza las joyas entre los dedos, es como si estuviera tratando con pequeños seres vivos. Las maneja con tanta delicadeza que parece que temiera hacerles daño; como si creyera que, por apretarlas demasiado, corren el riesgo de dejar de respirar. Ahora, sin embargo (se reprende), no es momento de fijarse en estas cosas. Mientras debate consigo mismo, el semáforo se pone en verde; atraviesa el paso de peatones, y un coche a demasiada velocidad está a punto de atropellarle. El hombre suelta un gritito de queja, aunque no lo suficientemente airado: nadie le escucha, el coche se ha marchado y la multitud avanza impertérrita y fluida en dirección a la calle principal de la ciudad. Nuestro individuo, por fin, se ha plantado delante del cajero. Es el instante crucial de su plan. El momento álgido, a partir del cual no hay vuelta atrás.

<<Introduzca su tarjeta, por favor>>.

El hombre mete el trocito de plástico: amadas tarjetas, qué sería de nosotros sin ellas. Se da parcialmente la vuelta, por curiosidad, para contemplar el edificio de la silueta. Tiene capacidad para verlo porque, como el bloque de viviendas que alberga el cajero está un poco adelantado respecto al otro, puede observar la construcción desde ese lado sin alejarse demasiado, y hasta atisbar, si le pone mucho empeño, detalles concretos. Le echa una ojeada general, clasifica sus distintos pisos. En la parte de abajo hay un restaurante chino: ésta es una zona de muchos locales exóticos, recuerda mientras se le revuelven las tripas acordándose del kebab; ya hemos dicho que no le gusta probar los sabores nuevos. Lógicamente, no ha querido pisar un chino en su vida y, cuando le han obligado, ha pedido siempre lo mismo, un inmaculado arroz blanco. Dentro del restaurante trabajan cuatro o cinco personas, probablemente todos emparentados entre sí: entran, salen, entregan y devuelven platos a un ritmo vertiginoso, hablando entre ellos en su idioma natal. No cometen ningún fallo, con eficacia de autómatas, concentrados de manera absoluta en su empeño. Luego, arriba del todo, en este bloque de pocas plantas, puede observar al matrimonio que contempló salir del edificio esa misma mañana. Dan la impresión de continuar enfurruñados: ella sigue en bata y zapatillas, la bata por cierto es roja, mientras las zapatillas lucen cuadros de color verde oscuro alternados con otros de tono claro (el calzado no lo ve el oficinista desde su posición, pero los aspectos que él no sea capaz de distinguir ya los comentaremos nosotros). La mujer se encuentra preparando la cena; él, en cambio, lee el periódico en la mesa de la misma habitación, pero no se hablan, ni tan siquiera se miran. Un piso más abajo, se divisa un cuarto con las luces encendidas, varios flexos enfocando de manera convergente en un punto: es el piso que ha contemplado esa mañana, el del joven del piano. El muchacho parece obsesionado, estudiando unas partituras, el pelo mucho más desarreglado que esta mañana; algo debe de ir mal con la composición, o eso indica el creciente desorden entre sus papeles. El muchacho toca varias teclas del piano. Entonces, vuelve la vista de manera brusca hacia la pared. Desde su posición, nuestro protagonista no sabe qué es lo que ha ocurrido, pero se figura que ha escuchado un sonido procedente del otro lado. Y, por la cara del tipo, y su forma de abandonar el piano, el oficinista imagina que el pianista quizá ha captado del otro apartamento un par de golpes, como si, en respuesta a la música, le hubieran devuelto la jugada de aquella mañana. El voyeur a nivel de la calle desplaza entonces su mirada hacia la vivienda contigua (sólo un poquito, no tiene ni que mover la cabeza) y encuentra las persianas cerradas. Se acuerda de la escena que contempló aquella mañana, y el rubor le sube a los pómulos. Durante las numerosas ocasiones que ha pasado por ese cajero, se ha fijado recurrentemente en aquel edificio, y ha sido muy frecuente encontrar las persianas bajadas. ¿Quién vivirá ahí?, se preguntaba de vez en cuando. Había visto a la inquilina más de una vez, pero quería conocer más detalles acerca de ella. Cuando se lo comentó a su novia, así de pasada –sin decirle, por supuesto, por qué se encontraba él en aquella esquina, ni lo que estaba haciendo allí–, ella le contestó, como si de una verdad evidente se tratara, <<Seguro que es una prostituta>>. ¿Cómo una prostituta? Pues claro, cariño, en ese barrio, en ese tipo de casa, ¿quién querría tener cerradas las persianas todo el día? “Pues alguien a quien no le gusta que los vecinos cotilleen lo que ocurre dentro. Me parece una forma de pensar muy retorcida”, había contestado nuestro hombre, “¿no puede ser que le moleste la luz para dormir?””¿Y quién duerme a las doce de la mañana, me lo explicas, cariño?”, respondió con sorna ella. A su prometido no le gustó aquella respuesta. Aunque no lo reveló abiertamente, marcó un rictus de enojo en sus labios, y procuró escapar con premura de casa de su novia, con un recalcitrante rencor en la boca del estómago y en el corazón. Desde luego, aquel día estaba enrabietado: ¿por qué tenía que meterse su prometida con la otra muchacha, fuera quien fuera, sin conocerla, ni tan siquiera haber estado allí? Había miles de razones para que una persona tuviera las persianas bajadas, ¿por qué tenía que ser necesariamente la que dejara en peor lugar a la persona implicada? Y sobre todo, le irritaba ese aire de superioridad, esa sensación de <<Ya verás cómo tengo razón>>, como si él no supiera nada ni fuera capaz de hacer ninguna deducción alternativa por su cuenta, como si todas las ridículas suposiciones de su prometida constituyeran verdades absolutas. Y por eso miraba a la ventana cada vez que estaba allí, para ver si descubría el secreto de esa casa, pero la persiana, día tras día, y casi de manera ininterrumpida, volvía a encontrarse cerrada. El hecho de que la escena de aquella mañana –aunque ni mucho menos confirmatoria– apuntalara la teoría de su novia, por supuesto, le provocaba mayor exasperación todavía.

Pero basta, basta de perder el tiempo, se dijo. Al girar la cabeza, se estuvo a punto de dar un golpe con el inmóvil cajero: tengo prisa, el plazo se agota, el avión saldrá dentro de no mucho, a las doce y un minuto (no le ha mentido a su jefe, partirá el sábado). Y de repente se pregunta, <<¿cuánto durará el engaño hasta que ella averigüe que me he marchado a Ginebra?¿Resistirá más de un lunes la teoría de que mi traslado debe mantenerse en el más absoluto de los secretos? No creo que nadie sospeche que provoqué el presunto ataque informático tan sólo para tener una excusa por la que huir; más bien, supondrán que aproveché la ocasión para evadirme de un compromiso al que me creía completamente abocado, y al que habría acudido si no hubiera encontrado un pretexto. Y para cuando ella lo averigüe, bueno, Ginebra está muy lejos, las cosas siempre son más fáciles así, en medio de la boda tendrá a familiares y amigos para consolarla>>, reitera las ideas exculpatorias de aquella misma tarde, <<y, como proclaman el refrán y los físicos, el tiempo y el espacio todo lo curan>>. <<Eso dicen algunos>>, interrumpe su vocecilla interna; <<otros, en cambio, opinan que el alejamiento y el paso de los días lo hacen aún peor>>.

El oficinista comprueba de nuevo el estado de su cuenta: ya lleva varias veces en el día, más aún en estas últimas jornadas, pero es su forma de ser; le gusta certificar las cosas mil veces. Guarda en el banco una cantidad que sería equivalente al precio de un muy buen coche; podríamos nombrar el monto exacto, pero habría que traducir a la divisa del lector la moneda que se emplea en esta gran urbe que ahora mismo se halla de fiesta: Nueva York, Madrid, Barcelona, Colonia, Buenos Aires, Nueva Orleans, Río de Janeiro, Cádiz, quién sabe, hay tantas ciudades donde se celebra de un modo u otro el carnaval… A Dios gracias o porque él lo ha querido así; de hecho, la ha modificado de manera premeditada con esta intención–, su tarjeta tiene un límite muy alto para sacar dinero. Su cuenta también permite que el contenido de la misma se reduzca a un saldo muy bajo, de tal manera que, aunque se vea obligado a dejar un depósito en el banco, éste será ínfimo. El oficinista, mientras tanto, lleva semanas sacando poco a poco dinero, a intervalos variables, para no levantar sospechas, hasta dejarlo en la máxima cantidad que podía sacar de golpe. Monto que va a extraer ahora, gracias al amplio nivel de efectivo disponible en el cajero –en este punto no hizo falta cambiar de banco, allí el destino le sonrió–. Lo unirá al resto que ha ido extrayendo a lo largo de los últimos tiempos, y portará entonces encima (dentro de la maleta que lleva consigo) prácticamente todo lo que es, lo que ha sido, y cuanto tiene de valor –salvo, como hemos mencionado, los pocos muebles que le pertenecían, los cuales se quedarán dentro de la casa de alquiler. Más tarde mandará a alguien a recogerlos; o tal vez no lo haga, que le aprovechen al siguiente, qué más da. También tendrá que avisar al casero, por supuesto: se acabó la idea de comprar un piso a medias con su esposa una vez estuvieran casados, eso habrá que dejarlo para una siguiente ocasión. Pero ahora me voy, se instiga a sí mismo el hombre. Aquí, ahora, en este punto, en esta calle, en esta fecha, es el lugar donde se resuelve la decisión más radical, más en extremo arriesgada –qué sudores le dan tan solo pensarlo–, más audaz o más cobarde, y más trascendental de su vida…

Introduce la cantidad numérica a extraer en la interfaz del cajero. Éste te pide confirmación antes de sacar una suma tan significativa de golpe. De todas maneras, no será un peso muy arduo: la moneda de este país permite sacar cantidades relativamente altas de dinero en tan sólo unos pocos pero valiosísimos billetes. Por fin, se muerde nuestro individuo el labio inferior. Sólo tengo que apretar a <<Aceptar>>…

El ruido, las luces, el sonido atronador de las calles; la multitud, la fiesta, los tambores, los comercios que empiezan a cerrar; la vida, la muerte, gente que se despierta y gente que se marcha a dormir… Ahora, en este momento, parece como si toda su vida, todas sus experiencias, las canciones que ha bailado, los lugares de los que ha oído hablar y que nunca ha visto, se hayan ido a concentrar allá… Sólo tiene que accionar el botón…

Y de repente, no ve nada. ¿Cómo es esto?¿Quién ha obrado este maléfico milagro?¿Es que he quedado ciego?

–¡No veo… No veo…!–balbucea. Y de repente, se da cuenta, de que no es él. De que le ha ocurrido a todo el mundo.

–¿Qué pasa?¡No veo nada!.

–¡Ey, ten cuidado!¡Que eso con lo que estás tropezando es conmigo!

–¡Qué siga la fiesta, hermano!

–Ahora os jodéis –grita un ciego en una esquina–. Os habéis quedado como yo, hijos de puta.

Nuestro hombre gira en redondo: echa una ojeada a la calle, contempla la otra acera, refugia la mirada en un portal, mientras escucha con estruendo los bocinazos de los coches, y el sonido de algún “crash” entre sendos cuartos delanteros de un par de autos. Y entonces se da cuenta de que goza de una visión de la que no ha disfrutado jamás, porque contempla por primera vez esta esquina (la cual ha visitado de modo tan habitual en los últimos tiempos) desde una perspectiva nueva… sin luz. Hasta puede divisar mejor las estrellas.

Apenas ha bastado un segundo, comentan los transeúntes: parpadearon un poco, un instante, y entonces, de repente, el mundo al completo se fundió.

–¡Se han ido las luces!–gritan varios al unísono, como si fueran los únicos que se han dado cuenta.

Se ha producido un apagón.

El hombre vuelve la vista hacia el cajero.

La pantalla está en negro. La tarjeta se ha quedado dentro.

CONTINUARÁ...

lunes, 9 de octubre de 2023

El podcast de octubre. Alcohol: hemos venido a emborracharnos, el Gato de Hubble nos da igual

Traemos nuevo episodio del podcast El Gato de Hubble, donde hablamos de la historia, curiosidades y problemáticas en torno al alcohol, una bebida que, a pesar de todos los inconvenientes que nos causa, en buena medida ha definido al ser humano. Como siempre, hemos tratado muchos y muy variados temas, y siempre se nos queda alguno en el tintero, como cuando el creador de la epidemiología John Snow descubrió descubrió que la gente que sólo bebía alcohol estaba protegida de la epidemia de cólera, o cómo la cerveza Guinness está íntimamente asociada a un parámetro indispensable para la ciencia estadística. Espero que lo disfrutéis y, recordad: la mejor cantidad de alcohol siempre es cero, pero, si lo vais a tomar, consumidlo con moderación. Un abrazo

lunes, 2 de octubre de 2023

El libro de octubre: "Tierra arrasada", de Alfredo González Ruibal


"Tierra arrasada", de Alfredo González Ruibal (@guerraenlauni para los que le conocen en Twitter) da lo que promete: hectómetros cuadrados y cúbicos de terreno maltratado por la guerra. A través del tiempo, el espacio en dos dimensiones, pero también en tres, porque si por algo se caracteriza este texto es porque no habla de los conflictos armados utilizando como principal referencia las fuentes históricas, sino, sobre todo, a través de los descubrimientos arqueológicos. El autor nos desgrana una historia alternativa del planeta Tierra, a través sobre todo de sus enfrentamientos más olvidados: desde las batallas campales de determinados momentos de la era prehistórica hasta la violencia inusitada de la Guerra de los Treinta Años, de las luchas de los nativos americanos entre sí y con los colonizadores (o entre estos últimos) hasta contiendas desconocidas en África. Nos menciona restos biológicos que señalizan masacres que ocurrieron en ciertos puntos, pero que también demuestran las relaciones familiares o de cercanía entre víctimas, asesinos y enterradores. Entre otros aspectos, el libro centra su atención en objetos los cuales revelan información que la historiografía oficial había olvidado, pero que asimismo reflejan la cotidianidad de la vida de las personas que fallecieron bajo sucesivas olas de violencia. Además, detalla a fondo la transformación del paisaje como consecuencia de la guerra, y por supuesto las causas y las consecuencias materiales de la misma, especialmente en lo que se refiere a la ritualización, tecnificación e industrialización del acto de matar a otros hombres. González Ruibal trata todos estos temas (por supuesto, imposible abarcar todos; se centra en algunos para extraer conclusiones tanto generales como particulares: uno de los temas que ignora ex profeso es el de la guerra civil española) desde la perspectiva de las distintas culturas, razas y géneros, y lo hace, sobre todo, con una humanidad que impregna cada una de las fosas comunes que va destapando, sin dejar que la abundante documentación y el rigor científico empañen el significado real de lo que encontramos en cada estrato. En definitiva, es un libro interesante y ameno, que os proporcionará muchísimos detalles sobre conflictos conocidos y por descubrir, pero que también aportará perspectivas diferentes a la historia del hombre, la cual se ha definido, entre otras cosas, por aquellas ocasiones en que se ha pegado contra su vecino. Aunque sin duda uno de los propósitos principales de este libro es que, al averiguar más acerca la guerra, lleguemos a desmitificarla, y no tengamos que escribir sobre ninguna contienda nueva nunca más.