lunes, 25 de mayo de 2020

El relato de mayo: "El precio de un hombre"


Ahora que en parece que en nuestro entorno (al menos, para algunos) ha pasado lo peor de la COVID, muestro este cuento relacionado con los primeros momentos de la crisis , y que no quería exponer a la luz pública mientras aún nos hallábamos en el centro de la vorágine. Espero que hayáis atravesado este vendaval de la mejor manera posible, y que hayáis aterrizado de pie, dentro de las alternativas que hemos tenido. A los que aún se hallen en el proceso, deseo que se os haga llevadero y no os afecte demasiado. Y a todos, que aprendamos de ésta, como debemos hacerlo de cualquier hecho. Por lo demás, aquí el relato. Un saludo.

El precio de un hombre

                En un país real, un fragmento de vídeo dejó estremecidos a los espectadores. Un anciano, que hasta entonces trabajaba bajo el amparo de la economía sumergida, se había quedado sin ingresos debido la cuarentena de la COVID-19. El señor mostró las imágenes de su nieto devorando una tostada untada con Nutella. Advirtió: “Tenemos solamente para llegar a final de mes. Después, se acaba. El día que mi nieto no pueda desayunar, empezamos la revolución”.
                En una realidad alternativa, en un país imaginario, al día siguiente de ocurrir esto, este mismo hombre recibió una visita en el descansillo frente al ascensor. Mantuvieron las distancias recomendadas de seguridad pero, a pesar de las renuencias del ocupante de la casa, el visitante insistió en que no había posibilidad de tratar este asunto de otra manera, ya que “estas cosas no se pueden hacer por teléfono”. De hecho, a pesar de la distancia, mantuvo un tono de voz tan bajo que nuestro hombre, con una leve sordera de oído, tuvo que hacer ímprobos esfuerzos para escucharle. A la conversación no ayudó el hecho de que de vez en cuando pasaban vecinos tan tapados como si fueran a asaltar la diligencia de las tres de la tarde en Wichita.
                -Yo tengo la solución a sus problemas de dinero. Necesito que elimine a un hombre -en realidad empleó un lenguaje más retorcido para exponer esta opción pero, por economía de recursos, nos saltaremos los circunloquios.
                -Ya. Entiendo. ¿No tienen ustedes a gente para eso? Ya sabe, profesionales…
                -Ahora mismo, resulta difícil conseguirlos. Les cuesta viajar… Y, también, muchos han decidido que ahora no es un buen momento para trabajar. Que por ahora es mejor vivir de los ahorros, argumentan.
                -De acuerdo. ¿Cuánto me pagarían?
                -No menos de…. -no vamos a decir cuánto, ni en qué unidades. Se trata de un país imaginario, no lo olvidemos.
                -Y tampoco mucho más de eso, deduzco. Oiga, no conozco las tarifas para esta clase de asuntos, pero esa cifra me parece un robo para un encargo como éste.
                -Si le sirve de consuelo, el delito que va usted a cometer es bastante peor que el robo.
                -Bien apuntado. Aun así,  suena a poco por eliminar la vida del hombre.
                -El mercado está como está. Mandaba entonces, y ahora manda más. Usted necesita el dinero, ¿no?
                -Por supuesto, el mercado. O la ley del más fuerte, si prefiere denominarlo. ¿Y qué se supone que les ha hecho ese buen señor?
                -Es un inspector que quiere prohibirnos que vendamos al mejor postor las mascarillas que tenemos fabricando a la misma gente que antes nos cosía los vestidos para la industria de la moda. Respetando la distancia de seguridad, claro -aclaró el hombre, muy digno-. El tipo quiere que las destinemos a los sanitarios y a la gente vulnerable, el muy imbécil.
                -En lugar de…
                -En lugar de venderlas por un precio razonable…
                -Hombre, conociendo como suele funcionar esto, razonable, razonable…
                -Vale, cincuenta veces más de lo habitual, pero ya se sabe, es el mercado…
-O sea, que quiere que se las deis a quien las necesita, en lugar de a quien pueda pagarlas. Suena hasta lógico.
-Mira, no me quiero meter en cuestiones filosóficas. Nosotros sólo estamos intentando hacer un buen negocio. Es bastante menos grave de lo que vale lo que vas a hacer tú.
                -Os aprovecháis demasiado de la gente.
                -Ni mucho menos. Justo al contrario. ¿No lo has oído? Estamos repartiendo comida entre los del barrio.
                -Estáis distribuyendo las migajas, a cambio de aseguraros la lealtad de la población para que os proteja de la policía. No les dais ni una fracción de lo que os hacen ganar al tolerar vuestros negocios.
                -Inversión empresarial. Somos muy buenos en eso. Como en este caso: yo te pago algo y tu actividad a cambio me proporciona más dinero a mí. Te lo dije, es la ley elemental del mercado.
                -Oye, ¿y no tienes miedo de que me detenga la policía y revele esta conversación que estamos manteniendo?
                -¿La policía? Ahora mismo está a mil cosas. Con un poco de discreción, no se enterarán de nada. De los vecinos, podemos confiar en el silencio habitual. Pero incluso en dicho caso… bueno, si te encierran, puedo garantizar que le llegue la Nutella a tu nieto. Pero si no lo haces, no sé de dónde vas a sacar el dinero…
                El anciano arrugó el ceño, pero tampoco podía replicar mucho. Al final, la lógica de los hechos (o de lo que los hechos le permitían, chantajes mediante) era implacable. El hombre asintió y consintió en llevar a cabo el trabajo que le encomendaban. Recibió la dirección del tipo en cuestión, y se comprometió a llevar a cabo aquel cometido.
                Esa misma tarde, el hombre salió. Iba tapado con un pañuelo hasta casi los ojos. Pasó por el comercio de la esquina a comprar el pan. Así tenía la coartada adecuada. Iba paseando por calles desiertas, pero ni mucho menos vacías. Por un lado, se escuchaba música abundante desde los balcones. Por otro, se tropezaba cestas de mimbre conectadas por una cuerda a los balcones superiores, donde la gente donaba de forma altruista comida a ancianos a los que les costaba mucho salir de casa. El hombre echó un vistazo general al barrio. Se preocupaba especialmente por las prostitutas y otros trabajadores en negro, cuyos ingresos se habían detenido abruptamente. Además, se producían otras consecuencias colaterales. Hubo un momento determinado, unos cuantos años antes, en que, por un evento especial en la ciudad, las prostitutas fueron expulsadas del barrio y llevadas a las afueras, para no incomodar a los turistas. Entonces se descubrió que muchos jubilados estaban muriendo solos en sus casas porque las meretrices eran las únicas que se daban cuenta, cuando los viejos clientes faltaban a su cita semanal, de que les había pasado algo, y avisaban a la policía, el hospital o los servicios sociales. Ahora, se preguntó qué estaba ocurriendo con esos mismos ancianos, ya que ese tipo de actividades estaban prohibidas. El hombre también contempló otras escenas entre delirantes y risibles: un sacerdote imponiendo bendiciones; unos cuantos que era evidente que habían comprado bolsas de repartidor de segunda mano, para así tener una excusa que les permitiera salir a la calle a hacer sus negocios particulares; una pareja de amantes, ambos desnudos, que estaban aprovechando la escasa afluencia de público por la calle para retozar de manera impúdica encima de una estatua de bronce. Observó con alivio que los supermercados habían empezado a reforzar su seguridad para que no ocurrieran los asaltos multitudinarios que habían tenido lugar la semana anterior, pero también descorazonado cómo los objetivos de estos ataques habían evolucionado hacia las personas que salían con el carro de la compra, y que eran desvalijados a pocos metros del local de donde había salido. El contraste de esta situación con la existencia de buenos samaritanos que depositaban comida en las cestas de mimbre, a tan sólo unos metros, le hizo a nuestro protagonista pensar que entre lo mejor y lo peor del ser humano reside muy poca distancia, la que nosotros nos empeñemos en proporcionarle.
                Siguió caminando, atento a que su itinerario pasara cerca de lugares donde se hallaban abiertos establecimientos de alimentación, para que así su coartada se sostuviese. Dos individuos andaban recriminándose Dios sabe qué agravios y lanzándose improperios de balcón a balcón, amenazando con bajar y pegarse si tuvieran la opción, porque si no estuvieran confinados, ay, te ibas a enterar si no estuviéramos confinados. Empezaba a acercarse la hora de aplaudir y cantar desde los balcones. El anciano observaba cómo algunos y algunas se habían ido acicalando con el paso de los días, conforme observaban y eran observados por las personas frente a las que realizaban los cantos y homenajes, al otro lado de la calle. El amor, se dijo el hombre recordando su juventud, que, a pesar de las dificultades, siempre triunfa…
                Por fin llegó al edificio. Ascendió con precaución las escaleras, tratando de no coincidir con nadie.
                Tocó al timbre. Su víctima abrió la puerta sin miedo, después de inspeccionar por la mirilla:
                -¿Tú qué haces aquí?¿No se supone que tenías que estar ocupándote de lo que te encar…?
                No pudo terminar la frase porque el cuchillo ya se había clavado a fondo en su garganta. La mascarilla que se había puesto difícilmente le podía proteger ahora. El anciano caminó encima de su cuerpo, sin fijarse demasiado en los últimos estertores, para entrar en el interior del domicilio. Lo registró con cierto denuedo. Salió con una caja enorme en una mano, y una mochila llena a la espalda. La caja la dejó en la acera, abierta, para que todos pudieran adivinar su contenido. La mochila la llevó caminando hasta el centro de salud más cercano. El contenido era el mismo, claro, pero eso los médicos no podían saberlo.
                -Muchas gracias por tantas mascarillas -estaba claro que preferían no preguntar de dónde las había sacado. A caballo regalado... Menos mal que el anciano se había esforzado mucho en que no cayera, cerca de él mismo, ninguna incriminatoria mancha de sangre-. ¿Hay algo que podamos hacer para ayudarlo?
                -Mire, si pudieran regalarme algo de pan de molde, y unos botes de Nutella…
                Fue una enfermera la que le cedió una bolsa que, aparte de lo solicitado, contenía unos cuantos tipos de alimentos más, incluyendo productos frescos, o algunos que eran más convenientes o más sanos que la Nutella para la alimentación de un niño. La enfermera le deseó mucha suerte:
                -¿Qué es lo que va a hacer ahora?
                El hombre suspiró.
                -Vivir, vivir, si no, ¿qué otra cosa? He sobrevivido a muchas tragedias, tengo gente por la que luchar y, cuando tenga cien años, la situación no será muy distinta. Algún día perderé la batalla, por supuesto… Pero ser el único que saliera victorioso del duelo contra la Vieja Dama no sería justo, después de todo.
                El anciano se marchó. Cuando llegó a casa, su nieto, lozano y ajeno a todo, aplaudió alegre al ver entrar un nuevo bote de Nutella en la despensa.

lunes, 18 de mayo de 2020

La historia corta de mayo: "Espinilla"


-¡Déjame quitarte la espinilla!
-¡No!-protestó el marido-. ¡Esa espinilla no!¡Esta vez va en serio!¡Te lo aseguro!¡Si me la arrancas, me sucederá algo terrible!
-¡Quita, quita!¡Exagerado!
La mujer depositó las uñas alrededor de la pústula infecta y tiró. Entonces, para su sorpresa, comenzó a salir agua. Salió tanta y con tanta profusión, que se le inundó el salón. Pero lo más extraordinario del todo sucedió con su marido: se empezó a deshinchar como un odre, arrugándose y volviéndose más pequeño cada vez. Al final la mujer se quedó con la piel en la mano, como una especie de toalla de mano gastada y, lo peor de todo, sin saber qué hacer con ella.

sábado, 9 de mayo de 2020

El podcast de mayo. Tercera entrega de "El Gato de Hubble" sobre la COVID: <<"Desescalando", que es gerundio y no existe>>



Si en una anterior entrega del podcast de "El Gato de Hubble" estuvimos haciendo predicciones sobre el apaciguamiento/la mitigación/la amortiguación del confinamiento (o, como hemos decidido denominarla todo el mundo, "la desescalada"), éste ya ha empezado en España, poco a poco y por zonas, y ha sido uno de los temas de los que más hemos hablado en el tercer podcast dedicado a la COVID. De hecho, enumeramos las nuevas normativas acerca de los paseos y sobre lo que implican las fases, lo cual os pude ser instructivo para los que el lunes pasáis a Fase 1, y para continuar elaborando planes a los que aún seguimos en Fase 0. Pero también hemos comentado algunos de los últimos descubrimientos científicos sobre el nuevo coronavirus y su modo de actuación, los tratamientos que se están probando ahora mismo para aminorar sus efectos, los métodos que centros de investigación extranjeros están siguiendo para localizar infectados, las consecuencias que está teniendo la epidemia a la escala económica, y cómo todos estos acontecimientos van a modular nuestras vidas. Junto con un servidor, se hallaban cuatro mentes tan agudas como bien informadas, que eran las de Daniel, Adrián, Almudena y Jorge (el equipo habitual al completo de "El Gato de Hubble", reunido al fin), y, como es habitual, aparte de datos que creemos que os pueden ser útiles, intentamos aportar bibliografía interesante no sólo para aprender sino para entreteneros y, como ya parece una nueva tradición, hicimos una porra (en este caso, ¿habrá repunte de la epidemia?) que, más allá del hecho de acertar o no, pretende desdramatizar un poco y también obligarnos a pensar por dónde pueden ir en el futuro los tiros. Sin más preámbulos, os dejo con el enlace al podcast: 

https://www.ivoox.com/egdh-s04e03-covid-19-desescalando-es-gerundio-audios-mp3_rf_50876420_1.html

Nos oímos, nos hablamos, nos leemos. En un futuro, seguro, nos abrazamos. Un saludo.

lunes, 4 de mayo de 2020

Los libros de mayo: misioneros, antropólogos y corresponsales. Unos cuantos libros sobre viajeros

-"Dios, el diablo y la aventura". En esta obra, el escritor de viaje Javier Reverte se adentra en el terreno histórico para descubrirnos la figura de Pedro Páez, un sacerdote español (aunque con fuertes conexiones con Portugal), perteneciente de la Compañía de Jesús, que vivió a caballo entre los siglos XVI y XVII y que marchó para difundir el cristianismo en Etiopía. Javier Reverte aprovecha para explicarnos los objetivos e historia de la enigmática Compañía Jesús, la compleja situación geopolítica de aquel tiempo y el arriesgado papel de los misioneros en regiones exóticas pero, sobre todo, la sorprendente biografía de Pedro Páez, quien se adentró en un territorio sobre el que en Occidente no se conocía casi nada salvo leyendas (documentando además sus viajes de una manera fidedigna y rigurosa) y fue además el primer europeo que avistó las fuentes del Nilo Azul, aunque el inglés Burke intentara arrebatarle el mérito.

-"Una plaga de orugas". Segunda parte de "El antropólogo inocente", un libro del que ya hablamos en otro post. En esta nueva entrega, nuestro sarcástico, intrépido y aturullado antropólogo vuelve a África, esta vez más maduro y curtido, y los lugareños le recompensan su retorno mostrándose más sinceros y vacilándole con menor frecuencia. Eso sí, los equívocos y las situaciones absurdas y enrevesadas siguen sucediéndose a manos llenas. No tan chocante como la primera parte, por supuesto, aunque casi igual de divertido.

-"Todas las historias y un epílogo", de Enric González. Muchos conocéis a este periodista que, con nómina de "El País", fue corresponsal en el extranjero durante muchos años en varias grandes capitales del mundo. Su estancia en tres de ellas fueron reflejadas en sus correspondientes volúmenes de "Historias" ("Historias de Londres", "Historias de Nueva York", "Historias de Roma"), ahora reunidas, sólo levemente modificadas y con un epílogo redactado desde Jerusalén. Enric González escribe con la mirada despreocupada de quien pasea ocioso por la ciudad, preguntándose por sus pedacitos de Historia, por sus personajes urbanos, por la forma en que se entremezcla lo personal y lo profesional, y por los relatos curiosos, tanto antiguos como modernos, que albergan cada rinconcito y esquina. Una buena guía de viaje tanto para los que ya han disfrutado de esas ciudades como quienes aspiran a hacerlo en un futuro que, por muy lejos que se nos antoje, tranquilos, siempre acaba por llegar. Nos vemos en él. Hasta muy pronto.

jueves, 23 de abril de 2020

El podcast de abril: COVID, predicción, y otros virus del montón.

Imagen de la cubierta del virus SARS-CoV-2, causante de la enfermedad conocida como COVID-19, tal y como la ha elaborado el CDC (Control Disease Center, o Centro de control de enfermedades estadounidense). Extraída de Wikicommons.

Las noticias se suceden a toda velocidad. Lo que ayer sabíamos, hoy queda desactualizado antes casi de que podamos discutirlo, pero como en estos momentos de incertidumbre necesitamos la información como el comer, los que tenemos cierta base científica estamos intentando recopilar los datos que nos llegan sobre el nuevo coronavirus y transmitírosla del medio más sencillo y provechoso posible. Hace unos cuantos días, el programa de Radio Gul "El Gato de Hubble", que en su día ya habló de infecciones emergentes (incluyendo el SARS) en un podcast en el que yo mismo participé, se reactivó para discutir lo que hasta el momento se sabía de la COVID-19, durante una charla que resultó muy interesante. Pero como decía, toda información se queda retrasada al cambio de poco tiempo, así que 10 días después se montó otro podcast en el que tuve la ocasión de intervenir junto con tres fantásticos compañeros no sólo sabios sino además majísimos, y en el que hablamos de asuntos apasionantes como las tácticas de confinamiento en otros países, los sistemas tecnológicos de control ciudadano, quién se está saltando las normativas, las posibilidades de reinfección, las medidas que se están poniendo en marcha en los hospitales para mejorar el tratamiento de los pacientes, e hicimos (con el mejor humor del que se puede hacer gala, dadas las circunstancias) una porra sobre cómo y cuándo empezará a modificarse en España el confinamiento. Os presento aquí el programa, que está en Ivoox y al que podéis acceder también a través del Twitter del @gatohubble. Éste es el enlace concreto: 

https://www.ivoox.com/egdh-s04e02-covid-19-parte-2-audios-mp3_rf_50176368_1.html

Y, por otro lado, deciros desde el principio que probablemente éste no será el último podcast que hagamos sobre el tema, vista la rapidez con la que evoluciona el panorama científico respecto al virus y sus consecuencias, y que con casi total seguridad dejarán como erróneas buena parte de nuestras previsiones y aclararán (o embrollarán más todavía) algunas de las hipótesis que en su día enunciamos. Mientras tanto, nos seguimos informando, nos hablamos y nos leemos. Seguimos en contacto.

lunes, 20 de abril de 2020

El relato de abril: "El último encuentro"

El último encuentro

El neandertal se refugió en la cueva, huyendo de sus perseguidores.
Primero se cercioró de que adentro no había vida, no fuera que tuviera que salir por piernas. Luego, cuando estuvo seguro de que en la gruta no había nadie más, se permitió el lujo de estudiarse la herida, por primera vez en toda la persecución. Palpó la sangre: tenía un feo aspecto. Todavía rezumaba líquido, y lo peor era que, con el paso de los días, había pasado de rojizo a adquirir una tonalidad verdosa bastante preocupante. Pero eso tampoco le aportaba ninguna información adicional: el neandertal ya sentía, por el dolor en el costado, que aquello no pintaba bien, y el cansancio de la carrera continua, en su huida de los cazadores, no estaba contribuyendo a mejorarlo. Las imágenes enloquecidas de los rostros de sus perseguidores acudieron en ráfaga a su mente, como en una visión de trance. ¿Por qué le odiaban tanto?, se preguntaba el neandertal, abrumado, sin saber todavía cómo asimilarlo. ¿Por qué esas miradas enardecidas, como si quisieran despedazarlo a zarpazos; como si pretendieran arrancarle el corazón con sus propios dientes? “Pero si no lo hacen ellos”, se dijo a sí mismo, “lo harán sus lobos amaestrados”, resumió. Y con ese descorazonador pensamiento se tumbó sobre las rocas, buscando un momento de alivio para descansar. Sólo cuando quedó definitivamente en posición horizontal, se dio cuenta de golpe de lo cansado que estaba. Y supo en esos momentos que iba a morir.
Fallecer, sin embargo, a esas alturas, poco le preocupaba. Le dolían más otras cosas. Se había quedado solo. Había huido durante semanas buscando algún congénere, bosque tras bosque, escondrijo tras escondrijo, sin encontrar nada. Por delante de sus ojos pasaron todos los compañeros que habían ido desapareciendo, bien por enfermedad, bien por esa especie implacable que se denominaba a ella misma “humanidad”. Primero se habían quedado atrás los heridos y los ancianos, y luego, de manera paulatina, mujeres, niños y hasta los mejores guerreros. El neandertal había sorteado el peligro hasta entonces, pero parecía que su suerte había llegado a su fin. Éste era el ocaso de todo, se dijo. Había llegado el momento de asumirlo: ellos habían ganado. Los neandertales no existirían más. Quizás, en este sentido, eso era lo que más lamentaba. Antes, el narrador de su tribu les relataba, en torno a un fuego, los orígenes de su estirpe y los acontecimientos que habían surgido, de generación en generación, hasta convertirles en lo que eran. Pero ya no había narrador: se lo llevó la muerte negra. Ni habría gente a la que contárselo. No habría nada. Simplemente vacío y (como empezaba a vislumbrar él también ahora, conforme la fiebre se apoderaba de él) una eterna oscuridad.
Sin embargo, un ruido le hizo salir del estado de letargo inminente, y asió su lanza, dispuesto a vender caro su pellejo en una última ocasión. No obstante, lo que se distinguió entre las sombras le sorprendió. Lejos de los cazadores, allí había otra persona distinta. Era una mujer. Una hembra humana.
El neandertal la miró, sin duda con la misma sorpresa con que lo estaba haciendo ella, aunque al neandertal se le hacía difícil interpretar las emociones en las caras humanas: eran todas tan iguales… Aquella hembra, en concreto, le resultaba especialmente desagradable por poseer unas facciones en su rostro tan alejadas de las suyas, pese a que, para los parámetros de su especie, aquella chica hubiera sido considerada bella. El neandertal, sin embargo, más que en su posible fealdad o no, pensaba en otra cosa: y es que si esa chica daba un grito, y los hombres de su tribu se acercaban, estaba muerto. Su vida –o lo poco que quedaba de la misma- dependía de ella. Ahora mismo, no importaba nada más.
La joven, por otro lado, se encontraba todavía en estado de shock. Había entrado a aquel lugar, su refugio secreto, adonde acudía para refugiarse de los enfados con los obcecados machos de su clan (o de las ruinosas intrigas de las hembras), y se encontraba allí a este individuo, el cual, obviamente, no era de los suyos. La mujer, de unos dieciséis años -por tanto, ya una adulta de pleno derecho desde hacía tiempo-, nunca había visto a un ejemplar de la otra especie tan cerca, pero aun así lo reconoció. Los hombres de la tribu hablaban de ellos con frecuencia, resaltaban sus grotescas cualidades (sus grandes cejas, su mandíbula tosca, todas aquellas cosas que a la chica le resultaban en este momento tan repulsivas), y hablaban constantemente del “día del exterminio”, que ya se encontraba próximo, en el que no los volverían a ver más. Hasta entonces, la chica sólo los había contemplado de vez en cuando, de modo furtivo, huyendo entre los árboles y las sombras. Apenas había alcanzado a ver un pie suelto, una cabellera aislada al viento. Nunca se había imaginado encontrarse cara a cara con uno… y mucho menos sola, sin nadie que la pudiera rescatar.
Pero la chica se dio pronto cuenta de que no iba a necesitar ser salvada. El aspecto de la herida del costado del neandertal era suficiente explicación, sin necesidad ningún sonido por parte del individuo para interpretarla. La chica supo entonces que aquel era el ejemplar que los hombres de la tribu llevaban buscando tanto tiempo, el animal esquivo que había desmontado sus trampas una y otra vez… El único que se había visto por aquella zona en mucho tiempo; y, allá donde habían viajado, en las migraciones de los últimos meses, daba la impresión de que tampoco se avistaban demasiados. ¿Sería éste, quizás, el mítico último neandertal?¿Aquel cuyo fallecimiento, a manos de los cazadores -cuyo olor, y el de sus perros, llegaba de manera nítida a la cueva-, significaría “el día del exterminio”, la victoria definitiva, la solución final? Y de todas las personas con las que cabía la opción de toparse –el neandertal podría haber asaltado el campamento humano en un último y suicida gesto; o pasar sus últimos minutos en compañía de las tumbas de sus antepasados-, ¿le iba a tocar precisamente a ella?
La mujer dudó. El neandertal no había tratado de emitir palabra alguna (como todo el mundo sabía, los neandertales sólo sabían producir sonidos guturales e incomprensibles, nada remotamente similar al lenguaje; también el mismo conocimiento, de los humanos, eran sabedores los neandertales). No obstante, su consternada mirada, alternante entre la figura de la mujer y el exterior de la cueva, venía a reflejar una especie de súplica de piedad. Algo que, como bien uno sabe, no puedes aspirar a lograr de un cerval enemigo. La mujer intuyó que aquello duraría poco: los sabuesos tardarían poco en localizar el rastro, y entonces darían muerte al individuo en la cueva, sin concederle ninguna oportunidad. El neandertal –incluso sin la herida- era ya un cadáver, tan cierto como si los gusanos lo estuvieran devorando allí mismo. Él lo sabía; ella lo sabía. Llamara a sus congéneres a gritos o no, ambos eran conscientes de qué iba a pasar. Sin embargo, y sin él pedir nada de manera explícita (porque nada esperaba), ni saber ella conscientemente qué podía darle, sí que tenían ambos la sensación de que algo debía hacerse. Un sentimiento de que éste no podía ser el final; que existía aún un paso que había de producirse a continuación.
Ambos se quedaron mirando. Y de repente, allí, quietos, parados, les dio la impresión de que todas las cosas que habían escuchado siempre de “los otros” no eran tan ciertas: él no era un ser salvaje, un gigante monstruoso, cuya única intención sería matarla de un garrotazo; ella no era una arpía demoníaca que consideraría como primera opción causarle mal. Parecían ambos tan perdidos y despistados como el otro y, en el caso del hombre, y a pesar de sus músculos y su lanza, de esas manos que parecía que podrían aplastarle la cabeza como si se tratara de una nuez blanda, éste transmitía una imagen de vulnerabilidad que no podía soslayarse. A ella le producía una ambivalente emoción el hecho de que aquel épico enfrentamiento se evaporara: de un lado se librarían de sus denostados enemigos, pero por otro, ¿les habían hecho tanto daño? Ella recordaba que durante la mayor parte de su vida, habían sido más las batallas que los hombres (los que aún no se llamaban a sí mismos Homo sapiens) habían ganado. Y, por otra parte, todo lo que los neandertales pudieran tener de útil, de bello, de hermoso, de las cosas que los hombres mismos no tenían, de los logros que ni siquiera conscientes que los neandertales habían alcanzado, iba a desaparecer de golpe, allí, en esa cueva, sin más… Y nadie lloraría una lágrima por una especie entera que había desaparecido de la faz de la tierra, por siempre jamás.
En ese momento, como movida por un resorte, la muchacha supo perfectamente lo que debía hacer. Todo su cuerpo se lo dijo. Se acercó hasta el hombre y, con mucho cuidado, procurando no hacerle daño en la herida conforme se apoyaba sobre su cuerpo, levantó el escueto taparrabos que cubría parte de sus caderas, y permitió que su sexo se aproximara a la zona del miembro viril del macho. Al principio el neandertal parecía confuso, pero no tenía muchas fuerzas para resistirse, y pronto además comprendió lo que pretendía la muchacha. Allí ella comprobó la máxima (que ya había constatado con los humanos) de que pocos machos en cualquier estado, cansados, con sueño, heridos, o casi muertos, son capaces de resistirse cuando una mujer les ofrece de cerca su particular cuna de la vida. La chica comenzó a balancearse suavemente. Con mucha delicadeza, ambos organismos quedaron encajados e iniciaron con delicadeza el arte de amar.
La chica lo visualizó: se quedaría embarazada, podía sentir ya prenderse el brote en las entrañas. Tendría un hijo. El hijo se parecería a su padre, lo suficiente para notarse distinto, pero no tanto para nadie llegara a dudar que era humano. Crecería, haría el amor con hembras humanas, y también tendría hijos. Sobrevivirían los mejores, los más fuertes, los que hubieran heredado lo mejor de los humanos, y también lo mejor de los neandertales. Él sería distinto. Todos seríamos distintos. El agua pura, que cuando toca cualquier cosa deja de serlo, adquiriría el justo punto de sal para convertirse en mar.
El pensar en todo eso llenó a la muchacha de un gozo y un fulgor que la hizo prenderse como una llamarada en mitad del fuego. En el último tramo, aquel pensamiento la arrastró más y más. Durante un segundo –muy breve, pero muy intenso-, creyó ver hasta atractivo a aquel individuo, y entonces la actividad sufrió una súbita deceleración y volvieron al movimiento suave, el de la tranquilidad y el reposo que proporciona el gozar.
El orgasmo llegó tan sólo unos segundos después de que su semilla la inundara por completo, y anticipó unos segundos a que él le diera las gracias con una sentida sonrisa. Fue tan sólo cinco minutos antes de que los cazadores penetraran en la cueva ocupada por un solo individuo, ya sin pulso, y una lluvia de flechas atravesara el lugar.


No se conoce a ciencia cierta el motivo por el que desaparecieron los neandertales, aunque las teorías más recientes apuntan a una explicación multifactorial a la que, entre otros aspectos, contribuiría la mera existencia del Homo sapiens, que ocupaba el mismo nicho ecológicoEstudios científicos han concluido que el cruce entre neandertales y cromagnones (humanos actuales), aunque presente, tuvo lugar tan sólo unas pocas veces, de manera esporádica cada varios miles de años. Las razones pudieron ser múltiples, incluyendo las más sórdidas, como la violación o el abuso. Claro que podemos pensar que, al menos en algunos casos, fue fruto del amor prohibido, de la compasión o de la solidaridad. Hoy guardamos un pequeño porcentaje de genes neandertales: quizás nos los “comimos”, en el sentido más negativo del término, pero en el más positivo también. Tal vez los destruimos pero, en todo caso, también los preservamos. Así que no debemos hablar del neandertal en tercera persona: existe, de manera indeleble, un poco de neandertal en ti. Y eso nadie nunca se (nos) lo podrán quitar.

lunes, 13 de abril de 2020

La historia real y las recomendaciones de abril. Historias de gamba-mantis.

Muchos habréis leído los descacharrantes cómics de The Oatmeal (si no los conocíais, éste es un buen momento para iniciaros). En concreto, si todavía no lo habéis leído, os encarezco a que abráis esta desopilante página acerca del que probablemente va a convertirse en vuestro animal favorito a partir de ahora: la gamba-mantis.

Pero es que vuestra sorpresa va a ser mayor (al menos, la mía lo fue) cuando me encontré un párrafo apasionante sobre el mismo tema, cómo no, en una obra de Terry Pratchett. Muchos ya conocéis a este autor, creador del universo fantástico del MundoDisco. Pues bien, nuestro buen amigo Terry, junto con los divulgadores científicos Ian Stewart y Jack Cohen, decidió crear un libro titulado "La ciencia en el MundoDisco" (por desgracia, creo que disponible sólo en inglés), en la cual unos inconscientes magos crean de manera casi accidental un nuevo universo... que, casualmente, posee leyes físicas muy similares a las de nuestro particular cosmos, y donde surge un planeta azul, repleto de volcanes, posiblemente habitables... y, para su estupefacción, irreverentemente esférico, cosa que a los habitantes de este terraplanista mundo les resulta chocante.

Por supuesto, el libro (del que más tarde se editarían al menos dos continuaciones) se convierte en una excusa para hablar sobre ciencia, incluyendo temas tales la creación del universo, los planetas, la vida y todo lo demás. En "lo demás" se incluyen también las gambas-mantis. Traduzco una sección del libro:

<<¿Tienen mente los animales? La tienen hasta cierto punto, dependiendo del animal. Incluso los animales más simples pueden tener habilidades mentales sorprendentemente sofisticadas. Uno de los más sorprendentes es una  divertida criatura llamada gamba mantis. 

Es como las gambas que pones dentro de un sándwich y te comes, excepto porque mide unos doce centímetros de largo y es más compleja. Puedes mantener una gamba mantis en un tanque como parte de un ecosistema marino en miniatura. Si lo haces, descubrirás que las gamba mantis causan estragos. Tienden a destruir las cosas -pero también construyen cosas. Una de las cosas que les encanta construir son túneles en los que viven. La gamba mantis es un poco arquitecto y decora la parte frontal de su túnel con piececitas y trozos de cosas -especialmente trozos y piezas de lo que acaba de matar. Trofeos de caza. No le gusta tener un único túnel -se ha descubierto que si tienes un túnel con una sola entrada es más correcto llamarlo "trampa". Así que le gusta tener también una entrada trasera -y más. Para cuando lleva en el tanque unos dos meses ha plagado todo el tanque de túneles y la verás asomando la cabecita por un extremo o por el otro sin haberla visto pasar por medio.

Hace años, Jack solía tener una gamba mantis llamada Dougal. Jack y sus estudiantes descubrieron que podían ponerle rompecabezas a Dougal. Le dieron gambas y salía a atraparlas. Entonces pusieron las gambas en un contenedor de plástico con tapa y, después de un rato, Dougal quitaba la tapa del contenedor y se comía las gambas. Después, pusieron una goma de plástico alrededor de la tapa para sujetar la caja, y Dougal aprendió a quitar la banda y abrir el contenedor para comerse las gambas. Tras un tiempo, si le ponías una gamba sin más casi podías ver a la gamba mantis saliendo y mirarla decepcionada, "No me han dado un rompecabezas. No tiene gracia. ¡No quiero jugar a este juego!", le echaría una larga mirada a la gamba y volvería a su túnel sin cogerla.

A pesar de que no se nos ocurre una manera de probar esto, todo el mundo se queda con la sensación de que la gamba está desarrollando algo parecido a una mente>>.

Conclusión: para cuando nos extingamos, tenemos un claro heredero en la cúspide de la pirámide de la cadena evolutiva. La parte mala es que se gasta tanta mala leche como nosotros.