lunes, 13 de febrero de 2023

La historia real de febrero: La gran redada de gitanos

Nos acordamos -con frecuencia, y con razón- del Holocausto que los nazis intentaron (y casi llegaron a cabo) con los judíos. Nos olvidamos con más facilidad de que las políticas de aniquilación de Hitler alcanzaron también a izquierdistas, homosexuales y gentes de otras etnias, como gitanos (entre estos últimos, el fenómeno se conoció como Samudaripen o Porrajmos). Pero lo que es resulta bastante desconocido para el gran público es que España intentó su propio holocausto, a su manera, con la población autóctona gitana. Fue el suceso que se denominó "La Gran Redada", o Prisión General de Gitanos.

Los gitanos (o calós, como se denominan a ellos mismos, en contraposición con los payos; también se les conoce como romanís) llegaron a España en 1424, procedentes originariamente de la India, y su entrada fue autorizada al año siguiente por un salvoconducto de Alfonso V de Aragón. Su vida nómada les hizo muy diferentes desde el principio del resto de la población, y aunque han aportado (tanto a nivel colectivo como individual) muchas cosas al acerbo de su nueva patria, siempre ha habido problemas de convivencia. El problema surgía cuando algunos decidían que la mejor manera de eliminarlos (o de completar la homogeneidad de los reinos españoles iniciada por los Reyes Católicos con la expulsión de judíos) era, precisamente, erradicar a la cultura minoritaria de la ecuación. Se promulgaron hasta 250 medidas anti-gitanas (reclutamientos a galeras, expulsiones de determinados territorios, normas destinadas a la exclusión social o a que no consiguieran trabajo), algunas de ellas contradictorias, como las que obligaron a los gitanos a residir en ciertos municipios, lo cual conllevó que se trasladaran de localidades donde ya se habían integrado.


Arriba, fotografía de Niña Pastori, quien ejemplifica la contribución de la población gitana (ella tiene madre caló y padre payo) al mundo del flamenco, aunque, poco a poco, podemos encontrar gitanos tan orgullosos de su herencia como partícipes de todos los sectores sociales y profesionales. Abajo, marqués de Ensenada, responsable en buena medida de la Gran Redada.

Sin embargo, el punto álgido llegó durante el reinado de Fernando VI. En ese momento, el Consejo de Castilla (presidido por Vázquez Tablada, obispo de Oviedo) se decidió a acabar con "el problema gitano" de una vez por todas -"solución definitiva", lo denominaron-, y propuso un plan que sería ejecutado por el ministro más relevante de aquel momento, el marqués de Ensenada. La primera opción fue enviarlos como prisioneros a América (el mayor inconveniente era que podían acogerse "a sagrado" en las iglesias, pero el Papa les hizo el favor de revocar ese derecho, el cual siguió funcionando para todos los criminales excepto para los de origen romaní). Sin embargo, al ver que Portugal había intentado una propuesta similar y no le había salido bien, se decidieron a encerrar a todo el pueblo gitano, aislar a las mujeres de los hombres e impedir, en último término, que pudieran reproducirse. En puridad, estamos hablando de una extinción, un exterminio: en aquella época no existía la palabra genocidio, pero la idea no le iba a la zaga, y muchos historiadores la califican con ese término (si bien es verdad que de manera indirecta, porque el plan no era matar a los gitanos para lograrlo). Uno de los detalles graciosos fue que, a pesar de que la idea era abominable, en los documentos oficiales ni siquiera se quería mencionar la palabra "gitano" porque los ideales de la Ilustración veían feo discriminar por raza, así que muchas veces se trató de disfrazar este trato diferencial en base al oficio: esto causaría muchos problemas posteriormente, como veremos.

Hay que reconocer que la estratagema estaba muy bien ideada: se llevó a cabo un recuento minucioso de la población gitana (luego resultó que no era tan exacto como les hubiera gustado). Se planeó que la redada se ejecutara de manera sincrónica por las distintas zonas del territorio en el mismo día y hora (la medianoche del 30 de julio de 1749), y que fuera llevada a cabo por grupos que se organizarían en el máximo secreto. Muchos de los militares que recibieron las órdenes se enteraron de las mismas unas pocas horas antes de llevarlas a cabo, pues venían en sobres escrupulosamente cerrados que debían abrirse de manera simultánea: una vez hecho esto, habría que arreglárselas para localizar a los gitanos y separarlos entre hombres mayores de siete años, y mujeres y niños menores de esta edad (los primeros irían a trabajos forzados en arsenales de la Marina, y l@s segund@s a cárceles, hospicios o fábricas textiles; los niños, cuando crecieran, serían separados de sus madres, aprenderían un oficio y tendrían el mismo destino que sus progenitores). La financiación para organizar todas estas operaciones saldría de requisar los bienes pertenecientes a los gitanos (una idea que sin duda copiaron de la Inquisición, que ya llevaba años funcionando económicamente sobre esa base).

La parte más increíble de esta historia (lo que es raro, cuando hablamos de un plan español) es que todas las instrucciones se cumplieron con eficacia germánica. De hecho, las primeras horas fueron un modelo de planificación que hubiera encandilado a los nazis: hasta hubo poblaciones en las que se cortaron las calles para impedir la huida de cualquier gitano de la localidad. Se calcula que capturaron a unos 9000 calós, que se sumaron a unos 3000 que ya estaban en prisión; sin embargo, como suele decirse, no fueron todos los que eran (algunos gitanos huyeron, muchos porque contaron con ayudas de colaboradores), ni eran todos los que fueron (se asumió que todos los integrantes de determinadas profesiones eran romanís, y la justicia tuvo que dirimir determinados casos). Muchos gitanos se entregaron pacíficamente -no conocían el alcance del plan, y creían que era positivo colaborar con las autoridades-, incluso yendo al encuentro de los soldados, para sorpresa de los mismos (cosa que por ejemplo ocurrió en Vélez-Málaga), y la mayor resistencia tuvo lugar cuando se trató de separar a las familias, en particular a los padres de sus hijos, aunque sí hubo algunos conatos de rebeldía aislados. Por otra parte, hay que decir que muchos calós trataron de acogerse a sagrado (derecho que, como decimos, les había sido astutamente retirado para evitar que tuvieran una salida; eso sí, algunos religiosos les protegieron, a pesar de la prohibición, y las autoridades tuvieron que pasarles por encima); en cuanto a la población paya, su actitud fue variable, y aunque muchos trataron de defender a sus vecinos, otros en cambio fueron colaboradores activos de la Gran Redada, y delatores del pueblo objeto de persecución.

John Philip, que visitó España y recibió la influencia de varios artistas españoles, creó este cuadro (La ventana de prisión) sobre cómo padecía sus desventuras una familia durante la Gran Redada de Gitanos.

Sin embargo, toda la disciplina que habían mantenido las autoridades en esta primera fase de la operación se fue desarbolando a lo largo de las siguientes etapas. No había medios materiales suficientes para mantener encerrados a tal cantidad de gitanos, a pesar de que se habilitaron castillos, alcazabas e incluso barrios enteros -como uno en Málaga- para tal fin. Además, la falta de un registro detallado de los gitanos (muchos de los cuales se habían casado con payos o tenían certificados que les acreditaban como cristianos viejos) complicaba muchísimo las cosas a nivel de los responsables de la administración, la cual por otra parte se hallaba desbordada. En un momento determinado, la confusión era tanta (¿se era gitano según tu etnia o tu profesión?; ¿eras más o menos gitano según el arraigo en tu lugar de procedencia?; ¿se debía tratar igual a un gitano casado con una paya que a una gitana casada con un payo?; al final, en este último caso, la decisión que se adoptó fue que una familia era gitana si lo era el marido) que al final se decidió liberar a unos sí y a otros no, con lo cual el plan inicial empezó a hacer aguas.

No había espacio para tal masa de reclusos: los gobernadores pedían que no se les enviara a más, a pesar de lo cual éstos siguieron llegando. Las condiciones en las que se mantenía a los romanís eran deplorables (incluyendo el uso de grilletes), lo cual llevó a numerosas muertes, fugas y revueltas (éstas incluían burlas a los carceleros; varios grupos de gitanos decidieron hasta rasgarse las ropas y quedarse en cueros, lo cual dejó a sus guardianes descolocados). A pesar de que se ordenó castigar a los huidos con la horca, muchas autoridades locales consideraron desproporcionada la orden y no la cumplieron. En medio de la confusión, no era tan raro que a unos gitanos se les liberara por un lado y se les arrestara más tarde por el otro. Creo recordar que la primera vez que leí esta historia (mi memoria no está segura de si en un texto de Antonio Gómez Alfaro, el gran historiador moderno acerca de este tema, y que escribió un libro al respecto) se hablaba de permisos temporales para salir y hasta de visitas conyugales intermitentes, pero estos extremos no los he podido confirmar; en todo caso, os podéis imaginar el despropósito que era aquello, y el caos organizativo, en contraste con el éxito inicial de la operación.

Por otra parte, la medida, en muchos sentidos, resultó contraproducente: mientras que a los gitanos que tenían una vida más nómada resultó más difícil capturarles (se calcula que hasta 2000 se libraron de las redes que se cernían en torno a ellos), en cambio, a los que tenían un oficio y llevaban toda la vida en la comunidad -en buena medida, reasentados por las leyes anteriores; por eso estaban tan bien localizados- fue fácil atraparles. Sin embargo, su arresto, paradójicamente, fue el que más dañó a las economías locales. Hasta alcaldes y habitantes de sus pueblos pidieron insistentemente que les liberaran; eso, unido a las protestas de la comunidad caló (sobre todo por parte de las mujeres) acabó por forzar a las autoridades a modificar el desenlace final del asunto.

Unos tres meses después de la Redada se decidió liberar a un gran número de gitanos, hasta 5.000, que pudieron, de una manera u otra, demostrar "su honradez" (o sea, que tenían trabajo y arraigo); sin embargo, cuando volvieron, descubrieron que se habían quedado sin propiedades, y que tenían que reiniciar su vida desde el principio, lo cual no debió de apaciguar la conflictividad social. Los 4.000 restantes siguieron trabajando prácticamente como esclavos, siendo liberados poco a poco, hasta que, en 1763, Carlos III, quien había sucedido a Fernando VI (el cual había destituido al marqués de Ensenada hacía mucho), decidió finiquitar aquel dislate, indultar a los pocos cientos que aún quedaban recluidos y que no habían muerto por las malas condiciones de vida, y terminar con todo lo que le recordaba que aquella fallida operación había existido -Carlos III, incluso, decidió omitir explícitamente el suceso en legislaciones posteriores; según decía, porque dejaba en mal lugar a su antecesor Fernando VI-. Aun así, el problema logístico de la reubicación prolongó las trabas burocráticas dos años más, hasta que el rey ordenó liberar de manera inmediata a todos los gitanos que quedaba presos.

Aquel suceso dejó una huella indeleble en el pueblo romani; algunos de los que habían podido acreditar su honradez, para intentar evitar que les volvieran a arrestar, decidieron mimetizarse con el entorno y formar cofradías (como hicieron muchos conversos ante el empuje de la Santa Inquisición, o grupos de izquierdistas tras el triunfo de Franco); otros recitaron y cantaron el sufrimiento padecido, y algunos autores ubican allí el origen del quejío flamenco. Ni qué decir tiene que las relaciones con la comunidad paya quedaron indisolublemente dañadas; no es fácil llevarse bien con un pueblo a cuyo rey (Fernando VI) le dedicas canciones infantiles que cuentan lo mal que se ha portado con los tuyos. Eso, por no decir de la desconfianza que se generó entre el pueblo gitano y los valores de la Ilustración, así como con la comunidad paya. Muchas de esas cicatrices siguen supurando hoy en día. En cambio, en la historiografía española, al suceso, por bochornoso, se le dedicó escasa investigación y recuerdo; sólo unos pocos historiadores especialistas en el pueblo gitano han conseguido airear lo suficiente el asunto, que sigue siendo desconocido para la mayoría.

Hoy en día, todavía se hacen conmemoraciones de aquel acontecimiento nefasto para las dos etnias implicadas, sobre todo por parte de la comunidad romaní. Recientemente, el entonces vicepresidente Pablo Iglesias pidió perdón de manera oficial a los gitanos residentes en España, en nombre del gobierno, por los daños producidos por la Gran Redada. Pero lo que nadie puede asegurar es que sucesos como aquellos no vuelven a repetirse, sobre todo si no los recordamos. Desde este humilde blog, espero haber contribuido, con mi granito de arena, a solucionar esta amnesia.

lunes, 6 de febrero de 2023

Maestro de kung fu pide a sus alumnos que utilicen toda la energía del universo para dar un golpe, y abre un puente Einstein-Rosen.

Un maestro del milenario arte marcial del kung-fu residente en Móstoles y de nacionalidad china se encontraba dando clase en el madrileño parque del Retiro junto un grupo de alumnos que llevan varios meses practicando para instruirse en ese estilo de lucha. Los estudiantes declaran que, en anteriores lecciones, el maestro les había reiterado que no debían dar golpes sólo con los brazos o las piernas, sino con todo el cuerpo, empleando la entera energía del universo para rematarlos. En un ataque de literalidad, uno de los alumnos, especialmente aplicado, realizó un movimiento en el aire que, de repente, ha abierto un puente Einstein-Rosen, el cual no sólo pone en peligro la continuidad espacio-tiempo, sino que, como primera consecuencia, ha succionado al alumno, residente en el barrio de Simancas, en dirección a una dimensión desconocida.

Se da la circunstancia de que, durante prácticas similares llevadas a cabo en las semanas anteriores, se han producido otros fenómenos extraños: por ejemplo, cuando el maestro les insistió en que patadas y puñetazos han de producirse en armonía con el cuerpo y el entorno en su conjunto, los gestos de una alumna provocaron que empezara a sonar, en medio del parque, el Contrapunto VII de Bach, mientras que los estudiantes menos aventajados no fueron capaces de producir nada más allá de reggaetón y canciones de Quevedo.


Frente a estos hechos, el Ayuntamiento de Madrid se ha declarado incompetente para solucionar el dilema físico-espacial, sostiene que la responsabilidad del fenómeno debe compartirse entre el Ayuntamiento de Móstoles y la embajada china, y ha solicitado ayudas al Gobierno central para salvar a la hostelería. Mientras tanto, desde otro lado del puente Einstein-Rosen han surgido las cabezas de unos extraterrestres que declaran que por allí entra corriente y que, si no queremos que se abra una guerra interestelar en la comunidad de vecinos, debemos cerrar nuestro lado, o nos arriesgamos a un conflicto interno de clase C o, si la cosa empeora, una demanda.


El maestro de artes marciales cuyas lecciones causaron el suceso ha afirmado, circunspecto, que “hay cosas para las que los hombres aún no están preparados”. Dicho esto, ha realizado un par de gestos en forma de arco de media luna con los brazos y ha desaparecido en el aire. Eso sí, antes de desvanecerse, ha declarado que el alumno que ha abierto el puente Einstein-Rosen le sigue debiendo los 20 euros correspondientes a la clase de ese día.

miércoles, 1 de febrero de 2023

Las historias cortas de febrero: "Diálogos entre besugos"

Diálogos entre besugos

 

-¿De dónde has sacado esos ojos?

-De mi madre.

-¿Y tu madre?

-De un hombre que se quedó ciego, a quien se los compró a cambio de un saber inestimable.

 

 

-Eres incorregible.

-Eso espero.

 

 

-Se me ha roto el Internet en el móvil y me siento aislada.

-Pero… si tienes un móvil al lado.

 

 

-Dime un instrumento de viento.

-Un molino.

 

 

-Cierra las escotillas.

-¿Que les haga qué a las antiguas vecinas?

lunes, 23 de enero de 2023

Las películas del mes: unos cuantos films sobre cocina

Si en posts anteriores hablamos acerca de libros y películas relacionados con el mundo de la gastronomía, colgamos aquí una nueva entrada acerca de films, series y programas televisivos donde el gusto, el aroma y el sabor juegan un papel fundamental, y donde ha colaborado Cris Kitchen a la hora de aportar recetas que mariden bien con la programación audiovisual. Un picadito de historias, que esperemos que hagan las delicias de la mayoría y, sobre todo, os despierten el apetito suficiente como para solicitarlas en el menú:

Esto es lo que entiende Dall-E como una receta de cine. ¿Qué os parece?¿Os inspira alguna película concreta?¿Os da hambre? Y, sobre todo, ¿qué narices creéis que es?

-Los franceses siempre le han dado mucha importancia al arte del buen comer, y no es raro que hoy muchas de las recomendaciones que servimos hoy sean de procedencia gala. Delicioso realiza una especulación (a partir de hechos históricos distorsionados) sobre el origen de los primeros restaurantes, y reflexiona sobre las diferencias entre clases que, en la vida real, motivaron la aparición de los mismos. Resulta tan gustosa como sofisticada. Vatel, por otra parte, pretende recrear el ambiente de los grandes banquetes de la aristocracia y monarquía pre-revolucionarias a partir de la figura del mítico cocinero Vatel, a cuya tormentosa historia dan una vuelta -casi se diría que una excusa-. Aunque se trata sobre todo de un espectáculo para la vista, no deja mal sabor de boca. La cocinera del presidente también se basa en hechos verídicos, en concreto en las vivencias de quien fue la cocinera a cargo de las papilas gustativas de François Miterrand, una pesada responsabilidad que la protagonista se toma con absoluta seriedad y dedicación. El chef, la receta de la felicidad, en contraste, se trata de una comedia sencilla y sin demasiada capas acerca de qué aspectos de nuestra existencia definimos como prioritarios. No es para tirar cohetes pero sus actores (entre otros Jean Reno) le insuflan una cierta vida. Finalmente, La brigada de la cocina abandona los fogones de los restaurantes más exclusivos y extrae una lección social a cuenta de los MENAs que probablemente los franceses, tal y como está la cosa, necesiten como el comer.

    Para ver algunas de estas películas, sugerimos preparar antes un sabroso hachis parmentier elaborado con confit de pato que (experiencia personal) sabe de rechupete.

-A mí Pig me ha sorprendido. Te cuentan que la historia se centra en cómo a Nicholas Cage le han robado su cerda trufera y va en busca de los raptores, y te imaginas cualquier cosa. No obstante, la película te sorprende, y no sólo porque no sea la matanza que prometía (tiene un par de escenas duras, pero literalmente un par, y no demasiado terribles). Se trata ante todo de un relato frágil, delicado, cuidadosa y esmeradamente emplatado para que ahondemos en por qué es tan importante la comida y qué relación tiene con la parte más valiosa de nuestras vidas. Y probablemente, además, atesora la mejor interpretación de Cage en los últimos años. Yo, sinceramente, me atrevería a degustarla.

    Para acompañar esta película, recomendamos un plato bien cargado de trufa. Sí, sabemos que la trufa está cara en el mercado (si os interesa, os podemos recomendar gente que la trabaja), y además os decimos que ha de ser fresca (congelada pierde completamente el aroma, el cual constituye el valor diferencial de este alimento; otros métodos de conservación pueden servir, pero no igualan ni mucho menos al producto recogido unos pocos días antes. Por cierto, ya no se emplean cerdos: un perro -en realidad, perra- funciona mucho mejor). Lo ideal es mantener la trufa en un recipiente cerrado durante unos cuantos días con un producto con alto contenido en grasas, el cual absorba su aroma: lo clásico es hacerlo con huevos. Tras 2-3 días, preparar los huevos al gusto (se aconsejan fritos, y rayando trufa al gusto por encima). Para amantes de los olores sofisticados.

-Las series también han tocado el mundo de la restauración. Para paladares acostumbrados a sabores fuertes, Hannibal es toda una experiencia culinaria (tratándose de un psiquiatra caníbal, podéis imaginar que abundan los platos que dicen mucho; si habéis sido capaces de sobrevivir a eso, también os recomendaría que os paseéis por la película Estómago). Para comensales más sensibles, yo recomiendo especialmente Midnight Tokyo Stories, una serie de Netflix centrada en uno de esos pequeños locales de comida sencilla tan abundantes en Tokyo, donde el cocinero protagonista promete prepararte el plato que quieras siempre y cuando tenga los ingredientes. Punto de partida que sirve de base para una serie de historias entrecruzadas que contemplan los aspectos más íntimos y personales los entrañables parroquianos de este bar. Prometo bocados dulces, tiernos, que te dejarán con una sonrisa en los labios, y ganas de pedir más.

    No somos expertos en cocina japonesa (menos aún en el canibalismo). ¡Más bien al contrario, agradeceremos sugerencias (sobre el canibalismo no, claro)! De hecho, nos encantaría viajar a Japón en los próximos años... y alguna recomendación culinaria no nos vendría nada mal. ¡Aregato ya por adelantado!

-Somebody feed Phil. No soy muy de programas de televisión relacionados con el mundo de la cocina, pero en este caso, la figura de Phil Rosenthal (productor de "Todo el mundo quiere a Raymond"), un individuo bonachón, adorable, al que has de querer casi por decreto, paseándose por medio mundo mientras ruega que le den de comer, y poniendo cara de exaltación cada vez que prueba un bocado, es para enamorar a cualquiera. Además, el programa sirve de excusa para reflexionar sobre el lado geográfico, histórico, social (y por supuesto culinario) de cada uno de los lugares que visita. Os recomiendo especialmente el programa sobre Madrid, donde el equipo de Phil descubrió que la riqueza gastronómica de un país no tiene por qué residir en un restaurante cinco estrellas, sino simplemente en un bar aleatorio donde un sencillo plato de gambas al ajillo te puede dejar muerto en el sitio.

    Cuando Phil viaja por el mundo, suele visitar a chefs de renombre; pero en cambio, cuando lo hace por Estados Unidos, suele acudir a lugares de toda la vida, quizá porque conoce mejor a los cocineros y el producto que está degustando. En ese sentido, pocas combinaciones de especialidades locales nos parecen más apetitosas que las de Nueva Orleans. El restaurante Gumbo, ubicado en Madrid (os podéis fiar de él: van norteamericanos auténticos), no sólo nos ha deleitado con estupendos platos, sino que, además, gracias a que de vez en cuando publican sus recetas, nos permitió construir nuestra versión particular de la sabrosa sopa denominado gumbo (aunque da la impresión de que las instrucciones de este plato en particular han desaparecido de la web, que no del restaurante; en todo caso, recomendamos ir igualmente, porque mejor versión que ellos no la vais a cocinar).

-Si os gustan los concursos, tengo la satisfacción de mencionar un programa de cocina poco conocido en España, aunque sí que nos ha llegado su emisión (no sé si ahora mismo se podrá encontrar por Internet; espero por vuestro bien que sí). Se trata de Sabotaje en la cocina, una competición televisiva estadounidense donde los protagonistas son obligados a cocinar recetas -en apariencia sencillas- bajo condiciones imposibles, como trabajar en cocinas diminutas, carecer de los más elementales ingredientes, o tener que sortear toda clase de imprevistos en mitad del proceso. No tiene nada que ver con ninguna de las historias que hemos comentado antes pero, al disfrutarlo, cabría pensarse que escritores y guionistas como Tarantino, Agatha Christie o George R.R. Martin forman parte del elenco del show.

    No os vamos a sugerir ningún plato especial con esta recomendación porque ya bastante complicado está cocinar por culpa de la inflación y el precio de algunos productos esenciales: eso sí, pensad que una tortilla de patatas, aunque salga mal, siempre puede convertirse en unos excelentes huevos rotos. Incluso aunque haya que sacrificar la cebolla (a muchos no les supone un problema) si sospechamos que la receta va a terminar en desastre.

Bonus (a modo de postre): La comida de Big Bang Theory. ¿Os habéis fijado en que -a pesar de que no es una serie que trate primordialmente ese tema- buena parte de las escenas de la serie “Big Bang Theory” transcurren durante almuerzos o cenas y, sin embargo, casi ninguno de los personajes pega bocado? Sea por no interrumpir los diálogos, o porque queda mal ver a alguien en primer plano con un trozo de espinaca entre los dientes, lo cierto es que alguna vez nos hemos preguntado si las viandas que les ponen a los protagonistas son de plástico (como sí que ocurre, por ejemplo, en las películas de Harry Potter, ya que, por lo visto, la multitud de repeticiones convertía el olor a comida en un infierno). Aunque, al observar algún mordisco aislado, uno empieza a pensar que más les vale que no.

lunes, 16 de enero de 2023

Las historias reales de enero: más hilos, ahora también en Mastodon

Os ofrezco una serie de hilos alrededor de sucesos tan reales como sorprendentes, publicados tanto en Twitter como en Mastodon: en ellos hablamos sobre un beso aparentemente anecdótico e intrascendente que trastocó varias vidas de manera irreversible; revisamos también la historia de los refugios de la guerra civil en Almería, y cómo consiguieron conservar la luz en medio de tanta oscuridad; aquí comentamos la curiosa epopeya de los zabbaleen, un pueblo que ha hecho de la basura su forma de vida, y que gracias a ella ha construido un glorioso templo y una lección para el mundo; y en este enlace ampliamos detalles sobre algunas jugosas anécdotas que ya narramos en su día acerca de "El tercer hombre" (en un hilo, por cierto, que tuve la ocasión de comentar en una emisora de radio venezolana). Espero que los disfrutéis y os hagan entrar con fuerza este año. Un saludo.

lunes, 9 de enero de 2023

La historia corta (rescatada) de enero: "Refugio"

Refugio

                Un chico indigente pidiendo refugio en un albergue:

            -Lo siento –le responden-. No puedes entrar. Nos faltan plazas, y tú no tienes prioridad. Eres demasiado joven.

            El joven se queda extrañado, y pregunta:

            -Y mañana, ¿también seré demasiado joven?

            -También.

            -¿Y dentro de un año, también seré demasiado joven?

            -Sí.

            -Entonces, ¿nunca voy a poder entrar?

            -No...

            Se corrige.

            -Quiero decir, sí, cuando llegues a viejo.

            -No llegaré a viejo.

            Sobre todo, si no me dejas entrar.

domingo, 1 de enero de 2023

El relato ampliado de enero: "Cambio de tono"

Una versión primigenia de este relato (sensiblemente más corta, para adaptarla a las necesidades editoriales del momento) fue publicada en el segundo ejemplar del fanzine Fragmentos de tinta. Ahora os lo presento tal y como estaba concebido en su génesis original. Por cierto, como muchos sabéis, ya no sacamos nuevas entregas del fanzine, pero podéis consultar los viejos ejemplares en este enlace, así como algunas narraciones, críticas y ensayos sueltos en el formato blog que adquirió en los últimos tiempos. Mis relatos (más cortos o más largos), por otra parte, he ido incorporándolos al blog a lo largo de los últimos meses, para que tengáis a mano todas las opciones. El lugar físico o virtual que ocupen las historias, como suele decirse, es lo de menos: el hueco que ocupan en nuestra mente, por el contrario, ya es otro cantar.

Cambio de tono

      Para explicar esta anécdota tengo que aclarar un poco el contexto: hace bastantes años tuve un accidente y, aunque ahora prácticamente no se me nota, me quedan aún algunas secuelas. Una de ellas es que tengo una oreja de plástico. A decir verdad, tengo varias orejas de repuesto, y voy cambiándolas según la época del año, para así ajustarlas a la coloración del resto de mi piel. Esta historia ocurrió precisamente durante una época en la que estaba pasando unos días en casa de mi hermana en la playa, y percibí que mi tez había quedado tostada por el sol. En ese momento, quise sustituir mi oreja de aquel entonces por un repuesto de un tono algo más moreno, y me metí en mi cuarto para llevar a cabo esta acción con cierta privacidad. Pero hete aquí que mi sobrino, que es un terremoto, quiso darme una sorpresa y entró de improviso en mi cuarto, sin avisar. Del susto (a causa del grito que el niño me soltó casi al lado de mi cabeza) solté un respingo y entonces constaté su cara de terror. No me di cuenta hasta unos segundos más tarde: en medio del caos, mi oreja se había caído delante del tierno infante, y ahora hallaba en el suelo, allí plantada, como si nos estuviera contemplando amenazadoramente.

                Yo no sabía muy bien cómo explicárselo a mi sobrino, quien no conocía nada acerca del accidente, pero la actitud que adoptó me facilitó mucho las cosas: salió corriendo como alma que lleva el diablo, y durante el resto de la tarde no tuve ocasión de verle ni un solo segundo.

                Con el paso de los días, sin embargo, el contacto fue inevitable, aunque yo me di cuenta de que mi sobrino me rehuía, contemplándome desde lejos con una mezcla de recelo y temor. Comprendí qué era lo que ocurría cuando sorprendí al niño un día, revelándole a su madre una confidencia: “Mamá, creo que le he roto la oreja al tío Javi”, se atrevió a confesar, en tono de disculpa, muy apesadumbrado. Intenté aplacar su angustia al cabo de unos minutos.

                -Miguelín, he de contarte una cosa: en realidad, soy un espía. Por eso, tengo una oreja electrónica, que permite escuchar las conversaciones a distancia. Es una oreja muy útil. De hecho, creo que voy a ponerla de vez en cuando en tu cuarto, para saber si estás haciendo alguna maldad.

                Claro que no estoy muy seguro de haberlo arreglado. Mi hermana me dice ahora que, cada vez que va a darle su beso de buenas noches, nota a su hijo intranquilo:

                -Me parece que se pasa un rato con los ojos abiertos después de apagar las luces -confesó-. Como si en su cuarto se hubiera metido alguien y quisiera averiguar dónde está…